3.11.13

CAPÍTULO VIGESIMOCUARTO




Todo vuelve y retorna a la partida. Aquél que fuimos, ése, volveremos a ser. Entonces podremos constatar sin duda alguna que el vivir no fue más que un viaje aventurado por el exterior, un huir esperanzado de nosotros mismos, que no nos reportó más que desencanto, vacío y soledad. Jamás puede borrarse el estigma impreso en cada célula. Por esa razón se impone el reencuentro; la aceptación valerosa de quien se es. Y sólo, cuando se vuelve a lograr, sin menosprecio, la íntima reconciliación con nuestra esencia, uno puede dormirse apaciblemente para siempre, sabiendo que el vivir, aun a pesar de todo, le mereció la pena.
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XXIV

EL CIRCULAR CAMINO DE LOS DÍAS

Estos últimos años que he vivido han sido para mí un viento calmo que ha ido serenando mi existencia. Lo proclamo hoy desde la tristeza y la desolación más absolutas y ello puede parecer un contrasentido. No es así, pues junto a la apacibilidad que ha ido recobrando mi alma, sucesos horribles y nefastos han poblado los últimos tiempos en mi patria. Pido un esfuerzo más a mi cansada mano, ya que quiero escribir lo acontecido dentro y fuera de mí en los días pretéritos que cumplen mi existencia.
   Pocos meses después de haber tomado mujer, recibí la noticia de la muerte de Pistias. Sentí el anuncio como la dentellada que me diera un perro ofuscado por el mal de la rabia. Miré su aro de cobre en mi dedo. Mi amigo y antiguo preceptor había sido ajusticiado por las autoridades de Rodas. Su lealtad le había llevado a buscar hasta encontrarlo el rastro de mi padre. Al parecer, Agios, tras errar por otras tierras, había encontrado el solaz en esa isla, y allí deseaba entregarse en soledad a sus días postreros. Ahora, una misiva mandada escribir por el frigio en sus últimas horas, y que me llegaba por mano de un viajero de Ítaca, me explicaba todo lo acontecido. Mi padre había muerto hacía muchos años; exactamente dos días después de mi triunfo en Olimpia. Teofrasto y Estilpón habían procurado con urgencia su envenenamiento, antes de que a sus oídos pudiera llegar el clamor de mi gloria. La venganza de aquellos indignos rodios, ante mi negativa a atender sus deseos, había sido cruel y deleznable. Por eso Pistias se proponía pagarles con la misma moneda. En su mensaje pedía el amparo justiciero de Atenea y me testimoniaba su amor eterno a las casas de Agios y de Antandros. Si su empresa se cerraba con el éxito, él se entregaría a las autoridades y aceptaría la muerte sin reservas. Leí la carta sintiendo, emocionado, la voz de Pistias vibrando entre mis manos. Lo recordé en aquel día de mi infancia junto al Eridano, cuando me sorprendiera con su saber sobre peces y aguas. Sentí su presencia cual si caminara de nuevo tras de mí en mi ruta diaria a la escuela que Lamprocles atendía en el Pórtico. Creí verlo entre las brumas de mi agotamiento cuando trotaba sobre Butión, llevando a Mirkos de las riendas, y yo les seguía corriendo en nuestro camino ilusionado hacia Olimpia. Vi, en fin, su nombre cincelado junto a otros sobre aquella piedra de la libertad, colocada cerca de las escalinatas que daban acceso al gran templo de Apolo.
   Despedí al muchacho de Ítaca, tras llenar su equipaje con cuanto me pareció que podía serle señal inequívoca de mi gratitud, y me retiré al silencio de mi estancia. Solicité la compañía de mi esposa y yací entristecido junto a Arete en la penumbra amable de un día caluroso del mes de metagitnion. En el tiempo sin tasa de la larga tarde, gocé de la caricia y el olor de su cuerpo desnudo junto al mío, sumido en la pereza y el desánimo en que confluía la dicha que ella me aportaba y el rudo dolor de las noticias recientemente recibidas. El vientre de la niña ya había comenzado levemente a curvarse y, a mí, la grandeza de su maternidad y su inmenso desvalimiento me sumían en el misterio enlazado de la vida y la muerte. Arete me amaba con la esplendidez de quien, instintivamente, sabe leer con prontitud el lenguaje de los corazones. Ya no me tenía miedo alguno. A veces, me parecía una niña que jugara segura entre los brazos protectores de su padre, aunque, en su momento, supiera mostrarse como una mujer plena y suscitar en mí toda la complacencia del amor y del sexo. La congoja inmensa, que me había ocupado tras mi primera noche junto a ella, había abierto mi entraña ante sus ojos. Efectivamente, mi hermana Caris sabía conocer a las mujeres. He dejado, siguiendo el consejo que ella me dictara, que Arete sea una buena mujer, y debo agradecer a Hera la fortuna que ha derramado sobre mi matrimonio. Y cuando hago repaso del tiempo que he vivido, debo reconocer que los dioses me han permitido encontrar en mi camino hombres y mujeres cubiertos de grandeza que han dulcificado con su saber y su presencia los días ásperos y aciagos de mi vida, cual si una copa de ambrosía hubiera endulzado la amargura.
   La vuelta triunfal de Alcibíades a Atenas le procuró de inmediato la reelección como estratega y su regreso a Asia Menor al frente del rearmado ejercito. Las circunstancias así lo aconsejaban, pues la relación de Esparta con Dario-II y su hijo Ciro, apodado “el Joven”, parecían poner aún en mayor peligro las tierras de la Jonia. Atenas depositó sin reservas su confianza en Alcibíades y le permitió, incluso, que su amigo inseparable Antioco le acompañara como lugarteniente. Yo di también mi beneplácito, en la creencia de que la eterna amistad entre ambos supiera refrenar los desmanes y extravagancias del orgulloso pródigo. Sin embargo, pronto fuimos nuevamente estafados. Entregado obsesivamente a la consecución de turbios recursos económicos y nuevas intrigas, dejó al ejercito en manos de Antioco, a quien muy pronto derrotó el navarco Lisandro. Cuando llegaron a la ciudad las noticias del desastre de Notión, ya nada pudo salvar su ominoso destino. Huérfano de toda confianza y sospechoso de entendimiento con el enemigo, fue obligado a partir para el exilio. En sus horas amargas, Sócrates y yo estuvimos a su lado y de nuestra intervención se consiguió que su destino fuera el de Quersoneso de Tracia, lugar en el que contaba con algunas posesiones que hubieran podido concederle una vida serena. Su partida fue infinitamente más amarga que fastuosa había sido la pompa de su ya olvidado retorno. El pueblo lo maldijo una y mil veces, pues que su reprobable actuación nos obligó a fundir cuanto oro y plata se acumulaban en los tesoros y ricos ornamentos custodiados dentro de nuestros templos. La patria quedaba, pues, condenada a la absoluta ruina. Presencié cómo Sócrates despedía a Alcibíades con el semblante de quien dice adiós a alguien muy querido que ya ha muerto. “Nunca volveremos a verlo”, me musitó. Y creo que en sus ojos brilló el húmedo parpadeo que acompaña a la auténtica pena.
   Quiero dejar constancia sucintamente de la gran pérdida que me supuso, algún tiempo después, la muerte de mi entrañable Sófocles. Lo hago con esta parquedad, como testimonio de que el más grande dolor únicamente puede ser narrado con la elocuente aridez de los silencios. Su gran longevidad en nada mitigó mi aflicción. Y, antes bien, como algo consustancial que no puedes concebir que vaya a sustraérsete, así pené yo la marcha de mi maestro y de mi gran amigo. Y por todo ello, talladas en mi memoria, siempre estarán las hermosas palabras que Simias escribió en su epitafio: “Trepa apaciblemente, ¡oh hiedra!, sobre la tumba de Sófocles. ¡Cúbrela en silencio con tus verdes ramas; que por todas partes se vea abrirse la tierna rosa! ¡Que la viña cargada de racimos rodee con sus tenues pámpanos el mausoleo erigido para honrar la ciencia y la sabiduría del poeta amado de las Gracias y de las Musas!” Paz eterna para quien siempre fue ante mis ojos un anciano sabio y venerable; un hombre honrado y ejemplar; mi más querido padre.
   Nutrido de resignación, vuelvo a enumerar otros acontecimientos vividos durante estos años. Respiramos aliviados cuando, tras la costosa construcción de nuestra nueva escuadra, supimos que el astuto Lisandro había sido depuesto en su cargo por los espartanos, acusado de no seguir fielmente las normas que le eran dictadas por los políticos de Esparta. En sus funciones fue sustituido por Calicrátides, quien, a nuestro esperanzado parecer, no reunía las condiciones de ferocidad ni las habilidades de su antecesor. Muy pronto, nuestros pronósticos fueron ratificados. Cerca de Lesbos, en la isla de Arginusas, Conón venció a la flota enemiga y dio muerte a su almirante. Todo hubiera redundado en éxito y gloria magnífica si aquella tempestad, aliada de los dioses que nos eran adversos, y que parecían procurar, tenaces, nuestro infortunio, no hubiera hecho zozobrar nuestros navíos. Los barcos, dañados seriamente en la refriega, fueron sepultados por el mar bravío y tenebroso. Posidón los tronchó con sus airadas olas y los condujo al fondo negro de sus aguas. Junto a los veinticinco cascos malogrados, más de dos millares de hombres de sus tripulaciones quedaron a su suerte sobre la vorágine sin que, quienes acudieron en su auxilio, pudieran hacer nada para rescatarlos y conseguir que sus cadáveres encontraran la paz bajo la tierra.
   El luto cayó de nuevo sobre Atenas, pesado y cegador, como un sudario negro. El pueblo indignado reclamó, como nunca lo había hecho antes, castigo sin piedad para los generales gestores del rescate. Por vez primera me opuse abiertamente a mi amigo Cleofonte, a quien Arquedemo condujo, a mi entender, por una vía que me pareció a toda luz injusta e insidiosa. Por decisión de la Asamblea del pueblo, el juicio se había puesto en manos del Consejo, que era quien debía juzgar la actuación de aquellos generales. La acusación, en un principio, no parecía grave, ya que la lamentable muerte de los náufragos se había debido a la tempestad y no a la negligencia de quienes habían acudido en su ayuda. Sin embargo, el caprichoso opinar del pueblo, conducido y alentado por la envidia y la maldad de algunos eruditos, hizo tomar a los acontecimientos un giro que comenzó a resultar trágico y, en verdad, alarmante.
   El proceso contra los almirantes resultó una total infamia. Se soslayaron las leyes para atender los gritos de la plebe. La cólera y la ira se hacían patentes en dientes apretados, voces furiosas y ojos achicados por el odio. La firme voz desaforada de Sócrates clamó ante aquel atropello. Era su tribu, la de Antioquís, la que ejercía entonces, según el turno establecido, la pritanía. Él, como prítano, se opuso a todos ellos, aun a pesar de que se le amenazara abiertamente con el encarcelamiento. La firmeza de su razón y su coraje no pudieron detener la condena ni la ejecución inmediata de los seis generales que se hallaban sometidos a juicio. El grave enloquecimiento y la ingratitud popular eran ya una enfermedad dueña de nuestras calles. Y el rencor de los vulgares jamás pudo tampoco borrar de sus memorias al hombre que, tan clara y firmemente, les había hecho patente, con razones y ejemplos, su maldad y demencia. Muchos fueron ya los enemigos de aquél que buscaba la honradez interceptando valerosamente a la mentira.
   La arbitraria muerte del hijo de Pericles y de Aspasia, junto a los otros cinco ajusticiados, fue un nuevo golpe para la democracia. Todos ellos habían sido firmes pilares del partido popular y su falta sería un mal irreparable para todos. Sentí cada una de aquellas muertes como la mutilación de un miembro propio.
   Una nueva derrota sufrida en Quersoneso de Tracia volvió a sumirnos en el desaliento. El navarco Araco, siguiendo los consejos del astuto Lisandro, logró sorprender a nuestras naves en la desembocadura del río Egospótamos. Conón, con algunas naves, consiguió huir y refugiarse en Chipre. Los vencedores ejecutaron sin piedad a más de tres mil de nuestros hombres dejados a su suerte en desbandada.
   Los primeros meses de vida de mi hijo Amasis fueron los más vergonzosos que puedan concebirse, aquéllos que un padre jamás pueda desear para que en ellos su hijo vea la luz de este mundo. Atenas fue asediada por tierra y por mar. Agis, Pausanias y Lisandro ciñeron un cerco de hierro a nuestro alrededor y estrangularon el suministro de trigo que nos provenía del lejano mar Negro. Únicamente Samos permaneció como nuestra aliada. Y, en pocos meses, el hambre barrió con su guadaña todo lo almacenado. Un aluvión de clerucos vino a refugiarse a la ciudad temerosos de su suerte si permanecían en el extranjero. De nuevo, la sombra de la peste, cual la de un ave siniestra, planeó sobre nuestras cabezas humilladas e incapaces de hilar pensamientos que pudieran guiarnos. La intriga, la venganza, la denuncia y el odio se erigieron entre nosotros como únicos puntos cardinales entre los que orientar nuestro confuso destino. Todo cuanto de ruin posee el ser humano afloró en un mercado de bajezas e insidias, pues que cualquier cosa era materia de venta o de soborno con tal de conseguir con ello comida o influencia. El hambre retorció todos nuestros estómagos, y sólo quienes ejercían el robo o la intimidación con su poder o su fuerza, podían disponer de algunos alimentos. También mi hacienda fue mermando, pues hube de vender o trocar todo cuanto podía procurar lo necesario para quienes moraban en mi casa. Una vez más, las valerosas mujeres de Atenas hicieron de la resistencia y la austeridad su señal y estandarte. Y mientras los hombres vivíamos encenagados en un lodazal de maldad y rencores, ellas volvían a erguir la cerviz de la patria. Vendí la casa de Agios y la villa del campo, sobre las que pesaban peligro de confiscación, y repartí su producto con mi hermana Caris. Fue duro abandonar los lugares en los que se encerraba mi recuerdo y mi infancia.
   Cuando Esparta nos ofertó la paz, el pueblo estaba extenuado. Oí, preso de desconcierto, gritar a Cleofonte su rechazo. Sin duda, mi amigo era víctima de un delirio que le había arrebatado el juicio. Por segunda vez, tuve que oponerme a lo que él proponía. Aún recuerdo sus ojos, desbordando sus órbitas, mirar incrédulos los míos. Jamás entendió mi postura. Jamás entendió que, pese a sentir el dolor, la vergüenza y la humillación como un fuego que me abrasara por entero el alma, la suerte de Atenas estaba ya echada. Nuestra gloria no era más que un cadáver que habíamos de sepultar si no queríamos que la podredumbre infectara nuestro maltrecho resto.
   Fue sobre las espaldas de Terámenes sobre las que cayó la ardua labor de negociar la paz en Salamina. Trémulo y abatido, enumeró a su regreso, ante la Asamblea, las condiciones que Esparta nos imponía sin concesión alguna. Con el llanto contenido en nuestros ojos, cuantos integrábamos la Asamblea ateniense, aceptamos el hundimiento del imperio y rogamos para que Esparta no atendiera las demandas de Tebas y Corinto que proponían la destrucción de la ciudad entera, incendiándola.
   Odié el año, el mes y el día en que comenzaron a ser derrumbados nuestros Muros Largos. Los lacedemonios arrasaron la obra que levantó Temístocles, cual si quisieran borrar nuestras más virtuosas señales del pasado. Más que la infamante imposición de reducir nuestra flota tan sólo a una docena de navíos o renunciar al Imperio Ático e ingresar forzosamente en la Liga del Peloponeso, aboliendo definitivamente la de Delos, me hirió el arrogante desembarco que Lisandro hizo en El Pireo. Maldije la luz con la que Helio hizo brillar aquel nefasto día en el que, ajena a nuestro dolor, la naturaleza ya iba reventando en una nueva y limpia primavera. Y cuando Terámenes leyó el decreto que le entregó Lisandro, y en él los nombres de quienes serían nuestros “Treinta Tiranos” y luego enumeró, uno por uno, a los tres mil únicos ciudadanos a quienes nos serían reconocidos los derechos civiles, maldije mi existencia, pues que me permitía ser testigo de aquella afrenta vergonzosa que esclavizaba a una ciudad entera.

   Supimos del asesinato de Alcibíades perpetrado por la mano del mismo Fornabasses. Y aunque siempre supuse que la muerte de Alcibíades nunca acaecería a su vejez o sobre su lecho de ancianidad, la noticia sembró en mí un extraño punto de inquietud. El maldito sátrapa de Persia, lo asesinó para atender el capricho mezquino de los lacedemonios. Sigilosamente, con el reptar sinuoso de las víboras, iban inoculando su veneno en quienes a ellos les parecía que se perpetuaba de algún modo el viejo esplendor de nuestra patria.
   Enseguida, Atenas volvió a ser malvada y fratricida. Un nuevo aldabonazo nos resultó la muerte de Autólico, asesinado por la espalda, buscando el cobarde amparo de las sombras, cuando se dirigía solo hacia su casa. Pocos días después de aquel suceso repudiable, Alexias se quitó la vida. Su estrecha relación con el atleta muerto hizo que su caída fuera la gota que derramó su copa. Y cuando escuché, leída en alto por Platón, la misiva que él nos dejó a sus amigos como adiós y testamento, sentí cómo la voz del gimnasiarca arrancaba de mi propio pecho una a una sus palabras y con ellas empedraba una ruta sin retorno hacia el desaliento. Rapé mi cabeza en señal rigurosa de duelo, no sólo por mi querido Alexias, sino por cuantos crímenes se estaban perpetrando en la carne de Atenas. Quizá, sólo una cosa podía restarnos como sublime enseñanza legada por nuestra pisoteada democracia: que nadie debía ser aniquilado por lo que pensara. Eso ya invalidaba a nuestros opresores y convertía en mezquina y malsana su propuesta oligárquica y tiránica.
   Aquel atrevimiento mío me puso en un serio aprieto. Fui denunciado por mi actitud. Mi cabeza rapada era, según Méleto, una provocación y un desafío a las autoridades. No vacilé en ofrecer mis brazos a los soldados cuando vinieron a prenderme. Ante el Consejo de los “Treinta Tiranos” presenté mi frente altiva y contesté con fría sequedad a cuanto me acusaron. Encaré permanentemente los ojos enramados en sangre del irascible Critias y busqué la avergonzada mirada de su cuñado Cármides, pero no la encontré, pues que seguramente ya no podía mirar a otro lugar que no fuera el suelo por el que su vileza se arrastraba. Yo estaba aterrado, pero sabía que a mi causa le asistían la verdad y el honor, mientras quienes se erigían como mis jueces no poseían como aliada más que a la iniquidad. Mientras la larga espera que hube de soportar durante sus deliberaciones, pensé en los tiempos antiguos, cuando Cármides era mi amigo y el muchacho más hermoso que yo hubiera visto. Ahora su rostro era como el de una rara máscara en la que la belleza hubiera sido ocupada por un filtro invisible, paralizando su gesto en un rictus carente de vida y de expresión. Pensé que, tal vez, mi viejo amigo había sido condenado por Afrodita a no envejecer. Pero su rostro no tenía ya ni la belleza del de un efebo ni la dignidad que suele aflorar en el de un anciano que ha sido dócil y permeable ante la vida. Su rostro era solamente el de un espectro torcido en una mueca; el recuerdo grotesco de lo que había sido y ya no sería nunca.
   Supe que Terámenes habló en mi favor y que hubo de enfrentarse incluso a quienes ostentaban el mando de la guarnición espartana y que eran el respaldo del infame Consejo. Los miembros de la armósta tuvieron que decidirse tomando partido entre las argumentaciones de Critias y las de Terámenes. Critias no le perdonó nunca aquella controversia que él consideró una afrenta injuriante. Poco tiempo después, presentó contra mi defensor una denuncia que le valió la muerte. Más de mil quinientas personas fueron ajusticiadas en aquellos días luctuosos. También Cleofonte recibió la muerte, acusado de un delito falso. El terror impregnaba el aire de nuestro respiro, como el de una hoguera fúnebre obligada a prender en un campo remoto de batalla. Olía a muerte, a traición y a mezquindad por todas partes. Cualquiera podía ser víctima en cualquier momento de aquella tropelía. Al faltar Terámenes, la facción de los oligarcas moderados se quedó sumida en la impotencia. Muchos ciudadanos huyeron al exilio y a muchos nos fue confiscada parte importante de nuestros escasos bienes y puesta en entredicho y vigilancia nuestra lealtad. En medio tan adverso, mi esposa supo resistir con la bravura de una mujer de hierro. En su aparente debilidad he encontrado cuanta fortaleza y apoyo puede un hombre desear en quien lo ama y acompaña. Cuidó de Amasis con austeridad y celo, e hizo que el muchacho fuera creciendo sin que en su alma ardiera el fuego de la tragedia ni el del resentimiento, sino el fervor a los dioses, el anhelo del esplendor perdido y el respeto a las antiguas leyes. Por eso, cuando ahora lo veo corriendo en el Estadio, sé que es a ella, más que a mí y a mi sangre, a quien debe ese fresco espíritu que le hace creer en la vida, la patria y los dioses. Pocos placeres pueden hoy resultarme más gratificantes que contemplar a Caris y a Arete conversando sosegadamente en nuestra terraza o admirar a Atreo y a mi joven Amasis corriendo en el Estadio.
   Trasíbulo de Estiria fue nuestro nuevo salvador y nuestra esperanza. Él, junto a setenta valientes convencidos del valor supremo de la democracia, se apoderó de las fortalezas de File y de Muniquia, que ahora aparecían como islas perdidas sin el apoyo de los Muros Largos que antes les servían de amparo. El ataque fue realizado por sorpresa. De inmediato, supimos que Critias había sido muerto en el combate y sentimos alivio. Después, los oligarcas tuvieron, apresuradamente, que huir y refugiarse en Eleusis, solicitando ayuda desesperada a Esparta. El templo de Deméter fue tomado y obligado a servir de cobijo a quienes querían constituirse allí como gobierno autónomo. Y un amanecer soleado, en el que nada parecía llamar a la tribulación, Atenas se vio de nuevo consternada por el anuncio de que un nutrido ejército, bajo el mando fiero de Lisandro, venía en apoyo de los atrincherados y dispuesto a aniquilarnos. Juro por los dioses que creí que aquel día iba a ser el último de nuestras existencias, que la ciudad sería incendiada y todos pasados a cuchillo por nuestra rebeldía. Y creo que solamente la intervención de las divinidades, inspirando al rey Pausanias en favor de la reconciliación entre nosotros, pudo ser la razón disuasiva en aquella guerra demente y fratricida. El rey de Esparta, que aborrecía la ambición de Lisandro, siguiendo los consejos de su tío Cleómenes, detuvo el ataque y forzó el diálogo entre las facciones que éramos rivales. Todos fuimos, en verdad, afanosos artífices de aquella amnistía que únicamente dejaba excluidos a los Treinta traidores. Se repuso el poder del Areópago y se tomó como base del nuevo orden la antigua Constitución del insigne Solón. Una vez más, la democracia era restaurada. Una vez más, cual ave inextinguible, volvía a surgir de sus cenizas. Supe entonces que nunca moriría. Pero lo supe con la misma certeza que comprendí que eternamente estaría amenazada y su defensa siempre se pagaría en sangre. Atenas había entregado un legado inestimable al mundo; un modo de gobierno que tenía en sí la fragilidad y la grandeza que siempre acompaña a lo que es perenne y verdadero.
   El nacimiento de mi hijo Alquifrón volvió a llenar nuestra casa de felicidad. Arete lo portó en su seno y lo parió con el pleno convencimiento de que me ofrecía a mí y a la nueva ciudad lo mejor que su ser y su amor podían tributarnos. Amasis ya corría y, aun a pesar de que nuestra situación económica había quedado resentidas con las confiscaciones de que habíamos sido objeto, el lento refortalecimiento de la democracia me parecía un legado repleto de esperanza para quienes ya podía considerar que eran los nuevos vástagos de mi estirpe.
   Más de un año vivimos en relativa calma. Tras esa tregua efímera, nuevas inquietudes volvieron a embargarnos. Siempre recordaré el día que, acompañando a Sócrates y a Simias hasta el demo de Erkhia, fuimos a visitar a Jenofonte. El brillo de su gesta resplandecía transportado por todos los vientos. Y la gratitud hacia él no tenía límites entre las buenas gentes de Atenas. Los tres teníamos sed de oír la memorable hazaña de la que había sido artífice contada por sus labios. Esos acontecimientos eran los que daban a nuestra fe su fundamento. El orbe recordaría siempre su proeza y los siglos venideros uncirían en gloria los nombres del espartano Quirísofo y del ateniense Jenofonte. Pues que la Anábasis es y será siempre una proeza únicamente fundamentada en el tesón y la fe del hombre en el hombre.
   Jenofonte era todavía un hombre joven. Su lealtad y respeto hacia Sócrates habían quedado férreamente soldados desde aquel día en el que, hacía ya algunos años, se habían encontrado en el Ágora y Sócrates cortara su camino, cruzando su bastón, mientras le preguntaba: “Muchacho ¿dónde puede un hombre comprar lo necesario para vivir?” A lo que él le respondió con acierto y diligencia de muchacho avispado. “¿Y para llegar a ser un hombre honrado -continuó Sócrates- dónde hay que ir?” Jenofonte contaba siempre que se quedó paralizado. “Sígueme, pues -le dijo Sócrates-, y te lo mostraré”. Desde aquel día se había hecho su discípulo, abandonando las lecciones de Pródico. Después había sucedido lo de Delion, cuando el muchacho se había caído del caballo y Sócrates le salvó la vida. Ahora, su madurez como guerrero había culminado en una hazaña memorable que nos llenaba de orgullo.
   El joven salió a nuestro encuentro con el semblante de quien recibe una grata visita para la que guarda un hermoso regalo, cuya entrega, sin duda, colma su complacencia. Nos abrazó y nos invitó a entrar en la casa que era de su padre, en la que vivía rodeado del afecto y el orgullo de toda su familia. Su cuerpo siempre había sido esbelto, pero ahora estaba delgado en demasía, curtido y demacrado. Eran evidentes las marcas del rigor de una marcha a través de más de treinta mil estadios por tierras extranjeras, hostiles y plagadas de tribus belicosas. A sus poco más de treinta años, Jenofonte se había convertido en todo un héroe. Él había guiado a diez mil griegos desde Babilonia hasta el Ponto Euxino, haciendo así posible su regreso a la patria; un retorno en el que nadie había confiado. Él había insuflado en todo un ejército, roto y masacrado, el hálito de coraje necesario para que siguieran creyendo en la vida.
   Bebimos en su compañía y, absortos, escuchamos de sus labios el relato de aquella batalla fratricida entre Artajerjes y el joven Ciro, en la que había desembocado la sucesión del difunto Dario, rey llorado por los persas, cuyo imperio había enfrentado a sus dos hijos como a hienas salvajes. Jenofonte se había unido en un principio a la leva llevada a cabo por el espartano Clearco. Su admiración por Esparta seguía siendo firme desde su relación con Pródico, aun a pesar de que en muchas cuestiones supiera ser crítico con los lacedemonios. Junto a Clearco había llegado, siendo uno más entre los trece mil mercenarios griegos reclutados, hasta Cunaxa. Iban en apoyo de Ciro. Repleto de vívida emoción, nos refirió cómo el enfrentamiento entre los ejércitos que apoyaban a cada uno de los dos hermanos había sido brillante y favorable para ellos, puesto que el empuje de las tropas griegas, situadas en el ala derecha, habían decidido a su favor la sangrienta batalla. Ebrio de gloria, el joven Ciro había querido coronar la hazaña matando con su propia espada a su vencido hermano. Pero la guardia personal de éste le impidió que lo hiciera, dándole muerte a él. Cuando la cabeza del joven vencedor fue hincada en una lanza y un general de Artajerjes galopó, de uno a otro extremo por el campo de batalla, exhibiendo el macabro trofeo, el estupor provocó la desbandada de los vencedores, convirtiendo en derrota el triunfo alcanzado. El grueso del contingente griego fue rodeado por los de Tisafernes, siempre fiel a Artajerjes, y sus jefes fueron asesinados. Fue entonces cuando la valentía de Jenofonte brilló como un fulgor que cegó al enemigo. Apoyado por Quirísofo, él, que no era más que un simple mercenario sin rango ni autoridad, se puso al frente del ejercito griego y comenzó a organizar la retirada.
   Sin darnos cuenta del avance del tiempo, cayó sobre nuestra atención el silencio opaco de la noche. Escuchamos sin interrumpir a quien el magisterio de la vida había convertido en un general, un historiador y un filósofo, aun a pesar de su temprana edad. Los ojos de Sócrates parecían estar viendo la realidad de cuanto nos era relatado con aquella viveza. Cuando el tiempo estuvo ya cumplido y fue considerado oportuno que nos retiráramos, Sócrates movió socarronamente su cabeza, humedeció sus labios y mirando en su entorno, cual si no fuera a nadie a quien se dirigiera, dijo: “En verdad, he conseguido que este muchacho me enseñe dónde hay que ir para ser un hombre honrado”. Jenofonte echó una carcajada que a todos nos rebosó de dicha. Ninguno sabíamos, aún, qué días de prueba nos estaban aguardando ocultos en la caja hermética del tiempo venidero.
   Y fue durante el año primero que siguió a la Olimpiada que se signa con el número noventa y cinco. Y fue mi cuñado Simias quien vino hasta mi casa y urgió a Arete para despertarme. Un instante después, supe que también Platón había llegado y, ambos, me esperaban inquietos. La noticia la habían sabido por boca de Licón, quien la había cacareado por el Ágora con el estúpido alborozo con el que las gallinas celebran sus posturas. Méleto había presentado una demanda de acusación contra Sócrates. El Consejo de la ciudad la había admitido. Y la fecha solicitada por Anitos para el juicio había sido también ratificada. Apenas hice mis abluciones, comparecí ante ellos. Su agitación me pareció excesiva. Platón hablaba con un desasosiego impropio de su uso. Les invité a que se sentaran a mi mesa y compartieran conmigo mi primera comida, en la esperanza de que su inquietud se mitigara apenas hubiéramos puesto en claro los extremos del lamentable asunto. Las acusaciones querían presentar a Sócrates como impío y corruptor de nuestra juventud. Aquellos cargos, a mi entender, y a pesar de ser de cierta gravedad, no me parecían difíciles para que fueran rebatidos por él. Al fin y al cabo, hacerlo reo de tales delitos era ya un viejo propósitos de quienes lo odiaban. Y aun a pesar de que fuera Anitos quien argumentara la acusación, y en ella volcara la ira que contra Sócrates tenía acumulada desde la muerte de su hijo, de la que lo culpaba, éste sabría defenderse con facilidad como había hecho en otras ocasiones.
   Terminada nuestra comida, me despedí de Arete y de mis hijos y acompañé a mis amigos hasta casa de Sócrates. El recibimiento de Xantipa fue grosero. Una vez más, la mujer aprovechó nuestra presencia para injuriar a su marido y reprocharle el abandono y la miseria en que, a su entender, tenía sumida a su familia. Pedía que aquéllos que consideraba sus más próximos hiciéramos algo en su favor, aunque su tono llevaba en sí la carga tediosa que arrastran las solicitudes monótonas y ya desesperanzadas. Seguramente Xantipa sabía mejor que nadie que su esposo era insobornable. Ante aquel parloteo injuriante, tuve la sensación de que, sin embargo, aquella mujer era quien peor lo comprendía de la ciudad entera. Creo que su instinto de madre protectora aturdía sus razonamientos.
   Encontramos a Sócrates cerca del templo de Apolo Liceo. Estaba sereno, conversando con algunos muchachos. Esquines, el hijo de Lisanias y Epigenes, el hijo de Antifón de Kifisia, quienes estaban claramente complacidos dejando que él les interrogara de aquel modo peculiar que era su costumbre. Crátilos, Zenón y Alexámenes, escuchaban absortos los razonamientos que surgían de las bocas sorprendentemente locuaces de sus otros amigos. Todos se sentían presos de esa maravillosa sensación que supone saber que lo que se está diciendo aflora por vez primera a la razón consciente, aunque a la vez se tenga la sensación de que ya se sabía, pues que se descubre que, sorprendentemente, tales conocimientos se tenían enterrados entre las finas arenas del entendimiento. Nos acercamos a ellos sin interrumpir su animado diálogo. Con un ademán de saludo silencioso, nos sentamos en la escalinata. Las palabras de Xantipa tronaban aún en mis oídos. Y fueron ellas quienes me obligaron a observar y a examinar a Sócrates. En verdad, sus trazas eran las de un pordiosero. Sólo la búsqueda de la verdad y la honradez le preocupaban. Su túnica estaba comida por el sol, no llevaba manto y sus sandalias estaban remendadas por todos sus costados. Hasta su báculo era miserable; un simple palo pulido por el uso y el sudor de su mano. Pero su frente estaba erguida como la de un rey y su voz era pausada y firme como la de un Oráculo.
   Cuando su conversación con los muchachos concluyó, se unió a nosotros cual si fuera ajeno a lo que acontecía. Sin embargo, de inmediato, acometió el tema. “Sé de vuestra inquietud. También yo estoy inquieto, aunque seguramente por algo diferente a lo que os atormenta a vosotros. No, no es ni mi prestigio ni mi vida lo que me intranquilizan, sino que la justicia y la verdad no prevalezcan. Compareceré ante los “Quinientos” y que Zeus, Apolo y Palas Atenea guíen en mi destino”. También Adimanto, el hermano de Platón se nos había sumado en silencio. Él fue quien sugirió que, tal vez, lo más práctico sería huir hasta que la denuncia se hubiera diluido. Según su opinión, la patria estaba muy sobresaltada y era estéril luchar contra la insensatez de un pueblo en el que los valores estaban tan desvirtuados. “Ésa es la razón fundamental que me fuerza sin excusa a mi comparecencia; que cada ciudadano que asista, que cada miembro del Consejo tenga la oportunidad de obrar en democracia instando a su razón y emitiendo su voto. Siempre me he dedicado a enseñar; no se enseña a quien sabe y hace bien las cosas, sino a quien las desconoce. Cuando los jefes, que la ciudad hubo elegido, me marcaron un sitio en Potidea, en Delion o en Anfípolis, allí permanecí mordiendo mi temor ante la muerte ¿no pretenderéis ahora que deserte?” Escuchamos largo rato sus razones. Nada ni nadie podría disuadirlo. Cuando el resto de nuestros amigos se hubo marchado, Simias y yo le acompañamos durante un trecho más hacia su casa. El silencio delataba nuestra consternación. Caminó a nuestro lado, sumido en sí, respetando nuestra reflexión. Al despedirse de nosotros sonrió tristemente. “La vida es una batalla que hay que librar todos los días, ¿qué más da el campo dónde se nos presente? Estar tranquilos, sólo mueren en cada instante aquéllos a quienes los dioses ya tienen sentenciados. Y si eso es así ¿por qué deberíamos renunciar a decir lo que debemos a su tiempo y antes quienes deben oír nuestra proclama?”
   Me retiré a mi casa tras acompañar a Simias a la suya y despedirme de él y de mi hermana. Atreo se prestó diligente para acompañarme de regreso a la mía. Se había convertido en un joven alto y delgado pero fuerte, y su cariño y disposición hacia mí nos convertía en cómplices de algo sensual e intangible. De soslayo y a la luz incierta de la antorcha, observé cómo el bozo comenzaba a oscurecer su labio superior y a sombrear su mejilla, aportando a su semblante remiso de muchacho un trazo incipiente de hombría. Emocionado, me habló de sus progresos en el Estadio, aun a pesar de que la falta de Alexias había desalentado sus primeros inicios. Ansiaba ser atleta en los agones próximos. Y, sin duda, la luz de Zeus asomaba en sus ojos. Veladamente quería persuadirme para que lo instruyera. Prometí asistir a su ejercitación y hasta, tal vez, permitirle correr conmigo por el campo. Por secretos motivos, presentía que la compañía de Atreo no turbaría aquella soledad que yo imperiosamente reclamaba a diario para mis ejercicios.
   Los días que precedieron al proceso de Sócrates fueron turbios y aciagos. Recuerdo haberlos vivido envuelto en la contradicción que, por un lado, reclama su paso más veloz y, por otro, sufre su curso inexorable. Quería convencerme a mí mismo de que aquel proceso no nos ofrecería más que la oportunidad de ver a Sócrates haciendo uso de su dignidad y derribando fácilmente a sus calumniadores. Méleto, Anitos y Licón, sin embargo, hacían permanentemente ostentación de su arrogancia. Tal vez, buscando en su osadía aquel fortalecimiento que seguramente sabían que necesitarían. El Consejo, no obstante, estaba dividido. Según la fecha se iba acercando, crecía la polémica. El Ágora era un hervidero, aun a pesar de que Sócrates declinaba hacer en público defensa o argumentación precisa de su causa. Platón era tal vez quien, entre sus amigos, se mostraba más inquieto y turbado. Su juventud le insuflaba vehemencia y fuerza crítica. Y cuando cualquiera de nosotros apelaba a la confianza que debíamos albergar en la democracia, él siempre apostillaba: “No olvidéis lo que dice Tucídides: que hoy ya no existe en Atenas otra democracia que no sea la que vive apostada tan sólo en las laringes”.
   Sócrates, no obstante, siguió con el modo de vida que era su costumbre, comía frugalmente, vestía de igual modo y seguía instando y azuzando a quien se le acercaba, siempre con el deseo de que brotara de cada cual aquello que tenía. Nada le hizo alterar su programa diario, ni siquiera saberse espiado por quienes querían reforzar los argumentos en su contra aportando datos y detalles que fueran más recientes.
   El día anterior a la víspera del juicio invité a algunos amigos a un simposio. Caris ayudó a Arete a disponerlo todo y mi nueva casa resplandeció como resplandecía la casa de Agios en aquellos días de mi infancia, cuando mi padre se reunía con los suyos y Talía se afanaba para que nada faltara en el cenáculo. Disfruté por la tarde de la compañía de Atreo, Amasis y Alquifrón. Ellos eran la estirpe que perpetuaba la sangre de los míos. Sus tres edades me hacían recordar permanentemente tiempos lejanos de mi vida. En sus ojos podía ver crecer la luz que poco a poco había ido confirmando que perdían los míos. La humanidad era como una Olimpiada que no tuviera término. A cada carrera le sucedía otra y, tras cada nuevo enfrentamiento, siempre esperaban otros dos contrincantes. La vida era, en realidad, un certamen eterno en el que los hombres competían buscando simplemente agradar a los dioses.
   Al caer de la tarde, vinieron a mi casa Critón y Fedón. También recibí a Kebe. Más tarde llegaron Platón y Sócrates. Mi intento era que, junto a ellos y a Simias, convenciéramos a Sócrates para que preparara una defensa sólida. Mi conversación con el arconte rey Basileus, con quien me unía una buena amistad, me había inquietado. A su parecer, Licón y Anitos no serían blandos en sus acusaciones. Era, pues, necesario que Sócrates se dispusiera a defenderse muy eficientemente.
   Todos nuestros esfuerzos fueron estériles y vanos. Apenas instamos al maestro a que obrará así, nos respondió sereno: “¿No creéis que eso es lo que he hecho durante toda mi vida? ¿Qué otra defensa puede un hombre procurarse más que aquélla que dimana de un recto proceder?” Supe que en aquellas palabras se concitaba toda su actitud. En sus labios gruesos las palabras me parecían por vez primera ser densas y pesadas, como si sobre ellas se hubiera cargado todo el espesor que tiene el desencanto. Habló luego de lo justo y lo injusto, de su perenne persecución de la verdad. Habló abiertamente de sí mismo, cual si desvistiera su alma del mismo modo que puede un cuerpo ser despojado de su ropa más íntima en las termas. Fue claro y arrogante, orgulloso y altivo. Al fin podía recoger el fruto de aquella siembra estéril que muchos consideraban que había sido su vida extraña y andrajosa. La velada fue larga. Creció la noche y nos cubrió un manto de nostalgias, de afecto impotente y de desánimo. La fe y la esperanza se nos fueron como si un vino espeso nos hubiera robado la última energía. En nuestra jarra no quedaba ni siquiera el poso que quedó en la que Pandora abrió tan imprudentemente. Sólo él parecía sereno y firme entre nosotros. Critón, haciendo valer su ancianidad, pronunció las últimas palabras. Sócrates no se disponía a ser juzgado por aquellas acusaciones que se presentaban en su contra, Sócrates quería que sobre él cayera el juicio que la ciudad, como un escorpión rodeado por las llamas, se hacía a sí misma. Sócrates lo miró con afecto y agradecimiento. Luego dijo: “Critón ha sido veraz, conciso y elocuente. Es hora de que nos retiremos. Todos debemos descansar. El día que me han señalado será duro para mí, pero también lo va a ser para vosotros. Que Febo, el que más brilla, nos proteja”.

   El día señalado amaneció para mí mucho antes de que Helio derramara su luz sobre el Himeto. Una misma voz sonaba por la boca unísona de Atenas, y el nombre de Sócrates era como un gemir que el eco llevara y trajera sin descanso entre furias y lástimas. Arete me despidió con un deseo de fortaleza para mi razón y mi ánimo y se retiró hacia nuestro altar, pues que el día entero estaría ofrendando a nuestros dioses en favor de mi amigo.
   Cuando llegué al Pórtico Regio, sede del gran Consejo, la bema ya estaba ocupada por los acusadores. Los “Quinientos” iban acomodándose en sus lugares en medio de ese revuelo que siempre es signo y previa indicación del interés que despiertan los casos. Un vocerío incapaz de ser acallado llenaba todo aquel recinto. Y fue preciso que apareciera el arconte Basileus, para que el gran bullicio se tornara en calma de sepulcro. El último en llegar fue Sócrates, aunque su comparecencia se efectuó en el momento justo en el que le había sido señalada. Accedió al lugar con el aparente descuido que siempre le seguía a todas partes, cual si en modo alguno él fuera a ser, en aquel acto, el centro de todas las miradas. Con cierta fatiga y algunas muestras de torpeza, subió a la antibema, cuando el Arconte lo invitó a que lo hiciera. “Lo haré con calma, pues éste es un estrado propicio a los traspiés”, dijo, y todos se rieron un poco distendidos.
   En pie, escuchamos la salutación que Basileus dirigió a los dioses con su vista perdida en lo alto y las palmas de sus manos mostradas hacia el cielo cual signo veraz de desamparo. ”¡Febo, Apolo de Pitia!...-gritó-. Líbranos de nuestros errores en el día de hoy, para que reine así la paz y la verdad en la ciudad de Atenas... Acoge cuanto te ofrecemos y acepta nuestras súplicas sinceras... Nuestro Jurado está con firmeza dispuesto, pues que sabe de tu protección hacia nosotros. ¡Maldito sea quien pretenda engañar al Consejo, al pueblo o a la Asamblea soberana de Atenas!”

   Una vez más, el clamor del Arconte sobrecogió a todos los presentes como si el viento con el que Zeus remueve las tormentas silbara feroz e inquietante entre nosotros. Un silencio de escalofrío recorrió la estancia, cual si no fuera en realidad un día templado y luminoso del mes de targelion. Luego vino la lectura de la acusación presentada por Méleto. “Méleto, hijo de Méleto, del demo de Pithos, contra Sócrates, hijo de Sofronisco, del demo de Alopeke. Delinque Sócrates por no creer en los dioses en quienes la ciudad cree, y además por introducir nuevos demonios. Finalmente delinque también corrompiendo a los jóvenes. Se solicita por ello y contra él pena de muerte”.
   La expectación fue máxima cuando Basileus advirtió a Méleto y a los demás acusadores. “Quedarán, pues, vuestros depósitos confiscados, no asistiréis a ningún templo, a ningún tribunal ni a ninguna asamblea, si cien jueces, o sea, una quinta parte de este Jurado no votara a favor de vuestra acusación”. Luego les tomó juramento. Y tras ello, puso a gotear la clepsidra.
   La argumentación de los acusadores fue mucho más vehemente de lo que se esperaba. Al fin y al cabo, ello, no eran más que la airada voz de Atenas clamando en el estrado. Sonó, pues, la ronca voz de una ciudad desgarrada por una guerra que nos duraba ya más de siete olimpiadas. Sobre el semblante de aquellos quinientos conciudadanos investidos, atentos como cuervos al acecho, pude observar cómo aún no se habían borrado las antiguas marcas de la peste, ni las de las múltiples derrotas humillantes, ni las que nos había infringido la ocupación extranjera más reciente o la pérdida de nuestra hegemonía en los mares. Era preciso que alguien expiara aquellas culpas que vagaban sin tener infractor en quien cobrarse. Asistimos impotentes a un proceso en el que se confundía a Sócrates con los jonios ateos y con los inmoralizadores sofistas, sin que nadie advirtiera la calumnia. Todas las absurdas faltas que Aristófanes había cargado gratuitamente sobre sus espaldas, le eran ahora adjudicadas como insoslayables. Se le recordó su impiedad cuando, aterrorizados todos por la peste imparable, recomendó a Pericles que, en lugar de gastar el dinero en sacrificios a los dioses, hiciera construir con aquella suma un acueducto que trajera aguas más puras y abundantes para Atenas. Una y otra vez, se le echó en cara su amistad y su influencia sobre Alcibíades y Critias, de quienes todos ahora abominaban, incluso quienes habían estado de su parte. Observamos a Anitos temblar cuando culpó a Sócrates de la ruinosa vida de su hijo, entregado a la bebida hasta su muerte. Tras todo cuanto se decía, podía verse la sombra del rencor suscitado por la postura valerosa que Sócrates había mantenido frente al asunto de las Arginusas. Nadie podía negar que en aquellas palabras estaba el castigo por su enfrentamiento a los “Treinta Tiranos”, aunque no fueran ellos quienes se encargaban ahora de cobrar la deuda impagada.
   Sócrates escuchó impasible cuanto vertían las voces de sus acusadores. Cuando le tocó su turno, miró durante un rato largo a todos cuantos lo rodeaban. Luego, como si se tratara de una conversación más de las suyas en el Ágora, comenzó a rebatir, uno a uno, aquellos argumentos que ciegamente se habían volcado sobre su persona. Sin embargo, no lo hizo con el tono altisonante de los oradores, ni con el uso inteligente de una depurada dialéctica, ni siquiera con la fina ironía que era habitual a su lenguaje. Habló con el compás firme y susurrante de quien ya no desea forzar el razonar de su interlocutor, de quien confía en que toda semilla tiene en sí la fuerza de la germinación, aunque para eso primero ha de pudrirse y desaparecer. Escuchamos sus palabras envueltas en la arrogancia valiente que siempre acompaña a la verdad cuando ya no se teme a nada, ni siquiera a la muerte. Miré a Simias y vi sus manos aferrarse la una a la otra, testificando en aquel gesto nervioso e impotente el anuncio de que la tragedia se nos iba acercando. Sócrates estaba entregándose a la muerte con la dulce desolación de quien ya no espera nada de la vida, de quien sabe que su lección postrera no es otra que la de inmolarse. Luego tuvo la osadía de citar a Querefón cuando éste consultara al Oráculo. Un murmullo recorrió el estrado como una brisa inesperada que, precediendo a una tormenta, quebrara la piel de los trigales. “Sócrates es sabio, Eurípides es más sabio que Sófocles; Sócrates es el hombre más sabio que existe. No hay ninguno tan libre, tan justo ni tan cuerdo”, había contestado Apolo, cuando Querefón había ido a consultarle si debía o no ser su discípulo. Sócrates explicó entonces su perplejidad ante la comunicación que Querefón le hizo, en su día, de lo que el dios había dicho sobre él. “Busqué denodadamente una explicación para aquellas palabras. Yo no era un hombre sabio; mi propio conocimiento de mí mismo así me lo decía. Pero tampoco podía aceptar que Apolo no dijera la verdad. Visité entonces a algunos de vosotros, políticos, poetas, filósofos; algunos cuya sabiduría está reconocida por los otros y proclamada por vosotros mismos y cuantos os ensalzan. Os escuché y os hice preguntas muy precisas. No erais sabios, aunque en vuestra petulancia así lo asegurarais. Anduve errabundo de una en otra casa, buscando la honradez que es expresión suprema de la sabiduría. Coseché decepciones y atesoré enemigos. Muchos de vosotros jamás me perdonasteis mi osadía. No pocos os jactabais de vuestros conocimientos confundiendo el saber parcelado con el saber supremo. Entonces comprendí lo que Apolo había dicho. Yo era un hombre sabio, pues que sabía, que no sabía nada. Es necesario que al fin me comprendáis. Pues que todos creéis que sé lo que yo, simplemente, demuestro que no sabéis vosotros”.
   Escuché orgulloso y aterrado lo que Sócrates nos estaba diciendo. La faz de Basileus estaba pálida y sus palabras sonaron quebradas. Luego pidió a los Jueces que depositaran las piedras en el ánfora. Doscientas ochenta y una fueron negras. Sócrates estaba condenado. En la segunda votación, aquélla que decidía la clase de condena que debía imponérsele, las piedras en favor de la pena de muerte fueron trescientas sesenta. Todo estaba sellado: Atenas mataría a Sócrates.

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