Pudiera describirlo así: De pronto, es como si el
tiempo perdiera su facultad de tránsito, de flujo que muta y que desplaza, que
hace crecer e informa; que promete y guarda en cada día un temblor de sorpresa.
Sobrevienen entonces las jornadas espesas del hallazgo sabido, las monótonas
tardes de la ruta trazada y sin desvíos; las difusas del tedioso repetir: una
vez y otra vez, y así hasta siempre. Son los días en los que la memoria nutre
con los viejos recuerdos el vientre pesado de ese tiempo que es incapaz de
generar sus propios alimentos; tal vez por hastío, tal vez por decepción.
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XXIII
EL TIEMPO SIN MEMORIA
Puedo asegurar que, a partir de entonces, fue
como si mis días perdieran la memoria. Por eso mi narración de ello será, a
partir de aquí, más difusa y correrá más veloz en el tiempo. El tedio y la
monotonía condujeron a mi espíritu hacia parajes carentes de deseo, de ilusión
y esperanza. Seguí sirviendo a Atenas porque ése era el deber de un ciudadano
que creyera, a pesar de todo, en los dioses, las leyes y la patria. Lentamente,
como el efecto de un vino de la Argólida, que va ocupando la razón y los
sentidos sin notarse, el fuego inextinguible del gran Zeus volvió a retemplar
mis venas y mi entraña. De nuevo, comencé a correr y ejercitarme con
regularidad, y mi cuerpo volvió a mostrarse con la tensa firmeza del pasado.
Las formas vanidosas, exultantes y amables de la flexibilidad, que se muestran
en aquel muchacho de mármol, que mira orgulloso y erguido junto a la puerta que
se llama de “Antandros”, fueron suplantadas por otras en las que el aplomo y la
dureza poseían un distinto atractivo. De nuevo, fui reclamado por quienes se
dedican al oficio de esculpir y pintar. Pero mi espíritu menos engreído me hizo
no acceder, salvo en contadas ocasiones, a los deseos de quienes me instaban a
permanecer quieto ante ellos para nutrir su arte.
Mi
casa tornó a un cierto orden, cuando mi intransigencia permitió a Caris que
diera instrucciones a las nuevas esclavas que fueron adquiridas para el
servicio y gobierno de la hacienda. Y sé que mis amigos comenzaron a sentirse
aliviados, pues que pudieron comprobar que, a pesar de mi semblante severo y
taimado sin remedio, mi ánima comenzaba a serenarse lentamente y a encontrar
reposo en mis entrañas. Recuerdo, ahora, con rubor y vergüenza, la rigidez y la
distancia con que conversaba y me relacionaba entonces con alguien que siempre
había sido para mí tan grato y tan cercano como Kebe. A mi desatención ante el
estreno, dos años antes, de la obra de Eurípides, que fue mostrada al pueblo
con gran éxito bajo el titulo de “Las Troyanas”, se contrapuso mi inesperado
interés por la presentación de esa pieza de Aristófanes, en la que las mujeres
se proponen alcanzar la paz que los hombres no parecen ser capaces de lograr de
ningún modo. Kebe hizo inmortal con su interpretación a la valerosa
“Lisístrata”. Y cuando la felicitación llegó de mi voz a sus oídos, no tuvo
reparos en decirme entusiasmado: “Más que mi triunfo en la escena, celebro tu
interés por mi trabajo. Puedes estar seguro de que cuando gritaba a través de
la boca ovalada de mi máscara, no era la paz de Atenas, sino la tuya, la que
reclamaba”.
Rumores provenientes de Esparta pronto propalaron la noticia de que el
altivo Alcibíades había seducido a la procaz Timea, la esposa del rey Agis.
Tales noticias nos llegaron mezcladas con las que anunciaban la rebelión de
Quíos y el resto de las ciudades de la Jonia, en las que su mezquina influencia
también parecía haber sido firme y decisiva en nuestra contra. Una vez más, su
actitud era todo un escándalo que alzaba contra él las iras más vehementes, pero
a la vez le procuraba la más entusiasmada adhesión. Ante algunas facciones, su
figura iba envolviéndose entre la nebulosa de la incongruencia y de la
controversia, haciendo de Alcibíades un personaje casi irreal, inmerso en el
enigma que sustenta a la gloria.
Cuando supimos que, al fin, Esparta había firmado un tratado con los
persas, que la dotaba de cuantiosa ayuda económica, en contrapartida a su
renuncia a las ciudades de Jonia que estaban bajo su influencia, nos sentimos
seriamente alarmados. Encubiertamente, la guerra subsistía. La labor
diplomática se hizo entonces sumamente importante. Sólo una red bien trenzada
de acuerdos, pactos y tratados entre las ciudades, sellados uno a uno, podía
paliar la desmembración creciente que iba imperando como una gangrena
incontenible y destructora. Participé, pues, en cuantas misiones me fueron
encomendadas por el Polemarco. Viajé casi continuamente en la nave Paralos y me
entrevisté con cuantos reyes o mandatarios se hizo aconsejable. Clazomene,
Dafnunte, Lada, Panormo, Antisa, Yasos y Tiquiusa, fueron algunas de las muchas
ciudades que visité con misiones de Estado. Hablé con el lacedemonio Terímenes,
debatí con el espartano Evalas y con el navarco Astíoco. Me entrevisté con el
perieco Diníadas. Y hasta me permití aconsejar a Frínico, a León y a Diomedes.
Por eso considero, en estricta justicia, que las victorias de Bolisco, Fanas y
Leuconio, algo deben a mi intervención. Y cuando fue oportuno, también surqué
el mar con rumbo al reino del eximio Dario, señor del pueblo persa.
De
aquel tiempo guardo, más que gratos, vanidosos recuerdos, pues mis
intervenciones buscaron con firme y sereno entusiasmo el bien de nuestra
patria. Memoria grata conservo, sobre todo, del viaje que hube de realizar
nuevamente a las tierras de Élide. La discreción inherente al cometido que me
ocupaba entonces
me preservó
de muestras públicas y reconocimientos.
Agradecí íntimamente tal circunstancia, pues
nada había en aquellos días que más me incomodara que ser descubierto y celebrado.
El
recinto de Olimpia guardaba para mí, como un lekanis singular, esencias de las
horas más felices y más turbias de mi vida. Cuando mi misión estuvo concluida,
decidí permanecer un día más en el espacio santo. Un amigo eleo, afable e
influyente, dispuso todo para que mi jornada última fuera apacible y grata en
aquel suelo. Su esclavo estuvo a mi servicio, procurándome cuanto me era
necesario, pero sin distraer ni importunar mi templanza y mi espíritu,
entregado al encuentro solaz con el recuerdo. Hice ofrendas al amanecer, cuando
aún la niebla escondía entre su bosque de luz opalescente a las mil estatuas
del recinto sagrado, y visité el lugar donde ardía la llama inextinguible.
Recorrí el Altis y penetré silencioso en el templo de Hera, reina del Olimpo,
en ese instante en el que cada día Helio llueve sobre los olivos de Crono su
verdor más brillante y metálico. Luego fui a la Palestra. El recinto estaba
desolado. El frescor de la noche aún podía tocarse como un llanto sereno,
rezumando, en fustes y paredes. Entré con el sigilo de quien fuera a cometer
una ignominia. Las columnas comenzaban a teñirse entonces de un color tenue,
casi como el que presenta la piel de las muchachas cuando salen del baño. Oí
mis pasos resonar, opacos y pausados, mientras avanzaba por la oquedad del
pórtico, a cuyo lado derecho se abrían las bocas negras y rectangulares de los
aposentos que muy pronto ocuparían los atletas. Los héroes y los dioses de los
muros parecían haber detenido su juego o sus hazañas y me observaban
confabulados en irónica intriga. Cuando llegué al final de aquel lado, en el
ángulo desde el que arranca el otro pórtico, vi el cacillo brillar sobre el
brocal del pozo y sentí un intenso deseo de beber de su agua nuevamente. Metí
mi brazo en el oscuro ojo y llené la escudilla de plata reluciente. Tragué
aquel frescor con avidez de atleta extenuado, mientras mis manos mojadas
sentían en sus palmas la rugosidad de aquel vaso mil veces abollado por el uso.
Tanta fatiga, tanta sed; tanta ilusión habían saciado las aguas alcanzadas por
aquel recipiente... También, tanta derrota, tanta desesperanza y tanta muerte
habían sido ahogadas en aquel hermoso cuenco que tenía de nuevo entre mis
manos. Tiré la hez sobre el mármol amarillo y desgastado de la stoa y observé
la mariposa transparente que el capricho del agua dejó posarse sobre el
pavimento. Un instante después, entré en el recinto escueto en el que Alexias y
Timasión habían aceitado y amasado mi cuerpo el día memorable de mi gloria,
buscando, ellos, infatigablemente, aportarme el ánima que parecía haberme
abandonado. En la penumbra, el silencio parecía cargado de elocuencia lejana y
misteriosa. Algo denso tapizaba aquellos muros como un musgo apretado de
ciencia y de saberes. Sin duda, era la suma del afán y la entrega, el rezumar
del esfuerzo acopiado por los hijos de Zeus; por los muchachos que aspiraban
desde tiempos y tiempos a recibir el favor incomparable del supremo.
Pasé
un largo espacio de tiempo recorriendo aquellas estancias en las que tanto
había quedado de mí agarrado a sus piedras. Busqué una vez más el lugar en el
suelo en el que la sangre de Licino había dejado aquella rúbrica que había
signado y decidido mi destino por siempre. Me senté acurrucado en el mismo
espacio en el que Timarco y yo habíamos velado, aquella negra noche, la segura
muerte de su hermano Erixias. Y un millón de recuerdos e imágenes poblaron mi
cabeza, ante el inmenso mural que, en aquella parte de la stoa, narra las
hazañas aleccionadoras del heroico Heracles. Luego fui testigo de la llegada
bulliciosa de los atletas más madrugadores. Desde aquel lugar discreto, observé
cómo los jóvenes fueron acudiendo puntuales para sus masajes y ejercicios
diarios. De nuevo, el estigma del dios estaba marcado en sus semblantes. Era,
tal vez, solamente una luz difusa sobre el filo quebrado de sus labios o un
brillo que ocupaba el vidrio gris, azul o negro de sus ojos. Caminaban con la
arrogancia flexible de los elegidos. Y sus túnicas cortas hacían presentir,
bajo la blanca uniformidad de aquellas telas, la firmeza de los cuerpos
tallados por la entrega y el brío, el tesón y la lucha. Ensimismado, recordé
los días venturosos de mi infancia en los que se había forjado mi espíritu
definitivamente. En un instante, pasaron ante los ojos velados de mi mente
muchos de los sucesos acaecidos en mi vida. En verdad, el tiempo tenía una
entidad extraña, y la vida era un cordón infinito de acontecimientos que la razón
unificaba para no abrumar cada día con su vasta y tediosa enumeración. Tantos y
tantos sucesos habían poblado mi existencia... Miré mis palmas y observé las
múltiples arrugas y señales que las recorrían como pequeños ríos sinuosos.
Efectivamente; el tiempo había dejado su memoria tallada entre mis manos.
Al
día siguiente, partí nuevamente hacia Atenas. Aproveché la tarde anterior para
visitar a Xenócrates, quien vivía en Elis, lejos de sus tierras de Eubea,
entregado a la preparación laboriosa de atletas. Nuestro encuentro fue tan
caluroso que mi espíritu sintió un alivio instantáneo al volver a tener entre
mis brazos a aquél con quien tan mezquina e injustamente me había comportado. Y
cuando, firme en mi deseo de exculpación y de justicia, me dispuse a manifestar
mi indignidad, Xenócrates selló mis labios y, pasando su brazo por mi hombro,
se limitó a decirme, a la vez que comenzábamos a pasear, perdidas nuestras
miradas en el suelo: “Sólo tu turbación y tu enloquecimiento tras la guerra,
han sido capaces de enseñarme hasta qué punto es malvado el enfrentamiento
feroz entre los hombres. Debes estar tranquilo; tratar de entender tu actitud
impropia, me ha aleccionado y hecho crecer más interiormente que cualquier otro
regalo venido de tu parte. Por otro lado, Antandros ¿qué amigo sería yo, si no
supiera leer e interpretar tu alma más allá de las engañosas apariencias de un
acto o un momento nefasto?”
Disfruté mis últimas horas en la Élide junto a mi recobrado y querido
Xenócrates. La cena en su casa fue todo lo suculenta que pueda imaginarse. Y en
nuestro derredor se colocaron los clinos de aquellos muchachos a quienes él
estaba preparando para los próximos agones. Toda la velada giró en torno a la
ochenta y ocho Olimpiada, en la que él y yo nos habíamos conocido y en la que
yo había conseguido la corona de olivo en la carrera larga. Los muchachos
preguntaban ávidos de saber, y su gimnasiarca y yo fuimos, gozosamente,
espléndidos en nuestros comentarios. También Xenócrates obsequió a los atletas
con sus recuerdos y añoranzas del tiempo que había pasado junto a mí, en
Atenas, bajo la disciplina y la entrega de Alexias y próximo a los saberes de
Sócrates y Sófocles. Al final de la reunión, me pidió que explicara en qué
consistía aquella fuerza que él aseguraba que yo poseía y que, según su
convicción, era la razón última de mi triunfo y el suyo. Con torpes palabras,
al principio, y tocado después por un soplo de inspiración inexplicable, que
sobrepasaba a mi habitual elocuencia y a mi erudición, les hablé de mi primer
viaje a Olimpia junto a Kebe, de las heridas en mis pies cuando me quité por
vez primera mis sandalias, de la premonitoria tormenta que nos recibiera a las
puertas de la magna ciudad de los prodigios; de mis días amargos cuando Alexias
me aseguraba que aún no había llegado mi momento. Les hablé de la muerte
mascada en cada entrenamiento, del rigor del suelo descarnado en los días de
hielo; también del bronce incandescente de aquellas jornadas en las que yo
corría junto al trotar jubiloso de Mirkos y Butión, en nuestra ruta hacia la
soñada tierra del gran Zeus. Las palabras brotaban de mis labios como el agua
arrolladora que inunda y se desborda en una generosidad pletórica, exultante y
magnífica. Luego mi verbo se detuvo. Y con la apacibilidad y la mesura que debe
alentar un rezo ante los dioses, les hablé de mi primer encuentro con Licino,
de la marca que dejó sobre mi corazón aquel dedo suyo de vencido arrastrando la
línea quebrada de su sangre sobre la piedra gris de la Palestra. También les
conté, empujado por una incontenible descarga de confidencialidad, todo lo
sucedido en torno a Agios y a los malditos rodios, y cómo mi espíritu estaba ya
vencido y entregado a la indignidad, hasta que sonó aquel grito salvador que
trepanó mi oído y abrasó mi mente con la fuerza inconmensurable que parece
solamente guarecerse en el rayo. Vi a Xenócrates palidecer ante mi narración. Y
cuando hube terminado mi informe, en medio de un silencio sobrecogedor, que me
hizo volver sobre mí mismo, cual si no hubiera sido mi voz quien hubiera estado
narrando mi relato, mi amigo se removió levemente sobre su propio asiento,
tragó saliva, y dirigiéndose a los muchachos dijo: “Ya os había anunciado que
en Antandros habita el rayo misterioso que sólo se esconde y refulge en los
ojos de Zeus”.
Antes de partir, visité al gran dios. El emocionado recuerdo del
desaparecido Fidias me había hecho postergar la visita a su obra más sublime
hasta el último momento de mi estancia. Realmente, la escultura era colosal.
Superior al tamaño de seis hombres, el dios se erguía como un monte de oro y de
marfil. Durante un momento, miré su semblante. Pero, inmediatamente, hube de
retirar la vista de sus ojos como ha de retirarse del disco de los cielos en
los días luminosos de verano. En verdad, el maestro había encerrado en su
trabajo cuanta fuerza y belleza arrastran a los hombres a seguir creyendo y
alentando; todo cuanto me confiara aquel día en el que me condujo al taller
vacío en el que se encerraría en soledad para así construirla. Durante un largo
rato clavé mis ojos en el estanque de aceite que, bajo el pedestal, rodeaba al
dios. En la densa faz del liquido áureo y verdoso se reflejaban de modo más
humano, aunque apiñadas en la irrealidad, cuantas figuras ornamentaban su peana
magnífica. Tras ellas, la gran divinidad las cobijaba como cubriéndolas por un
inmenso manto de oro refulgente. Cuando me fue posible, volví a mirar al dios.
Con su mano izquierda sostenía su lanza, desde cuya cúspide el águila mensajera
se alzaba arrogante, rozando casi el techo de la nave. En su mano diestra, la
estatua de su hija Nike desplegaba sus alas y abría su vestido en señal de
victoria. Severo y tierno a un tiempo, el dios mostraba la desnudez de su torso
nacarado y brillante. Los sacerdotes habían ungido profusamente con óleo el
marfil de su carne para que no se agrietase y, en la penumbra del templo, el
brillo de la grasa lo hacía parecer un atleta dispuesto a la contienda. Algo en
su semblante me pareció cercano y conocido. Un temblor de indignidad me recorrió
entero. Fidias había marcado un surco casi imperceptible en su mejilla que le
aportaba un matiz severamente hermoso y sensual. Instintivamente, toqué mi cara
y sentí el ardor de mi pómulo.
Regresé a Atenas impresionado por la magnificencia de la obra de Fidias.
Encontré mi casa sumida en una armonía que ya había olvidado, y su cobijo
reconfortó mi espíritu, cansado de tanta conversación y tanto intento de
establecer cordura entre quienes porfiaban en seguir en la guerra. Cuando hube
descansado y lavado mi cuerpo de la suciedad y el polvo del camino, corrí hasta
la casa de mi hermana Caris para entregar a Atreo un aro y un ingenioso juego
de ónice y madera que le había mercado en Olimpia. El muchacho me recibió con
el gozo de quien supiera que algo sin palabras para ser explicado nos unía.
Seguramente, a través de su ternura, había encontrado su propio modo de fluir
ese hilo de amor que siempre me ha unido a su madre. Caris me condujo hasta su
hijo complacida y ufana de nuestro gran cariño. Ella presentaba, una vez más,
la dócil hermosura de quien ha encontrado en cuanto la rodea la paz y el
afecto, al margen de ambiciones inútiles. Sin que lo percibiera, observé su
semblante. También en su rostro y su figura el paso del tiempo había dejado su
señal y su poso, aunque, en su caso, eso la ennoblecía. En secreto, pedí a Hera
que me concediera el placer de verla envejecer.
Cuando anocheció, bajé a casa de Teodota. Sus puertas se abrieron para
mí con la generosidad y el agrado con el que siempre me recibía su encantadora
dueña. Ella había sabido también atender mi desolación durante los tiempos más
ásperos de mi rencor, ordenando disponer para mi gozo cuanto fuera preciso. En
aquella casa de prostitución se me había tratado con mucha más tolerancia y afecto
que el que en justicia hubiera correspondido a mi carácter adusto y enconado.
Tan pronto como entré en el recinto central, Teodota trajo, rebosante de vino,
y lo puso en mi mano, el kylix verde tallado en crisopacio que ella misma me
obsequiara la noche en que descubrí y disfruté las artes de Cidila y me separé
de Amasis. Había decidido tenerlo en su casa, pues que para mí, aquel vaso y la
libación que en el puerto había realizado con su hez aquella noche, estaban
cargados de presagios densos y luctuosos. Sólo solía yo beber en él el amargo
vino de Cerdilio, y eso, en las horas en que el placer del sexo cegaba mis
sentidos. Aquella comunión entre ácida embriaguez y gozo exacerbado uncía mis
entrañas y proclamaba la efímera realidad de cuanto se nos daba envuelto entre
las nieblas extraviadoras de la dicha.
Teodota vino a mí, espléndida y afable, derrochando el brillo de sus
ojos, pero enseguida noté que algo la inquietaba. Sus sabias maneras y recursos
la hicieron interesarse por mis últimos viajes. A mis manifestaciones sobre la
sorpresa que me había causado, en mi visita a Olimpia, la estatua suntuosa de
Zeus, ella contrapuso su admiración por el templo de Éfeso. Cierto era que todo
el mundo que lo conocía hablaba maravillas de la obra de Teodoro de Samos y de
las inmensas columnas doradas por Creso, el conquistador rey de los lidios.
Intentaba Teodota, de aquel modo, reclamar mi atención y hacer pasar el tiempo.
Pues cuando, agotada la conversación, reclamé a mi lado a Cidila, supe que la
muchacha estaba ocupada en dar placer a otro visitante. Con preocupación
infinita, la dueña, quiso que Tecmesa me atendiera. Era sabido que se trataba
de la muchacha en quien ella más confiaba. Pero apenas fue pronunciado su
nombre ante mí, creo que mis ojos se cegaron de ira de modo evidente. Tecmesa
era quien había yacido con Amasis en su última noche en Atenas. De inmediato,
se dio cuenta la mujer de su error y trajo a Atossa hasta mi lado, dispuesta a
derramarse para mí en cuanto sus artes la capacitaban. Rechacé a aquella
prostituta y exigí con enfado que Cidila despidiera enseguida a su acompañante
y se aseara de nuevo para venir a complacerme. No sé de qué razones se sirvió
la dueña de la casa, ni si hubo de compensar a quien había pagado por los
servicios de Cidila, pero, un rato después, la muchacha estuvo dispuesta a mi
servicio. Recibí una vez más la cálida atención de su generosidad y de su
entrega sin reservas. Gocé en ella cual si buscara y arrancara algo que me
perteneciera y que ahora creía firmemente que alguien había querido
arrebatarme. Y cuando abandoné la casa de la hetaira, sentí por vez primera que
era tiempo ya de disponer de una mujer para mí sólo. Algo inconcreto me hacía
admirar a los muchachos pero, a diferencia de mis otros amigos, me impedía deleitarme
en su compañía y disfrutar de sus encantos.
Unos
meses después se celebraron los juegos de Ístmia, y Atenas fue invitada a
participar tras mucho tiempo de exclusión. La delegación que nos representó fue
discreta y casi un simple testimonio de aceptación y de presencia. Pero pronto
la distensión que ello suponía se vio empañada por la noticia de la amistad
creciente entre Alcibíades y Tisafernes, cuya relación era realmente
inquietante, sobre todo por la proximidad que ello le procuraba con Dario-II,
rey de Persia, aliado del pueblo de Laconia. Viajé a la corte de Tisafernes,
tras recibir un mensaje personal del rebelde. Al parecer, éste había comenzado
a persuadir a los medos para que se alejaran de Esparta, instándoles a que se
aproximaran a nosotros, lo que me hacía saber para que lo pusiera en
conocimiento del Arconte.
Subí
a la Acrópolis un día frío y ventoso del mes de posideon cuando ya anochecía.
Los Propileos estaban solitarios. Un sacerdote hacía la última ofrenda del día
en el altar de Atenea Nike y las obras del Erecteion iban muy avanzadas. El
viento barría la gran explanada, y la luz morada del ocaso hacía parecer a los
edificios enormes barcos deformados navegando en desorden en medio de un mar
helado y proceloso. Pasé el Hecatómpedon y el altar de Atenea Polias, de cuya
ara, orientada al norte, el humo era arrebatado por el aire en un torbellino
que parecía aunar las furias de más de cien raptores. Tras el Hieron, la
residencia del gran dignatario parecía sumida en el silencio de una tumba
excavada en la faz lisa de una roca. Un esclavo anunció mi visita y fui llevado
de inmediato a presencia del alto magistrado. Trasmití al Arconte cuanto
contenía la peligrosa misiva de Alcibíades. El anciano escuchó mis palabras
perdido en el vacío cansado de unos ojos que, sin duda, veían la muerte
irremediable de la patria. Ciertamente, era delicado pasar a considerar el
ofrecimiento de quien ya había sido juzgado en rebeldía por nuestros tribunales
y condenado a muerte por traidor a su patria e impío con sus dioses. En mis
oídos resonaban las palabras desdeñosas e hirientes que el subversivo había
pronunciado al saber su condena: “Enseguida probaré a los atenienses que sigo
vivo”. En su carta me aseguraba que, pese a todo, y aunque nosotros nos negáramos
a hablar con él, entraría en conversaciones con nuestra flota destacada en
Samos.
Partí urgentemente para Samos. Hay sensaciones que un hombre jamás puede
describir, a pesar de que una y otra vez trate de masticar, con la boca de su
entendimiento, las imágenes grabadas en su mente. Nunca, pues, he podido yo
poner en palabras claras y reveladoras lo que fue mi reencuentro con quien
había sido mi amigo de la infancia y la juventud y ahora un reo ante mi patria.
Alcibíades se había convertido en pocos años en la esencia misma de la
arrogancia. Un halo de excentricidad parecía envolver su apostura más
seductora, cuidada y elegante que nunca. En cuanto me vio, vino hacia mí como
si el tiempo y las vicisitudes no nos hubieran nunca separado y me apretó en un
saludo cálido y sentido, cual si en él abrazara, en un acto de reconciliación,
a toda Atenas. Olía a perfumes de Arabia y su pelo era largo y rizado como el
de los espartanos que observaban las leyes de Licurgo. No sé si me sentí
incómodo al estrechar su brazo. Enseguida me manifestó su propuesta, seca y
sucintamente. Deseaba regresar a la patria. Tenía la promesa de los persas de
darnos toda su ayuda y su amistad, siempre que Atenas llevara a cabo una
reforma constitucional que inclinara sus favores y concediera prebendas a los
aristócratas.
Escuché atentamente sus palabras. Su lenguaje también se había depurado.
Dominaba el uso de la palabra con tanta precisión que hasta sus pausas,
silencios e inflexiones con la voz parecían estar cuidadosamente calculadas.
Escuché sus palabras y prometí transmitirlas a las autoridades de Atenas sin
que en mi mensaje pesara mi opinión personal. “Sé, y atestiguaría jurando por
los dioses, que tu imparcialidad será rigurosa y extrema, aunque te fuera tu
propia vida en ello. Ésa, y sólo ésa, es la razón por la que entre todos los
ciudadanos de Atenas te he elegido a ti, Antandros, hijo de Agios, para ser mi
emisario. Y, ocurra lo que ocurra, siempre te estará Alcibíades plenamente
agradecido”. Ésas fueron las palabras que sellaron nuestras conversaciones. Y
cuanto el agasajo que tributó a nuestro encuentro así lo permitió, sin desdén
ni descortesía por mi parte, me retiré a la Paralos y a la mañana siguiente
levamos nuestras anclas e iniciamos el viaje de regreso.
Volví a Atenas con el alma herida, o tal vez
debiera decir, portado el venablo con el que inmolar definitivamente a nuestra
democracia. Amargo es el camino de retorno, cuando se es depositario de un
veneno que uno sabe con certeza que seducirá primero con la tintura traslúcida
de su color y el humo embaucador de sus aromas y pudrirá las entrañas apenas se
haya ingerido. Con fría imparcialidad comuniqué el mensaje a la Ecclesia. Los
oligarcas estallaron de inmediato en júbilo. Al fin, su causa se veía apoyada
desde fuera, haciendo parecer sus pretensiones como la única forma de salvar a
la patria. Los más poderosos, sobre quienes llevaban tanto tiempo pesando los
muchos gravámenes que permitían seguir financiando los enfrentamientos, se
veían finalmente aliviados. De otra parte, el hecho de que al frente de una
nueva situación pudiera aparecer el controvertido Alcibíades, odiado y
denostado por algunos, pero emblema y parangón de un orden nuevo e imaginativo
para muchos, dejó el inmenso debate nacional definitivamente sentenciado.
Alcibíades comenzó a estar en la mente de todos, y su halo se hizo
omnipresente.
La
conjura se tramó sin pérdida de tiempo. Pisandro fue el autor de la propuesta.
Su proyecto consistía en elegir cinco proedros que a su vez eligieran a cien
ciudadanos, y cada uno de éstos a tres que se unieran a ellos. Pisandro,
apoyado por la habilidad probada de Antifonte, convocó a la Asamblea.
Aconsejado por su astucia, decidió que, en lugar de en la colina Pnyx, que era
el sitio habitual de su celebración, fuera en esta ocasión en la colina de
Colono, ésa que se encuentra separada diez estadios de Atenas, junto al
santuario que Posidón tiene allí erigido. Sin disensión alguna, se ratificó la
designación de los cuatrocientos. Noticias hubo de que Frínico y Terámenes, el
hijo de Hagnón, se distinguieron por su vehemencia y el entusiasmo con el que
acogieron las innobles propuestas. Pocos días después, los “Cuatrocientos”,
ocultando cada uno de ellos un cuchillo junto al calor abyecto de su cuerpo y
escoltados por ciento veinte jóvenes, que utilizaron a modo de su guardia, se
presentaron en el edificio del Consejo e invitaron a los consejeros elegidos
por sorteo a que lo abandonaran. Después, la Asamblea votó la abolición de
nuestras más importantes normas constitucionales. Desde aquella decisión, el
derecho de ciudadanía solamente nos alcanzaba a cinco millares de atenienses, a
quienes por su gracia nos fue reconocido, si bien su recelo y vigilancia hacia
nosotros nos eran evidenciados permanentes. Desde el día que ellos se
establecieron en Consejo, invistiéndose de poderes absolutos, sembraron el
crimen y el terror para cuantos no éramos adictos y fieles a su causa.
Únicamente el criterio de evitar escándalos ante el pueblo o la utilidad
encubierta para sus propios fines, hacían que algunos de nosotros siguiéramos
siendo aceptablemente tolerados. En mi recuerdo quedará aquel mes de
esciroforion como uno de los más tristes y siniestros de mi vida. Jamás
perdonaré a mi voz que fuera ella quien trajo hasta mi patria la ponzoña que
envenenaría para siempre la gloria de Atenas y sus instituciones. Busqué
aquella tarde a Sócrates y, junto a su serena congoja, lamentamos ser testigos
de tiempos tan aciagos.
El
Consejo de los “Cuatrocientos” ejerció un gobierno tiránico y brutal. Sólo,
curiosamente, la flota anclada en Samos se negó, tras múltiples vicisitudes y
enfrentamientos internos, a aceptar la abolición de nuestra democracia. Su
distancia geográfica con la locura que imperaba en la patria, les permitió
cierta capacidad de razonar. Trasíbulo, hijo de Lico, y Trasilo, bajo cuyo
mando habían sido puestos los navíos, se erigieron como jefes demócratas y
resistieron con firmeza heroica y fe inquebrantable en sus creencias.
Seguramente, ellos eran los más defraudados, pues que las promesas de
Tisafernes, hechas por boca de Alcibíades, habían resultado todo un ultrajante
engaño. A la vez, las noticias que les llegaban de Atenas sobre la forma de
gobernar de los oligarcas, les eran radicalmente inaceptables. Su recia
resistencia supuso un punto de esperanza para quienes creíamos en el gobierno
de un pueblo soberano.
Aquel
invierno, el estado de estrangulación se hizo tan insostenible que el Consejo
se dispuso a firmar una paz con Esparta a cualquier precio. Mandó emisarios al
rey Agis. Pero las propuestas fueron desestimadas por aquél; sospechoso de que
nuestro pueblo no se sometería tan fácilmente a un régimen impuesto de aquel
modo. Vergonzoso resultaba que nuestros enemigos conocieran mejor que nuestros
gobernantes el corazón que latía dentro del pecho de los atenienses.
Momento es éste de dar una vez más gracia a los dioses. Pues, casi
extinto, el furor del pueblo reaccionó ante tanta indignidad. Y, con un vigor
surgido tal vez de sus propias cenizas, logró disolver aquel Consejo. Entonces
fue depositado nuevamente el poder efectivo en manos de aquellos cinco mil que
éramos reconocidos con derechos como ciudadanos. Viajé de inmediato a Samos
para llevar la noticia a nuestra flota, a la que ya se había incorporado
Alcibíades. Llevaba el corazón henchido de esperanza. Y me cupo, además, la
dicha de traer la noticia de nuestra victoria frente a los peloponesios,
acaecida cerca del promontorio de Cinosema. Tras ella seguirían la de Cízicos
sobre los espartanos, que les obligó a solicitarnos una negociación de paz que
no les aceptamos. Un atisbo de luz brillaba, pues, de nuevo en nuestro
horizonte.
Al
regreso de mi viaje, Pisandro y Alexicles se habían retirado discretamente a
Decelía; el ostracismo les había sido impuesto como disciplina. Frínico había
sido muerto por un joven perípo. Y, a pesar de las torturas a las que se
sometió al cómplice del asesino que fue capturado, no fue posible arrancarle ni
una sola palabra sobre la conjura tramada para obrar esa muerte. Aristarco
también cayó en desgracia. El nefasto gobierno de los “Cuatrocientos” había
sido totalmente abolido. La voz de Lisias había impuesto al fin su fuerza y su
cordura. Junto a la inmensa alegría que me produjo la reinstauración del
régimen democrático, la tristeza de un pueblo profundamente dividido me
desolaba el alma. Amigos como Cármides habían quedado definitivamente separados
de mí. Lamenté que su cuñado Critias hubiera tenido sobre él tanto poder de
persuasión malsana.
Cuando mis ocupaciones y la tensión de los acontecimientos me dieron un
respiro, busqué a Cidila. Desde la última ocasión en que yo había visitado la
casa de Teodota, algo se había fraguado en mi interior obrando al margen de mi
consciencia y de mi voluntad. El hecho de evidenciar que la atención de aquella
prostituta no me era dedicada en exclusiva, había provocado en mí una mezcla
imprecisa de envidia y de resentimiento. Era entonces cuando evidenciaba que,
en medio de la aspereza de mi vida, aquella mujer, cuyos servicios yo pagaba,
se había entregado a mí mucho más allá que lo que su arte y su deber la
obligaban. Bajé a casa de Teodota llevando conmigo una preciosa estatuilla
tallada por Pitágoras de Regio. El autor me la había enviado, como regalo
personal, junto con la magnífica obra de Deméter que yo le encargara, en
presencia de Policleto, para el altar de la casa de Caris y de Simias. Mi
hermana había quedado entusiasmada con aquel regalo mío, pues que la estatua
era de tal perfección que, cuando se la miraba desde una cierta distancia,
parecía estar conversando afablemente con quien la contemplaba.
Ebrio de ira salí de casa de Teodota. Con la furia de alguien a quien
hubieran incendiado su casa o robado su hacienda, mordí una rabia que me ardía
como fuego en la boca. Y sólo, tras agotar mi cólera corriendo sin destino en
medio de la noche, el cansancio, la impotencia y la desolación pusieron freno a
mi locura. Una vez más, maldecía mi sino y la adversidad de mi fortuna. Una vez
más, la vida me arrebataba la esperanza y el cariño apenas éste me miraba.
Cidila se había marchado de Atenas. Un hombre acaudalado de Clazomene la había
comprado y ella había aceptado su amor y su destino. Tecmesa y Atossa me
aseguraron que lo había hecho por desesperación. En silencio, me había amado,
sin atreverse siquiera a esperar mi respuesta, pero sumida en el desconsuelo
que supone sentirse tan cruelmente ignorada. Maldije mi ceguera y mi soberbia,
pues que ceguera y soberbia habían sido la causa de que yo no entendiera que
aquella muchacha menuda, que se me entregaba cuando únicamente mi capricho así
lo decidía, me daba en su ternura mucho más que lo que yo hubiera podido pagar,
incluso, entregándole un estátero de oro acuñado. Avergonzado, recordé a
Drosis, certificando cómo la vida, sin piedad, me obligaba a enfrentarme a ese
espejo veraz donde yo parecía condenado a ver reflejada la hez de mi estirpe.
Al fin, era evidente que la misma sangre de Agios encharcaba mi cuerpo.
En
los meses siguientes apoyé a Cleofonte en su decidido empeño por restablecer,
nuevamente, un auténtico estado democrático. Apoyé a quien había sido mi gran
amigo en la infancia, frente a las brutales acometidas que hubo de soportar,
sobre todo, del enconado Critias, que no podía aceptar la caída de aquel indigno
gobierno de oligarcas que le favorecía. No hubo para nosotros horas suficientes
ni en el día ni en la noche para entregar todo nuestro tesón, ingenio y
entusiasmo a nuestra patria. Casi puedo decir que en aquellos días mi espíritu
volvió a creer y esperar en una empresa trazada por los hombres. Junto a cuanto
íbamos consiguiendo en cuanto a la restauración de las instituciones, los
resultados en el Egeo eran alentadores. Y aunque con respecto al mar Jónico la
situación era realmente difícil, cualquier cosa era suficiente para aferrar a
ella la esperanza y creer en glorias venideras.
A
pesar del tremendo esfuerzo, la comprometida situación social y política, y el
incierto futuro, recuerdo aquel tiempo como bañado en un bálsamo grato y
oloroso. El reencuentro con Cleofonte, a quien tanto quería, me hizo creer
nuevamente en la vida. Los años de nuestra juventud nos habían separado poco a
poco, hasta el punto de hacernos creer ajenos, distantes y olvidados. Sin
embargo, apenas tuvimos un pretexto que nos mantuvo juntos, volvió a mostrarse,
con la intensidad y la firmeza de los años en los que ambos éramos unos
muchachos, toda la fuerza de nuestra armonía. No eran los razonamientos, las
palabras o los asuntos que nos ocupaban los que nos ponían de acuerdo. Era algo
mucho más profundo y sustancial; tal vez un modo de entender la vida; tal vez
una manera de creer y perseguir los sueños.
Sin
embargo, una nube seguirá, mientras aliente en mí la vida, restando luz y
brillo a aquellos días. Pese a cuanto nuestro empeño y nuestra influencia
trabajó en su favor, no pudimos evitar que Agatón y Eurípides tuvieran que huir
a Macedonia. Un sabor de injusticia sigue, aun hoy, amargando en mi boca. Y
únicamente pueden reconfortarme esas noticias que en la actualidad llegan a mis
oídos y que me aseguran que una hermosa tumba cerca de Anfípolis guarda
honrosamente los restos mortales del preclaro autor de la obra de título
“Medea”. Y aunque sabido fue, en su día, que la acogida que Arquelaos, rey de
los macedonios, le dispensó, mitigó la ofensa que la acusación de impiedad y el
mal trato inferido por los nuestros le habían acarreado, siempre pesará en mi
corazón haber sido testigo de tan infame acto. Justicieramente celebré en
compañía de Sófocles el día que, muerto ya el denostado autor de más de noventa
obras de teatro que engrandecerán por los siglos el arte de Atenas, le fue
concedida la quinta corona. Los hombres fuimos ruines y mezquinos con él, los
siglos resarcirán con esplendidez nuestra miseria.
Coincidió la entrada triunfal de Alcibíades en Atenas con el día previo
a aquél en el que celebré mis esponsales. La ciudad entera se vistió con
trenzados de flores y follajes. El mirto y el laurel uncidos decoraron cuantos
edificios públicos y templos nos sentimos orgullosos de poseer. Y el aire se
convirtió verdaderamente en sonoro, ya que desde el albor hasta que la luz se
oscureció del lado del oriente, no cesaron los clamores de címbalos y campanas,
caramillos y trompas, timpanones y flautas. Por la ciudad entera, tañedores de
liras, cítaras y arpas, fueron deshojando sus sonidos, cual si se tratara de
una siembra de pétalos. Sobre los Muros Largos se desplegó guardia de honor.
Todo el que poseía armas de guerra, vistió sus galas más preciadas. Los
caballeros aparejaron sus bestias con las mejores bridas y monturas. Y en todos
los altares ardieron sacrificios y ofrendas abundantes. Se izaron también
grímpolas, emblemas, banderas y estandartes. Y doce carros arrastrados por
tiros de caballos suntuosos, de aquéllos mismos que le habían procurado la
victoria en Olimpia y que le habían sido confiscados al ser condenado por
impío, cortejaron a quien, tras mil vicisitudes, volvía a su patria restituido
en honores, admiración, amistades y bienes.
Fui
también a recibir al regio Alcibíades. No porque su vuelta me ofreciera motivo
de alegría, sino porque me creí en el deber de cooperar y no restar, a la
esperanza de mi pueblo, el ápice de apoyo y de refuerzo que pudiera suponer mi
acto de presencia. Acompañé a Cleofonte y bebí del mismo kylix que tocaron los
labios del sagrado. Y es que, similar a como se hubiera obsequiado a un dios,
así fue él agasajado. Su brazo estrechó con fuerza el mío, como lo hacía
siempre. Y sus ojos, brillantes y entusiastas, eternamente jóvenes, miraron firmemente
a mi mirada. También tuvo una alocución cálida y oportuna para señalar de un
modo especial nuestro nuevo reencuentro, consecuencia remota del previo que
hubiéramos tenido en las tierras de Samos. No sé qué dijo más ni qué respondí
yo. Tal vez, mi voz musitó unas palabras que encerraran en sí, cual una clave,
lo que los dioses me permitían ver de pronto en su mirada, y que, por fin, me
explicaba la esencia genuina de aquel hombre. Como una inscripción tallada
sobre el mármol efímero y eterno de la tarde creí leer: “Poco importan los
medios; sólo me colma el hecho de que el éxito al final sea mío”. Allí estaba
realmente Alcibíades; bajo su sandalia, humillada sin saberlo, Atenas entera le
vitoreaba ebria a la vez de engaño y esperanza.
Celebré mi boda en los primeros días del mes de gamelion. Acepté a quien
sería mi esposa sin hacer demasiado aprecio ni de su virtud ni de la dote que
me aportaría su padre junto a ella. Celoso y desalmado, busqué únicamente
disponer de una hembra que supliera algo de cuanto, de pronto, había
descubierto que Cidila se había llevado con su huida. Y di por bueno lo que
Cleofonte y Kebe me indicaron, buscando solamente un cobijo o un reposo sin
demasiada fe ni entusiasmo en ello.
Casé
con Arete tras efectuar el arreglo con Milto, su padre, hombre prudente,
oriundo de Mégara, que vivía en Atenas desde hacía años, sabiendo únicamente
que la que sería mi mujer era sana, medianamente hermosa y su edad no llegaba a
sumar ni cinco Olimpiadas. Y puedo asegurar que no me interesé por su estatura
o su cuerpo, ni vi su cara velada por la gasa de doncella hasta que, tras el
banquete celebrado en casa de su padre, efectué el rapto ritual, y la conduje
en un carro, sucintamente engalanado, hasta mi propia casa. La casa de Agios ya
había sido cerrada por mis órdenes, y yo me dispuse a vivir en la que me había
sido obsequiada por mi triunfo en Olimpia.
Hago
un descanso aquí e imploro a mis dioses protectores cordura y sosiego para
hacer justicia y expiar mis ofensas Desearía ahora que Lete me diera agua de
aquella fuente suya llamada del olvido, que brota junto al oráculo de Trofonio,
en Lebadea, ya que el recuerdo de aquella noche, en la que por primera vez tuve
a quien es mi mujer y yací a su lado, es una de las más terribles e indignas de
mi vida. Voluntariamente he esquivado hasta aquí hablar de quienes, en los
últimos diecisiete años, han sido mi familia. Honrar su nombre y la paz y el
apoyo que su cercanía me ha otorgado tan abundantemente, es un tributo que les
debo y que quiero pagarles con cariño y justicia. Ellos han sido la mano
mediante la que el Oráculo ha cumplido su último designio: “...y el silencio dorará
con su miel los ácidos recuerdos”.
Me despedí de los padres de la novia cuando
la noche era ya cerrada. El vino y la música nublaban mi cabeza hasta hacerme
creer que en realidad no me pertenecía. Recuerdos, sensaciones y turbios
pensamientos se agolpaban en ella no hallando ni un discurrir de lógica ni una
vereda de claridad que me hiciera saber con exactitud qué era aquello a lo que,
irreflexivo, me había vinculado.
Traqueteó el carro uncido de lías,
guirnaldas y festones por entre el empedrado de las calles de Atenas, pues que
azucé a las caballerías para que hicieran lo más apresuradamente posible el
recorrido. Despedí de inmediato a los músicos, que por mi encargo estaban
aguardando en mi casa, apenas hubieron dado la bienvenida a nuestro escueto
cortejo. Luego, Caris y Simias, tras otorgarme el parabién, se retiraron. La
felicidad de mi hermana era muy evidente; ciertamente, ella sabía reconocer a
las mujeres. “ Será una buena mujer; sólo has de dejarla que lo sea”, me dijo
al oído cuando me abrazaba para su despedida. Entre nosotros había vuelto a
anidar aquella sensual complicidad que había hecho nuestra relación tan
singular y entrañable desde siempre. Luego, Kebe, que había ejercido de
padrino, supo con sus artes de actor persuadir al resto de mis allegados para
que, sin demora, se fueran ausentando. Solicité, sin embargo, a Sócrates que se
quedara. Tenía yo la absurda pretensión de que su cordura pudiera poner orden
dentro de mi cabeza. No me importó que nos acompañara el sobrino de Cármides.
Ya el joven Platón, aun a pesar de sus escasos años, poseía un discernir
preclaro y un modo peculiar de comprender las cavernas de la mente y del alma.
Fueron, pues, Kebe, Platón y Sócrates quienes me acompañaron mientras Arete era
atendida por nuestras esclavas en todo lo concerniente a su baño de nupcias.
Nada aportó, en favor de mayor claridad para
mi mente, la formulación de las preguntas que hice a mis acompañantes. Ningún
efecto surtió tampoco cuanto ellos se esforzaron por que mi revuelto entender
encontrara un inicio de orden y cordura. Hablamos del amor, el deber y las
leyes. El muchacho esbozó hermosos pensamientos cargados de profundos matices.
Sócrates, socarrón, me habló de la paciencia que tanto Mirtó, su antigua
compañera, como Xantipa, su actual mujer, habían logrado desarrollar en pos de su
carácter. “Es bueno que el hombre tenga una mujer; soportarla nos hace
virtuosos, y en ellas consumamos el sagrado deber de propagar la estirpe. Con
mis hijos Lamprocles, Sofronisco y Menéxeno, al menos, engrandezco y hago
posible la pervivencia de nuestra amada Atenas”.
Lavé mi cuerpo con las aguas traídas de la
fuente de Calirroe, la que fluye a través de la boca fiera del gran león de
piedra, y lo perfumé con los aceites esenciados que Eufronio había macerado
para mi casamiento. Vestí túnica nueva y, ya en mi aposento, mandé llamar a
quien era mi esposa según había quedado ratificado por nuestras ofrendas a Zeus
Teleio, a Hera y a Artemisa Eukleia. Soberbio y arrogante, esperé a la
muchacha. La alcoba había sido dispuesta por mi hermana Caris, y la luz tenue y
temblorosa de las lámparas y el aroma que exhalaban los pebeteros creaban un
ambiente propicio al amor. Vi venir a Arete confundiéndose con las sombras que
proyectaban las columnas del patio. La conducían, una a cada lado, las dos
esclavas venidas de su casa cual parte de la dote. En los espacios de aquel
lugar extraño para ella, su figura menuda parecía avanzar envuelta en una bruma
de gran desolación. Entró en la antesala como si el suelo le quemara en sus
plantas. La mesa de bronce cincelado de Corinto mostraba sobre su alabastro
abundancia de frutas recién lavadas y jugosas, cuyos colores y brillos
demandaban la gula. Creo que avanzó sin darse cuenta de ello. Incierta, se
aproximó a la puerta del tálamo y pidió mi permiso para poder pasarla. Noté
cómo sus manos se resbalaban temerosas de las de sus esclavas que, a su
espalda, se iban retirando tras la misión cumplida de haber hecho su entrega.
Un gesto agazapado de temor se dibujó en su cara cuando las puntas de sus dedos
dejaron definitivamente las puntas de los de sus sirvientas. Las muchachas
tendieron la cortina con sigilo y cerraron las puertas. Sola ya ante mí,
observé su terror abiertamente, que ahora se mostraba sincero e infinito. No
hice nada por mitigar su miedo. Tampoco puedo hoy explicar el motivo que rigió
aquel día mi ruin comportamiento. La maldad nos habita cual un parásito del que
no advertimos que vive chupando nuestra sangre. Cruel, disfruté de su
debilidad, cual si mi ensañamiento me convirtiera en un ser más grande o poderoso.
Jamás sabré tampoco de qué negras e inconfesables deudas quería mi más malvado
espíritu resarcirse en horas tan aciagas. Permanecí sentado sin acercarme a
ella, recreándome en la inseguridad y confusión de su desvalimiento. Arete
comenzó a llorar sin estertores. Era un llanto de súplica y de miedo, de
extravío y de lástima.
He confirmado, en el transcurso del tiempo
que he vivido, que la maldad del hombre no es un atributo exclusivo de los
hombres inicuos. Vicio y virtud nos repletan a todos y es arduo ejercer su
dominio. Torvas razones invaden nuestra mente y a veces obramos la injusticia
cual si la sinrazón nos fuera un alimento necesario para la subsistencia.
Grande es el pueblo cuyos dioses y leyes saben poner freno a los desbocados
instintos de sus hombres.
Desnudé lentamente el cuerpo de la niña como
si despojara a un pajarito de su plumón primero. Gocé el estremecimiento que
respondía en ella a cada pieza que yo le retiraba. Abrí primero el broche de
oro y de granates que sujetaba, junto a su cuello, el quitón y dejé caer la
tela blanca, derramando sus abundantes pliegues, abandonados, bajo su cintura.
Temblaron sus pechos y se aguzaron sus oscuros pezones. Tenía piel morena. Olía
a jazmín y violetas y su carne brillaba de pomadas. Era un aroma templado que,
en su proximidad, casi podía tocarse. Deshice luego el trenzado que recogía su
pelo ensortijado y retiré la hermosa diadema que las esclavas habían colocado
sujetándola con horquillas de oro y cintas azuladas. Y cuando quité el velo de
su rostro, tuve, por vez primera, la sensación de estar violentando a una
virgen, y me ensañé en ello.
A la incierta luz de las candelas, noté
brillar el surco de sus lágrimas, que resbalaban animadas por el temblor
nervioso de sus labios, siguiendo por su cuello hasta perderse entre sus firmes
pechos. Nada me infundió piedad. Seguí hasta que la muchacha estuvo totalmente
desnuda y todos sus vestidos y aderezos tirados a sus plantas. Su cuerpo
despojado parecía más débil y liviano. El mío, por contraste, más fuerte y más
seguro. Era como si en medio de aquella locura mía yo precisara testimoniar más
que nunca mi absurda fortaleza, mi siniestro dominio.
Sin esfuerzo, cogí a la muchacha y la llevé
hasta el lecho. Tendida sobre las colchas y almohadones, parecía aún más frágil
y más niña. Yo le doblaba la edad, pero ahora nuestra distancia parecía
agrandarse. Desnudé luego mi cuerpo. Ampuloso, gusté la grosería de ir
mostrando mi carne sin recato ninguno. Fue como asaetear a una garza con las
patas quebradas. Sus ojos trataban de esquivarme. Y, cuando yo los obligaba a
mirarme, lo hacían con la redondez incrédula de quien teme la muerte. Arete
estaba aterrorizada, y hasta su saliva se notaba pasar trabajosamente por su
fina garganta. Luego me tendí sobre ella. En la proximidad, noté su corazón
agitado en el pulsar nervioso de sus sienes. Allí, donde unos cuantos cabellos
suyos dibujaban la graciosa levedad de un rizo, la marca del temor palpitaba
sin pausa.
Entré en ella sin atender sus súplicas.
Rompí su sexo con la violencia con la que había matado a nuestros enemigos allá
en el campo de batalla. Mordí sus pechos y apreté sus muslos con los míos, en
un intento feroz por inmovilizar a quien ya era inmóvil. Una y otra vez,
cabalgué sobre ella sintiendo que sus sollozos azuzaban mis bríos. Fuera de la
razón, hundí mi rostro en el pozo oloroso de su pelo, enmarañando su pureza con
mi aliento entrecortado y mi ardiente odio. Creo que intentaba esconder mi
rabia y mi miseria. Toda mi frustración y la adversidad que me habían asediado
hasta entonces se saciaban en aquel acto indigno, salvaje y rencoroso. Y
cuantas veces se tensó mi vientre en ese constreñido preámbulo que se resuelve
en siembra, busqué el modo de destruir a quien se me entregaba en la docilidad
abandonada de la suma impotencia.
Puedo asegurar que, una y otra vez, fue como
si matara a Arete. Sé que no hago justicia simplemente con denunciar mi acto de
este modo. Pido al gran Zeus, señor de mis grandezas celebradas, piedad también
para mis crímenes. Y en estos días en los que la desolación invade la senectud
de mi esperanza, quiero entregar todo mi agradecimiento a quien sepultó
definitivamente mi furia en su sosiego, mi rencor en su afecto, mis días sin
destino en el fruto esperanzado de su vientre. Pues que engendrado quedó en
aquel día mi hijo Amasis, ya que su nacimiento tuvo lugar en el siguiente mes
de pianepsion, y muerto para siempre mi peor enemigo; ése que, en mis años
precedentes, habitó, avieso, en mí mismo.
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