Cuando repaso mi historia, descubro que toda ella se fundamenta y sostiene en unos pocos pilares. Son esos acontecimientos alrededor de los que se dibuja y forma mi rosa de los vientos. Son mi brújula, mi sextante o mi astrolabio; sin ellos mi rumbo está perdido. Sobre unas pocas fechas se sostiene siempre la vida de un hombre. (25.2.55 – 2.6.65 – 27.1.75 – 20.12.77 – 21.3.78 – 27.3.82)
VI
EL DÍA DE LAS GLORIAS
Recuerdo los días que siguieron con una nitidez impropia. Los recuerdo, como si un hierro de marcar los hubiera tatuado en medio de mi frente y toda mi existencia bebiera y se bañara en ellos. No es preciso, pues, que haga el más mínimo esfuerzo de memoria, ya que siempre han informado mi presente como si de algo acontecido hoy mismo se tratara. Viví la ochenta y cinco Olimpiada cual si estuviera asistiendo a la contemplación del fuego de la vida, como si los mismos dioses hubieran descendido del Olimpo y hubieran tocado a los mortales con el investidor dedo de la heroicidad. Pues que héroes máximos fueron para mí quienes, ante el clamoroso delirar del pueblo, se enfrentaron para ofrendar la dignidad de su victoria a su ciudad y a su gente.
En los días que siguieron a nuestra llegada, continuamos contemplando la afluencia de gentes de todos los confines. Las márgenes del río se poblaron hasta donde la vista se perdía, de tal modo que Helio comenzó a atardecer y a amanecer, no sobre el lejano horizonte de pastos y de frondas, sino sobre la quebrada línea de las tiendas. Me emocionaba aquella sensación que me producía encontrarme en una ciudad repleta y bulliciosa en la que todos éramos ignotos extranjeros. Las lenguas se confundían y cada instante guardaba una curiosidad, una rareza o una sorpresa más. Fue como si alguien intangible me hubiera concedido el don de contemplar y comprender a un tiempo a dioses, héroes y mortales en una sola ágora. Ante mí se tendía el manto seductor de la existencia, y la vida dejaba al descubierto su raíz, su variedad y su centro.
A los pocos días, vino hasta nuestra tienda el arquitecto Fidias. Al parecer, aun en su gravedad de carácter y su inaccesibilidad aparente, estimaba a mi padre. Cuando lo vi de nuevo y en medio de la relajación de su visita, me pareció un hombre más próximo y humano. Llegó hacia la media tarde. Lo transportó un imponente carro hecho en Argólida y tirado por dos caballos tracios. El auriga descendió primero, dejando así espacio libre para que él lo hiciera tras sus pasos. Bajó del carro con la elegancia consustancial a un rey. A sus espaldas quedaba aún el polvo revuelto del sendero que había levantado su carrera, mientras el filtro de la luz hacía que pareciera como un humo de oro. Habían circulado entre la exclamación molesta y admirada de cuantos habían tenido que dejar paso a la biga, que galopaba arrolladora y firme, cual si fuera tirada por el mismo Pegaso. Agios, Sófocles y Herodoto, lo estaban esperando. Los tres salieron a recibirlo a la entrada y él los estrechó con expresivo afecto. Aquella tarde Agios me había encargado que de nuevo yo les sirviera el vino. Hicieron una libación mirando a Helio y a mí me pareció que el poso que empapó el polvo a nuestras plantas era el brote de una sangre propicia y complaciente para el sagrado astro.
Pasaron a la tienda, ajenos al murmullo que en el exterior habían despertado el carro y los caballos. En pocos instantes, a nuestro alrededor bullía un número elevado de curiosos que querían contemplar aquella maravilla. El carro era de bronce trabajado en Corinto. En su faldón semicircular, Faunos y Ninfas se perseguían en una carrera animada y etérea. Sus ruedas estaban reforzadas con broches y remaches y su eje lucía en cada extremo una flor de magnolia trabajada en plata, que giraba impetuosamente al son de la carrera. Los caballos eran de manto bayo; jóvenes, inquietos y brillantes como recién bruñidos. El auriga era alto, delgado. Vestía una túnica corta y sus sandalias y su casco eran de cuero perfectamente curtido y moldeado. Hablaba poco y era de ademanes serenos. Se presentía que estaba muy acostumbrado a que su tiro fuera admirado y se notaba que se sentía orgulloso de ejercer su trabajo. Brygos y Tólmides trajeron agua desde el río para los animales, y ellos, tras oler el borde de los cubos, bebieron confiados y dóciles, enseñando sus dientes perfectos y alineados cual marfil amarillo, desde donde descendían los jugos de sus babas como hilos de vidrio.
El arquitecto Fidias era un hombre con mirada de agua. Sus pupilas se achicaban fijamente y su cabeza se iba desplazando con lentitud apenas perceptible, permitiéndole así registrar cuanto ante él se encontraba dispuesto. Cuando alguien le hablaba, podía casi verse su actitud siempre atenta, pues que tenía el don y la elegancia de quien escucha a su interlocutor con interés ferviente. Aprendí a descubrir todo eso de él, no en aquel momento, sino a lo largo de cuanto tiempo tuve después la dicha de gozar de su afecto y su arte.
Aquella tarde los hombres conversaron larga y plácidamente, saboreando un vino exquisito mercado a los milesios, cuyo color de fuego ensangrentado exhibía yo al contraluz de los vasos de vidrio cuando lo dispensaba, para aumentar así su atractivo deleite. Sin duda, me estaba convirtiendo en un experto mezclador de bebidas. Hablaron de Atenas y del templo que estaba levantándose en honor de Atenea. Recordaron a Ictino y a su socio Calícrates, cuyo trabajo, según afirmó Fidias, era de tal respeto y rigurosidad para con sus mandatos, que él no podía sino ensalzarlos en agradecimiento. Hablaron de Pericles, de los continuos problemas que planteaba el distrito de Caria, de las primeras obras escritas por un joven al que llamaban Eurípides, nacido en Salamina. Sobre él, Sófocles no se ahorró en elogios, no sólo en cuanto se refería a su escritura, sino también por sus artes de pintor y la nutrida biblioteca que al parecer, aun con su juventud, ya iba atesorando. Hablaron los hombres durante largo rato, sin importarles que la luz se fuera apagando y su conversación quedara sumida en cálida e íntima penumbra. Entre la oscuridad -pues que no pidieron que se prendieran lámparas- sus voces sonaban templadas y plenas de afecto y elocuencia. Recuerdo yo haber tenido la grata sensación de creer que, en realidad, era la sabiduría quien hablaba, usando en su discurso la múltiple sonoridad de sus distintas bocas. Pues que, cuando todo se hubo oscurecido, y sólo el resplandor de la hoguera exterior recortaba con su temblor de sombras el contorno de aquel grupo de amigos, la conversación iba de voz en voz, cual el fluir continuo de un sagrado oráculo.
Se despidió Fidias con la promesa de que volvería pasadas dos jornadas acompañado de algunos de los atletas que por aquellos días le estaban sirviendo de modelo. Solicitó con respeto medido al complaciente Sófocles que tuviera a bien regalarles con la referencia de alguna de sus obras o el relato de alguna historia, pues que los jóvenes para quien lo demandaba ardían en deseos de escuchar sus palabras. Ante lo que Agios no dudó en invitarlos, complacido, para reunirse en torno a nuestra mesa.
Vi a Fidias perderse en el sendero, sujeto con sus manos al asa de su carro. El auriga lo conducía ahora con más calma y mesura, pero con la firmeza de quien tuviera aprendido a fondo su trabajo. Los vi hundirse entre los resplandores y sombras de las hogueras que costelaban a uno y otro lado el estrecho camino. Y desde aquel mismo instante, ya no tuve yo mente sino para desear que el tiempo circulara con la premura de los días de dicha y llegara ligera la materialización de la reunión pactada.
A partir de entonces, el tiempo transcurrió para mí de una manera extraña. Era como si día y noche no lo dividieran y todo resultara como un fluir, sin fisuras, de emociones y dicha. Por el día vivía bajo el embeleso ininterrumpido de los acontecimientos. Visitaba el Gimnasio, la Palestra, el Altis, las tiendas o el Ágora. Y, cuando me acostaba, los sueños seguían dispensándome placeres y emociones, cual si la realidad siguiera creciendo y fascinándome dentro de mi cabeza. El mundo bullía a mi alrededor, moviéndose, como un animal multicolor y acéfalo, vital y subyugante.
El día acordado, vinieron hasta nuestra tienda Fidias y los atletas. Agios había ordenado a nuestros esclavos que aderezaran una cena para agasajarlos y, por lo tanto, ellos se habían esforzado porque todo estuviera lo mejor posible, aun a pesar de las dificultades propias de nuestra vida en régimen de campaña. Se limpiaron las tiendas y se regó su interior para que todo estuviera lo más fresco y confortable que nos fuera posible. Se prepararon carnes y nos abastecimos de fruta en abundancia, pues que, al parecer, en eso se basaba principalmente la alimentación propia de los gimnastas. Llegaron juntos al declinar la tarde. Vinieron caminando. Dos de ellos eran de Mesenia, de la ciudad de Pilos. Otros dos habían venido desde Rodas. Orsino procedía de Eubea. Feidolas no podía ocultar que era un heracliano. Los recibimos con toda la distinción que debe dedicarse a quienes los dioses tienen designado ser portadores del honor de su patria. Mojaron el filo de sus labios con la copa de vino, ya que les estaba prohibido ingerirlo y, luego, penetraron dentro de nuestras tiendas. Fidias había solicitado de los helanodices que les permitieran pasar un rato en compañía de Sófocles. Y ellos se lo habían concedido, pues que estaban dispuestos a atender cualquier demanda suya, con tal de seducirlo y convencerlo de que se trasladara a Olimpia, para dejar allí testimonio patente de su arte escultórico.
Los muchachos eran muy jóvenes, apenas si habían traspasado la edad de los efebos. Estaban todos ellos curtidos por el sol y sus cuerpos tenían ese brillo oliváceo que deja el aceite a pesar de haber sido retirado con la estrigila. Milón mostraba en sus brazos y en su hombro desnudo las marcas que le había dejado la ejercitación en el pancracio. Todos eran prudentes. Se notaba en sus ademanes su costumbre al rigor y al esfuerzo. Y, cuando la comida fue servida, todos se comportaron con una austeridad que revelaba su permanente vida de privación y esfuerzo. Eran todos hermosos. Su hermosura no era la de las facciones perfectas y exquisitamente perfiladas, ni la de los bellos ojos o la nariz trazada con las cabales líneas. Su hermosura era ésa que deja, como un sedimento atractivo y magnífico, el tesón y la fuerza, ésa que es como un soplo de premonición del honor y la gloria. Supe, por Sófocles, que Fidias estaba tomando apuntes y bocetos de sus cuerpos. Luego, cuando pasó el tiempo, y ante el orbe entero emergió, cual si emanara del seno de la misma Afrodita, el gran templo de Atenea Pártenos, que se erigió como una nave insignia en nuestra amada Acrópolis, yo supe descubrir de dónde habían tomado ejemplo y apariencia algunas de aquellas figuras que poblaban sus frisos y metopas.
La velada fue corta. Apenas concluyó la cena, todos los comensales dejaron sutilmente la palabra para que el sabio Sófocles proclamara la suya. Hubo, pues, un tiempo en el que el silencio se estableció entre todos nosotros cual si fuera un aroma en el que cada cual se estaba deleitando. Presentíamos que el maestro iba a recitarnos parlamentos escritos por sí mismo, pero prefirió recurrir a nuestra heroica historia. De sus labios escuché, pues, la gesta de Teseo y entre sus palabras me sentí orgulloso de mi pueblo y mi origen. Aquella noche me deleité bañado en las palabras. Con el paso del tiempo he entendido de qué modo extraordinario Sófocles incitó y puso alas en sus pies o dotó de rudeza a los brazos de aquellos muchachos que, en aquel día previo, necesitaban todo el impulso que las pasadas glorias o el envidiado triunfo pudieran aportarles. Juro por Zeus, que en la penumbra que escupían las lámparas, vi yo a la humillada nave del estado zarpando con sus remos de angustia y sus velas de oprobio hacia la indigna fortaleza del rey Minos, para entregarle, por tercera vez, el tributo de los siete jóvenes y las siete doncellas, que había aconsejado, tras la derrota inferida por Creta, el oráculo délfico. Juro de nuevo por el dios, que presencié el llanto de la ciudad entera arrastrando hasta el cabo Sunion las lamentaciones y el grito de las madres de Atenas, que se repetía cada noveno año. Vi también, entre las brumas infantiles de mi imaginación, los saltos y acrobacias del muchacho sobre el toro maldito, que lo acometía por entre los estrechos callejones del laberinto incógnito. La voz de Sófocles se quebró cuando tuvo que narrar el suicidio de Egeo, confundido por los velámenes negros que le hicieron creer que Teseo, su hijo, había muerto en el aciago dédalo. Pero jamás olvidaré cómo su elocuencia floreció y su elegancia tomó los más hermosos verbos para referir la grandeza del regreso del noble Teseo, trayendo a su patria el triunfo de su huida y la noticia de que las naves cretenses habían sido hundidas y el tributo saldado para siempre.
Los atletas escucharon, absortos, la narración magnífica. Estoy seguro que sintieron cómo las palabras de Sófocles estremecían sus carnes torneadas y fuertes. Oyeron su enseñanza y se fueron fortalecidos en sus corazones, agradeciendo al dios su alto privilegio. Fidias felicitó al maestro por su bella elocuencia. Y cuando los visitantes fueron despedidos, mi padre, Herodoto y él se retiraron a su tienda y siguieron hablando con voz amortiguada y tono muy sereno. Seguramente se ponían de acuerdo sobre asuntos relacionados con la misión que nos había ocupado en todo aquel trayecto. Mi padre se había entrevistado con mandatarios y hombres preeminentes de diversas ciudades y, seguramente, tenía recados o noticias que comunicar a sus dos compañeros.
Unos días antes a la celebración de los agones, se anunció la llegada de todos los competidores, que habían permanecido durante tres meses concentrados en la ciudad de Elis. Los jueces habían hecho su clasificación según su edad y habían desechado a todos aquéllos cuya categoría en los entrenamientos no había sido de su satisfacción. Supe entonces, que era mucho mejor que los helanodices no te permitieran la participación, que resultar más tarde no ser el vencedor en la contienda. Kebe y yo fuimos hasta el camino para verlos llegar. Habían marchado durante dos jornadas. Un gran tumulto esperaba apostado y festivo al borde del camino y entre los pinos y cipreses que marcan la ruta desde Heraclea. Cuando, desde la lejanía, se oyó el chillar de las trompetas de los teoros que iban ante ellos proclamando su paso y su llegada, un fervor codicioso se despertó entre la muchedumbre. Acosaron, entonces, todos, los bordes del camino. No existía espacio para permitir la visión y el saludo a todos los ciudadanos. Y con el sudor, el tumulto y el griterío entusiasta, se fue formando algo así como un reptil multicolor, que se agitaba inquieto en la, ahora, viva y serpenteante ruta que venía de Elis. Kebe y yo nos subimos a un árbol. Desde nuestra atalaya, contemplamos la majestuosa llegada de todos los atletas. Venían caminando erguidos y marciales, cual si de un ejercito incruento y perfecto se tratara. Detrás de los heraldos venían otros que iban tocando pellejos y tambores marcando así su contundente paso. Y parecía como si sus pies descalzos, al apoyarse sobre la piel de Gea, hicieran que retumbara, profunda y elocuente, el alma compacta de la tierra. Cuando se fue acercando el honroso cortejo, Kebe y yo jugamos a distinguir veloces a quienes conocíamos. Enseguida descubrimos a Duris y a Milón; los atletas de Rodas iban en la primera línea. Feidolas y Orsino, venían casi juntos. Telón traía su mirada clavada en el frente y, por más que quienes lo conocían querían saludarlo y que él los mirara, él no se doblegaba. Buscando a Agénor, mi vista se cruzó con la de un atleta que me miró cual si me conociera. De repente yo me sentí orgulloso; ser mirado de ese modo, por uno de aquellos gloriosos elegidos, era toda una dicha para cualquier muchacho. Pero, al instante, supe que no me conocía. Fue algo que sucedió en ese corto espacio en el que una piedra arrojada a un río marca en su superficie un temblor de círculos concéntricos que se dilatan y se pierden buscando la máxima grandeza. Fue como un escalofrío de gozo que mordió mi nuca y lanzó a todos los confines de mi menudo cuerpo un ardor de sangre entusiasmada. Me aferré con fuerza intencionada al tronco para sentir mi cuerpo. Distraje la mirada queriéndome probar a mí mismo que aquello no había sido más que un detalle de mera coincidencia. Miré a Kebe. Mi amigo agitaba sus brazos y gritaba para que lo miraran los atletas de Atenas, que ahora pasaban frente a nuestra postura. Miré al cielo queriendo certificar y trasladar a él la grandeza de cuanto estaba viendo. Y cuando volví a retornar mis ojos a la tierra, nuevamente fui atraído por la mirada de quien me reclamaba con fijeza inequívoca. Pasó el cortejo y todo el mundo se agolpó tras de ellos como si de una marcha multitudinaria y desordenada se tratara. Fue igual que si una red de pescadores, tirada de sus cabos, arrastrara una carga inmensa y exultante. Kebe también se unió a aquel bullicio. Y, en su precipitación, me llamaba a grandes voces para que lo siguiera. Yo me agarré de su mano y caminé a su lado, sin que mi pensamiento viniera acompañándome. El forcejeo y la ruta asfixiada de polvo nos distanció un poco, al principio. Después, de repente, me encontré yo solo. Creo que, más que irse él de mí, fui yo quien quiso quedarse rezagado.
Cuando vino a la tienda, yo estaba tumbado en mi yacija concentrado en mis cosas. Recuerdo que, cuando fue hora de retirarnos, pedí a Agios licencia para que me dejara pasear junto al río y él fue afable e indulgente. El agua bajaba serena como un vidrio. A mi espalda y allá, en la otra orilla, los festejos se multiplicaban en una profusión máxima y desbordada. Sin embargo, el agua preservaba esa intimidad que siempre tiene el agua. Y a ella y a Selene -pues, aquella noche se signaba sobre el cielo de un modo singular ese alfanje de luna al que siempre he recurrido y amado- pregunté entre intrigas y susto ¿por qué me había mirado de aquel modo enigmático el atleta sin nombre?
Regresé a mi lecho bien entrada la noche. Selene había surcado en la bóveda inmensa y se iba alejando, cual si quisiera dejarme abrazado a mi intriga. El río había aumentado su rumor, pues que seguramente las Náyades andaban correteando alegres sobre su superficie. Una brisa agradable removía las copas de los fresnos y yo imaginé que eran las Melíades que venían a besar con dulzura mi cuerpo. Aquella noche me sumergí en el sueño como si en realidad quisiera sepultarme en un pozo de dicha. La intriga llenaba mi cabeza con su niebla espesa. Y le rogué a Hipno que intercediera a favor de mi clarividencia. Ya que él, subido en el áureo taburete que le hiciera Hefesto, puede participar en los festejos que celebran los dioses, quienes lo saben todo sobre los mortales y sus interrogantes.
A la mañana siguiente, apenas me levante e hice mis abluciones, solicité permiso para ir al Estadio. Agios me permitió que lo acompañara, pues que él quería visitar primero la Palestra y más tarde el Gimnasio. Esperé impaciente a que se dispusiera y caminé a su lado lamentando el paso lento que a veces me parecía que adoptaba mi padre. En ningún momento indagó mi ansiedad. El trayecto estaba muy concurrido y ello nos obligaba a algunas detenciones. Todos los atletas estaban ya en Olimpia y las apuestas y demostraciones se habían propagado. El Gimnasio era un gran hervidero. Se estaba realizando una prueba de lanzamiento de disco y los gritos y aclamaciones de los espectadores, pretendían dotar a cada participante de esa fuerza final que les haría falta para, en los días siguientes, vencer a sus rivales. Busqué con avidez al atleta sin nombre, aquél cuya mirada no había podido olvidar ni aun entre el sopor de mis sueños. Agios debía entrevistarse con alguien con quien tenía concertada una cita. Para mi gran sorpresa e incredulidad, le oí que me decía: “Antandros, puedes ir donde quieras. Cuando los heraldos den la señal de la tercera hora, regresarás aquí y nos reuniremos”. Oí su voz pronunciando mi nombre y, por lo inusual, durante un instante, creí que era a otra persona a quien se dirigía. Un instante después, me sentía libremente feliz en medio de un mundo que por primera vez me parecía mío. Busque por todas partes. Una inquietud feroz me cegaba la vista. En ninguno de los espacios libres en los que los atletas estaban haciendo su ejercicio encontré a quien buscaba. Corrí hasta el Hipódromo y regresé al Estadio. Una excitación tremenda arreboló mi cara y un coágulo de asfixia me cerró la garganta. Entré al espacio del Altis y bebí en la fuente. El agua manaba serena y limpia ajena a mi codicia. Un sudor de ansiedad empapaba mi cuerpo y, dentro, mi corazón, golpeaba con tesón de arrebato. En la Palestra, los muchachos estaban probándose en sus saltos. Y en el otro extremo, las jabalinas perforaban el aire como agujas de plata. En las estancias que rodean la columnata, algunos entrenadores ataban las correas en torno de las manos y muñecas de quienes debían participar en esa prueba que se denomina pugilato, mientras otros, aplicaban arena y aceite sobre los cuerpos de quienes debían ejercitarse en luchas. Incluso, me atreví a ir hasta el lugar donde Fidias copiaba y tomaba dibujos. Me saludó atento, pero siguió su trabajo sin preguntarme siquiera qué es lo que demandaba; tan natural le parecía a él que todo el mundo disfrutara con la simple contemplación de la belleza. Permanecí un rato por pura cortesía y porque me avergonzaba resultarle extraño en aquella visita. Pero puedo asegurar que su clepsidra me pareció la más lenta que jamás se hubiera fabricado. El maestro tomaba sus bocetos a un grupo de luchadores que fingían una presa forzada, pero de una elocuente belleza. Sus cuerpos retorcidos se entrelazaban en una composición llena de dinamismo y tensión seductora. Me despedí dando mi gratitud y él me dijo su adiós sin mirarme siquiera. Sin duda, en esos momentos, no tenía más atención que para con su trabajo. Salí de allí y volví nuevamente al Períbolo. Deambulé por la stoa de Eco, descorazonado y confuso. Los frescos que la decoran me miraban con burla e ironía. Y cuando ya me iba a dirigir hacia el lugar donde había quedado en reunirme con Agios, aun a pesar de que los heraldos no habían hecho sonar su toque de la tercera hora, le vi a lo lejos entre un grupo de gente. Comencé a correr para ir a su encuentro, pero las piernas se me fueron parando. Un soplo de temor me invadió incomprensiblemente. Noté las plantas de mis pies sudando en mis sandalias, pues que de nuevo me las había calzado para pisar el Altis. Eran extraños todos mis sentimientos. Tenía la certeza de aquella mirada y sin embargo me aterraba encararla. Les seguí a la media distancia, cual un furtivo que persigue a una pieza sin ser visto por miedo a que se le espante. Los que lo rodeaban eran también atletas y gentes de su patria. Luego averigüé que se llamaba Licino y que era un tebano. Y con la contradicción dulce y amarga del miedo y el deseo, me reuní nuevamente con Agios y, en silencio, regresamos hasta el lugar donde estaban las tiendas.
Al día siguiente comenzaron los Juegos. Antes de amanecer el campamento estaba ya vacío y, únicamente, unos pocos esclavos cuidaban de las tiendas y de los animales. Nosotros nos levantamos con la luz de las lámparas, y fue ya en la Vía Sacra donde contemplé cómo Helio iba depositando su más cuidada luz como un reguero sobre el limpio horizonte.
El desfile comenzó con precisión marcada. Primero caminaban los heraldos, pulcros y ataviados, cuyo concurso abría, de modo espectacular, las panegirias; y su sonido era tan bronco y contundente, que parecía en realidad que estaban golpeando para que se abrieran, rotas en sus herrajes, las pesadas puertas del sagrado Olimpo. Creo que fue su arrasador sonido quien desde el primer momento me hizo considerar que todo aquello no pertenecía, en realidad, al mundo de los hombres. Viví aquellos cinco días inmerso en una ebriedad que solamente he podido comparar a la que me ha producido el delirio del amor o el terror de la muerte. Viví enloquecido y absorto, delirante e incrédulo. Hacía esfuerzos sobrehumanos por atenderlo todo, por sentir cuanto ante mí pasaba y sucedía como una tromba espléndida de vida y de grandeza. No logré dormir ni una sola hora durante aquellos cinco días, sin que mi mente no regurgitara, como un vómito de estrellas y de polvo de oro, todo lo contemplado. He vuelto después nuevamente a los Juegos. He recibido en mi existencia honores y respetos que me han colmado de dicha y gratitudes. Pero jamás podré olvidar de qué modo apasionó mi alma cuanto me fue mostrado por el grandioso Zeus durante aquellos días en que, por primera vez, fui testigo de sus celebraciones. Grité, lloré, envidié y aclamé, y comprendí por qué las panegirias eran capaces de detener la guerra.
Tras los heraldos, venían los atletas. Al instante descubrí a Licino. Los tebanos desfilaban ahora en la novena línea y él iba colocado en un extremo. Durante un momento, creí que me miraba, pero enseguida vi que sus ojos tenían ante sí esa bruma brillante que los inunda, cuando en el cerebro bulle la responsabilidad suprema de la patria y el pueblo. No me decepcioné. Entendí en un instante, que todo había sido un juego de mi imaginación; el deseo de un niño de ser regalado con la atención de un héroe. Y desde aquel momento me dispuse a gozar de los Juegos, si bien decidí que, sin duda, aquél era el atleta por el que yo apostaba. Y en esa misma pugna, insté a Kebe a que eligiera a otro.
Pasaron los atletas y vitoreamos al nutrido grupo de nuestros atenienses. Un temblor me recorrió el cuerpo cuando Kebe me abrazó furioso, entusiasmado por la marcialidad de los jóvenes que nos representaban. “¡Cratino! ¡Cratino, es el mío! Ya verás como les gana a todos”, gritaba Kebe embargado de euforia. Tras los atletas, venían los helanodices y, tras ellos, todos los sacerdotes con sus báculos torneados y sus túnicas púrpura. Únicamente la sacerdotisa de Deméter caminaba a solas, expandiendo un halo de abandono y majestad auténtica. Traía un peplo de color celeste y una túnica malva que ondeaba tras ella como queriendo prolongar su figura más allá de su sombra. La luz daba en su cara y caía penetrando en sus pechos, haciendo más patente un sutil maquillaje, que hacía parecer a su carne casi como alabastro. Caminaba serena como la misma diosa. No en vano, ella era la única mujer que podía presenciar las contiendas.
Tras el desfile, logramos pasar bajo los Propileos. Y pegados al muro del Períbolo, conseguimos ver, allá, trazadas sobre el cielo, las columnas de humo que honraban a los dioses. Herodoto posó la mano sobre mi hombro y bajando su cabeza hasta donde estaba sumergida la mía, me señaló la humareda que correspondía al sacrificio quemado en el altar de Pélopas, cuyo augurio era -según me aseguró- feliz e inmejorable.
Ante el templo de Zeus, en torno a su ofrenda, los jueces juraron su participación haciendo honor a la tarea que el dios les tenía así encomendada. En medio del silencio, sus voces retumbaron severas y profundas. El calor y la aglomeración eran casi asfixiantes. Kebe agarraba nervioso mi mano y yo notaba su sudor como un jugo adherente e incómodo. Luego sonaron las trompetas. Fue un resoplido agudo parecido a una queja, cual si una gruesa lanza se clavara en el monte de Crono y lo hiriera. Acto seguido, comencé a oír cómo nombraban a cada uno de los participantes. Era la proclamación solemne ante el mundo entero. Los teoros hacían sonar sus instrumentos. Un silencio total recogía su toque. Entonces un juez gritaba el nombre del atleta, el de su padre y el de su noble patria. Un griterío enorme cerraba la proclama. Un instante después se escuchaba el nombre del siguiente. Escuché, como si del mío propio se tratara, el nombre de mi atleta. “Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas” y el vello se me erizó de nuevo en una extraña confusión de alborozo y de miedo.
Aquella noche, cuando regresamos a nuestras tiendas, Herodoto comunicó una gran noticia a nuestros actores. El Pritaneo eleo, informado por Fidias de nuestra presencia, quería que fuera representada “Antígona” en honor de sus ilustres huéspedes. Al día siguiente de finalizar los Juegos, y antes de que se marcharan los dignatarios y las delegaciones, la compañía de Efistenes habría de cerrar los certámenes con una demostración de su insigne arte. Se dejaba, pues, en sus manos el agradecimiento de la ciudad de Elis por la honrosa visita de los embajadores. El primer actor y Menexinos no ocultaban su dicha y regocijo. Sin duda alguna, tal representación les proporcionaría prestigio en el presente y futuras ofertas. Kebe no podía creer hasta qué punto Zeus le era una deidad propicia y prometió, espontáneo, que, en cuanto dispusiera de su primera dracma, la emplearía en obsequiar a un dios que así lo protegía. Desde aquel momento, pleno de responsabilidades, se calzó los coturnos que tanto le irritaban y una máscara de madera sin facciones que Arquestratos le había dado para sus ejercicios y no volvió a abandonar la agobiante clausura de la tienda. Nos veía marcharnos a las competiciones y su voz nos despedía con un saludo triste, pero en sus ojos se compendiaba toda la esperanza y la ilusión de quien sabe que le aguarda la gloria, pues que el duro sacrificio así se lo merece. Por las noches, a nuestro regreso, su voz estaba ronca. Brygos aseguraba que el día entero lo pasaba recitando febril y emocionado los bellos textos que Sófocles creara. Y en el silencio de nuestros jergones, a la vez que agonizaban las lámparas, yo le fui refiriendo, día a día, el esplendor de lo que yo estaba descubriendo y viviendo tan arrasadora y emotivamente.
Le conté cómo el disco de bronce rojizo y contundente se acoplaba a la mano nervuda de los hombres y ésta lo colocaba hacia atrás, lejos de sus espaldas. Le expliqué cómo se encogían luego los cuerpos perfectos de los competidores, cruzando sus piernas sobre sí, para luego, por entero, tensarse y girar y expandirse, lanzando el sol de bronce a la búsqueda de la esfera de Helio. Le hablé de cuerpos de canela, brillantes, sudorosos; extenuados bajo el peso del brío y la contienda. Y quise que mi voz fuera el sustituto fiel de todo aquello a lo que él se había negado tan generosamente. Le hablé de las jabalinas como estrellas fugaces delineando la tarde. De cómo resultaba difícil seguir su trayectoria, pues que, delgadas y veloces, se hacían invisibles como flechas disparadas por el arco de Ártemis. Y del modo en cómo, llegadas hasta el suelo, se hincaban crueles y feroces cual arpones de guerra, dejando tras de sí aquel zumbido de residuo silbante de viento encajonado. Quise que viera en mis palabras las cañas cimbreándose, jugando con la luz de la tarde rosada, en ese leve espacio que mediaba desde su caída hasta que los helanodices venían a arrancarlas, tras medir su distancia. Kebe me escuchaba callado. Su alma estaba plena. Junto a las hermosuras que llenaban su mente, estaba ahora esto que yo ilustraba como un sueño fantástico. En un momento dado, detuve la palabra. Quería comprobar si estaba ya dormido. Enseguida requirió que siguiera; únicamente escuchaba con los ojos cerrados.
Después le narré en qué consistía el pugilato. Él tampoco había asistido nunca a un enfrentamiento. Me gustó demorarme en el modo en que había visto vendar las manos a dos de los atletas. Las tiras de badana de piel de toro humedecida les eran colocadas por los gimnasiarcas que los habían situado en posición de electos, y parecía que éstas se acoplaran, dócilmente, en derredor de sus muñecas y puños, igual que la piel propia. Pero llegado su momento, no escatimé en referirle la brutalidad con que se resolvía aquel fiero combate, ni el rostro desencajado, contusionado y lívido, que presentaban los atletas que, exhaustos, no podían levantarse del suelo. Ni el peso que sentí que caía, cual una losa enorme, sobre quienes, desde el humillante regazo de la tierra, veían en sí mismos pisoteado el honor del que eran electos legatarios.
Le expliqué también emocionado el modo en cómo se efectuaba el concurso de saltos. Me había impresionado ver los cuerpos desnudos logrando, sin carrera ni impulso, recorrer la distancia desde uno a otro punto. Parecía que una fuerza mistérica impulsara sus músculos de hierro convertidos en materia liviana, sin peso y sin amarres. Me había gustado, sobre todo, asistir al silencio profundo, en el que se sumía el recinto entero, cuando los flautistas soplaban en sus cañas y trinaban sus músicas para lograr, de misterioso modo, que los cuerpos volaran, transgrediendo las leyes que los anclan al suelo.
Kebe me seguía escuchando con la mirada oculta e inmóvil como un muerto. De improviso, se estremeció completo. Vi su brazo desnudo tanteando en la sombra en busca de mi mano. El brillo de Selene se adentraba en la tienda por bajo los faldones y desnudaba, aún más, la carne en la penumbra. Me dirigí a su encuentro. Mi mano se juntó, amable, con la suya. Tenía el tacto espeso de los enfebrecidos. Se incorporó un poco y acercando sus labios me besó sobre ella. Sentí su beso seco. “Gracias, Antandros; tan sólo los amigos llevan el alma entre los labios buscando a los amigos. Ahora ya debemos dormirnos”. Guardé mi mano muy cercana a mi cuerpo y, de un instante después, ya no recuerdo nada.
La carrera de carros es, sin duda, el espectáculo que enloquece a las gentes con más pasión y furia. El día de su celebración el Hipódromo estaba abarrotado en toda su cabida. Agios me llevó para que viéramos la parada de carros, ya que entre ellos había tres tiros que llevarían las grímpolas de Atenas. En el resto de las competiciones, nuestra ciudad no había logrado ninguna de las victorias y nuestro orgullo patrio estaba realmente dañado. Por aquel entonces, Agios ya contaba en Olimpia con muchos más amigos y las puertas se le abrían con sencillez de ensalmo. El ambiente en las cuadras era fascinante. Los animales ya estaban uncidos y sujetos. Las cuádrigas permanecían separadas, para que los adversarios no pudieran descubrir las peculiaridades de los carruajes, no facilitándose, de ese modo, las adversidades. Entramos en el recinto que el sorteo había asignado a los tiros de Atenas. Todos ellos eran del padre de Alcibíades. Si bien se rumoreaba que, en realidad, quien era su verdadero dueño no era otro que el próspero Pericles, su hermano, quien por prudencia y elemental decoro no quería figurar como su propietario. Eran una docena de hermosos caballos traídos de la Iberia. Sus patas eran rectas, nervudas y potentes. Sus cuellos palpitaban en una inquietud altiva que demandaba lucha. Brillaban todos bajo la luz intensa del feroz mediodía y el calor resbalaba sobre sus lomos como seda traslúcida. En sus patas y sobre sus costillares, aun a pesar de la temperatura, tenían tendidas y amarradas piezas de lana de listas y colores luminosos y fuertes. Los aurigas habían cegado también sus ojos, para que no se inquietasen, con capuchones negros, lo que les daba un aspecto casi fantasmagórico. Yo no conocía a ninguno de sus conductores. Se trataba de tres muchachos desnudos, únicamente ataviados con cuantos correajes y trabas reclaman las carreras. El padre de Alcibíades andaba entre ellos impartiéndoles los últimos consejos, pues que, al parecer, cada haz tenía distinto comportarse.
Cuando sonó el aviso, subieron los aurigas y un esclavo quitó las caperuzas. Los animales relincharon y patearon con inquietud y alivio. Movían sus cabezas hacia arriba y abajo, con sacudidas secas, cual salidos de un sueño. Un instante después, se abrió el portillo, y oí, como una bocanada espesa y arrasante, el rugir de las gentes. Los aurigas se miraron por última vez entre sí, miraron a sus manos y aferraron las bridas en torno de sus dedos. Y yo tuve la sensación de que se ponían de acuerdo sobre alguna consigna. Con el pasar del tiempo, he aprendido que en aquella carrera se resolvía su vida y que era muy probable que alguno de ellos no pudiera regresar a su patria.
Los vi avanzar hacia el Hipódromo con el mirar perdido y el temblor en sus hombros, sobre los que ahora lucían una clámide de un color semejante al vino no mezclado. El sudor resbalaba en sus frentes, bajo sus diademas, como lágrimas gruesas. Ya en la arena, alinearon sus carros junto a las otras cuádrigas. Miraban hacia atrás y humedecían sus labios, buscando un apoyo que ya era imposible. Mientras, los helanodices, calibraban atentos que nadie partiera poseyendo ventaja. Desde mi posición, me fijé en sus piernas. Por un instante me pareció que estuvieran también construidas en bronce. Rectas y oscuras como fustes de ébano, tensas igual que gúmenas, sujetas sobre el carro, como si las correas que uncían sus sandalias las ataran al piso. Y tuve que cerrar mi boca y mis ojos, cuando, tras el toque agudo que anunció su salida, una gran polvareda brotó desde sus ruedas haciendo su partida furiosa y para siempre.
Agios me condujo entonces a un lugar desde el que la visión nos era más cumplida. La primera vuelta la vivimos caminando a espaldas de la gente. Y sentí un sobresalto cuando oí el bramar potenciado de todas las gargantas, pues que, ingenuo, supuse que había sucedido un terrible accidente. “No les sucede nada. Ahora pasan junto a los guardacantones -me informó mi padre-; por eso gritan todos”. Cuando hubimos llegado al lugar en el que nos esperaban Sófocles y Herodoto, me sentí de nuevo conmovido. El Hipódromo, visto desde aquel sitio, era como un mar fragoroso de gentes. Los carros corrían sumergidos entre el oleaje de las luces y el polvo. Destellaban las cuádrigas y sonaban las ruedas cual máquinas de guerra lanzadas desde un monte. Únicamente la majestad de la sacerdotisa de la diosa Deméter parecía transcender al momento y al acto. Costelada en su trono por los sitiales de veinte sacerdotes, regía la contienda desde su pedestal de mármol blanco con figura de concha. Imponente y espléndida, dotaba al certamen de un matiz de liviandad que contrastaba con la rudeza y ferocidad de los enfrentamientos.
Ninguno de nuestros carros alcanzó la victoria. Atenas iba sucumbiendo en todos los certámenes. Volvimos a nuestras tiendas con la desazón y la congoja de los humillados. Y yo no pude olvidar a los aurigas, por más que las palabras de Sófocles ilustraron nuestra velada haciéndonos caer en la cuenta de cuán ventajosa podía resultar para Atenas una prueba de humildad y modestia en tiempos de arrogancia y vanidad tan déspota y notoria.
Al día siguiente se celebró el pancracio. Tras las carreras, que, al fin, resultaron fructíferas para nuestra ciudad, se anunciaron las pruebas que tendrían lugar en la cuarta jornada; el enfrentamiento final de pugilato, el pancracio y la carrera de hoplitas. No aseguraré que había olvidado al atleta tebano, pero sí diré que, de un modo extraño, me volví a sorprender cuando escuché su filiación declamada en voz alta. El teoro que anunció su nombre tenía una voz nítida y el nombre de Licino sonó en el Estadio como una proclama: “Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas; nacido en territorio griego y hombre considerado libre”. Vi al atleta caminar tras el divulgador que anunciaba su nombre recorriendo el Estadio, haciendo la consulta a cuantos lo llenaban. Después se dirigió ante el altar de la diosa Deméter. Frente a él estaba la exedra de los helanodices, cuya inquebrantable rigidez les hacía semejarse a estatuas de basalto. Licino miró hacia lo alto y hundió la mano en la sagrada crátera, que guardaba los nombres de cuantos entrarían en liza. Con la suerte echada, apretada en su mano, se alineó frente a la balaustrada, esperando que el resto de competidores escogieran el trozo de cerámica que los emparejaba. Cuando la ceremonia concluyó, el sumo magistrado gritó el modo en que se enfrentarían: “Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas, contra Timanes, hijo de Eumastas, de la ciudad de Atenas”. Entonces sentí en mi interior el duelo de “Antígona”, pues que una cosa es las leyes que establecen los hombres y sus fidelidades y, otra distinta, las que inspiran los dioses, quienes no se detienen en delimitar ni sangres ni fronteras y dejan que su rumor rija y obre en nuestros corazones.
Los atletas se retiraron del Estadio siguiendo a los jueces a través del túnel al que se llama cripta. Desde allí fueron a la Palestra. Presencié el combate sintiendo que era mi propio cuerpo el que forcejeaba. Arrugué mi frente y constreñí mi cara; tensé mi mandíbula y aferré mis dientes. Y un fuego de bravura me quemaba por dentro, mientras mis uñas herían, sin sentirlo, a mis piernas. Clamé, lloré y sufrí; todo ello envuelto en una mezcla informe de odio sin sentido. Rogué al dios y mordí su desprecio, pues vi que ya su luz no alumbraba a Licino. Algo impropio y sin sentido me unía a aquel hombre a quien no conocía. Aún, en mis oídos, escuchaba yo el rencor acusador y airado de mis conciudadanos, quienes me reprochaban mi actitud traidora. Y en mi soledad de angustia y desencanto, buscaba yo, con fieros arañazos, escarbando en mi mente de niño que no sabe, el porqué de aquella fidelidad oscura y caprichosa.
Los cuerpos se aferraban tumefactos y heridos. Una extenuación dibujaba en sus caras el horror de la muerte y sus ojos buscaban, con órbitas inmensas, el alivio de un tajo. Nada podía hacerse para achicar la tortura. Habían llegado ambos a ese momento aciago en el que parece que el dios nos vacía de fuerzas y nos convierte en trapos a merced de las aguas. En un giro grotesco, Timanes derribó a Licino. Fue entonces cuando me buscó su mirada. Todo estaba acabado. Juro por Zeus que, durante un instante, ni latí ni fui hombre. El mundo zumbó en mis oídos con estruendo de guerra. Sí, allí estaba su mirada perforando la mía; entregándome algo que me aterrorizaba. No puedo recordar más que las sensaciones. Sus labios musitando palabras inaudibles por sobre la hinchazón y los cortes abiertos. Sus ojos rastreando el fulgor, huido y aterrado, que inundaba los míos.
Vi, asustado, cómo se lo llevaban sobre unas parihuelas. Su mano iba arrastrando, marcando sobre el suelo una línea discontinua de sangre. Y entre la algarabía demencial de mi gente, que proclamaba alegre el gran triunfo de Atenas, noté que me clavaba el rayo de cobalto de sus ojos exánimes. Cuando el pórtico se quedó sumido en el silencio y despoblado, me acerqué a las marcas. Toqué la sangre pisoteada y sucia. La miré un instante en el temblor inquieto de mi dedo. Y, sin saber por qué, la toqué con mi lengua. Sabía a sal y a hierro. Y sin comprender nada, corrí y corrí hasta refugiarme en nuestras tiendas, tembloroso y llorando.
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