PRIMERA PARTE
Del baúl de mi infancia saco todos mis viejos juguetes cuando, harto y transido de este ejercicio imposible en que consiste el ser mayor, me refugio en el desván de mis sueños e inventos. Entonces me imagino que vivo y todo se hace más suave y soportable.
I
LOS DÍAS LUMINOSOS
Yo, Antandros, hijo de Agios, del demo de Alopeke, de la ciudad de Atenas, escribo esta misiva a Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas, atleta no coronado en la ochenta y cinco Olimpiada, que los dioses tengan bien registrada en sus áureos anales, sus perennes memorias y sus rectos corazones. Escribo esta carta sobre la que hago encargo expreso a mi mujer Arete, hija de Milto, de la ciudad de Mégara, y a mis hijos Amasis y Alquifrón, quienes habrán de emplear toda su sabiduría, voluntad y hacienda, si fuera preciso, para hacerla llegar a su destinatario o a la estirpe de su sangre, en caso de su falta o la mía. Sea cumplido así mi encargo. Ya que en ella se encierra y palpita "El rayo de cobalto", del que debo hacer entrega rigurosa.
Yo, Antandros, comienzo a escribir esta carta a la edad de sesenta y cinco años, en la ciudad de Atenas, cuando cursa el segundo año de la noventa y ocho Olimpiada. Varios años hace ya que la sangre del maestro Sócrates fue teñida con el agrio jugo de la cicuta injuriante, Jenofonte fue exilado y Platón decidió llevar su amargura y desaliento a la ciudad de Mégara. Escribo los primeros párrafos de esta carta entre las telarañas de las noches más frías, cuando el viento habla con silbo de conspirador y la nieve se acuesta sobre el monte Himeto como el manto gélido de un depredador que se camufla, inmóvil, esperando saltar sobre su presa. Escribo esta misiva cuando Atenas se retuerce y plañe de impotencia y, por sus calles, en medio de la oscura penumbra, van y vienen los auspicios de la negra conjura de los débiles. Lento fue en aquel aciago tiempo el regreso de la Salaminia, la galera estatal, cuando tantos esperábamos que la lechuza azul que preside su quilla, símbolo de la sabiduría de Atenas, iluminara a este pueblo ávido de fanatismo y falto de cordura en horas tan definitivas y cruciales. Pero el tiempo se encoge o se distiende a su capricho. Y la vida es, al fin y al cabo, para los hombres, el sufrimiento de esa elasticidad arbitraria, que siempre nos es inapropiada a nuestras necesidades y deseos de presente. Porque los dioses trafican con el tiempo, y los mortales no alcanzamos a comprender ni sus juegos, ni sus afanes, ni sus siempre intrincados devaneos.
Escribo esta carta, no obstante, desde la macerada tolerancia. Pues que el paso de la vida y sus rigores nos doma a todos y curte y abatana como mantos usados. Y la aviesa profecía del terrible futuro nos vuelve débiles e indefensos como niños que todo lo temen y de todo recelan. Desprovistos ya de nuestros ardores y bravuras de otros tiempos, apenas recordados. Aprovecho las noches, cuando todos duermen en mi casa, pues creo que así mis recuerdos y presagios pueden deambular más a su capricho y grabar con más esplendidez y ahínco sobre mis escritos sus señales y estigmas. Sea de cualquier modo, escribo:
Nací -siempre dijo mi madre- a eso del medio día, cuando Helio coronaba los cielos y su lluvia luminosa de bronce doraba todo el Ática. Nací un día del mes de boedromion, cuando la ciudad celebraba las ceremonias de iniciación a los grandes Misterios de Eleusis y el templo de Deméter era un ascua de plata entre guirnaldas de mirto y rosas tardías enlazadas. Cuando las vides comienzan ya a henchirse y Dioniso, cabalgando sobre su pantera y con su tirso lujurioso en la mano, guiña el ojo a sus bacantes, como señal certera de una buena cosecha y de un jolgorio seguro. Y debió ser por eso por lo que siempre tuve una actitud proclive a la luz y, también, al arte y la belleza.
Y hasta tal punto debía ser eso así, que, niño yo, apenas comenzaba a fenecer el día, me recluía en casa de mi padre y, si era posible, en el lugar más recóndito de ésta, como si temiera un peligro o afrenta inminentes. Y esto fue desde un principio muy mal entendido por Agios, mi padre, quien lo interpretó como miedo o debilidad por parte mía, ante la vida que apenas estrenaba. Por lo que se dispuso hacia mí con una actitud feroz y exigente, ya casi desde mi tiempo de lías y pañales. Rigor e intransigencia, pues, presidieron siempre su relación conmigo.
Mas debo asentir que mi amor a la luz fue fervoroso desde mis días primeros. Pues, cuando mi madre pasó el trance de mi parto y la mujer de Sofronisco, que era la mejor comadrona de Atenas, le anunció que sus partes estaban ya otra vez sujetas y, en su ser, colocadas, mi madre se dispuso a purificar la casa como ordenan los dioses. Y me contó Forsila, -nuestra más vieja esclava-, que para ello se tendieron festones y alfombrillas y se colgaron guías de anémonas, jacintos y estefanotis blancos. Y me dijo que se aventó la casa antes de alborear y sin prender aún las lámparas. Y se coció el lienzo y el lino de las camas, clinos y almohadones. Y aseguraba que se quemó mirra e incienso en abundancia, y se hizo bullir agua con salvia y se efectuaron libaciones por todas las esquinas con el agua sagrada de las fuentes. Y cuando mi madre me tomó en sus brazos -aún, yo, con los ojos cosidos para mirar la vida- y me alzó sobre el altar doméstico, entre el humo acre de los sacrificios que subía al cielo sin dilación ni titubeo alguno, en ese momento preciso en que Helio levanta sus rodillas del mar y se dispone a inundar la tierra con su lumbre de ámbar, yo abrí mis ojos y lo miré todo como si, cuanto la luz doraba con su miel, fuera enteramente y de por vida mío.
También me refirió muchas veces Forsila que, apenas sobrevenía la noche, me acurrucaba yo y dormía en cualquier parte, lo que me perduró hasta que fui muchacho. Y que jamás, por extraño que pueda parecer, lloré ni abrí los ojos en medio de las sombras. Cual si tuviera bien certificado que aquél, el de la lobreguez, no era mi mundo y que con él nada me vinculaba, ni tan siquiera el miedo.
Nací el primer hijo de mi padre y ello fue recibido por él como un honor que le concedían los dioses que guardaban la casa: Hestia y Hermes. Y es que, de haber sido otro mi sexo, él no hubiera dudado en mandar que fuera abandonado en las afueras de Atenas, más allá del muro que levantó Temístocles, a merced de las fieras y las aves rapaces.
Fue, pues, mi fortuna y mi infortunio eso de ser varón, ya que, si bien salvé por ello la vida, durante mucho tiempo la tuve tan vigilada como si en realidad no me perteneciera. Ya desde un principio, en cuanto supo mi padre que mi madre había sido preñada, ordenó a Forsila que hiciera otro tanto. Por lo que no dudó en emparejarla con cuantos esclavos fue preciso para que se quedara la mujer encinta, sin saber de quién de ellos era aquel embarazo. Se previno así que la esclava tuviera las ubres bien repletas para mi nacimiento, ya que mi padre siempre consideró a su esposa débil y desnutrida de existencia. Llevaron de este modo ambas mujeres la preñez a un tiempo. Ambas, ahogadas por el temor de que parieran niñas. Ya que, en tal caso, serían, sin remisión, sacrificadas. Nací yo y a Forsila le obligaron el parto con hierbas y cocciones. No tuvo suerte. Y su hija le fue retirada sin que pudiera verla y sin que jamás se volviera a hacer mención de ello. Pero del corazón de la esclava y del de mi propia madre jamás se borró aquel baldón de crueldad y oprobio, por mucho que las leyes lo ampararan o lo ordenara el amo de la casa.
Desde entonces, las dos mujeres -cada una desde su posición y estado- hicieron causa común ante la vida y se quisieron y confortaron igual que dos hermanas. Fui, pues, hijo de dos madres a un tiempo. Pues que ambas me amamantaron y me compartieron. Siempre sin descuidar aquel celo y empeño que mi padre tenía por hacerme fornido y corpulento.
No fui nunca un niño de animales domésticos. Me gustaban los pájaros. Me gustaba verlos bañándose en la luz, cuando venían hasta nuestra terraza y, enloquecidos, se trenzaban jugando entre las parras, las higueras y adelfas. Admiré desde siempre esa gran libertad que parecía corolar cuerpos en extremo tan frágiles. Y, desde muy pequeño, fui, ciertamente, versado en sus trinos, hábitos y colores. Y cuando jugué a atraparlos, fue siempre para dejarlos en libertad más tarde. E incluso, durante algunos años, llegué a coleccionar sus plumas y sus huevos como un tesoro misterioso y remoto, lleno de claves y augurios insondables. Y cuando en una ocasión mi padre me trajo una tórtola sujeta de una pata para que la enjaulara, le rogué a Artemisa que la matara pronto. Creo que la diosa debió ser de mi misma opinión, pues que me hizo caso. Ya que, al otro amanecer, estaba seco el brío de sus redondos ojos y mudo aquel ardor que presentaran sus fuertes alas, tan sólo algunas horas antes.
Ya he dicho la extraña sensación que siempre me produjo la noche y su entorno. No es que yo la temiera; era la falta de luz lo que me la enfrentaba y me hacia esquivarla. Por eso, cuando fui capaz de fijarme en la bóveda e intuí que ese polvo brillante, que llamamos estrellas, debía estar compuesto de luces muy lejanas, sentí gran embeleso. Y muchas noches, recluido en el cubil amable de mi cama, cuando el silencio parecía compacto como el cuarzo, jugaba a recortar mi mano sobre la oscura bóveda enigmática. Dejaba entonces que los puntitos de plata titilante entraran entre los vértices terrosos que angulaban mis dedos, tensos y separados. En otras ocasiones, acotaba unos cuantos con el círculo que formaban mi pulgar y mi índice al cerrarse, y los imaginaba seres y formas cinceladas por la combinación que sugerían ellos y les ponía nombres. Y hasta los dibujaba casi a oscuras en el suelo o sobre mi tablilla de cera, para no olvidarlos y poderlos reencontrar a la noche siguiente. Me gustaba hacerlo sobre todo durante gamelion, pues es el tiempo en que las noches son más cortas y el clima más amable. Era entonces cuando por mi ventana entraba el aroma de las madreselvas, jacintos y jazmines, y se encontraba con la salitrosa brisa que me llegaba desde El Pireo y Muniquia. Y cuando fui mayor, me interesé por cuanto Filolao de Crotona, discípulo del maestro de Samos, enseñó sobre el movimiento de la tierra y sobre otras muchas cuestiones de la física que ordenan los elementos y los cuerpos celestes. Y siempre tuve para con los discípulos de Pitágoras un profundo y admirado respeto, tanto por sus doctrinas como por el modo de vida que observaban.
Crecí, pues, entre dos mujeres. Y sus diferentes formas de ser y de entender la vida, me abrieron, aun en el tiempo en que yo no era consciente de ello, toda una panorámica de su universo y sus inmensas almas. Mi madre era una mujer templada, sumisa a veces hasta la exasperación, callada y diligente casi como una perra, que atendía al que era mi padre como la mejor de sus esclavas. Tenía, eso sí, una tristeza lejana en la mirada y un rictus de dolor perenne alojado no se sabía bien en qué lugar de su siempre sellada y hermosamente perfilada boca. Era digna en el andar, elegante en el vestir y precisa en sus órdenes. Las esclavas la obedecían con respetuoso cariño y, yo creo que, más que a la señora de la casa, la consideraban la hermana mayor de todas ellas. Mi madre se llamaba Talía. Y he de manifestar que en nada se parecía a la representación de la musa de la comedia de la que, al parecer, alguien había tomado su nombre para perpetuarlo en ella, equivocadamente. Mi madre había nacido en la isla de Egina. Y quienes la conocían y han visitado el templo de Afrodita Afea que allí se levanta, sostienen que el mirar de mi madre es el mismo que el que ostenta la diosa. Como si por algún don u oculto motivo insondable, la hija de Júpiter y Dione hubiera, por un solo momento, desatendido a las Risas, las Gracias y los Juegos que constituyen su cortejo y su elenco, y hubiera querido reposar su mirada en los ojos verdes y grises, cual la bruma, de la que fue mi madre.
Forsila, la nodriza, mi otra madre, era una mujer rotunda y amorosa. Siempre estaba entregada a la ternura y jamás le alteraba nada por terrible que fuera. Era como si siempre viera mucho más allá de las cosas. Incluso, cuando miraba, lo hacía clavando los ojos en un punto lejano, como si el presente en realidad jamás la reclamase. Era como si la vida, a través de su esclavitud y su forzada y tronchada maternidad, ya le hubiera inferido cuanto mal y dolor podía administrarle. Y siempre he creído que sabía, con esa seguridad que se tiene para con las cosas que han calado ya su frío en el alma, que jamás nada podría ya asustarla. Incluso, cuando se reía, lo hacía sin creérselo, como en un mero juego que no la divirtiera. Y puedo asegurar que nunca he podido olvidar el punto exacto de dolor y amargura con el que un día oí que le decía a mi madre, en los tiempos difíciles, la única referencia que en su vida hizo a su anónima hija: "Cuando a una le han arrancado de las entrañas a un hijo y se lo han tirado a los perros igual que un desperdicio, ya no es posible que le resten más lágrimas".
Forsila había venido de Acaya. Mi padre la había mercado ya madura, completando una partida de grano que había trocado por un semental adquirido en Arabia. Pero como siempre había sido esclava, el yugo parecía no pesarle en exceso. En casa se movía con plena libertad. Y creo que era con la única persona con quien mi padre, a partir de un preciso momento, comenzó a medir sus palabras y sus comportamientos. Tras su brutal imposición para que quedara preñada, él había comprendido que únicamente a él era a quien, en silencio y con suprema dignidad, despreciaba y odiaba aquella mujer amable y maternal como ninguna, que de repente se había hecho vieja en nueve meses. Creo que también sabía con certeza que, tras aquella innominable ofensa, Forsila estaba dispuesta en cualquier momento, y sin importarle el posterior castigo del Areópago, a clavarle una daga o a administrarle un veneno letal, si se hiciera preciso. Y era en esa misma seguridad y falta de temor de Forsila en la que se apoyaba y refugiaba mi madre. Pues, entre ellas, tácitamente, habían sabido tejer un entramado que protegía sus vidas, su dignidad y su casa.
Entre ellas dos fui conociendo el mundo y sus días más suaves y diáfanos. Entre sus piernas y las olorosas telas de sus peplos comencé a dar mis primeros pasos y, a sus pies, a jugar con mis primeros taquines, ovillos y muñecos. Me encantaba sobre todo el olor que exhalaban sus distintos cuerpos, cuando me llevaban a la habitación de los baños. Y, entre las carnes lívidas de mi madre, me dejaban que me sumergiese en el agua como en un manantial integrador, magnífico y secreto para el resto del mundo.
Conocí, pues, desde muy pequeño, el placer del roce de los cuerpos cuando los cubre con su pátina el agua y los nubla y difumina, deleitosamente, el vaho que brota, al volcar desde las escaleras el hervor rebosante de las hidrias de arcilla.
Para aquella ceremonia periódica se sellaba a cal y canto la zona de la casa en la que se encontraba el fogón de las mujeres, la habitación de baños y el común; donde estaba situada, a su vez, la sentina, el patio posterior y la bodega. Únicamente dos muchachas esclavas, Forsila, mi madre y yo, quedábamos dentro de aquel recinto transformado de pronto en suntuoso ámbito encantado. Era entonces cuando se producía la magnífica metamorfosis: todo resultaba una fiesta sensual y excitante. Era como si el rigor y las normas que habitualmente presidían las labores domésticas se hubieran esfumado. Las muchachas elegidas corrían de un lado para otro con una agilidad inusual muy distante de su eterna pereza y desaliento. Hablaban, se reían, cantaban. Se soltaban el pelo atrevidamente y se lo volvían a sujetar de un modo informal en lo más alto, sirviéndose de prendedores de hueso o con horquillas de bronce trabajado, regalo de mi madre. Se quitaban, impúdicas, las sandalias y se remangaban las túnicas livianas dejando sus piernas, hermosamente, al aire. Hasta parecía que no les importaran las posibles objeciones o censuras que pudiera musitar mi madre, pues que sabían que ella se las hacía, ahora, de modo poco serio. Se afanaban, gráciles, primero en atizar la fiera lumbre como si pretendieran, en verdad, quemar por completo la casa. Luego, las ollas de bronce exhalaban un humo azul y malva que lo invadía y se pegaba a todo haciendo sudar a las paredes, a la vez que empezaban a rugir sus entrañas como vientres de sapos. Parecía como si el rumor surgiera de los ámbitos de Hades, el dios que vigila y rige el reino de los muertos. Era entonces, cuando los troncos se hacían de un rojo transparente cual el vidrio, cuando ellas cargaban sus enormes ánforas entre risas y chanzas. Y, acto seguido, se precipitaban, con sus hidrias sujetas al costado, pasillo adelante. Y, apenas abierta la escueta puerta del recinto de baños, sin ni siquiera descender los escalones que entraban directamente en la honda pileta, volcaban su contenido estruendosamente y sin reparo alguno. Luego, felices y veloces, volvían de nuevo a los fogones, no sin pellizcarse o hacerse cosquillas, si entre ellas se encontraban en el estrecho pasadizo por el que transitaban.
Era un trasiego jubiloso y feliz que a mí me emocionaba. En el trajín se mojaban sus peplos, se les aflojaban los ceñidores, y la frente y el pelo les sudaban generosa y exaltadamente. Y sus rostros se distendían y hermoseaban igual que lunas nuevas. Después, mi madre, se desnudaba y me desnudaba a mí. Todo muy lentamente, como si el tiempo hubiera dejado de pulsar y la clepsidra se hubiera detenido. Depositaba nuestra ropa en la poyata que estaba en la antesala, antes del cuarto de los baños. Recuerdo nuestras prendas mezcladas y olvidadas sobre el anaquel de mármol puramente blanco traído del Pentélico. Y hasta ahora me alcanza la dulce fruición de aquella imagen. Luego, Forsila, también desnuda, llevaba los aceites y perfumes, la gamuza, la pequeña estrigila para raspar la carne, y la piedra porosa. Y un milagro me parecía a mí aquellos pomos de colores, en cuya entraña giraban y se contenían, densas y transparentes, esencias tan atrayentes y olorosas como el áloe morado o la henna sangrante o el extracto de piperita de un verdor enigmático. Luego, los tres descendíamos por aquella mínima escalera, cuyos últimos peldaños ya estaban sumergidos en aquel mar rectangular de ámbito doméstico.
Entrar en el cuarto de los baños era como entrar en un ámbito en el que todo perdía sus perfiles. La luz que se filtraba por la ventana cegada por la pieza de ámbar era amarilla como leche cuajada. Y el vaho me acariciaba como un abrazo inmenso hecho de aceites tibios fuertemente esenciados. Forsila frotaba a mi madre firmemente con el guante de gamuza. Luego le recorría el cuerpo entero con la estrigila. Y más tarde la regaba, insistentemente, con el cacillo de plata repleto de agua clara. A continuación, le aplicaba la alheña rojiza sobre el pelo, el sangrante minio en los labios y, con polvo de antimonio, perfilaba suavemente sus cejas. Utilizaba también la piedra porosa para redondear sus uñas y aliviar sus talones. Y le frotaba suavemente sus pechos y sus partes recónditas, allá entre sus muslos, con polvillo de plomo; sumidas, ambas, en lo que yo he considerado una embriaguez de complacencia mutua.
Era éste un juego en el que yo también participaba, primeramente, de un modo ajeno e inconsciente, luego, pleno de sensual ingenuidad. Hasta que mi padre me prohibió que siguiera concurriendo en ello. Sospechando, seguramente, mi percepción creciente.
En realidad, a mí no me hacían caso más allá de unos cuantos chapuzones para que mi cuerpo se aclarase. Suponían que mi jugar en el agua ya era suficiente para todo mi aseo. Así, cuando el baño de mi madre estaba terminado, era Forsila quien se sumergía, cual un tierno cetáceo que buscara la calma. Y cuando ella ya se había aseado, los tres salíamos del agua y, ya en la escalera, antes de abandonar la templada estancia, nos secaba a ambos y vestía con ropas limpias perfumadas con hierbas. Desde entonces me acompaña ese placer inmenso que me supone siempre entrar en túnica o manto recién desdoblado y sacado de su sueño en el arca. Después, mi madre autorizaba a las muchachas a que chapotearan a su vez en el baño. Y mientras contemplábamos su fiesta, ya desde la antesala, tumbados ella y yo sobre un mismo clino, reposando, sintiendo yo el calor húmedo de su cuerpo de madre, reíamos y disfrutábamos a la vez que comíamos alguna fruta o bebíamos un vaso de ponche humeante. Cuando se descandaba el recinto, el silencio y el orden volvían a la casa y era difícil creer que todo aquello hubiera sucedido de aquel modo inaudito.
Exactamente el espíritu contrario presidía las ceremonias o actos en torno al altar. Mi madre era extremadamente rigurosa en todo lo concerniente a los dioses y no admitía dilación o descuido alguno, sobre todo con respecto a Hestia y Hermes, que eran los dioses protectores de nuestro hogar. A ellos se atendía con regularidad inviolada mediante ofrendas, libaciones y ritos en el altar que estaba en el lugar más digno del peristilo del patio.
La casa de mi padre estaba situada en la parte sur de la ciudad de Atenas, retirada del centro, en una zona poblada de pequeñas viviendas, entre la puerta Diomea que conduce a la costa de Falero y la puerta Itonia por donde sale el pueblo para dirigirse al cabo de Sunion, desde donde se despide a las naves y se contempla la grandiosidad del imperio y las islas. Desde allí el pueblo de Atenas trata de sentir y renovar, cada vez que se asoma al cortante, el dolor que debió embargar al rey Egeo cuando, creyendo ver las velas negras que le anunciaban la muerte de su hijo Teseo, se arrojó por el acantilado tiñendo con su sangre el mar dorado y dando nombre a un caudal desde entonces eterno, sagrado y misterioso, lo mismo que un sepulcro tallado por los dioses.
Allí, apoyado en las ásperas columnas de mármol de Agrilesa con las que está levantado el nuevo templo en honor a Posidón que erigiera Pericles en réplica y hermandad con el templo de Hefesto que se asienta en el Ágora, he sufrido y clamado yo también por el incierto futuro de esta patria que parece abocada a su propio suicidio por su obtusa ceguera. Y he temido que, una vez más, al igual que hicieron los persas, del templo del dios y de nuestra querida Atenas no queden más que enhiestos espigones como testimonio grotesco de un sueño destruido por quienes lo soñamos. Y he recordado, a la vez, los días bañados de luz en que mi madre me enseñara la cara cegadora de Helio, carro conductor de Apolo, al que no puede mirarse, pues que quema los ojos de quien osa. Y la he recordado en aquel mismo lugar, marcando ella con su brazo extendido el lugar exacto en que se encuentra Delos, isla patria y cuna del dios de la hermosura, cuyo Oráculo me informó un día tan acertadamente y hoy me reclama en su último párrafo.
Pero, de aquellos días luminosos de mi infancia, recuerdo también el dulce y disciplinado deambular de las esclavas preparando las guirnaldas y tendiendo las cintas, a la vez que acarreaban el kylix de los sacrificios y el cuchillo de sangrar los pichones y la leña menuda para el rito. Y, hasta en la oscuridad profunda de esta noche, me parece oír la voz queda y amable de mi madre haciendo sus recomendaciones y temblando, trémula, hasta certificar que la columna de humo subía dócil y diligente hacia lo alto y el presagio era favorable y benigno a la casa.
De aquellos días, recuerdo también, más como un rumor que como una imagen con tintes, formas y figuras, el murmullo dulce y laborioso que siempre se desplegaba en torno a los telares. Era en aquella habitación del fondo, a un lado de la terraza que miraba y presidía el jardín. Allí se refugiaban las mujeres que, frente a sus bastidores y urdimbres, bordaban o tejían, en una tarea que parecía no tener jamás fin. Anudaban y anudaban sus lanas de colores y, poco a poco, como por un ensalmo lento y casi imperceptible, iban surgiendo los dibujos de sus labores de trazos calculados, preciosas y precisas. Me gustaba mirar el fondo de sus barreñas con tintes de colores cual sangres caprichosas, sus hilos tendidos, sus lanas sin hilar metidas en los cálatos, la amable confusión de sus utensilios, materiales y artes, y aquel eterno montón de lana cardada en el que me guarecía y en el que me gustaba esconderme, para así percibir su olor remoto a oveja y a establo, a leche y a heno fresco.
Otro mundo que me apasionaba era el de la despensa. Calira era la muchacha que se ocupaba de ella. Junto a Forsila iba al mercado que se encontraba en la stoa del Ágora y allí se aprovisionaban de frutas, verduras y demás alimentos que estimaban precisos. Era el lugar donde se encontraban las mejores tiendas y bazares y al que concurrían mercaderes remotos. Para hacer acopio en ellas, las enviaba mi madre una vez por semana. O más, si se esperaba que alguien nos fuera a visitar o se preveía una reunión nocturna de mi padre y aquéllos que eran sus mejores amigos. A mí no se me dejaba acompañar a las mujeres a por las provisiones, porque aseguraban éstas que las importunaba. Por eso yo las esperaba impaciente, mirando desde el estilóbato de nuestra terraza, pues que, si uno se pegaba a la columna situada más próxima al poniente, podía verse un trecho de la calle por la que volverían. Y era una dicha verlas aparecer con todo el cargamento, pues bien sabía yo que, bajo las verduras y las hortalizas que venían arriba, también traían panecillos de sésamo, higos secos de Rodas, dátiles de Egipto o pasteles de miel y frutas muy jugosas. Venían siempre en formación de marcha: Forsila la primera, Calira, portando el mayor cargamento y casi derrengada, tras de ella. Algunas veces tenían que hacerse acompañar por algún muchacho de los que andaban por el Ágora buscando ganarse algún óbolo. Yo, apenas las descubría, daba el grito de guerra y bajaba, si no estaba mi padre, dando voces de loco hasta la misma entrada. Cuando ellas hacían su saludo al Herma, yo ayudaba a abrirles la portera. Y apenas cruzaban el peldaño, ya me colgaba yo de los capachos e iba, casi a rastras, hasta nuestra despensa. Allí era un festín para mis ojos ver todo lo que salía de aquellos cuévanos de promisión y magia. Seguramente, la rígida severidad de mi padre para con mis salidas a la calle, me hacía creer que cuanto provenía de ella era maravilloso. Sin duda, en todo ello se encierra esa esencia que a mí ya me llamaba y que luego supe que se denominaba libertad.
La despensa era un ámbito cargado de fascinación y sugerencias. Recelaba penetrar en ella, pues era un mundo oscuro. Estaba situada en un lateral del patio trasero, más allá del común y cerca del establo donde vivía Mirkos. Mirkos era el caballo negro de mi padre. A él, y hasta cierta edad, siempre me dirigí con gesto interrogante con la esperanza de que sus ojos fueran capaces de transmitirme y desvelarme en qué consistía la misteriosa frialdad y lejanía que acompañaban continuamente a Agios. Pues bien, de la despensa me impresionaba el frescor, igual en invierno que en los días tórridos de estío, cuando el sol es como un escudo al rojo vivo y la diosa Gea -madre y tierra a un tiempo- exhala su vaho, cual si tuviera una hoguera alojada en su pecho. La despensa estaba excavada en la tierra, tenía sus paredes gredosas y en ellas el tiempo había escrito y dibujado con zarpazos de moho perfiles, formas y amuletos que yo creía interpretar entre fantásticos amaños e ilusiones terribles. Había que entrar en ella provisto de una lámpara. Y para mí, durante mucho tiempo, fue un reto y una temeridad adentrarme en aquella especie de entraña cavernosa que era capaz de concitarme a un tiempo temblores y misterios en una mezcla que nunca supe si me producía terror o es que me fascinaba. Fue, quizá, la primera vez que sentí esa dualidad de sensaciones que luego me ha acompañado a lo largo de mi vida y que es aún un verdadero enigma ante mí mismo. Y fue allí, en la bodega de la casa de Agios donde un día supe, revestido de arrojo, que había dejado de ser niño y era ya un muchacho, sin que la voz o el trato de los mayores tuvieran de otro modo que certificármelo.
Mi cuarto estuvo situado, apenas salí del de mi madre y se me asignó uno propio, al lado de la terraza que presidía el patio posterior de la casa. A un lado, estaban las habitaciones propias de las mujeres, al otro, el cuarto para los invitados, que siempre permanecía cegado aunque dispuesto para recibirlos. La habitación de mi padre estaba al otro extremo de la casa, junto al lugar de los simposios, contigua a aquel cuarto que él tenía dedicado a sus negocios, en el que recibía a quienes venían a hacer con él tratos y ajustes.
La casa de Agios era, sin duda, de las más espléndidas de todo aquel contorno. Y, salvo la del padre de Nicias que era conocida y admirada por toda la ciudad como la más bella mansión que podía soñarse, pocas había que estuvieran tan hermosamente construidas y tan finamente decoradas. Mi padre se dedicaba a los asuntos del comercio. Sus barcos mercantes eran bien conocidos en las dársenas de Cántaros, Zea y Muniquia, donde siempre había alguno cargando o descargando grano, especias o aquellas magníficas ánforas, cráteras o hidrias que eran casi como su propio emblema. Era un hombre refinado, a quien gustaba, personalmente, encargarse de escoger una a una todas aquellas piezas que lo habían hecho famoso y creado un renombre importante. Era el tiempo en el que el Ceramicón comenzaba a convertirse en el barrio más importante de Atenas. Situado en torno a la puerta Sacra y a la de Dipilón, es allí donde siempre han vivido los más hábiles constructores y decoradores de vasos y cerámicas de cuantos se pudieran concitar en el Ática.
Fueron, en verdad, aquéllos, unos días felices. No es que yo recuerde nítidamente cuanto aquí narro y explico. De aquel tiempo solamente conservo difusas sensaciones y remotos retazos. Fue la locuacidad amable y cariñosa de Forsila quien se preocupó de que yo tuviera memoria de unos días que, de no ser por ella, hubieran quedado sepultados dentro de mi pasado sin que pudiera yo regustar su dulzor, cual el néctar de una memoria regalada. Porque -según decía ella- los hombres deben saber cuáles han sido todos sus pasos, incluso los que fueron guiados por los dioses cuando ellos, por sí, aún no se valían.
Fueron días felices no sólo para mí, sino también para toda la patria. La doble victoria conseguida cerca de Salamina hizo que la ciudad entera enloqueciera en fiestas. El noble Calias fue coronado con honores de héroe. E Hipónico, su padre, no sabía qué hacer con sus riquezas, para que todo el pueblo: ciudadanos, seugites o thetes disfrutaran de la gloria y el premio logrado por su hijo. Hubo participación y convite para todos. Pues, hasta para más de cuarenta mil metecos y para unos trescientos mil ilotas, hizo llegar una dádiva a modo de regalo que aún se recuerda. En todos los templos se hicieron sacrificios. Pero en Delos, primera entre todas las islas a las que llamamos Cícladas, por ser la nodriza de Apolo, se estimó que debía celebrarse una hecatombe. Sacrificáronse, pues, cien bueyes y su encarnadura tintó el mármol blanco del Pórinos Naós, que Pisístrato mandó edificar. Quienes lo presenciaron dicen que por aquel entonces el templo resplandecía en su soledad igual que lo hace un ascua. Pues bien sabido es que el propio Pisístrato, cursando ya el período de su tercera tiranía, aconsejado por un oráculo, a la vez que celoso de que la población pudiera molestar al dios, ordenó despoblar cuanto terreno circundaba al sitio santo de la divinidad. Incluso, no conforme con ello, no dudó en desenterrar a cuantos ciudadanos reposaban allí, entregados ya a los confines más profundos de Hades.
La paz que suscribiera Calias con los persas nos llenó de optimismo. Reconocía que la hermosa isla de Chipre, así como las ciudades griegas, que como estrellas se diseminan por el Asia Menor, fueran autónomas, aunque los persas ejercieran sobre ellas la codiciosa influencia de su imperio. Al tiempo, nuestro mar Egeo, emblema y hogar de nuestro pueblo, volvía a ser, sin injerencias, nuestro. Ello nos restauró un orgullo durante muchos años maltrecho y esquilmado. Entonces, el futuro de nuestra amada Atenas se hizo prometedor e inmenso, como parece hacerlo la línea trazada de Oriente a Occidente cuando la Aurora, mensajera del Sol, abre cada día con sus rosados dedos las puertas de lo inmenso.
Aprendí a andar al mismo tiempo que Atenas se ponía en marcha. Abandoné el suelo miserable y el reptar sobre él a la vez que mi patria levantaba su frente. Siempre he creído que en tal coincidencia se encerraba el embrión de un oráculo, que presiento que está a punto de ser, en mí, consumado. Pero nunca he estimado que debía forzar la retirada del sello que lo guarda. Sean los dioses, con su sabiduría, quienes me informen a su debido tiempo y sean ellos quienes encaminen mis pasos sin retorno.
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