No sé en qué momento de mi vida me puse a considerar, con gran respeto, el politeísmo. Desde entonces, creo, sinceramente, que todos los dioses son verdaderos, con la misma convicción que me atrevo a asegurar que todas las religiones me parecen falsas.
XI
LA DIOSA Y LOS SENTIDOS
Sé que todos cuantos vivimos la hermosura y grandiosidad de aquel día, jamás podremos olvidarlo. Creo también que nuestro desfile permanecerá por toda la eternidad en la mente de nuestras doce divinidades superiores, pues que desde el áureo balcón del Olimpo, sin duda, asistieron dichosos y admirados al sobrecogedor cortejo en honor de Atenea. Únicamente en el fondo del corazón de sus amigos y en la antesala del entendimiento de los admiradores de su arte sublime, permanecerá una gota de amargura y desconsuelo por Fidias, pues que el ciego orbe fue testigo mudo de su indigno y ofensivo destierro, sin que la tierra crujiera por ello o el filtro del cielo, por el que se derrama la luz, se cubriera con las cenizas cegadoras de los duelos. Déjense, no obstante, los misterios en manos de los dioses y créase solamente en sus revelaciones. Porque entre los velos insondables del Oráculo y el sinuoso obrar de los mortales, nuestro pueblo asistió aquellos días y fue artífice de dos acontecimientos que presagiaban, cada uno a su modo, un largo período de negrura, en cuya oquedad, aún hoy, nos encontramos presos de confuso extravío.
Nunca llegó a saberse quién entró en el taller del artista y robó aquella parte de marfil y de oro, en la que se estaba labrando una mano y el imation de la Parthenos. La noticia circuló por Atenas con el desconcierto y la mancilla con que el aceite sucio impregna y deteriora una tela preciosa e impoluta dispuesta para ornamentar un rito. Un revuelo inmenso confundía las proximidades del taller de Fidias. Y, ya desde lo lejos, Cármides y yo, que nos dirigíamos a él para ser dibujados, pudimos escuchar la precipitación y los gritos con que sus discípulos huían, temerosos de ser también ellos rendidos y apresados. El rigor de la justicia fue extremo y nada pudieron hacer quienes, como Agios, Sófocles o Calias, desplegaron todas sus influencias a favor de quien era uno de sus amigos. Ni siquiera el verbo encendido de Cleón o el reflexivo razonar de Herodoto, torcieron un ápice el severo actuar del Arcontado. En el fondo
de todo estaba la negra y repugnante lucha por el poder y, esta vez, venía amordazada por las firmes e irrompibles correas de la envidia.
Cuando llegamos al lugar, el revuelo se había ya acallado. Las puertas estaban desvencijadas, como si, más que un prendimiento, se hubiera tratado de un asalto. Nadie quedaba ya en el patio, en el que reinaba un polvoriento silencio expectante, como el que sigue tras un linchamiento. Desde la penumbra de los cobertizos, creí ver avanzar a las estatuas, inquiriéndonos la respuesta urgente a una pregunta que se envolvía, ahogada, en el grueso bochorno de la tarde. Por el suelo de tierra blanca pateada, estaban desperdigadas herramientas y útiles. Junto a la boca, inútilmente ávida, del horno de fundir, yacían cacillos y tenazas todavía humeantes. Un poco más allá, vimos volcados cuencos de madera y cráteras, cuya agua vertida había sido chupada por la tierra con sedienta avaricia, como queriendo borrar la sangre que inculpara de un crimen. Los espectros apenas desbastados en los bloques de mármol, parecían mostrar de un modo más evidente que nunca la incógnita remota de sus apariciones. Y un halo de temor ocupaba el lugar, cual si siempre el recinto hubiera encubierto un indigno comercio o un culto intolerable a alguna deidad de procedencia bárbara. Vi a Cármides moverse por el recinto con la ingravidez y pausa con la que se desplazan a veces los actores que pueblan una escena; con el sigilo de quien no quisiera despertar a alguien que estuviera dormido. En un instante, aquel espacio sobradamente conocido se había convertido para él en extraño y agreste. Ascendió por las escaleras enjalbegadas de cal y añil que, pegadas al muro del patio, conducían a la repisa que circundaba el perímetro. Desde allí podían verse las calles y las casas vecinas. Y, cuando descendió, me hizo saber que era como si ahora la ciudad, en las proximidades, hubiera sido completamente acuchillada y ninguna vida alentara en ella. Entramos después en la sala en la que el maestro solía tomar nuestros bosquejos. El plinto estaba abandonado. El manto púrpura, que seguramente cegaba parte del cuerpo del último modelo, estaba allí en el suelo, ovillado como un trapo dedicado al desecho. Los apuntes del maestro, sin embargo, habían sido colocados con el esmero y la templanza que Fidias dedicaba a su arte, aun en los momentos más peligrosos y más comprometidos. No sé por qué, pero aquello me permitió un poso de esperanza. Era como si Fidias hubiera dejado grabado sobre sus dibujos un mensaje de tranquilidad para quien fuera capaz de descifrarlo.
Con la rapidez que nos fue posible, nos fuimos hasta el Ágora. Queríamos buscar el juicio y el consejo de Sócrates, pues que en su razonar deseábamos reposar de nuestras inquietudes. Aquel día no lo localizamos. Ya era sabido que él no tenía un lugar fijo en el que disertar y su rumbo podía dirigirlo hacia cualquier destino. Cuando nos encaminábamos a su casa, vimos a su hijo Menéxeno, a quien le preguntamos, pero no tenía noticia alguna de dónde podía estar su padre. En su casa, Xantipa, su mujer, aprovechó para relatarnos cuantas quejas tenía para con el comportamiento de quien era, según ella, el hombre más desaprensivo de la ciudad para con su hacienda y los suyos. Volvimos junto a los jardines que llaman de Academos. Por la ciudad, los rumores eran muy contradictorios. Algunos aseguraban que Fidias se hallaba en compañía de Pericles y Aspasia, atendiendo importantes encargos de embajadas secretas, que mezclaban y trocaban alianzas políticas por demandas caprichosas de bellezas de arte. Otros, sin embargo, hablaban de denuncias, de robo; de reclusión en la cárcel del Estado y de juicio inminente.
Cuando llegué, cansado y sudoroso a la casa de Agios, mi padre estaba esperándome. Envió a Forsila para que me dijera que fuera a sus estancias. Fue entonces cuando me manifestó su desagrado para con las compañías que, según había sido él informado, yo estaba frecuentando. No tuvo recato para poner a Sócrates a la cabeza de cuantos le desagradaban o le infundían alarmantes sospechas. Escuché en silencio cuanto mi padre me gritó airado, sin encontrar por mi parte la razón de su ira. Tuve, eso sí, una vez más, la confirmación de que el temor siempre necesita la cólera para apuntalarse y huir hacia adelante. Y con la amargura de la injusticia y el desamparo, uncidos en un yugo, me retiré a mi cuarto, tratando de tragar aquel bocado que me forzaba a vomitar la vida.
Los días que siguieron estuvieron presididos por la incertidumbre. En Atenas seguían hacinándose toda clase de gentes. El proceso a Fidias mezclaba y encubría, junto a la desaparición de los nobles materiales, una clara conspiración contra Pericles, a quien se acusaba, insistentemente, de oculto dictador. Los delatores del artista deseaban ver la reacción del pueblo si, tras la causa, se ponía en entredicho al alto mandatario. La superstición y la demagogia iban horadando con lentitud y terquedad de larva la cimentación popular del Estado y el sitial que ocupaba Pericles. Aspasia, una vez más, hábilmente, había pilotado la nave que llevaba a satisfacer cuantos caprichos el pueblo demandaba. Ella había sido quien mayor fuerza había hecho para que se atendiera la aspiración popular, que anhelaba cambiar la antigua estatua de madera de Atenea Parthenos por una nueva confeccionada con marfil y con oro. Por eso, la oposición, no pudiendo derribar en otro embate al líder, arremetía sistemáticamente contra aquellos amigos y colaboradores que aportaban brillo y prestigio a su aclamado y próspero gobierno. Habían esperado, eso sí, a que la imagen de la diosa estuviera casi terminada, para que el pueblo no demandara la excarcelación del autor. De ese modo, uno de sus discípulos podría rematar la obra apenas inconclusa. El pueblo sería satisfecho y el agradecimiento a Pericles ensombrecido por la nube de corrupción que envolvía a su íntimo amigo y colaborador.
Recibí amargamente la censura de Agios. Cuando medité sus palabras con más tranquilidad, percibí claramente el amargor y el desasosiego de quien se siente obligado a torcer sus juicios y razones por el dictado caprichoso o el interés de otro. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que ya no era un niño. Junto a mis amigos, y casi sin saberlo, había ido tomando parte en los acontecimientos de mi ciudad. Me preocupaba su orden, sus gentes, su justicia y su mezquindad; las ideas que en ella circulaban y que la convertían, ante mis ojos sin otras experiencias, en la ciudad más insigne de cuantas existían. Me inquietaban, sobre manera, los rumores que venían de otras tierras y que desembarcaban en El Pireo, cual vientos encrespados, que parecían poner en entredicho el orden imperante. Algo iba creciendo en mi interior que me forjaba como un ser crítico; ansioso por rastrear la sombra de la sabiduría, ambicioso por ofertarme en gloria a quienes eran la estirpe y el emblema de mis antepasados. De nuevo sentí la imperiosa necesidad de fundirme conmigo mismo en la áspera soledad de la carrera. Y entre el ardiente galopar de furias que conseguía convertirme en un ser primario y sin ambages, que en tales momentos únicamente luchaba por sobrevivir, supe que debía ser aquél que decidiese por sí mismo; sin que nada ni nadie eligiera, en mi nombre, mi ruta o mi destino. Desde aquel momento, la oposición a Agios fue abierta y motivada.
Cuarenta talentos fue la suma que la delegación de Olimpia hubo de satisfacer para pagar la fianza impuesta al artista. La suma era en verdad cuantiosa si se consideraba en sí, aunque en realidad quedara reducida a algo insignificante, si se tiene en cuenta que, gracias a ella, la administración elea pudo al fin ofrendar al gran Zeus la más bella estatua que jamás haya existido albergando a un dios.
Partió la comitiva que llevaba a Fidias al destierro, unos días antes de las Panateneas. Todo fue calculado con minuciosidad para que el pueblo estuviera distraído y satisfecho y nada impidiera que el remate de la conjura fuera el pretendido por sus maquinadores. El frontón del templo de la diosa, que mira al lado de naciente, no estaba concluido. Pero una hábil reorganización del taller del maestro, garantizaba que sus discípulos darían los últimos toques a la colosal obra que, por otra parte, ya estaba totalmente ensamblada y dispuesta. Así pues, el gran triángulo que Helio contemplara como una primicia, al nacer cada día, fue un prodigio de imaginación, volumen e insigne virtuosismo. El mármol rosado del Pentélico, veteado de hierro, parecía madurar cuando los reflejos de oro lo incendiaban en cada amanecer. Cuando estuvo dispuesto, subí con Cármides y Kebe para contemplarlo. Y puedo asegurar que únicamente el silencio nos resultó el más adecuado narrador de aquella sublime maravilla. La gran Palas Atenea naciendo milagrosamente de la cabeza de Zeus ocupa el espacio central. A ambos lados, las Horas y las Parcas, testimonian su presencia inquebrantable en el nacimiento y la muerte. Más allá, los encabritados caballos del dios Helio, relinchan anunciando el día. Al otro lado, los corceles de Selene, humillan dócilmente sus cabezas. Día y noche. A esa hora de luz, nacía Atenea; de ese modo grandioso, despertaba Eos; la Aurora derramaba fortunas y esperanza sobre toda Atenas.
Poco tiempo fui, ante los ojos del gran Fidias, uno de aquéllos de los que, por entonces, él tomó escorzos y bosquejos. Siempre he sentido un inmenso placer, algo así como el regalo de un secreto compartido o revelado, cuando, admirando su obra, he podido identificar figuras conocidas, posturas y ademanes recordados, que él había sabido incrustar en sus obras de mármol o de bronce. Jamás olvido que, entre las metopas que miran al sur, aquélla que muestra al centauro Quirón, quien enseñara a Aquiles a cabalgar y a tañer en su lira, el lapita que ha sido abatido no es otro que Orsino, el atleta de Eubea, aquél que desfilara junto a Feidolas la tarde en que vi por vez primera al luchador Licino, cuya mirada azul siempre me ha cauterizado el alma.
Aquel año, la preparación de las Panateneas fue espectacular. La procesión hubo de ser formada, en doble hilera, desde la puerta Sacra y la de Dipilón. La ciudad había mandado emisarios a todos los confines portando invitaciones. Todas las ciudades que componían la liga llamada de Delos, estaban avaladas. Y la ostentación de sus embajadas era un prodigio de grandeza y competición, sin recato ni límites. Atenas estaba realmente hermosa. Nunca jamás he vuelto a contemplar a nuestra ciudad tan profusamente engalanada. Los jardines y las fuentes que se asoman a la Vía Sacra estaban adornados con cintas tejidas en lanas de tintes variados, que el viento hacía ondear cual cabellos larguísimos y cuyo silbido parecía entregar mensajes enigmáticos al aire. Todas las piletas de los surtidores contenían un lecho tembloroso de pétalos de flores, que a mí me aromaban, lo mismo que un presagio, a muerte perfumada. Telas de seda, cual toldos desplegados, pendían de los árboles tapizando la ruta, impidiendo que el sol tocara sobre el suelo. Enormes grímpolas, banderolas, guiones y estandartes oleaban en sí el fulgor de la luz, a la vez que hincaban en el cielo los colores patrios de todos cuantos allí estaban reunidos. Las estatuas de toda la ciudad habían sido coronadas de flores y de frutas enlazadas por manos de doncellas. Y ante todos sus pedestales había canastos o cuévanos conteniendo presentes y regalos. La estatua de Céramo y la escalinata del Teseion eran los lugares donde la religiosidad había sido más abundante y pródiga. Un lecho de hierbas aromáticas alfombraba el suelo por el que debía discurrir el gran cortejo. Cientos de pebeteros dejaban escapar, como manos de danzarinas lidias, sus lenguas luminosas. Desde todas las esquinas fluían los aromas con los que, cientos de braseros humeantes, perfumaban las calles. Todos los edificios públicos lucían tejidos y tesoros colgados de sus muros o entre sus columnas. Los dioses o los héroes que adornaban sus frontones, sus frisos o metopas habían sido trenzados con guirnaldas que iban enlazándolos como en una unción simbólica y soñada. Todos los trípodes que ornaban la ciudad habían sido nuevamente bruñidos, pulidas sus peanas, remarcadas todas sus inscripciones y máximas. Desde la ciudad alta podía verse la tribuna de Pnyx y el Areópago, en la colina de Ares, vestidos, ambos lugares, con sus telas de gala. De todos los pórticos pendían, como sueltos al viento, panoplias, emblemas y atributos ofertados a Palas. Eran lanzas y escudos, cascos y espadas labrados por artistas, cuyos dueños los habían obsequiado, en gratitud, a la gran señora y virgen de la guerra.
Asistí a la procesión en honor de la diosa, como muchacho que ya había sido admitido en la milicia, junto a mis compañeros. Nuestra posición en el cortejo era casi final, lo que me permitió observar con minuciosidad cada uno de los anillos de aquella magnífica serpiente ritual que, entre sus dientes, ofrendaba a la gran protectora su nuevo peplo. A la espera de integrarme en el nutrido cortejo, vi a Hipócrates; su lugar en el desfile era contiguo al mío. Hablamos durante un largo rato. Venía de Agra. Las enfermedades en el arrabal estaban comenzando a ser preocupantes. Entre la miseria y el desamparo, los males parecían escarbar con un mayor ahínco. Y, a pesar de las ayudas públicas que Pericles había prodigado, el hambre y el hacinamiento comenzaban a ser un enorme problema. También Hipócrates estaba notablemente desmejorado. Su afán por penetrar en el mundo hermético de las enfermedades, le había hecho rehusar gratas invitaciones, para así poder dedicarse a ambientes más míseros y sórdidos. Y esa consagración apasionada le hacía despreocuparse de sí. Observé sus ojos y noté que su mirada flotaba y se movía ahora en un líquido más espeso que antes. Sus ademanes también habían perdido espontaneidad. Sin embargo, no había duda alguna de que seguía siendo un hombre religioso y prudente. Mentalmente, evoqué el significado imperioso de su nombre “caballo y fuerza”. Y entre el entusiasmo alborozado de la gente que, enloquecida, iba de un lado para otro en torno al larguísimo cortejo, agradecí a Asclepio que su ciencia y saber hubieran sido depositados en manos y corazón tan firmes y tan nobles.
Cuando nos correspondió ingresar en la marcha, Telis y Alcibíades se colocaron a mis flancos. Cleofonte, Aristófanes y Antioco venían tras nosotros. Más de siete estadios, puedo asegurar, ocupó aquel año el gran cortejo. La nave carruaje había sido construida y tallada para aquella ocasión en madera de olivo. Los cuernos dorados de los bueyes refulgían como de puro oro. Y entre las ruedas de la carreta se entrelazaban y giraban figuras de silenos grotescos y rechonchos, cual si estuvieran ebrios y danzaran. Y los adornos que lucían las bestias sobre sus frentes anchas y los mantos tejidos y bordados que cubrían sus grupas, eran dignos de tapizar la morada de un monarca de Oriente. Cientos de campanillas tintineaban al ritmo cadencioso de su paso, como una sutil algarabía de sones encontrados. Abrían la comitiva un número nutrido de jinetes. Ataviados todos con sus clámides rojas y sus arreos de guerra, dejaban patente la grandeza de la caballería ateniense. Llevaban, en esta ocasión, los escudos atados a su brazo derecho, pues tal era la orden. Queríase, así, que los rayos del sol rojizo de poniente incendiaran sus círculos pulidos e hicieran flamear las cabezas de gigantes, monstruos y gorgonas que tenían talladas. El calor y la aglomeración hacían ingobernables las monturas que, inquietas, relinchaban y daban cabriolas, desacompasando y torciendo la marcha, que había comenzado en formación perfecta. Los esclavos caminaban a ambos lados de la hermosa parada. Y más de uno hubo de intervenir tomando el bocado de su mano, o portando las bridas durante toda la marcha. Agios montaba a Mirkos, cuyo negro como el del azabache contrastaba aún más rozado por la capa púrpura de mi padre. Los cascos empenachados, vistos desde lo lejos, sugerían un jardín poblado de forestas y aves de múltiples colores. Las delegaciones extranjeras seguían en el orden. Su variedad era tan ostensible, que uno se veía obligado a pensar en la diversidad de pueblos que poblaban la Hélade. Cuando aparecieron los sacrificadores, todo el mundo detuvo su palabra. Era de ritual observar en silencio a quienes tenían encomendado el delicado oficio de sangrar las ofrendas hechas a las divinidades. Llevaban ellos sus jofainas de oro y sus cuchillos sagrados. Y su paso era semejante al de una nube oscura que va enmudeciendo la franja de tierra que ensombrece. Circunspectos, venían los magistrados. Sus vestidos de gala habían sido confeccionados con la misma lana, y sus tintadas, idénticas, les uniformaban de impecable manera. De ese modo, su severa presencia parecía ser el testimonio de aquel su oficio riguroso. Recordé a Fidias y lo imaginé cruzando las tierras abrasadas de la Argólida. Los jóvenes músicos ocupaban el lugar inmediatamente anterior a los portadores y portadoras de ofrendas. Tañían suavemente. Un grupo de muchachos danzaba al son de sus sonidos describiendo figuras, entrelazándose, dibujando sobre la ruta complicados trenzados y ensamblajes, que luego deshacían con graciosa soltura. Los hoplitas traían sus torsos curtidos y desnudos. Sus musculaturas eran semejantes al bronce. Desfilaban mirando hacia el frente, sin que nada ni nadie pudiera distraer su mirada perdida en el abismo. A su paso, sus sandalias de cuero producían un sonido marcial que al pueblo entusiasmaba, pues dejaba patente la seguridad y firmeza de la patria. Un grupo cuantioso de estrategas, seguía tras de ellos.
Tras los atletas coronados, seguían los acróbatas y, tras ellos, los hijos de la patria que en los cuatro últimos años habíamos jurado el escrutinio y estábamos adiestrándonos en Muniquia. Cerraban el desfile los hijos de la patria; los vástagos de quienes habían entregado su sangre por defender a todos. Entre ellos estaba Amasis. Supe entonces que su padre había muerto en Caria, cuando los desórdenes que, al final, habían anexionado este distrito a Jonia.
Una vez más, su presencia me produjo una enorme inquietud. No había vuelto a cruzar palabra alguna con Amasis. Le había visto en el Estadio, siempre de un modo fugaz. Le había descubierto en los baños, perseguido por mi predisposición a hablar con él, que siempre se había derrumbado en el último instante, sin que yo averiguara el porqué. Él parecía siempre darse cuenta de mi presencia. Incluso, podría asegurar que, cuando acudía al Estadio, lo hacía para verme correr. Una mezcla de vanidad y temor se daban cita en mí, siempre que aparecía Amasis. Confesaré que efectué mi desfile aquel día creyendo que sus ojos estaban clavados en mi nuca. Y, de nuevo, la controversia de mis razonamientos con respecto a su actitud conmigo, me empujó a que, de una vez, yo fuera capaz de dirigirle la palabra.
Cuando ascendimos por las escalinatas del lado de poniente, Helio era ya solamente una mancha de tinte amoratado. Las antorchas daban ahora al cortejo un aspecto aún más solemne. Pasamos bajo los Propileos. Al llegar ante el templo de Atenea Parthenos, el desfile se dividió en dos brazos, para abrazarlo así por ambos lados y volver a confluir nuevamente bajo el frontón que mira hacia el naciente. Al amparo de la fila de columnas, los sacerdotes de todos los templos de la ciudad estaban alineados en señal de acatamiento y suprema piedad. Pasamos a sus plantas. Y cuando estuvimos allí, donde Hefesto rompe de un hachazo la cabeza de Zeus, de la que surge la divinidad completamente armada, cuyos perfiles a la luz de las llamas toman una apariencia más severa y grandiosa, vimos aparecer al gran sacerdote y a la sacerdotisa. Venía ella rodeada del coro de sus muchachas vírgenes, para aceptar el nuevo vestido ofrendado por las Ergastinas. Las muchachas más nobles lo habían tejido y trabajado, y ahora lo entregaban en nombre de Atenas a la diosa. El peplo había venido colgado como vela en la nave sagrada que arrastraban los bueyes, para que todo el pueblo pudiera contemplar la labor y riqueza de todos sus bordados. A partir de ese día se expondría en el templo por espacio de un año.
Al meditar ahora y escribir sobre aquellos días, sospecho que mis recuerdos no se someten a un juicio riguroso, que haga más serenos y fieles mis viejos testimonios. Sé que todo cuanto es visto con los ojos impetuosos de la juventud tiene más brillo, más grandeza y el máximo entusiasmo. No obstante, quiero no renunciar a ese sedimento de hermosura, que aquellos días dejaron entonces en mi mente repleta de esperanza. Suficiente horror y desencanto se acumula siempre al final de la vida de un hombre, para despreciar las fantasías que crea la memoria.
Cuando todo estuvo terminado, busqué a Amasis y le di mi saludo. Entre toda la aglomeración que poblaba la Ciudadela, apenas si podíamos entendernos. Cuando fue posible, bajamos de la Acrópolis aprisionados por el hervor humano. Ya junto al Areópago, pudimos, al fin, trabar conversación. Amasis me atendió solícito y afable. Podría asegurar que él también esperaba el encuentro. Paseamos por la ciudad que ahora ya se había bañado en la luz de la noche. Desde cualquier punto, la Acrópolis, era como una lámpara inmensa en la que ardiera el aceite sagrado. Su entorno, con forma de navío, había sido cuajado de pebeteros y lámparas que hacían fulgir su perímetro, cual si un incendio suave y cariñoso lo iluminara todo. El gran santuario brillaba en lo alto, abandonado al fin, a las plantas de Atenea Promakhos que, erguida, custodiaba la ciudad, señalando con su lanza el puerto de El Pireo. Los barrios de Atenas bullían de alborozo. Caminamos lentamente, sin rumbo preciso, disfrutando de una conversación que iba mezclando los temas más diversos. De pronto, Amasis, se me presentaba como un amigo al que hubiera conocido desde lejanos tiempos. Sus palabras seguían siendo firmes; profundamente reflexivos sus razonamientos. Seguía recordando su voz airada. Entre sus palabras locuaces de ahora, continuamente, se me entremezclaban aquéllas de entonces: “Míralo bien, Antandros; ése es el mensaje de nuestros enemigos; eso harán, en cuanto puedan, con todos los hombres y mujeres de Atenas”. Sin embargo, ahora no se me hacía imperioso preguntarle qué razones le llevaron a tratarme con tanto rigor y desdén en aquellas jornadas. Hablamos hasta una hora elevada. El tiempo cursó con premura. Ya cuando íbamos a despedirnos, descubrimos a Sócrates. Le acompañaban Tucídides, el hijo de Melesias, y Fedón. Junto a ellos venían el poeta Méleto y Licón, el retórico. Sócrates estaba visiblemente apenado por la suerte de Fidias. Abominaba de la ciudad que trataba así a sus más ilustres hijos y maldecía al pueblo que se olvidaba tan pronto de sus crímenes y se envolvía en fiestas para aturdirse en ellas. Observé a Méleto y Licón. Eran como dos alimañas que dejaban expresarse al maestro para cazarlo en sus mismas palabras. Nunca he admirado la retórica. Siempre me ha parecido el arte de embaucar y volver del revés lo que se dice. El poeta arremetía contra Sócrates, pues que decía entender que éste prefería la justicia aplicada a los hombres a la veneración tributada a los dioses. Hábilmente Sócrates huía de sus cepos. En ningún momento restaba él nada a Palas Atenea. Únicamente defendía que sólo podía venerarse honradamente a la diosa, garantizando la equidad en las leyes y la precisa aplicación de la justicia; pues que éstos eran, precisamente, los atributos de la divinidad. Escuchamos durante un rato más su controversia. Cuando nos separamos de ellos, Amasis se quedó ensimismado. Caminamos un trecho en silencio. Luego, espontáneamente, me dijo: “Antandros, los días de Atenas están contados”. Lo miré con alarma e interrogación. Sin darme tiempo a ninguna pregunta, le escuché hablar. Lo hacía ahora, no como si me estuviera hablando a mí, sino como si monologara para consigo mismo en voz alta. Los preludios de guerra eran para él noticias claras. Pericles había apurado al máximo su hacer dictatorial. Las facciones políticas buscaban provocar nuevas fisuras. Y la liga de Delos era una cincha que oprimía, ahogando, a muchos de sus componentes. Esparta maquinaba calladamente y Argos veía con demasiada claridad el obstáculo que suponía Atenas para sus lógicos proyectos de expansión. Cuando nos separamos, nuestras almas habían sintonizado mucho más allá de las meras palabras, más allá incluso de los acontecimientos ya vividos juntos; más allá, en fin, de aquello que puede resultar explicable y visible.
No volví a ver a Amasis en unos cuantos días. Sus misiones y sus adiestramientos en Muniquia lo tenían permanentemente ocupado. Únicamente, Cármides, me informaba que lo había visto alguna vez en la casa de baños. Cuando asistía yo a la Guarnición, él había partido con alguna patrulla. Por otro lado, mis ejercicios con Alexias me tenían ocupadas las jornadas completas. Habíamos comenzado a practicar movimientos y pruebas encaminadas a fortalecer mi osamenta y mi musculatura, a flexibilizar mis fibras y tendones. Mi descanso era medido y riguroso. Y mis sesiones con Timasión eran, ahora, casi diarias. Él estaba consiguiendo que mi cuerpo fuera cada día más dueño de sus movimientos. La aplicación de sus bálsamos y manos eran un placer al que yo me había acostumbrado con actitud obsesiva y viciosa. Sin proferir palabras, él estaba dictándole a mi carne las lecciones y órdenes que la iban despertando. Recuerdo, en la penumbra de aquel cuarto del Estadio que nos había sido asignado, la impresión casi palpable de notar -casi ver- cómo mis sentidos se iban incorporando a mi saber consciente. Fueron sus manos las que me refirieron con precisión exacta la longitud de mi cuerpo. Sus manos, las que me hicieron conocer mi peso. Sus manos, quienes me fueron señalando el lugar que ocupaban y la descripción de todas mis formas o parcelas. Timasión fue quien, primeramente, me enseñó a disfrutar la vida; pues que con su tacto abrió las ventanas, hasta entonces, cegadas de mi ser.
La Andrómaca partió un día de esciroforion hacia Corcira. Se la provisionó con un cargamento de trigo y de cerámicas y se hizo a la mar una mañana de viento caprichoso, lo que fue interpretado como un augurio de mediana fortuna. No obstante, a bordo iba la esperanza de nuestra democracia y el deseo de que nuestras alianzas pudieran volver reforzadas de nuevo.
Una de las mañanas, casi al amanecer, vino Caris hasta mi habitación. Mi hermana parecía frisar ya la edad de las doncellas. Con su encanto de siempre, se sentó al borde de mi lecho. Al contraluz, su figura era semejante a la de una cualquiera de esas hermosas vírgenes que, entrelazadas, decoran la balaustrada que circunda la terraza del templo de Atenea Nike, al que todos llamamos de la Victoria áptera. Ése que construyó Calícrates, unos años más tarde. Aunque yo sepa que lo trazó Damisco, guiado por Ictino. Su cabello estaba ya peinado y su vestido blanco recogía cuanta luminosidad y transparencia posee la luz a esa hora temprana. Comenzó a acariciar mis pies para despertarme. Lo hacia ella con cuanto amor y ternura pueda imaginarse. A la vez, me hablaba quedamente para que mis sentidos fueran entrando en la vigilia como en un dulce resbalar; pasando del sueño a la consciencia sin brusquedad alguna. Nunca renunciaré a hacer patente la ternura de mi hermana Caris, pues en actos como aquél se explica de modo incomparable su alma prodigiosa.
Desperté, pues, cual si entrara de nuevo en un amable sueño. Sentada a mis plantas, mi hermana me mostraba su perfil perfecto de doncella. Solía trenzar su pelo por entonces con un aderezo tal vez impropio para su edad temprana. Recogía el cabello con horquillas y prendedores de ónice y de oro, de tal modo que su cuello y su frente quedaban, desnudamente, despejados. Era realmente tentador ver el lóbulo blanco de su oreja y el cabello finísimo y sedoso que desde ella se tensaba para formar su moño. A su figura delgada e ingrávida, aquella forma de peinarse la aportaba una esbeltez y una elegancia sumamente envidiables. La miré con ojos soñolientos y reclamé con mis manos sus manos. Recuerdo aún el tacto templado de su carne y la delgada multiplicidad de sus dedos asidos por los míos. Un instante permanecí recibiendo, a su través, cuanto de hermoso la vida me había regalado hasta entonces. Con los ojos cerrados, creo haber sentido, en su piel, a Talía. Luego una de sus manos se liberó de mí. Su cuerpo vino a sentarse un poco más arriba, cerca de mi regazo. Noté el peso leve de su cuerpo hundiéndose sobre el jergón y el perfume de su carne cercana. Un instante después, me obligaba a abrir los ojos, pues que su mano, ahora, revolvía con deleite mi cabello y jugaba con mi pelo rizado y caprichoso. “Despierta, perezoso, debo decirte algo que me inquieta y me tiene sumamente apenada”.
Creo que me incorporé súbitamente. Algo me impedía guardar calma cuando me hacía presentir que Caris podía estar inquieta. Vi como torcía su mirada y la dirigía hacia la gran ventana. Entre la celosía se colaba el verde limpio y brillante de la parra cuajada ya de incipientes racimos de uvas transparentes. Me habló sin mirarme. Fue entonces cuando me refirió el comportar extraño que había observado en la esclava tracia, la que fuera concubina perenne de mi padre. Al parecer, además de una rigidez extremada en su cuerpo, con demasiada frecuencia, la nodriza, la había descubierto conversando a solas. Siempre eran -según me refirió- diálogos que ella fabricaba cual si estuviera departiendo con Agios. De otra parte, habían comenzado a faltar objetos y prendas del amo de la casa y Eufro y Calira aseguraban que las había robado la demente, para obrar sobre ellas augurios y reclamos, en los que, sin duda, recurría a la complicidad de alguna divinidad infernal o pagana.
Calmé a Caris. Me dolía cualquier dolor que a ella la afectase. Aunque debo confesar que me producía un placer excitante verla llorar tan mansa y dulcemente y poder consolarla. Toda mi vida me ha deleitado ver llorar de ese modo a las mujeres. Los dioses han de saber por qué. Yo, únicamente, pido perdón si en ello se ha refugiado un ápice de crueldad, que jamás he alcanzado a entender, a la vez que declaro que nunca he obrado en ello voluntariamente. Sequé su llanto con mis manos. Tocar la piel de su cara era como tocar un tejido de seda del Oriente. Era entonces cuando yo apreciaba la rudeza extrema de mi carne. Cuando logré que se tranquilizara, la empujé suavemente para que se incorporara y me alcé del lecho. Me vestí en su presencia sin ocultar mi cuerpo. Caris era, dentro de mí, una prolongación de mí mismo. Luego, ella trajo una jofaina y un paño limpio para que pudiera refrescarme la cara. Y, enseguida, me aplicó un aceite oloroso sobre los brazos, las mejillas y sobre y a lo largo de mis piernas, mientras, amable, me abrochaba las cintas resecas de mis dos sandalias. Comí algo y pedí que buscara a Drosis.
Cuando vino la tracia, su mirada era un hermoso extravío. En poco tiempo, la mujer había cambiado muy notablemente, pero de un modo que, aunque resultaba claro, uno no podía determinar en dónde residía. Puedo asegurar, no obstante, que su hermosura había alcanzado un estado de auténtico prodigio. Comprendí entonces a quienes afirman categóricamente que la demencia es el proceso por el que los dioses purifican la mente de los hombres, por lo que el pueblo debe respetar y cuidar con esmero a sus locos. No le hice preguntas. Entendí que nada de eso me era necesario. La observé y hablamos de asuntos de la casa y me cuidé de pedir a las otras esclavas que fueran transigentes y respetuosas con ella. Forsila, una vez más, me enseñó su alma comprensiva y su saber profundo. Y me informó, pues que ellas dos dormían, ahora, en un mismo aposento, que las noches en que la acometía el llanto, ella se metía en su cama y abrazaba con su vieja y enorme humanidad el dolor de la orate.
Por ella supe también que Agios ya no la reclamaba con tanta asiduidad, aunque a veces su belleza inusual le seguía siendo sumamente atrayente.
Mi oposición abierta a Agios, me trajo un período de casi total independencia. Pistias ejercía sobre mí una actitud de vigilancia lejana y encubierta. Seguramente mi padre le había aleccionado para que me espiase, pues que todas mis amistades y los lugares que yo frecuentaba eran conocidos por él con puntual detalle. Y de un modo que no podría precisar ahora, notaba yo, en su actitud callada o en la sequedad de su trato, su grado de contrariedad para con mi comportamiento.
Atendía yo con puntualidad y esmero mis tareas y ocupaciones, pero había comenzado a frecuentar, junto con Alcibíades, Antioco y Cleofonte algunos lugares nuevos para mí hasta entonces. Un atractivo especial tenía para todos nosotros la tienda de Eufronio, el perfumista. Pues que además de su ambiente, evocador de lejanías, era el lugar que, no sé por qué motivo, habían escogido para reunirse todos aquéllos que capitaneaban las tendencias más innovadoras, no tanto en la forma de pensar como en los comportamientos. Alcibíades era, sin duda, quien lideraba aquella corriente, que vista hoy, ya desde cierta lejanía, poseía en sí todo el torrente de fuerza, deseo de significación e ímpetu imaginativo que pueda concebirse. Aunque, no pocas veces, la forma que tenía de materializarse todo aquello, supusiera para los ciudadanos que habían procurado con su esfuerzo diario el sutil entramado de la legislación, las instituciones y el orden imperante, una provocación y un tremendo peligro.
La tienda de Eufronio era un mundo, en suma, embriagador. En ella descubrí mi proclive tendencia al mundo de los aromas, que me ha acompañado durante toda mi vida. He sentido un placer infinito oliendo fragancias deliciosas y he sufrido, hasta lo inimaginable, cuando en el confín de mi olfato se han clavado, como una maldición cruenta de los dioses, aquellos olores que me han recordado algunos de los momentos más terribles de mi pasada vida. Aún hoy, temo más que a una enfermedad, cada una de esas ráfagas traidoras que en un momento inesperado me recuerdan olores que se han hincado dentro de mí como venablos. Podría describir mi historia a través de los aromas que han bañado mi vida.
Aquel lugar era nuestro punto, tácito, de encuentro. A partir de allí, paseábamos, cambiábamos pareceres, ocurrencias o ideas sobre lo acontecido o sobre cuantos rumores nos llegaban de fuera. Partiendo desde allí, solíamos acudir a la Palestra de los argivos, que era, sin duda, uno de los lugares, en aquellos días, en los que se suscitaba una mayor polémica. Incluso, comenzábamos a ensayar nuestras primeras tentativas de disertación pública, que siempre convocaba a un nutrido número de oyentes y expectantes curiosos. Eufronio era un hábil comerciante, sin que eso le restara crédito a su sano interés por la política y su gusto por cuanto suponía cultura y amor por las ideas nuevas. Él nos aseguraba que el comercio de sus productos debía estar unido -no sé por qué razón- a lo joven y a lo innovador; también a lo atrevido y a lo valeroso. Los perfumes nunca han sido demanda de vulgares -pregonaba-. Por ésa o por otras razones, su tienda era siempre un ejemplo de innovación fehaciente. Junto a sus cargamentos traídos de Persia o de Egipto, viajaban ideas de otras latitudes, que nosotros estábamos ansiosos por saber y entregar a polémica. En la misteriosa entraña de los pomos de vidrio de colores parecía encerrarse el oculto guiño de la sabiduría. Él, además, sabía mercar con suma habilidad. Para cada uno de nosotros tenía una esencia que nos había asignado como propia e identificativa. Y con el misterio de quien te estuviera revelando el nombre del culpable de un crimen o el lugar donde se esconde un tesoro magnífico, te anunciaba la inminente llegada de una remesa mínima en la que, con costoso esfuerzo por su parte, había logrado arrancar, a su proveedor de Rodas o de Épiro, una porción de la esencia o del aceite que a ti te agradaba. De ese modo, se alineaban en su establecimiento, pomos de vidrios tornasolados, perfumadores de ónice o basalto, redomas pintadas con primor exquisito, esencieros de cristales azules como el lapislázuli, o verdes como el jardín oculto que bruma dentro de la esmeralda. Jamás faltaban los alabastrones amarillos que parecían guardar la luz licuada del ocaso. O los pequeños lekythos con esencias color de corindón o de topacio, de sangre del rubí o de turbio carbúnculo. Y junto a ello, entraban y salían personajes distinguidos y polémicos, jóvenes atrevidos y muchachos perfectos, atletas coronados, y cuantos aspirábamos o estábamos, banalmente, seducidos por ese espejismo que se hunde en el lujo y entre las vanidades.
Fueron tiempos para mí de confusión y de extravío. La vida me seducía con su opulencia de fragancias, visiones y promesas. La patria vivía su magnificencia a través de los sentidos desbocados. Y todo era ante mis ojos grandioso y bello. Aun los primeros vientos que presagiaban la guerra, eran una remota promesa de triunfos y de glorias, pero en modo alguno un anuncio de muertes y catástrofes. Amasis seguía siendo un personaje extraño entre todos nosotros. Su figura seguía pareciéndome tremendamente seductora, pero como perteneciente a otra dimensión que en nada nos tocara.
Cuando llegaron las Dionisias, el certamen se entabló muy competitivo. Eurípides presentaba una nueva obra en busca de aquella fortuna que el pueblo parecía negarle tan reiteradamente. El fracaso en sus dos matrimonios, lo habían convertido en un ser triste y retraído, que vivía confinado en su casa y en su, cada día, más famosa y poblada biblioteca. Pero el aguijón del joven Aristófanes ya había comenzado a ensañarse con él, sin que, hasta el momento, haya sido posible su descanso; aun a pesar de los años que han seguido ya a su muerte. Sentí junto a Kebe, la persecución que, por impiedad, le llevara a residir sus últimos años en Magnesia y Macedonia, amparado por la hospitalidad del noble Arquelaos. Y cuando recibimos la noticia de su muerte, hicimos juntos una ofrenda a Dioniso en honor de quien, sin duda, ha sido un profundo renovador de las artes escénicas y un fiel seguidor de las enseñanzas que Anaxágoras, Protágoras y Pródico dejaran en su alma, cuando era aún un muchacho inquieto, hijo del humilde vendedor de legumbres, venido a Atenas desde la Salamina.
En aquella ocasión el sorteo celebrado en el pórtico del Dioniso Eleutherios, que está a las faldas de la Acrópolis, se vio concurrido extraordinariamente. Kebe era ya entonces el segundo actor. Cuando las bolas asignaron a Kebe la representación de “Medea”, sentí que la fortuna había asestado un rudo revés a mi querido amigo. Asistí al sorteo con Cármides y Amasis, quienes también tenían claro amor al arte de la escena. Esperamos a que finalizara el acto, pues era importante saber quiénes serían a su vez los promotores de las distintas obras. En ello la suerte fue mucho más dadivosa, pues asignó al acaudalado Glipo como proveedor del elenco que nos interesaba.
Cuando Kebe se reunió con nosotros, su expresión era extraña. Sentía miedo. Cargar sobre sus espaldas con la obra de Eurípides era muy arriesgado. Sin embargo, algo lo arañaba y roía por dentro. Caminamos durante un largo trecho respetando su reflexión compleja. Un poco más adelante, cuando nos adentramos por el barrio de los tejedores y de los bataneros, Kebe se confió a nosotros. Estaba aterrado; seguramente la Medea de Eurípides sería abucheada. Ya había ocurrido cuando el autor había mostrado a su Fedra prostituida o a su Estenebea impúdica. El pueblo no permitía que los personajes mostraran abiertamente sus vicios y bajezas. Sin embargo, Eurípides, seguía amando la polémica, continuaba siendo fiel a sus dudas y se permitía poner en entredicho verdades esenciales. Fue entonces cuando Amasis reflexionó en voz alta. Atenas no merecía que la grandeza de su sabiduría quedase anquilosada. Era, pues, necesario que hombres nuevos mostraran ideas renovadas. Solamente en el progreso de la mente se encerraba el futuro. La mejor manera de reafirmar la fe en lo esencial era aquélla que pasaba por probar y poner en entredicho lo eterno e irrefutable. El insigne guerrero no era aquél que salía ileso del combate, porque lo había esquivado o eludido, sino el que salía vencedor de la contienda, porque en ella había expuesto toda su furia y su bravura. Vi cómo los ojos de Kebe se llenaban de vida. Amasis había hecho fluir de un modo prodigioso todo cuanto en él se agolpaba y atoraba su mente. ¿Qué era, pues, una derrota, si el pueblo recibía el frío chapuzón de una ola impetuosa que nos traía aguas cargadas de primicias y bienes?
Cuando nos separamos de Amasis y de Cármides, Kebe era un ciudadano enteramente nuevo. Un nuevo peldaño había ascendido la razón de su vida. Amaba al teatro tan ardorosamente, que el teatro le iba, con generosidad, mostrando sus secretos y grandezas. Por vez primera, no perseguiría solamente una corona de yedra. Por vez primera, defendería la causa perdida de los proscritos y los presagiadores. En su intimidad, sabría, eso sí, que estaba siendo un mero porteador a órdenes de la sabiduría. Y que ésta le encargaba, ahora, no sólo entretener y agradar al pueblo, sino algo que era mucho más importante, mostrarle selváticas y pedregosas rutas henchidas de esperanza.
Cuando llegó el gran día, el teatro estuvo rebosante. El theorikón que instaurara Pericles, hizo que miles de indigentes ocuparan la zona sin clasificación. Los preeminentes, que ostentaban su derecho de proedría y ocupaban los sitiales más dignos, se sentían molestos cuando miraban a sus espaldas y veían allá, en la tercera grada, al pueblo aglomerado esperando, absorto y jubiloso, el comienzo del magno espectáculo. Las obras fueron contempladas por todos con sorprendente celo y consideración. Mi amigo Kebe, encarnó a una Medea plagada de matices y sabias precisiones, que los apasionados espectadores sintieron cercana y comprensible, aunque vital y escandalizadora. Y cuando los cinco jueces hicieron su promesa ante el dios, creí notar cómo el gentío en la inmensa cávea guardaba un silencio profundo y suspendido, pues que quería que las voces que juraban ser leales a sus propias conciencias, llegaran claramente a los oídos del dios que tomaba sus votos.
Una vez más, el triunfo fue para el anciano Sófocles. Después, la Asamblea consideró sellado el fallo de los jueces, tras resolver las reclamaciones. Acto seguido, el heraldo proclamó la victoria. Públicamente, se ordenó labrar una placa de mármol con el nombre de la obra, su autor, los actores, el corifeo y el coro al completo, y rematada con el signo del promotor de la tetralogía. Cuando la proclama oficial hubo finalizado y las gentes desalojaron el teatro, vi al ilustre galardonado buscar a Eurípides y a Kebe. Del brazo de los derrotados, le vi alejarse, dichoso de que su persona y su triunfo fueran conducidos y escoltados por quienes, ante sus ojos y su corazón, habían sido los inadvertidos y valientes triunfadores del certamen. Y, viéndoles perderse a los tres desasidos del aplauso y el pláceme vacuo, me sentí dichoso de que fueran mis cercanos y amigos.
Pocos días después, Kebe partió para una nueva gira: Cnosos, Lemnos, Eretria, Priene, Rodas, Toricos. Cuando fui a despedirlo al puerto, en sus ojos brillaba la luz de quienes saben que en el fondo de su entraña llevan un nuevo encargo dictado por los dioses. Juntamos nuestros brazos y compartimos la copa de la despedida. Era al atardecer y, al beber, vi cómo el fino gajo de Selene, que era mi talismán, se había colado en el espejo rojo de aquel vino. Tras nuestra libación, me marché sin ver cómo el navío se adentraba en la noche del mar. Gozoso, me descalcé y corrí los cuarenta estadios que separan a Falero de Atenas.
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