3.11.13

CAPITULO DECIMOSEPTIMO




Es difícil creer en nuestros tiempos que haya algo que no traiga colgada su etiqueta de precio. A la sórdida esclavitud y a las rudas torturas, las han sustituido las nuevas y sutiles formas de opresión. Asépticos látigos que no dejan escandalosas marcas, prisiones de cristal que apenas si se saben; dependencia y subyugación envueltas en papel de regalo artísticamente decorado con flores de fastuosidad, poder, placeres o belleza. Los eternos coaccionadores acechan permanentemente con sus chantajes, extorsiones y avaricia sin tasa.

XVII

EL HONOR Y LA CULPA
Embarcamos en el puerto de Cirra, un día de finales del mes de targelion, rumbo a Hélice, la ciudad donde Posidón Heliconio tiene dedicado un templo que impone admiración a quienes la visitan. Zarpamos en una embarcación que, tras tocar la costa de Acaya, orientaría su proa hacia el mar Jónico, fondeando en Cefalonia y más tarde en Corcira. La mañana era ya bochornosa y hacía presagiar una posible tarde de tormenta. Partí de Delfos con el pensamiento puesto en el intrincado pronóstico que se me había formulado, y trabada en mi mente la mirada enigmática de una estatua de bronce, que vi en el camino que unía el Santuario con el puerto, y que jamás he podido olvidar.
Era aún muy temprano. Hacía un instante que nos habíamos despedido del afable Tínaros y bajábamos lentamente por la senda empedrada que llega hasta la costa. Poco a poco, notamos que iba creciendo allá por el camino el clamor esforzado de unos carreteros que, sobre enormes troncos, iban arrastrando un magnífico conjunto escultórico, cuyo peso parecía muy considerable. Percibimos primero, ocultos tras los árboles, los chasquidos secos de sus látigos y el codicioso pujar de sus gargantas azuzando a los animales y poniendo orden y aunando sus múltiples esfuerzos. Y cuando estuvimos un poco más cerca de ellos, oímos el deslizar costoso de los troncos que, sin duda, iban hundiendo su huella, profundamente, en el terreno; y eso, a pesar de la pericia con la que los hombres los iban colocando. Seis bueyes tiraban ciegamente de la carga, hincando sus pezuñas en el suelo y humillando, dóciles, sus robustas testuces. Pero lo primero que vi, al contraluz, cual si se tratara de un ser real pero a la vez petrificado, fue la silueta intemporal y elegante del auriga, que parecía avanzar hacia nosotros como si viniera deslizándose ajeno a cuanto le iba rodeando. La figura del joven emergía de entre todo aquel pedestal metálico que conformaba la grandiosidad de aquella obra. Era un soberbio conjunto trabajado, tal vez, en bronce de Messana. En él, cuatro fieros caballos eran guiados por un sirviente a pie y, sobre el carro, el conductor parecía más la encarnación de un dios que la figura vulgar de un auriga. Nos hicimos a un lado y observamos el tremendo esfuerzo que suponía, para sus porteadores, desplazar cada tramo aquella carga de enorme dimensión y titánico peso. Se nos informó que era un regalo para el dios enviado por Polizalo, tirano de Gela, hijo de Dinomenes de Siracusa, quien quería dejar testimonio, entre las riquezas del Santuario, del triunfo que obtuviera su cuádriga en los Juegos Píticos, celebrados hacía ya más de diez Olimpiadas. Recuerdo que pedí a Pistias que esperase a que cruzara ante nosotros todo aquel rígido cortejo, no porque ello nos impidiera el paso, sino porque, desde el primer momento, presentí en aquella mirada un halo misterioso que debía descifrar. Aquellos ojos contemplaban la vida, ajenos ya a toda angustia o aflicción humana. Un cuño de sabiduría sombreaba y cernía sus pestañas.
Subimos a nuestra embarcación cuando Helio estaba en el lugar más alto del arco de su ruta. La costa fue lentamente haciéndose pequeña a la vez que mi nostalgia iba agrandándose, pues Delfos ya había dejado para siempre, y pese a todo, una honda huella en mi interior. La travesía comenzó siendo serena. Me acomodé en la cubierta y pedí a Pistias que me dejara solo, pues necesitaba ordenar una vez más mis pensamientos. Desde allí, sentado sobre un fardo de gúmenas y abandonado a la brisa y al sol, el agua, rompiendo sobre el tajamar, salpicaba con su fino polvillo mi vestido y mi cuerpo. No sé si me dormí, pensé, recordé o, únicamente, dejé manar mis sentimientos. Mi existencia estaba entrando en un período nuevo y, en mi cabeza y en mi alma, sensaciones, creencias, deseos y proyectos se esforzaban por encontrar el sitio adecuado. Mientras, la sentencia del dios planeaba sobre mí, cual el vuelo de un extraño pájaro que yo necesitaba descifrar cuanto antes, para así poder aceptar y cumplir sus designios con devota lealtad y dignidad honrosa.
Debí pasar mucho tiempo absorto entre mis pensamientos. Desperté con el grave retumbar de un trueno que sonó seco como el desmoronar interior de una caverna. Cuando vine en mí, miré intrigado a lo alto. La bóveda se había enturbiado. Enormes nubes se amontonaban como talegos de sucia lana teñida de orines y de malva. Perfiles cenicientos y destellos de plata daban a aquellos volúmenes, que llenaban el cielo, un aspecto irreal y amenazante. Enseguida empezó a llover. Lo hacía en gotas gruesas y calientes. El trueno retumbó de nuevo y el mar se vio cuajado por millares de mínimos pellizcos, entre los que los lomos brunos de los delfines se iban zambullendo a nuestros dos costados. Celebré el buen augurio que para toda navegación trae siempre la comitiva de estos propicios compañeros. Y cuando Pistias vino, solícito, trayendo un manto para que me cubriera, rechacé su cobija y dejé que el agua, que caía a raudales por los cortes quebrados con los que el rayo del dios Zeus hace sus sajaduras en las nubes, me empapara a su antojo. Recordé entonces que la primera vez que pisé el suelo sobre el que se levanta la sagrada Olimpia, también el dios hizo sonar el retumbante timpanón de su tormenta, y quise creer que era a mí a quien Zeus recibía de nuevo con tan tonante agrado.
Llegamos al puerto de Hélice y honramos a Posidón por el buen fin de nuestra travesía. Butión y Mirkos agradecieron pisar de nuevo tierra firme, ya que en la embarcación habían estado muy inquietos. Emprendimos de inmediato la marcha, urgidos por la premura que a mí me imponía mi unión cuanto antes a la delegación que enviaba Atenas. Al atardecer del segundo día, divisamos el emplazamiento de la ciudad de Elis. Durante las dos jornadas precedentes, yo me esforcé por hacer comprender a Pistias que era un hombre libre. Fue entonces cuando me confesó que Agios le había prometido la libertad, si cumplía a su satisfacción su trabajo de preceptor conmigo. Le reproché que hubiera callado tal asunto, máxime cuando Agios no había regresado de las tierras remotas de Calcídica, pues que no era prudente que una promesa suya quedara incumplida. “Antandros, aún no había llegado el momento. Yo sé que tu profundo afecto hacia mí hubiera atendido mi súplica, si ése hubiera sido mi deseo. No olvides que yo te vi nacer y te conozco. Esclavo o libre, mi lugar está todavía a tu lado; hoy no es aún tiempo de separarnos”. Le escuché y me sentí un hombre muy afortunado.
Me uní a los míos con el alborozo de un celebrado encuentro. Ellos habían llegado un día antes y estaban esperándome. Presidía nuestra delegación el gimnasiarca Martron, a quien Atenas había encomendado la responsabilidad de la expedición. A pesar de no haber sido yo nunca dirigido en mi preparación por él, su respeto y admiración por el digno Alexias, le hacían dispensarme toda su atención. Él fue quien me anunció que llevaban todo el día esperándome un esclavo y un carro, enviados por Fidias, para que fuera trasladado a su casa enseguida. Los permisos de los helanodices estaban ya acuñados para que nada pudiera dilatar más la manifiesta impaciencia del maestro. Aseé mi cuerpo, me vestí con unas ropas limpias y encomendé a Pistias que buscará alojamiento para sí y para nuestros caballos. Yo me alojaría con el resto de nuestros atletas, en el lugar que a tal efecto se nos había asignado.
El conductor del carro me recibió con un dichoso alivio que reflejó en sus inmensos ojos nubios y en su sonrisa amplia de dientes alineados. De inmediato, subí a su lado, me así al asa de la viga y fui, velozmente, conducido por el camino polvoriento que separa a Elis de Olimpia. El calor, a pesar de la hora, era aún sofocante y la luz parecía quererse demorar eternamente. El resplandor de Selene crecía en occidente como un incendio oculto cuando, sin embrago, el fulgor de Helio no se había extinguido del todo en el oriente. Con ojos ávidos, fui retomando algunos parajes que estaban agazapados dentro de mi memoria. Casi increíble me pareció que estuvieran todavía allí aquellos árboles. Eran los mismos a los que, años atrás, Kebe y yo habíamos trepado para ver el desfile de los competidores. Supe que habíamos llegado al recinto sagrado cuando reconocí el Pritaneo de los eleos. Un gran número de personas deambulaba a su alrededor. El paso de nuestro carro las obligó a que se retiraran, pero el reconocimiento de que se trataba de la viga de Fidias disipó al instante su incomodo. Cuando pasamos frente a los Propileos, que ya estaban engalanados con ramos y guirnaldas, sentí cómo mi corazón palpitaba fuertemente. Cientos de sensaciones adormecidas por el tiempo bullían en mi interior sometiéndome a un complicado proceso de reconocimiento, incredulidad, comparación y asombro. Y al pasar junto a la Palestra, un escalofrío me recorrió el cuerpo y un terror inmenso cegó nuevamente mi alma. El recuerdo trágico de Licino vino sobre mí como un águila fiera que viniera decidida a devorarme. Un instante después estábamos frente a la casa en que habitaba Fidias.
Apenas se detuvieron los caballos, vi que un muchacho corría hacia el interior y que, inmediatamente, Fidias venía a mi encuentro con el semblante de quien se estuviera encontrando con su propio pasado. Se acercó repitiendo mi nombre cual si saboreara en su boca el sonido. Me abrazó efusivamente y percibí, junto al entrañable calor de su cuerpo, el aroma exquisito del aceite que lo perfumaba. Había encanecido y estaba más delgado, pero su gesto aparentemente inquietante seguía siendo el mismo. Luego me separó de sí y giró en mi entorno observándome minuciosamente con sus ojos de mirada clara que parecía que jamás pudiera detenerse. Con su mano delgada pero firme sujetó mi mejilla y contempló con atención la cicatriz que surcaba mi cara. “Perfecto; es como yo recordaba”, y me empujó hacia dentro de su vivienda desbordado de entusiasmo pero siendo fiel al pausado control que siempre imprimía a sus ademanes.
Fidias era un hombre muy honrado y respetado en Olimpia. Su fama era ya universal. Desde su llegada a allí, sus deseos más nimios habían sido órdenes, y el pueblo y sus gobernantes lo admiraban y trataban como a un héroe por todos venerado. Su arte seguía iluminando cuanto cincelaba, y sus proyectos eran cada vez más sublimes y mucho más grandiosos. El Pritaneo le había procurado aquella espaciosa vivienda y se encargaba de que al artista no le faltara nada de cuanto podía desear, para llevar una vida en todo placentera. Él, por su parte, trabajaba sin descanso y sus esculturas habían ido sembrando de rara hermosura e incomparable serenidad multitud de espacios dentro del recinto murado y del entorno que abrigaba al Altis.
Apaciblemente, hablamos durante un largo rato. Hablamos de Atenas, de sus malditas intrigas y envidias, de los acontecimientos que la contienda iba precipitando y del futuro incierto de su democracia. Le referí todo lo concerniente a Agios, que él sabía no obstante por las noticias que le habían llegado desde Atenas. Guardó un instante de silencio en su memoria y derramó la hez del vino de una copa de cristal azulado, de la que él hubiera estado bebiendo anteriormente. Me hizo partícipe de su dolor por la muerte del insigne Pericles, cuya amistad y afecto había guardado intacta en su entraña. Y me pidió que, a mi regreso, fuera portador de una misiva que quería hacer llegar a la preclara Aspasia. Le guardaba él aún gratitud y reconocimiento por cuanto ella hiciera en la expedición que fue a Adulia en busca del marfil que luego, aviesamente, le valdría el destierro. Hablamos también de Sócrates, de Sófocles y de Ictino y Calícrates, para quienes no encontraba palabras de ponderación y reconocimiento. Me preguntó por el hermoso Cármides y por el arrogante Alcibíades. Y cuando me pidió que le hablara del Partenón y de la estatua magnífica de la diosa que él había dejado inconclusa, sus ojos de anciano se velaron y su voz se quedó muda y, en el ritmo contenido de su respiración, pude notar cuánto un hombre es capaz de amar, sentir y transcender a través de su obra.
Me obsequió después con una mesurada cena, advertido por los helanodices del rigor que debe respetar un atleta. Tampoco él tomó vino entonces, pues sabía que para mí no estaba permitido. Mientras comíamos, lo vi observarme de nuevo. Tumbado sobre mi clino, sentí el filo escrutador de su mirada recorriendo mi cuerpo; mis pies, mis piernas, mis manos, mi cuello, mi hombro descubierto. Al terminar la cena, me pidió que me desnudara y que me sentara sobre un trono de mármol que estaba situado a un extremo del oikos en que estábamos, cuyos mosaicos recogían escenas de caza, taraceadas con gusto y destreza de hábiles artífices. Los muros del cenáculo estaban decorados con paisajes en los que las ninfas y los faunos gozaban, alocados, en medio de una profusión de flores y frutos generosos. Luego reclamó la presencia de su esclavo y mandó que le trajera un manto magnífico de un denso color púrpura. Y cuando se lo entregaron, solicitó que me lo pusiera, cubriendo mi hombro izquierdo y la parte inferior de mi cuerpo. De nuevo admiró pausadamente mi figura y fue colocando con esmero los pliegues caprichosos de la tela. Descubrió mis pies y enmendó la posición de mis sandalias y me dio un cetro para que lo cogiera con mi mano izquierda. La diestra debía presentar la palma hacia arriba cual si portara algo. Alzó mi barbilla, revolvió ligeramente mi pelo e hizo girar mi cuello levemente. Y, después que hubo comprobado cuanto deseaba, me pidió nuevamente que volviera a vestirme y tornara a su lado. Luego me informó que al fin había llegado el momento en el que se atrevería a hacer una estatua de Zeus, que presidiría el gran templo de Olimpia. “Tu cuerpo, Antandros, está en ese momento único en el que el muchacho y el hombre se encuentran y confunden. Mi Zeus será un dios anciano, pero en su vejez quiero que subyazca y se vislumbre todo el esplendor y la hermosura que ahora está en ti. Si tú das tu consentimiento, solicitaré gracia de los helanodices para que seas mi modelo; quiero contemplar, entender y dibujar el enigma que se esconde en tu cuerpo”. “¿Y si el triunfo no me acompaña?”, le pregunté enseguida, incierto y temeroso. “Antandros, el dios ya te ha elegido; corre en su honor y él signará tu frente. Y deja a Zeus las labores de Zeus”. Oí cómo mi voz prestaba mi aprobación a la vez que mi espíritu se hundía en sí mismo sorprendido e incrédulo.
Salí de casa de Fidias gozoso y aturdido. El mundo entero pesaba sobre mí como dicen que pesa la bóveda del cielo sobre los hombros poderosos de Atlante, condenado por Zeus. Un hervor me asfixiaba el alma de orgullo y entusiasmo, a la vez que la angustia y el temor me hacían flaquear las piernas cual si no fueran mías. Todo parecía concitarse en mí quebrando mi seguridad. La gloria era, en fin, un vino venenoso que embriagaba de luz y mataba a la vez. El auriga me retornó a mi alojamiento, penetrando veloz en el calor espeso de la noche, como si entrara en un túnel al final del cual quisiera depositarme en mi propio abandono. A pesar de todo, el cansancio me hundió en el sueño y dormí hasta el amanecer sumido en la inconsciencia que repara y sosiega. Desde el día siguiente y durante varios, me empleé en mis entrenamientos con la ceguera de quien tiene el destino marcado en la frente por un hierro como un esclavo bárbaro.
A pesar de mi deseo de que nada pudiera alterar mi ya revuelto y controvertido ánimo, pronto empezaron las presiones propias de la contienda. Los atletas de nuestra delegación estaban por lo general bien adiestrados, pero los observadores secretos comenzaron, en los siguientes días, a aportar noticias sobre la calidad de nuestros adversarios. Los pronósticos y apuestas, aun a pesar de ser algo mal visto por los helanodices, fueron señalando y haciendo subir el temor al fracaso. De otra parte, los últimos agones no habían sido nada favorables a Atenas. Se necesitaba, pues, que la victoria viniera hacia los nuestros con claridad certera. Elis comenzó a ser, en aquella ocasión, un hervidero de intrigas y contactos políticos. Junto a las delegaciones y a cuantos visitantes habían acudido, fervorosos, a contemplar los juegos, muchos legados y emisarios buscaban alianzas, sellaban pactos o corrían noticias con ánimo de atesorar ganancias y provecho. La guerra había paralizado sus hostilidades allí donde se libraban las batallas, pero la furia y el odio no habían acatado el descanso acordado. Subterráneamente, se burlaba al dios y se seguían trenzando estrategias y tramas. Y en medio de todo ello, los competidores tratábamos de conciliar el esfuerzo, la belleza, el honor y el fervor hacia Zeus.
Las pruebas con las que hicieron la primera selección fueron muy rigurosas. Alcancé la meta en séptimo lugar, pues no era necesario arriesgar demasiado. Los consejos de Martron eran sabios y precisos, y él parecía conocer mis particularidades como si hubiera sido mi adiestrador durante largo tiempo. Aquella tarde, tras ver mi proceder, me llamó a su lado. Paseamos juntos por los alrededores del Estadio y me comunicó su fe en mi victoria. Nadie, a su parecer, corría como yo, pero le inquietaba la fortaleza de Tirteo, el muchacho de la ciudad de Heraclea, y la experiencia de Dorieo, el rodio, quien buscaba en aquella ocasión su tercera victoria, y cuyos conocimientos lo apuntalaban como mi más firme adversario. Escuché sus reflexiones y admití sus avisos. Por la noche nos reunió a todos cuantos conformábamos la representación de Atenas. Timarco y Erixias competirían en la lucha; el uno en el pugilato, el otro en el pancracio. Estobeo lanzaría la jabalina y Dicearco saltaría. A Escopas le correspondía competir en el pentatlón. Dos muchachos, Cleantes y Meliso correrían en la carrera en pista de los menores. Yo participaría en la carrera con armas. A partir del día siguiente -nos anunció- la autoridad sobre nosotros pasaba a manos de los jueces. Ellos vigilarían nuestros entrenamientos, nuestra alimentación y nuestro comportar hasta el día en que comenzaran las competiciones. Martron nos abrazó uno a uno y, tras ello, nos retiramos a nuestros aposentos. Desde entonces, nuestro cuerpo y nuestra alma pertenecían enteramente al dios.
Cuando, tras la ceremonia de aceptación de los atletas, los jueces se hicieron cargo de nosotros, nuestra forma de vida cambió notablemente. La segunda selección había señalado el número exacto de aquéllos que competiríamos en cada prueba. Ahora yo ya no habitaba con el resto de los jóvenes de Atenas, lo hacía con todos aquéllos contra quienes pugnaría en la carrera con armas. Al principio, el ambiente estaba algo enrarecido. A la diversidad de orígenes se unía nuestra falta de familiaridad y, a todo esto, aquélla realidad latente que proclamaba que todos éramos entre sí furiosos enemigos. De ese modo, los primeros días fueron ásperos y tensos. Comimos, dormimos y nos ejercitamos soportando la tirantez que aquella situación nos imprimía. Tampoco me era fácil olvidar que, incluso, entre quienes eran ahora los míos, había enemigos de mi patria, cuya presencia era como una ofensa y una provocación constante. Allí estaban representados quienes habían matado a Telis y a mi padre. Aprendí, pues, a soportar aquella situación adversa y a dominar mis impulsos y los estados de ánimo a los que todo aquello me lanzaba. Con el pasar del tiempo, he entendido la noble y rica ejercitación que puede suponer, para un espíritu todavía dócil y moldeable, la obligación de bañarse o entregarse al sueño al lado de su propio enemigo. E, incluso, estimo que la capacidad que luego he poseído para dialogar con oponentes y adversarios, distendida y confiadamente, aun manteniendo con firmeza los intereses que se me encomienden, fue allí y entonces donde la adquirí.
Concentrado al máximo en mi entrega incondicional al dios, atendí, sin embargo, diariamente la demanda que de mí hacía el maestro Fidias. Los jueces, una vez más, no habían puesto a sus deseos ni la más leve traba, si bien -debo explicar- él siempre era cuidadosamente observante con cuantas sugerencias o advertencias recibía al respecto. Su carro iba sin falta a buscarme cada jornada y yo me mantenía en aquellas posturas que él me ordenaba con la firmeza e inmovilidad de quien ya no alentara, sino que fuera un esculpido en piedra. Aprovechaba yo aquellos espacios de tiempo para entrar en mi interior y grabar en el lugar más íntimo y profundo de mí la consigna tremenda de que debía ganar a toda costa. No fueron días en los que yo pudiera disfrutar del placer infinito que debe y puede producir el hecho de ser contemplado como a un ser hermoso, máxime cuando dicho halago viene de los ojos sabios y escrutadores de tan eximio artista. Recuerdo aquellos días como ásperos y terribles; como días vividos en una ensoñación cruel y apasionada.
Junto al control que los jueces ejercían sobre nuestro adiestramiento, nuestra alimentación o nuestro descanso, se situaba la obsesiva disciplina que llevaba a que nos fueran recordadas constantemente las reglas y principios que regían la sagrada contienda. Sólo nos podía denigrar, más que el fracaso, la transgresión indigna de las normas que habían sido dictadas para que los juegos, en honor del gran Zeus, no tuvieran mácula alguna o tangencia con la bajeza humana. Todo, pues, en torno a los agones quería encerrar una enseñanza y una disciplina que fueran aleccionadoras para aquéllos que se interesaban por entrar dentro de su espíritu.
A pesar de tanta tensión o rigurosidad o, quizá, por ello, tras los primeros días, comenzaron a establecerse entre nosotros una suerte de lazos imprecisos e, incluso, de afectos encubiertos. Sin duda, la necesidad de triunfo nos separaba, a la vez que el miedo a la competición y el peso asumido de la responsabilidad tendían a unirnos. En la carrera competiríamos cinco atletas. Dorieo, el rodio, era sin duda el más reticente a cualquier muestra de proximidad y camaradería. Su edad era también superior a la nuestra. Era preciso en su comportar y se notaba en él el peso de la experiencia. Las dos coronas adquiridas en la Olimpiada que hacía el número ochenta y siete le habían dotado de una fama y fortuna que le empujaban a sentirse lejano y superior a nosotros. Yo establecí una buena amistad con Xenócrates, quien venía de Eubea. Tirteo, el joven de Heraclea, parecía encontrar su fortaleza en el aislamiento. Androtión era, probablemente, ante mis ojos, quien ejercía un mayor poder de firmeza y seducción. Siempre estaba alegre y su sonrisa era luminosa y diáfana. En su presencia, nadie podía imaginar que pudiera superársele. Hasta tal punto poseía el misterioso cuño del poder y la fuerza, impreso en todo él. Podía adivinarse fácilmente que su cuna era Esparta.
Quiero detenerme ahora y emplear todos mis sentidos y el máximo rigor de mis juicios y evocaciones para concretar cuanto voy a contar. Testimonio así la sorpresa que me produjo y pido al dios perdón por que tal mercadeo se concite y produzca en torno a sus celebraciones. Pido al dios perdón en nombre de los hombres.
Cuando los cinco días de las competiciones se fueron acercando, las orillas del Alfeo y Cládeo volvieron a poblarse, tal y como su imagen se encontraba guardada en mi recuerdo. Miles de ciudadanos griegos afluyeron de nuevo de todas las latitudes de la Hélade y, una vez más, aquélla fue la gran ágora del mundo. Las orillas de los ríos hirvieron de animación, y las gentes, con sus tiendas de nuevo enarboladas, sus ropajes distintos y sus peculiaridades, testimoniaron una vez más la grandeza del mundo y la diversidad de quienes lo habitamos. De otra parte, la situación de pugna y de enfrentamiento bélico larvado convirtió al lugar y al momento en una ocasión única para dilucidar cientos de asuntos y pretensiones en las que se centraban los intereses de unos y los negocios depravados de otros. Así pues, las solicitudes y atenciones que siempre se tributaban a los competidores, en esta ocasión se convirtieron, además, en el pretexto más adecuado y discreto para realizar contactos encubiertos y alianzas secretas. Las invitaciones a festejos y agasajos fueron
muy numerosas, y solamente la suntuosidad desmesurada de algunos de ellos hacía que unos prevalecieran ensombreciendo a otros.
Asistí, junto con el resto de los atletas, a alguno de los testimonios de gratitud y honra con que los más acaudalados querían festejar a quienes se disponían a entregar todo su brío y su coraje para dignificar a sus pueblos y glorificar al padre de los dioses. El banquete que nos dispensaron los rodios, costeado por el rico mercader Crisipo, fue el más suntuoso y espectacular que jamás hayan podido contemplar mis ojos, teniendo en cuenta, además, que fue celebrado bajo el despliegue de un colosal trenzado de tiendas que el comerciante ordenó levantar únicamente para aquel festejo. Los jueces permitían aquellos acontecimientos, que en nada parecían concordar con la rigurosidad a que estabamos sometidos, porque ellos venían a engrandecer y a dar prestigio a los agones. La narración de cuanto allí sucedía y la exhibición de los tesoros y riquezas que allí eran mostrados, corría luego, como el fuego en la paja, de boca en boca, haciendo de las Olimpiadas la expresión más grandiosa de fasto, riqueza y fervor que pueda imaginarse.
Asistí a la fiesta de los rodios con la sensación de estar ya coronado por el triunfo. A la evidente hermosura que suponía la afluencia de tantos hombres jóvenes, con sus cuerpos perfectos, tensos y bien desarrollados, se unía la fastuosidad de las riquezas de cuantos acudían, desde sus situaciones de desahogo y privilegio, con el ánimo de seducir o adular a los atletas. Cuando llegamos al lugar donde se había izado la magnífica tienda, quedé maravillado del espectáculo que ante mí se mostraba. La construcción se había levantado describiendo varios círculos concéntricos. El círculo central era una plaza abierta al cielo en cuyo suelo se había confeccionado un mosaico grandioso. Una enorme circunferencia, seccionada en gajos, mostraba todas y cada una de las suertes en las que nosotros íbamos a competir. En el centro, como unificador de todo, el rostro de Zeus miraba divino e impasible. Un conjunto de pieles tensadas sobre altos varales cubría un enorme anillo en su entorno, en el que, y sobre un tapiz multicolor de hermosas alfombras, infinidad de clinos se alineaban cubiertos de sedas de la India y telas de Damasco, sobre las que dormían y esperaban cabezales, cojines y almohadones con soberbios dibujos. Un segundo aro, cubierto de arena, separaba el espacio de un tercer círculo mayor, repleto de asientos también engalanados. Guirnaldas, pebeteros de incienso y emblemas, ornamentaban por doquier aquel recinto regio.
Nuestros lugares habían sido previamente asignados y coincidían exactamente con aquella porción del círculo central en la que estaba representada nuestra competición. Cinco asientos de bronce, pues, nos esperaban a quienes pugnaríamos en la carrera larga. Mi lugar estaba flanqueado por los asientos de Xenócrates y Androtión. Ante nosotros, el deambulatorio de arena nos separaba de la multitud de asientos que ocuparían el resto de los prestigiosos invitados, venidos incluso de tierras extranjeras. Ocupamos nuestros sitios con la disciplina propia de la estirpe que como atletas habíamos acuñado. De espaldas a la gran circunferencia de emblemas que presidía el dios, como si aún ninguno de nosotros pudiera atreverse a encararlo, nos sentamos mirando a cuantos se disponían a disfrutar de nuestra presencia. Inmediatamente comenzó el festejo. Varios muchachos con paso preciso y sigiloso colocaron antorchas a ambos lados del pasillo. La luz de las lámparas de cerámica, que antes iluminaban el ámbito, alzadas sobre pequeños pebeteros, palideció ante el resplandor que ahora iluminaba, cual si lo incendiara, el círculo de arena. De improviso, se apostaron los músicos en lugares previamente acordados y las danzas comenzaron a fluir al son dulce de la música. Nuestra comida estaba bien reglada. Del otro lado, los hombres comían y bebían con gula desatada. El festejo fue largo. Gozamos de acróbatas, narradores de historias, hombres que habían amaestrado animales y fieras y ahora nos las mostraban en sus habilidades. Vimos equilibristas y seres en quienes la naturaleza había obrado sus más sorprendentes caprichos, danzarinas que exhibían sus carnes y movían y curvaban sus caderas y vientre, a la vez que hacían parecer sus brazos y sus dedos reptiles insinuantes o ramas otoñadas. Escuchamos a rapsodas y cantores e imitadores de ruidos y de voces, y a tañedores de crótalos, de flautas y de liras. Todos pasaron ante nosotros, mientras los manjares, los vinos y almíbares, abastecían los estómagos y complacían a los paladares de los admiradores.
Cuando el tiempo fue transcurriendo y el vino obró sobre los ánimos, la formalidad de los asistentes se quebró. Se formaron entonces varios corros en los que fueron mezclándose, en la conversación, intereses, deseos y confusos propósitos. Los hombres y los atletas se mezclaron y ya se estableció una relación, aparentemente, más amable y humana. Fue entonces cuando percibí una rara sensación que me llenó de nuevo de extrañeza. En la mente de los competidores estaba sin duda el sueño de la gloria, pero también anidaba aquella burda verdad fría e insoslayable: sólo uno podía ser el ganador. Los demás, derrotados, debían escoger entre la vergüenza y la burla ignominiosa de los suyos o el áspero destierro. Pocos podrían volver a sus casas, coronados. Por eso, subterráneamente, muchos estaban allí abriéndose, cautelosamente, una puerta al tiempo venidero. Los hombres ricos ofrecían presentes, hacían veladas proposiciones e insinuaban cuánto, en sus haciendas y tierras de origen, podía esperar a un muchacho que les acompañase dispuesto y de buen grado. Todo se negociaba de un modo sutil y enmascarado. Era un juego de etéreas ofertas y demandas de resplandor y niebla. Los poderosos buscaban juventud y hermosura a cambio de lujos y dinero. Los vigorosos muchachos un protector que les amancebara si el triunfo no les sonreía.
Recibí los halagos de un rodio que, de inmediato, exaltó mis virtudes y el modo perfecto en cómo, a su entender, yo competía. Teofrasto, que ése era su nombre, al parecer, me había observado minuciosamente en mis entrenamientos. Admití su adulación, pues que a diferencia de otros hombres que, buscando su propio interés, quebraban la firmeza de los competidores, recordándoles continuamente las posibilidades de que su esfuerzo no fuera coronado, él no hacía más que alimentar mi fe en la victoria. Sin duda, había descubierto que otra posición conmigo hubiera, enseguida, cortado nuestra incipiente amistad. Acepté su compañía, también, nublado por cuantos despliegues de riqueza y generosidad le acompañaban. Me pareció un hombre culto y enigmático; elegante y dominador del arte sutil de la elocuencia. Cuando se acercó a mí estaba totalmente sobrio y, además de la mención obligada a los certámenes y a mi preparación, enseguida supo derivar nuestra conversación hacia la grandiosidad de Atenas, a la que admiraba en todo su esplendor. Me deleitó la consideración que tenía a nuestra patria y nos despedimos aquella noche con la promesa de volvernos a ver.
A la mañana siguiente, cuando vino a verme Pistias, traía de las bridas un hermoso caballo que Teofrasto le había entregado como regalo a mí. Era un potranco joven de manto blanco, en cuya inquietud parecía sintetizarse toda la osadía y belleza de la inexperiencia. Mi primera reacción fue de intriga y de sorpresa; en modo alguno yo me sentía acreedor de aquel presente. Mi conversación con Teofrasto había sido larga y agradable pero, en ningún caso, merecedora de aquello, por muy generoso que fuera el ánimo de mi reciente amigo. Ordené a Pistias que condujera al potro junto con Mirkos y Butión y que hiciera el favor de llevar un mensaje mío al rodio. En él le convocaba para el atardecer, cuando mis entrenamientos hubieran terminado. La proximidad de las competiciones no me permitía ni una sola distracción en mis tareas.
Cuando cayó la tarde, me reuní con Teofrasto en el lugar que yo había señalado. Me extrañó que al encuentro viniera acompañado por otro hombre. Saludé a su acompañante, cuando Teofrasto me informó de que se llamaba Estilpón y era también oriundo de Rodas. Cuando yo comencé a hablar del caballo, vi cómo ambos hombres se miraban. Dejaron silenciosamente que yo expresara la imposibilidad de aceptar un presente así e incluso permitieron que, ingenua y confiadamente, yo les ofreciera mi amistad a ambos sin la necesidad de recibir nada por ello. Al terminar mi emotiva alocución al aprecio, a la generosidad y a aquellas virtudes que a mí me parecía que estaban obrando entre nosotros, Estilpón tomó la palabra. No se dirigió a mí, fue a Teofrasto a quien se dirigió: “Creo, amigo, que el ateniense no ha entendido nada. Es necesario, pues, que se lo expliques con mayor claridad”. Un vértigo me recorrió por dentro. Supe al instante, por el tono de su voz, que algo turbio se revolvía entre la indigna disposición de aquellos hombres. De repente, un velo se cayó de ante mis ojos y percibí que estaba ante dos enemigos. Oí su propuesta clavado por la incredulidad. Y juro por Zeus que, aunque llegaron a exponerme la lista completa de cuanto estaban dispuestos a entregarme, mi ánimo fue incapaz de reaccionar, pues todo yo estaba perplejo ante tanta bajeza.
Odié sus bocas y sus ojos. Odié las palabras que eran capaces de trasmitir tan ruines sentimientos y tan mezquinas propuestas. Y, fiero como un tigre, les escupí mi desprecio y les anuncié que les denunciaría sin pérdida de tiempo ante los jueces. Jamás aceptaría yo perder voluntariamente en la carrera, aun a pesar de que, a cambio, se me ofertara el reinado del mundo y sus placeres.
Mi ira fue recibida con una risotada que me desorientó de nuevo. Busqué en el fondo de mi entraña la cólera necesaria con la que romper aquella conversación y aquel negocio indigno, pero de nuevo fui hundido, esta vez en un pozo de espanto. “Antandros -dijo Estilpón- tú no delatarás a nadie. En primer lugar, probar tu inocencia en este ajuste te distraería de tus entrenamientos y, a tan corta distancia de las pruebas, tal vez supondría, por parte de los jueces, la suspensión de tu participación a modo de cautela. Pero, además, has de aceptar nuestra propuesta porque, si no, jamás volverás a ver a Agios”.
Un trueno me estalló en el cráneo mientras veía brillando en el cuenco de la mano raposa de Estilpón aquel sello que yo sabía que pertenecía, inequívocamente, a mi padre. Sin más consideraciones se dispusieron a irse. Se alejaron unos pasos y volvieron sus rostros hacia mí. “Piénsalo bien, Antandros. Dentro de dos jornadas volveremos a verte. ¡Ah! y en modo alguno nos serás indiscreto. Nadie debe saber nada a cerca de cuanto hemos hablado. Mientras tanto, conserva el caballo; tampoco es bueno que el frigio sepa nada”. Luego los vi marcharse definitivamente y tuve la sensación de que bajo sus pies se iba arrastrado, como hacían sus sombras, mi orgullo y mi entereza.
Detengo aquí mi escrito y hago acopio de fuerzas, pues que las necesito para poder regurgitar uno de los momentos más agrios de mi vida, únicamente superado por el que más tarde me aguardara tras la hoja mil veces maldita de mi espada.
En un antro de angustia y decepción entró mi vida, apenas me quedé solo. El mundo de los hombres me acometía como si las Erinias se hubieran encolerizado en mi contra y los pronósticos que Apolo me dictara por boca de la Pitia no fueran más que una proclama tenebrosa de horrores. “Al grito azul se entregará la voluntad partida y el disco fulgirá por sobre el orbe. Luego, el rayo de plata vomitará de púrpura, las tinieblas traerán el rumor de la Éstige y el silencio dorará con su miel los ácidos recuerdos”. Evoqué, temblando, el Oráculo, en un intento fiero de encontrar las razones por las que el existir se me tornaba en algo tan cruel y malvado. Odié mi existir y maldije al destino que así me sometía a una prueba más dura que el soportar un centenar de muertes. Y cuando escondí mi cara y, aterrado, quise recurrir a la reconfortante sinrazón de las lágrimas, comprobé que ya no era un niño y que su fluir enjugador de angustias no venía a mis ojos. Lloré entonces con el llanto seco de quien se enfrenta a la tragedia sin amparo de nada y traté de combatir sin armas en la batalla feroz que me estaba declarando el terror y la duda.
Otra vez, la figura de Agios tomaba ante mí aquellas dimensiones desproporcionadas. Mi padre seguía viviendo en algún sitio. Tal vez fuera esclavo en cualquier parte y mi deber no era otro que el de procurar cuanto antes su rescate y su vuelta. De repente, mi creencia ciega en su Oráculo cayó en debilidad y puse en entredicho cuanto Sófocles me había confiado. Tal vez el dios se equivocara. Quizá, las palabras cantadas por la oscura Sibila no hubieran sido transcritas adecuadamente por el escribano. O el sacerdote que le trenzó el pronóstico no hubiera acertado en su preciso encaje. De cualquier modo, yo era su hijo y ante mí estaba la posibilidad de restituirle, a aquel hombre, que aún era mi padre, todo el afecto que la ruda sentencia nos había robado.
Todas mis consideraciones, en el primer momento, desatendían, generosamente, mi condición de atleta, y despreciaban, sin ni siquiera contemplarlo, cuanto esfuerzo, entrega e ilusión yo había puesto en lo que se había convertido durante años en la auténtica razón de mi existencia: Los Agones de Olimpia. Pero cuando mi ánimo recaló en toda la dimensión de aquel dilema, la duda vino a mí como las aves rapaces arrancan del suelo al cordero para, ya en vuelo, precipitarlo en el vacío y luego desgarrarlo. Viví mi incertidumbre en el más hermético silencio y creo que en alguna ocasión fui rudo y desatento con Pistias y Xenócrates, que respetaron mi adustez con afable paciencia. Sin embargo, algo me impedía que mis entrenamientos sufrieran mi dilema.
Con fidelidad malévola, volvieron mis extorsionadores en la fecha anunciada. Hubiera deseado que jamás naciera aquel infecto día. No obstante, en medio del temor, supe crecer dentro de mi impericia y ponerme a la altura de sus maquinaciones. Necesitaba yo pruebas más fehacientes de que mi padre estaba aún con vida y que mi docilidad a sus propósitos se apoyara en una garantía sin posibles fisuras. Se guarecía en mí la extraña esperanza de que todo fuera una burda mentira y de que mi padre, en realidad, ya no estuviera vivo. Aceptaría yo sus propósitos si ellos me convencían de su supervivencia y me garantizaban cómo poder saber su paradero para recuperarlo. Renunciaba a todos sus regalos y les eximía de dar un destino a mi vida, al margen de la deshonra y la humillación que iba a suponerme el volver a mi patria hundido en tanto deshonor. Únicamente quería conservar el caballo; él me recordaría durante muchos años la culpa que, en silencio y muy humildemente, debía expiar ante los míos.
Vi titubear a los rodios y buscar entre sus pensamientos algo que pudiera llevarles a atender mis deseos. Sabida mi propuesta, se marcharon en actitud cavilosa, que yo interpreté que era casi la certificación de mi total victoria. Jamás podrían convencerme fehacientemente de que Agios estaba aún con vida. A la mañana siguiente recibí, por mediación de un esclavo, un cofre de madera. Una breve misiva rezaba con el trazado arrogante y firme con el que siempre se escriben las infamias: “Ahí tienes la prueba”. Abrí el arca y extraje el manto que en ella se encontraba. Sujeté la tela con mis manos, sorprendido de nuevo ante tan débil garantía. Aquellas ropas podían haber vestido a cualquier ciudadano. En mi interior todo clamaba por que aquello no fuera más que toda una mentira burda. Aliviado, hice con ellas un rebujo y las tiré nuevamente a la caja. Fue entonces cuando un leve aroma me recordó a mi padre. Agarré de nuevo los vestidos y los llevé, ansioso, hasta mi olfato. Hundí mi nariz entre el tejido y apreté los dientes y los ojos, mientras mi frente se constreñía en un rictus con el que todo mi ser certificaba que Agios aún estaba vivo, pues que el inconfundible olor de su cuerpo estaba allí aún fresco. Me retorcí sobre mí y envié mi respuesta: Aceptaría sus deseos a cambio de la vida de Agios. Y, en ese momento, me sentí el hombre más indigno y despreciable que alentaba en la tierra.

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