3.11.13

CAPÍTULO VIGESIMOTERCERO




Pudiera describirlo así: De pronto, es como si el tiempo perdiera su facultad de tránsito, de flujo que muta y que desplaza, que hace crecer e informa; que promete y guarda en cada día un temblor de sorpresa. Sobrevienen entonces las jornadas espesas del hallazgo sabido, las monótonas tardes de la ruta trazada y sin desvíos; las difusas del tedioso repetir: una vez y otra vez, y así hasta siempre. Son los días en los que la memoria nutre con los viejos recuerdos el vientre pesado de ese tiempo que es incapaz de generar sus propios alimentos; tal vez por hastío, tal vez por decepción. 
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 XXIII


EL TIEMPO SIN MEMORIA

Puedo asegurar que, a partir de entonces, fue como si mis días perdieran la memoria. Por eso mi narración de ello será, a partir de aquí, más difusa y correrá más veloz en el tiempo. El tedio y la monotonía condujeron a mi espíritu hacia parajes carentes de deseo, de ilusión y esperanza. Seguí sirviendo a Atenas porque ése era el deber de un ciudadano que creyera, a pesar de todo, en los dioses, las leyes y la patria. Lentamente, como el efecto de un vino de la Argólida, que va ocupando la razón y los sentidos sin notarse, el fuego inextinguible del gran Zeus volvió a retemplar mis venas y mi entraña. De nuevo, comencé a correr y ejercitarme con regularidad, y mi cuerpo volvió a mostrarse con la tensa firmeza del pasado. Las formas vanidosas, exultantes y amables de la flexibilidad, que se muestran en aquel muchacho de mármol, que mira orgulloso y erguido junto a la puerta que se llama de “Antandros”, fueron suplantadas por otras en las que el aplomo y la dureza poseían un distinto atractivo. De nuevo, fui reclamado por quienes se dedican al oficio de esculpir y pintar. Pero mi espíritu menos engreído me hizo no acceder, salvo en contadas ocasiones, a los deseos de quienes me instaban a permanecer quieto ante ellos para nutrir su arte.
   Mi casa tornó a un cierto orden, cuando mi intransigencia permitió a Caris que diera instrucciones a las nuevas esclavas que fueron adquiridas para el servicio y gobierno de la hacienda. Y sé que mis amigos comenzaron a sentirse aliviados, pues que pudieron comprobar que, a pesar de mi semblante severo y taimado sin remedio, mi ánima comenzaba a serenarse lentamente y a encontrar reposo en mis entrañas. Recuerdo, ahora, con rubor y vergüenza, la rigidez y la distancia con que conversaba y me relacionaba entonces con alguien que siempre había sido para mí tan grato y tan cercano como Kebe. A mi desatención ante el estreno, dos años antes, de la obra de Eurípides, que fue mostrada al pueblo con gran éxito bajo el titulo de “Las Troyanas”, se contrapuso mi inesperado interés por la presentación de esa pieza de Aristófanes, en la que las mujeres se proponen alcanzar la paz que los hombres no parecen ser capaces de lograr de ningún modo. Kebe hizo inmortal con su interpretación a la valerosa “Lisístrata”. Y cuando la felicitación llegó de mi voz a sus oídos, no tuvo reparos en decirme entusiasmado: “Más que mi triunfo en la escena, celebro tu interés por mi trabajo. Puedes estar seguro de que cuando gritaba a través de la boca ovalada de mi máscara, no era la paz de Atenas, sino la tuya, la que reclamaba”.
   Rumores provenientes de Esparta pronto propalaron la noticia de que el altivo Alcibíades había seducido a la procaz Timea, la esposa del rey Agis. Tales noticias nos llegaron mezcladas con las que anunciaban la rebelión de Quíos y el resto de las ciudades de la Jonia, en las que su mezquina influencia también parecía haber sido firme y decisiva en nuestra contra. Una vez más, su actitud era todo un escándalo que alzaba contra él las iras más vehementes, pero a la vez le procuraba la más entusiasmada adhesión. Ante algunas facciones, su figura iba envolviéndose entre la nebulosa de la incongruencia y de la controversia, haciendo de Alcibíades un personaje casi irreal, inmerso en el enigma que sustenta a la gloria.
   Cuando supimos que, al fin, Esparta había firmado un tratado con los persas, que la dotaba de cuantiosa ayuda económica, en contrapartida a su renuncia a las ciudades de Jonia que estaban bajo su influencia, nos sentimos seriamente alarmados. Encubiertamente, la guerra subsistía. La labor diplomática se hizo entonces sumamente importante. Sólo una red bien trenzada de acuerdos, pactos y tratados entre las ciudades, sellados uno a uno, podía paliar la desmembración creciente que iba imperando como una gangrena incontenible y destructora. Participé, pues, en cuantas misiones me fueron encomendadas por el Polemarco. Viajé casi continuamente en la nave Paralos y me entrevisté con cuantos reyes o mandatarios se hizo aconsejable. Clazomene, Dafnunte, Lada, Panormo, Antisa, Yasos y Tiquiusa, fueron algunas de las muchas ciudades que visité con misiones de Estado. Hablé con el lacedemonio Terímenes, debatí con el espartano Evalas y con el navarco Astíoco. Me entrevisté con el perieco Diníadas. Y hasta me permití aconsejar a Frínico, a León y a Diomedes. Por eso considero, en estricta justicia, que las victorias de Bolisco, Fanas y Leuconio, algo deben a mi intervención. Y cuando fue oportuno, también surqué el mar con rumbo al reino del eximio Dario, señor del pueblo persa.
   De aquel tiempo guardo, más que gratos, vanidosos recuerdos, pues mis intervenciones buscaron con firme y sereno entusiasmo el bien de nuestra patria. Memoria grata conservo, sobre todo, del viaje que hube de realizar nuevamente a las tierras de Élide. La discreción inherente al cometido que me ocupaba   entonces   me   preservó  de  muestras  públicas  y  reconocimientos.
Agradecí íntimamente tal circunstancia, pues nada había en aquellos días que más me incomodara que ser descubierto y celebrado.
   El recinto de Olimpia guardaba para mí, como un lekanis singular, esencias de las horas más felices y más turbias de mi vida. Cuando mi misión estuvo concluida, decidí permanecer un día más en el espacio santo. Un amigo eleo, afable e influyente, dispuso todo para que mi jornada última fuera apacible y grata en aquel suelo. Su esclavo estuvo a mi servicio, procurándome cuanto me era necesario, pero sin distraer ni importunar mi templanza y mi espíritu, entregado al encuentro solaz con el recuerdo. Hice ofrendas al amanecer, cuando aún la niebla escondía entre su bosque de luz opalescente a las mil estatuas del recinto sagrado, y visité el lugar donde ardía la llama inextinguible. Recorrí el Altis y penetré silencioso en el templo de Hera, reina del Olimpo, en ese instante en el que cada día Helio llueve sobre los olivos de Crono su verdor más brillante y metálico. Luego fui a la Palestra. El recinto estaba desolado. El frescor de la noche aún podía tocarse como un llanto sereno, rezumando, en fustes y paredes. Entré con el sigilo de quien fuera a cometer una ignominia. Las columnas comenzaban a teñirse entonces de un color tenue, casi como el que presenta la piel de las muchachas cuando salen del baño. Oí mis pasos resonar, opacos y pausados, mientras avanzaba por la oquedad del pórtico, a cuyo lado derecho se abrían las bocas negras y rectangulares de los aposentos que muy pronto ocuparían los atletas. Los héroes y los dioses de los muros parecían haber detenido su juego o sus hazañas y me observaban confabulados en irónica intriga. Cuando llegué al final de aquel lado, en el ángulo desde el que arranca el otro pórtico, vi el cacillo brillar sobre el brocal del pozo y sentí un intenso deseo de beber de su agua nuevamente. Metí mi brazo en el oscuro ojo y llené la escudilla de plata reluciente. Tragué aquel frescor con avidez de atleta extenuado, mientras mis manos mojadas sentían en sus palmas la rugosidad de aquel vaso mil veces abollado por el uso. Tanta fatiga, tanta sed; tanta ilusión habían saciado las aguas alcanzadas por aquel recipiente... También, tanta derrota, tanta desesperanza y tanta muerte habían sido ahogadas en aquel hermoso cuenco que tenía de nuevo entre mis manos. Tiré la hez sobre el mármol amarillo y desgastado de la stoa y observé la mariposa transparente que el capricho del agua dejó posarse sobre el pavimento. Un instante después, entré en el recinto escueto en el que Alexias y Timasión habían aceitado y amasado mi cuerpo el día memorable de mi gloria, buscando, ellos, infatigablemente, aportarme el ánima que parecía haberme abandonado. En la penumbra, el silencio parecía cargado de elocuencia lejana y misteriosa. Algo denso tapizaba aquellos muros como un musgo apretado de ciencia y de saberes. Sin duda, era la suma del afán y la entrega, el rezumar del esfuerzo acopiado por los hijos de Zeus; por los muchachos que aspiraban desde tiempos y tiempos a recibir el favor incomparable del supremo.
   Pasé un largo espacio de tiempo recorriendo aquellas estancias en las que tanto había quedado de mí agarrado a sus piedras. Busqué una vez más el lugar en el suelo en el que la sangre de Licino había dejado aquella rúbrica que había signado y decidido mi destino por siempre. Me senté acurrucado en el mismo espacio en el que Timarco y yo habíamos velado, aquella negra noche, la segura muerte de su hermano Erixias. Y un millón de recuerdos e imágenes poblaron mi cabeza, ante el inmenso mural que, en aquella parte de la stoa, narra las hazañas aleccionadoras del heroico Heracles. Luego fui testigo de la llegada bulliciosa de los atletas más madrugadores. Desde aquel lugar discreto, observé cómo los jóvenes fueron acudiendo puntuales para sus masajes y ejercicios diarios. De nuevo, el estigma del dios estaba marcado en sus semblantes. Era, tal vez, solamente una luz difusa sobre el filo quebrado de sus labios o un brillo que ocupaba el vidrio gris, azul o negro de sus ojos. Caminaban con la arrogancia flexible de los elegidos. Y sus túnicas cortas hacían presentir, bajo la blanca uniformidad de aquellas telas, la firmeza de los cuerpos tallados por la entrega y el brío, el tesón y la lucha. Ensimismado, recordé los días venturosos de mi infancia en los que se había forjado mi espíritu definitivamente. En un instante, pasaron ante los ojos velados de mi mente muchos de los sucesos acaecidos en mi vida. En verdad, el tiempo tenía una entidad extraña, y la vida era un cordón infinito de acontecimientos que la razón unificaba para no abrumar cada día con su vasta y tediosa enumeración. Tantos y tantos sucesos habían poblado mi existencia... Miré mis palmas y observé las múltiples arrugas y señales que las recorrían como pequeños ríos sinuosos. Efectivamente; el tiempo había dejado su memoria tallada entre mis manos.
   Al día siguiente, partí nuevamente hacia Atenas. Aproveché la tarde anterior para visitar a Xenócrates, quien vivía en Elis, lejos de sus tierras de Eubea, entregado a la preparación laboriosa de atletas. Nuestro encuentro fue tan caluroso que mi espíritu sintió un alivio instantáneo al volver a tener entre mis brazos a aquél con quien tan mezquina e injustamente me había comportado. Y cuando, firme en mi deseo de exculpación y de justicia, me dispuse a manifestar mi indignidad, Xenócrates selló mis labios y, pasando su brazo por mi hombro, se limitó a decirme, a la vez que comenzábamos a pasear, perdidas nuestras miradas en el suelo: “Sólo tu turbación y tu enloquecimiento tras la guerra, han sido capaces de enseñarme hasta qué punto es malvado el enfrentamiento feroz entre los hombres. Debes estar tranquilo; tratar de entender tu actitud impropia, me ha aleccionado y hecho crecer más interiormente que cualquier otro regalo venido de tu parte. Por otro lado, Antandros ¿qué amigo sería yo, si no supiera leer e interpretar tu alma más allá de las engañosas apariencias de un acto o un momento nefasto?”
   Disfruté mis últimas horas en la Élide junto a mi recobrado y querido Xenócrates. La cena en su casa fue todo lo suculenta que pueda imaginarse. Y en nuestro derredor se colocaron los clinos de aquellos muchachos a quienes él estaba preparando para los próximos agones. Toda la velada giró en torno a la ochenta y ocho Olimpiada, en la que él y yo nos habíamos conocido y en la que yo había conseguido la corona de olivo en la carrera larga. Los muchachos preguntaban ávidos de saber, y su gimnasiarca y yo fuimos, gozosamente, espléndidos en nuestros comentarios. También Xenócrates obsequió a los atletas con sus recuerdos y añoranzas del tiempo que había pasado junto a mí, en Atenas, bajo la disciplina y la entrega de Alexias y próximo a los saberes de Sócrates y Sófocles. Al final de la reunión, me pidió que explicara en qué consistía aquella fuerza que él aseguraba que yo poseía y que, según su convicción, era la razón última de mi triunfo y el suyo. Con torpes palabras, al principio, y tocado después por un soplo de inspiración inexplicable, que sobrepasaba a mi habitual elocuencia y a mi erudición, les hablé de mi primer viaje a Olimpia junto a Kebe, de las heridas en mis pies cuando me quité por vez primera mis sandalias, de la premonitoria tormenta que nos recibiera a las puertas de la magna ciudad de los prodigios; de mis días amargos cuando Alexias me aseguraba que aún no había llegado mi momento. Les hablé de la muerte mascada en cada entrenamiento, del rigor del suelo descarnado en los días de hielo; también del bronce incandescente de aquellas jornadas en las que yo corría junto al trotar jubiloso de Mirkos y Butión, en nuestra ruta hacia la soñada tierra del gran Zeus. Las palabras brotaban de mis labios como el agua arrolladora que inunda y se desborda en una generosidad pletórica, exultante y magnífica. Luego mi verbo se detuvo. Y con la apacibilidad y la mesura que debe alentar un rezo ante los dioses, les hablé de mi primer encuentro con Licino, de la marca que dejó sobre mi corazón aquel dedo suyo de vencido arrastrando la línea quebrada de su sangre sobre la piedra gris de la Palestra. También les conté, empujado por una incontenible descarga de confidencialidad, todo lo sucedido en torno a Agios y a los malditos rodios, y cómo mi espíritu estaba ya vencido y entregado a la indignidad, hasta que sonó aquel grito salvador que trepanó mi oído y abrasó mi mente con la fuerza inconmensurable que parece solamente guarecerse en el rayo. Vi a Xenócrates palidecer ante mi narración. Y cuando hube terminado mi informe, en medio de un silencio sobrecogedor, que me hizo volver sobre mí mismo, cual si no hubiera sido mi voz quien hubiera estado narrando mi relato, mi amigo se removió levemente sobre su propio asiento, tragó saliva, y dirigiéndose a los muchachos dijo: “Ya os había anunciado que en Antandros habita el rayo misterioso que sólo se esconde y refulge en los ojos de Zeus”.
   Antes de partir, visité al gran dios. El emocionado recuerdo del desaparecido Fidias me había hecho postergar la visita a su obra más sublime hasta el último momento de mi estancia. Realmente, la escultura era colosal. Superior al tamaño de seis hombres, el dios se erguía como un monte de oro y de marfil. Durante un momento, miré su semblante. Pero, inmediatamente, hube de retirar la vista de sus ojos como ha de retirarse del disco de los cielos en los días luminosos de verano. En verdad, el maestro había encerrado en su trabajo cuanta fuerza y belleza arrastran a los hombres a seguir creyendo y alentando; todo cuanto me confiara aquel día en el que me condujo al taller vacío en el que se encerraría en soledad para así construirla. Durante un largo rato clavé mis ojos en el estanque de aceite que, bajo el pedestal, rodeaba al dios. En la densa faz del liquido áureo y verdoso se reflejaban de modo más humano, aunque apiñadas en la irrealidad, cuantas figuras ornamentaban su peana magnífica. Tras ellas, la gran divinidad las cobijaba como cubriéndolas por un inmenso manto de oro refulgente. Cuando me fue posible, volví a mirar al dios. Con su mano izquierda sostenía su lanza, desde cuya cúspide el águila mensajera se alzaba arrogante, rozando casi el techo de la nave. En su mano diestra, la estatua de su hija Nike desplegaba sus alas y abría su vestido en señal de victoria. Severo y tierno a un tiempo, el dios mostraba la desnudez de su torso nacarado y brillante. Los sacerdotes habían ungido profusamente con óleo el marfil de su carne para que no se agrietase y, en la penumbra del templo, el brillo de la grasa lo hacía parecer un atleta dispuesto a la contienda. Algo en su semblante me pareció cercano y conocido. Un temblor de indignidad me recorrió entero. Fidias había marcado un surco casi imperceptible en su mejilla que le aportaba un matiz severamente hermoso y sensual. Instintivamente, toqué mi cara y sentí el ardor de mi pómulo.
   Regresé a Atenas impresionado por la magnificencia de la obra de Fidias. Encontré mi casa sumida en una armonía que ya había olvidado, y su cobijo reconfortó mi espíritu, cansado de tanta conversación y tanto intento de establecer cordura entre quienes porfiaban en seguir en la guerra. Cuando hube descansado y lavado mi cuerpo de la suciedad y el polvo del camino, corrí hasta la casa de mi hermana Caris para entregar a Atreo un aro y un ingenioso juego de ónice y madera que le había mercado en Olimpia. El muchacho me recibió con el gozo de quien supiera que algo sin palabras para ser explicado nos unía. Seguramente, a través de su ternura, había encontrado su propio modo de fluir ese hilo de amor que siempre me ha unido a su madre. Caris me condujo hasta su hijo complacida y ufana de nuestro gran cariño. Ella presentaba, una vez más, la dócil hermosura de quien ha encontrado en cuanto la rodea la paz y el afecto, al margen de ambiciones inútiles. Sin que lo percibiera, observé su semblante. También en su rostro y su figura el paso del tiempo había dejado su señal y su poso, aunque, en su caso, eso la ennoblecía. En secreto, pedí a Hera que me concediera el placer de verla envejecer.
   Cuando anocheció, bajé a casa de Teodota. Sus puertas se abrieron para mí con la generosidad y el agrado con el que siempre me recibía su encantadora dueña. Ella había sabido también atender mi desolación durante los tiempos más ásperos de mi rencor, ordenando disponer para mi gozo cuanto fuera preciso. En aquella casa de prostitución se me había tratado con mucha más tolerancia y afecto que el que en justicia hubiera correspondido a mi carácter adusto y enconado. Tan pronto como entré en el recinto central, Teodota trajo, rebosante de vino, y lo puso en mi mano, el kylix verde tallado en crisopacio que ella misma me obsequiara la noche en que descubrí y disfruté las artes de Cidila y me separé de Amasis. Había decidido tenerlo en su casa, pues que para mí, aquel vaso y la libación que en el puerto había realizado con su hez aquella noche, estaban cargados de presagios densos y luctuosos. Sólo solía yo beber en él el amargo vino de Cerdilio, y eso, en las horas en que el placer del sexo cegaba mis sentidos. Aquella comunión entre ácida embriaguez y gozo exacerbado uncía mis entrañas y proclamaba la efímera realidad de cuanto se nos daba envuelto entre las nieblas extraviadoras de la dicha.
   Teodota vino a mí, espléndida y afable, derrochando el brillo de sus ojos, pero enseguida noté que algo la inquietaba. Sus sabias maneras y recursos la hicieron interesarse por mis últimos viajes. A mis manifestaciones sobre la sorpresa que me había causado, en mi visita a Olimpia, la estatua suntuosa de Zeus, ella contrapuso su admiración por el templo de Éfeso. Cierto era que todo el mundo que lo conocía hablaba maravillas de la obra de Teodoro de Samos y de las inmensas columnas doradas por Creso, el conquistador rey de los lidios. Intentaba Teodota, de aquel modo, reclamar mi atención y hacer pasar el tiempo. Pues cuando, agotada la conversación, reclamé a mi lado a Cidila, supe que la muchacha estaba ocupada en dar placer a otro visitante. Con preocupación infinita, la dueña, quiso que Tecmesa me atendiera. Era sabido que se trataba de la muchacha en quien ella más confiaba. Pero apenas fue pronunciado su nombre ante mí, creo que mis ojos se cegaron de ira de modo evidente. Tecmesa era quien había yacido con Amasis en su última noche en Atenas. De inmediato, se dio cuenta la mujer de su error y trajo a Atossa hasta mi lado, dispuesta a derramarse para mí en cuanto sus artes la capacitaban. Rechacé a aquella prostituta y exigí con enfado que Cidila despidiera enseguida a su acompañante y se aseara de nuevo para venir a complacerme. No sé de qué razones se sirvió la dueña de la casa, ni si hubo de compensar a quien había pagado por los servicios de Cidila, pero, un rato después, la muchacha estuvo dispuesta a mi servicio. Recibí una vez más la cálida atención de su generosidad y de su entrega sin reservas. Gocé en ella cual si buscara y arrancara algo que me perteneciera y que ahora creía firmemente que alguien había querido arrebatarme. Y cuando abandoné la casa de la hetaira, sentí por vez primera que era tiempo ya de disponer de una mujer para mí sólo. Algo inconcreto me hacía admirar a los muchachos pero, a diferencia de mis otros amigos, me impedía deleitarme en su compañía y disfrutar de sus encantos.
   Unos meses después se celebraron los juegos de Ístmia, y Atenas fue invitada a participar tras mucho tiempo de exclusión. La delegación que nos representó fue discreta y casi un simple testimonio de aceptación y de presencia. Pero pronto la distensión que ello suponía se vio empañada por la noticia de la amistad creciente entre Alcibíades y Tisafernes, cuya relación era realmente inquietante, sobre todo por la proximidad que ello le procuraba con Dario-II, rey de Persia, aliado del pueblo de Laconia. Viajé a la corte de Tisafernes, tras recibir un mensaje personal del rebelde. Al parecer, éste había comenzado a persuadir a los medos para que se alejaran de Esparta, instándoles a que se aproximaran a nosotros, lo que me hacía saber para que lo pusiera en conocimiento del Arconte.
   Subí a la Acrópolis un día frío y ventoso del mes de posideon cuando ya anochecía. Los Propileos estaban solitarios. Un sacerdote hacía la última ofrenda del día en el altar de Atenea Nike y las obras del Erecteion iban muy avanzadas. El viento barría la gran explanada, y la luz morada del ocaso hacía parecer a los edificios enormes barcos deformados navegando en desorden en medio de un mar helado y proceloso. Pasé el Hecatómpedon y el altar de Atenea Polias, de cuya ara, orientada al norte, el humo era arrebatado por el aire en un torbellino que parecía aunar las furias de más de cien raptores. Tras el Hieron, la residencia del gran dignatario parecía sumida en el silencio de una tumba excavada en la faz lisa de una roca. Un esclavo anunció mi visita y fui llevado de inmediato a presencia del alto magistrado. Trasmití al Arconte cuanto contenía la peligrosa misiva de Alcibíades. El anciano escuchó mis palabras perdido en el vacío cansado de unos ojos que, sin duda, veían la muerte irremediable de la patria. Ciertamente, era delicado pasar a considerar el ofrecimiento de quien ya había sido juzgado en rebeldía por nuestros tribunales y condenado a muerte por traidor a su patria e impío con sus dioses. En mis oídos resonaban las palabras desdeñosas e hirientes que el subversivo había pronunciado al saber su condena: “Enseguida probaré a los atenienses que sigo vivo”. En su carta me aseguraba que, pese a todo, y aunque nosotros nos negáramos a hablar con él, entraría en conversaciones con nuestra flota destacada en Samos.
   Partí urgentemente para Samos. Hay sensaciones que un hombre jamás puede describir, a pesar de que una y otra vez trate de masticar, con la boca de su entendimiento, las imágenes grabadas en su mente. Nunca, pues, he podido yo poner en palabras claras y reveladoras lo que fue mi reencuentro con quien había sido mi amigo de la infancia y la juventud y ahora un reo ante mi patria. Alcibíades se había convertido en pocos años en la esencia misma de la arrogancia. Un halo de excentricidad parecía envolver su apostura más seductora, cuidada y elegante que nunca. En cuanto me vio, vino hacia mí como si el tiempo y las vicisitudes no nos hubieran nunca separado y me apretó en un saludo cálido y sentido, cual si en él abrazara, en un acto de reconciliación, a toda Atenas. Olía a perfumes de Arabia y su pelo era largo y rizado como el de los espartanos que observaban las leyes de Licurgo. No sé si me sentí incómodo al estrechar su brazo. Enseguida me manifestó su propuesta, seca y sucintamente. Deseaba regresar a la patria. Tenía la promesa de los persas de darnos toda su ayuda y su amistad, siempre que Atenas llevara a cabo una reforma constitucional que inclinara sus favores y concediera prebendas a los aristócratas.
   Escuché atentamente sus palabras. Su lenguaje también se había depurado. Dominaba el uso de la palabra con tanta precisión que hasta sus pausas, silencios e inflexiones con la voz parecían estar cuidadosamente calculadas. Escuché sus palabras y prometí transmitirlas a las autoridades de Atenas sin que en mi mensaje pesara mi opinión personal. “Sé, y atestiguaría jurando por los dioses, que tu imparcialidad será rigurosa y extrema, aunque te fuera tu propia vida en ello. Ésa, y sólo ésa, es la razón por la que entre todos los ciudadanos de Atenas te he elegido a ti, Antandros, hijo de Agios, para ser mi emisario. Y, ocurra lo que ocurra, siempre te estará Alcibíades plenamente agradecido”. Ésas fueron las palabras que sellaron nuestras conversaciones. Y cuanto el agasajo que tributó a nuestro encuentro así lo permitió, sin desdén ni descortesía por mi parte, me retiré a la Paralos y a la mañana siguiente levamos nuestras anclas e iniciamos el viaje de regreso.
   Volví a Atenas con el alma herida, o tal vez debiera decir, portado el venablo con el que inmolar definitivamente a nuestra democracia. Amargo es el camino de retorno, cuando se es depositario de un veneno que uno sabe con certeza que seducirá primero con la tintura traslúcida de su color y el humo embaucador de sus aromas y pudrirá las entrañas apenas se haya ingerido. Con fría imparcialidad comuniqué el mensaje a la Ecclesia. Los oligarcas estallaron de inmediato en júbilo. Al fin, su causa se veía apoyada desde fuera, haciendo parecer sus pretensiones como la única forma de salvar a la patria. Los más poderosos, sobre quienes llevaban tanto tiempo pesando los muchos gravámenes que permitían seguir financiando los enfrentamientos, se veían finalmente aliviados. De otra parte, el hecho de que al frente de una nueva situación pudiera aparecer el controvertido Alcibíades, odiado y denostado por algunos, pero emblema y parangón de un orden nuevo e imaginativo para muchos, dejó el inmenso debate nacional definitivamente sentenciado. Alcibíades comenzó a estar en la mente de todos, y su halo se hizo omnipresente.
   La conjura se tramó sin pérdida de tiempo. Pisandro fue el autor de la propuesta. Su proyecto consistía en elegir cinco proedros que a su vez eligieran a cien ciudadanos, y cada uno de éstos a tres que se unieran a ellos. Pisandro, apoyado por la habilidad probada de Antifonte, convocó a la Asamblea. Aconsejado por su astucia, decidió que, en lugar de en la colina Pnyx, que era el sitio habitual de su celebración, fuera en esta ocasión en la colina de Colono, ésa que se encuentra separada diez estadios de Atenas, junto al santuario que Posidón tiene allí erigido. Sin disensión alguna, se ratificó la designación de los cuatrocientos. Noticias hubo de que Frínico y Terámenes, el hijo de Hagnón, se distinguieron por su vehemencia y el entusiasmo con el que acogieron las innobles propuestas. Pocos días después, los “Cuatrocientos”, ocultando cada uno de ellos un cuchillo junto al calor abyecto de su cuerpo y escoltados por ciento veinte jóvenes, que utilizaron a modo de su guardia, se presentaron en el edificio del Consejo e invitaron a los consejeros elegidos por sorteo a que lo abandonaran. Después, la Asamblea votó la abolición de nuestras más importantes normas constitucionales. Desde aquella decisión, el derecho de ciudadanía solamente nos alcanzaba a cinco millares de atenienses, a quienes por su gracia nos fue reconocido, si bien su recelo y vigilancia hacia nosotros nos eran evidenciados permanentes. Desde el día que ellos se establecieron en Consejo, invistiéndose de poderes absolutos, sembraron el crimen y el terror para cuantos no éramos adictos y fieles a su causa. Únicamente el criterio de evitar escándalos ante el pueblo o la utilidad encubierta para sus propios fines, hacían que algunos de nosotros siguiéramos siendo aceptablemente tolerados. En mi recuerdo quedará aquel mes de esciroforion como uno de los más tristes y siniestros de mi vida. Jamás perdonaré a mi voz que fuera ella quien trajo hasta mi patria la ponzoña que envenenaría para siempre la gloria de Atenas y sus instituciones. Busqué aquella tarde a Sócrates y, junto a su serena congoja, lamentamos ser testigos de tiempos tan aciagos.
   El Consejo de los “Cuatrocientos” ejerció un gobierno tiránico y brutal. Sólo, curiosamente, la flota anclada en Samos se negó, tras múltiples vicisitudes y enfrentamientos internos, a aceptar la abolición de nuestra democracia. Su distancia geográfica con la locura que imperaba en la patria, les permitió cierta capacidad de razonar. Trasíbulo, hijo de Lico, y Trasilo, bajo cuyo mando habían sido puestos los navíos, se erigieron como jefes demócratas y resistieron con firmeza heroica y fe inquebrantable en sus creencias. Seguramente, ellos eran los más defraudados, pues que las promesas de Tisafernes, hechas por boca de Alcibíades, habían resultado todo un ultrajante engaño. A la vez, las noticias que les llegaban de Atenas sobre la forma de gobernar de los oligarcas, les eran radicalmente inaceptables. Su recia resistencia supuso un punto de esperanza para quienes creíamos en el gobierno de un pueblo soberano.
  Aquel invierno, el estado de estrangulación se hizo tan insostenible que el Consejo se dispuso a firmar una paz con Esparta a cualquier precio. Mandó emisarios al rey Agis. Pero las propuestas fueron desestimadas por aquél; sospechoso de que nuestro pueblo no se sometería tan fácilmente a un régimen impuesto de aquel modo. Vergonzoso resultaba que nuestros enemigos conocieran mejor que nuestros gobernantes el corazón que latía dentro del pecho de los atenienses.
   Momento es éste de dar una vez más gracia a los dioses. Pues, casi extinto, el furor del pueblo reaccionó ante tanta indignidad. Y, con un vigor surgido tal vez de sus propias cenizas, logró disolver aquel Consejo. Entonces fue depositado nuevamente el poder efectivo en manos de aquellos cinco mil que éramos reconocidos con derechos como ciudadanos. Viajé de inmediato a Samos para llevar la noticia a nuestra flota, a la que ya se había incorporado Alcibíades. Llevaba el corazón henchido de esperanza. Y me cupo, además, la dicha de traer la noticia de nuestra victoria frente a los peloponesios, acaecida cerca del promontorio de Cinosema. Tras ella seguirían la de Cízicos sobre los espartanos, que les obligó a solicitarnos una negociación de paz que no les aceptamos. Un atisbo de luz brillaba, pues, de nuevo en nuestro horizonte.
   Al regreso de mi viaje, Pisandro y Alexicles se habían retirado discretamente a Decelía; el ostracismo les había sido impuesto como disciplina. Frínico había sido muerto por un joven perípo. Y, a pesar de las torturas a las que se sometió al cómplice del asesino que fue capturado, no fue posible arrancarle ni una sola palabra sobre la conjura tramada para obrar esa muerte. Aristarco también cayó en desgracia. El nefasto gobierno de los “Cuatrocientos” había sido totalmente abolido. La voz de Lisias había impuesto al fin su fuerza y su cordura. Junto a la inmensa alegría que me produjo la reinstauración del régimen democrático, la tristeza de un pueblo profundamente dividido me desolaba el alma. Amigos como Cármides habían quedado definitivamente separados de mí. Lamenté que su cuñado Critias hubiera tenido sobre él tanto poder de persuasión malsana.
   Cuando mis ocupaciones y la tensión de los acontecimientos me dieron un respiro, busqué a Cidila. Desde la última ocasión en que yo había visitado la casa de Teodota, algo se había fraguado en mi interior obrando al margen de mi consciencia y de mi voluntad. El hecho de evidenciar que la atención de aquella prostituta no me era dedicada en exclusiva, había provocado en mí una mezcla imprecisa de envidia y de resentimiento. Era entonces cuando evidenciaba que, en medio de la aspereza de mi vida, aquella mujer, cuyos servicios yo pagaba, se había entregado a mí mucho más allá que lo que su arte y su deber la obligaban. Bajé a casa de Teodota llevando conmigo una preciosa estatuilla tallada por Pitágoras de Regio. El autor me la había enviado, como regalo personal, junto con la magnífica obra de Deméter que yo le encargara, en presencia de Policleto, para el altar de la casa de Caris y de Simias. Mi hermana había quedado entusiasmada con aquel regalo mío, pues que la estatua era de tal perfección que, cuando se la miraba desde una cierta distancia, parecía estar conversando afablemente con quien la contemplaba.
   Ebrio de ira salí de casa de Teodota. Con la furia de alguien a quien hubieran incendiado su casa o robado su hacienda, mordí una rabia que me ardía como fuego en la boca. Y sólo, tras agotar mi cólera corriendo sin destino en medio de la noche, el cansancio, la impotencia y la desolación pusieron freno a mi locura. Una vez más, maldecía mi sino y la adversidad de mi fortuna. Una vez más, la vida me arrebataba la esperanza y el cariño apenas éste me miraba. Cidila se había marchado de Atenas. Un hombre acaudalado de Clazomene la había comprado y ella había aceptado su amor y su destino. Tecmesa y Atossa me aseguraron que lo había hecho por desesperación. En silencio, me había amado, sin atreverse siquiera a esperar mi respuesta, pero sumida en el desconsuelo que supone sentirse tan cruelmente ignorada. Maldije mi ceguera y mi soberbia, pues que ceguera y soberbia habían sido la causa de que yo no entendiera que aquella muchacha menuda, que se me entregaba cuando únicamente mi capricho así lo decidía, me daba en su ternura mucho más que lo que yo hubiera podido pagar, incluso, entregándole un estátero de oro acuñado. Avergonzado, recordé a Drosis, certificando cómo la vida, sin piedad, me obligaba a enfrentarme a ese espejo veraz donde yo parecía condenado a ver reflejada la hez de mi estirpe. Al fin, era evidente que la misma sangre de Agios encharcaba mi cuerpo.
   En los meses siguientes apoyé a Cleofonte en su decidido empeño por restablecer, nuevamente, un auténtico estado democrático. Apoyé a quien había sido mi gran amigo en la infancia, frente a las brutales acometidas que hubo de soportar, sobre todo, del enconado Critias, que no podía aceptar la caída de aquel indigno gobierno de oligarcas que le favorecía. No hubo para nosotros horas suficientes ni en el día ni en la noche para entregar todo nuestro tesón, ingenio y entusiasmo a nuestra patria. Casi puedo decir que en aquellos días mi espíritu volvió a creer y esperar en una empresa trazada por los hombres. Junto a cuanto íbamos consiguiendo en cuanto a la restauración de las instituciones, los resultados en el Egeo eran alentadores. Y aunque con respecto al mar Jónico la situación era realmente difícil, cualquier cosa era suficiente para aferrar a ella la esperanza y creer en glorias venideras.
   A pesar del tremendo esfuerzo, la comprometida situación social y política, y el incierto futuro, recuerdo aquel tiempo como bañado en un bálsamo grato y oloroso. El reencuentro con Cleofonte, a quien tanto quería, me hizo creer nuevamente en la vida. Los años de nuestra juventud nos habían separado poco a poco, hasta el punto de hacernos creer ajenos, distantes y olvidados. Sin embargo, apenas tuvimos un pretexto que nos mantuvo juntos, volvió a mostrarse, con la intensidad y la firmeza de los años en los que ambos éramos unos muchachos, toda la fuerza de nuestra armonía. No eran los razonamientos, las palabras o los asuntos que nos ocupaban los que nos ponían de acuerdo. Era algo mucho más profundo y sustancial; tal vez un modo de entender la vida; tal vez una manera de creer y perseguir los sueños.
   Sin embargo, una nube seguirá, mientras aliente en mí la vida, restando luz y brillo a aquellos días. Pese a cuanto nuestro empeño y nuestra influencia trabajó en su favor, no pudimos evitar que Agatón y Eurípides tuvieran que huir a Macedonia. Un sabor de injusticia sigue, aun hoy, amargando en mi boca. Y únicamente pueden reconfortarme esas noticias que en la actualidad llegan a mis oídos y que me aseguran que una hermosa tumba cerca de Anfípolis guarda honrosamente los restos mortales del preclaro autor de la obra de título “Medea”. Y aunque sabido fue, en su día, que la acogida que Arquelaos, rey de los macedonios, le dispensó, mitigó la ofensa que la acusación de impiedad y el mal trato inferido por los nuestros le habían acarreado, siempre pesará en mi corazón haber sido testigo de tan infame acto. Justicieramente celebré en compañía de Sófocles el día que, muerto ya el denostado autor de más de noventa obras de teatro que engrandecerán por los siglos el arte de Atenas, le fue concedida la quinta corona. Los hombres fuimos ruines y mezquinos con él, los siglos resarcirán con esplendidez nuestra miseria.
   Coincidió la entrada triunfal de Alcibíades en Atenas con el día previo a aquél en el que celebré mis esponsales. La ciudad entera se vistió con trenzados de flores y follajes. El mirto y el laurel uncidos decoraron cuantos edificios públicos y templos nos sentimos orgullosos de poseer. Y el aire se convirtió verdaderamente en sonoro, ya que desde el albor hasta que la luz se oscureció del lado del oriente, no cesaron los clamores de címbalos y campanas, caramillos y trompas, timpanones y flautas. Por la ciudad entera, tañedores de liras, cítaras y arpas, fueron deshojando sus sonidos, cual si se tratara de una siembra de pétalos. Sobre los Muros Largos se desplegó guardia de honor. Todo el que poseía armas de guerra, vistió sus galas más preciadas. Los caballeros aparejaron sus bestias con las mejores bridas y monturas. Y en todos los altares ardieron sacrificios y ofrendas abundantes. Se izaron también grímpolas, emblemas, banderas y estandartes. Y doce carros arrastrados por tiros de caballos suntuosos, de aquéllos mismos que le habían procurado la victoria en Olimpia y que le habían sido confiscados al ser condenado por impío, cortejaron a quien, tras mil vicisitudes, volvía a su patria restituido en honores, admiración, amistades y bienes.
   Fui también a recibir al regio Alcibíades. No porque su vuelta me ofreciera motivo de alegría, sino porque me creí en el deber de cooperar y no restar, a la esperanza de mi pueblo, el ápice de apoyo y de refuerzo que pudiera suponer mi acto de presencia. Acompañé a Cleofonte y bebí del mismo kylix que tocaron los labios del sagrado. Y es que, similar a como se hubiera obsequiado a un dios, así fue él agasajado. Su brazo estrechó con fuerza el mío, como lo hacía siempre. Y sus ojos, brillantes y entusiastas, eternamente jóvenes, miraron firmemente a mi mirada. También tuvo una alocución cálida y oportuna para señalar de un modo especial nuestro nuevo reencuentro, consecuencia remota del previo que hubiéramos tenido en las tierras de Samos. No sé qué dijo más ni qué respondí yo. Tal vez, mi voz musitó unas palabras que encerraran en sí, cual una clave, lo que los dioses me permitían ver de pronto en su mirada, y que, por fin, me explicaba la esencia genuina de aquel hombre. Como una inscripción tallada sobre el mármol efímero y eterno de la tarde creí leer: “Poco importan los medios; sólo me colma el hecho de que el éxito al final sea mío”. Allí estaba realmente Alcibíades; bajo su sandalia, humillada sin saberlo, Atenas entera le vitoreaba ebria a la vez de engaño y esperanza.
   Celebré mi boda en los primeros días del mes de gamelion. Acepté a quien sería mi esposa sin hacer demasiado aprecio ni de su virtud ni de la dote que me aportaría su padre junto a ella. Celoso y desalmado, busqué únicamente disponer de una hembra que supliera algo de cuanto, de pronto, había descubierto que Cidila se había llevado con su huida. Y di por bueno lo que Cleofonte y Kebe me indicaron, buscando solamente un cobijo o un reposo sin demasiada fe ni entusiasmo en ello.
   Casé con Arete tras efectuar el arreglo con Milto, su padre, hombre prudente, oriundo de Mégara, que vivía en Atenas desde hacía años, sabiendo únicamente que la que sería mi mujer era sana, medianamente hermosa y su edad no llegaba a sumar ni cinco Olimpiadas. Y puedo asegurar que no me interesé por su estatura o su cuerpo, ni vi su cara velada por la gasa de doncella hasta que, tras el banquete celebrado en casa de su padre, efectué el rapto ritual, y la conduje en un carro, sucintamente engalanado, hasta mi propia casa. La casa de Agios ya había sido cerrada por mis órdenes, y yo me dispuse a vivir en la que me había sido obsequiada por mi triunfo en Olimpia.
   Hago un descanso aquí e imploro a mis dioses protectores cordura y sosiego para hacer justicia y expiar mis ofensas Desearía ahora que Lete me diera agua de aquella fuente suya llamada del olvido, que brota junto al oráculo de Trofonio, en Lebadea, ya que el recuerdo de aquella noche, en la que por primera vez tuve a quien es mi mujer y yací a su lado, es una de las más terribles e indignas de mi vida. Voluntariamente he esquivado hasta aquí hablar de quienes, en los últimos diecisiete años, han sido mi familia. Honrar su nombre y la paz y el apoyo que su cercanía me ha otorgado tan abundantemente, es un tributo que les debo y que quiero pagarles con cariño y justicia. Ellos han sido la mano mediante la que el Oráculo ha cumplido su último designio: “...y el silencio dorará con su miel los ácidos recuerdos”.
   Me despedí de los padres de la novia cuando la noche era ya cerrada. El vino y la música nublaban mi cabeza hasta hacerme creer que en realidad no me pertenecía. Recuerdos, sensaciones y turbios pensamientos se agolpaban en ella no hallando ni un discurrir de lógica ni una vereda de claridad que me hiciera saber con exactitud qué era aquello a lo que, irreflexivo, me había vinculado.
   Traqueteó el carro uncido de lías, guirnaldas y festones por entre el empedrado de las calles de Atenas, pues que azucé a las caballerías para que hicieran lo más apresuradamente posible el recorrido. Despedí de inmediato a los músicos, que por mi encargo estaban aguardando en mi casa, apenas hubieron dado la bienvenida a nuestro escueto cortejo. Luego, Caris y Simias, tras otorgarme el parabién, se retiraron. La felicidad de mi hermana era muy evidente; ciertamente, ella sabía reconocer a las mujeres. “ Será una buena mujer; sólo has de dejarla que lo sea”, me dijo al oído cuando me abrazaba para su despedida. Entre nosotros había vuelto a anidar aquella sensual complicidad que había hecho nuestra relación tan singular y entrañable desde siempre. Luego, Kebe, que había ejercido de padrino, supo con sus artes de actor persuadir al resto de mis allegados para que, sin demora, se fueran ausentando. Solicité, sin embargo, a Sócrates que se quedara. Tenía yo la absurda pretensión de que su cordura pudiera poner orden dentro de mi cabeza. No me importó que nos acompañara el sobrino de Cármides. Ya el joven Platón, aun a pesar de sus escasos años, poseía un discernir preclaro y un modo peculiar de comprender las cavernas de la mente y del alma. Fueron, pues, Kebe, Platón y Sócrates quienes me acompañaron mientras Arete era atendida por nuestras esclavas en todo lo concerniente a su baño de nupcias.
   Nada aportó, en favor de mayor claridad para mi mente, la formulación de las preguntas que hice a mis acompañantes. Ningún efecto surtió tampoco cuanto ellos se esforzaron por que mi revuelto entender encontrara un inicio de orden y cordura. Hablamos del amor, el deber y las leyes. El muchacho esbozó hermosos pensamientos cargados de profundos matices. Sócrates, socarrón, me habló de la paciencia que tanto Mirtó, su antigua compañera, como Xantipa, su actual mujer, habían logrado desarrollar en pos de su carácter. “Es bueno que el hombre tenga una mujer; soportarla nos hace virtuosos, y en ellas consumamos el sagrado deber de propagar la estirpe. Con mis hijos Lamprocles, Sofronisco y Menéxeno, al menos, engrandezco y hago posible la pervivencia de nuestra amada Atenas”.
   Lavé mi cuerpo con las aguas traídas de la fuente de Calirroe, la que fluye a través de la boca fiera del gran león de piedra, y lo perfumé con los aceites esenciados que Eufronio había macerado para mi casamiento. Vestí túnica nueva y, ya en mi aposento, mandé llamar a quien era mi esposa según había quedado ratificado por nuestras ofrendas a Zeus Teleio, a Hera y a Artemisa Eukleia. Soberbio y arrogante, esperé a la muchacha. La alcoba había sido dispuesta por mi hermana Caris, y la luz tenue y temblorosa de las lámparas y el aroma que exhalaban los pebeteros creaban un ambiente propicio al amor. Vi venir a Arete confundiéndose con las sombras que proyectaban las columnas del patio. La conducían, una a cada lado, las dos esclavas venidas de su casa cual parte de la dote. En los espacios de aquel lugar extraño para ella, su figura menuda parecía avanzar envuelta en una bruma de gran desolación. Entró en la antesala como si el suelo le quemara en sus plantas. La mesa de bronce cincelado de Corinto mostraba sobre su alabastro abundancia de frutas recién lavadas y jugosas, cuyos colores y brillos demandaban la gula. Creo que avanzó sin darse cuenta de ello. Incierta, se aproximó a la puerta del tálamo y pidió mi permiso para poder pasarla. Noté cómo sus manos se resbalaban temerosas de las de sus esclavas que, a su espalda, se iban retirando tras la misión cumplida de haber hecho su entrega. Un gesto agazapado de temor se dibujó en su cara cuando las puntas de sus dedos dejaron definitivamente las puntas de los de sus sirvientas. Las muchachas tendieron la cortina con sigilo y cerraron las puertas. Sola ya ante mí, observé su terror abiertamente, que ahora se mostraba sincero e infinito. No hice nada por mitigar su miedo. Tampoco puedo hoy explicar el motivo que rigió aquel día mi ruin comportamiento. La maldad nos habita cual un parásito del que no advertimos que vive chupando nuestra sangre. Cruel, disfruté de su debilidad, cual si mi ensañamiento me convirtiera en un ser más grande o poderoso. Jamás sabré tampoco de qué negras e inconfesables deudas quería mi más malvado espíritu resarcirse en horas tan aciagas. Permanecí sentado sin acercarme a ella, recreándome en la inseguridad y confusión de su desvalimiento. Arete comenzó a llorar sin estertores. Era un llanto de súplica y de miedo, de extravío y de lástima.
   He confirmado, en el transcurso del tiempo que he vivido, que la maldad del hombre no es un atributo exclusivo de los hombres inicuos. Vicio y virtud nos repletan a todos y es arduo ejercer su dominio. Torvas razones invaden nuestra mente y a veces obramos la injusticia cual si la sinrazón nos fuera un alimento necesario para la subsistencia. Grande es el pueblo cuyos dioses y leyes saben poner freno a los desbocados instintos de sus hombres.
   Desnudé lentamente el cuerpo de la niña como si despojara a un pajarito de su plumón primero. Gocé el estremecimiento que respondía en ella a cada pieza que yo le retiraba. Abrí primero el broche de oro y de granates que sujetaba, junto a su cuello, el quitón y dejé caer la tela blanca, derramando sus abundantes pliegues, abandonados, bajo su cintura. Temblaron sus pechos y se aguzaron sus oscuros pezones. Tenía piel morena. Olía a jazmín y violetas y su carne brillaba de pomadas. Era un aroma templado que, en su proximidad, casi podía tocarse. Deshice luego el trenzado que recogía su pelo ensortijado y retiré la hermosa diadema que las esclavas habían colocado sujetándola con horquillas de oro y cintas azuladas. Y cuando quité el velo de su rostro, tuve, por vez primera, la sensación de estar violentando a una virgen, y me ensañé en ello.
   A la incierta luz de las candelas, noté brillar el surco de sus lágrimas, que resbalaban animadas por el temblor nervioso de sus labios, siguiendo por su cuello hasta perderse entre sus firmes pechos. Nada me infundió piedad. Seguí hasta que la muchacha estuvo totalmente desnuda y todos sus vestidos y aderezos tirados a sus plantas. Su cuerpo despojado parecía más débil y liviano. El mío, por contraste, más fuerte y más seguro. Era como si en medio de aquella locura mía yo precisara testimoniar más que nunca mi absurda fortaleza, mi siniestro dominio.
   Sin esfuerzo, cogí a la muchacha y la llevé hasta el lecho. Tendida sobre las colchas y almohadones, parecía aún más frágil y más niña. Yo le doblaba la edad, pero ahora nuestra distancia parecía agrandarse. Desnudé luego mi cuerpo. Ampuloso, gusté la grosería de ir mostrando mi carne sin recato ninguno. Fue como asaetear a una garza con las patas quebradas. Sus ojos trataban de esquivarme. Y, cuando yo los obligaba a mirarme, lo hacían con la redondez incrédula de quien teme la muerte. Arete estaba aterrorizada, y hasta su saliva se notaba pasar trabajosamente por su fina garganta. Luego me tendí sobre ella. En la proximidad, noté su corazón agitado en el pulsar nervioso de sus sienes. Allí, donde unos cuantos cabellos suyos dibujaban la graciosa levedad de un rizo, la marca del temor palpitaba sin pausa.
   Entré en ella sin atender sus súplicas. Rompí su sexo con la violencia con la que había matado a nuestros enemigos allá en el campo de batalla. Mordí sus pechos y apreté sus muslos con los míos, en un intento feroz por inmovilizar a quien ya era inmóvil. Una y otra vez, cabalgué sobre ella sintiendo que sus sollozos azuzaban mis bríos. Fuera de la razón, hundí mi rostro en el pozo oloroso de su pelo, enmarañando su pureza con mi aliento entrecortado y mi ardiente odio. Creo que intentaba esconder mi rabia y mi miseria. Toda mi frustración y la adversidad que me habían asediado hasta entonces se saciaban en aquel acto indigno, salvaje y rencoroso. Y cuantas veces se tensó mi vientre en ese constreñido preámbulo que se resuelve en siembra, busqué el modo de destruir a quien se me entregaba en la docilidad abandonada de la suma impotencia.
   Puedo asegurar que, una y otra vez, fue como si matara a Arete. Sé que no hago justicia simplemente con denunciar mi acto de este modo. Pido al gran Zeus, señor de mis grandezas celebradas, piedad también para mis crímenes. Y en estos días en los que la desolación invade la senectud de mi esperanza, quiero entregar todo mi agradecimiento a quien sepultó definitivamente mi furia en su sosiego, mi rencor en su afecto, mis días sin destino en el fruto esperanzado de su vientre. Pues que engendrado quedó en aquel día mi hijo Amasis, ya que su nacimiento tuvo lugar en el siguiente mes de pianepsion, y muerto para siempre mi peor enemigo; ése que, en mis años precedentes, habitó, avieso, en mí mismo.

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