3.11.13

CAPITULO CUARTO




Nacemos quienes somos. Después el cinismo, la amañada cultura, los mitos venerados y el ansia de cariño nos hacen querer ser ése que “deberíamos”. Se trata de toda una exigencia que alguien, fraudulento y anónimo, nos tatúa en el alma. En complacer a nuestro estigmatizador acéfalo, empleamos esfuerzo, renuncia y sacrificio; mientras, tal falsedad, nos desespera, frustra y, a veces, aniquila: todo un ir y venir de disfraces y máscaras.
IV
EL SUEÑO DE LA MÁSCARA
El camino hacia la ciudad de Epidauro fue reconfortante como un templado bálsamo. Era como si incluso yo supiera que aquellas tierras siempre habían sido amigas y aliadas de mi patria. En un principio, no obstante, la ruta resultó ser angosta, y a trechos discurrimos entre peñascales abruptos y vimos con temor cómo los costados de algunos cerros se hundían en barrancos y hoces tenebrosas. Pero, tras las cortadas, siempre volvían a emerger, majestuosas y espléndidas, las moles sucesivas de los montes. Y apenas logramos encontrar un pasillo que descendía a la costa, la luminosidad pareció derramarse e incendiarlo todo ante nosotros, como una promisión de grandeza y regalo. Agios anunció que los próximos días los dedicaríamos a lo que él denominó jornadas de descanso. Supuestamente, Sófocles, Herodoto y él, debían ocuparse en ordenar y fijar cuantos datos y noticias habían acumulado en las fechas pasadas, a la vez que reconocer y considerar las posibilidades que ofrecía aquella zona estratégica de costa. Al mismo tiempo, Efistenes, Menexinos y Arquestratos, tenían que ejercitarse y disponer todo lo necesario para las representaciones que debían celebrar, y que eran para ellos el principal motivo y razón de su traslado.
Acampamos en una cala en la que el mar entraba como un manantial suave de aguas verde claro. Cuando se retiraba, lo hacía hasta el infinito, y cuando regresaba era, el suyo, un avance pausado y sigiloso que en nada importunaba. Baquio, Brygos y Tólmides alzaron y enterraron enseguida los varales y mástiles y tensaron sobre ellos las pieles curtidas de becerro. A la vez, colocaron en los costados ruanas, ramajes apresados con lienzos y amarras, y adosaron los carros, para que la arena no nos anegara, cuando Eolo, furioso, la hacía desplazarse. A Kebe y a mí, se nos encargó el cuidado de las mulas y de las palomas. El día entero lo pasábamos bajo el sol y en el agua, sin distinguir nunca cuándo nuestros cuerpos estaban húmedos o cuándo oreados. En pocos días, la brisa había bruñido mis hombros y mis piernas, cual si de auténtico ébano o bronce se tratara. También mi pelo había clareado y sus anillos se habían hecho más pequeños y estaban más pegados a mi frente y mi nuca Y, según aseguraba Kebe, mis ojos eran durante aquellos días, por imperativo de la luz intensa y cegadora, apenas una línea estrecha que iba, horizontal, de uno a otro extremo de mi cara.
Kebe tenía una rara habilidad para los saltos y las cabriolas, y continuamente estaba dando brincos y volteretas, y aquella ancha playa era, en verdad, su espacio y su elemento. Él era el hijo mayor del ateniense Aster. Su padre tenía cuatro muchachos más, y un negocio modesto de curtiembre en la parte de la ciudad que se denominaba ya por entonces Colono. Había entregado a Kebe a Efistenes, pues que, según decía, había observado en él un timbre de voz adecuado para el arte de la declamatoria y una estupenda disposición para las evoluciones, giros y movimientos que, estimaba, podían ser propios de los actores. Efistenes lo había aceptado solamente a prueba, a cambio de instrucción y sustento y, eso, siempre que el muchacho se le mostrara dócil.
Y fue Kebe quien me incitó a caminar descalzo. Pero no porque él así me lo indicara, sino por la envidia que suscitó en mí, desde el primer momento, el contemplar las plantas de sus pies oscuras y curtidas como trozos de cuero. Decidí, pues, aflojar las correas de mis sandalias y caminar sin ellas. Y hasta hoy he conservado el hermoso placer de sentir directamente el palpitar callado de la tierra. Pues que, salvo que el decoro, mi rango o el acontecimiento en curso así me lo aconsejen, siempre que me es posible, tiendo yo a pisar directamente sobre el suelo, y ello me hace sentirme como reconciliado con la materia que lo integra y lo unifica todo.
En un principio, las piedras, los cardos y el ardor de la arena fueron impíos y verdugos conmigo como con un penado. Me laceraron los pies con tal rigor, que parecía como si en ellos me hubiera mordido o se me hubiera ensañado ese mal de proscritos, que los pudre y carcome, al que llamamos, a la vez que escupimos como muestra de asco y repugnancia, lepra. Y tuve, incluso, que admitir los cuidados del sabio Herodoto, quien se aprestó a vendármelos con lías untadas en hierbas maceradas en aceites y jugos, cuando comenzaron a inflamárseme y a sangrar de tal manera que me impedían el caminar derecho. Procuraba yo, en esos días, efectuar los menores desplazamientos posibles; no ya sólo por el penar agudo de las llagas y ampollas, sino porque, al parecer, resultaba cómica mi figura. Pues, según me informó Kebe, más bien parecía que algo dañado entre mis piernas me impedía el paso; y todos se reían. Agios, sin embargo, no decía ni una sola palabra. Pero yo sabía que tal decisión por parte mía le agradaba y llenaba de orgullo.
Aproveché esos ratos para escuchar el saber extraordinario del maestro Sófocles, quien explicaba a los actores los misterios y entramados de los bellos parlamentos que para ellos había construido en las obras que ahora memorizaban sin descanso ni tregua. A Kebe también lo obligaba Efistenes a retener, y al muchacho los textos se le resistían y parecía que sudara sangre al esforzarse. En tal ambiente, comencé a comprender el gran encanto del teatro, de cuyo deleite después he gozado en tantas ocasiones, y en cuya sapiencia he remansado, buscando norte y claridad, a lo largo de mi, tantas veces, extraviada y convulsa vida. Pues que en la voz tonante de nuestras hermosas tragedias se encierra cuanto saber circula entre el regir de los dioses, el valor de los héroes y el vivir cotidiano y azaroso de los hombres.
Pasaba yo horas y horas sobre las esteras, mirando el horizonte desteñirse, dejándome, complacido, azotar la cara por la pulida arena, inmerso en cuanto el eminente iba tejiendo y desgranando sobre Heracles, Antígona, Ulises, Creonte, Edipo, Yocasta o Tiresias. Viajaba yo en sus viajes. Amaba en sus amores. Moría también en sus ejecuciones. Me sentía rey y proscrito, hembra y varón; dios y traidor en sus acontecimientos. Y fue él, en verdad, quien más me enseñó sobre la noble y terrible historia de mi tierra, a quien hoy parecen haber abandonado las excelsas deidades y las grandes empresas que los hombres maquinaron y obraron en los días remotos.
Cuando mis pies comenzaron a aceptar la aspereza del suelo, comencé a disfrutar de la liberación que siempre trae consigo todo lo que es austero. Kebe y yo nos bañábamos el día entero, desnudos, en las aguas espumosas del golfo y reptábamos por la playa hasta conseguir que nuestra piel quemada quedara completamente recamada de arena como la de los atletas. Brillábamos entonces como hermosos reptiles, como si la lluvia de oro con que Zeus sedujo a Dánae, hubiera descendido generosamente sobre nuestros cuerpos. Agios y Herodoto salían cada mañana a recorrer la costa y no volvían hasta que Helio estaba en lo más alto del arco de su ruta. Las tardes las pasaban grabando anotaciones dentro de las vasijas. Debía ser ésa una labor precisa y minuciosa, ya que cuanto querían anotar debía ser, previamente, convertido a aquel lenguaje de signos y dibujos que ninguno entendíamos.
Todas las noches se establecían turnos de guardia. Mi padre era un militar riguroso y estricto y conducía aquella expedición sin descuidar un ápice su carácter castrense. En una ocasión, hacia la media noche, Menexinos, que hacía su turno, nos removió a todos. Agios se alzó de repente como hace el chacal. En el horizonte, apenas perceptible, un punto luminoso parecía salir y sumergirse en la línea imprecisa del agua. Mi padre reconoció de inmediato a su nave Andrómaca, la que llevaba una hermosa Victoria alada sobre su fuerte quilla. Sin pérdida de tiempo, Brygos y Tólmides se hicieron a la mar sobre una balsa de juncos y de cáñamo, que habían trenzado los días anteriores. El mar lamía muerto y con cadencias sosegadas y amables. Sobre ella habían cargado casi todas nuestras vasijas. Y, en un instante, se perdieron en aquel túnel turbio que sumía la noche. Baquio reatizó la hoguera, y todos nos refugiamos en su entorno de humo y de pavesas dispuestos a entretener la inminente espera. Arquestratos hizo sonar su flauta y Menexinos se ató los crótalos, y la hoguera pareció que ardía al compás de su música. Antes de amanecer, ya estaban de vuelta los esclavos con un nuevo cargamento de ánforas y, en el celaje, el punto titilante ya se había borrado.
Los esclavos regresaron tiritando y exhaustos. Mi padre los cubrió rápidamente con las ruanas y les administró miel y vino caliente que vi sangrar, igual que un vómito violáceo, entre la impotencia de aquellos dientes blancos que les castañeteaban sin que pudieran tragar ni detenerlos. Cuando entraron en calor, se paralizaron sus temblores y quedaron dormidos. Y cuando quisimos darnos cuenta, ya Baquio había vuelto a disponer las piezas en su cesto y destruido y dispersado las entrañas de la improvisada nave, que el mar ya se llevaba a la deriva, sin que, aparentemente, quedara resto alguno del acontecimiento. Aquel atardecer nos visitó una patrulla de las que hacían su ronda por la costa y los montes. Agios mostró nuestros salvoconductos e invitó a los soldados, quienes bebieron y, durante un largo rato, escucharon a Efistenes y a Menexinos recitar un parlamento de “Edipo, en Colono”; ése que hace conversar a Edipo y a Teseo, y donde también interviene el Coro cantando la dignidad y hermosura de la pequeña aldea de Colono, tan próxima a Atenas. Yo me acordé de mi madre y de Caris y las besé en el aire. Sófocles había regalado a sus actores con aquella primicia, pues que tal obra no la terminaría hasta dos Olimpiadas después, para dedicármela a mí, a quien incluso hoy el pulso se me quiebra y la saliva se me cuaja en la garganta, al recordar tanto cariño, tanto honor inmerecido y tanta benevolencia.
Pasamos en aquel paraíso algunos días más. Helio, Eolo y el mar me incitaron e hicieron descubrir mi cuerpo y sus texturas. Y entre el viento, la luz y el agua, fui consciente por primera vez de la excitada turgencia de mi sexo. Fue cuando entre Kebe y yo nos lo frotábamos, él instructor y yo curioso, sin que tampoco fuera necesario conversar o argumentar nada más sobre ello. Era aquello para mí un juego sorprendente e ingenuo o una simple ostentación de recién adquirida prepotencia, que experimentaba entre una mezcla de gozo y curiosidad. Fue entonces cuando comencé a observar con cierto interés y minuciosidad los cuerpos de los otros. A la hora del baño, los hombres solían desplazarse mar adentro al encuentro con el vivificador acoso de las olas. Cuando se cansaban de su lucha con el rudo elemento, regresaban uno a uno emergiendo del agua como agotados náufragos que, despreocupadamente, retornaran de su travesía o de una auténtica y singular batalla librada mar adentro. Admiré, al contraluz, el cuerpo de Agios, rotundo, como esculpido en una masa bruna de fundición perfecta. Su cintura, costelada por aquellos músculos cerrados como conchas auténticas, que se multiplicaban y ascendían por su torso configurando una coraza sólida, sin fisuras ni ángulos. Tenía mi padre unas piernas firmes, rectas y curtidas, con un millar de marcas y cicatrices viejas. Y cuando iba saliendo del agua, la espuma jugaba entre ellas, chocando y deshaciéndose, como una hembra que se gozara suave, ampulosa y lasciva. Y yo no tuve más remedio que recordar a Drosis y traer a presente aquella noche de quejidos dichosos y apasionadas sombras, en la que desprecié a ambos tanto, y sentí, cual feroz contrapunto, un goce tan amargo. Contemplé también el cuerpo relajado de Sófocles, cuya desnudez no restaba nada a la gran magnificencia de su porte maduro. Y he de testificar que, cuando el espíritu es noble, la carne también sabe retener y conservar, aun en el desvalimiento imperioso de la edad y en su lasa blancura, su dignidad sin mácula.
Levantamos el campamento una mañana, tras enviar una nueva paloma, que aleteó hacia el mar en un vuelo cegado y rasante queriendo mojar sus alas, seguramente torpes y entumecidas, antes de alzarse hacia la luz naciente que la reclamaba. Avistamos el santuario de Asclepio al atardecer, cuando ya el monte Cinortio no era más que una sombra llena de majestad recortada en el cielo. Nos hospedamos en el inmenso katagogeíon. Era éste un albergue realmente grandioso, y, como en él ya se contaba con nuestra llegada, la acogida que se nos dispensó fue realmente honrosa y entrañable. Se esperaba con auténtica expectación la llegada del grupo de actores provenientes de la ciudad de Atenas. Pero cuando fue reconocido Sófocles entre nosotros, los honores y agasajos que se nos dispensaron fueron desmesurados. Aquella misma noche pudo ya, Arquestratos, conocer a quienes serían los quince integradores de su coro e impartir ante ellos las primeras normas y directrices de cómo deberían ser los trabajos que habrían de llevarse a cabo. La cena fue espléndida y la habitación que compartí con Efistenes, Menexinos, Arquestratos y Kebe, poseía mullidos jergones de plumón y, sobre el suelo tejido de mosaicos que dibujaban emblemas y atributos del dios, estaban tendidas alfombras de lana bien abatanada, de oscuros y agradables colores, que invitaban al sueño.
A la mañana siguiente, me levanté muy temprano, antes de amanecer, y recorrí los cuatro patios cuadrados que configuran aquel gran edificio. A esa hora, todo estaba desierto y un halo de misterio y majestuosidad invadía su sobria arquitectura. Más de ciento cincuenta habitaciones lo componían y casi todas ellas estaban ocupadas por peregrinos que iban a visitar al gran dios de la medicina en demanda de su sanación y amparo. El hijo de Apolo y Corónide, nacido en Tesalia, había sido elevado a la categoría de dios tras acreditar, desde su condición de héroe, sus bondades y hechos sanadores. Después de deambular un rato, me acerqué por el enkoimetérion o lugar de las incubaciones, donde pernoctan los enfermos para que el dios los alivie con su aliento nocturno. El sitio estaba ya casi desierto, pues que en la raya del amanecer debía ser desalojado. Ascendí la rampa y traspasé la puerta de madera revestida en marfil, cuyos clavos de oro brillaban, aun entre la penumbra. Allí estaba el gran Asclepio, rígido y suntuoso como un monte grandioso. El bronce y el marfil se combinaban en su estatua con una sutileza emanada del fervor más intenso que, sin duda había sentido Trasimedes de Paros, cuando la esculpiera. Aseguraban que el famoso estatuario la había cincelado invadido por el emocionado agradecimiento de la curación de su mano, que había temido tener contusa y engarfiada para siempre por un aire maligno.
El dios estaba sentado en su trono de plata y sostenía con una de sus manos el gran báculo alado, mientras apoyaba la otra férreamente sobre la cabeza de la serpentaria que repta por el cielo, cuyos ojos de rubí centelleante hacían recordar su saliva sagrada. A sus pies yacía tumbado, dócilmente, el perro que le custodiara cuando de niño fue abandonado, antes que el centauro Quirón lo instruyera en las artes secretas de la curandería. Miraba el dios con sus ojos de oro y era difícil mantener el fulgor de sus rayos sin inclinar la vista, humildemente. Estuve un rato temblando en su presencia. Los últimos dolientes habían abandonado ya el recinto de las pernoctaciones para dirigirse al ábaton, donde debían tenderse, esperando pacientemente, durante todo el día, una nueva intervención del dios. Tras ellos, había quedado todo ese rumor infecto que la enfermedad arrastra tras de sí, cual su maldita sombra de pecado. Y cuando los sirvientes barrían ya la cella y comenzaban a retirar los residuos calcinados de las teas, que habían quedado por todo el contorno como retorcidos testigos de una noche de ayes y de súplicas, y la claridad iba poco a poco naciendo, me dirigí silencioso hacia el jardín que mira al lado de poniente. Entré descalzo en el bosque sagrado, cuyos confines estaban bien marcados por hitos de basalto verde y lapislázuli y en cuyo interior era bien sabido que estaba prohibido dar a luz o morir, lo que rezaba a su entrada en una placa hermosamente cincelada en granito de Acaya. Deambulé dentro del perímetro sin lograr olvidar las imágenes que había visto representadas en el trono del dios: Belerofonte y la Quimera, Perseo cercenando la cabeza de la inmunda Gorgona. Cuando el silencio logró apaciguar mi ánimo, hice mi salutación a Helio, mi guía luminoso, sin descuidar tampoco mi reconocimiento a Apolo, pues que aquella tierra siempre fue suya, antes que el fervor popular fuera entregándosela al hijo que concibiera él con la hija de Flegias, soberano en Tesalia.
Así que hube terminado, regresé con los míos. Al pasar ante el pozo sagrado, leí alguna de las curaciones que allí se testimoniaban en mármoles mandados labrar por los gratificantes. Mi padre y Herodoto habían ido a recorrer la ciudad, que distaba de allí unos cuantos estadios. Los actores disponían todo lo necesario en un carro para que fuera trasladado al teatro. Kebe y yo nos pusimos a las órdenes de Efistenes, pues desde aquel momento él era nuestro mentor y maestro. Efistenes insistía en que Kebe no dejara de memorizar algunos textos que él le había enseñado. Sófocles estaba rodeado de algunos admiradores que le acosaban con preguntas y ruegos. Cuando fuimos conducidos al gran teatro, mis ojos parecían no creer aquello que veían. Y fue tal la conmoción que sentí al entrar por la doble puerta que está en la parte izquierda de la escena, que hube de sentarme para admirar aquella suntuosa concha de piedra encastrada en el monte que me rodeaba. Efistenes aseguraba que aquél era el teatro más hermoso del mundo. Yo únicamente puedo asegurar que a mí me pareció grandioso y entrañable a un mismo tiempo, elegante y, a la vez, inmensamente sobrio. El bosque a su alrededor parecía guardarlo y admirarlo.
Brygos y Tólmides descargaron el carro y condujeron el vestuario y las cajas que contenían las máscaras a la stoa que se encuentra a espaldas de la escena. Allí había amplios y luminosos aposentos para que los actores pudieran practicar y guardar sus vestidos. Menexinos y Efistenes lo dispusieron todo y acordaron cómo y cuándo harían sus ensayos y ejercicios de voz. En la sala que se destinaba al corifeo, Arquestratos ya estaba reunido con los muchachos que iban a integrar el glorioso coro de los ancianos de Tebas. Kebe me hizo una indicación para que le siguiera y, juntos, salimos por uno de los pasillos subterráneos que comunicaban la escena con las gradas. Aquel pasadizo reunía en sí todo el misterio que luego supe que el teatro atesora. Él me informó de que la principal misión de un partiquino era la de conocer todos los accesos y laberintos del teatro, por los que debía moverse con agilidad y total confianza, para resolver y atender cuantas demandas o necesidades tuvieran los actores, cuando estaban en el sagrado cometido de sus actuaciones. A mí me emocionó aquel mundo mágico y laberíntico, pues noté que estaba cargado del eco misterioso y retumbante de las grandes verdades y los sueños excelsos que guían a los hombres.
Los días siguientes estuvieron repletos de acontecimientos. Sófocles se reunía a menudo con sus actores y les daba consignas. Los papeles de Antígona, Hemón y del anciano Tiresias los haría Menexinos. A Creonte lo representaría Efistenes. A Eurídice y a Ismena, las pondría voz y movimiento Kebe, a quien la inesperada noticia de su actuación lo había dotado de alas en el ánimo y de tesón sin descanso para sus arduos ejercicios de dicción y de gesto. También fue duro su aprendizaje para calzarse y caminar con los altos coturnos pues, aunque era un muchacho espigado, resultaba preciso que se alzara aún más en su estatura. Nunca podré olvidar aquellos atardeceres. Tumbados en las gradas de la cávea, ambos, con los ojos clavados en el enorme cielo de Epidauro, que iba poco a poco salpicándose de puntos luminosos, como caen las menudas polillas sobre las negras charcas, engañadas por el brillante aro con que se espejea sobre ellas Selene, yo escuchaba, respetuoso, a Kebe. Recitaba él los parlamentos de las dos mujeres atormentadas, a quienes él daría vida en la grandiosa escena. Las hermosas frases iban fluyendo para mí como un raudal sorprendente de matices y estados, y creo que fue la primera vez que, aun en mi corta edad, comencé a comprender que el alma humana estaba plagada siempre de confusión y duda.
Mi padre y Herodoto tampoco descansaban. En la ciudad se reunían con las autoridades y cambiaban mensajes y opiniones con los embajadores e influyentes, que hasta allí se acercaban a visitar el santuario del venerado Asclepio. Siempre ha sido ése uno de los lugares en los que la diplomacia ha ejercido su función de intriga y de recado. Y allí, seguramente, el insigne Herodoto adquirió muchos de los conocimientos que luego supo volcar en sus trabajos de historiador fehaciente y preciso.
Yo me aprendí todos mis cometidos. Servía con puntualidad los vestidos a los actores y cuantos utensilios debían ellos portar hasta la escena. Baquio, Brygos y Tólmides fueron adiestrados en el empleo de las máquinas que hacían los estruendos y en el manejo de las poleas que elevaban a los personajes que debían atestiguar su actitud de mensajeros de las divinidades. El coro aprendió sus hermosos recitativos con rapidez de jóvenes acostumbrados a ejercitar la memoria y a proclamar en alto. Arquestratos comenzó a acompañar las pruebas con sus sones de flauta y yo iba viendo cómo, paulatinamente, todo el gran proyecto iba tomando cuerpo.
En los ratos de descanso, Kebe y yo subíamos al monte. El Cinortio era una loma frondosa y contundente desde la cual la vista de todo el paisaje resultaba grandiosa. Nos gustaba ascender hasta su cumbre y ver desde allí, empequeñecido, el cono del teatro, soberbio, no obstante, como un pozo de piedra que diera entrada suntuosa al negro mundo subterráneo de Hades. Tras él, y un poco más allá, estaba el albergue y más allá aún, y hacia la parte izquierda, el santuario, el gimnasio, la casa de los sacerdotes y los templos de Ártemis y de Temis. La palestra y el vestuario de atletas estaban próximos al gran estadio, que desde allí se veía como una ancha franja roja arañada en la tierra. Los pinos y cipreses contrastaban su verde oscuro y riguroso con el mármol limpio de las construcciones, sobre las que resultaba especialmente hermoso y singular el thólos por su forma cilíndrica y esbelta.
La noche anterior al día de las representaciones, nuestros nervios estaban en su límite. Por la tarde, el coro había efectuado su ensayo evolucionando en la zona semicircular que llamamos orchestra, en torno al altar de Dioniso. Habían sido probadas una vez más las máquinas, las poleas y trócolas, y las sogas estaban revisadas, y todo parecía dispuesto y ajustado. Se nos había ordenado que nos retiráramos a descansar temprano, pues el próximo día sería, sin duda, extenuador para todos nosotros. Yo jamás me había visto inmerso en un acontecimiento semejante y la imaginación se me había desbordado de tal modo, que me resultaba imposible dormir, por más que probé cuantas posturas pude sobre el jergón que me correspondía. Harto ya de dar vueltas, me levante descalzo. Mis pies ya se habían fortalecido y me permitían caminar con la sigilosidad de un felino auténtico. Salí al patio del albergue con el ánimo de quedarme allí, tal vez contemplando la bóveda celeste por el cuadro de piedra que en su centro se abría hacia el cielo, hasta que Morfeo quisiera acercar a mis sentidos su flor de adormidera. Un instante después, estaba a mi lado Kebe; él tampoco podía entregarse a su sueño. Nos quedamos sentados en un rincón del patio, cogidos de una mano; probablemente para darnos seguridad en medio de la noche. Únicamente una antorcha lucía en una esquina y todo lo demás lo cubría la negrura más densa. Aquella noche Selene estaba ausente; sentí la falta de mi uña de luna.
Salvo las palabras primeras, para explicar nuestro estado, no habíamos hablado nada más. Y creo que casi estábamos entrando, finalmente agotados, en las aguas del río del Olvido, cuando ambos fuimos removidos por un sonido que nos hizo sentir, en aquella inconsciencia, un agudo terror. En un principio, no hicimos otra cosa que apretarnos el uno contra el otro, intentado meternos lo máximo posible en aquel rincón cuyos sillares sentimos que herían nuestra espalda. Sé que el aliento se nos detuvo al punto y que nuestras manos juntas se nos candaron de un modo espontáneo. Permanecimos un momento cual si fuéramos un conjunto de piedra. Luego, el ruido que habíamos interpretado como aterrador se fue haciendo más de carácter humano, hasta que pudimos identificarlo como un murmullo proferido por un bregar de mujeres y hombres. Al punto, nuestro espíritu cambió, y de aterrados muchachos nos convertimos en curiosos osados, que no se conformarían sin saber qué es lo que sucedía. Nos fuimos incorporando muy sigilosamente. Pasamos de aquél a otro patio y, desde ése, al que siempre quedaba con la salida abierta, aún incluso de noche. Lo hicimos con lentitud y cautela. A lo lejos vimos cómo se escapaban unas sombras con andar diligente. Sin pensarlo siquiera, nos fuimos tras de ellas. Recuerdo que la mano de Kebe era áspera y ruda, y sudaba entonces muy abundantemente. Pegados a las tapias de las construcciones, logramos llegar hasta el Santuario. Próxima al frontón occidental, ése que es obra de Timoneo y que representa una amazonomaquia, un farol hacía que las figuras se alargaran y fueran realmente aterrantes. Las acróteras sobre las que se exhibían Nereidas, Auras a caballo y Victorias también parecían reverberar en medio de la noche como una alucinación que nos mirara aviesa. Hundidos en la sombra, observamos a dos sacerdotes y tres sacerdotisas. Lucían sus mantos rituales del color del granate. Uno de los sacerdotes era el famoso Herófilo de Calcedón, a quien unía, ya entonces, una gran amistad con Sófocles. Él fue quien, muchos años después, acompañó hasta la misma Atenas a las estatuas de Asclepio y de Higía, que fueron alojadas en la casa de Sófocles hasta que la ciudad les dispuso un templo adecuado en la Acrópolis.
Las mujeres llevaban cubiertas sus cabezas con grandes tejidos de gasa que les velaban hasta la cintura en señal de nocturno recato. Todo el cortejo penetró en el largo pasillo al que se llama ábaton y que mide casi la mitad de un estadio. De allí siguieron hacia la incubatio. Aquel lugar era el recinto sellado en el que permanecían los enfermos más graves para que el dios los sanara con su soplo etéreo. En un principio creímos que nuestra aventura había terminado. Nada más podríamos ver de lo que sucedería dentro de aquella sala, pues que siempre se cerraba hermética y celosa. Sin embargo, vimos que uno de los aposentos contiguos se iluminaba, pues que un filo de luz se escapaba por una tronera abierta casi al ras del suelo. Era, sin duda, un hueco hecho para aliviar por él las aguas y despojos de la cámara. Pegando nuestras mejillas a la húmeda hierba, pudimos ver lo que allí sucedía. El sacerdote se desvistió de la parte superior de su manto. Sobre un lecho de mármol yacía tendida una mujer sumida en un profundo sueño. Su cuerpo estaba levemente velado y sus manos caían lánguidamente hasta tocar el suelo cual si ya hubieran perdido su pálpito y su vida. El mármol, la mujer y la estancia toda tenían un color cual de aguamiel fluida. El sacerdote comenzó lavándose las manos. Las sacerdotisas trajeron un brasero y quemaron entrañas y hierbas cuyos aromas yo no identificaba. Por el respiradero comenzó a salir un olor asfixiante que, sin embargo, nuestra curiosidad toleraba apresados de intriga. Luego lavaron el pecho descubierto de la mujer exánime, mientras su rostro de cera comenzaba a perlarse con un sudor grasiento. Su pelo, recogido en una hermosa forma, empezó a parecerme ficticio e irreal, acompañado de la transparente palidez que su rostro adoptaba. El sacerdote había ya clavado un punzón en su pecho y con otro utensilio metálico parecía luchar por arrancar algo que le habitara dentro de sus entrañas. Herófilo se esforzaba por rebanar aquello que debía ser una negra y agarrada ponzoña. A mi cabeza vino aquello que, el siempre versado, Herodoto me había contado de cómo Asclepio había comenzado a resucitar a los muertos mediante la sangre que había sacado de las venas de la Gorgona, de su parte derecha. Y cómo así había traído de nuevo a la vida a Tindáreo, Himeneo, Hipólito, Capaneo y hasta a Glauco, el hijo predilecto de Minos.
Kebe temblaba aterido a mi lado, no queriendo creer lo que veía. Sus piernas se juntaban, nerviosas, buscando el amparo de las mías, y yo sentía el sudor templado de sus muslos. Le debía asustar que fueran los hombres quienes tomaban en sus manos los utensilios y artes de los dioses, pues que de ese modo se desvanecía el poder indeleble del Olimpo. Las sacerdotisas limpiaban el sudor, la sangre y los humores que iban derramándose. Y la atmósfera se iba haciendo cada vez más insoportable y acre. El otro sacerdote atendía sin distraerse en nada. Y, desde nuestra furtiva posición de reptantes, podíamos ver el nervioso mover de sus sandalias.
Cuando todo estuvo concluido, vi cómo una de las mujeres traía una de las serpientes de Asclepio. El animal, sacado de su cubil de arena en medio de la noche, se retorcía entre sus blancos brazos buscando su huida. Sobre la doliente habían aplicado miel y leche, y la culebra se tendió sobre ella libando complacida. Recorría su cuerpo ciñéndose a sus formas, hundiéndose en sus pliegues, insistiendo en sus fosas; reptaba con sigilo exhibiendo su lengua bífida de agilidad siniestra. Mientras, una sacerdotisa atendía a Herófilo, quien al parecer estaba extenuado, por lo que ahora reposaba en un clino cercano. Cuando el reptil al fin fue retirado, las mujeres lavaron el cuerpo intervenido y aplicaron un emplasto de hierbas a la zona dañada, que cubrieron con una ancha cincha de lienzo con salmuera. Yo hubiera asegurado que se trataba de un ser que ya pertenecía al mundo subterráneo, pero ellas se afanaban cual si estuvieran ciertas de que ella aún vivía.
Nos retiramos cuando el agua sanguinolenta comenzaba a escurrir por el canal que sobre el pavimento circundaba el túmulo de mármol sobre el que reposaba la mujer de la cara de muerte, pues que después, intuimos, saldría por aquella tronera que era nuestra mira. Kebe y yo no hablamos de ello. En silencio, volvimos al albergue y entramos en nuestro cuarto con una mezcla de desencanto, sorpresa y miedo acumulados. Nuestros compañeros seguían respirando acompasadamente y un calor oloroso como el de un establo nos acogió, amable. Pero cuando nos acostamos, cada cual en su cama, tendimos nuestras manos y nos quedamos férreamente agarrados, hasta que el sueño nos las fue aflojando y depositando suavemente en el suelo.
Al día siguiente, los acontecimientos no nos dejaron acordarnos de cuanto en la noche anterior habíamos descubierto, y, sólo a ráfagas, mi recuerdo me llevó a ello, aunque, eso sí, siempre cargado con un punto impreciso de desconcierto, de transgresión o duda. De tal modo fue así que, durante mucho tiempo después, creí que aquello había sido solamente un mal sueño y que, en verdad, los hombres no osaban usurpar las labores que eran patrimonio y potestad indiscutible de las divinidades.
Al día siguiente comenzaron los Epidauria. Desde muy temprano empezaron a llegar las gentes. Kebe y yo nos levantamos cuando Efistenes nos zarandeó en el lecho y yo sentí esa sensación especial en la que uno no sabe si es verdad o ensoñación lo que sucede. Comimos con urgencia higos, pasteles áticos con forma de pirámide, dátiles de la Siria y queso fresco y, enseguida, nos fuimos al teatro. Nuestra representación en aquella jornada sería la tercera, la que debía coincidir con el final del día. Sófocles estaba muy conforme con el turno que nos había tocado; los actores no lo estaban tanto. Quizá debía ser porque a ellos les suponía aguantar la tensión de sus nervios durante la jornada y tener que tragar muchas veces la saliva que reseca la espera.
Entramos al recinto por la puerta que llevaba a la stoa; los actores y coreutas debían acceder por allí. Nos reunimos en el espacio que se nos había asignado. Los demás actores también deambulaban por todo el recinto, presos de agitación y ahogados por sus nervios. Sófocles, Efistenes y Arquestratos no cesaban de hacer salutaciones, pues que conocían a gran número de gentes relacionadas con aquel oficio suyo de actuantes. Yo estaba impresionado por el bullicio y el desorden que aquello suponía, aunque me sentía encantado en medio de toda aquella perturbación constante.
En muy poco tiempo, la cávea se puso a rebosar. La zona destinada a las mujeres lo hizo mucho antes; seguramente los hombres tenían más quehaceres y ocupaciones fuera. Pero cuando Helio comenzaba a convertir en una corona de luz el perfil oscuro del Cinortio, ya todo el graderío estaba plenamente ocupado. Resultaba estimulante aquella convulsión nerviosa que saludaba al amanecer de un día henchido de promesas. La zona de las mujeres estaba teñida de los colores preferentemente suaves de sus peplos y de sus apoptygmas. Y aunque algunas, a aquellas primeras horas, iban cubiertas con su imation para protegerse de las primeras brisas, pronto sus cabellos rojizos y dorados comenzaron a recoger y hacer suyos los primeros reflejos de los rayos del astro. La parte de la cávea que ocupaban los hombres resultaba más inquieta y ruidosa.
Cuando fue el momento prefijado, sonó la bocina vibrante del heraldo y comenzaron a entrar los preeminentes. La primera fila, la que rodea el semicírculo donde actúa el coro, es la destinada a las autoridades. Amplios y bellos asientos con formas curvas y labradas lo componen. Y sobre ellos estaban dispuestos lujosos cojines de sedas multicolores con figuras de bacantes y faunos, rematados con cordones y borlas. Vi entrar a Agios y a Herodoto junto a los principales. Sin duda, en Epidauro, ellos siempre fueron muy bien considerados. Luego se les unió el inmutable Sófocles, a quien la exhibición de su obra no parecía alterarlo. Kebe y yo, subimos a la parte más alta de la cávea, y desde allí contemplamos cuanto fue sucediendo; yo absorto, pues que jamás había asistido a nada semejante.
El altar de Dioniso fue prendido por los sacerdotes. Las llamas nuevas adquirieron inmediatamente una viveza transparente y limpia, como si de lumbre insuflada por los dioses se tratara. Arrastraron hasta allí a un macho cabrío, y fue inmolado con un tajo certero, que apenas si le permitió estremecimiento ni estertor alguno. Hábilmente se le descuartizó y se quemaron sus vísceras sangrantes que casi palpitaban. Y la sangre chisporroteó sobre el ara como un clamor de entrañas. El humo ascendió gris e impecable en medio de una mañana nueva y todavía fresca. Luego, los sacerdotes pasaron exhibiendo sus bastones y báculos coronados por serpientes y áspides alados, símbolo del dios del santuario. Traían todos sus vestimentas rojas, que el viento iba blandiendo con serena elegancia al compás de sus pasos. Tras ellos, las sacerdotisas pasaron portando los tesoros y exvotos ofrecidos al dios durante el año, lo que levantó un enorme murmullo de admiración entre todas las gentes. Lucían las mujeres sus peplos anaranjados, y en sus cabezas guías de asfódelos tejidos, cuyas hojas con forma de luna y sus flores blancas circundaban sus frentes maquilladas y altivas. Eran esbeltas y hermosas cual deidades. Llevaban su caminar sereno y sus ojos perdidos en el frente, y su mirada traía presa esa suma elegancia de quienes tienen su interés puesto fuera de las cosas banales que anegan este mundo. Acompañaban ellas con su sutil cadencia a diez carros hermosamente adornados con guirnaldas y cintas de múltiples colores que iban arrastrando por sobre las baldosas cerca de sus sandalias. Y, en las grandes artesas abiertas hacia el cielo, yacían, torneados en cera, brazos, piernas, orejas, falos, pechos, rostros; todos ellos fabricados con limpísimas gramas y finos acabados, lo que demostraba ante todas las gentes el poder que el dios era capaz de ejercer en tal multiplicidad de curaciones. Cuatro carros más, portaban las riquezas regaladas a Asclepio. Y cuando éstos entraron tras pasar, de dos en dos, por la monumental puerta del lado este, que desciende en una suave rampa hasta el semicírculo enlosado de baldosas negras y blancas, dispuestas en esa hermosa combinación angulada que hacen del suelo del teatro de Epidauro un solar fascinante, un hervor de emoción aunó las gargantas. En verdad, el dios era inmensamente rico y poderoso. Cráteras, cálices, ánforas, vasos, escudos, platos y espetones. Todos ellos cincelados o decorados con minuciosos dibujos, festoneados de piedras refulgentes o repujados de alhajas. Se veían también esculturas y dagas, camafeos y trípodes, lámparas, estrigilas y un cofre lleno de monedas acuñadas en cuantos lugares en el mundo el hombre ha habitado y ha poseído oro o plata; los metales preciosos.
Tras las ceremonias que son de ritual, comenzó la primera de las representaciones. Sé que estuve inmerso y fascinado durante todo el tiempo que se me permitió, puesto que los nervios incontenibles que azuzaban a Kebe nos obligaron, a mitad de la obra, a salir por uno de los vomitorios y guarecernos entre la espesura del monte, ya que mi amigo era incapaz de aguantar su ahogadora impaciencia.
Pasamos, pues, gran parte de la mañana entre los pinos, escuchando el murmullo que subía del foso y repasando los hermosos textos que él debía recitar cuando le llegara su turno. No me arrepiento de aquel sacrificio, pues que me sirvió para aprender para toda mi vida las controvertidas razones de Ismena, la hermana de Antígona, así como la intervención valiente de Eurídice, esposa de Creonte, quien se dispone a oír las desgracias que han de caer sobre su hijo Hemón con la resolución de una mujer fuerte que afronta con decisión un destino terrible.
Bajamos hasta el katagogeíon a la hora que presentimos que comenzaba la segunda de las representaciones. En sus patios no había casi nadie. Entramos en nuestra habitación, pues que Kebe quería recoger un amuleto que le había entregado su padre cuando se despidieron y por la agitación había dejado olvidado bajo el jergón de plumas. Nuestro aposento estaba fresco y silencioso, inmerso en una tibieza casi desolada. Los equipajes estaban allí, acumulados. Y a mí me pareció, extrañamente, que ellos también tenían de alguna forma vida y estaban impacientes. Durante un rato nos tumbamos en nuestros dos camastros. En silencio mirábamos al techo y casi podía escucharse nuestro pálpito doble. De una forma espontánea me dirigí al dios para elevar una tenue plegaria. Mientras, Kebe, creo que acariciaba, tenso de excitación, lentamente su sexo.
Salimos del albergue cuando la segunda de las representaciones ya finalizaba. Entramos en la stoa y nos dirigimos al ámbito destinado para nuestros actores. Al fin, nuestro momento había ya llegado, y los nervios en mí habían dejado remansar a mi ánimo en un estado que me resulta, aún hoy, difícil de explicar. Era algo parecido a una congelación. Caminaba, preparaba todos mis servicios, incluso sé que hablaba, pero el silencio invadía mi mente vacía por completo. Era como si, prodigiosamente, me hubiera sido concedido salir de mi propia persona. Los quince componentes del coro estaban ya vestidos con aquellas espléndidas túnicas moradas que les hacían mucho más corpulentos y les aportaban un empaque imponente. Sus pelucas y máscaras les coronaban como torres humanas. Arquestratos se deshacía en indicaciones y repasaba sus instrumentos, una y otra vez, para afinar sus toques. Cuando llegó el plazo, serví a Menexinos su vestido suntuoso de Antígona y ante mí vi, maravillado, cómo se transformaba. Arrodillado a sus pies, até las ligaduras de sus coturnos bajo la sensación de que era a una auténtica diosa a quien yo atendía. Y es seguro que, aun en la actualidad, yo explique torpemente el ardiente latigazo, cual un impropio escalofrío, que recorrió mi cuerpo cuando él abrió la caja de su máscara y se calzó la cara de aquella valerosa Antígona.
No sé cómo pudo sucederme aquello. Durante todo el tiempo yo había visto las cajas de las máscaras. Estaban allí, ordenadas, cerradas cada una de ellas. Habían viajado en el carro junto con los vestidos e, incluso, yo había cooperado a su descarga y a su colocación ya dentro del teatro. Sabía que eran los rostros sin vida de los personajes y ni siquiera me habían intrigado. Eran como el misterioso palpitar de una gema preciosa que yace sin ser presentida bajo nuestro jardín durante un millón de años; latiendo a nuestro lado sin causarnos asombro, interés o codicia y, de pronto, nos revulsiona todo hasta dejarnos ciegos.
La máscara de Antígona era impasible y gélida; hermosa en su serenidad de mujer regida por la sabiduría. Tenía los labios finos de quien sabe que el silencio es siempre superior al verbo de los hombres. Esos labios que conocen que, en su mediar en los conflictos, han de administrarse con exquisita parquedad y mesura, pues que en la profusión de las palabras se pierden y agotan las verdades y esencias de las cosas. La máscara de Antígona tenía la frente recta de quienes saben que tras los pensamientos siempre deben guarecerse las leyes y principios de los dioses. Sin duda, el artesano que la había labrado, conocía esa verdad que yo he descubierto después de mucho tiempo: que la valentía no es patrimonio de los hombres valientes, sino de todo aquél que, simplemente, aprende a soportar y a silenciar su miedo y, pese a todo, continúa avanzando.
Después vi a Menexinos agarrar la mano tensa de Efistenes que ya se había convertido en el regio Creonte, envuelto en su capa de color de cereza y, tras ello, perderse hacia la escena. Entonces sentí cómo el teatro entero se hundía en un silencio nunca antes notado. Corrí por el pasadizo subterráneo que conduce a la cávea; necesitaba ver de frente aparecer a Antígona. La vi llegar al proscenio, ascender lentamente con grandeza medida la ancha escalinata que conduce a la escena, y aproximarse temblorosa a una de las columnas de jade que decoraban la fachada del palacio real. Fue allí, en medio del sólido silencio de millares de seres, cuando la luz comenzaba a tomar un leve matiz de fruta ya madura, cuando comenzó a entonar sus primeras palabras. Su voz sonaba segura e imponente. La cámara que llevaba la máscara la hacía retumbar con un sonido amplificado y seco, tras lo que la cávea la recogía y la hacía girar en su aro infinito hasta entregarla al monte para, desde la fronda, esparcirla por el cielo dorado y malva de la tarde. Por el lado opuesto, aparecía Ismena. Y cuando fui consciente que tras aquel personaje, revestido con un enorme manto de un azul refulgente, estaba atrapado mi compañero Kebe, no pude reprimir mi temblor y noté que los ojos se me estaban vidriando.
Kebe dijo su primer parlamento con precipitación y azoro, pero inmediatamente, Antígona, se aproximó a él para aportarle aplomo. Y cuando tuvo que acometer su segundo gran párrafo, ése que comienza con “!Ay de mí!”, su voz surtió firme como la de un auténtico actor de papeles menores. Estuve contemplando el hermoso espectáculo hasta que vi avanzar al coro por entre el pasadizo para alcanzar el lugar de la orchestra que le correspondía. Arquestratos venía a su frente. Y cuando salieron ante el público, pude entender por vez primera por qué ése y sólo ése es el gran espectáculo que mi pueblo venera. El ámbito completo de la escena estaba ya ocupado. Luego, apareció Creonte. Efistenes dominaba aquel papel como si para él únicamente lo hubiera escrito Sófocles. Evolucionaba con majestad de auténtico monarca y su voz era sólida y de una contundencia pétrea y categórica. Los espectadores escuchaban absortos aquel duelo tremendo establecido entre las leyes supremas de los dioses y las pretenciosas magistraturas de los hombres de orgullo irreductible. Polinices y Eteocles eran las dos piedras de escarnio en aquella contienda. Y los tres millares de espectadores que eran sus testigos estaban realmente prendidos en aquel terrible e intrincado dilema.
La intervención de Hemón, el hijo de Creonte, fue ejemplar; Sófocles conocía, en verdad, el alma de los hijos. Me acordé de mi siempre oscura relación con Agios y sentí más real y más aguda aquella extraña barrera que impedía que Agios y yo pudiéramos hablarnos de un modo aceptable. Pero el punto que a mi corazón le pareció más sublime y sobrecogedor fue aquél que comporta la aparición portentosa del anciano Tiresias. Apareció realmente el sabio portador de pronósticos de un modo prodigioso por la rampa destinada a descender los dioses; no en vano traía sus razones y su sabiduría. Nuestros esclavos lo hicieron deslizarse accionando las poleas con precisión exacta. Y Tiresias se posó en la escena como si viniera transportado por el suave movimiento de un éter o un humo, tal como corresponde a un morador del sagrado Olimpo. En él vi a Sófocles y toda su sabiduría compendiada. Era él quien andaba por la escena, él quien entraba y salía entre las luces ya doradas que teñían el pórtico del palacio real. Y cuando todo el terrible final se nos precipitó y las horribles noticias de las muertes de Antígona, Hemón y Eurídice fueron anunciadas por el siniestro mensajero de muertes, Baquio, Brygos y Tólmides, manejaron de tal manera la máquina de los estruendos, que hasta yo, que estaba cerca de ellos y esperaba su tronar y su estrépito, quedé sobrecogido por aquello que parecía, en verdad, un feroz cataclismo. Los espectadores quedaron conmovidos de tal modo que, tras ello, el silencio se hizo seco y estremecedor. Sentí entonces cómo la tarde se dormía aplastada por el peso enorme de las grandes palabras. Y cuando Sófocles vino a dar su pláceme a los actores, vi cómo Kebe se arrodillaba ante él y, llorando de entusiasmo, le besaba las manos. El gran hombre lo alzó y lo abrazó, dejándole que hundiera su cara entre su cuello y el pliegue de su barba. Y sé que aquél abrazo ha sido uno de los más hermosos que él ha recibido en su ya longeva vida de hombre de teatro. Y puedo asegurar que ya en aquel instante y sin edad ni argumentos para tales razones, supe con certeza absoluta que a Atenas y al arte de Talía les había nacido un actor preeminente.
Las aclamaciones finales del público fueron delirantes. Las obras precedentes quedaron eclipsadas y no hubo ya más comentarios sino para la obra, su autor y el gran promotor que había hecho posible que vinieran hasta los Epidauria los eximios actores del elenco de Atenas. Aquella noche, tras el banquete, pedí a Herodoto que me copiara en un trozo de pergamino cinco pequeños párrafos que desde aquel momento fueron preceptos en mi vida. Y apretando el escrito aún fresco entre mi mano, me entregué a los sueños, sabiendo, con certeza, que hay hombres en cuyo corazón y en el decir preclaro de su verbo sí deben creer y reconfortarse el resto de los hombres.

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