La vida siempre adopta la apariencia de un viaje. Se nos dota así del aliviador espejismo de la huida y de la engañosa quimera del regreso. En realidad, vivir, es siempre viajar desde uno hacia sí mismo. Transitando, eso sí, por inquietantes paisajes ignorados y lugares hastiantemente cotidianos. Aprender su conjugación es todo un arte: el arte de vivir.
III
EL VIAJE DE LAS LUCES
Llamaron a mi hermana Caris en honor y recuerdo de mi abuela. El nombre lo decretó Talía y Agios no objetó nada en su contra. Pasada la cuarentena que mandan los preceptos, se procedió a la purificación completa de la casa. Las mujeres lo hicieron esta vez sin gran ostentación. Y yo vi en su comportamiento un respeto infinito a Agios, a quien, sin duda, habían asestado un golpe contundente. Desde aquel día en que mi madre recobrara su dignidad junto a la de su esclava más querida, todo cambió en la casa de Agios, aunque, aparentemente, pareciera que no se había transformado nada. He de reconocer -y nunca lo he olvidado- que la gran capacidad de tolerancia y sumisión, que había atesorado mi madre a lo largo de su callada vida, le sirvieron para llevar con suma dignidad y profundo respeto su tiempo de victoria. Y lejos de producirse mayor distanciamiento o incomunicación entre ella y mi padre, fue como un suceso que nunca hubiera ocurrido, aunque, lo pasado, sí dejara su ráfaga imborrable entre nosotros.
Mi hermana fue preciosa desde el primer atisbo de su vida. Era blanca, mesurada y suave como mi madre y tenía sus ojos de esmeralda y de bruma. Y desde que la luz entró por primera vez en ellos los dotó de un punto luminoso que embellecía y dulcificaba todo cuanto miraba. La amé siempre y -debo confesarlo- la deseé como mujer aun en un tiempo en que no era consciente de ello. Y si la sangre no nos hubiera hermanado, sé que, en su momento, la habría buscado para desposarla, aunque para ello se hubiera hecho necesario trasponer los confines del Ática. Pues, incluso, en esta noche aciaga en la que únicamente me resta de aquel tiempo su esencia y su recuerdo, los ojos se me arrasan en lágrimas sintiendo, a través de la vida ya agotada, su cariño y ternura imperturbables.
Atenas había decidido convertirse en una gran potencia y nada ni nadie podría detenernos. Por eso, el tiempo que siguió fue duro y exigente para todos. La inquietud estaba presente en cualquier parte. Pues a pesar del tratado de paz suscrito, Laconia seguía siendo toda una amenaza y un peligro latente. Los espartanos habían cambiado sus acciones de hostilidad abierta por incursiones inesperadas y escaramuzas de tanteo, esporádicas. Aparecían de improviso, quemaban y arrasaban las villas y los campos, envenenaban las fuentes y las charcas, mataban al ganado y desaparecían sin poder darles ni batalla ni caza. Todo ello, decidió a Agios a que Drosis y Eufro se trasladaran también a la ciudad, y en la villa quedaran sólo dos esclavos. Nuestra casa se llenó de mujeres. Fue como si los dioses, burladores e irónicos, quisieran mofarse de las reservas que mi padre tenía sobre eso. A partir de entonces, viví rodeado de ellas.
Al año siguiente, cuando llegó el mes de esciroforion, que marca el comienzo del estío, no fuimos a la villa; prudencia y seguridad obligaban a ello, lo que para mí fue motivo de profunda tristeza. Creo que esa melancolía fue la que me impulsó a iniciar mis primeras escapadas secretas. Mi padre seguía siendo miembro de una pritanía y, cuando llegó el período anual en que a ésta le correspondió ejercer como Consejo permanente de la Asamblea del pueblo, sus ocupaciones fueron mucho más numerosas, lo que le obligó a ser menos vigilante conmigo. Entonces me di cuenta de que mi padre estaba muy comprometido públicamente y, tanto él como sus amigos, ejercían de un modo muy significativo su influencia en Atenas.
El día que le correspondió a mi padre ostentar el cargo de Epistatos, me sentí, en verdad, orgulloso de ello. Que los sellos públicos y las llaves de todos los templos donde se guardaban los tesoros de Atenas estuvieran puestos a su cuidado y bajo nuestro techo, me llenó de vanidad y de dicha. Para celebrarlo, Agios invitó a una cena a todos aquéllos que eran sus amigos, y la casa se decoró para el suceso con sus mejores galas. Caris, que ya correteaba, estuvo todo el día inquieta e intrigada. En los fogones se cocinaron manjares suculentos y mi madre se esmeró en todo, pues además consideraba a los amigos de Agios como hombres, en verdad, preeminentes. Ordenó ella a Calira que tejiera coronas de mirto y de narcisos para ceñir a todos, y desplegó dalmáticas para cegar la parte del patio más próxima al recinto dispuesto para el acto, pues que al anochecer ya se sentía frío, y no quería ella que esto pudiera importunar en modo alguno. Además, según el anuncio de Agios, se preveía una reunión prolongada en la noche. Ya desde la media tarde, colocó ella escudillas donde quemó esencias traídas del Oriente lejano y que exhalaban aromas relajantes. También, en grandes palanganas de hermosa cerámica, dibujada con motivos inspirados en los torneos Ístmicos, vertió agua clara que, al temblar, hacía parecer con vida a quienes poblaban sus sutiles estampas. El agua había sido traída al amanecer por las esclavas desde el manantial de Calirroe, que es el más puro de todo el contorno. Y sobre el agua de las jofainas, igual que en la pileta de la fuente del patio, fue deshojando ella pétalos de rosas, cuyos perfumes, colores variados y aspecto sedoso, dotaron a la penumbra forzada de todo el peristilo con la apariencia serena y elegante de un templo venerado por regios y exquisitos protectores. Mandó disponer también una inusual profusión de lámparas con el aceite nuevo, repartidas por varios fanales de vidrio y hornacinas. Y se adornó la puerta de la calle con ramas de olivo tierno y azulado, de tal modo que todo el mundo supiera qué acontecimiento se celebraba en la casa de Agios.
En el cenáculo se instaló un cofre de aliso y palo rosa taraceado con nácar y clavado de berilos donde se depositaron los emblemas y las llaves de Atenas. Se alinearon los siete clinos de tal modo que todos los comensales pudieran contemplarse y admirar el preciado tesoro. Y, en el centro, se prendió un gran brasero de bronce cincelado en Corinto para templar la estancia y dejar ver a todos el poder de las llamas. Asimismo, se dispuso la hidria más hermosa y el vaso mezclador más fino, y el vino más selecto y la miel más dulce y la mejor colada. Y todo se vistió con cobertores de Egipto de encendidos colores y tramas muy sutiles, entre las que parecían surgir flores de loto, juncias y cañaverales de los que dicen que abundan a las orillas del gran Nilo sagrado, y cigüeñas y grullas con ademán ingrávido y plumar nacarado y sedoso. A mí se me encargó que sirviera los vinos, lo que cooperó a llenarme de dicha. Estar entre los hombres, me pareció un regalo, sorprendente, que mi padre quería dispensarme. Luego sabría por qué motivo y cuenta, Agios, me concedía tan alto privilegio.
Los invitados llegaron a la hora precisa, cuando el día entraba sereno entre la opacidad de sus dos luces. Primero vino Calias, a quien acompañaba aquella noble elegancia que había ido adquiriendo a la vez que su juicio se había hecho más sereno y más sabio. Luego llegó el egregio Anaxágoras, que era el más anciano del grupo y, sin duda, su maestro y su guía. El orador Cleón y el arquitecto Ictino, llegaron conversando de algo que enseguida interesó al resto. Y tras de ellos, Herodoto y el entrañable Sófocles. Mi madre fue requerida por Agios para que saludara a todos sus invitados y luego se retiró, pues el buen gusto y la prudencia así lo aconsejaban. Cuando se cansaron de conversar, entraron al cenáculo, y el patio quedó sumido en el recuerdo del rumor de sus voces, entrelazado con el de aquella fuente donde surtía, leve, el fauno de bronce enverdecido que yo tanto admiraba. Apenas comenzaron a traer las viandas, se desgranó la música del tañedor de flauta que mi padre había contratado para ambientar la noche. Damisco sirvió las mesas. Aseado y vestido para aquella ocasión, parecía un Adonis. Era delgado, grácil y de piel muy curtida, y en la tosquedad de su vida de esclavo y en la hermosura de su juventud se daban cita y se complementaban la rudeza y la gracia de un modo prodigioso. Vi cómo Ictino no dejó de mirarlo durante toda la cena y cómo él y Cleón se complacían en su encantador azoramiento y en su evidente y acusado desmaño. Fuera, y muy calladamente, mi madre, ayudada por Drosis, quien portó la escudilla y las brasas para hacer las ofrendas, quemó en silencio anís, clavo y azafrán a la Diosa. Seguramente quería propiciar que los afanes de los hombres fueran bien acogidos. Calira meció durante largo rato a Caris, a quien el revuelo de la jornada entera la tenía nerviosa y desasosegada y no lograba entregarse a Morfeo. En un momento que salí del cenáculo, fui hacia ella, le besé en los ojos y le pasé el filo de mi dedo mojado en vino y miel por el festón rosado de sus labios, y al rato supe que se había dormido. Forsila y Eufro siguieron pendientes de cuanto estaba sobre los fogones para que todo fuera servido perfecto y en su punto. Recuerdo que viví aquella noche inmerso en la magia de un sueño fabuloso en el que todo resultó ser un mosaico perfecto y encajado.
Al terminar la cena, todos se levantaron y salieron al patio. El altar aún seguía mansamente humeando y la noche tendía su frescor como un manto agradable. Desde nuestra terraza se podía contemplar la grandeza de una ciudad sepulcral que en penumbra dormía, y sólo desde algunas tabernas de El Pireo venía algún rumor o el resplandor pobre de algún farol a punto de extinguirse. Sobre la mole oscura de la Acrópolis, cual un barco fantasmal en medio de la bruma, empezaban a notarse los trabajos que Ictino y Calícrates comenzaban a fundamentar, y que estaban llamados a ser embeleso y maravilla del orbe.
Los hombres conversaron quedamente. Los humos relajantes y la cena exquisita debía hacerles sentirse sosegados y plenos. Pasearon por el deambulatorio al abrigo de los estores que mi madre había mandado tender de columna a columna. Luego decidieron entrar al refectorio, pues que ya Calira y Timandra, las esclavas, lo habían ventilado, aseado y ordenado de nuevo. Fue entonces cuando Agios despidió a Damisco y al tañedor de flauta. Ictino reclamó entonces un instante a Damisco. Se acercó a él y estuvo contemplando su talle y su figura, y pasando la yema de su dedo pulgar por el ángulo suave de sus pómulos. Sin duda, quería asegurar su tersura, cual si estuviera certificando el acabado perfecto de una obra de arte hecha por un estatuario. El muchacho enrojeció como si fuera púrpura. Ello suscitó una sonrisa cálida y complacida por parte de todos los presentes. Después de ello, mi padre le permitió que se marchara, y el muchacho se retiró como un perrillo joven que huyera de un acoso. Y tras cerrar la puerta, únicamente yo me quedé en aquella estancia que reunía tan íntima y estrechamente a aquellos siete hombres. Aquella noche supe la verdad de la reunión e intuí que mi padre me había elegido a mí, pues que cuanto ellos trataron debía quedar en el más estricto y sepulcral secreto. La imprudencia ha sido siempre un peligro en Atenas. Fue la primera vez que supe que mi padre, a pesar de su rudeza y su forma de ser desatenta y lejana, sabía bien cuáles eran mis virtudes y dones. Por nada de este mundo, y aun a pesar de mi temprana edad, revelaría yo algo que se me hubiera confiado en el transcurso y en la intimidad de una conversación trascendente o comprometedora, y él ya lo sabía.
Entonces me tocó a mí el turno. Agios comenzó haciéndome un público requerimiento que todos atendieron con interés y cierta expectación curiosa. Vi el semblante sereno de Anaxágoras observar con minuciosidad mis gestos y respuestas, y sentí su tranquilidad ante mi voz y mi firmeza. Después, cuando el tiempo ha pasado y he sido testigo dolorido de la huida que el anciano hubo de precipitar acusado de ateo, entendí por qué ya entonces debía cuidarse tanto para que sus conversaciones quedaran encerradas entre muros amigos. Sófocles miró a mi padre y con sus ojos sabios y transmisores ratificó a Agios algo que supongo que ellos habían ya hablado refiriéndose a mí. Seguidamente, me sonrió agradecido y cómplice, y tuve la sensación de haberle ayudado a conseguir algún logro secreto. Después, todos hablaron abiertamente de la ciudad, de la forzada Liga, de los mezquinos actos de los espartanos, de los Arcontes, de Pericles, de las construcciones que Ictino y Calícrates estaban realizando en la Ciudadela, y del maestro Fidias. Y del joven y sorprendente Sócrates, que era de nuestro mismo demo, y quien ya empezaba a desconcertar a la ciudad entera con lo que algunos calificaban como extravagancias. Y fue allí cuando se comenzó a gestar la idea de la realización del magnífico viaje en el que yo iba a sentirme de verdad coartífice y, por primera vez, embajador secreto de mi gente y mi patria.
En el primer año de la ochenta y cuatro Olimpiada, Pericles era ya jefe electo del pueblo, había sido nombrado varias veces estratega y ahora era elevado a la categoría de Demagogo de Atenas. No seré yo quien no reconozca su ingenio y su valía. Pero, en honor a la verdad, debo significar que gran parte de sus éxitos se los debió a su impecable y magnífica elocuencia y a la certera y ambiciosa visión que, sobre todos los asuntos del Estado, le aportara Aspasia. Bajo su mano, nuestra ciudad, nominalmente, se regía por una democracia, pero en realidad estabamos inmersos en una monarquía ejercida por un primer ciudadano hábil, docto e incuestionable. Todo ello, más adelante, nos lo hizo ver y razonar mediante sus escritos el preclaro Tucídides, hijo de Oloro, del demo de Halimonte, cuando, desde su sereno destierro, tuvo distancia y tiempo suficientes para valorar unos hechos que en su día teníamos demasiado cerca de los ojos y del corazón para poder mirarlos.
Ocho años llevaban ya Pericles y aquella cortesana que él trajera de Mileto tejiendo desde la sombra los hilos de ese velo en que iba convirtiéndose la gran trama que desplegara Atenas. Los antiguos aliados habían pasado a ser, obligatoriamente, miembros del grandioso estado emergente. Hasta en la ciudad de Turios, en la isla lejana de Sicilia, se había logrado establecer una cleruquía, que expandía hasta aquel confín el brazo todopoderoso de la creciente patria. Y es más, éstas, proliferaban por doquier día a día.
El proceso fue medido e imparable. Primero, nuestros colonos atenienses se establecieron en tierras ganadas a los enemigos como lo eran Lemnos, Imbros o Mitilene, echando de ellas a quienes calificábamos de bárbaros e innobles oriundos. Pero más tarde, cuando Atenas empezó a desconfiar de sus incómodos y rebeldes aliados, no dudamos en emplear ese mismo sistema, y establecer cleruquías en lugares como Potidea, a modo de puestos de control o, incluso, como descarada e indigna forma de vigilancia. Es más -como sucedió en Eubea-, se llegaron a establecer clerucos en nuestro propio territorio griego, y ello en cuanto la menor disidencia así lo sugería. Al vergonzoso afán de nuestros gobernantes por fiscalizarlo todo, se unió la buena acogida que dispensamos los ciudadanos al sistema de reparto de tierras que se nos ofrecía. Ser dueños de un kleros suponía, para las gentes de clase media, poder acceder directamente, sin demora ni esfuerzo, al estamento de digno propietario del suelo. Y para ello, sólo era preciso que la diosa de la fortuna tuviera a bien designarnos en el momento que se celebraba el sorteo que fijaba el reparto.
Aún recuerdo, amargamente, con cuánto odio y humillación, los antiguos propietarios de haciendas, pasaban a ser simples trabajadores del suelo que antes había sido suyo y de sus antepasados. Es en nombre de ese tipo de maldad e indignidad, causada y sostenida por mi patria, por lo que hoy inclino mi cabeza, avergonzado. Esta tierra llamada a ser justa, sabia y noble entre las nobles, usó sus colmillos y sus garras y destrozó cuanto encontró a su paso en aras de seguir su destino de esplendor y grandeza.
En el año siguiente, se reorganizó la maltrecha Liga del entorno délico. Las ciudades fueron integradas en cinco distritos fiscales diferentes. La moneda de Atenas, sus pesas y medidas fueron ya las que imperaron en todos los mercados. La lechuza sagrada de Atenas impresa sobre el círculo de plata compró trigo, caballos, aceite, lujos, venenos y traiciones. Y se instauró el régimen democrático en todas las ciudades. Lo que en apariencia pudiera haber sido un paso de unidad, concordia y confianza, fue en realidad la consumación mezquina de la jugada maestra de Pericles, quien dejó sellada al fin su tan largamente perseguida supremacía implacable de Atenas. Más de cuatrocientas ciudades quedaron tenazmente aprisionadas en el reconstruido pacto. En tal ambiente, no podía tardar en surgir la desobediencia y secesión de algunos. Samos encabezó la lista. La siguió Licia. Tras ella, fue todo el distrito cario quien se nos rebeló. Y Pericles, furioso, no tuvo otro remedio que equipar las naves y dirigirse con celeridad a la isla de Samos.
El día en que partieron los barcos, el mar estaba sereno y nada parecía auspiciar un viaje de castigo. El puerto, sin embargo, era un puro hervidero de víveres, hombres y pertrechos. Y en todos los espíritus de la ciudad estaba insuflada la llama engañosa de que se iba a hacer justicia con los descarriados. Yo solía tener ya gran maestría para escaparme de la casa de Agios. Eran demasiadas las mujeres que en ella convivían y no pocas sus intrigas y tramas, para que yo no pudiera pasar desapercibido a veces durante algunas horas. Solía yo subirme al Museión, al lugar desde donde arrancaba el muro sur que llegaba a Falero y, desde allí, amparado en la espesura de los pinos y de las genistas, contemplaba todo el festón de la costa y las radas. Me encantaba ver las naves de la flota de Atenas desplegadas en su grandiosidad. Más de trescientos barcos la componían en aquella mañana de ostentosa grandeza. Pues en realidad era un número muy superior al necesario para dar respuesta a aquel trivial asunto. Cada uno lucía, luminoso, los emblemáticos colores de su patria. En los alcázares estaban enarboladas las grímpolas flameantes como lenguas enormes que jugaran a lamer el viento sin descanso. Los trirremes esbeltos y afilados mostraban sus espolones como enormes dagas que sajaran las aguas con sus cortes limpios y plateados. Aquel día estaban alineados de tal modo que, cuando los tripulantes gritaron el vítor a sus progenitores, lo que retumbó como un tronar del cielo, y se les dio la señal de partida, al desplegar sus velas enormes y rectangulares, hicieron que el color del Egeo cambiara en un instante. Vi partir a la Salaminia en la cabeza, grave, majestuosa. La nave almacén cerraba en retaguardia. Desde la lejanía, había seguido yo las ceremonias en profundo silencio. Pero cuando vi deslizándose a la flota del Estado, algo se me abrió por dentro e, instintivamente, yo también me dirigí a Posidón y clamé para que coronara aquel viaje con el laurel dorado de la hermosa victoria. Pocos días después, Samos volvía sumisa a la Liga y Pericles tornaba recubierto de honores.
Un día rugió la bocina estridente del heraldo, y en toda la ciudad se coreó, como un correr de llamas por el rastrojo seco, la proclama de la grandiosa tregua con la que Zeus enaltece su gran templo de Olimpia. Se atracaron y halaron los barcos, se selló con plomo fundido el arsenal y se llenaron de embarcaciones las radas de nuestras tres bahías. Los barcos de mi padre quedaron atracados. En las tiendas de los esparteros no había más gúmenas para amarrar más anclas. Y la Hélade entera se dispuso a enviar a sus hombres a esa otra batalla, más digna y más propicia al favor de los dioses, que son sus Juegos más hermosos; ésos que se celebran cada cuatro años en las tierras de Élide. Entonces Agios me anunció que haríamos juntos un magnífico viaje.
En los últimos meses mi padre se había reunido con mucha asiduidad con sus amigos. Sobre todo, habían frecuentado nuestra casa Sófocles y Herodoto, y con ellos, precisamente, realizaríamos el trayecto anunciado. Nuestro destino sería el recinto sagrado de Olimpia. La ochenta y cinco Olimpiada se presentaba llena de promesas y augurios de honores y victorias. Atenas enviaría un nutrido grupo de sus atletas, y ellos aseguraban que querían ser testigos de sus posibles logros.
De otra parte, la fama alcanzada por las obras, últimamente recitadas en la escena, del eminente Sófocles, demandaba su presencia y representación aun por las tierras del Peloponeso, donde ansiaban poder conocer su insigne “Antígona”, sobre la que tanto habían traído y llevado en sus lenguas, viajeros, mercaderes y nómadas de todos los confines. Así pues, el trayecto hasta Élide no lo realizaríamos de una forma directa, sino que, unidos a un grupo de actores, recorreríamos con ellos Corinto, La Argólida y Arcadia, en un viaje que nos ocuparía unas cuantas semanas.
Los preparativos fueron muy laboriosos. Se cargaron seis carros. Y junto a utensilios, ropas, armas y alimentos, se dispusieron jaulas con palomas, cerámicas vulgares que, sin embargo, mi padre llevaba acomodadas y custodiadas con exquisito esmero y todo el vestuario y la parafernalia que correspondía al grupo de actuantes. Los viajeros al fin seríamos once. Sófocles viajaba en calidad de autor. Agios adoptó el cometido de promotor y guía. Los actores eran tres. Efistenes recitaría los parlamentos que correspondían a los dioses y héroes preferentes. Menexinos llevaba a su cargo los segundos papeles. Arquestratos actuaría como tañedor de flauta y en función de corifeo. El cometido de Herodoto resultaba una incógnita, siempre que uno no supusiera que en aquella expedición se escondían otras razones que las que se mostraban. Nos acompañaba también Kebe que era un muchacho un par de años mayor que yo a quien habían contratado como partiquino, función que yo también debía aprender y asumir en mis ratos de asueto. Completaban el grupo tres de nuestros esclavos: Baquio, Brygos y Tólmides, que atenderían la intendencia, a las mulas y carros y a cuantos contratiempos pudieran producirse. En nuestra casa se quedaría todo el enjambre nutrido de mujeres. Mi madre, en su aparente debilidad, sabía imponerse en los tiempos difíciles y en modo alguno le asustaba llevar las riendas de su casa. El venerable Anaxágoras sería el tutor de los bienes y la familia de Agios en el tiempo que durase su ausencia. Para certificarlo, se había levantado el oportuno documento que así lo aseveraba. Y Pistias cuidaría de todo lo material, amparado y aconsejado, si era necesario, por Calias, Cleón y los demás pritanes amigos de mi padre. Nuestro esclavo Filocles atendería la villa con la ayuda de Damisco, a quien Ictino había querido retener en Atenas, lo que solicitó a mi padre y a lo que éste prestó su beneplácito.
Los preparativos llegaron casi a enloquecerme. Días y noches estuve imaginándome el magnífico viaje al que doté de añadidos sucesos y aventuras, apoyándome en lo que de misión secreta y misteriosa sabía que encerraba. Mi madre estaba triste; más triste que lo que acostumbraba. Creo que no aceptaba que Agios me incluyera tan pronto en misiones de hombre. Aunque su respeto para con él y para con lo que debía ser mi trayecto de vida le hicieran guardar un mutismo sentido. Lo deduje por cómo me despidió el día de mi marcha. Fue al lado del altar, entre las brasas, aparentemente muertas, que aún exhalaban un olor a aceite acre y un calor de carne chamuscada. “No se pueden impedir ni torcer las rutas que los dioses decretan a los hombres, aunque el corazón se nos rompa cuando las toleramos. Sólo imploro que el gran Zeus te guíe y llegues allá donde te corresponda, aunque sea muy lejos de mi lado. Pues sea como sea, Antandros, yo siempre te tendré cercano a mi alma”.
Amé a mi madre en aquella hermosa despedida. Amé a Caris que lloraba sin saber muy bien por qué. Mi hermana era ya así de intuitiva rastreando afectos, tristezas y dolores. Amé el beso grueso y maternal que dejó en mi mejilla la rotunda Forsila. Y hasta sentí un afecto débil y sensiblero por la adusta Drosis, quien llevaba varios días con semblante de enferma y actitud de proscrita, pues que -estoy seguro- siempre sintió una pasión desmedida por el favor de Agios y su cuerpo de hombre. Pero cuando nos despedimos del Herma y mi padre me dio a probar el último hilillo de vino con cuyo poso hizo la libación, mi pecho se llenó de un éter misterioso que pareció que me ponía alas.
Abandonamos Atenas al anochecer. Agios decretó que la primera noche debíamos emplearla completamente en viaje. Los animales estaban descansados y todos nosotros limpios y bien nutridos y era algo que debía apurarse. Partimos desde nuestra casa siguiendo hasta los muros de la Acrópolis. Dejamos a nuestra izquierda el Areópago y desde allí tomamos la Vía Sacra y pasamos por el corazón soñoliento del Ágora, junto al templo de Hefesto al que los ciudadanos siempre hemos preferido llamar Teseion en memoria de nuestro rey, héroe y acróbata, y en el que se asienta y reside la sede de los nueve Arcontes. La estatua de Zeus Eleutherios nos miró desde su dignidad altiva y siempre impenetrable. Las antorchas que jalonaban la vía estaban aún frescas y su luz lamía mansamente los muros y su grasa goteaba en sus soportes cual llanto pegajoso. Tras pasar por los pórticos, los jardines y fuentes, llegamos al Ceramicón. Detuvimos los carros y saludamos a la estatua de Céramo, ante cuyo recuerdo y heroicidad jamás pasaba mi padre desapercibido. Ictino, Calias, Anaxágoras y Cleón estaban allí para despedirnos. Ictino vivía en ese barrio y tenía dispuestas frutas y presentes para todos nosotros. Los siete amigos hicieron un brindis ritual, y enseguida partimos. Recorrimos en silencio la calle de los Muertos. Pasamos bajo el doble arco de la hermosa puerta de Dipilón. Los centinelas solicitaron nuestros salvoconductos, pero apenas acercaron la lámpara al rostro de mi padre y supieron quien era, las puertas gruñeron en sus goznes precipitadamente y el camino a Eleusis se tendió ante nosotros franco y seductor como un jardín cultivado en Oriente. A uno y otro lado fueron quedando las tumbas recientemente excavadas, puesto que por entonces había comenzado a ser costumbre dar sepultura a nuestros muertos en el Ceramicón que se llama exterior, más allá de los muros.
Apenas había comenzado el tiempo de targelion y el campo olía a hierba fresca y la humedad obligaba a guarecerse un poco. Todos los carros en los que viajábamos estaban muy bien abastecidos. Tenían buenos fardos y almohadones y el trayecto no resultaba en ellos demasiado hiriente. Yo había sido asignado al carro en el que también viajaría Kebe y Menexinos; entre él y nuestro esclavo Brygos se alternarían al mando de las riendas.
Creo que ésa fue la primera noche de mi vida que pasé completamente en vela. Después de ella han venido otras muchas por razones distintas. Hasta que ahora, el tiempo entero discurre para mí casi en una vigilia eterna que ni cursa ni acaba. Aquel día rompí por vez primera mi pacto de incompatibilidad con la negrura. Y aunque siempre he sido hombre de luz y claridades, hijo de Hémera, también debo reconocer que aquella noche comencé a disfrutar de ese misterioso y lento licuarse de las sombras hasta resolverse y convertirse en el blancor lechoso que destila el alba. Los carros avanzaban con lentitud reglada. La mula capitana iba metiendo el vaho de su aliento en el jirón opaco de la sombra. Y según nos íbamos acercando, los indescifrables volúmenes y bultos del camino iban abriéndose a nuestra identificación como doncellas dóciles que nos mostraran complacidas sus carnes. Yo me tumbé en la parte posterior del carro. Los toldillos iban jugueteando, pues que no les habíamos fijado con sus bridas y amarres. Por entre los varales, entre sus vuelos y ranuras, Selene se asomaba con su arco de nácar. Y fue entonces cuando adopté a la Luna en su cuarto creciente, cuando no es más que una escueta uña de mármol afilado, como mi emblema, mi talismán y guía. Soñé con los ojos clavados en el cielo y, sin parpadear, reuní estrellas, recuerdos y añoranzas. Me acorde de Caris y del sabor salado de sus lágrimas cuando, al darme su beso de despedida, las había acercado a mis labios junto con su saliva temblorosa y templada. Recordé su cara ovalada y perfecta, mirándome sin comprender por qué me iba, y el brillo nacarado de sus dos llantos buscando los hoyuelos de sus comisuras. Y bajo aquel cielo que preside Nicte, recordé su olor eterno a jazmines y leche y no me importó continuar durante el resto de la noche sumido en su memoria y en el velar más dulce que pueda desearse. Amaba a mi hermana ya con ternura y lascivia, con pasión y respeto. La amaba como se ama a una estatua perfecta esculpida en mármol transparente, ante cuya contemplación uno no acierta a comprender cómo ha podido ser, tanta hermosura, rescatada de la informe entraña de la roca. La amé como se ama a un entrañable objeto salvado de un naufragio, que se ha temido haber perdido para siempre. Con el paso del tiempo, he comprendido que en mi hermana Caris ya se concitaban para mí la esencia y el misterio de la fragilidad, la provisionalidad y, a la vez, la magnificencia de la existencia humana. ¡Que los dioses la guarden hasta el fin de sus días!
Llegamos a Eleusis cuando ya clareaba. El cielo iba liberando poco a poco su añil y el verdor de los pinos era brillante y nuevo. El templo de Deméter reflejaba en su friso el azul desteñido de las primeras luces que caían por sus columnas como un zumo de lirios. Ante el prónaos vimos a la sacerdotisa que se disponía a administrar sus jugos salutíferos. Iba vestida con su túnica verde, el color de la fecundidad y la germinación de los campos, y su manto negro y plateado en recuerdo del luto. Y del hermoso trabajo con el que su pelo había sido sujeto y recogido con trabas, pasadores y horquillas, se desprendía un velo casi transparente que envolvía y dignificaba su altivez hasta rozar el suelo. Iba descalza y pisaba cual si el mármol la hiriera. Los dolientes dormían al pie de las columnas, arracimados del lado del levante. Esperaban allí que los brebajes que se les administraban y los rayos más tiernos del Helio que surgía les limpiaran sus fiebres, sus humores, sus bubones y pústulas. Apenas clareaba, era aquél un tenderete inmundo de pesadumbre y quejas, entre el que pasaba la gran sacerdotisa como esquivando los ramales de un charco de aguas putrefactas. Del lado de poniente, la columnata estaba diáfana y sin estorbos ni mugre que le fueran impropios. Allí se acumulaban, ordenados y pulcros, costales y cuévanos de cebada y de trigo, pellejos con aguas traídas de las fuentes de azufre, ácimos bien horneados con formas y volúmenes gratos y sugerentes, racimos y gavillas de hierbas olorosas y de hierbas amargas, redomas con aceite y vasos con especias, y cuantos presentes ofertaban los sanos para recibir el amparo amable de la diosa. Y desde allí, las doncellas de las frentes más pálidas y los brazos desnudos, los iban retirando una vez que sobre ellos había cursado ya la sombra de una noche, pues era su relente quien los purificaba y convertía en aptos para ser aceptados por las divinidades.
Pasamos sin casi detenernos. Sófocles descendió y se acercó a la rampa apoyado en su báculo para honrar a la sacerdotisa a quien al parecer conocía de antaño. Pero un instante después estaba de nuevo ascendiendo a su carro, trayendo el parabién de la diosa para nuestra aventura.
A lo lejos, vimos una ciudad que Menexinos me dijo que era Mégara. Al medio día llegamos a los tapiones ocres de la ciudad del istmo. Eran como hermosos telones de un oro envejecido en los que la lepra de su ancianidad parecía exhibir la serena hermosura de cuanto ha trascendido a la utilidad y al arañazo del riguroso tiempo. Corinto era en esa hora un patio de silencios. En el orbe se la conocía por el nombre de “la más opulenta”. Así la había designado Homero desde su ingenio amoroso de irreductible ático. Y así debía ser, pues en las horas de laboriosidad, ya desde sus arrabales, podían escucharse el resoplido aciago y el rugir cavernoso de los múltiples fuelles de sus herreros y de sus fundidores y el competir estruendoso y repiqueteante de sus muchos talleres, donde se trabajaba en sus bronces y forjas; orgullo y emblema de esa patria hasta el presente día.
Nuestros carros fueron dirigidos por mi padre hacia el albergue en donde no hubo dificultad alguna para ser alojados. Cuando se nos ordenó, descendimos de ellos contusos y arqueados por el largo trayecto. Tras bostezar y estirarme como hacen los perros, miré admirado en mi entorno; aquélla era la primera ciudad que visitaba. Lo primero que hicimos Kebe, los esclavos y yo, fue chapuzarnos en la fuente del patio. Descubrimos nuestros cuerpos hasta nuestras cinturas y hundimos la cabeza en la pileta que servía para el abrevadero. Kebe sumergió la suya completamente hasta casi quedarse sin aliento, de tal modo, que cuando, casi asfixiado, la sacó con el violento espasmo del ahogo, una cresta como de cristal brilló desde su frente a su nuca salpicándolo todo. Efistenes lo reconvino al punto con sequedad cortante. El muchacho mordió avergonzado aquella osadía y se quedó parado. Pero el agua ya caía, traviesa, lustrando y haciendo brillar su cuerpo bronceado y se colaba por su calzonilla para salir nuevamente recorriendo sus piernas y formar un par de charquitos en el suelo al lado de sus dedos desnudos. Los hombres se rieron. Kebe iba descalzo. Al igual que Baquio, Brygos y Tólmides, no usaba sandalias. Los demás se lavaron la cara y sumergieron durante un rato sus muñecas para calmar y acompasar sus pulsos. Luego pasamos todos dentro de la taberna para poder comer, pues que hacía más de quince horas que no habíamos probado sino frutas, nueces, higos secos y unas aceitunas, con las que nos había obsequiado Ictino antes de la salida.
Comimos con hambruna, como si previniéramos que desde allí en adelante la comida podía escasearnos. Luego los hombres dijeron que iban a descansar. A Kebe y a mí, nos permitieron ir con Brygos y Tólmides a recorrer la plaza. En realidad, ellos se quedaron hilvanando sus planes y acordando proyectos, y debían preferir que no les molestáramos. Vi cómo, antes de irnos, Baquio subió la jaula con los animales a la habitación en la que iban a pernoctar mi padre, Sófocles y Herodoto. Allí también subieron los útiles de escribir y los cestos con las piezas cerámicas. Cuando pisé las calles hermosas de Corinto, empedradas cual patios de un palacio y flanqueadas por estrechas aceras alineadas, sin la sombra de Agios persiguiendo mi espalda, me sentí feliz y liberado. Al fin, Agios me permitía salir a la calle sin el cepo de su vista de hierro colocado en mi cuello.
Brygos, que era el mayor, pues que contaba ya con cinco Olimpiadas en su historia, fue quien tomó las riendas de nuestra expedición. Tras él nos dirigimos hasta encontrar el Ágora. La ciudad seguía sumida en el silencio sepulcral de un día de bochorno. Las nubes gigantescas iban guardando en su interior el sucio gris que anuncia las tormentas. El recinto me pareció grandioso, de un orden y una distribución perfecta. Entramos por el lugar por donde tiene su frente el gran Teatro, y ya su pórtico, su columnata y los inmensos espigones de sus contrafuertes me hicieron imaginar el clamor soberbio del aforo que debía contenerse dentro. Subimos por las escalinatas de mármol levemente rosado que lo van bordeando y que lo comunican con el Odeón, cuyos muros se alzan hasta en tres pisos de arcadas superpuestas, y hacen de él una construcción digna de la música más selecta y de los coros más adiestrados que puedan entonarla. Torcimos luego a la izquierda para beber de nuevo y refrescarnos en esa fuente a la que llaman “Glauca”, que mana mansamente desde la misma roca a través de la boca de mármol de la que fuera hija del rey Creonte, soberano en Corinto. Y por un estrecho pasillo, decorado con mosaicos y placas de singular belleza, como le corresponde al santuario de Atenea Calinítide, que allí se encuentra adosado, entramos en el recinto del templo que la ciudad tiene erigido en honor de nuestro dios Apolo. Nadie transitaba, salvo nosotros, por la explanada entonces. El silencio era hermético. El furor tórrido del duro mediodía tenía despejado todo el foro y las figuras que decoraban los frontales del templo parecían sudar desde sus azules o verdes encendidos, sus ocres aceitosos o sus carmesíes heridos y sangrantes. El oro de las tejuelas y remates, con sus hojas de acanto retorcido, parecía vibrar cual si estuviera vivo bajo los resplandores. Todo estaba desierto. Nos sentamos para contemplarlo bajo la hilera de columnas que jalonan el rectángulo por la parte que limita con el Ágora norte. Allí permanecimos los cuatro en silencio, absortos en el inmenso cielo convulso de Corinto, la oquedad de su templo y la desnuda alineación de nuestras piernas cargadas de cansancio y de polvo. Cuando lo decidimos, nos dirigimos a la calle que llaman El Camino del Lequeo, cuya larguísima stoa estaba repleta de tiendas surtidas de alhajas, perfumes, marfiles y hermosuras, y que refulgían y aromaban, aún más, inmersas en el denso vacío de la hora del cenit. Después pasamos por el Períbolo de Apolo, donde se reúnen todos los sacerdotes. Visitamos la fuente “Pirene”, cuyo estanque rectangular rodeado de fronda, en el que se reflejaban los arcos y columnas de sus cuatro cisternas, parecía un oasis. Luego pasamos frente a los “Baños de Euricles”, que es lugar de encuentro de sabios, escritores y artistas. Y tras pasar bajo los imponentes Propileos, en los que se hallan las estatuas de bronce dorado de Helio y Faetón, que son todo un desafío de hermosura, grandeza y resplandor, yo me desprendí de mis acompañantes. Solo, subí, majestuosamente, a la gran tribuna para los oradores, que mira a la explanada inmensa que ampara el pórtico del norte, a cuya espalda está el Buleuterio. Y allí creí oír, imaginativo e infantil, el clamor de las masas cuando, enfebrecidas, corean un triunfo de elocuencia. Me gustaron sobre manera los dos pequeños templos que allí se han levantado a Hermes y a Afrodita y la estatua perfecta de Posidón, a cuyas plantas brota el agua como un testimonio del poder implacable que el dios tiene sobre ese elemento.
Juntos de nuevo, decidimos subir a la gran mole rocosa a la que llaman el Acrocorinto y cuyo único acceso se halla del lado por donde Helio, el hijo de Hiperión, se tiende y recuesta cada tarde. El ascenso fue duro, sobre todo a esa hora en que la luz pesa, y su oblicuidad ciega y desfigura todo cuanto se mueve. Las tres rampas sucesivas estaban coronadas por sus tres portonas respectivas de grosor imponente. En ellas la guardia siempre ha patrullado día y noche para preservar la seguridad de aquel santo recinto. Y conseguir alcanzar cada una de ellas era, y es hoy, todo un trofeo. La primera estaba sembrada de mendigos y postulantes que aprovechaban el ahogo de los visitantes para poder asediarlos con sus ruegos y súplicas. Traían ellos así desnudos sus muñones y miembros carcomidos o secos y mostraban sus ojos de cuencas vacías o de vista enturbiada por un aro de nube. Caminaban a rastras aquéllos que habían decidido aprovechar sus parálisis o mutilaciones para procurarse el sustento. Y no dudaban en exhibir, confinados en cajones o tirados sobre parihuelas, a aquéllos a quienes la guerra, el fuego, la enfermedad o la tortura de un parto mal traído, había malformado o convertido en una muestra de indignidad o espanto. Olía a sudor; al sudor acre de quienes tienen que esforzarse, agarrándose al suelo todo el día, en arrastrar sus cuerpos incapaces.
En el segundo tramo estaban todos los comerciantes. Allí, muchos tenderetes de mercaderes se agarraban a las paredes renegridas de los muros de piedra que presentaban hasta su media altura la mugre de muchas manos, a lo largo del tiempo, restregadas. Se vendían amuletos y flores, regalos para el dios y animales para los sacrificios. Las jaulas de palomas estaban apiladas bajo ramajes y pellejos curtidos. Quería así impedirse que el sol las asfixiara antes de que su sangre tintara el mármol del altar de la divinidad. Las tórtolas, los gallos, los corderos esperaban con sus ojos rígidos de terror, pues sabían cuál iba a ser su seguro destino. Emanaba a paja húmeda, a orines encontrados, a excrementos revueltos, a restos de comidas fermentadas y ácidas. A trechos, sobre los mismos muros que iban ascendiendo, se lucían, tendidas, alfombras, sedas, piezas tejidas en algodón o lino, lienzos, paños y ruanas crudas o abatanadas. Los mercaderes de hierbas y de especias presentaban sus ramas apiladas y sus moliendas de infinitos colores, y competían en su burdo coreo con los que administraban caldos y aguas sanadoras o pomadas y ungüentos cargados de promesas. Había también expendedores de adornos y de quincallerías y de vasos preciosos y de vidrios traídos de Sicilia, de Cefalonia o, incluso, de Lesbos.
En la tercera rampa, antes de traspasar la puerta que conducía al alto corazón de la sagrada mole, se encontraban los músicos y acróbatas. Se sentía al fin una liberación, pues que ya el resuello resultaba imposible. Era, alrededor de la amable fuente de “Pirene de arriba”, donde se concitaban, como un bálsamo mágico, los tañedores de flauta, los niños de los címbalos, los muchachos que hacían sonar sus crótalos y sus panderos, a la vez que saltaban y arqueaban sus cuerpos cual si fueran de un material flexible e inhumano. Allí también estaban los escribanos de mensajes y súplicas, quienes, por tan sólo un óbolo, redactaban plegarias para quemar ante el dios luminoso que escuchaba los ruegos y amañaba destinos.
Cuando llegamos al recinto sagrado, el cansancio atenazaba mis piernas y mi pecho. Me senté en una pequeña rampa que estaba despoblada. El horizonte era desde aquel promontorio un abismo de ensueño. La calina había sustituido al calor plomizo de la tarde y desdibujaba todo con su blancor impreciso y velado. La llanura era agreste y desnuda, y solamente, de vez en cuando, el hilo de un ciprés rompía con su verticalidad la desnudez del campo. El templo era hermoso. Sobrio y colosal como correspondía a un dios que quería residir en la altura. Y cuando estaba casi oscureciendo, noté que mi rostro se había quemado y mis labios estaban resecos y agrietados por la brisa impía de una tierra inmensa y extranjera. Entonces me di cuenta de que habíamos entrado en el Peloponeso.
Descendimos precipitadamente, pues que se hacía tarde. El tiempo había cursado para mí de una manera extraña. Kebe, Brygos y Tólmides habían estado recorriendo el recinto e, incluso, habían entrado y visto la estatua colosal del dios que preside el templo. Brygos nos contó entonces que al dios Posidón que se encontraba en el santuario llamado de la Necesidad y la Fuerza que se erigía en Ístmia, no podía mirársele, pues una gran cortina púrpura lo preservaba de la impura mirada de los hombres.
Yo no me había movido desde hacía un buen rato. No sé cuánto tiempo había estado mirando a lo lejos, llenando mis ojos de esa luz tamizada con que el atardecer espolvorea el horizonte argólido.
Descendimos cuando Helio era una dracma de fuego que iba sumergiéndose entre los pechos sensuales de Gea. Por las rampas ya no quedaba nadie, y únicamente los vendedores, junto a sus tenderetes, se arracimaban para pasar la noche. Los guardianes tenían ya entornadas las enormes portonas. Y cuando llegamos sofocados al lugar donde estaba el albergue, los nuestros ya habían cenado y Agios nos miró hosco y riguroso. Para Brygos y Tólmides la mirada torcida de mi padre ya era suficiente. No comimos nada y únicamente bebimos agua en el patio a la vez que los esclavos llevaron, precipitadamente, a abrevar a las bestias. Después, cuando íbamos a retirarnos, mi padre me llamó en privado. Fue entonces cuando me anunció que el día aún no había terminado, y que debía disponerme para acompañarlo.
Acompañé a Agios, a Herodoto y a Baquio. Sófocles se quedó interrogando a Brygos, a Tólmides y a Kebe. Y según éste me contó en días posteriores, había estado interesado en todo cuanto habíamos recorrido y visto durante aquella tarde. Kebe me dijo cómo el autor había ido anotando, sirviéndose de un punzón de plata, en el interior del vientre de una de las vasijas, que al parecer podían desmontarse, cuanto resumió de lo que ellos le habían informado, volviendo después a ajustarla, sin que se notara ranura o unión alguna que delatara la función de secreto que la pieza ocultaba.
Nosotros salimos de la ciudad por una de sus cuatro sentinas. Unas monedas hábilmente entregadas a los desechadores, nos permitieron salir por sobre los desperdicios que la ciudad tiraba por un gran costerón en cuyo fondo discurría la serpiente negra de un torrente. Tapamos nuestras fauces con lienzos en los que envolvimos trozos de hierbabuena y fuimos tropezando con las inmundicias, tratando de no caer de bruces sobre ellas. Un momento después estábamos inmersos en medio de la noche. Selene había aumentado el grosor de su gajo y, entre los afilados extremos de sus cuernos, aquella noche tendía un hilo circular de fulgor que hacía intuir su redondez futura como una promesa esplendorosa y nueva. Caminamos por entre la espesura. Baquio parecía conocer bien la zona. Después supe que su amo anterior era de la ciudad de Ístmia y conocía a perfección la tierra.
Bajamos hasta el puerto de Cencrea a donde llega el comercio del Oriente y las islas. Dos enormes malecones lo costelaban como pétreas espinas dorsales de cíclopes sumidos. Vi la sombra enigmática de un templo que allí hay levantado a una diosa proveniente de Egipto. Y pronto quedé maravillado por lo que ante nosotros estaba sucediendo. Los barcos navegaban por la tierra. Herodoto me dijo que aquel camino empedrado se llamaba díolkos. En enormes bastidores flanqueados por ruedas, los trirremes iban avanzando arrastrados por bueyes y cordadas de esclavos. El esfuerzo era enorme y la actividad no parecía disponer de descansos. Chirriaban las cuadernas. El vaho de los alientos supremos del esfuerzo subía sobre las cabezas pegándose a los cascos supurantes de brea. Los mástiles dormían alineados sobre las cubiertas, envueltos con las velas cual muertos en mortajas. Los bueyes clavaban sus pezuñas sobre el brillante y húmedo empedrado del díolkos. Y el sudor, el estremecimiento de los barcos que parecían quejarse pidiendo su elemento y el negro humo de las teas y antorchas, ornaba una procesión fantasmal e increíble. El espectáculo era digno de un sueño de fiebre o sumo desatino. Permanecimos ocultos en la sombra. Herodoto y Agios hacían esfuerzos casi tangibles por memorizar todo cuanto veían. Hablaban entre ellos para fijar detalles e intercambiaban sus razonamientos. Sin duda, deseaban que nada quedara a merced del olvido. Pasamos allí casi la noche entera haciendo marcas y anotaciones sobre círculos pequeños de delgadas cerámicas. Luego, ocultos entre los matorrales, recorrimos el espacio que va desde allí hasta el puerto de Lequeo que mira hacia occidente y en el que los corintios le tienen levantados templos a Posidón y a la diosa Afrodita. Resultaba increíble ver otra vez flotando a los trirremes sobre su elemento, enarboladas nuevamente las velas y las fámulas y enfilados otra vez sus remos y ceñidos de cáñamo sus esbeltos costados. Y cuando ya en el horizonte comenzaba a aparecer un hilo apenas perceptible de claror, volvimos a entrar en la ciudad por aquella puerta maldita por la que cada día los habitantes tiran sus inmundicias sobre el terraplén que vierte en el costurón profundo del barranco.
Cuando regresamos nuevamente al albergue, ya estaban todos, despiertos, esperándonos. Herodoto traía su faz desencajada, sin duda por la tensión y el esfuerzo de toda aquella noche permanecida en vela. Nos lavamos los pies en la fuente del patio cuya agua resultaba vivificante y fría como nieve licuada. Después comimos quesadilla y ácimo empapado de aceite y miel silvestre y, enseguida, montamos en los carros para seguir la ruta. Sófocles se dirigió a mí con su encanto y mesura de siempre y me miró a los ojos. “Antandros, un hombre lo es cuando sirve a su patria; hoy tú te has hecho hombre”. Y con su mano cálida y compacta de escritor y guerrero revolvió cariñosamente los rizos de mi pelo. Luego solicitó a mi padre cambiar su puesto por el de Kebe y se vino a viajar en mi carro. Y bajo su mirada, cuando ya nuestra expedición salía de la ciudad del istmo por la puerta que tiende el camino que va hacia la Argólida, me quedé profundamente dormido, con esa sensación dulce y serena de quien cree que un dios lo estuviera velando. Al día siguiente, llegamos a Micenas. Acampamos en el exterior de sus murallas, muy cerca del soberbio lugar que llaman el “Tesoro de Atreo”, al que los de allí designan “la tumba de la bóveda”. Levantamos nuestras tiendas y acomodamos los carros y las bestias para pasar la noche. Y en el atardecer, cuando ya se encendían las primeras hogueras que indicaban que múltiples caravanas se disponían a pasar al igual que nosotros la noche bajo el cielo, lavamos nuestros cuerpos y tendimos las ropas. Yo descansé un rato tumbado, sintiendo el crecer de las sombras. Repuestos ya, entramos caminando bajo la puerta enigmática de aquella ciudadela, sobre cuyo dintel se alzan dos leones de esteatita, afrontados, que parecen proteger severamente todo el hermoso recinto que la ciudad esconde dentro de sus muros de piedra.
Por la ronda de la muralla, ascendimos a la parte más alta, cuando la inmensidad estaba ya jalonada de múltiples fogatas y el cielo era un mar de morado y naranja como un gran arañazo. Desde allí, Sófocles me señaló la lejanía, extendiendo su brazo hacia los montes que están del lado del poniente. Entonces vi cómo, en el ciclópeo perfil de las montañas, estaba dibujada la faz del gran Agamenón, rey de la noble Argos. Estaba -me contó- allí esculpida por Gea desde el día terrible en que ocurrió su muerte, como vigía y escarmiento perpetuo para Egisto y Clitemestra, sus adúlteros e indignos asesinos. Y caminando bajo el brazo protector de Sófocles y escuchando sus explicaciones, recorrí las calles de aquella ciudad remota y misteriosa. Sé que Sófocles iba mirando y anotándolo todo. Sus explicaciones querían, sin decírmelo, que yo recordara todos aquellos detalles sobre los que él me iba instruyendo. Seguramente, después recurriría a mi memoria despierta y emotiva de muchacho asombrado. Pasamos por los graneros, las rampas, los baños, el barrio de los artistas, los almacenes, el lugar donde estaba alojada la guardia del palacio, las caballerizas, la escalera que conducía a las cisternas subterráneas, el arsenal. Cuando oímos el sonar del heraldo, nos dirigimos hacia la salida. Tras nosotros, las dos puertas de bronce rotaron en sus goznes. Y yo escuché cómo la gruesa tranca dejaba bloqueados definitivamente los rotundos batientes.
Al llegar a nuestro campamento, la cena estaba ya dispuesta. Tras de ella, mi padre tomó de su jaula dos palomas, que en principio se agazaparon, temerosas, huyendo de su mano. Cuando las tuvo fuera, les acaricio la cabeza para darles toda su confianza y les ensartó en las patas varios anillos de cerámica en los que habían anotado signos y grafismos que yo no conocía. Luego las lanzó al cielo inmenso de la Argólida, con el ruego de que Hermes las dirigiera al que debía ser su único destino. En el cesto de las cerámicas, podía notarse que algunas más habían sido utilizadas. Seguramente, en el interior de sus panzas, guardaban ya, en clave indescifrable, un buen número de datos importantes. Podía asegurarse que nuestra misión había comenzado.
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