3.11.13

CAPITULO NOVENO






Durante mucho tiempo, he considerado la muerte como un robo, como una gran ofensa; como el terrible fraude mediante el que alguien, desalmado, nos trueca la vida por la nada. Únicamente deseo comparecer ante ella, cuando haya sido capaz de aceptar ese insoslayable adormecimiento en que estimo que reside, y ella no sea ya más que un suave desarraigo.
IX
EL RASTRO DEL DOLOR
Subí hasta la Acrópolis, tan pronto me sentí vuelto a mi ser. Fue la primera vez que yo hice una ofrenda a los dioses en mi propio nombre. Era un día de targelion, suave y soleado, y apenas si había amanecido. Deseé que Helio no hubiera aún coloreado el oriente, pues que contemplar su gran magnificencia abría mi corazón e inundaba de piedad mi entendimiento; dos buenas circunstancias para quien se dispone a hacer un sacrificio. Los grandiosos Propileos eran ya una entrada monumental, en la que el gusto exquisito de Mnesicles y su enorme saber como arquitecto quedaban muy lúcidamente reflejados. Siempre me ha resultado suntuoso subir la escalinata que hace accesible de modo tan hermoso el desnivel que allí tiene la roca de la Ciudadela. No obstante, conservo aún fresca la sensación recibida en aquella mañana en la que creí, realmente, que ascendía hacía la misma halda de la diosa. Todavía los canteros no habían finalizado sus últimos trabajos aunque, entre los andamios y entibados, los pilares de mármol emergían como un bastión de imponente firmeza. Era, pues, mucho más que una entrada. Muchas veces después he transitado por ellos. He crecido y he ido, incluso, envejeciendo en su presencia. Pero siempre he recibido esa misma sensación al sentirme realmente ínfimo midiéndome con esa colosal subida que anuncia y pronostica a los mortales la auténtica medida de los espacios donde moran los dioses.
Hice mi ofrenda aquel día en la cueva de Erecteo. Aún, el siempre recordado Nicias, no había ordenado erigir el soberbio templo que hoy se alza en el lugar donde nuestro pueblo siempre veneró a nuestros heteróclitos. Ése es el templo donde hemos seguido demostrando el respeto y la devoción que todo buen pueblo, fiel a sus orígenes, debe guardar a lo oculto y misterioso que lo ha precedido. Allí donde Atenea y Posidón se habían enfrentado, donde brillaban ya las hojas plateadas del olivo sagrado y donde el tridente del dios ya había hecho manar su agua salutífera, los sacerdotes aguardaban las primeras dádivas y ofrendas desde el amanecer. Estaban ellos dispuestos, formando un semicírculo con los brazos en alto. Las llamas hambrientas del altar blandían con límpida avidez el aire aún cristalino del naciente. Una brisa húmeda traía el olor a salitre y a algas, transportándolo desde el seno mismo del Egeo, de donde lo robaba, tal vez para que los humanos pudiéramos percibir cómo es el verdadero sudor de Posidón. Estaban ellos ataviados con sus túnicas grises, sus cobijas para las ceremonias y sus enormes báculos recamados de escamas. En su cubil de arena, la serpiente se retorcía ansiosa por recibir los primeros presentes. Un escalofrío de angustia me recorrió entero, cuando, audaz, miré los ojos afilados del reptil, redondos e inmóviles. Creo haber sentido nuevamente su viscoso tacto y su frío lazo ajustándoseme en torno de mi mano. Los primeros fulgores de Helio doraban los anillos del animal sagrado, que se frotaba sobre su propio cuerpo en un lascivo rozar de irisaciones. Observé su cabeza triangular y el doble filamento de su lengua queriendo succionar el aire y todos los nutrientes que en él dicen que habitan. Entregué mi pastel de miel y mi olla de leche y vi en su acogida que mi ofrenda había sido aceptada en plenitud. Un sacerdote vertió un poco de leche sobre el ara ardiente y, de inmediato, crepitó y se evaporó en un atropello de burbujas sonoras, dejando sobre el mármol una mancha de colores terrosos, cuya corteza interpretó para mi buen augurio. Debía ser así. El animal que me había llevado a los pozos de Hades, que me había hecho convivir con la misma espesura de la muerte, tenía que reconciliarse conmigo y absolverme. Él era el emblema de Asclepio y yo no debía renunciar a sus dones mistéricos. Tembloroso, me adelanté hacía el círculo que, como un aro cerrado, formaban, ahora, todos los sacerdotes. Entré en su interior sintiendo el acoso enervante que en mi entorno aportaban sus voces gruesas entonando las preces que brotaban de sus alientos múltiples. Sentí su fetidez envolviendo mi nuca. Ahora el animal se erguía con elasticidad altiva y confiada, sintiéndose cubierto y protegido en su ámbito sacro. Sin duda, buscaba mi mirada para tomar mi espíritu y poder subyugarme. Me hinqué en su presencia. Las fuerzas nuevamente me habían dejado y mis rodillas sentían la herida descarnada que el suelo me infería. Mi saliva me resultaba espesa como una flema que pretendiera ahogarme. Casi a punto de perder el sentido, avancé mi brazo hacia el siseo bífido que me lo reclamaba. Ahora sí sentí la lengua abierta lamiéndome la carne con sus suaves punzadas apenas perceptibles, mientras mi respiración contenía mi pecho cual si una coraza de bronce incandescente me lo tuviera preso. En medio de mi terror y mi ensimismamiento, un sacerdote me tocó con su báculo. Un estremecimiento me recorrió entero. Miré hacia él y lo vi enorme como una columna a cuya basa yo me encontrara sumido y espantado. Miré de nuevo al animal y vi las dos espinas blancas de sus dientes. El sacerdote me dio su beneplácito y me ayudó a alzarme, mientras yo quitaba muy despacio mis ojos de su danza. Cuando estuve en pie, sin mirar a mi brazo, lo envolví en mi ropa al abrigo del calor del pecho que aún me martilleaba. Luego me retiré del círculo. Al descender de la Acrópolis, mi gozo era inmenso. Era como si, junto a mi tórax, yo llevara oculto el gran trofeo que el dios me había dado.
Bajé nuevamente por la escalinata de los Propileos y me sentí una deidad que descendiera, solemne, a habitar al mundo que pueblan los mortales. Cuando, unas horas después, participé una vez más en la carrera con la que cada día Alexias probaba nuestras fuerzas, corrí cual si el raudo Hermes me hubiera cedido su pétaso de viaje y su caduceo. Y -aseguro- que, yo, ya no fui yo, sino el nuevo heraldo que servía al Olimpo.
Durante los meses de esciroforion, hecatombeon y hasta mediados de metagitnion, Agios decidió que viviéramos nuevamente en la granja de Caris. A mi hermana le encantó que una villa tan hermosa ostentara su nombre y disfrutó tanto como yo lo había hecho en el estío en que la conociera. Ahora los campos estaban casi totalmente abandonados. El palomar de Agios, esquilmado y hundido. Las malezas habían crecido por doquier y, únicamente, las potentes encinas y los viejos olivos seguían siendo fieles emblemas de un paisaje que se esforzaba en conservar aquella apariencia a la que todo lo demás acometía con tesón imparable. Parecía que el resto de la naturaleza estuviera confabulada con nuestros enemigos para borrarnos, incluso, hasta los escenarios de todos nuestros sueños. Recorrí de nuevo los lugares conocidos y me medí nuevamente con ellos. De pronto, todo resultaba distinto, más pequeño, más cercano y posible. Agios estaba nuevamente inmerso en asuntos de Estado. Las reuniones con sus amigos eran muy frecuentes y, en la agitación que parecía vivir la política, ellos debían significarse como ente importante. La patria seguía su expansión y su gloria. Pericles estaba logrando que el nombre y la importancia de Atenas, cada día, ostentara más peso en el orbe entero. Pero todo ello pasaba su precio de agitación e intriga, de turbia enemistad y de flagrante envidia, sobre todo entre las ciudades que nos eran limítrofes.
El estío fue áspero. Únicamente, al declinar de la tarde o al amanecer, se podía salir a recorrer el campo. Las veladas en la noche, en la terraza que se abría al ocaso, son, aún, para mí, inolvidables; pues que además en ellas se encierran entrañables momentos vividos junto a mi madre y a mi querida hermana. Ya la salud de Talía estaba delicada. Muy lentamente, como un mal trago que ha de ingerirse despacio para tolerarlo, los dioses le habían administrado el icor de la muerte y su salud se iba debilitando cual si una flor fuera perdiendo sus colores o una lámpara se apagara agotada de aceite. Viví junto a mi madre la tierna dilación de su intuida marcha. Solía reunirme allí con las mujeres los días que mi padre pernoctaba en Atenas y ellas se sentían dueñas sin obstáculos de toda aquella casa. Era Talía quien las convocaba y permitía que nuestras esclavas departieran con ella hasta bien entrado el negror templado de la noche. Su mansedumbre había madurado y el tono de su voz, apesadumbrado por su agotamiento, era cadencioso e intemporal, casi como el que debiera acompañar a los dulces oráculos. De sus palabras de entonces he bebido durante toda mi vida; pues que sus enseñanzas, constreñidas y ocultas, eran como un fardo o equipaje que, sabiamente, nos legó entonces a mi hermana y a mí, sin sospecharlo apenas. Nunca podré olvidar, cuando nublada de cansancio proponía que nos retiráramos, su delgada imagen tendiéndome la mano para mi beso último, el aroma perenne que exhalaba su carne, el vidrio gris de sus ojos de agua dando su silencioso adiós. Y luego, al marcharse, la esbelta silueta de su cuerpo, velado y casi ingrávido, rozando los fustes alineados de aquellas columnas que flanqueaban la entrada en la penumbra de su amable cuarto. Sé -ahora- que en cada una de aquellas amables despedidas se iba anticipando su ausencia. Y que la regia marcha de su figura no era otra cosa que la premonición de lo que en los meses siguientes nos iba a hacer soportar el rigor del destino, que a nadie respeta ni concede una pausa.
A la villa de Caris se trasladaron entonces casi todos nuestros esclavos. El trirreme con el que Agios obsequiara a la patria estaba ya acabado y ahora se imponía que todos los hombres se ejercitaran en el uso y conocimiento de las armas, pues que el prestigio y la expansión de Atenas debían ser apuntalada por un ejercito nutrido y bien dispuesto. Aprendí entonces que la riqueza y el poder traen consigo no medianos desvelos y que, tras conseguir la ostentación, se hace preciso preservarla, pues que los saboteadores y los ladrones no ponen sus ojos en los andrajosos sino en las riquezas y en los adinerados.
En cuanto a mis tareas, el lamentable estado de los campos y los presentimientos de hostilidades que aconsejaban que nada se cultivara, me tenían muy desocupado. No obstante, el cuidado de mi estado físico seguía recabando mi interés preeminente. Pistias continuaba ejerciendo su oficio de preceptor, y a diario sabía recordarme cuáles eran mis deberes para con el progreso en el conocimiento y en el perfeccionamiento de mi anatomía. Mi cuerpo había experimentado todos aquellos cambios que alejan de la infancia y nos van conduciendo hasta la pubertad. El recato ante las mujeres era algo que empezaba a sentir como un privilegio que debía ostentar. Como tantos otros descubrimientos, lo comprendí un día de modo imprevisto. Era de amanecida. Tendido en el lecho, sentí sobre mi desnudez el frío del relente que acompañaba al alba tras una noche de bochorno insufrible. Me retorcí entre el duermevela y busqué con el tacto un paño para recubrirme. Palpé sobre la estera y encontré el tacto caliente de una mano que se disponía atenta a abrigarme. Sorprendido, abrí los ojos y descubrí ante mí a la tracia, que miraba mi cuerpo con ojos repletos de admirada lascivia. En un acto reflejo, me senté, ocultando mi sexo, mientras devolvía a su mirada, perplejo, el odio de la mía. Drosis se incorporó altiva y desdeñosa y tiró a mi alcance el lienzo con el que se disponía a guarecer mi cuerpo, saliendo de la estancia sin proferir palabra. Sé que la odié en medio de una mezcla de desprecio y jactancia. Durante mucho tiempo, recordé el fulgor ígneo de su mirada, sin acertar a separar qué era admiración, qué lascivia o qué su elemental deseo de hembra desdeñada, que veía en mi cuerpo, renovado, el obsesivo objeto de su ahínco frustrado. Furtivo, vigilé, a mi vez, la espléndida naturaleza que la acompañaba. La tracia había ido hermoseando como lo hacen los objetos antiguos, a los que la pátina del tiempo los dota de una profundidad invisible y patente. Su gesto se había tornado casi adusto e imponía a su cara, y aun a sus ademanes, ese brío que a los hombres gusta encontrar en las hembras para así doblegarlas. Junto a ello, sus carnes se habían apretado, sus pechos permanecían firmes y su nuca seguía conservando el secreto encanto que siempre hizo que en ella se centraran infinitas miradas de deseo o de envidia.
Por mi parte, a diario, me ejercitaba en la carrera. La ausencia de Cleofonte y de Telis me había empujado a una soledad forzada y reflexiva. Salvo lo que conversaba con mi madre o con Pistias, permanecía siempre sumido en el silencio. Ello desarrollaba más mis pensamientos y me imponía algo así como una conversación permanente conmigo. Mientras, mi imaginación trataba de dar color y de ilustrar a cuanta sequedad, aparente, rodeaba aquella situación que cualquiera hubiera podido calificar como de aislamiento.
Solía hacer dos carreras diarias. Al amanecer me alejaba de la villa y, ya en medio de la naturaleza, me aliviaba de mi vestuario, descalzaba mis pies y me ceñía a la cintura las armas que eran de precepto portar cuando se competía. El bosque a aquella hora estaba envuelto aún en una mágica confusión de luces. Comenzaba mi marcha primero caminando. Poco después, daba zancadas largas. Enseguida, comenzaba a correr. Alexias nos había entregado todo su saber como auténtico experto. La resistencia física era algo fundamental; sin ella los músculos no nos responderían. Pero la respiración era un elemento en cuya dosificación jugaba un gran papel la inteligencia y, sobre todo, el dominio del temperamento. Había, pues, que establecer un diálogo interno. Era como salirse del propio ser, desdoblarse en otro diferente; entablar consigo mismo una especie de pugna que debería resolverse en un acto de completo equilibrio. “Dosificar las fuerzas” -nos insistía Alexias hasta la saciedad-. Respirar medida y acompasadamente. Establecer el control sobre los propios pensamientos, para que nada ocupara la mente mientras el cuerpo entero iba elastizándose en una sucesión de movimientos sincrónicos, que permitían que la responsabilidad del acto pasara de uno a otro músculo, como una cesión combinada y armónica. Y sobre todo ello, el deseo imperativo de vencer; de vencerse a uno mismo; de vencer siempre, aunque se tratara de una prueba con otros condiscípulos, aunque fuera una ejercitación en solitario.
El bosque era magnífico. A aquella hora, las Alseides debían deambular gozosas, pues que el claror naciente parecía iluminar las gasas de sus peplos y túnicas, camufladas como telarañas prendidas entre los troncos o sobre los ramajes. Era hermoso ver el filtro del resplandor al contraluz, allá a lo lejos y, un instante después, cuando lo alcanzabas, romper aquel imaginado hechizo, penetrando sudoroso por entre la cortina de luz que te envolvía. Sentía en mí, mezclándose, el cansancio, el día nuevo, el tacto de mis pies sobre la tierra áspera y los sueños de gloria bullendo en mi cabeza. Corría y a mis oídos llegaba el clamor recordado de Olimpia, los vítores del puerto, el escalofrío sentido ante la imborrable mirada del atleta Licino y cuanto la gloria y el orgullo nos pueden aportar a los mortales en un instante de proclama y de triunfo.
Por la tarde, al caer el gran astro, volvía yo a hacer un nuevo recorrido. Bajaba entonces hasta el Eridano. Y tras el enorme esfuerzo de la marcha, me zambullía en el torrente, desafiando, ahora ya, a aquellos mismos remolinos en los que Agios me hubiera humillado un día en presencia del frigio, cuando yo era un niño. Era como si cada tarde probara a mi cuerpo en lucha contra la corriente y ello me reafirmara ante el terror que, aun a pesar de todo, secretamente, seguía mi padre produciéndome. Solucionaba así también el aseo diario de mi cuerpo, pues que últimamente había dejado de frecuentar el baño de la casa, en el que las mujeres comenzaban a no parecerme la mejor compañía con sus miradas y sus murmuraciones.
Agios venía cada dos o tres días. Solía vérsele confuso y hasta preocupado. Los asuntos de Atenas estaban complicándose. Y, aunque sus propios negocios parecían seguir cursando de un modo floreciente, una sombra de aflicción lo ocupaba. Con frecuencia, se mostraba irritado. Era habitual verlo arremeter contra nuestros esclavos por cuestiones que en otros momentos hubiera considerado puras nimiedades. Con respecto a mí, su actitud era francamente enigmática. Podría asegurar, sin temor a ofender al dios con mis embustes, que entonces yo percibía la sensación cual si él me temiese. Todo eso nos conducía a la petrificación de nuestra lejanía.
Al final del estío, la precaria salud de Talía sufrió un acusado debilitamiento. Parecía que el reseco calor la hubiera consumido. Su voz se apagó más y su carne se volvió cerúlea como el celaje cuando pierde sus tonos y se apaga agotado en la tarde. Agios pidió consejo a Sófocles y a Herodoto y, como ellos no le ocultaran su preocupación, mandó que se llamara a un físico que pudiera efectuar un diagnóstico basado en la minuciosidad y en el observar sereno y cotidiano. Y hasta la villa fue conducido Hipócrates, un joven cuyo nombre ya me causó una grata sorpresa, pues que en él se unían las palabras “caballo” y “fuerza” en un solo vocablo. Permaneció en la villa de Caris durante el mes de metagitnion. Y cuando volvimos a Atenas, pues que la temperatura ya así lo aconsejaba, se trasladó con nosotros y permaneció en la casa de Agios hasta cubierto el mes de memacterion, ya que Talía seguía requiriendo sus atentos cuidados.
En su compañía y de su sabio discernimiento, aprendí muchas cosas. Era un ser piadoso y muy observador, pequeño de estatura e inquieto en ademanes, pero sobrio y meticuloso en su proceder y en todos sus diagnósticos. Había nacido en la isla de Cos y contaba por entonces con una edad próxima a las siete Olimpiadas. Su abuelo había sido Hipócrates-I. Su padre se llamaba Heráclido y de él había recibido los conocimientos esenciales de la medicina sacerdotal. Pertenecía a una familia de asclepíades, por lo que sus orígenes -aseguraba- provenían del dios directamente. Tras su aprendizaje entre los de su casta, había decidido viajar por la Hélade, sin elegir siquiera los lugares que lo conocerían. Únicamente su interés por el descubrimiento de la enfermedad y el modo de vencerla le hacían trasladarse como un nómada sin techo ni fortuna, guiado por la mano del dios de la salud, al que él veneraba con devoción sin tacha. Así había llegado a las puertas de Atenas. Inmediatamente, Aspasia, conocedora de su disposición y sus sabidurías, lo había protegido y relacionado con su selecto círculo de adeptos y amigos. Seguramente, la hábil cortesana de Mileto, cual pájaro agorero, presentía la nube de mortandad que iba a posarse sobre el cielo de Atenas.
Cuando llegó la fecha de las Dionisias, danzamos para el dios. Nuestro coro fue acogido con fervor entusiasta y, quienes eran versados en músicas y bailes, aseguraron que nunca jamás se había visto un acto más brillante y solemnemente ejecutado. A diferencia de otras ocasiones, se utilizaron también discantes, siendo su sonoridad todo un acierto de gracia y sutileza, que encantó al gentío. Sófocles me felicitó con ternura efusiva. Y junto a su costado, cuando lo estaba haciendo, sentí al noble anciano como, estimo yo, que debe sentirse el cariño de un padre.
Aquel año el pueblo se entregó con fruición y exceso a los grandes festejos. El vino corrió con abundancia y las máscaras dieron a la ciudad un ambiente irreal y grotesco pero lleno de vida y fuerte cromatismo. Atenas estaba densamente poblada. La situación del campo y su improductividad habían hecho que muchos ciudadanos se trasladaran a la polis, lo que, además, era fomentado y bien visto por Pericles. La ciudad seguía siendo un emporio de actividad y fama. El trabajo y la ocupación abundaban. Y los espectáculos públicos y las múltiples manifestaciones artísticas eran accesibles hasta para los pobres. Aquel año se instituyó el theorikón, subvención para que los desheredados pudieran también asistir a contemplar las grandes tragedias en las que, no pocas veces, se mostraba la caricatura aleccionadora de nuestra sociedad y nuestros mandatarios. La chusma estaba realmente encantada ante esa medida. En los ambientes opuestos al partido demócrata se censuraba la intervención evidente de Aspasia, a quien sabían participando y convenciendo a Pericles para que se ganara el favor de las gentes. Aseguraban que lo hacía con el único fin de que el hijo de ambos fuera reconocido como ciudadano de Atenas. Junto a la elegancia y apacibilidad que ella había sido capaz de aportar a la nueva vida de Pericles, rehecha por sus artes cuando el gobernante contaba ya más de diez Olimpiadas, seguía pesando el recuerdo y, tal vez, la culpabilidad de su anterior matrimonio, deshecho, del que eran cotidiano exponente sus hijos Jantipo y Paralo.
El pueblo estaba, pues, confuso y dividido. De un lado, no se podía tolerar que una mujer tuviera aquella actitud tan ajena a lo que debía ser el comportar de una ateniense. Máxime, si, además, se trataba de una mujer tan próxima al poder. Conocer las reglas del discurso, intervenir en los asuntos del Gobierno, departir con filósofos y artistas, era algo muy distante del sereno recato que debía guardar la mujer dentro del gineceo. De otro lado, era evidente que su presencia e intervención habían dotado de gran serenidad, cordura, visión de futuro y grandeza al regio gobernante. La institución del misthos o indemnización por ejercer funciones públicas, había sido también algo positivamente recibido por el ávido pueblo. Con ello se daba posibilidad para ejercer funciones públicas a quienes no eran demasiado pudientes y la procuración de su sustento diario no les permitía ocupación alguna que no estuviera bien remunerada.
Atenas bullía como una dorada colmena rebosante de miel. La ciudad estaba siendo profusamente hermoseada. Junto al templo de la diosa y a las demás obras arquitectónicas que se estaban erigiendo en la Ciudadela, la ciudad baja estaba experimentando también toda una gran transformación. El teatro de piedra de Dioniso, el Odeón, la remodelación bellísima de la calle llamada de los Trípodes y el magnífico estilóbato de la plaza del mercado, en el que se podían ver ilustraciones de la batalla de Oenoe, de la lucha contra las amazonas, de la destrucción de Troya y del glorioso triunfo de Maratón. También el sin igual monolito del corega Trassilo, apostado junto al muro mismo de la Acrópolis, era otro claro exponente de ello. Por otro lado, la flota de la ciudad contaba ya con más de cuatrocientos trirremes, lo que aportaba seguridad y orgullo para todos. Templos y jardines, fuentes, estatuas, edificios públicos y pórticos, brotaban como si se tratara de una siembra salida de las generosas manos de los dioses. Los jardines de Liceo, cercanos al lugar donde estaba el Gimnasio, en el que impartía su instrucción Alexias, nunca han estado después tan bellamente ornados como lo estuvieron entonces.
Junto a tanta grandeza, la casa de Agios palidecía. Mi padre se encontraba dividido entre las ocupaciones de su pritanía y el desvelo que le causaba la ineficacia de los cuidados que Hipócrates practicaba a Talía. No se ponían en duda sus conocimientos. Sobradamente quedaba a la luz que el joven físico era ya un versado conocedor de las artes de Asclepio. Pero el mal, que hunde sus raíces en el cieno más negro y más espeso para el entendimiento, seguía subterráneamente socavando las fuerzas a Talía. Mi madre se esforzaba por que su mal pasara inadvertido. Se imponía un comportamiento aparentemente normal. Usaba maquillajes. Y sólo en la intimidad de su aposento se entregaba, agotada, a la triste evidencia de su desventura.
Caris seguía los acontecimientos sin apenas creerlos. Ayudaba a Talía y a Forsila a efectuar las ofrendas y tenía unas manos y un gusto refinado para tejer guirnaldas o para trabar los hilos en el enorme telar que mi madre le había hecho confeccionar, para que empezara a aprender los misterios y el arte que esconden las urdimbres. Por aquellos días, Agios anunció a las mujeres que la había comprometido en matrimonio con Simias, de la ciudad de Tebas, con cuyo padre le unía una gran amistad. Debo callar ahora mi amargura y desaliento de entonces, pues que expresarlos y ponerlos de manifiesto sería una injusticia para quien después fue ferviente compañero y amantísimo esposo de mi querida hermana. Mi madre lloró en silencio la felicidad de que su hija ya hubiera sido aceptada en compromiso y, tal vez, sus lágrimas portaran también otros más tristes desconsuelos; ésos que las madres penan cuando presienten que no compartirán el gozo destinado a celebrar los esponsales de sus amados vástagos.
Durante los meses siguientes, las gentes continuaron afluyendo a Atenas como si hubieran sido reclamados por un edicto dictado por el Arcontado. Desde los demos más distantes venían caravanas en las que los viajeros traían todos sus enseres, lo que hacía suponer que estaban dispuestos a establecerse en la ciudad de Atenas. Muy pronto el recinto ceñido por los muros resultó insuficiente y el hacinamiento comenzó a evidenciar los primeros problemas. El Ágora era un hervidero, las lonjas y las stoas se veían pobladas de continuo. Y hasta, cuando caía la noche, muchas gentes se guarecían en los rincones o al abrigo de los muros, a la espera de que un nuevo día amaneciera y, en él, la diosa les trajera más dichas y más fortuna. La situación en la ciudad, en poco tiempo, se hizo insoportable. Pericles logró que se estableciera un comedor público para administrar al menos, cada día, una comida a aquellos indigentes. La retirada de las basuras y los desperdicios y la saturación de las sentinas se hicieron alarmantes. Pericles seguía defendiendo la conveniencia de que la población estuviera concentrada en la urbe. De ese modo, aseguraba, la defensa de Atenas resultaría mucho más eficiente, pues que solamente por mar se librarían batallas. La flota estaba dotada en abundancia y las tripulaciones adiestradas como nunca jamás se había concebido.
A pesar de todos los esfuerzos, Talía murió una mañana de antesterion, fría y limpia lo mismo que sus ojos. Lo hizo a esa hora del amanecer en que la vida aminora su ritmo. Las artes sanatorias y los conocimientos del joven Hipócrates nada pudieron hacer para atajar el mal que la fue consumiendo. Al final, ni las sangrías ni las punciones surtían mínimos resultados. No obstante, nada debo contar en torno a su dolencia, pues que no quiero que de ella se guarde otra memoria sino la que está dibujada por los atributos de su belleza, su apacibilidad y su tierna dulzura. Se entregó mi madre al mundo subterráneo con la docilidad de quien ha entendido que ése y solo ése es el cierto destino de los hombres. Y lejos de reflejar ansiedad o angustia en su mirada, únicamente nos legó dulzura y confianza en Tánato y en Hipno, los hijos de la Noche. Oí gritar durante todo el día a las plañideras y entendí que sus ayes y lamentos nada tenían que ver con la mujer exánime. Forsila y Caris bañaron su cuerpo y lo compusieron para ocupar el féretro y la mujer de Akaya no permitió que a su dueña y amiga se acercaran ni Drosis ni Eufro, ni ninguna de las otras mujeres que habitaban la casa.
Palidecí al contemplar a mi hermana bañada por la transparente frialdad del dolor. La niña, en su traje de luto, parecía más mínima y más débil. Gemía con suavidad medida, como un manantial oculto que ofertara su brotar de agua, avergonzado, entre la hierba tierna. Lloraba sola, sin que nadie tuviera que sujetar su cabeza o sus hombros. Y en las pálidas palmas de sus manos, la ceniza era, más que una mancha testimonial, un estigma cruento que simbolizaba todo el desvalimiento en que la había sumido la marcha de su madre. Permaneció, no obstante, sobria en su amargura, enhiesta en su tormento, lúcida en su dolor. Y únicamente se derrumbó cuando, en presencia de Agios, yo la besé como jamás lo había hecho antes.
El elogio funerario estuvo a cargo de Cleón, Herodoto y Sófocles. Y debo aseverar que tuve que morder hasta herirme mis labios, si no quise que sus hermosas palabras rasgaran la recia firmeza de mis sentimientos. El convite funerario fue espléndido. Agios quiso que todo fuera exceso y despilfarro, pues que su amarga tristeza y desconsuelo lo convocaban a despreciarlo todo por esa vía extraña del derroche sin tasa. Y tras la inhumación del cuerpo de Talía, el amargo festejo duró para su esposo durante seis jornadas, hasta que su cuerpo se derrumbó agotado y el sueño lo sumió en el reparador oasis del descanso obligado.
Nunca volvió a ser la que era la casa de mi padre. La ausencia de Talía habló de ella mucho más que nunca lo hubiera hecho su amable y discreta presencia. Resultó como si todos, incluso las mujeres, nos quedáramos huérfanos. Y hasta la esclava tracia, que creyó ver en la falta de su ama la clara posibilidad de acceder definitivamente al favor pleno del hombre a quien amaba, sé que sintió de un modo confuso e incoherente la muerte de aquella mujer que tanto afecto le había otorgado a pesar de su situación indigna y ofensiva.
Rapé mi cabeza en señal de duelo y quemé mi cabello sobre el altar doméstico y llevé con orgullo la desnudez de mi cráneo durante el tiempo que tardó en crecerme. Y cuando se efectuó la purificación de nuestra casa, yo mismo fui a buscar el agua a los nueve manantiales que brotan en Atenas. Y estuve presente mientras las mujeres lo orearon todo y lo regaron con el líquido en el que habitan las nueve Náyades que circundan la polis. Sobre el ara de nuestra casa se quemaron sin descanso esencias durante los tres meses que siguieron al óbito. Hestia y Hermes, nuestros dos protectores, fueron honrados con profusión, pues que su misión ahora era muy importante.
Se sepultó a Talía en el Ceramicón exterior. Novedosamente, se había comenzado a enterrar los cuerpos fuera del recinto de la ciudad y Agios no quiso contravenir la norma, que se veía como una determinación que procuraba más higiene y limpieza. Fue, así, la sepultura en la que descansó Talía, una de las primeras que se erigieron en el tramo que aún llamamos la calle de las Tumbas. Un cipo de mármol labrado primorosamente, fue el regalo que Ictino, en presencia de Damisco, entregó a mi padre, con la devoción de quien está profundamente agradecido y de quien, sinceramente, comparte el dolor de su deudo. Junto al vástago blanco, el lekanis fabricado por Teages mostraba los hermosos dibujos hechos por el artista Aison. El magnífico recipiente que, apenas unos meses antes, Talía había obsequiado a su marido, presidía ahora su morada eterna. El amor tronchado por la muerte había sido reflejado sobre el vaso con tanta sutileza, que el prestigio de la casa de Teages y el arte del muchacho pintor fueron mucho más celebrados desde que se exhibiera su obra sobre la losa que ampara el cuerpo de mi madre. Unos meses después, paseando yo por la Vía Sagrada, tuve el placer de encontrarme a Aison. El joven se me acercó con sumisa prudencia, me miró de frente y únicamente me dijo: “Antandros, mil veces hubiera yo renunciado a la fama que me ha procurado el lekanis, con tal de que tu madre siguiera entre nosotros”. Agradecí su manifestación espontánea y la guardé con agrado, pues que, en verdad, era un regalo inesperado, recibido de quien nada debía.
Durante un largo período de tiempo me sumí en un profundo estado de infinita tristeza. La amargura se fue apoderando de mí como una agria pócima que va surtiendo su efecto según se administra, acumulando su ponzoña poco a poco; pegándose a las vísceras. Lejos de irse disipando, la falta de Talía, iba abriendo en mí un vacío cada vez más inmenso. Y el pasar de los días, lejos de liberarme -como le corresponde- de las tristes imágenes que volvieron opacos los cálidos recuerdos, me iba sumiendo en sueños y visiones más terribles y torvas. Solamente la carrera me sumía en un estado de íntimo reencuentro en el que me refugiaba y me sentía al margen de aquella maldita realidad que mataba y robaba. Sé que me torturé con el esfuerzo, el sudor y la rabia. Odié a la vida que así se resolvía, cruel y caprichosa. Y durante el tiempo que me persistió tal zozobra, clamé ante los dioses buscando una explicación que me enseñara por qué debían convivir, férreamente abrazados, el ensueño y la muerte. Y únicamente los apacibles paseos con el sereno Sófocles, cuya palabra dejaba yo que se me entretejiera entre los recuerdos y los ecos de la voz de mi madre, que a veces, junto a él, imaginé advertir, fueron capaces de tornar la moderación a mi sumida alma. Solamente después de ello, tuve yo fuerzas para volver nuevamente a conversar con Caris y a frecuentar la compañía de Telis y Cleofonte, que, una vez más, habían respetado mi dolor y mi alejamiento sin proferir la más mínima queja.
Unos días después de la muerte de Talía, Hipócrates abandonó la morada que Agios le había procurado hasta entonces dentro de nuestra casa. Triste fue la despedida, pues que iba precedida por el dolor y el yerro. Y su gran dignidad y la ferviente entrega que él tenía para con las artes dimanadas de Asclepio, estaban doloridas y, en suma, despreciadas. Una vez más, la recia muerte había hecho sucumbir a la vida y, esto, para él, siempre era un cruento revés que no aceptaba. Sé que después aprendió de Heródicos y Gorgias, viajó por Tracia, Tesalia y Macedonia. En la boca de los entendidos circuló la curación que hizo a Perdicas-II y cómo, después de cruzar el mar Negro y penetrar en Asia, retornó a su patria, cuando se celebraba la noventa Olimpiada, y fundó la Escuela Salutífera de Cos; al frente de la cual rige, ahora, aquel de sus yernos al que llaman Polibio. No hace mucho, recibí noticias suyas, pues que nuestra amistad ha seguido viva durante todo este tiempo. Un mercader me trajo su misiva desde Larisa. En ella me habla de sus hijos Tesalos y Dracón, físicos como él, y de su inextinguible deseo de seguir practicando su arte hasta que el dios quiera dejar sin pabilo su vida. Siempre que he recibido recado de su parte, ha tenido un entrañable recuerdo para quien fue, según él siempre afirma, su doliente más dulce.
Apenas faltó Talía de la casa de Agios, las mujeres comenzaron a desplegar esas inmensas alas invisibles en las que, al parecer, reside el almacén de todas sus intrigas. Caris era una niña, pero pareció madurar como por el efecto de un sorprendente ensalmo. En unos meses, creí sentirla próxima a mi edad. Y su discernimiento y el modo en cómo participaba y solventaba algunos asuntos de la casa, eran casi un prodigio. Agios, en un principio, delegó el orden y la economía de todo lo doméstico en las manos de la esclava Forsila, cuya sensatez estaba libre de todas las sospechas. A Drosis, tal determinación, la irritó ferozmente, pues que, desaparecida el ama, ella, y sólo ella, debía ocupar el lugar vacante de la esposa.
A lo largo de los meses que duraron los actos funerarios, mi padre se abstuvo de toda compañía. Pero en cuanto el tiempo fue pasando y el orden de la casa tornó a su equilibrio, Agios volvió a reclamar a la tracia para que yaciera a su lado las noches que le complacía. Sin embargo, el favor, ahora libre, de su amo no parecía satisfacer las aspiraciones de la concubina. Su semblante se agrió aún más y su disposición parecía mucho más desesperanzada que nunca. Tal vez no acertaba a comprender qué era lo que ahora se interponía entre mi padre y ella. Y, a pesar de que la delimitación de tareas y cometidos estaba suficientemente clara y bien distribuida en nuestra casa, era frecuente asistir a enfrentamientos, discusiones y enfados entre las mujeres que en ella habitaban.
Odié a Agios y a la hembra que ante él se arrastraba lo mismo que una hetera de la casta más ínfima. Aborrecí al hombre que así se permitía escupir sobre la memoria de quien era mi madre. Y cuando, en el silencio desnudo de las noches, oía los quejidos gozosos de la tracia y presentía el forcejeo lascivo de sus cuerpos, bañados de sudor y tensos de lujuria, maldecía la ebriedad que así los anudaba, cual si fuera una soga que a mí me estrangulase. No podía entender cómo se daban cita en mi padre virtudes y vicios de un modo tan sin lógica. Agios era un hombre de rigor y equilibrio. Entre los componentes de otras pritanías, era considerado como un ser vigoroso en sus juicios, templado en sus confrontaciones y hábil en negocios y tratos. Jamás se excedía en bebidas o chanzas y gozaba de la amistad y el afecto de hombres preeminentes, tanto de la política como de las artes o letras. Su vida en amancebamiento, no le reportaría sino el censurar de próximos y extraños, a la vez que el desprecio, seguro, de quien éramos sus legítimos hijos.
Cuando me llegó mi momento, me enrolé en la Guarnición de Muniquia. Agios me acompañó, como era de precepto, para que fuera verificada mi estirpe y se me tomara el santo juramento en presencia de mi progenitor. Aquel año el escrutinio estaba muy nutrido. Todos mis amigos estaban también en edad de milicia y a Antioco y a Alcibíades les entusiasmaba, casi apasionadamente, comenzar a ser parte del ejercito honroso de la patria. Las enseñanzas militares eran arriesgadas y rudas. A mí, no obstante, mi condición de alineado en el grupo de atletas, me eximía de no pocas sesiones de bronco adiestramiento. Aquel día, cuando volví a la casa de Agios, sobre mi lecho yacía una clámide roja y un casco de cuero, con el que mi padre me daba la bienvenida al mundo de las armas.
Desde entonces, asistí a los adiestramientos sin descuidar el Gimnasio ni la escuela del Pórtico. Helio presidía toda mi actividad y su fuego se pegaba a mi cuero durante el día entero bruñéndolo y dorándolo. En la gran explanada donde se nos enseñaban las artes para la contienda, la brisa que venía del mar azotaba la carne, cuando, en los días calurosos de hecatombeon, portaba entre su silbo arena finísima y cristal de salitre. Célebres estrategas nos aleccionaban con la narración de sus campañas. Y era apasionante escuchar de sus labios e intuir, a través de su fervor de avezados guerreros, todo el orgullo que las contiendas y la vida en campaña les había legado. Fue un tiempo en el que la vida me empujaba a compartir mi vida. El día entero lo pasaba dilatando mis fuerzas y midiéndome con mis compañeros. El mundo de las mujeres se me quedaba relegado en casa, y yo, definitivamente, ingresaba en el supremo y capital entorno de los hombres.
Las jornadas en el campo de destrezas eran extenuantes. El dominio de las armas no era sencillo y, para desarrollar la habilidad de atacar y defenderse al tiempo, se requería pericia y una mediana agilidad de mente. Casi desde el principio, comenzamos a portar un escudo, una espada y un casco, que, bajo el riguroso presidir de Helio, parecía que nos abrasara realmente el cerebro. Algunas veces, cuando nos deteníamos para tomar un poco de agua, era tal el cansancio, que apenas si éramos capaces de acudir allí donde el aguador administraba, desde su pellejo, un sorbo de frescura.
También las bridas de cuero, con las que sujetábamos la égida a nuestro brazo, mordían nuestra carne con cruenta y sádica violencia. Únicamente mis pies parecían resistirlo todo. Cuando se nos enseñó a marchar en formación, el campo de ejercicio se convirtió en un lugar extraño en el que varios reptiles enormes y acorazados parecían evolucionar buscándose la cola. Las falanges, moviéndose en formación de cuatro en fondo, con los broqueles sobre nuestras cabezas, buscando el espacio que iba quedando franco mientras unas y otras se iban desplazando, parecían descomunales culebras que se arrastraran inquietas sobre el llano.
Sucesivamente, las prácticas se fueron haciendo más rudas y complejas. Al golpeo incesante con nuestras espadas se le añadió una dificultad. Un enorme madero asido a una de nuestras piernas nos lastraba e impedía la movilidad, haciendo que nuestra evolución resultara realmente costosa. Se trataba de administrarnos cuantos estorbos fueran concebibles. De esa penosa forma, nuestra actitud para la autodefensa sería más perfecta. Otras veces, era uno de nuestros brazos el que se nos amarraba al dorso. Apresados con tales
impedimentos, nos sentíamos cual seres mutilados que, miserablemente, debían luchar por su supervivencia.
Durante las jornadas calurosas, cuando toda la Guarnición de Muniquia evolucionaba al mismo tiempo, el polvo era insufrible. Sobre nuestros cuerpos bañados de sudor se iba acumulando hasta casi lograr ennegrecernos. Y cuando retirábamos de nuestras cabezas los lacerantes cascos, únicamente aquella parte que ellos habían preservado aparecía limpia, lo que dotaba a nuestros rostros como de una máscara, tal como si nos dispusiéramos a declamar un párrafo maldito dentro del gran teatro. Aquella nube densa se establecía casi inmediatamente, de tal modo que, igual que una niebla gruesa, nos impedía ver a nuestro contrincante. Su sabor a greda se mascaba y atrofiaba nuestras respiraciones. Y solamente nuestros dientes blancos parecían brillar en medio de nuestros rostros maquillados de hollín y surcados por las hilas de sudor que a raudales nos los iba cortando.
No obstante, y a pesar de mis exigentes ocupaciones de entonces, yo me sentía bien. Las primeras noches pasadas en otro lugar que no fuera el amparo de la casa de Agios, me hicieron sentirme liberado de algo que tampoco me era muy claro precisar. Iba y venía al Gimnasio, a Muniquia, a la escuela de Lamprocles mientras mi casa se había quedado en un segundo término. Únicamente Caris me vinculaba a ella. Mis amigos, Alexias y el ejército eran mis nuevos familiares. Con el paso del tiempo, pude comprender que era yo quien, inconscientemente, quería huir de todo aquello que invadía la vivienda de Agios. Huir del recuerdo infamado de Talía, del mundo confuso e intrigante de las hembras, del denigrante amancebamiento de mi padre. Huir de su hostilidad y aspereza soportada y sufrida durante tantos años. Quería, en fin, preservar los bellos recuerdos de mi infancia a punto de ser engullidos por aquella Gorgona furiosa que parecía haberse apoderado de mi cubil de siempre.
Un día, cuando vine por la casa de Agios, Caris salió a recibirme con la ilusión de quien espera impaciente para hacernos un hermoso regalo. En verdad, sus noticias lo fueron para mí, pues a la buena nueva se sumaba el dulzor de su boca y el transparente acuoso de sus ojos. Kebe estaba nuevamente en Atenas. Aquella noche yo pernoctaría en la casa de Agios. Solicité a las mujeres la habitación de baños y me aseé. Me puse ropas limpias y con la celeridad que me fue posible, me dirigí a Colono, la parte de la ciudad en la que vivía Aster, el padre de mi amigo. Vi aparecer ante mí a Kebe y -juro por el dios- que sentí como si tuviera ante mis ojos a alguien desconocido y a la vez entrañable. Había cambiado tanto... Sin embargo, una pujanza invisible me empujaba hacia él como el suelo reclama a todo cuanto se deja suspendido a su suerte. Le tendí mi brazo como la firme y decidida prolongación de todos mis mejores sentimientos y en el suyo creí notar el acelerado pulso con el que su corazón recibía mi proximidad y mi afecto. Había cambiado. Su cuerpo se había afianzado y robustecido. Casi instintivamente, miré hacia sus pies. Los llevaba cubiertos con unas hermosas sandalias fabricadas, sin duda, fuera de nuestras tierras. Sin embargo, sus piernas seguían siendo las mismas y su forma elegante y medida de moverse había aunado su agilidad de muchacho y su oficio de hombre dedicado a la escena. Recordé sus pies descalzos de entonces, el agua de la fuente de nuestro albergue en Corinto, cuando hundió su cabeza hasta casi la asfixia y ella, como pequeñas sierpes, llegó hasta sus plantas lamiendo todo su fino cuerpo y refrescándolo, a la vez que Efistenes lo reconvenía con ásperas palabras. Recordé su sudor atemorizado cuando contemplábamos la intervención de los sacerdotes en aquel lugar próximo al enkoimetérion, en Epidauro, aquella noche ya imborrable en nuestras dos infancias. Y su silueta alejándose entre el amanecer, tras la mágica velada que pasamos hablando bajo las estrellas, cuando Agios nos permitió que pernoctáramos dentro de aquella choza y él estaba enfebrecido por el primer fulgor que le había aportado el mundo de la escena.
Dejamos casi inmediatamente la casa del curtidor. Aster y sus otros cuatro hijos salieron hasta la puerta para despedirnos, pues que todos estaban entusiasmados con el regreso de Kebe, que además venía con cierta apariencia de hombre de fortuna. El olor de las curtiembres alcanzaba, no ya solo el patio sino también un trecho de la calle. El artesano, conocedor de la repulsión que solía causar su oficio en los no acostumbrados, se había apresurado a ofrecerme a mi entrada una ramita de menta, para que, pegada a mi nariz, mitigara los ingratos aromas existentes. Cuando nos alejamos, decidimos subir hasta la Acrópolis, paseando serenos. Kebe quería ver sin perdida de tiempo el templo de la diosa y ofrecer un presente, pues que su gratitud necesitaba materializarse por cuanta fortuna le había acompañado en sus últimos años.
Recorrimos la Vía Sagrada y pasamos junto al Ágora. Kebe se sentía maravillado con todo lo que la ciudad había progresado. Junto a él sentí yo también el orgullo de ser hijo de Atenas, pues pude contar cuántos edificios públicos se habían levantado en los últimos años, apoyándome en su sorpresa y desconocimiento. En el Areópago nos sentamos un rato. Era la media tarde y la luz ya iba mitigándose, a la vez que los perfiles de todo cuanto nos rodeaba se hacían romos y más suaves. Me habló entusiasmado de sus viajes, de las muchas representaciones en las que había actuado. Tras sus intervenciones en Elis, habían sido reclamados para mostrar su arte en Calcídica. Su fama y su prestigio habían tenido tan alta resonancia que sus traslados ya fueron permanentes. Había visitado Tracia, Frigia, Misia y Lidia. Llegado hasta Bizancio y surcado en una y otra dirección el mar Egeo. Incluso desde Melos, habían navegado hasta Cefalonia, Corcira y, desde allí, hasta la remota Siracusa, cuyo nombre aún me eriza el cabello al pensar en que, años más tarde, en su maldito asedio, murieron doce mil atenienses y quedaron en el fondo de sus aguas sepultados más de ciento treinta trirremes de nuestra egregia flota.
Kebe hablaba sin descanso. Quería vomitar para mí toda su gran ventura, pues sabía la enorme alegría que ello me procuraba. Cuando ascendimos a la Acrópolis, enmudeció su voz y sus ojos se llenaron de emoción no narrable. El ocaso teñía el fastuoso pórtico de un tono áureo anaranjado, que hacía que el mármol pareciera más cálido y humano, casi como si la imponente construcción estuviera labrada en cera tierna. La magnífica entrada proyectaba las líneas de sus sombras hacia su interior invitando a penetrar por ella. Rígidas y elegantes, las columnas y antas parecían sujetar el cielo levemente desteñido de la tarde. La Ciudadela estaba casi abandonada. Y ya en su interior, cuando estuvo frente al majestuoso templo de la diosa, su paso se detuvo. Entonces, sin dejar de mirar al bello frontón en el que Atenea y Posidón se enfrentan, rodeados por colinas, ríos, fuentes y otras fuerzas de la Naturaleza y observados por Cécrops y Erecteo, me dijo, pensativo: “Antandros, Atenas es, sin duda, el lugar más bello de la Tierra”.
En verdad, el santuario refulgía en todo su esplendor de un modo prodigioso. El Partenón se erigía sobre la roca descarnada cual si brotara de su misma dureza. Sobre los esbeltos fustes de un amarillo casi transparente, el gran triángulo que mira a occidente mostraba su profuso cromatismo de ocres matizados, rojos sangrantes y azules luminosos. Aquella tarde, los colores se ajustaban a la piedra como si la abrazaran voluptuosamente. Y las deidades, cuyo enfrentamiento opone la lanza al tridente, y de cuyo duelo parece depender la suerte de Atenas, daban la sensación de que, en verdad, respirasen o fueran a moverse. Contemplamos algunas metopas del lado orientado hacia la parte norte. En ellas, nuestros antepasados luchan contra centauros y amazonas y contra los griegos bárbaros que habitaban en Asia, durante la guerra que libramos con Troya. Y cuando la luz de Helio se apagaba en las fauces agachadas de los caballos del carro de Selene, que asoman inquietantes por el ángulo del otro frontón, que aún no habíamos visto, Kebe me pidió que nos fuéramos, porque tanta hermosura debía disfrutarse diluida en el tiempo. Sin duda, los textos recitados por mi amigo y escritos por el amado Sófocles o los otros autores, habían penetrado en su espíritu y dejado en él su sello de eterna sutileza para siempre. Kebe había aprendido a amar el arte y la belleza. Los amaba ya hasta el punto de sentirse saturado y absorto ante su gran magnificencia.

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