SEGUNDA PARTE
Educar no es otra cosa que enseñar a utilizar los sentidos. Aprende quien logra descubrir el mecanismo -particular siempre- por el que se pone en contacto nuestro interior con el exterior que nos rodea, y al contrario. Informar o informarse, es otra cosa. Siempre tuve muy presente la diferencia que existe entre mirar y ver, notar y sentir; dar y entregarse.
VII
LA ESCUELA DE ATENAS
El viaje de regreso, tras las Olimpiadas, lo efectuamos sin ninguna demora. En una sola jornada asistí a la sorprendente desaparición de todo el campamento y al éxodo imponente que pobló caminos y senderos de ese aire nostálgico y a la vez resignado, que siempre dejan los agones en todos los hombres que los han presenciado. Las orillas del Cládeo y del Alfeo se quedaron desnudas y arrasadas. Una desolación inmensa las recorría, cual si una auténtica batalla las hubiera esquilmado. Y esa misma sensación de desnudez y desamparo era la que yo sentía en mí sin explicarme muy bien sus razones ni límites.
Nos despedimos de los actores con un dichoso “hasta siempre”, pues que en el ánimo de todos estaba la confianza en un futuro para ellos de dicha y de fortuna. Kebe me tendió su brazo y yo le ofrecí el mío. Y en nuestro saludo supimos, ambos, que había terminado una hermosa etapa de nuestras dos infancias. Antes de abandonar Olimpia recorrimos una vez más el Altis. Hicimos nuestra salutación a Zeus el tonante y visitamos por última vez el taller en el que el maestro Fidias trabajaba apresuradamente, pues que sus modelos debían ya marcharse. En cuanto estuvimos en la ruta, Agios ordenó que no nos detuviéramos si no era para el aprovisionamiento o para pasar la noche. E incluso, eso, lo hacíamos cuando la luz se iba y era ya imposible seguir con nuestro avance sin riesgos o peligros. Así pues, en unos cuantos días, agobiantes e incómodos, pudimos pasar por Eleusis; lo que, para mí, ya era anuncio de tierras conocidas.
Empleé el trayecto en mi ensimismamiento. En cuanto entré en el carro y me tumbé sobre los jergones, caí en la cuenta de que apenas si me había acordado de mi madre y de Caris durante todo el viaje. Tenía el ánimo repleto de emociones y dudas, en una mezcla informe. Y creo que me refugié en el deseo desmedido de verlas de nuevo cuanto antes, para así distraer el fragor de mi alma. Ardía en la ansiedad de poderles contar todo cuanto había visto. Tenía la remota esperanza de que fuera la templada palabra de Talía quien me informara y me ofreciera luz, en relación con todo aquel contrapuesto marasmo que, como un charco de aguas enfangadas, me inundaba por dentro. En unos pocos días, el mundo y sus sucesos me habían transformado y yo volvía a casa siendo otro distinto. Mi espíritu había crecido en mí sin respetar ni al tiempo ni a la lógica. Lo certifiqué, al instante, reflejado en el mirar con el que me auscultó mi madre, apenas me tuvo apretado a su pecho. Recuerdo hasta hoy el olor de su peplo, pues que se había vestido y perfumado lo mismo que una diosa para nuestra llegada y exhalaba ese aroma que exhalan siempre, para sus hijos, las madres que se sienten dichosas.
Entramos en Atenas bien cursada la noche, ya que el último tramo lo efectuamos sin parar para el sueño. Tras el “¡alto!” de la patrulla que guardaba la puerta Dipilón, el Ceramicón interior se nos mostró como sumergido en sí mismo y en el silencio sepulcral de un templo desolado, en cuya negrura jugaban a sugerir ficciones, los perfiles de las ánforas y exvotos que remataban las tumbas y sarcófagos, cual las mercancías de un bazar extraño e inquietante. Recorrimos sus calles recibiendo, no obstante, la entrañable sensación de cobijo que siempre da el regreso a los lugares propios. Y a mí me pareció de pronto que, en realidad, había estado fuera durante un período de tiempo sin medida posible. Conocidos y extraños a la vez me resultaban edificios y calles, de tal modo que era como si, ahora, esperara una sorpresa o una revelación tras cada nueva esquina. Y entre la silenciosa oscuridad, yo me iba preguntando, ingenuamente, qué había cambiado en aquel fastuoso escenario durante nuestra ausencia. Pues que como una cávea colosal y desproporcionada, en la que fuera a representarse una tragedia con perfiles magníficos, se me alzaba aquella misteriosa ciudad que iba penetrándonos. Con el pasar del tiempo, pude certificar que estaba en lo cierto y que mis presentimientos ya estaban fraguando una de esas premoniciones con las que los dioses, a veces, informan a los distraídos entendimientos de los hombres.
Ya desde Eleusis, aquél de nuestros carros que era más ligero, se adelantó para anunciar nuestra llegada. Por eso, apenas traspasamos el Ágora y rodeamos la Acrópolis, pude distinguir yo los puntos temblorosos de los fanales encendidos en la terraza de la casa de Agios, cual luminarias de un puerto seguro y entrañable. En la entrada habían colocado adornos y ramajes en derredor del Herma. Y Forsila y Eufro esperaban en el umbral sujetando sus lámparas como dos cariátides. Las vi agitarse y alisarse el manto a la vez que daban su aviso al interior, apenas nuestros carros sonaron sobre el pavimento desigual de la calle. Habíamos dejado a Sófocles y a Herodoto en sus casas, unos momentos antes. Y cuando se detuvieron nuestras mulas y, entre los cañizos del carro, contemplé el portal y el peristilo al fondo, una ráfaga de incredulidad me invadió por completo y un temblor jubiloso me alcanzó la garganta. Agios descendió el primero. Hizo una precipitada salutación al protector y penetró en el patio, tras ordenar que se bajara todo. Un instante después, sentía yo el beso fervoroso de Talía, su olor instintivamente recordado y el calor de su carne, mientras miraba embelesado, como si de un portento se tratara, el romperse y pulverizarse del agua sobre la pileta que estaba a sus espaldas. Allí seguía el fauno, suspendido en su cabriola de bronce, presidiendo mi fuente. Más allá, el altar conservaba el rescoldo brillante de un ascua mortecina. Seguramente, Talía había estado todo el tiempo implorando el favor de la diosa para nuestra aventura. Pedí a mi madre que me dejara ver y besar a Caris. Y ella me acompañó a la habitación que ocupaba mi hermana. Entramos de puntillas para no despertarla. Mi madre ya había reparado en mis plantas descalzas, pero no dijo nada. La alcoba tenía templanza y aroma de horno apagado. La mano de Talía retiró con cuidado las cortinas que cegaban la cama donde yacía mi hermana y la luz, ávida como un líquido, me mostró una figura preciosa que respiraba en un compás profundo y a la vez sosegado. Y puedo asegurar que sentí ya entonces con nitidez, por ella, ese extraño deseo que nunca he alcanzado a desvelar del todo. Pretexté que era mejor no acercarse a su cara para no perturbarla. Pero en mi interior algo me atenazaba entre el rubor y el celo, haciéndome temblar los labios y las piernas.
El tiempo que siguió fue en todo enigmático, como le corresponde a un período de vida en el que el descubrir, doloroso y hambriento, va disipando nieblas y descorriendo velos entre los que se guarecía un mundo crédulo y, a su forma, dichoso. Agios me anunció que había llegado el momento de asignarme un tutor y éste sería Pistias. El frigio vivía ya continuamente en nuestra casa de la ciudad y apenas si se ocupaba de la villa en el campo. Las incursiones de los lacedemonios cada día eran más reiteradas y resultaba inútil hacer la sementera. A la villa de Caris únicamente iban con regularidad Filocles y Damisco y era aconsejable, incluso, que nunca pernoctaran por más de dos jornadas. Recibí el anuncio de mi tutoría con prudencia y cautela. Pero en muy poco tiempo me fue dejado en claro quién era en realidad aquel hombre al que Agios encargaba el cuidado de su único hijo. El frigio, relevado de casi todas sus funciones, se centró en cumplir su trabajo hacia mí con rigor de espartano. Fue, así, mi sombra y mi tormento, mi azote y mi conciencia; pero también -es de honrado decirlo- mi consuelo y mi ayuda en algunos momentos. Siempre ejerció todo desde esa respetada distancia que marcaba el cometido que se le había encargado y su indeleble condición de esclavo. Algunos años después, supe que Agios le había prometido considerar su libertad, si su trabajo con respecto a mí, al final, resultaba ser de su completo agrado. Así pues, en mi evolución también estaba, secretamente escondido, su futuro y su vida. Me espantó conocerlo.
A partir de aquellos días, comencé a asistir con regularidad a la escuela del Pórtico, donde impartía su saber el maestro Lamprocles. De sus palabras y de la rudeza hiriente de sus cinco correas, aprendí la relación que existe siempre entre el esfuerzo aportado y el logro conseguido. Su lema era aquél que aseguraba, que cuando los conocimientos no entraban en los hombres por las puertas destinadas a ello -y enumeraba y señalaba con gestos los sentidos-, había que abrir, irremediablemente, nuevas entradas, ablandando o rompiendo la carne, si se hacía preciso. Era un hombre severo y metódico. Su saber era celebrado en la ciudad entera y asistíamos a sus lecciones, únicamente, los hijos de los ciudadanos que tenían una buena posición económica conocida en Atenas. En invierno nos guarecíamos bajo la columnata, al amparo de los hermosos frescos que ilustran las hazañas de Heracles y que son una perenne lección de heroicidad para todo mi pueblo. Allí se relatan en color y hermosura los “doce trabajos” que, en Tirinto, le encargó su primo Euristeo y que lo hicieron inmortal y cuyo recitado en cadena nos era obligatorio efectuar, cada vez que, por cualquier motivo, se nombraba al héroe. Y fue tal la intransigencia que Lamprocles nos impuso con respecto a ello, que, aun hoy, lejano a aquel tiempo de disciplina férrea, mi espíritu no logra apaciguarse ni reposar sereno si no doy salida al noble dodecálogo de pruebas y de hazañas y atestiguo, mentalmente, que las recuerdo todas. El León de Nemea. La Hidra de Lerna. El Jabalí de Erimato. La Cierva de Cerinia. Las Aves del Lago Estínfalo. Los Establos de Augías. El Toro de Creta. Las Yeguas de Diomedes. El Cinturón de Hipólita. Los Bueyes de Geríones. El Can Cerbero. Las Manzanas de Oro del Jardín de las Hespérides. Y tras la proclama de éste mi vómito litúrgico, ya puedo gritar: ¡Salve al héroe! ¡Y gloria para siempre! Y, después, reposar satisfecho.
Cuando el tiempo era más benigno, solíamos recibir la instrucción en torno a los jardines que están cerca del huerto de Academos, ése en el que plantara sus árboles Cimón; el noble hijo del valiente Milcíades, uno de los diez generales que fueron artífices del magnífico triunfo de Maratón, tras el que el atleta Filípides entregó su vida, trayendo entre sus labios exánimes el anuncio del éxito. El eminente Calias atendía personalmente, y con celo, en verdad, obsesivo, aquellos árboles que eran para él un altar y un emblema. Siempre recordaré cómo Lamprocles nos hablaba del enorme y perpetuado afecto que Calias conservaba hacia quien fuera hermano de su esposa y el auténtico artífice, póstumo, de la gloria obtenida para toda la patria, por él, en Salamina de Chipre. El triunfo que hizo posible que Pericles pudiera firmar con los persas el tratado de paz que llevaba el nombre del venerado Calias, y por el que éste recibió, a perpetuidad, el respeto de la ciudad entera. Solía el maestro hablarnos de ello siempre, cuando, llegado el tiempo de muniquion, de los troncos oscuros y resecos volvía a brotar, cual un prodigio apenas explicable, el verdor de las yemas tiernas, que anunciaban la vida nuevamente exultante. “He ahí -nos repetía el pedagogo con tono confidente- un hombre digno que sabe respetar a sus antepasados; aunque la ciudad les prohibiera y desterrara; aunque muchos aún no hayan acertado a agradecer su valor y templanza”. Luego nos remachaba: “El mejor emblema de la nobleza de un hombre es su agradecimiento”. Y debo confesar que, por entonces, consideré a Calias como uno de los hombres más dignos que hubiera conocido.
Aprendí de Lamprocles a ensartar las primeras letras sobre mi tablilla, a efectuar los cálculos iniciales y a descifrar lo que otros habían escrito antes que yo naciera. Aprendí de sus labios a escuchar las hermosas rapsodias con las que el poeta Homero nos cantó la cólera de Aquiles y el destino de Ulises. Y afirmaré que, tras sus encendidas palabras, logré yo imaginar la áspera explanada, al pie de las murallas de Troya, donde sucede la insigne “Ilíada”, así como el mar, las islas, los campos o el palacio por donde discurre el vivir azaroso del inmortal monarca de la isla de Ítaca y su gran “Odisea”. Y todo ello pobló mi imaginación de colorido, gloria, aventura y grandeza.
Cada mañana, tras de mis abluciones, asistía al Pórtico. El frigio me seguía, cual si fuera mi sombra, portando mi tablilla y cuantos utensilios me fueran precisos para mi enseñanza. Él se cuidaba de todo con puntual esmero y yo no debía hacer otra cosa que aplicarme y permanecer atento sin distracción alguna. Asistía también a la escuela del Pórtico un muchacho singular, sobrino de Pericles, de nombre Alcibíades, cuya insolencia, agudeza y encanto eran ya patentes desde aquellos momentos de nuestra corta edad. Su amistad con Antioco era ya inquebrantable, como si una argolla de hierro tuviera uncidas sus dos voluntades y sus corazones desde su nacimiento. El muchacho Aristófanes exhibía ya su ingenio creativo y el germen de su acero. Había venido hacía poco tiempo de Egina y pertenecía al demo de Kydathenea, en el que Filipo, su padre, era un ciudadano sumamente influyente. Y unía, a la rudeza de su carácter, la seguridad, un tanto altanera, de quien se siente apoyado por una situación familiar próspera y conocida. Yo me aproximé, afectuosamente, enseguida a Cleofonte. De tal modo fue así, que su injusta y desdeñable condena a muerte se clavó en mi alma muchos años después, cuando se produjo, y me ha hecho ver a mi patria como un perro rabioso que muerde y destroza la mano de quien se atreve, afable, a acariciarlo. Siempre guardaré, en lo más profundo de mí, su recuerdo y el honor inalienable de haber sido su amigo en los días tempranos, cuando en nuestras cabezas sólo bullían deseos de hacer a nuestra patria eterna e infinita, y su colaborador en los tiempos difíciles.
El maestro Lamprocles era de condición humilde. Había sido esclavo y no lo había olvidado. Donaba su saber a cambio de estipendio. Nuestros tutores se reunían aguardando que terminara nuestra enseñanza. Solían sentarse, juntos, al final de la stoa, mirando hacia el centro del Ágora, hacia donde está ubicado el altar de la Piedad, desde el cual parten los caminos del Ática. Hablaban y observaban, pues luego debían dar razón de nuestra actitud y de nuestros progresos y rematar, recordándonoslo, cuanto habíamos descubierto a lo largo del día. Llegué a odiar a Pistias, a su tenaz asedio y al cepo inquebrantable que suponía para mí su presencia constante y su insistencia, que me impedían, incluso, hablar con otros condiscípulos. Igual les ocurría a ellos, ya que todos teníamos preceptores, en verdad, escogidos. De tal forma era así, que de inmediato fue nuestro objetivo común aprender el modo en que podíamos zafarnos de nuestros vigilantes. Aprendí, pues, a entregar señales y secretos y a comunicarme con los ojos y el gesto silencioso. Y muy pronto encontré el modo de poderme reunir con Cleofonte sin las sombras agobiantes de nuestros carceleros.
Nuestra amistad fue desde el primer momento como un tácito pacto. Existió desde siempre entre ambos una elemental sintonía que nos hacía sentir, pensar y creer en idénticas cosas. Había, por entonces, cubierto ya mi espíritu un halo melancólico que me hacía sentir el paso de los días como un bocado amargo que debía tragar sin hambre y sin demora. En el fondo de mí estaba el recuerdo de Olimpia. Era como un reptil enroscado en mi alma que durmiera el letargo de un invierno perenne. Me gustaba aprender, ir así descubriendo el misterioso lazo que une las ideas y el juicio de los hombres. Me gustaba aquel mundo de incógnitas que se me suscitaban como un mar borrascoso al que quería lanzarme aun a riesgo de inmolarme en sus olas. Pero a la vez, cada nuevo hallazgo, me enfrentaba a una realidad que me dejaba sumido en una inquietante zozobra, ante la cual únicamente la soledad era capaz de poner sosiego en mi fútil entrama. Ansiaba la vida y me aterraba asirla. Expandía ardor y me abrasaba en mi fragua. Y la melancolía llenaba cuantos espacios dejaban en mi existencia las tareas que Agios me tenía, dictatorialmente, encomendadas. Fue éste el tiempo en el que se solidificó de un modo firme, pétreo y sin fisuras la incomunicación entre mi padre y yo. Y atestiguo ante el dios, y él ha de ratificarlo, que nunca más cruzamos conversación alguna, salvo el intercambio de palabras que conseguía que nuestra existencia en común fuera, elementalmente, posible y tolerable. De tal modo fue así la relación con Agios que, durante muchísimo tiempo, la sentí como un tremendo yerro del que me creía a la vez culpable y ofendido.
De otra parte, estaba la paulatina comprensión que en mí iba creciendo hacia la dulce mansedumbre que ostentaba Talía. Ella se me iba alzando cada día cual una deidad que sólo me suscitara veneración y afecto. Aquella apariencia de servilismo que suponía su postura con respecto a Agios era, sencillamente, respetuoso amor y afecto transigente. Aquella indigna tolerancia que soportaba con relación a Drosis, era la comprensión magnánima por parte de alguien que estaba por encima de actos, palabras y apariencias. Su dignidad era ante mí como una torre que fuera construyéndose día a día y cuya siguiente altura descubriera un nuevo anillo de mármol más perfecto y mejor trabajado. A su lado, Caris, se iba haciendo hermosa, como una abeja que libara las mejores esencias de un campo de amapolas. Forsila, mi nodriza acaya, iba ancianeando entrañable y rotunda, como envejece, haciéndose más romo y más amable, el granito que se extrae de su tierra.
La casa de Agios seguía poblada de numerosas hembras. Calira y Timandra tenían ya permiso para desposarse, pero seguían vírgenes. La tracia, aun a pesar del transcurrir del tiempo, continuaba teniendo un cuerpo firme y unos pezones altos, a la vez que su nuca seguía siendo encantadoramente lasciva y seductora. Su faz morena se había reafirmado aportándole una belleza dura y a la vez inquietante, seguramente producto de su continuo orgullo amordazado. Agios seguía reclamándola con desigual capricho y a ella se le notaba el rictus de celo y de lascivia de alguien que nunca, a pesar de todos los honores y regalos, ha sido plenamente cubierta y satisfecha. En ese hervidero se sucedían mis días servido y regalado. Cuando Pistias descuidaba su guardia, encontraba yo el modo de reunirme con mi amigo Cleofonte. Era como si un anfibio emergiera y respirara un poco de aire nuevo. Nos gustaba escaparnos al monte. La colina del Museión seguía siendo mi lugar preferido y muy pronto también lo fue el suyo. El día que la ciudad celebra su Asamblea era el más propicio para las escapadas. Los ciudadanos se dirigían al Pnyx y todo el mundo estaba pendiente de lo que la Bulé presentara a debate. Solíamos nosotros fugarnos hasta el Museión y perdernos entre la espesa fronda que lo cubre y hace que el lugar parezca una cueva arbórea donde la luz penetra cenital y filtrada. Hablábamos, paseábamos y, siguiendo el Muro Sur, bajábamos hasta Falero a visitar las radas y el trajín de las dársenas. A Cleofonte le seducían los barcos y soñaba con poder un día defender a la patria sobre el puente de una de las hermosas naves que allí chapoteaban dormidas e irreales sobre un manto de aguas gruesas y resguardadas. Y cuando me enteré de que en los astilleros, Agios había mandado construir un trirreme, para engrosar la flota del Estado, como debía hacer todo ciudadano de posición señera, se lo dije a Cleofonte y, ambos, nos sentimos ufanos como si, en realidad, fuéramos hermanos e hijos del mismo padre.
Un lugar que nos resultaba a ambos atrayente era la casa de nuestro amigo Telis. Telis era un muchacho de nuestra edad a quien habíamos conocido un día cerca del muro que construyó Temístocles, mientras ponía trampas a cuantos reptiles y animales se ponían ante su hábil zarpa. Llevaba algunas crías y nos invitó a seguirle a su casa para ver las jaulas en las que tenía alojados a cuantos animales había capturado durante el estío. El padre de Telis era fabricante de sandalias, de bridas y de aljabas. Y ante nosotros se desplegó, apenas entramos en su taller, todo un mundo de aroma y de herramientas que nos dejó a ambos fascinados y absortos. Pero sobre todo ello estaba el encanto y el ingenio de Simón, que así se llamaba el artesano, cuya capacidad para evocar cuentos y sencillas historias, dotaba al lugar donde ejercía su oficio de la sutil y densa sugestión de una gruta encantada. Simón era un hombre entrañable y pausado que hablaba casi continuamente sin ofrecer la sensación de que estuviera haciéndolo. Su conversación brotaba con tanta sencillez y sin pretensión alguna que, escucharle, era como meter los pies cansados en el paso de una corriente y gozar del suave acariciar del agua refrescante. Contaba sencillas cosas; historias, recuerdos, sucesos, anécdotas; detalles sobre sus clientes. Pero en su compañía uno se quedaba escuchando y el tiempo transcurría como en un ámbito sumido en un hechizo. Cleofonte y yo nos refugiábamos en su taller cuando nos era posible. Y en su compañía y entre sus cuchillas, leznas y hormas de aparar; y entre el olor a cerote, cáñamo
y cueros curtidos, aprendimos a imaginar y a soñar con la grandeza de hombres, ciudades y universos, nunca más olvidados.
Poco a poco, se fue fraguando una buena amistad entre Cleofonte, Telis y yo. Sobre todo cuando casi a diario íbamos a visitar los astilleros en los que se estaba construyendo el trirreme que Agios bautizaría con el nombre de la amable Talía y al que los tres le augurábamos, felices y entusiastas, los más dilatados triunfos para gloria de nuestra noble patria. Trabajaban allí, entonces, Baquio, Brygos y Tólmides y otros esclavos de mi padre que antes faenaban en sus barcos mercantes. Brygos nos permitía entrar al astillero, suponiendo, ingenuo, que mi padre era quien nos mandaba. A nosotros nos sorprendía ver cómo el navío era, en un principio, como el esqueleto de una enorme ave que los gusanos y el sol hubieran descarnado. La robusta quilla era como un gran esternón de madera de encina, dura como la piedra. Y las cuadernas se nos asemejaban a costillares perfectos y ordenados que fueran a contener un pecho hinchado, robusto y poderoso. Fuimos, pues, viendo como el trirreme de Agios iba tomando cuerpo. Y cuando fue dotado de su espolón inmenso y vimos aparecer sus tres órdenes de remos, creímos que se trataba del más hermoso y sorprendente miriápodo que pudiera existir o la mente del hombre pudiera imaginarse. Resultaba fascinante ver cómo el barco, cual un gran edificio, iba siendo dotado de toda una inmensa colección de útiles y aparejos. De pie, próximos a su costado, nos sentíamos despreciables y mínimos. Cuando finalizaba el día y los artesanos y esclavos dejaban de trabajar en él, se nos permitía entrar dentro de la inmensa nave, subir y bajar sus escaleras, revisar la bodega y recorrer sus espacios desiertos y entibados. Soñábamos nosotros transitar pasadizos y túneles e imaginábamos que una gran aventura nos acontecía y llamaba con resonancias clamorosas y heroicas, entre las vísceras y entrañas de aquel laberinto, donde se mezclaba el olor a sudor y el olor a madera tallada, en un único aroma confuso y excitante. Y cuando el puente estuvo encastrado y la cubierta por completo sellada, y el navío entero fue bruñido con resina y sebo de vaca para que el agua no penetrara por entre aquel millón de juntas, nos sentimos también nosotros partícipes de aquella hermosa obra de arte, que pocos días después flotaba en la rada, segura y arrogante como una novia recién ataviada. Cuando volvía a casa, me resultaba de un gran sufrimiento no poder contar a Caris y a mi madre cuanto había presenciado y referirles la inmensa maravilla que Agios estaba fabricando para regalo y cesión a la sin par Atenas.
Continuaron sin descanso las agresiones de los lacedemonios. Las villas y las casas de campo eran sus presas fáciles y a ellas atacaban sin tregua y por sorpresa. Y aunque nuestras patrullas recorrían todo el territorio buscando su rastro para hacerles frente y darles escarmiento, su mezquina osadía y su atrevimiento burlaban a nuestros soldados y esquilmaban todas las propiedades. Raro era el día que a la ciudad no llegaba la noticia de una nueva ofensa. Una villa abierta y saqueada durante la noche, un campo incendiado o un rebaño pasado a cuchillo con macabra y cruel indolencia, que exasperaba a nuestro Arcontado y que hacía que el Polemarco convocara a los Estrategas con frecuencia inquietante. El equilibrio con el exterior obligaba a que tales asuntos fueran combatidos sin una abierta declaración de hostilidad formal. Los continuos desórdenes en los distritos y cierta ineficacia de las cleruquías, hacían que las Asambleas del pueblo fueran realmente polémicas. Potidea y Eubea aportaban continuamente muestras de su incomodidad, y en el distrito de Caria, permanentemente, se presentaban desórdenes internos que obligaban a la milicia a intimidar con su presencia y sus armas. Así pues, después de algunas fallidas tentativas de apaciguamiento, se hizo preciso que Caria se uniera a Jonia y que ambos distritos fueran en lo sucesivo sólo uno, ostentando el nombre del segundo.
No obstante, a pesar de tanta agitación y la difícil situación que suponía para Atenas el control de un imperio plural y dilatado, la patria conoció su tiempo de mayor apogeo. Poco a poco, nos fuimos transformando, de un pueblo agrícola y de pastoreo, en una potencia comercial sin fronteras ni límites. Agios dejó de cultivar sus campos, pero sus naves Posidón y Andrómaca surcaban sin descanso los mares infinitos, trayendo y llevando mercancías y aportando riqueza. Nuestra casa era el fiel exponente de lo que en la patria estaba sucediendo. Nuestras despensas estaban ahora más repletas que nunca y mi padre celebraba simposios muy frecuentemente y sus amigos siempre asistían con ropajes de exquisita factura y adornos admirables. En la Ciudadela, comenzaron a construirse los monumentales Propileos que ornarían su entrada. Y el templo de Atenea iba ya surgiendo como un brote de tallos blancos meticulosamente alineados.
Un día al regresar de la escuela del Pórtico sin recibir nuestra lección, pues el maestro Lamprocles había enfermado, escuchamos a unos ciudadanos que detallaban los enormes destrozos causados por los enemigos en una villa muy cercana, situada en tierras de Acharnai. Algo en su voz y en sus lamentos debió agitar nuestras jóvenes sangres, pues que con un gesto escueto nos pusimos de acuerdo Cleofonte y yo, sin precisar palabras. No puedo asegurar ahora cómo se nos unieron a la expedición Alcibíades y Antioco. Agios había mandado ensillar a Mirkos y había partido para visitar a un amigo muy cerca de Cefiso y permanecería ausente durante unos días, por lo que había encargado a Pistias algunos cometidos, sabiendo que esos días no se ocuparía de mí y mis lecciones.
Salimos de Atenas apenas clareaba. Salimos por la puerta Itonia. Y tras pasar la fuente de Calirroe y el arrabal de Agra, en el que se acumulan los mendigos y todos los desheredados que el dios ha castigado con miserias y oprobios, seguimos la ribera del Iliso, fresca y mullida como una verde alfombra. Era un día del mes de pianepsion, corto ya en luz, por lo que debíamos apresurarnos durante la escueta jornada previsible. Hicimos el camino corriendo, como una competición real y sin regalos. Apenas salimos de la ciudad, yo me quité mis sandalias y las uní por sus correas colocándomelas en torno de mi cuello, como si de unas pequeñas alforjas se tratara. La ruta resultó áspera y fatigosa, pero ninguno de los cuatro cejó ni profirió una queja; el orgullo nos mantenía a todos presos de aquella liza aprobada y sin treguas. Sin duda alguna, yo hice el recorrido sin perder el lugar de cabeza, lo que me granjeó la admiración de todos, aunque ninguno lo reconociera ni lo manifestara en público. Corrimos junto al río el trecho que pudimos. Luego se hizo imperativo transitar por terrenos pelados en los que la greda resultaba hiriente y las escobas y los tomillos secos arañaban nuestras piernas sin piedad ni reservas. Cuando llegamos al lugar, la apariencia era brutal y lamentable. La vivienda había sido incendiada y todos sus enseres destruidos. Las techumbres estaban arruinadas, las vigas y las jácenas descabalgadas, y los muros lamidos por el negror injuriante de sucias llamaradas que ya parecían remotas e irreales. Había vasos de vidrio trizados, ollas y calderos abollados, ánforas destrozadas, que mostraban su entraña esquilmada como panzas abiertas. Vertidas, sucias y pateadas estaban las aceitunas, los huevos, los higos secos, los quesos, el aceite y la miel que antes conservaran guardadas dentro de ellas. Los saqueadores habían también rasgado ropas y cortado aparejos, destripado yacijas y vaciado almohadas, tronchado altares y mutilado exvotos con impiedad de bárbaros. Por todos los sitios aparecían inquietantes manchones de sangre renegrida como tintura vieja. Los excrementos de sus caballos estaban esparcidos por las habitaciones, pues que, antes de entregarlas al fuego, habían entrado, ultrajantes, hasta alcobas y lechos y dejado la marca de su impúdica ofensa. Y así, en los paredones y sobre los fustes de algunas columnas, que ahora estaban derribadas o sujetando nada, aparecían frases lascivas o nombres personales con los que perpetuaran, a modo de bravata, a sus deudos, conocidos o amantes.
Recorrimos las ruinas en profundo y consternado silencio. Mis pies desnudos, doloridos y rotos, pisaron sobre aquellos escombros y sintieron, más que el dolor, la vergüenza y la ofensa de lo propio arrasado. Vi los ojos negros de Alcibíades fijarse con inquina sobre todo el destrozo, cual si estuviera haciendo un inventario preciso y detallado que reclamar más tarde. Cleofonte sudaba con un sudor febril y abundante, que caía de su frente y entraba en sus ojos, mezclándose y confundiéndose con lágrimas amargas, que no se permitía. Únicamente, Antioco, maldecía y juraba como para su adentro, pues que la rabia era más potente que toda su amargura.
Nos dispersamos por los distintos ámbitos, buscando cada uno el apartado propio en el que asimilar cuanto estábamos viendo. Y sé que cada cual se juró a sí mismo que aquello no quedaría impune. Eran los tiempos en los que la sangre comenzaba a hervir en nuestras venas y responder a la injusticia o al ultraje y desear la gloria nos azuzaba como una comezón que nos tenía en ascuas de forma permanente. Fuera de la vivienda, los campos habían sido incendiados también y los rastrojos exhibían un aspecto sucio y ceniciento que ofrecía temor hasta para pisarlos. Cuando, nuevamente, volvimos a reunirnos, sentimos el cansancio. En las piernas me ardía la laceración de cientos de azotes y arañazos. Y cuando miré las de mis compañeros, les sucedía lo mismo. En el fragor de la carrera, no nos habíamos dado cuenta de los cortes y los latigazos que nos habían ido propiciando las matas y cardos del camino. Buscamos una fuente para refrescarnos y lavar las heridas, pero no pudimos hacerlo, pues que advertimos que también sus aguas habían sido envenenadas por nuestros enemigos. Durante un largo rato, permanecimos quietos; tumbados bajo una enorme encina a la que el incendio había mordisqueado sólo sus ramas bajas y ennegrecido el tronco. Fue entonces cuando Alcibíades dio salida a todo su coraje y nos conminó para que, juntos, prometiéramos venganza sin aliento. Luego estuvimos hablando de los espartanos. Hablamos de su indigna forma tiránica de gobierno, de su empeño por favorecer y fomentar la oligarquía. En nuestro afán apasionado y partidista, comparamos a Licurgo con Solón y despreciamos su Rhétra, que pasaba por ser algo así como la carta constitucional de Esparta. No obstante, pese a nuestra furia y firmeza, había algo de nuestros enemigos que, en nuestra generosa adolescencia, nos causaba recóndita e inconfesable envidia. Era aquel lema suyo que rezaba: “Todo por el Estado”. Era también su rudeza sin tasa, la aspereza de su instrucción militar. Repudiábamos, pero a la vez admirábamos secretamente, aquella selección cruenta que llevaba a que muchos recién nacidos fueran despeñados desde el monte Taigeto, por el simple hecho de presentar alguna imperfección física, algunas veces casi insignificante. Y hasta nos fascinaba aquello de que su Estado imperara, incluso, sobre la familia. Eran, sin duda, tiempos para nuestra contradicción; nos pesaba casi insoportablemente la vigilancia de nuestros tutores y la bronca docencia de Lamprocles y, sin embargo, reclamábamos la disciplina feroz que, a partir del séptimo año de su vida, separaba a los muchachos lacedemonios de sus familias y los entregaba al ejercicio de la guerra en régimen castrense sin concesión alguna.
La contemplación del saqueo de la villa Auzonia, pues así figuraba su nombre en una placa quebrada de arcilla, furiosamente golpeada, sobre el muro de entrada, nos revulsionó el espíritu y nos hizo interesarnos por nuestro urgente adiestramiento en la milicia.
Volvimos a Atenas nuevamente corriendo. Mis compañeros ya no tuvieron más remedio que reconocer abiertamente mi superioridad, pues que reclamaron descanso en un par de ocasiones, ya que el corazón les golpeaba en el cuello y les cortaba el aire del respiro. Cuando llegamos a la orilla del río, todos nos desnudamos precipitadamente y nos zambullimos sin un acuerdo previo. El agua estaba fría, sobre todo en contraste con nuestras piernas que ardían febrilmente. Sumergí la cabeza e intenté abrir los ojos bajo la superficie. La luz quebrada de la tarde iluminaba el lecho con una claridad melosa y amarilla. Las piedras redondeadas lucían su epidermis semejando metales irisados o musguillos de lana de un verde puro y casi fluorescente. Podía ver las algas como barbas larguísimas que peinaba la corriente con su ondular constante. Olía a verdor y a lodo, a juncos y a batracios; era ese olor característico que siempre he percibido a orillas del Iliso.
Muy pronto me encontré bajo el agua con Antioco, que me había imitado. Instintivamente, nos trabamos en algo así como una lucha, cuyo sencillo fin consistía en mantenernos sumergidos el uno al otro durante el máximo tiempo. Entre el forcejeo, vi acercarse otras piernas y, al instante, otras más. En pocos momentos, estabamos los cuatro peleando en un ejercicio brusco y divertido, que daba salida a nuestro furor de muchachos y a nuestro rencor acumulado a lo largo del día; a la vez que jugaba y bromeaba con las fragancias que se encierran bajo el siniestro atractivo del dominio y la muerte. Pues, en aquel lance de contorsión y fuerza, cada cual trataba de mantener bajo el agua a su oponente, hasta que intuía que, la falta de aire, iba a hacer estallar su pecho oprimido. El rehén era entonces liberado y el magnánimo libertador sentía, fugazmente, el orgullo de quien es dueño de la vida de un hombre. Un instante después, era él quien resultaba indultado, sintiendo así todo aquello desde distinto ángulo. Entonces no, pero ahora sé, desde cuán temprano de la edad de un hombre y de qué forma ingenua y engañosa, el poder sobre la vida de los otros nos cautiva y seduce a todos.
Luchamos, saltamos, forcejeamos y nos zambullimos hasta quedarnos sin aliento olvidando el frío y las heridas. Cuando salimos, exhaustos, a la orilla, nos tendimos para que Helio nos templara con sus tímidos rayos. Nuestros cuerpos tiritaban tanto que crispaban hasta nuestras mandíbulas y nuestra piel arrugada se cuajó de puntos, cual una erupción, reclamando templanza. El sexo de Alcibíades estaba ya rodeado de la sombra dignificadora del vello que cubre el de los hombres y yo sentí envidia. Sin duda, él era consciente, pues que exhibía su singularidad alardeando de ello y no dudó en demorar el vestirse de nuevo hasta que le resultó, al fin, imperativo. Fue, pues, ineludible la referencia al sexo, a la vez que comparábamos la longitud y forma de nuestros atributos y nos intercambiábamos pueril información sobre cómo conseguir más placer a través de caricias. Era, en definitiva, un aspecto singular de la naturaleza que iba abriéndose camino en mí como un raudal confuso y sorprendente, que me intrigaba y me infundía un vértigo secreto y atractivo al mismo tiempo.
Volvimos a Atenas entrada ya la noche. Al pasar por Agra, vimos las chozas sumidas ya en el gris atemorizador de un sucio ocaso, que unificaba toda la miseria cubriéndola por un manto de miedo y desespero. Únicamente de algunos fogones, alrededor de los cuales un enjambre de seres se arracimaba, surgía algún resquicio de luz recortando la sombra quebrada del grupo constreñido. Olía a animales y a pieles a mitad de curtir. Olía a cocción de verduras y a salazones y a comidas rancias y a entrañas de pescados. Olía a orines y a especias y a excrementos diversos; y a cuantas inmundicias rodean y maceran la vida de los pobres. Y desde allí, la mole elegante de la Acrópolis, en la que iban creciendo el templo de Palas y los Propileos, y el festón sobrio de los muros que cerraban la ciudad como un ceñidor de hierro, hacían parecer aquella miseria y su inmundicia mucho más indigna y más abyecta.
Desde la fuente de Calirroe, Alcibíades y Antioco se despidieron de nosotros; sus casas estaban muy cerca de la puerta próxima a Eridano y preferían volver circundando extramuros. Cleofonte y yo avanzamos, cansados, siguiendo un sendero trazado por el paso continuo al pie de la muralla, a la que se agarraban algunas chozas, como parásitos que buscaran recibir el abrigo y la fuerza de la ciclópea tapia. Un grupo de menesterosos extranjeros había hecho lumbre en mitad de la senda y se calentaban sentados alrededor del fuego. Me molestó que unos seugites desarraigados nos cortaran el paso a nosotros, ciudadanos de Atenas, y nos hicieran dar un pequeño rodeo. Al parecer, su apariencia indigna ofendía en mí la dignidad de nuestra insigne patria, y me resultaba inadmisible para nuestra sensible condición de ciudadanos, atizada y candente por cuanto habíamos sentido tan sólo algunas horas antes.
Llegamos a su altura y detuve mi paso, seguro y desafiante, pretendiendo con mi actitud que desmantelaran su mísera fogata. Los desheredados nos miraron desde la desgana de quien no espera nada y siguieron nuevamente ignorándonos. Yo me había calzado mis sandalias. Golpeé con mi pie la espalda de aquel que tenía más próximo, para llamar su insensible atención. “Oye, tú -le dije cargando en mi voz cuanto desprecio fui capaz de acumular de pronto-, quita de mi camino”. El hombre me miró a los ojos. El cielo estaba oscuro; una mancha de tinte gris licuado ensuciaba el celaje a punto de cerrarse como una negra caja. A la luz de su fuego, sus rasgos eran duros y cansados y su piel brillaba con ese lustre de quien no suele lavarse demasiado a menudo. No había en él rencor ni sensación de ofensa; seguramente estaba muy acostumbrado a ser tratado como hez de la tierra. En el escueto grupo se había hecho el silencio y el crepitar de las llamas jugaba con sus lenguas raquíticas de fuego, desde las que se alzaban pequeñas pavesas que iniciaban, ingrávidas, su viaje sin destino. Olía a humo sucio y a miseria. Reafirmé mis piernas sobre el suelo para impedir que se notara el temblor que me estaba alcanzando. Ahora era el grupo entero quien nos miraba, silencioso, pero sin rabia alguna. “Podéis seguir, pasando por un lado”, -respondió sin inmutarse el hombre-. Una ola de furia me recorrió entero y noté cómo la sangre me quemaba por dentro revuelta y alterada. “Vamos, Antandros”, -me invitó Cleofonte, empujándome un poco hacia el lado por el que el paso nos sería posible-. Y un instante después, refugiado en el negror de la sombra que proyectaba la fortificación, noté que mis ojos lloraban, mientras mis dientes se herían, enfrentados, candados de coraje. “Antandros, no has debido comportarte así; ellos no son ciudadanos de Atenas, pero sí hombres”, -me dijo secamente Cleofonte-. Y junto a mis lágrimas y mi ira, sentí entonces mi vergüenza y mi mancha de infamia.
Llegué a casa cuando Eufro y Forsila repartían la cena a los esclavos y no fui capaz de mirarlos de frente. La grana del rubor me quemaba la cara y el hierro de la indignidad me hería la conciencia. Mi madre vino hacia mí con el rostro sereno y sus ojos cansados. ”Antandros ¿dónde has estado durante todo el día?” -me preguntó-. Y cuando le expliqué dónde había estado y qué habíamos visto, y dedujo de mis palabras lo que aquello había impactado en mi alma, únicamente añadió: ”Hijo, ya sé que eres un hombre. Pero eso no te autoriza a tenernos inquietos y sin saber de ti”. Y luego añadió: “He ordenado a Pistias que nada diga de esto a Agios; procura que tampoco, tu padre, sepa nada por ti. Ahora, toma tu cena y retírate pronto. Lamprocles ha enviado a su criado para avisar que mañana impartirá su lección a la hora sabida.
Tomé mi comida absorto en cuanto me había sucedido durante la jornada. En mi cabeza bullían imágenes, sensaciones, deseos y venganzas. Algo reclamaba en mi interior mi concurso y yo no sabía cómo responder a algo tan etéreo y confuso. El mundo se abría ante mí, no ya como una visión panorámica a la que contemplar gozosa y pasivamente, sino como un recinto al que debía acceder implicándome en ello. De pronto había descubierto que yo era un ser humano en medio de multitud de seres y se imponía encontrar mi lugar entre ellos; conquistarlo si era necesario, defenderlo si se hacía preciso. Me había escuchado a mí mismo pronunciar la palabra “enemigo”, y había caído, aterrado, en la cuenta de que los enemigos de un hombre no eran sólo los espartanos, sino todos aquellos otros hombres que estaban colocados en el otro extremo de su pensamiento o no reconocían los principios éticos y morales que éste profesara.
Me retiré a mi cuarto, tras besar la mano a mi madre y en la frente a mi hermana Caris, cuya piel templada y olorosa era, cada día, el último contacto que deseaba tener con la vida consciente. Me desnudé y me tumbé en mi estera. La luz de mi lámpara teñía de un tono anaranjado los dibujos de caza que decoraban mi cuarto, a la vez que jugaba a sombrear, temblorosa, el añil que ceñía por arriba los muros y tapizaba el techo como una hermosa noche. Tapé mi desnudez con un lienzo ligero y dejé que mi imaginación se gozara en el recuerdo de los juegos de agua que había tenido con Alcibíades, Antioco y Cleofonte. Y un instante después, el fluir de mi sexo templaba, tibio y viscoso, la palma de mi mano, convirtiendo el gozo en una incógnita, no sé si salvadora o inquieta y evasiva.
Dormí profundamente, tal vez queriendo huir, quizá deseando que el gozo saboreado en el filo primero de la noche no terminara nunca. Dormí sumido en la seguridad de que mi alma se iba despertando y mi entendimiento cada día iba entrando más en la vigilia que desvela a los hombres, cuando son obligados a salir del mundo apacible de la amable infancia. Ya no había retorno. Sabía que en Olimpia había dejado algo perdido y que en Olimpia había encontrado algo que ahora estaba frente a mí, aunque no me atreviera a mirarlo valiente.
A los pocos días, solicité de Agios que me dejara asistir al Gimnasio. Mi padre recibió con satisfacción mi demanda y me autorizó a que fuera a ejercitarme bajo las órdenes de Alexias; un gimnasiarca, antiguo atleta, cuya dedicación a la enseñanza de los ejercicios era sobre todo una devoción y un tributo a la patria. Mis amigos también concurrieron, a partir de entonces, con celo al Gimnasio. Así pues, mi jornada se comenzó a convertir en un sinfín de tareas que cubrían mi día y que requerían de mí un esfuerzo y una dedicación casi avasalladora. Pues además, fui seleccionado para participar en el coro que habría de danzar el año próximo en las fiestas en honor de Dioniso. La recomendación la había hecho el entrañable Sófocles, quien era considerado toda una autoridad en relación con ello, desde su éxito tras la batalla de Salamina, y que ahora venía por nuestra casa con mucha más asiduidad que nunca.
Cuando el querido Sófocles se enteró de mi asistencia diaria a los adiestramientos que impartía Alexias, me reclamó aparte y dedicó una velada a conversar conmigo. Había cenado aquella noche con Agios y, tras los brindis, pidió que se le excusara, pues que deseaba hacerme unas preguntas y darme algún consejo. Agios accedió complacido, y a mi madre, tal consideración para conmigo, le hizo que sus ojos de niebla verdecida se le arrasaran en lágrimas de dicha. Fue ella quien me trajo el aviso: “Antandros, levanta y date prisa; el noble Sófocles desea departir contigo”. Y en un movimiento instintivo, me alisó y colocó los pliegues de la ropa, me ajustó el ceñidor y me ordenó el cabello, para estar presentable.
Salimos a la terraza de Agios. La noche era fresca. Atenas dormía en una apacibilidad que parecía imposible. Mi madre y Agios se habían retirado y los esclavos reponían fuerzas. Únicamente Calira y Timandra, recogían los restos del cenáculo y ordenaban las mesas y clinos entre un bisbiseo apenas perceptible. Mi madre había dejado a nuestro alcance dos cobijas de lana y, cada uno, nos cubrimos con una. Sófocles se sentó frente a mí. A su espalda se intuían los perfiles de Atenas, pues que la noche era especialmente oscura. Me habló de la patria, de su codicia y de la inmensa grandeza a que estaba llamada. Me habló de las leyes, de nuestro orden democrático, de Clístenes, abuelo de Pericles, de las facciones y luchas internas, de los desórdenes que nos acometían y de lo difícil que era ser un hombre de honor y un guerrero valeroso en tiempos tan revueltos. Pero sobre todo me habló del interior del hombre, del esfuerzo y la lucha, del progreso constante y de la perenne huida de la sabiduría. Me explicó que había que perseguirla, como si de un demente caprichoso se tratase, si se la quería ir poseyendo, poco a poco, aun en sus retazos más insignificantes. Pues -me aclaró- que ella, en su totalidad, era inmensa e inabarcable para los mortales.
Oí al noble, dulce y piadoso hijo de Sofilo hablarme de su padre con el cariño más entrañable que haya podido atestiguar en la boca de un hijo. Ponderó el acierto que para con su educación tuviera su progenitor y quiso que entendiera que, en estos momentos, él era un auténtico padre para mí. Escuché sus palabras dejando que penetraran en mi corazón como una lluvia fértil y, como un enfermo que se entrega dócil al dios para que obre en él, me ofrecí, interiormente, para que en mí obraran sus inestimables consejos. Y cuando dio fin a su elocuencia, me ofrecí a acompañarlo hasta su casa, portando para él la luz de una antorcha. Transitamos las calles oscuras y empedradas y llegamos a la vía donde se alinean los trípodes hermosos que recuerdan y perpetúan triunfos de nuestra escena, en la que Sófocles es quien más distinciones ostenta y atesora. Y cuando me despedí de él, besó mi frente y como adiós me dijo: “Antandros, ahora tú llevas la antorcha entre tus manos, y no olvides que las calles de Atenas están demasiado oscuras”. Yo supe que no se estaba refiriendo a aquel momento. Y solo y en silencio, acometido por un millón de sombras atemorizantes, comencé entonces el auténtico camino de mi vida.
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