3.11.13

CAPITULO DECIMONOVENO




CUARTA PARTE

Sólo la armonía interior me parece un bien deseable. Nada como ella certifica la verdad de un amor, la rectitud de una decisión, la calidad de una sentencia o el acierto en la elección de un camino. Por eso, cuando noto su rescoldo, me adormezco apaciblemente a su lado, sin hacer ruido; como un amante repleto y satisfecho. Pero cuando me noto abandonado por ella, lo detengo todo e, incapaz de articular sonido alguno, me siento a esperarla como un pobre náufrago perdido, a quien el frío ha borrado estrellas y horizonte en su ruta.

XIX

LA ESTELA Y LA AMBROSÍA
Partí de Olimpia sintiendo dentro de mí, a pesar de todo, cuanto sosiego y armonía pueda ser sentida por un ser humano o loada por un poeta elocuente, a quien Dioniso haya soplado con su gracia e ingenio. Dejé la tierra de la gloria embarcándome en la nave Paralos, pues debía ser la nave del Estado, y no otra, quien condujera a un triunfador de Ática en los Juegos de Olimpia. Discreta y pacientemente había permanecido fondeada en la costa de Élide, retirada frente a Zacintos, a la espera de poder trasladar sobre su proa a un compatriota coronado con el codiciado cíngulo de Zeus. Fui llevado, pues, hasta la embarcación como se porta a un rey. Pues, para los míos, desde que el sagrado ramo de olivo ciñó, circundando, mi frente, yo fui considerado como una gloria patria; más, incluso, que un estratega que hubiera vencido en cien batallas.
Atrás quedaban las dudas y las sombras, mi temor y amargura, mi secreto y mi pena por las insidias y por cuanta maldad y crueldad allí había percibido. Y, de aquellos días, únicamente el dorado recuerdo de la sobrecogedora ceremonia habría de permanecer entre mis ojos para el resto del tiempo que dure mi existencia. Porque inolvidable es, para quien lo vive en propia carne, el hálito del dios, cuando desciende como la lluvia de oro con la que él sedujo a Dánae, o se posa sobre su cabeza como el aleteo de un ave sagrada que viniera desde el mismo centro del Olimpo. Y es que, al bullicio y a la grandiosidad, a la riqueza y al desbordamiento que configuran la restante celebración de los Juegos Olímpicos, se contrapone la sobriedad majestuosa del acto que se celebra ante el dios en la sagrada desolación de su propio aposento. Únicamente sacerdotes y atletas vencedores entran más allá del prónaos.
Recuerdo el amanecer de un día limpio y caluroso. En la rampa de acceso al templo que mira hacia el oriente, nos esperaban los ministros sagrados a todos aquéllos a quienes, en los días anteriores, nos habíamos convertido en olimpiónicos. Tal es el título que desde entonces nos distinguiría. Desde el lugar de nuestro nuevo alojamiento, que nos aislaba como soberanos del resto de los mortales, habíamos ido caminando sobre un tapiz de hierbas olorosas, guiados a uno y otro lado por un cordón grueso de guirnaldas y trenzados de flores. Al pasar ante los Zanes, habíamos bajado nuestra vista hasta el suelo; pues que nuestros ojos de héroes no debían trabarse en ninguna de aquellas estatuas del dios, que han sido costeadas con cuantas multas y sanciones se han impuesto a quienes no han sido honestos en sus lizas. Todos los altares del recinto santo dejaban escapar, unánimes, su aliento sereno hacia los cielos, cual labios que lanzaran bocanadas devotas a lo alto. El gran templo, sin embargo, se encontraba sumido en una pesadumbre de rígida elegancia, afirmando así que en su interior jamás pueden penetrar las lisonjas y veleidades que turban a los hombres. La obra que levantara el sabio arquitecto Libón, utilizando esa piedra áspera y caliza llamada lumaquela, posee un raro y turbador encanto. Millones de sedimentos marinos conforman su entraña y dan la sensación de que toda la esencia del mar y de la tierra se ha unido para, convertidas en muros y columnas, sustentar así la gloria pétrea de la divinidad. En verdad, nada resulta más sobrecogedor que entrar en ese templo, al que exclusivamente tienen acceso quienes han triunfado en las contiendas. Jamás pudieron suponer los pisatas y los trifilios que, el botín que les era arrebatado por sus vecinos eleos, pudiera servir para obrar tanta magnificencia. Los veintiún escudos de bronce que suplen a la decoración de las metopas exteriores son todo un portento, que coopera de modo sin igual a dotar al conjunto de serena y elegante firmeza. Y la Nike dorada que remata la acrótera central del frontón, y bajo la que se encuentra el escudo de oro que los espartanos llevaron como exvoto después de su victoria en Tanagra, es quien aporta al conjunto un postrero resplandor, que lo hace, sin reservas, sublime, sobre todo al caer de la tarde.
Recibí ante la estatua del dios la corona de olivo silvestre y el lekythos precioso conteniendo el aceite sagrado. Y cuando el juez me estaba coronando y entre la oquedad del recinto se escuchaba aquella voz firme y aguda, que parecía querer esculpir sobre los muros las palabras: “Antandros, hijo de Agios, de la ciudad de Atenas; vencedor en la carrera larga”, únicamente tuve pensamiento para Talía y Agios y para aquel amor que me había engendrado y al que la turbia niebla del Oráculo había anegado para, al parecer, preservar de ese modo mi honor ante los siglos. Y creo que fue a la salida, cuando la ciudad entera tronaba una vez más en vítores y salves, y las trompetas lanzaban sus clamores de oro, y fueron soltadas las palomas blancas que, oficialmente, llevarían la noticia a todas las ciudades que habían sido honradas con la gloria, cuando me sentí despojado de la paternidad de Agios e hijo para siempre de Zeus el olímpico.
Los festejos con los que la ciudad de Elis nos agasajó fueron realmente soberbios. Vinos y manjares exóticos, danzas y representaciones, acróbatas y hábiles, y cuantas diversiones puedan imaginarse. Gocé junto a los míos el esplendor y la suntuosidad de los convites y obsequios, pues que, además, la noticia de que la vida de nuestro compatriota ya no corría peligro, nos alentó esperanzas. Bebí hasta altas horas de la noche, dejando que la ebriedad quemara las heridas de mi alma. Y junto a Xenócrates, a quien quería convencer para que me acompañara hasta Atenas, y a Timarco, a quien deseaba resarcir de la tristeza que ahora le aportaba la, sin embargo, segura ceguera de Erixias, busqué el calor y la ternura que el vino y la amistad nos propiciaban, tendiéndonos en un efímero pero gozoso estado de extravío.
Sé que un esclavo tuvo que coger mi cuerpo tronchado como un fardo y llevarlo hasta mi alojamiento, cuando mis sentidos y mi ánima me habían abandonado, tras el dilatado trance jubiloso. Recuerdo vagamente a mi cabeza flotando y debatiéndose como el casco de un barco, y un oleaje feroz de pensamientos que parecían estrellarse, airados, contra mi propio cráneo. Recuerdo haber querido insistentemente articular palabras y cómo mi voz, ajena o caprichosa, no secundaba mi fin ni mis anhelos. Y cómo, tras un bracear cansado e impotente, me sumí en un dormir espeso, en el que mi cabeza, mi garganta y mi vientre eran un todo amorfo que penaba en un ardor agriado de vómitos y náuseas, preso todo yo entre las alas aprisionadoras de Morfeo.
Antes de amanecer, me desperté asustado. El eco fragoroso de un trueno dilatado me tronchaba la cabeza, cuyo peso, de pronto, me pareció infinito. De un salto, me incorporé en el lecho como si alguien fuera a decapitarme. Entre la oscuridad, tanteé lo que debía ser mi túnica y, a medio vestir, me interné en las sombras que, el lugar en el que me encontraba, tendía a mi alrededor, en todas direcciones, como un laberinto de lobreguez incierta. Cuando salí al exterior, el tinte negro de la noche comenzaba ya a diluirse. Como guiado por un presagio de extraña claridad, corrí hasta los establos en los que sabía que Mirkos estaba resguardado. Pistias se había llevado a Butión y al potranco en su urgido y entusiasta regreso hacia Atenas. Mirkos había quedado allí para volver conmigo.
Entré en el recinto. La puerta se bamboleó pesada sin ofrecerme resistencia alguna y nadie me interfirió el paso. Un fanal mortecino manchaba con su luz de miel un círculo deforme en el muro. El gran patio estaba vacío y desolado. Sólo Selene, rozando ya con su perfil el horizonte, parecía seguir y calibrar mi angustia desde su blancura de infinitud remota. Bajo los cobertizos, busqué entre las bestias, que iban revolviéndose según me aproximaba a uno u otro grupo. Confiaba yo en que, sobre todas las cabezas, los ojos de Mirkos, sin duda, saldrían ansiosos a mi encuentro. Algunos animales bufaron y cabecearon mi presencia, incómodos por la agitación violenta con que los separaba mi desazón nerviosa. Desde lejos, vi su cuerpo enorme derribado. Entre la penumbra del amanecer, distinguí la mole negra de su muerte. Yacía en un rincón del que todos los demás animales se habían retirado, cual si también a ellos la muerte les impusiera un pavor sin medida. Olía a sangre espesa y paja humedecida y repugnante. El cuerpo de Mirkos me parecía ahora, en medio del terror y la perplejidad que me paralizaba, más negro y más inmenso que me hubiera parecido nunca. Estaba inmóvil, con el cuello sajado por un tajo largo, que abría al exterior dos cintas paralelas de carne rosada e inquietante, entre las que parecía palpitar aún un cordón sinuoso de negro cuajarón acortezado. Y era como si su ojo inerte quisiera recoger, en el globo hinchado de su velada vista, toda la visión tremenda del vacío. Airado, juré por Zeus en un grito afilado de espanto, y maldije a sus asesinos con tanta vehemencia, que enseguida me vi rodeado por los muchachos que cuidaban la cuadra, que, adormecidos y asustados, miraban a Mirkos sin llegar a creer lo que veían. Y en ellos me apoyé para poder izarme, pues el dolor y la rabia me habían quebrado mis rodillas, mi cuello y mi cintura, y me resultaba imposible incorporarme con mi solo concurso. Solicité, cuando pude, un cacillo de agua y bebí con avaricia buscando en su hondón poder tragarme la hez de aquella pena. Los muchachos me reconocieron y, en sus jóvenes ojos, pude ver cómo se reflejaba el susto y el escándalo, pues que ellos también comprendían que aquello, sin duda, mostraba el sello ruin de una venganza. Y sabido era que quien obraba así con un vencedor del dios, era reo de impiedad y réprobo de indigno sacrilegio.
Pedí que, cuanto antes, arrastraran el cuerpo de mi caballo fuera de la ciudad y levantaran una pira en la que se quemara su carne avasallada. Necesitaba borrar de inmediato su supuesto sufrimiento, pues que, a duras penas, podía aún aceptar que estaba Mirkos muerto. Y en medio de mi desolación y abatimiento, me fui hacía las orillas del Cládeo en busca de los inicuos rodios asesinos. Ambas márgenes estaban ya casi desiertas. Únicamente los trozos de suelo descarnado y los manchones negros de los fuegos señalaban aquellos lugares donde habían estado asentadas las tiendas fastuosas. Desde lejos, comprobé que ellos también se habían ya marchado. Pero, aun así, necesité acercarme hasta aquel lugar, donde los inmensos círculos concéntricos dejaban marcado en el terreno el despreciable testimonio de su despilfarro, su soberbia, su insidia y, ahora para mí, su crimen deleznable. Pensé en Dorieo, en las dos coronas que ya ciñeran su cabeza y en la codicia que aún lo alimentaba, azuzado por la desmesurada avaricia de sus compatriotas. Y entonces me juré por Zeus que nunca más competiría en sus sagrados Juegos. Luego lloré a Mirkos como se llora a un amante, a un recuerdo entrañable o a un símbolo imborrable, pues cada una de esas tres cosas había sido aquel caballo para mí. También en su destino debía estar escrito que su sangre sería la última moneda que pagaría el precio oneroso de mi difícil triunfo.
Embarqué en la Paralos un día de luz turbia. Me acompañaba Xenócrates. Viajamos sin paradas hasta Citerea, rodeando los golfos de Mesenia y de Laconia. Luego, tras abastecernos de agua para el consumo, pusimos rumbo a la isla de Hidra y de ella hasta Egina, la patria de Talía. El golfo Sarónico me recibió con la mansedumbre de una bestia sumisa, que quisiera ser como una alfombra de olas verdes y rizadas batiendo suavemente bajo la quilla de nuestro navío. Y cuando, antes de romper el nuevo día, vi bogar hacia nosotros una incógnita trama de teas y de antorchas, tuve que contener las lágrimas, apretando fuertemente las mandíbulas. El amanecer nos mostró a los cuarenta trirremes que, con la Salaminia a la cabeza, venían a nuestro encuentro con los remos alzados, exultantes, vitoreando mi nombre y el de Agios. Luego tocaron al unísono sus cuarenta bocinas y el temblor de la gloria se me metió en la carne y sentí lo que significa ser depositario oficial del honor de la patria. En el mástil de nuestra embarcación habían sido ya grabados mi nombre y mi hazaña. Allí figuraría junto a cuantos ilustres viajeros habían pisado su cubierta y cuantas misiones importantes habían sido encomendadas a aquel navío regio, emblema del Estado e insignia de Atenas.
Cuando vimos la costa, me fue entregada la clámide con que mi pueblo vestía simbólicamente mi nueva dignidad. Pedí a Alexias y a Timasión que fueran ellos quienes la fijaran sobre mis hombros y que ellos mismos cerraran el broche de oro y de topacios que el Pritaneo me enviaba como primera señal de su acogida. Con las luces nacientes, la joya centelleaba como un astro enigmático. Poco tiempo después, podía ya percibir el griterío de la multitud apostada en la costa. Todos los trirremes se habían dispuesto tras nosotros y cerraban nuestra navegación con su amplio abanico coloreado de grímpolas y enseñas flameantes, cual un pavo real desplegando su cola. Allí estaba la “Talía”. La Salaminia iba, orgullosa, abriendo el mar con su lechuza azul, símbolo de la sabiduría de Atenas y, tras ella, la seguía nuestra Paralos, como una desposada, dócil, conducida a sus nupcias. Cuando el puerto nos dejó distinguir sus formas y particularidades, fui conducido hasta la proa. Elevado sobre la misma quilla del navío, en la que una doncella de alabastro, eternamente acosada por el viento, lleva en su brazo, firmemente extendido, la lámpara siempre portadora de luz, vi cómo mi tierra y mi gente nos iban atrayendo hacía sí con fuerza irresistible. Entonces sentí la contundente responsabilidad que sobre mí imponía aquella corona, aparentemente leve, trenzada con las ramas plateadas de los olivos que Heracles acotara para que configuraran el bosque sagrado de su padre.
Aturdido, contemplé desde la alta proa de la Paralos cómo el Areópago entero estaba allí para acogerme. Todos los exarcontes que lo formaban se habían dado cita en Cántaros. Estrategas, Magistrados, Arcontes, Pritanes, miembros de la Bulé y cuantos sacerdotes sirven en el templo de Zeus Olímpico y en los santuarios que las distintas divinidades tienen erigidos en Atenas, formaban para mi bienvenida. Hasta esas doncellas, a las que la ciudad entera llama Ergastinas y que son la esencia y representación de las familias más dignas y acaudaladas, estaban allí para tenderme, de dos en dos, con el recato y sutileza que las es atributo, sus lías de madreselva trenzada entre hojas tiernas y pámpanos de vides. Sonó la música mientras recibí los parabienes de nuestros dignatarios. Danzaron en mi honor los muchachos con sus tobillos circundados de cascabeles y los dedos de sus manos atados con crótalos sonoros, mientras en sus muñecas y cuellos llevaban ajorcas y collares cuajados de esquilillas realizadas en plata. Y apenas si me fue posible buscar con la mirada a los míos, para quienes mi corazón estaba rebosante de gratitud y anhelante de abrazos. Sólo, cuando el cortejo que me conducía se puso en marcha, pude ver a Simias entre quienes me estaban aclamando. Y en su expresión capté toda la dulzura y alegría que me enviaba Caris, a quien la honestidad de su naturaleza de mujer no permitía asistir a mi recibimiento. Ya cerca del gran muro, distinguí a Amasis, y nuestras miradas sonrieron y se mezclaron en algo mucho más allá de los saludos. Recordé: “Esperaré tu vuelta y, orgulloso, yo mismo abriré los muros”.
Debo detener aquí mi relato; dar un respiro a mi quebrado ánimo y afianzar mi espíritu, pues se va aproximando a mi memoria el recuerdo de aquellos sucesos que cegaron mi juventud y me empujaron con violencia al mundo avieso de los hombres. Presumo, de otra parte, que para cualquier persona distinta a su legal destinatario, en cuyas manos y ante cuyos ojos pudiera caer esta extensa misiva, resulte que, a partir de aquí, la misma está llena de gratuidad y sin claro sentido. Es probable, también, que el lector ajeno pueda formularse la siguiente pregunta: ¿Qué puede importar a Licino, el tebano, atleta partícipe en la ochenta y cinco Olimpiada, cuanto Antandros, el ateniense, pueda referir de su existencia, tras su gloria en los Juegos? Y, sin embargo, es a partir de ahí desde donde quiero testimoniar gratitud infinita a mi predecesor y dejar constancia de cuanto el rayo azul de su hermética mirada obró en mi persona y en el modo en cómo me guió y me ayudó a entender y a navegar en este mar embravecido de la existencia humana. Pues que he de certificar que, a pesar de no volver a competir jamás en el Estadio, mi ser fue siempre ya el de un esclavo marcado a fuego por el hierro candente del gran Zeus.
Prosigo: No existen palabras en el rico equipaje de los oradores ni mecanismos por los que la habilidad de los maestros en el arte sin par de la elocuencia puedan dar explicación de lo que yo sentí cuando, ante los rotundos muros de Atenas, fui conducido aquel hermoso día. Jamás estruendo alguno, ni nube de polvo cegador, ni sabor a tierra en la garganta, ni arenilla recubriendo los cabellos o el manto pueden cooperar a tanta grandiosidad como la que me fue transmitida al ver caer en mi honor algunas de aquellas grandes moles, que fortifican como un cíngulo magnífico a mi querida Atenas. A distancia prudente del muro que erigió Temístocles, se detuvo nuestra comitiva. Todo el pueblo que venía bullicioso tras nosotros, entró de pronto en un silencio grávido; tal vez desconfiado y expectante. Desde la lejanía, vi cómo un nutrido grupo de esclavos y de ciudadanos apalancaban los sillares sirviéndose de inmensas vigas afiladas. Allí estaba Amasis. Trataban de hacer, con gran esfuerzo, que se desplazaran las claves que, previamente, habían sido rozadas en su entorno para ser aflojadas. Detenida nuestra respiración, el tiempo durante el que forcejearon los abatidores nos pareció eterno. De pronto, como un cíclope herido en su punto de vulnerabilidad mortal, el muro se derrumbó, cual si un monte se abriera en dos mitades y lanzara su bronco gruñido de infinito dolor hacia los cielos. Cuando la sucia polvareda se alivió, vi ante mí la brecha nueva que desde entonces se denominaría el paso de Antandros. Entré, pues, en Atenas por una puerta virgen, por un lugar que jamás había atravesado nadie. Ése es el regalo con el que mi ciudad recibe a quienes Zeus ha tenido a bien coronar en Olimpia.
Sufrí con impaciencia de muchacho el resto de los agasajos. Y cuando, al término de la jornada, fui depositado triunfantemente en la casa de Agios, pude disfrutar, al fin, del abrazo cálido de todos aquéllos a quienes consideraba, celosamente, míos. Caris se había trasladado hasta su antigua vivienda y junto a la vieja Forsila y a Eufro me estaba esperando, más que como una hermana, como una enamorada espera a su amor tras una larga ausencia de codicia, incertidumbre y guerras. Besé sus labios y me dejé hundir por un instante en ese éxtasis que unía, al temblor de su boca y al leve rozar de su saliva, el aroma de su pelo limpísimo y cuantos recuerdos anudaban nuestras dos existencias. Amaba a mi hermana mucho más que pueda amarse a nadie. Amaba a Caris como si en ella se confundieran y aunaran todos mis sentimientos y mis virtudes más puras y abnegadas. La amaba como si ella fuera la personificación de mi existencia íntima y abismal. En la ceguera amable de mi abrazo, oculta mi cabeza entre su cuello, enseguida noté que alguien cogía, a su espalda, mis manos. Eran las manos de Simias que al fin podían reunirse con las mías. Con respeto infinito, también él quería sumarse a nuestro abrazo. Cuando lo advertí, lo atraje hasta nosotros y los tres nos abrazamos juntos. En medio de aquel círculo nuestro ya palpitaba quien en unos pocos meses sería su hijo primogénito. Miré al vientre de mi hermana y sonreí dichoso mientras lo acariciaba. Ése fue mi primer contacto con Atreo.
Amasis me estrechó en el patio, y comprobé cómo en sus ojos, firmes e impertérritos, la emoción de nuestro encuentro, ahora, se convertía en un centellear dichoso y entrañable, pletórico de orgullo. Hubiera querido, en aquel preciso instante, separarlo de los demás y contarle todas aquellas cosas que me habían pasado. Pero únicamente se me ocurrió decirle: “Amigo, te he añorado tanto...” Y enseguida nos unimos a quienes me esperaban. En el cenáculo estaban Sófocles y Sócrates, Kebe, Alexias y Timasión. Cristóbulo, Critón y Alcibíades acogían en su grupo a Xenócrates que era, al fin, mi invitado. Pistias lucía un manto de hombre libre y yo me sentí orgulloso de su nueva prestancia. Su brazo se aferró a mi brazo y noté cómo nuestro saludo se unía en un dolor silencioso por el brioso Mirkos. También habían sido invitados Antioco y Cleofonte, Eurípides y el siempre atractivo Cármides, quien de inmediato me preguntó por el maestro Fidias, ávido de sus noticias y rebosante de admiración por él. Eufronio estaba también allí, por lo que deduje que su relación con Kebe seguía siendo buena. Me alegró ver también a Simón. El esfuerzo que había hecho, anclando por un rato su perenne desánimo, me testimoniaba el alto grado de su afecto. Y fue insoslayable recordar, en su saludo, dolorosamente, a mi querido Telis. “Él se hubiese gozado con tu triunfo”, me dijo con voz entrecortada, y yo asentí moviendo mi cabeza. Agradecí a Aison, una vez más, el vaso precioso que me regalara y que dejé en Delfos. Y quise hacerle de un modo especial partícipe de mi fortuna, pues que su obra, sin duda, había propiciado el rezar hasta ahora venturoso de mi hermético Oráculo.
El festejo duró hasta la madrugada. Sócrates, a pesar de los tiempos plagados de críticas y envidias que estaba soportando, expandió su ingenio y buen humor junto a su, cada día, más impasible modestia y firmeza; esos dos atributos que han hecho que su sabiduría esté muy por encima de la de los demás. Y de la inspiración depurada del, ya, casi ciego Sófocles, escuchamos fragmentos acendrados de sutil hermosura. También Eurípides, Kebe y Simias nos deleitaron con sus muestras de arte. Eufronio me obsequió con una mezcla de esencias y de bálsamos que había macerado en mi honor y que, en verdad, a todos nos pareció que exhalaba un prodigioso aroma. Eché de menos a Damisco y a Ictino. Pero la delicada salud del arquitecto les había impedido asistir a recibirme. Al día siguiente, Forsila me expresó las disculpas de aquel muchacho que para ella era cada día más como su hijo.
Comimos y bebimos generosamente. En todo se podía notar la mano y el talante de Caris y Forsila. Después del banquete, que sirvieron Eufro, Brygos y Baquio, salimos al estilóbato de nuestra terraza. Allí estaba Atenas, umbría y misteriosa como una bella hetaira que se escondiera, procaz e insinuante, entre la tibia noche del mes de boedromion; ese tiempo que los míos tienen desde lo inmemorial consagrado al amoroso Apolo. El vino de Naxos y la música suave de Estelis, a quien había transmitido el afecto que para él depositara en mí su padre, Gripo, el melero tebano, lograron serenar nuestros espíritus hasta remansarnos en un silencio plácido y absorto. Uno de sus cantos comenzaba con las mismas palabras que escuché de sus labios cuando me despidiera, con su antorcha en la mano, junto a la puerta de la casa de Agios, la noche anterior a mi partida. “Gloria y dicha, Antandros, y que Zeus os guíe y os dé su corona”. Agradecí sinceramente al muchacho su amable y sencillo homenaje y, una vez más, me abandoné a la complacencia de los agasajos. Poco a poco, casi en silencio, sin alterar la calma de quienes continuábamos bebiendo y escuchando, se fueron despidiendo nuestros invitados. Y a quienes, a la sazón, quedamos adormecidos en la apacibilidad de la terraza, Brygos y Baquio nos arroparon para que el frescor de la mañana no nos sorprendiera sin abrigo y cobijo. Cuando el orto hirió mis ojos, solamente Xenócrates y yo estábamos adormecidos junto al altar de Hestia y Hermes, que aún respiraba quedamente. Despabilé a mi invitado y lo conduje a su aposento, a la vez que yo me refugiaba en aquel mío en el que tantos recuerdos tristes y gozosos estaban grabados, de un modo sólo perceptible por mí, sobre los muros. Allí, al fin, en la soledad íntima del reencuentro con lo que era el cubil de mi vida, me miré a mí mismo y me dije: “Antandros, ahora ya eres un verdadero ciudadano de Atenas; sé digno de cuanto los dioses y la patria te han legado”. Y recordé, una vez más, la mirada enigmática del nómada Licino, que relucía en mi memoria como un anillo de turquesa caído en el fondo transparente de un río.
Amanecí a la vida pública de Atenas siendo uno de los más jóvenes miembros del Pritaneo. Desde entonces, la ciudad entera conoció con propiedad mi nombre. Por las calles era saludado efusivamente y el Estado me pasaba con puntualidad una asignación que me procuraba una vida holgada y confortable. La casa que se me había donado era digna, aunque en un principio decidí no ocuparla. Al igual que el resto de los ciudadanos preeminentes, ahora estaba obligado a engrandecer a mi patria mediante la aportación de mi saber y el recto criterio que se suponía inherente a alguien que había sido tan singularmente premiado por los dioses. Comenzó para mí un tiempo aparentemente colmado de bonanzas. Asistía a mis tareas diariamente y comencé a descubrir los complicados mecanismos que trababan la red política sobre la que se sustentaba nuestra ya entonces herida democracia. Muy pronto tuve cómplices y muy pronto conocí adversarios. Todo un germen maligno empezaba a corromper nuestras instituciones, a la vez que escarbaba bajo las plantas de nuestra religión, nuestras ideas y nuestros tribunales. El peso de la guerra iba agobiando a todas las espaldas, y nuestra gloria empezaba a palidecer sin remedio.
No obstante, la guerra se había establecido de tal modo entre nosotros, que habíamos logrado una casi natural convivencia con ella. Los estrategas se multiplicaban, pues que las contiendas militares abrían nuevos focos casi a diario y era preciso remitir tropas y navíos a sitios muy dispares. Ya no era una efeméride ir a despedir al puerto a quienes se iban al combate. Exclusivamente sus familiares daba el adiós a los suyos. Las noticias de triunfos y derrotas se iban solapando, transmitiéndonos solamente una turbia obsesión de perenne refriega. Y tal vez fuera esa bárbara obstinación la que aconsejó a los jueces atenienses dar muerte de inmediato y casi sin pensarlo a Saleto y a aquellos mitileneos, que el estratega Paquete envió para que fueran juzgados por Atenas, tras tomar, él, Pirra y Ereso y someter definitivamente a Mitilene. Honrosa es, sin embargo, la labor que ejercieron los oradores Cleón, el hijo de Cleéneto y Diódoto, el hijo de Eúcrates. En las mentes honradas de mis conciudadanos siempre estará presente la dignidad y elevación de sus palabras. Pues que sus juicios, profundos y elocuentes, lograron que los jueces recapacitaran sobre la decisión tomada. Tal decisión, suponía dar muerte a todos los mitileneos adultos y vender como esclavos a niños y mujeres, borrando así todo vestigio de vida en las tierras que habían sido, de aquel modo, rebeldes a nosotros. Engrandecedores son siempre para una nación sus rasgos de piedad y generosidad. Gocé, pues, íntimamente, escuchando los discursos antes aludidos y celebré que, entre las argumentaciones que ambos presentaron de una forma tan equilibradamente contrapuesta, venciera aquélla con la que abogaba Diódoto. Y cuando se despachó a toda prisa a un segundo trirreme, con el encargo de dar alcance al que llevaba la deplorable misión de la matanza, me desplacé con mis amigos a Sunion y, juntos, elevamos una ofrenda a Posidón, para que Eolo no soplara en contra de las velas de los perseguidores. Después supimos, que los remeros que iban a la zaga, quisieron demostrar tanta calidad humana, que habían remado todos sin descanso, comiendo únicamente harina de cebada amasada con vino y con aceite, sin detenerse ni para dormir ni para relevarse. De aquel modo, recuperaron el día entero y la noche que los primeros les llevaban de ventaja en la travesía, entrando -según cuentan- tras su estela en el puerto, con el tiempo justo para que Paquete leyera el decreto por el que Atenas se desdecía de su orden de ejecución primera.
Después de un primer tiempo de claro desconcierto, mi existencia se fue acomodando a mis nuevas tareas. La administración de mis bienes seguía en las manos firmes de Critón, quien ponderaba mi acierto en reducir esclavos en mi hacienda, puesto que, de no ser posible cultivar mi granja, ellos únicamente suponían un pesado gravamen. Los navíos de Agios fueron adquiridos por la Liga, aportando a mis arcas el resultado de un precio equilibrado y razonable. Mi huésped Xenócrates enseguida buscó el modo de compensar su estancia bajo el desinteresado amparo de mi techo. Su habilidad para con el orden, la intendencia y el gobierno de mi casa, me permitió dedicarme con libertad a mis nuevos quehaceres. Había hecho venir hasta Atenas al atleta de Eubea, ya que, calladamente, quería persuadir a Alexias para que lo entrenara. Me parecía un ser repleto de entusiasmo, cuya bondad y sencillez merecía que le fuera regalado el torrente secreto de conocimientos que sobre la ejercitación poseía el avezado Alexias. Y cuando, cuatro años después, partió de nuestra casa hacia Olimpia y supe que Eubea había visto la diadema de olivo en su frente, disfruté como si nuevamente yo mismo hubiera sido coronado. Su gratitud y sincera amistad obran entre los mejores bienes que configuran mi fortuna hasta el día presente, sobre todo considerando la dura prueba a la que yo lo sometiera.
Fue un tiempo, en fin, dulce y agradable como un néctar. Sin duda, la serenidad que precede y enmascara a la tormenta. Mi fama y la rotundidad que había adquirido mi cuerpo me hacían estar permanentemente asediado por los pintores de piras, escultores y artistas. Frecuentaba sus círculos y era requerido en sus convites, porfías y celebraciones. Crésilas de Cidonia me envió una misiva desde Éfeso, ciudad en la que vivía y trabajaba, solicitando mi beneplácito para trasladarse hasta Atenas y tomar apuntes, modelos en arcilla y dibujos de mí. La admiración que había despertado la exhibición de su “Amazona herida”, aquélla que presentara junto a las de Policleto y Fidias, para el templo de Éfeso, y el grado de perfección alcanzado en el busto que hiciera de Pericles, le habían dado nombradía en el mundo entero. El certamen de Éfeso había sido realmente singular. Se permitió a los concursantes que eligieran ellos mismos la obra que les parecía más hermosa de cuantas competían. Cada uno eligió sin vacilación ni recato la propia. Pero, instados a que señalaran aquélla que podían considerar en segundo lugar, fue la de Policleto la que reunió el voto de los otros dos competidores. Así fue seleccionada la obra ganadora y el suceso corrió de boca en boca de las gentes, celebrando la ingeniosidad de los jurados. Pues bien, que Crésilas quisiera copiar mi cuerpo en una de sus obras, era para mí un motivo de orgullo.
También Alcamenes de Paros buscó influencias entre mis amigos para que me plegara a sus pretensiones. Mi admiración por su “Afrodita” siempre ha sido muy clara y muy sincera. Siempre me ha seducido esa hermosa mujer que lleva una pequeña manzana en la mano y en cuyo cuerpo la piedra llega a resultar más sensual, incluso, que la carne. Ese pecho descubierto y el peplo que parece mojado, pegándose lascivo a toda ella, quien sin embargo conserva una serena expresión mientras parece que se nos acerca, han causado en mí un hondo sobrecogimiento desde el instante mismo en que la contemplé por vez primera. Pero, mi conocimiento de la rivalidad envidiosa y mezquina que siempre había dedicado a mi querido Fidias, me impidió aceptar ser uno de sus modelos. De no haber ocurrido así, yo hubiera sido la sugerencia de la que se hubiera servido para realizar el eternamente admirado “Ares”; ése que, tocado con su casco de guerra, él esculpiera de modo tan notable y, francamente, único.
Pero fue a Mirón de Eleuteras, nacido allá entre los confines de Ática y Beocia, a quien encargó el Pritaneo que tallara mi estatua oficial. Su acierto en la realización de aquélla que, años antes, hubiera hecho del atleta Tinantes y la perfecta armonía de su discóbolo, para el que todos sus discípulos aseguraban que había tomado como modelo a Licino, el tebano, antes de su derrota, me hicieron sentirme muy dichoso. Su “Antandros” fue expuesta junto a la puerta que llevaba mi nombre. Y yo jamás he podido expresar lo que me supone cada vez que veo mi figura allí, inmóvil, detenida en el tiempo, desafiando altiva al paso inexorable de la vida. Orgulloso me siento de ese muchacho que, tal vez, un día fuera yo.
Amasis fue durante aquellos años mi amigo inseparable. El Estado lo tenía entregado a Muniquia. Se ponderaban sus dotes para iniciar a los jóvenes en el manejo de las armas y en la realización de avanzadillas, escaramuzas y patrullas de asalto. Y aunque él solicitaba permanentemente su inclusión en cuantas expediciones militares partían de la patria, nunca eran oídas sus demandas. Ahora celebro que todo fuera así, pues que su proximidad y compañía de entonces sirvieron para ordenar mis razones, sopesar mis férvidas ideas y poner un punto inestimable de mesura en muchos de mis actos. Viví junto a mi querido Amasis los días más venturosos de mi vida. Nuestra relación fue tan transparente e íntima a la vez, que en él me vi lo mismo que dicen que Narciso se vio a sí mismo en el límpido cristal de aquel estanque. Jamás nadie ha sabido arrancar de mí, sin palabras ni gestos, tanto de mi bondad y mis mejores rasgos. A su lado, la perseverancia en la virtud era una donación que yo me hacía a mí mismo con el gozoso esmero de quien amontona, codicioso, un tesoro magnífico. Aprendí a su lado y discutí apasionadamente con él. Razoné y depuré mis juicios. Buscamos juntos las nuevas verdades, que apenas si se vislumbraban en el sinuoso horizonte de la lógica. Corrimos a caballo sobre nuestros campos, paseamos por el Museión, deambulamos por el Ágora o debatimos en los jardines de Academos o por ésos otros que rodean el templo de Apolo Liceo. Nos ejercitamos juntos en la lucha. Bebimos en las tabernas de El Pireo, participamos en las Asambleas y celebramos nuestros propios simposios, junto a quienes, incondicionalmente, se convirtieron en nuestros amigos. Honramos a los dioses y nos zambullimos en los pozos y torrentes del Iliso. Indagamos en el firmamento y estuvimos atentos a cuanto, sabios y maestros como Hipócrates, Sófocles o Eurípides, quisieron transmitirnos. Oímos juicios y conceptos extranjeros y absorbimos ideas de todos aquellos trashumantes que nos visitaban o pasaban de viaje. Pero sobre todo, crecimos al amparo del eminente Sócrates, de quien declaro, con cuanta firmeza me es posible acopiar, que roturó las mejores almas de mi pueblo con su silencio y su voz, su ironía y su humildad, su vivir y su muerte. ¡Errabundos anden durante toda la eternidad quienes instigaron la insidiosa perfidia de su ejecución!
Acudía diariamente también a nuestro Estadio. Xenócrates se ejercitaba denodadamente y, a mí, me gustaba admirar directamente sus progresos. Yo seguía realizando mi carrera por el campo, siempre en solitario. Huía de todo cuanto pudiera ser competición. Me gustaba la sensación de íntima soledad que me aportaba el sudor y el esfuerzo, la aspereza de la tierra bronca mordiendo en mis plantas y el abandono dulce de sentirme aislado. Era aquél el momento en el que, cada día, yo retornaba a mí. Era así como yo entraba en el cofre infranqueable de mi alma.
Luego fui también requerido por Praxiteles, el padre de Cefisodoto. Cefisodoto era entonces solamente un muchacho. Fidias me envió un recado pidiéndome que asistiera a su taller y que, por la amistad que me unía a él, colmara los deseos de su viejo amigo y compañero, quien seguía trabajando, haciéndose ayudar por su hijo, siguiendo fielmente y depurando más y más las enseñanzas que él mismo le impartiera algunos años antes, cuando vivían y trabajaban juntos en Atenas.
Hermoso fue entrar y conocer a aquella familia entre la que el recuerdo, la admiración y respeto por el gran maestro seguían venerados e intactos, aun a pesar del tiempo transcurrido. Vivían y trabajaban ellos ajenos al mundo exterior; de espaldas a cuanto pudren y corroen las envidias. El anciano había llegado a ser un experto fundidor. Sus conocimientos esenciales los había recibido de Ageladas de Argos. Pero la depuración de su trabajo tenía una clara influencia emanada de Fidias. Su fama había llegado a su mayor esplendor cuando presentara a la vista de todos la estatua broncínea que había fundido para el templo que la diosa tenía erigido en Platea. Hasta tal punto resultó sorprendente para nuestros conciudadanos que, divulgada la noticia entre unos y otros con rapidez semejante a aquélla con la que se extiende un derramar de aceite, una gran muchedumbre se congregó a la puerta del artista para ver la obra antes de que partiera. Y cuando, estando ya la estatua de la divinidad asentada en el carro que la transportaría y firmemente atada, comenzaron a recorrer las calles de Atenas, todo el mundo siguió a los arrieros en cortejo, como si se tratara de la barca sagrada que es escoltada en la procesión de las Panateneas. Salió el pueblo en comitiva hasta las afueras y, de modo espontáneo, cortando ramajes y tomillos que agitaban jubilosos en alto, despidió a aquella magnífica expresión del arte más glorioso del Ática. Dicen que así fue sucediendo por cuantos lugares poblados transitó el sagrado acarreo, de tal modo que, cuando llegó a su definitivo enclave, ya había atraído a un número ingente de fervientes devotos. Digno lugar ocupó, en verdad, la obra de Praxiteles junto a las pinturas que Polignoto había dejado en Platea. Soberbia es también la magnificencia de ese grupo escultórico en el que, transcurridos los años y madurado su arte, Cefisodoto ha uncido a Eirene y Pluto, la paz y la riqueza, en un intento de mostrar a los atenienses cómo ambas cosas pueden y deben ser, con premura, enlazadas. En íntimas conversaciones con este gran muchacho, he podido certificar que, además de poseer un gusto exquisito para su trabajo, también cuenta con una mente repleta de buenas ideas y deseos puros para con su ciudad. Probablemente, la perenne sangría de la guerra asola nuestros corazones y agota nuestras almas. Tal vez, únicamente la contemplación de la belleza pueda nuevamente reconducirnos al sencillo hecho de la vida.
Durante largo tiempo fui incapaz de mirar francamente a Orión. Ése era el nombre con el que pedí a Pistias que signara al potranco con el que el rodio Teofrasto había pretendido comprar mi iniquidad. Le puse ese nombre porque quería que, así como esa constelación del cielo huye perennemente de aquella otra que denominan Escorpión, también él significara mi deseo obsesivo por huir del veneno maldito de los miserables. Superé mi fobia a aquel caballo por pura imposición y dominio de mí mismo y logré entablar con él un lazo que se hizo, poco a poco, entrañable. Muchas veces los animales han sido mi refugio; nunca podré tampoco olvidar a Tehon, el fiel perro de Amasis.
El feliz nacimiento de Atreo nos llenó a todos de esperanza. Caris parió cuando el frío comenzaba ya a retirarse. Y, para mí, el hecho de poder coger y contemplar minuciosamente a aquél que había salido de su vientre, me resultó un acto prodigioso. No sé por qué razón algo tan habitual y conocido pudo abrir en mí tanta admiración y tanto desconcierto. El afecto es siempre un flujo indescifrable que brota a su albedrío. Seguramente era la primera vez que yo me consideraba cercano y, de algún modo, implicado en el enigmático hecho de la vida. Amé a Atreo con rara complacencia desde que lo vi por vez primera. He sentido por él, y aún lo siento, un cariño especial que me lo aproxima más, tal vez, que a quienes son mis hijos. Ciertamente, el misterio devana su ovillo, cual el de Ariadna, yendo y viniendo entre los sentimientos y predisposiciones de los hombres, haciendo siempre que las sangres parejas clamen a veces con voces desiguales.
El acontecimiento llenó de plenitud a Caris y transformó a Simias. La fiesta de purificación fue íntima, pero atenta con cuanto instruyen en sus órdenes los dioses. Mi hermana exhibía aún una transparente palidez de cera, y su cuerpo se había aliviado tanto, que su ingravidez y aparente desmayo hacían que el quitón de lino blanco que la recubría se pegara de tal modo a su cuerpo, que fuera imposible discernir si se trataba de un ser vivo o de una estatua que tuviera el don de desplazarse. En aquel tiempo, mi hermana solía atar su pelo, recogido, cruzándolo con cintas trenzadas de colores. Sólo cuando amamantaba a su hijo, el pecho henchido y tenuemente sonrosado, volcándose sobre el ovillo de la criatura, parecía devolverla al mundo real de los carnales.
Conocí también a Policleto de Sicione. Él realizó, unos meses después, la estatua que de mí se hizo para ser colocada en la calle suntuosa de los Trípodes. Fue un encargo de los sacerdotes del templo del dios Zeus, costeado con aportaciones generosas de mis conciudadanos. Sus inicios en la profesión los había realizado en la escuela de Argos, para cuyo templo esculpiera una preciosa “Hera”, al mismo tiempo que Fidias realizaba la de Palas Atenea que preside en majestad nuestro gran Partenón. Mi relación con él ha sido siempre muy intensa. Él me ha enseñado, a lo largo del tiempo, a admirar el arte desde dentro. Su fascinación por los kuros, que son la verdadera expresión escultórica de nuestros antepasados, me arrastró también a mí a interrogarme sobre el secreto encanto de su rígida arrogancia. Ya que en los kuros se alberga la esencia más enigmática del hombre; ésa que aflora en sus sonrisas pétreas, serenas e inviolables. Junto a Policleto he admirado en silencio y con solemnidad centenares de obras de artistas de hoy y del pasado, dejándome penetrar por esos mármoles cincelados, arrancados de Paros o del monte Pentélico, o por las piedras esculpidas de brocatel, lumaquela o serpentino, hasta que éstas se me han mostrado vivas y me han entregado el oculto misterio de su pálpito.
Nadie como Policleto ha sabido desentrañarme el secreto que encierra aquel inolvidable “auriga”, obrado por las manos de su amigo Pitágoras, que vi en el camino al marcharme de Delfos. Conocedor de los procedimientos empleados en la escuela de fundidores de Egina, quienes han logrado la máxima depuración en sus trabajos, ha ilustrado sus enseñanzas para mí con muchas más claves y detalles de los que yo hubiera aspirado a conocer por mediación de otros. Y, en su casa, tuve el honor de ser presentado a Pitágoras de Regio, el autor del magnífico “auriga” que tanto me fascinara y al que yo siempre he atribuido una oportuna coincidencia con la formulación de mi abstruso Oráculo. Y de la conversación que ambos mantuvieron en mi presencia, deduje yo, silencioso y atento, en qué consiste el atractivo encanto de ese muchacho que tan singularmente, desafiando al tiempo y a la realidad, conduce de modo tan particular su carro. Oíles hablar de los rígidos pliegues de su túnica, de la fina rugosidad con que se atan sus dos hombros, de la ingenua ausencia de sus ojos y el sereno posarse de sus labios. Contó Pitágoras -aflojado su carácter reservado y hermético por el vino dulcísimo traído de Arabia con el que yo, gustoso, les obsequié a ambos-, cómo, su más profundo deseo, cuando Polizalo le encargara aquel trabajo para donarlo al Santuario donde mora la Pitia, fue el de dejar claramente reflejada la intemporalidad y el desprendimiento que debe traer siempre consigo la consecución esforzada de la gloria. “Un triunfador en los agones no puede ya jamás estar atado en espíritu al mundo de los hombres. Mi “auriga” es alguien a quien el dios ha revelado, tal vez sin palabras, el secreto imperioso de los tiempos. Para él ya no hay, pues, ni edad, ni afán, ni miedo alguno que lo aten; sólo el resplandor interior se trasluce a través de sus ojos de mirada infinita”.
Quedé sobrecogido con la conversación que ambos maestros sostuvieron en mi presencia aquella tarde. Honrado y pensativo, me retiré a mi casa, tras agradecer, con las mejores palabras que pude llevar hasta mi boca, el regalo y el honor que se me había hecho tan generosamente. Encargué y pagué a Pitágoras para que esculpiera una estatua de Deméter, pues que deseaba hacer ese presente a Caris y a Simias, ya que su casa había sido consagrada a la diosa. Y cuando el escultor partió con la promesa de que pronto estaría ante mis ojos su trabajo, tuve el reconocimiento y la felicitación explícita de Policleto, quien me manifestó que a él también le parecía un acierto aquella decisión que yo había tenido.
En los meses siguientes no dejé de llevar a mi mente el rezar de mi Oráculo. Tal vez, la serena e íntima relación que había alcanzado con Amasis, me aconsejaba y animaba a compartir con él el deseo de descifrar aquel pronóstico imbricado. “Al grito azul se entregará la voluntad partida y el disco fulgirá por sobre el orbe. Luego, el rayo de plata vomitará de púrpura, las tinieblas traerán el rumor de la Éstige y el silencio dorará con su miel los ácidos recuerdos”.
Cuando el cursar de aquel tiempo y la amabilidad de mi nueva situación social serenó suficientemente mi espíritu y me devolvió de nuevo a la armonía, conté a mi amigo Amasis cuanto me había sucedido en Olimpia. Le hablé de Licino y mi primer encuentro con él cuando era un niño, de su misteriosa influencia en mi destino, y de mi búsqueda de su rastro en Tebas. Le referí cómo, después de muchos años, su voz y su mirada habían sido suficientes para que mi mente quedara en libertad en el momento justo en el que iba a empezar la gran carrera. Cuando le hube referido exhaustivamente el asunto deshonesto de los rodios y la muerte ignominiosa de Mirkos, Amasis me miró fijamente como era su hábito en los momentos clave. “Antandros, la primera parte de tu Oráculo está clara como la luz del cenit. Atiende: “Al grito azul se entregará la voluntad partida y el disco fulgirá por sobre el orbe”. En efecto; allí estaba sintetizado cuanto me había sucedido en el momento más importante de mi vida. La voz emanada del antro había sido rigurosa y cabal. “En cuanto al resto, debes dejar que el tiempo curse al ritmo que imponga su clepsidra. No es bueno obligar a los dioses a que nos anticipen aquello que aún no nos ha sucedido”. Una vez más, el juicio de Amasis reforzaba mi espíritu. En verdad, no existe mejor don con el que puedan regalarnos los dioses que el de escuchar la voz a nuestro lado de alguien que nos estime cual si fuera a sí mismo.

No hay comentarios: