TERCERA PARTE
Violencia racial, política, económica, religiosa. Poderosos y parias. Blancos y negros. Budismo, cristianismo, judaísmo, anglicanismo, sintoísmo, protestantismo, hinduismo, islamismo, ateísmo, comunismo, jansenismo, agnosticismo. República, socialismo, monarquía, nazismo, oligarquía, tiranía, democracia, absolutismo, plutocracia, fascismo, teocracia, anarquía, aristocracia, fundamentalismo. Y, sobre todo ello, una sola y rotunda verdad, oculta y olvidada: que toda guerra es civil y mata a los humildes.
XIII
EL TRUENO DE LOS HOMBRES
Tronó la ira de los hombres. Tronó su envidia y su afán de dominar. Y como si todos estuviéramos hastiados de paz y de fortuna, comenzamos a embriagarnos con la idea demencial de una nueva guerra. Para los estrategas era volver a consumir, avariciosamente, el vino rojo que tintaba su orgullo y daba sentido a su existencia. Para los políticos era el gran pretexto que les permitía aglutinar voluntades, enconos e intereses, contra un enemigo común, que les dejaba a salvo de críticas y exámenes, a la vez que les procuraba posibles privilegios y triunfos. Para los jóvenes era el emblema tangible de un delirio y un apasionamiento, que nos enardecía cegándonos la razón y fascinándonos con irreales glorias y proezas, exentas, engañosamente, de dolor e infortunio. Tronó la noticia como si un millar de timpanones de piel bien estirada fuera golpeado hasta ensordecer a la ciudad entera o hasta ensangrentar las manos de quienes, enloquecidamente, los aporreaban. En cuanto se conocieron con precisión las intenciones de Corinto y su deseo de alianza con Esparta, el Arcontado se reunió con toda urgencia. Muchos ciudadanos, portando antorchas o lámparas de aceite, pasaron la noche entera sentados en corros a las puertas del Teseion. La mirada seca de Zeus Eleutherios contemplaba desde su pedestal la inquietud y el murmullo intrigante de los hombres con la serenidad del dios que reina, omnipotente, sobre las alturas luminosas del cielo. Ya al romper la luz, salió el Polemarco y el heraldo anunció la inminente convocatoria de los diez Estrategas. Fue entonces cuando la gran masa de ciudadanos, que se había ido engrosando con la llegada de la claridad del día, se desplazó en un hervor confuso hacia el Estrategeión. Enseguida bulló la entrada del edificio como en día de fiestas. Y las inmediaciones del templo de Apolo Patroos y del thólos, que ocupan los pritanes, se pusieron a rebosar por el tumulto. Las imaginaciones más atrevidas aventuraban pronósticos y cábalas. Y no pocos sofistas alzaban la voz para que en sus entornos se congregaran las gentes, a la vez que exhibían sus prédicas y razonamientos dirigidos más a impresionar y seducir que a analizar con rigurosidad cuanto se nos avecinaba. Con el pasar del tiempo he podido comprobar que aquella veleidad era ya todo un síntoma de que nuestra sociedad estaba asestada por un tajo de muerte.
Recibí la noticia de los labios de Alexias. Unos días antes había yo vuelto a los entrenamientos. Los últimos sucesos de mi vida habían sedado mi espíritu con la brusquedad con que se doma a un caballo salvaje para ponerle el bocado y el freno. Y, entre la calma de mis amarguras, había logrado encontrar las fuerzas necesarias para aceptar la decisión del gimnasiarca, refrenando así mi vanidad y mi orgullo; verdaderas razones que se escondían tras de mi impaciencia y decepción.
Alexias me había recibido con la impasibilidad de su carácter. Yo iba dispuesto a disculparme, pero, él, al verme, me saludó como un día cualquiera y me dijo: “Antandros, te estaba esperando”. Y sin darme espació a argumentar nada, continuó: “No empleemos más tiempo en vacuidades, que ya hemos perdido suficiente”. En principio, sus palabras me desconcertaron; me había repetido mentalmente tantas veces las excusas que pensaba exponerle... Después me di cuenta de que su espíritu de auténtico atleta le llevaba a entender la vida de un modo diferente. Creo que Alexias fue quien me enseñó a ocuparme únicamente de lo que en realidad es esencia en todos esos actos que tejen y componen el existir de un hombre.
De la boca de Alexias escuché la noticia de que la Gran Guerra había sido declarada. Y de su misma boca oí también el anuncio de lo que sería un nuevo revés para mi vida. Parecía que Alexias había sido puesto en la tierra por los dioses para probar mi espíritu y angustiar mi existencia: “Antandros, tú no irás a la guerra”. Maldije amargamente sus palabras. Maldije aquella certidumbre suya que se imponía como la sentencia rotunda del Oráculo, pues que sabía que, por alguna encubierta razón, se habría de cumplir lo que él me anunciaba. Una vez más, aquel hombre esgrimía su decisión para humillarme. Recordé el día de mi pelea con Telis; su espalda alejándose como único espejo y horizonte de mi indignidad. Volvió a mi presente la imagen de sus pies y mis pies, lamidos por la espuma enrojecida del mar en el ocaso, cuando me anunciara aquella odiosa tarde que no iría a Olimpia. Pero ahora su dictamen era una condena y no había buscado ni un momento oportuno ni usado un tono de voz mesurado o cálido. Me lo decía así, con la rudeza y la violencia de un brusco desafío. Recuerdo que un sudor de fuego me recorrió el cuerpo desnudo y aceitado y que mi piel se roció, cual si la carne en toda su extensión me llorara de ira. Sé que busqué en el cielo, preso de incierto extravío, el fulgor del gran Zeus para que amparara y templara mi indómita cólera. Ofuscado, maldecía la vida, a la vez que iba usando mi estrigila lo mismo que un cuchillo con el que ir sangrándome para vaciar mi entraña de desdicha y veneno. Cuando me hube vestido, Alexias me reclamó para que le siguiera. Debo detener aquí mi explicación y pedir una vez más a los dioses su benevolencia, pues que mi desprecio y mi aborrecimiento, entonces, eran inmensos y sin tasa. De nuevo, Alexias me habló con cuanta dureza fue capaz de aunar en su voz y sobre sus palabras: “Antandros, no quiero más vacilaciones ni más debilidades. No quiero que, una vez más, te viertas en sentimientos y razonares tibios. Tú estás llamado a poseer la gloria. Lo supe el día que, indignamente, masacraste a Telis. Y mi misión es conducirte hasta ella. Tú puedes y debes ganar la guerra para Atenas, pero tu campo de contienda no es otro que el Estadio. A los dioses y a la patria se les honra de diferentes modos. Y propio de la sabiduría es conocer cuál es el nuestro y entregarse a ello con pasión sin medida. Sé que se acercan días de terror y de muerte; el orgullo y la dignidad de Atenas serán pisoteados. Alguien debe prepararse para lavar a la patria de ofensas e ignominias”.
Me quedé sin palabras. En verdad, aquel hombre estaba esculpiendo mi ser como ninguno otro lo había hecho hasta entonces. Recordé los ojos de Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas; su mirada azul arrasada de muerte. Instintivamente, pasé la lengua por mis labios y saboreé aquel extraño gusto a hierro y sal. El gusto que descubrí que tenía su sangre, aquella tarde remota en Olimpia. Aquella tarde cuando se lo llevaron derrotado y maltrecho ante toda mi angustia y desencanto. Aquel gusto regresaba ahora a mi boca a pesar del tiempo transcurrido. Allí estaba nuevamente el rayo de cobalto. Era el fulgor del dios y de los hombres aunado en un haz terrible y misterioso que se llamaba ansia. Y, en aquel momento, supe que mi nombre mordería su propia memoria sobre el duro mármol de la gloria y me haría perenne.
Cuando todos los estrategas celebraron su conciliábulo con el Polemarco, se decidió que tanto la nave Salaminia como la Paralos partieran con la mayor urgencia. Una lo haría hacia el golfo de Mesenia para intentar un arreglo de paz desesperado con los laconios, que al parecer no querían la guerra. Después seguiría a Corcira, buscando la perseguida ratificación de su alianza. Otra viajaría hacia Thasos, al fondo del Egeo, para tratar de establecer un nuevo Synedrion entre quienes ya no eran miembros de la Liga de Delos; tensa y convulsa en no pocos extremos. No obstante, la suerte estaba echada. Y el tiempo que se dilató el regreso de las naves, no sirvió sino para que nuestros enemigos reforzaran sus ejércitos, convencidos de que nada podría detener el conflicto inminente.
Por aquellos días, tanto Pericles como Cleón eran, insistente y fervorosamente, solicitados por el clamor del pueblo. Todo el mundo quería oír sus voces, pues que el ardor debía ser alimentado por el verbo candente y la aparente claridad de ideas, de quienes parecían ver en la confrontación un destino glorioso para Atenas y el obrar justiciero de la diosa. Sin embargo, yo sabía que Cleón y algunos otros amigos de mi padre no eran claros partidarios de la guerra, pues que, en los simposios que se seguían celebrando en la casa de Agios, yo había escuchado no pocas de sus reticencias. Únicamente Pericles necesitaba afianzar el deterioro de su autoridad, debilitada por sus años de mando, que sumaban ya casi cuatro Olimpiadas.
Y fueron sus órdenes las que decretaron que, tajantemente, los barcos de Mégara no atracaran en ninguno de los puertos del imperio, forzándoles así a un bloqueo económico capaz de estrangularles. La furia de Esparta se desató entonces. Corinto aprovechó la ocasión para aliarse al lado de Mégara y los lacedemonios, e intentar poner fin a la situación de su colonia en Potidea. Desde el año primero de la ochenta y cuatro Olimpiada, Atenas había exigido a aquella ciudad de Tracia que destruyera todas sus murallas, a lo que ellos no habían accedido, recurriendo a su metrópoli y formando una liga con las demás ciudades del entorno, que se habían levantado contra Atenas, hacía ya unos años. Sin duda, su carácter rebelde para con la Liga de Delos, su situación en la lejana península de Calcídica y su condición de colonia de Corinto, eran toda una amenaza y un motivo de inquietud que Pericles no quería soportar. Tras ello, todas las ciudades del Peloponeso, con la excepción de Argos y de Acaya, pero con el refuerzo de las de Fócida y Beocia, se aliaron a Esparta, Mégara y Corinto, en contra de nosotros. Un comando de Tebas, incluso, se atrevió a atacar a Platea, que siempre había sido nuestra fiel aliada. Desde aquel momento, todo estuvo sellado y la guerra ya resultó imparable.
El nombre de Potidea se ancló en todas las gargantas de la patria. El fragor de los preparativos estalló. Y en unos meses todo se transformó en nuestras vidas. Y cuando aquel año se celebraron los certámenes en honor de Dioniso, los hábiles administradores de caudales, sentados tras sus bancas en el proscenio, cantaron con sus voces agudas las más espléndidas dádivas que jamás habían sido donadas para enriquecer las arcas del Estado. Gritó el delirio de la multitud a cada generosa entrega y vitoreó como nunca a los ricos y magnánimos abastecedores que, con ostentosa ampulosidad, tanto se prodigaban. Las fraguas comenzaron su bufar como fauces coléricas de bestias avernales. De cuantos lugares fue posible, se trajeron las tierras y las piedras que permitían la fundición del metal codiciado. De las islas de Melos y Serifos, el mineral de hierro, pues que desde Thasos resultaba imposible por la urgencia. El cobre y el estaño eran acarreados desde el puerto en carretas o sobre jumentos hasta el fundidero, en cuanto los barcos lo acercaban a tierra. Lo transportaban de minas muy lejanas y su precio era desorbitado. Y los herreros trabajaban día y noche, sin respiro posible, para poder atender todos los encargos que se les hacinaban. Los aprendices fabricaban flechas, los maestros templaban las lanzas y venablos. A los artesanos más reconocidos se les encargaban coseletes y petos, cascos empenachados o grebas cinceladas. Los escudos se habían convertido en obras de auténtico arte, cuya adquisición resultaba objeto de vanidad y fasto. Se encargaban cercados o remachados con oro, con bestias o Gorgonas feroces en su centro. Pues, en cuanto terror fueran capaces de transmitir al enemigo, estaba su valía. Aun en medio de la noche sonaban con nitidez los repiqueteos de los yunques, como pájaros siniestros que chillaran, llamando y respondiendo, en un clamar eterno de metales. Desde el amanecer, el patio de la casa de Aster, en el que se curtía, parecía un mercado pleno de agitación y laboriosidad, y su olor era más nauseabundo que nunca. También los guarnicioneros estaban desbordados. Marcaban, cortaban, aparaban o ponían remaches. Trenzaban correas o hacían sandalias. Fabricaban arreos o cosían monturas. Ahora, si se visitaba el taller de Simón, el padre de Telis, se le encontraba siempre silencioso y afanado en su mucho trabajo. Aunque es muy probable que, con su magnífica intuición, ya estuviera aceptando, en la amarga espesura de su entraña, el dolor que el destino le estaba disponiendo.
Los puertos hervían día y noche. Los navíos se dotaban de gúmenas y arreos, de aperos y aprovisionamientos. Llegaban apresuradamente los cargamentos de trigo. Y los barcos zarpaban nuevamente en cuanto habían sido descargados. La Andrómaca y la Posidón estaban permanentemente en ruta. En el barrio de los carpinteros, la madera se apilaba en las calles. Junto a la bahía de Cántaros se construían máquinas de guerra, catapultas y torres para asedios. En el fondeadero de Zea, junto al arsenal, cientos de remos eran embreados y puestos a secar al sol. En el Ágora se mercaba de todo con rapiña, más propia de avaricia que de cauto acopio. Y en las despensas de todas las viviendas se acumulaba cuanto aceite, grano, miel o sal podían costearse las familias.
No ocultaré que yo viví aquella euforia de mi pueblo con la indiferencia con que, a veces, la envidia recubre aquello que nunca será nuestro. El anuncio y la certificación de Alexias, me colocaron como a un espectador que, desde su asiento en la cávea, se dispone, crítico, escéptico e intolerante, a juzgar sin piedad el obrar en la escena. Ahora sé que tal postura y mi entrega ciega a la carrera, me permitieron soportar la dura prueba que me supuso sentirme relegado de lo que, en el fondo de mí, consideraba entonces el honor más grande para un hombre; participar en la gestión e historia de su patria.
Todos mis amigos irían a la guerra. Telis estaba entusiasmado y a duras penas lograba refrenar su euforia en mi presencia. Antioco y Alcibíades, desde que habían surgido los primeros rumores, no abandonaban Muniquia para nada. Se decía que muchos jóvenes tenían que ser retirados del campo de adiestramientos, cual si fueran cadáveres, pues que solamente la extenuación podía disuadirlos de seguir guerreando e instruyéndose. Cleofonte bajaba a diario a contemplar las naves y a imaginar cómo sería navegar en una de ellas buscando, con Eolo soplando hacia la proa, la entraña misteriosa de la guerra. Telis perseguía la compañía de Amasis, pues que no había olvidado el modo cómo nos había tratado, adiestrado y conducido, cuando habíamos ido en patrulla a sus órdenes, y ahora comenzaba a entender la importancia de aquella reciedumbre. Yo huía de ellos y me refugiaba en mi soledad, amargamente hundido. Únicamente en el Estadio era capaz de entrar dentro de mí y sentirme a salvo de tanta confusión y desánimo como la situación me había comportado. Lo que antes tanto había deseado, ser un atleta de Atenas, ahora me mortificaba.
Agios supo que yo no iría a Potidea, cuando el maestro de atletas se lo comunicó. No puedo asegurar sus sentimientos. Nuestra distancia era ya entonces tan enorme, que recuerdo con nitidez el desagrado que, incluso, me causaba cuando alguien me designaba como: “Antandros; hijo de Agios”. Yo, sin embargo, recibí con oculta alegría el anuncio de su inminente marcha hacia la guerra.
Un día, cuando terminé mi carrera, descubrí a Sócrates sentado en el Estadio. Estaba solo. Era aún muy temprano. Aquel mes de pianepsion había traído bruscamente un frío afilado que reclamaba el abrigo de los mantos de la lana más gruesa y enfurtida. Aún jadeante, me dirigí a él en cuanto pude. Desde la lejanía, su figura se mostraba firme en medio de la luz oblicua del naciente. Debía frisar entonces las diez Olimpiadas y su estructura era contundente como su entendimiento. Cuando me tuvo cerca, alzó su brazo para saludarme. Y yo le agradecí su presencia con mi mejor sonrisa. “Antandros, no quería marcharme sin ver tu carrera una vez más”. Le pedí que me acompañara, mientras mi voz, temblorosa y quebrada por el esfuerzo, parecía flotar entre las bocanadas de vaho de mi boca, que se desvanecían acosadas por un frío límpido y cortante. Juntos, nos dirigimos a la estancia que me había sido asignada en el Estadio. Timasión se disponía para aplicarme sus manos y sus bálsamos. Yo sabía del misterioso celo y reserva con el que el masajista extendía siempre sus aceites y esencias, y le pedí, solícito, que me esperara fuera, a lo que él accedió con respeto sin tacha. Pero fue Timasión quien, habiendo creído escuchar una voz conocida tras de la cortina, salió a nuestro encuentro y, sorprendentemente para mí, dijo: “No. Al digno Sócrates, en Atenas, nada le debiera estar prohibido”. Y lo invitó a que entrara, acompañándome.
En un ángulo, el brasero templaba la estancia y ofrecía su resplandor, copiando sus lenguas inquietas sobre el muro. Jamás olvidaré el placer infinito que me supuso recibir la estimulante caricia de las manos de Timasión, tendido mi cuerpo, agotado y desnudo, cegados mis ojos por el paño blanco y húmedo que siempre me aplicaba, mientras en aquella penumbra silenciosa escuchaba la voz profunda del querido Sócrates. El ungüento olía a mirra y albahaca. Y a diferencia de otras veces, en las que el masajista reptaba en mi entorno sumido en el más grávido silencio, fue él mismo quien pidió al maestro que hablara, si es que ése era su deseo.
Habló Sócrates como nunca antes lo había hecho ante mí. Lo hizo como si en realidad se encontrara a solas y su diálogo se fuera entrelazando entre sí mismo. Fueron, las suyas, palabras secamente enigmáticas; tal vez porque cuando uno se habla a sí mismo no necesita de ciertas precisiones o rodeos del lenguaje. Habló con el sosiego de quien no tiene afanes que lo fuercen, ni argumentos que probar, ni enseñanzas que someter al juicio de los hombres. Y de su corazón recibí el primer derramamiento cruento de dolor por algo que aún no había llegado, pero que, sin duda, nos iba a suceder. Había en su lenguaje también un hilo de nostalgia. Todos sabíamos de su reticencia a abandonar Atenas. Pero, también, a todos nos constaba su lealtad y su valor sin tacha. Y cuando, muchos meses después, llegaron a mis oídos noticias del tenaz y prolongado asedio a Potidea, en el que nuestros soldados, mordidos por la áspera climatología de la Calcídica, se retorcían y penaban los rigores del frío y la congelación, no me sorprendió saber que Sócrates les animaba a todos, siendo para ellos un auténtico ejemplo de esperanza y de temple, de humor y de resistencia ante las adversidades. Y fui capaz de imaginarlo -tal como lo contaba el emisario- descalzo sobre la nieve, mientras los demás ataban a sus botas pieles, haces de cáñamo o trozos de tejidos para protegerse del roce y de los sabañones.
Cuando hubo terminado Timasión, me cubrió enteramente, como solía hacer, con un enorme lienzo. Mi cuerpo, bajo la gran sábana, yacía templado y oloroso, sumido en un letargo amable. Sócrates continuaba hablando. El hombre, en lugar de salir del cuarto, se quedó acurrucado en un rincón escuchando al filósofo. Le oímos, entonces, hablar de Atenas. Hablaba de la delirante confusión que emborrachaba a sus políticos, del desvarío y la desconfianza a las que comenzaban a someterse a los dioses. Se lamentaba de la falta de esperanza que el Estado y el pueblo tenían para con los jóvenes; de la ambición y de la desmesura. Clamaba ante la dictadura encubierta, y el desprecio y deterioro de las leyes y los ancestros; aquéllos sobre los que siempre nos habíamos sabiamente apoyado. Y yo supe, claramente, que su voz no hablaba sólo de una cruel contienda, sino de toda la guerra que se había desatado en el seno de nuestros corazones; en la entraña profunda de nuestra sociedad.
Salimos del Estadio y nos dirigimos al jardín de pinos que lo circunda del lado de poniente. También la naturaleza se iba sometiendo, dócil, al letargo imparable. Y aquellos otros árboles que desnudan sus ramas, iban tendiendo su alfombra de abandono y muerte por sobre la tierra, a trechos, enlodada. El aire perfumaba densamente a resinas ya viejas. Una vez más, él había venido a mitigar mi hastío y mi desánimo. Subimos la ladera y, sentados sobre uno de los enormes canchales que allí se encuentran, contemplamos el Olimpieion. La luz lo cubría, ahora, de un abandono intenso e insondable. Parecía que cuanta soledad pueda existir se sustentaba, entonces, sobre aquel rectángulo inmenso de tierra pateada de tesón y de esfuerzos. Me resultaba imposible imaginar victorias, ni clamores, ni frentes coronadas por cintas de colores. Sólo el silencio batía junto al viento como una sequedad sin fronteras ni límites. Y creo que pensé que, por alguna razón que yo no comprendía, de allí se habían ausentado los dioses protectores. Sócrates me miró; sabía mirar desde el fondo remoto de sus ojos. “Ése es tu lugar, Antandros. A él lo cubre ahora también la desolación que envuelve a cualquier campo de guerra. Pero éste es uno de los únicos campos en los que debía batallar el hombre; y eso, siempre, en honor del gran Zeus”. No respondí. En su presencia, me sentía protegido y desnudo al mismo tiempo. Sabía decir con palabras lo que mi corazón sentía y no expresaba. Me gustaba su compañía en solitario, cuando nadie en su derredor lo asediaba a preguntas; cuando sus reflexiones hacían brotar de mí, con suavidad, incluso aquellos conocimientos que, un instante antes, ni siquiera yo sospechara que me dormían dentro. Era gratificante sentirse crecer de aquel modo; y él sabía cómo lograr que eso sucediera. Luego pasamos por la fuente de Calirroe y hundimos nuestras manos a la vez hasta argollar de agua el contorno de nuestras muñecas, como signo de veneración, para obtener, así, el favor de la Náyade que en ella se guarece. Entramos en los muros y nos dirigimos hacia el monumento de los Héroes Epónimos, quienes dan su nombre a las tribus del Ática, pues que Sócrates quería tributar honores divinos a Ayax, al igual que los atenienses suelen tributarle yendo cada año a Salamina. Allí, junto a los trípodes que flanquean la hilera de las diez estatuas, se exhibían las listas de reclutamiento, las propuestas de ley y las proclamas. En una tablilla, junto al de otros atletas, estaba escrito mi nombre para conocimiento público; designado por acuerdo de los gimnasiarcas para representar a la patria, cuando nuevamente vinieran los teoros y volvieran a hacer sonar sus bocines y la tregua de Olimpia detuviera la cólera que ofuscaba a los hombres.
Cuando llegué, los preparativos en la casa de Agios también tenían revuelta la vivienda. Caris y Forsila habían sacado sus arreos militares y se afanaban limpiándolos. Y en los ojos de ambas mujeres podía intuirse la sombra de una pena, cual si de su interior se escapara la adivinanza de un infortunio intuido y remoto. Poco a poco, era como si sobre Atenas fuera avanzando la sombra oscurecedora de una nube que iba haciendo cambiar apariencias, tamaños y colores. Drosis, sin embargo, parecía ajena al ajetreo. En su manso desvarío había encajado la marcha de mi padre, tal vez, como una liberación. Quizá los dioses la concedían, por el camino más inesperado, aquella apacibilidad de espíritu que de otro modo le fuera imposible alcanzar. Últimamente, Agios había prescindido de todos sus favores y, ella, totalmente agotada, se había sumido en su mundo lo mismo que una niña a quien la divinidad hubiera privado del don de la palabra. No obstante, su carácter se había suavizado. Era como una perra dócil que merodeara de un lado para otro, haciendo, autónoma, las tareas que le fueran encargadas y solicitando a cambio de sus actos un poco de cariño o la caricia amable de una mano. Caris la trataba con la mayor dulzura e, incluso, había dado órdenes para que en nada se molestara a la esclava de Tracia. Mi hermana, poco a poco, había ido tomando las riendas de la casa, y ahora la regía con la firmeza de toda una mujer y el encanto suave de su alma. Las esclavas la adoraban igual que habían adorado a Talía.
Cuando llegué, salió a recibirme. Desde aquella noche en que yo volviera borracho de casa de Cinisca, solía hacerlo así. Tenía encargado que se le avisara en cuanto Antandros entrara en la casa. Y, en cuanto me presentía, dejaba cuanto estuviera haciendo y venía, alegre, hasta mí, con cuanto cariño pueda imaginarse que un ser puede portar en su corazón y enseñar a través de sus ojos y labios. Era el modo de demostrarme su inmenso afecto, aquél que aquella noche se había, incluso, engrandecido, cuando ella, sublimemente, había sabido encauzar mi desvarío con su gran lucidez y su digna firmeza. Creo que desde aquella noche consideré a mi hermana como aquella parte de mi propio interior en donde residía lo mejor de mí mismo.
Por la tarde supe que Agios se reuniría de nuevo en el cenáculo, en simposio, con todos sus amigos. Vi a Eufro y a Calira disponiendo el banquete, y advertí que en el altar todo estaba ya a punto para implorar, mientras los hombres conversaran, el favor de la diosa. Había pasado yo el día entero refugiado en mi cuarto. Caris me había servido allí los alimentos, y había respetado, silenciosa, mi estado y mi desgana. Todo aquel atropello de acontecimientos me obligaban con frecuencia a remansar en mí mismo, tratando de ordenar mis confusas ideas. Y, no pocas veces, mis esfuerzos me sumían en un letargo espeso poblado de ensoñaciones, que venían a ofuscar más mi entendimiento. Cuando me levanté, la tarde ya iba vencida. Salí a la terraza. Atenas, desde allí, se extendía como un gran animal sumido en su letargo, ajeno, a aquellas horas, a cuanto le esperaba. El frescor del ocaso reclamaba un abrigo. Y envuelto en mi manto, una vez más, mastiqué mi amargura, pues que, a pesar de todo, algo dentro de mí se resistía, aún, a entender por qué yo no debía ir a la guerra junto con mis amigos.
Por la noche vinieron a buscarme Alcibíades, Antioco y Telis. Hice un esfuerzo y, por no desairarlos, salí con ellos a recorrer las tabernas del puerto. Una mezcla de entusiasmo y nostalgia ocupaba el ambiente. Los hombres maduros bebían el vino mezclándolo con recuerdos, que iban desgranando entre chanzas y risotadas nerviosas y convulsas. Sus evocaciones de guerras anteriores parecían ficciones, memorias deshilachadas, sucesos perdidos en el tiempo. Probablemente querían ahogar su temor y la insoportable inquietud de la espera entre bromas y gracias que los apuntalaran. Los muchachos jóvenes lo hacían con la alegría despreocupada de quien va a emprender una hermosa aventura, que sólo puede reportar maravillas y glorias. Bebimos y gozamos con la indolencia que trae consigo el desconocimiento. Un vino negro traído de Mileto, enturbió nuestra razón y aflojó nuestras bocas, e hizo que nuestros cuerpos, incluso, se desposeyeran de ese peso que les es inherente como recuerdo de la realidad. Fluyó abundantemente por nuestras gargantas y tintó nuestros labios, nuestras barbillas y hasta nuestros cuellos, bruñendo y dando brillo a nuestros pechos audaces y curtidos. Cantamos y aporreamos sobre los tablones, cuando las danzarinas de Egipto evolucionaron para nosotros con sus vientres desnudos y sus cinturas surcadas de cadenillas y collares de cuentas, entre las que se insertaban campanitas con badajos de ónice. Besé los pies desnudos, ornamentados con esclavillas, con dijes y abalorios, y vi temblar sus pechos como papos de tórtolas y centellear su pelo rojo lo mismo que la grana, a aquélla que, atrevida e impúdica, vino a tenderse sobre nuestra mesa, sin importarle que el vino derramado sobre la madera humedeciera sus velos y sus cintas. Sentí el frío de aquel brazalete suyo, que iba torneándole su brazo, pues que tenía apariencia de áspid, cuando ella lo pasó por mi mejilla, simulando que se desperezaba mórbida y deleitosa. Y hasta, en un momento de burda osadía, arrebatamos las flautas y los crótalos a los muchachos músicos y los hicimos sonar con tanto desconcierto que, cuantos estaban bebiendo y retozando dentro de la taberna, prorrumpieron en gritos y en aplausos de desaprobación, para que los dejáramos de nuevo en manos de sus dueños. El ambiente era denso. Avanzaba la noche e iba cubriéndose el ámbito de humos y de vahos. De los candiles y lámparas fluía un humo negro, discontinuo y espeso. Y en todos los semblantes se notaba ese agotamiento que soporta quien se resiste, terco, a enfrentarse con el ineludible claror de un nuevo día. Cuando todo estuvo consumado y la extenuación nos alcanzó a todos, nos quedamos dormidos y apiñados. Era así como solían amanecer aquellos días las tabernas del puerto. Ningún tabernero echaba a los borrachos, y mucho menos si éstos eran muchachos para quienes la guerra sería una primicia.
Me desperté cuando alguien zarandeó con suavidad mi hombro y pronunció mi nombre. Oí su voz en la oquedad remota de mi cráneo, como si un dios sereno me hubiera reclamado desde una cueva angosta. Arrastrando la niebla de mis ojos, miré a mi alrededor buscando algo vivo en lo que apoyarme. Todo yacía descompuesto. Una penumbra fétida de sudor y de vómitos dejaba ver únicamente el contorno de cuerpos tendidos, que exhalaban ronquidos y suspiros ahogados por los sueños. Solamente Alcibíades parecía un dios desmadejado entre tanta miseria. Tendido sobre un banco, al contraluz del amanecer, caía su cabeza olvidada al vacío, y su pelo abundante y rizado y la tensión esbelta de su cuello prolongaban, de uno y otro lado, la línea del perfil de su cara arrogante y hermosa. Su cuerpo era bruno; Helio lo tenía dorado con el esmero de un amante atento y codicioso. Revueltos y rasgados sus vestidos, sus músculos y formas parecían mucho más firmes y potentes, en contraste con la molicie y desamparo a la que ahora parecía entregado. Traté de sacudir mi cabeza antes de incorporarme. Miré la mano que tocaba mi hombro y reconocí los dedos largos y firmes de Amasis. Nuevamente oí su voz junto a mi oído: “Antandros, vamos, salgámonos de aquí”. Sus palabras me reclamaban a una realidad que, ahora, nuevamente se me imponía desabrida y adusta. Hice un amago para guarecerme de nuevo. Pero la realidad de aquel lugar escupió otra vez a mis ojos toda la entraña verdadera de cuanto allí palpitaba asustado y confuso. Vi entonces, de repente, el lugar como un campo de muerte. Imaginé cuerpos descoyuntados, percibí un olor a heridas y fogatas, a heces y carnes putrefactas. Y, por un instante, hasta me pareció que todo aquel vino derramado no era sino sangre que había huido para siempre de sus cuerpos.
Salí al exterior apoyado en Amasis. La luz, como un castigo, cortó con frialdad y cegó mi mirada. Caminamos durante un largo trecho sin decirnos ni una sola palabra. Y cuando rebasamos el Pórtico de la harina y la ensenada de Cántaros, que, poblada por los comerciantes, comenzaba a bullir como aceite en el fuego, me desprendí de su apoyo y comencé a adentrarme en el mar, soportando, cual si fuera de mármol, el azote bronco de las olas heladas. Nadé, frenético, hacia el horizonte, buscando, ávido, el golpeteo imponente del mar embravecido. Amasis se había convertido en mi conciencia. Su seductora presencia y su sutil silencio eran el contrapunto, extraño, que hacían que, cual ante un espejo, yo me viera a mí mismo de un modo diferente. Luché contra el viento y el mar para cansarme, para domar aquella furia que me mordía dentro y que me había llevado, una vez más, a huir de mi propia presencia. Volví roto y cansado. Jadeante y aterido, me tendí a su lado intentando recobrar el respiro. Él se había sentado en la arena y miraba hacia el mar, y parecía ajeno a cuanto le rodeaba. Un poco más allá, unos pescadores habían hecho una fogata. Las llamas se blandían buscándose a sí mismas y chisporroteaban en medio de la desnudez inmensa de la playa. Preparaban sus redes y se alimentaban antes de echar sus barcas al Egeo. Cuando me fue posible, me levante y corrí hacia ellos para calentarme, pues que el frío me impedía articular palabras. Cuando volví, Amasis no se había movido. Era siempre así, callado y enigmático, firme y sereno. Y, en su presencia, yo me sentía siempre invitado a ofrecer lo mejor de mí mismo. Sin duda alguna, ése era el néctar de la amistad auténtica; el poder, subterráneo, que fuerza y arranca de nosotros las mejores virtudes.
Pasamos todo el día juntos. En muy pocas fechas, él embarcaría hacia Calcídica y sólo la sabiduría de la diosa sabía aventurar cuál podría ser el destino que le aguardaba. La campaña militar estaría nutrida por tres millares de hoplitas. En los últimos días se había materializado el pacto deseado con Corcira y su refuerzo afianzaba más la decisión de emprender el asedio pensado a Potidea. Celebré que, al fin, las gestiones llevadas a cabo por la delegación que había viajado en la nave Andrómaca hubieran dado los frutos deseados. Me acordé de la paloma que había mediado en todo ello y fue inevitable recordar la villa abandonada que llevaba el nombre de mi abuela. Amasis y yo caminamos durante todo el día. Sin rumbo fijo fuimos de un lado para otro, disfrutando serenamente de nuestra compañía. Salimos por el campo y comimos frutas silvestres y conversamos muy distendidamente. En su mente no campeaba la alocada alegría que ocupaba a los guerreros jóvenes; él no podía olvidar la muerte de su padre ocurrida en Caria, durante aquellos desórdenes que terminaron anexionando este distrito a Jonia. No sé en qué momento, hablamos de nuestra amistad; de sus rudos comienzos, cuando los dioses me hicieron pasar por aquella prueba terrible en las costas que miran hacia el istmo enemigo. Hablamos también de su adustez para conmigo y Telis, quien ahora se disponía a acompañarle feliz y entusiasmado de ser miembro de su misma falange. Evocamos, después, sucesos de tiempos posteriores; de los encuentros en la casa de baños que regentaba Gurgos, del día de la Panateneas; de cuantas veces nuestra amistad había ido abriéndose lugar entre nosotros, como un ente ajeno que se empeñara en trenzar nuestras vidas más allá del concurso de nuestra decisión y nuestras voluntades. Rememoré cuanto él le había dicho, tan sucinta y acertadamente, al recordado Kebe, cuando éste contemplara con temor el hecho de representar la obra innovadora de Eurípides. Así era Amasis, recio y certero, enigmático y sobrio, inteligente y fiel. Envidié su claridad de ideas, la disciplinada forma con que asumía sus tareas como ciudadano de Atenas; el modo reverente con el que sabía conjugar creencias y juicios de razón, que aportaban, sobre las verdades eternas, ideas más profundas y ricas novedades. Así era mi gran amigo Amasis. Por eso, cuando se marchó a la guerra, lo eché mucho de menos e hice un sacrificio a Palas Atenea, para que su lanza invencible y su sabiduría supieran preservarlo.
Cuando, ya anochecido, volví a la casa de Agios, las mujeres habían terminado de lustrar todos sus hermosos arreos militares. Mirkos estaba reluciente como si en realidad hubiera sido dispuesto para una parada; Pistias se había esmerado más que nunca con él. Y, tras la agitación de tantos preparativos, la casa parecía haber entrado, de pronto, en una inactividad triste y desinteresada. Todo estaba, pues, dispuesto, y ya sólo era cuestión de que la clepsidra contara el tiempo que restaba para la partida de Agios. Caris vino para darme su beso, en cuanto hube hecho mi saludo al Herma y entré bajo el peristilo, en penumbra, del patio. El tiempo era muy desapacible, y con frecuencia se albergaban en los rincones y bajo las columnas montoncitos de tierra y hojas secas y arrugadas que eran zarandeadas a capricho del aire. Ella fue quien me anunció que Agios me estaba esperando y que había dicho que aquella noche nos sirvieran a los dos en su cenáculo. Lavé mis manos y humedecí mi cara con el agua que la vieja Forsila se aprestó a acercarme, y escuché su musitar sabio, mientras me tendía el lienzo para que me secara y el aceite oloroso para aromar mi cuello. “Escúchale y cumple sus mandatos; éste no es momento de enseñar los rencores”. Como siempre, su voz y su presencia parecían deslizarse con la inadvertencia y la humildad que poseen las sombras. Aquella gran mujer había permanecido en la casa de Agios desde antes de que yo naciera. Había sufrido y sido capaz de entregar más amor que nadie a quien yo conociera. Sabía de nuestras vidas más que ninguna otra persona. Y, sin embargo, nunca había hecho ostentación ni de su fuerza interior ni, aun, de sus conocimientos. La había visto vivir calladamente; haciendo lo que se requería de ella en cada tiempo. Y cuando el destino se le había enfrentado con forma de injusticia, la había visto hacerle frente con cuanta bravura ha acumulado quien tiene la certeza de saber que, por su parte, ya tiene pagada y satisfecha toda la cuota de pena y dolor que se le puede exigir a un solo hombre en su trecho de vida.
Entré en la estancia donde yacía Agios, escuchando aún en mi interior las palabras de la esclava de Acaya. Mi padre estaba sosegado. Su kylix de oro y de turquesas, traído de Tesalia, brillaba entre sus manos. Enseguida noté que llevaba algún tiempo reposando, pues que la crátera estaba ya terciada. Despidió a Brygos y me pidió que le sirviera nuevamente vino. Antes de beber, me ofreció su copa y me rogó, con un ademán, que me tendiera sobre el clino adquirido en Iberia, que había permanecido durante mucho tiempo en la villa del campo, y al que yo siempre llamaba “el asiento de Sófocles”, en recuerdo de que sobre él estuvo recostado el dramaturgo cuando le escuché, maravillado, la vez que yo lo conociera.
Bebimos durante mucho rato sumidos en silencio impenetrable. Las voces de las mujeres se oían lejanas como el único rumor de vida existente. Me presentí reflejado en la superficie del vino y me lo bebí para tragar cuanto antes mi imagen. Recorrí con minuciosidad la estancia. Me demoré en la contemplación de las telas de Siria, con sus tramas fuertes cuajadas de ramajes que, colgadas, cegaban las retículas de las celosías, y que a veces se movían ligeramente, recordando que fuera tal vez soplara el viento. Clavé mis ojos y prendí mi vista en los braseros de Persia, en los que las brasas parecían dormir eternamente en una consunción ajena a la vida. Oí y controlé lo mejor que pude mi respiración. Pues que ella, en el total silencio, parecía querer dejar al descubierto aquella zozobra y ansiedad que yo no estaba dispuesto a demostrarle. “Aquél no era momento de enseñar los rencores”. Las palabras de Forsila aporreaban mi cabeza y casi movían mis mandíbulas para hacer que volviera de nuevo a pronunciarlas. Pero tampoco eran días propicios al olvido. Y mucho menos a aceptar cuanto no comprendía. Cuando trajeron los alimentos, comimos en silencio. Ahora parecía que, ambos, masticábamos nuestra propia ansiedad para ocultarla pronto. Al terminar, Agios pidió que retiraran todo y cerraran la puerta. Fui a servirle nuevamente vino y detuvo mi acto. Entonces, comenzó, por primera vez en mi existencia, a hablarme mi padre.
Me retiré de la presencia de Agios cuando ya amanecía. Me pidió que saliera del cenáculo y lo dejara solo. Su voz había ido enronqueciendo con el pasar cansado de las horas y, ahora, solamente un rumor era capaz de arrastrarse por entre el pasadizo lúgubre y afónico de su seca garganta. No referiré -Apolo me perdone- la confesión que un hombre es capaz de hacer ante su hijo cuando se dispone a marchar para la guerra y debe dejar en sus manos su hacienda y su legado. Ni haré ostentación de cuánta miseria es capaz de acumular un vivir con el transcurso azaroso del tiempo, ni a cuánto orgullo y desamor obliga la defensa de una autoridad asentada en la endeblez de la entrama humana. Únicamente haré constatación de que el tiempo es un fluir que no tiene retorno, y que el verbo perdido, el afecto olvidado o el acto no obrado, nunca más podrán recobrar su momento y su ser.
Dormí, después, durante la jornada entera. Y cuando desperté, entre la densa confusión de mi cabeza, aún retumbaban aquellas palabras que, al final de la noche, me había referido Agios, y que parecían ser el resumen de su, inexplicable, actitud conmigo. “Y, Antandros, si el designio de la diosa fuera contrario a mi regreso, no me guardes rencor por cuanto aún no entiendes. Ve hasta Sófocles y pídele que te transmita el rezar del Oráculo, que un día me fue pronosticado en el templo de Delfos. Excúlpame, entonces, y ofrece en mi memoria un sacrificio a Apolo”.
No volví a ver a mi padre hasta el día anterior a la partida de las naves. Como si el cielo quisiera ya llorar el dolor de la patria, las nubes se rasgaron y la lluvia cayó con fuerza y abundancia, hasta tal punto que se pensó, incluso, en retrasar el zarpar de todos los navíos. Sin embargo, el ánimo popular estaba ya tan exaltado que los Arcontes, reunidos de nuevo, decidieron desafiar hasta a la aspereza de los elementos. Si bien, antes, se decretó la celebración de una magna hecatombe que propiciara el favor de la diosa. Todos los demos presentaron sus bueyes para el sacrificio. Los acaudalados también cooperaron a ello. Hipónico, el anciano padre de Calias, entregó un ejemplar tan robusto y magnífico, que se consideró que, ése, debía ser el sacrificado en último lugar, cerrando por lo tanto el centenar de víctimas. Los cien bueyes fueron llevados en procesión hasta el altar de Palas Atenea. Unos venían engalanados con bellos aderezos, otros desnudos en la sobriedad que amparaba la razón de su muerte. Los hombres preeminentes y todos los sacerdotes y sacerdotisas, que atienden el templo colosal de la doncella, aguantaron el fluir de los cielos, que parecía que iban, sin remisión, a vaciarse. La Acrópolis estuvo tan repleta, que el pueblo se vio obligado a contemplar la ceremonia desde la ciudad baja, apiñado en torno al promontorio del Areópago o junto al pie de los escalones que inician el ascenso hacia los Propileos. Sobrecogidos y callados, asistimos todos al degüello de los animales. Los sangradores usaron sus cuchillos rituales con diestra habilidad. Pero el ingente número de sacrificios pronto les hizo parecer, ante los ojos atentos de cuantos les mirábamos, como extenuados y rotos de cansancio. El agua mojó todas las ropas y fundió las telas con los cuerpos. El olor húmedo de los hombres se amasó con el vaho denso que exhalaba la carne recién amachetada y aún temblorosa. La lluvia insistente coagulaba la sangre apenas brotaba por los rotos boquetes abiertos en los cueros, acortezando en el suelo un flujo espeso de repugnantes y enormes cuajarones. Los animales, tras ser desposeídos de sus entrañas, eran montados por esclavos sobre las carretas que habían de descender sus cuerpos pesados y ya exánimes, lavados por el brillar del agua incesante. Vi pasar junto a mi lado los ojos vítreos y extraviados de todas aquellas reses que la diosa había recibido en holocausto. Miré una por una las testuces traqueteantes que sobresalían, enormes, de los entablados. Casi iban rozando en el suelo, en aquel penoso descenso que los esclavos sujetaban abrazados a las pértigas enormes y desnudas de los carros o a sus ruedas radiadas. Quería retener en mi memoria la extraña sensación que todo aquello me estaba produciendo, pues que sabía que no era sino el preámbulo de algo insigne y transcendente. Cuando fueron quemadas las entrañas, una nube de hedor, obligada a no ascender por el caer incesante del agua, enturbió todas nuestras cabezas, cegando nuestros ojos hasta provocar lágrimas en ellos. Muchos tomamos un trozo del manto o aplicamos nuestro brazo para tapar con urgencia la boca. Los sacerdotes proclamaron, no obstante, que los augurios habían sido claramente propicios. Y todos descendimos con el terror escondido bajo una serena apariencia, intentando creer firmemente que los pronósticos serían favorables.
Extendí el brazo para desear a Agios todas las venturas y le rogué que me dejara partir a mí para Sunion. No quería despedir a la flota en el puerto, ni escuchar el grito a los progenitores, ni ser testigo de la libación que señalaría el momento exacto en el que mis amigos y mi padre se iban de la patria dejándome a mí relegado en ella. Las lluvias llevaban sin detenerse desde hacía más de catorce fechas y el pueblo no iría, como era su costumbre, hasta el cabo a decir su adiós a los navíos. Los caminos habían sido descarnados y el fango anegaba rutas, desbordando fuentes y manantiales, cegando pasos y arrasando viaductos. El agua había caído lentamente, pero con la insistencia de quien quiere dejar honda constancia de algún mensaje oculto. Corrí descalzo sintiendo el frío blando de la tierra durante todo el día. Cuando me anocheció, me guarecí en el tronco de un árbol al que la ira de Zeus había vaciado con la negra quemazón de su potente rayo y los pastores usaban de cabaña. Al levantar de Helio, volví a emprender mi marcha. Quería estar junto al templo de Posidón cuando pasara la flota desplegada de Atenas. Corrí sin tregua ni descanso. Comí sobre la marcha y protegí mi cuerpo con las pieles curtidas con las que mi hermana Caris me había confeccionado un vestido. Cuando, al fin, apoyé mi mano sobre las columnas del templo, sentí todo el cansancio tremendo de la marcha. Un sacerdote me recibió y me ofreció un kylix con vino caliente y especiado en el que habían diluido miel, y que yo bebí con ceguera y codicia para así reponerme. Estaba feliz y extenuado. En mi esfuerzo se resumían tantas cosas confusas... El sacerdote me invitó a que descansara, asegurándome que él me lo anunciaría en cuanto los barcos aparecieran aún en la lejanía. Me senté bajo los gruesos y carcomidos fustes de mármol de Agrilesa y miré hacia el bello templo de Atenea Sunias, que se elevaba sereno en la colina próxima.
Cuando me despertó, el espectáculo era inenarrable. El cielo se había secado y Helio asomaba retazos de su oro más viejo y más candente por entre el manchón de unas nubes moradas y ceniza. Un haz de luz rasgada, transparentaba de azul, las aguas quietas del Egeo. Y sobre aquella planicie inmensa y uniforme, un número incontable de navíos avanzaba con sus velas hinchadas y sus grímpolas coloreando el aire. Todos los hombres sobre las cubiertas miraban hacia el promontorio y saludaban con su brazo en alto al dios de los océanos. Me erguí de inmediato y vi a mis espaldas a los diez sacerdotes del templo que, alineados, daban su adiós a todos nuestros héroes. El altar humeaba. Y cuando el grito unánime de los hombres saludó al dios, un temblor me recorrió el cuerpo. Allí estaba Amasis, y Telis y Alcibíades. Sentí sobre mí los ojos de mi querido Sócrates. Y supe que Agios también estaría temblando, oculto entre los tripulantes de la hermosa “Talía”, que navegaba por el flanco más opuesto, y cuya enseña, aun en la enorme distancia, me era inconfundible. Alcé mi brazo y me mantuve quieto hasta que los navíos se fueron alejando. Y cuando inicié mi regreso, supe que a los pies del templo de Posidón yo había estado soñando con la fiera cabeza de la terrible Euríale, la Gorgona que presidía el peto de mi padre, cuyo feroz recuerdo me llevaba hasta los días lejanos de mi infancia, cuando la viera por primera vez en la villa de Caris y ella fuera para mí, durante mucho tiempo, la personificación confusa del terror y la guerra.
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