3.11.13

CAPITULO DECIMOQUINTO






Únicamente el amor alimenta a la vida. Todo cuanto hago, día a día, no busca más que un poco de afectuoso reconocimiento, que me haga creer que soy querido; o lo que es igual: que me haga creer que el abismal vacío, en el que sé que me encuentro, no es, en realidad, más que un torvo espejismo propio de momentos aviesos.

XV

EL METÁLICO CLAMOR DE LOS TEOROS

La dolorosa decisión de Lesbos hirió, más que a nuestra confianza, a nuestros corazones. Al principio, todo era un simple rumor apoyado por los informes enviados por los próxenos de Pirra y Ereso, que como delatores trabajaban para nuestra causa. Pero pronto el temor fue confirmado y hubo que decretar la salida de cuarenta navíos con sus quillas dirigidas a Misia. Y fue en las manos de Cleípides, hijo de Dinias, en las que se confió entonces el orgullo y la autoridad de Atenas. Los primeros pasos de Nicias al mando del gobierno fueron titubeantes, distaban mucho del aplomo y la sabiduría probada de Pericles y, sobre todo, de la habilidad con la que éste manejaba a embajadores, delegaciones o a la propia Asamblea de Atenas. La peste había sido, sin duda, un duro golpe y todos amanecíamos a la vida con la timidez de quienes no sólo saben, sino que tienen perennemente en la memoria el hecho de que su existencia está en las manos resbaladizas del Destino. De otro lado, las incursiones cada vez más osadas de Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de los lacedemonios, obligaron a nuestra caballería a salir a su encuentro. Era el tiempo en el que el poco trigo que habíamos sembrado comenzaba a madurar y, a toda costa, había que defender aquella mísera cosecha, pues que quienes eran nuestros abastecedores habituales, o estaban también inmersos en la guerra, o el transporte marítimo de grano les resultaba sumamente arriesgado.
Un día fui convocado para integrar una patrulla de caballería que habría de dirigirse hacia los asentamientos que los espartanos habían establecido en los confines de nuestro territorio. Se trataba de conseguir que no los usaran como plataforma, hasta que el agotamiento de sus víveres les obligara a levantar definitivamente aquellos campamentos que tanto nos dañaban. En un principio, mi decisión fue la de negarme, pues en modo alguno quería yo montar a Mirkos. Argumenté para ello que la muerte de Agios no estaba testificada y que mientras tanto nadie debía subir a su caballo. La alegación me fue admitida sin reservas. Pero, en el mismo instante de haber sido considerado mi argumento, algo dentro de mí comenzó a instigarme en ese ámbito en el que únicamente es la propia conciencia quien acusa e infiere.
Sentía yo como si montar al viejo caballo de Agios fuera apoderarme definitivamente de su vida, decretando su muerte e instituyendo su olvido para siempre. Nada, ni su casa, ni sus esclavos, ni sus barcos, ni el gobierno de sus bienes y su hacienda me habían hecho sentir ese estado de ánimo. Se debatían en mí el deseo y la necesidad de desasirme de aquellas bridas que me tenían sujeto a mi padre y el remoto e intangible temor a su espíritu, que seguía abrumándome.
Hubiera querido en tales circunstancias contar con el juicio mesurado y preclaro del anciano Anaxágoras, pero una mezquina acusación de impiedad, que al final había desembocado en una torva denuncia de ateísmo, lo había hecho salir precipitadamente de la patria rumbo hacia el Helesponto. Poco tiempo después supimos de su muerte ocurrida en Lámpsacos. Asistí a las honras funerarias que le dispensaron sus amigos ante un túmulo levantado en su honor y escuché el elogio que fue emotivamente pronunciado por su discípulo Eurípides, repleto de lúcida humanidad y amables sentimientos. Tucídides y Sófocles engrandecieron también su memoria con sus bellos discursos. Durante todo el acto, no pude apartar mi recuerdo de cuanto Anaxágoras me había instruido con su saber y su comportamiento. La materia primigenia, eterna e inmutable, y aquella afirmación suya de que el espacio y el tiempo eran divisibles indefinidamente, siempre me han parecido, y más aún hoy me lo parecen, verdades de profunda sabiduría irrefutable.
Pero fue mi grato amigo Amasis quien influyó en mí y logró convencerme de que debía cabalgar a lomos de Mirkos, desafiando así al miedo que vivía encastrado en mí. Tomé la decisión, sin embargo, cuando ninguna mirada podía contemplarme. Mandé a Baquio que el caballo fuera preparado al atardecer y obtuve un salvoconducto para salir de noche por la puerta Itonia. Conduje a Mirkos por las calles de Atenas tirando de sus bridas. La noche ya de fin de targelion era de un calor envolvente y el cielo estaba rociado de un polvo de puntos luminosos que temblaban y se escondían en un juego constante e infinito. Recordé a Anaxágoras y cuanto él me había señalado, aun siendo yo un niño, con su dedo tembloroso dirigido hacia la gran cúpula que todo lo domina y en la que, punteadas de luz, se dibujan formas de seres sorprendentes. Tal vez él ya tuviera ahora respuesta para cuantas preguntas intrigaban su ánimo de astrónomo, sediento siempre de auscultar verdades entre la bóveda que oculta lo enigmático. Los cascos del caballo clamaban en las estrechas calles, sumidas a esas horas en una soledad sonora que parecía envolver el preámbulo de una ceremonia. Cuando el enorme tranco reafirmó la seca y gruesa puerta a mis espaldas, sentí el acoso impreciso de las sombras y cómo la protección de la ciudad vallada ya no me cobijaba.
Seguí a pie hasta la ribera húmeda del Iliso, cual si llevara a apacentar o a abrevar al caballo. Nada ni nadie pernoctaban ahora fuera del recinto sellado de los muros. Los tiempos eran peligrosos y, salvo por las patrullas de reconocimiento que trataban de persuadir al enemigo para que no se acercara demasiado a Atenas, el campo era como un inmenso templo que hubiera sido abandonado tras un saqueo impío. Llegamos a un herbazal. El rumor del río se fundía con los sonidos de los animales que, tímidamente, seguían viviendo ajenos al odio, la enfermedad y la codicia terca de los hombres. Quité el cabezal a Mirkos y lo dejé desnudo. Había decidido que el caballo eligiera su suerte. En la oscuridad le sentí relinchar, cual si me agradeciera su liberación tras tantos meses confinado en su establo. Era ya viejo y tal vez mereciera morir donde quisiera. Me retiré de él y esperé a que, si era ésa su voluntad, huyera a su albedrío. Junto a unos haces muy tupidos de juncos, me tumbé en la hierba mirando hacia lo alto. La imagen desproporcionada de Agios que llenaba mi cabeza, ahora, parecía cincelada en el cielo. Una humedad casi humana abrazó de inmediato mi ropa y trajo hasta mí una templanza y un olor de ternura y de infancia. Recordé los días en la granja y mi extravío impotente de entonces, amortiguado por la figura traslúcida de la suave Talía. Habían cursado tiempos muy tortuosos en los que yo había crecido y soportado la rudeza de unos acontecimientos que, como un discurrir de tragedia, habían ido encalleciendo mi ánimo y mi entrama. Evoqué aquella tarde en que, junto con mis amigos, había sentido el primer temblor de mi carne presta a despertarse en mis sentidos; aquel momento en que nuestro cuerpo quiere creer que no está solo y, con el concurso misterioso de la mente, nos seduce para que procuremos y demos crédito a amores y amistades, con la promesa de que la dicha puede ser infinita y la felicidad duerme y reside en el afecto. Recordé nuestros cuerpos de muchachos tendiendo aún tímidamente hacia la perfección y la hermosura. Y hasta creo haber visto nuevamente a mis amigos sumergidos, velados nuestros juegos y evoluciones por la luz filtrada a través del móvil espejo de las aguas. Y cerré los ojos y los apreté con cuanta fuerza pude, para evadirme de la dolorosa imagen de Telis, pues su falta seguía arañando en mi entraña como la garra cruenta de una hiena airada o el pico desgarrador de un ave de rapiña.
Creo que perdí la noción del lugar y del tiempo. De pronto, me inquietó la presencia de alguien que, a mi lado, respiraba e iba buscándome en la sombra. Rodé velozmente para escapar de su acoso sin saber de quién podía tratarse y me encogí, de un salto, hundido entre las juncias. Agazapado, indagué en la incógnita oscura de las sombras. Era el caballo, que lentamente se debía haber ido aproximando y nuevamente parecía reclamar mi atención y concurso. Me incorporé tranquilo y le miré a los ojos. En medio de la noche, las dos esferas gruesas de sus vistas eran como bolas de brillante azabache con un punto de luz en sus entrañas. Movía sin cesar sus belfos babeantes y parecía buscar con su beso mis manos, reclamando el tacto y el calor de lo humano. Con cierta tenacidad sujeté su cabeza, asiéndola con mis palmas a ambos lados. En mi vientre podía sentir el vaho caliente de su aliento. Allí, sin duda, estaba la clave del misterio que envolvía el destino tenebroso de Agios. Aquellos ojos sabían la verdad que yo necesitaba conocer para seguir viviendo. Apoyé mi frente contra la ósea testuz del animal, que parecía entender mi pregunta. Y estimo que puedo asegurar que él también luchaba, sumido en la impotencia de no poder hablarme. Entonces golpeé con mi frente en la suya, preso de un ataque de terquedad impropia. Mirkos casi hizo lo mismo. Tal vez buscara que, de ese modo, su conocer entrara en mi cerebro y pudiera entenderlo. Luego relinchó y se liberó de mis manos y mi acoso con una sacudida violenta y decidida. Se retiró unos pasos y, poco después, volvió lentamente hacia mí, cual si quisiera demostrarme que todo era inútil, pero que deseaba seguir a mi servicio.
Me retire de él y desnude mi cuerpo; no quería que la protección de nada me amparase. En medio de la noche, percibí la templanza de mi carne tibia y el aroma conocido de mi intimidad, apenas mis ropas cayeron en el suelo. Desaté mis sandalias y me separé aún más y tomé impulso para poder saltar sobre su grupa. No hizo ningún quiebro cuando recibió sobre él la caída violenta de mi cuerpo. Podría afirmar que me estaba esperando desde hacía algún tiempo. Sentí mi carne pegándose a su manto, su pelo suave junto a la piel de mis muslos y nalgas, mi sexo levemente aprisionado sobre el cordón firme de su dorso. Corrimos sin que la noche pudiera interponernos ni precaución ni frenos. Él jadeaba fiero y dichoso, como si aún fuera un potro joven y pujante, y yo golpeaba con mi mano abierta en el tambor sonoro y firme de su grupa. Sentí que mis piernas apretaban su cuerpo con fruición creciente; con lascivia infinita. Su sudor comenzó a mezclarse y confundirse con el mío, mientras ambos parecíamos trasladados por una fuerza bruta, mezcla y resumen de nuestros dos instintos. Queríamos huir; huir de todo y a la vez no abandonar a nadie, sellando un universo interior de treguas y de pactos. Yo necesitaba aquella reconciliación con mi raíz y mi esencia; comprender a mi padre, hablarle; que él entrara definitivamente en mi entendimiento y yo lograra horadar su duro corazón eternamente gélido y distante. Impetuosamente, corrimos durante varias horas sin atender a suelos ni parajes. Salvamos, atropelladamente, desniveles, terraplenes y zanjas. Subimos por canchales y nos lanzamos, a tumba abierta, por pendientes y lomas, hasta chapotear en la profunda garganta del torrente. Galopamos furiosos a través del humo de Nicte, recibiendo sin sentirlo la laceración y el desgarro de ramajes y zarzas, hasta que la noche fue desentrañada por la luz desbordante de que se surte Hémera.
Cuando fuimos detenidos por la claridad, estábamos arañados y exhaustos. Ambos, respirábamos muy trabajosamente. Sus ollares humeaban convulsos y azorados. Mirkos temblaba y pateaba inquieto, una y otra vez sobre el mismo espacio de terreno. Yo me abrazaba a su cuello rendido y agotado, extenuado de placer y de miedo. Bajo mi cuerpo, sobre su piel, resbalaba mi sudor y saliva, también mi semen y mi sangre fundiéndose en la suya. Miré en mi entorno y vi el templo de Posidón y el de Atenea Sunias, que emergían entre la claridad primera. Realmente, aquel paraje tenía algo que al fin siempre me reclamaba. Contemplado desde allí, el mar, una vez más, callaba en su saber profundo e inviolable. Me incorporé y toqué con mi mano, cual si oficiara en un rito, los jugos que mi cuerpo había derramado en aquella cópula salvaje y redentora. Y supe, inequívocamente, que me había reconciliado, al fin, conmigo mismo. Y allí, ante el grandioso Egeo, cuando el gran astro era ya un escudo de fuego que hacía palidecer a Eos, juré no sucumbir ya nunca más frente al espectro tenebroso de Agios y encarar la verdad, fuera cual fuera su sentencia o pronóstico.
Volvimos lentamente, disfrutando de un paseo apacible y en verdad merecido. En el torrente lavé a Mirkos e hice mi ablución como ofrenda a Helio. Luego fuimos a recoger mis ropas. Y al atardecer, cuando dicen que las siete Hespérides cantan a coro junto a las fuentes que manan esparciendo ambrosía, ambos, entrábamos en la ciudad de Atenas. Venía yo sereno, cual un recitador de Quíos, con la seguridad de cobijar, al fin, la manzana de oro del sosiego dentro de mis entrañas.
Recibí de mi amigo Amasis, a los pocos días, el regalo más grato que jamás me haya donado ser alguno. Recibí de sus manos mi espada, mi escudo y mi casco. Y, aún hoy, su contemplación y su tacto son una de las pocas cosas materiales que me hacen resucitar mi sensación, casi extinta y olvidada, de que, tiempos atrás, yo también fui colmado de presentes y dichas que me hicieron soñar. Jamás podré olvidar que hubo de emplear él una suma importante de su dotación para hacer el encargo de lo que, en verdad, son unos de los arreos de guerra más hermosos y mejor cincelados que nunca se hayan visto. Sé que los ojos de mis hijos Amasis y Alquifrón así me lo testifican cada vez que los miran. Y que para ellos, sin que nadie les haya facilitado razón o explicaciones al respecto, más que armas, son un emblema en el que se concitan belleza, esplendidez y amor sin merma alguna.
Recuerdo haber quedado absorto ante el enorme escudo en el que las dos águilas, que Zeus enviara por los extremos de la tierra para señalar el ónfalo del mundo, se unían tan estrechamente que, en realidad, parecían una bestia bicéfala. El magnífico círculo exhibía en su médula a los dos animales fieros y arrogantes, bruñidos hasta parecer de oro. Sus ojos habían sido incrustados de granates traídos de Iliria, y las uñas con que se aferraban sus patas eran de marfil pulido y encajado minuciosamente, mercado, sin duda, en las tierras remotas de la India. Su plumaje escamado les aportaba aplomo y desafío. Una orla gruesa de delfines ondulados circundaba su borde semejando una corona de augurios bienhechores. El casco era bronco y pesado y en su cúspide las serpientes de Asclepio se enroscaban amenazando con sus bífidas lenguas hacia los cuatros puntos cardinales. Brillaban de berilo amarillo sus miradas apenas la luz prendía sobre ellas. Y de tal modo resultaban combinadas las ornamentaciones de aquellas dos armas defensivas, que quien se las calzaba a un mismo tiempo se investía de cuanta violencia y amenazante altivez puedan reunirse en un solo aparejo.
Acepté su regalo con el rubor y el entusiasmo con el que un niño recibe un juguete perseguido y soñado durante mucho tiempo, pero que nunca se ha atrevido a imaginarse suyo. Pero enseguida temblé ante tan desbordante presente, ya que para mí simbolizaba y escondía aquel afecto y aquella relación profunda y enigmática, que silenciosamente había ido tomando sitio entre nosotros. Amasis, una vez más, hizo alarde de su respeto y sensibilidad y supo retirarse de inmediato, dejándome a solas con aquellos emblemas con los que me entregaba su amistad y su afecto. Pasé la noche entera embriagado por el placer que me producía la contemplación de mis primeras armas y amé incluso aquella espada que él me regalara, sin presentir siquiera qué tajos malditos y terribles los dioses le tenían asignados y cuánta crueldad, angustia y desolación iba a acarrearme su hoja deleznable.
Tras los tiempos de enfermedad y muerte, la patria entró en un indigno menosprecio por la religión y las causas piadosas. Los bienes y el dinero tomaron ante los ojos y el criterio de todos un valor relativo y efímero. Y el sacrificio y el celo por las grandes ideas quedaron rendidos y relegados a un ámbito más práctico y cercano. La guerra y el mal habían mudado fortunas, alterado posiciones sociales y tronchado esperanzas y sueños. La gloria de la patria ya no era un destino a perpetuar y engrandecer sin límites, sino un estado que había que consumir y gozar mientras fuera posible, pues que era evidente que podía sernos arrebatado por cualquier contingencia al margen del esfuerzo o la voluntad ardorosa de los hombres. Por otra parte, todo se iba empobreciendo de un modo alarmante. La voracidad de la peste no sólo había arrebatado infinidad de vidas, sino que había mordido con la mutilación a muchos y cegado a un buen número de ellos e, incluso, privado de razón a otros, convirtiéndolos en simples u orates para siempre. Es más, las aves carroñeras, que habían saciado su codicia en los cuerpos podridos, habían expandido el mal entre su especie, aportando un grado aún más tremendo de desolación al campo y a la vida.
El cuarto año de guerra nos impuso, por tanto, un plan de austeridad riguroso y una humildad paciente ante lo que venía. Las naves de Agios seguían confiscadas, y nuestros campos eran ya totalmente infecundos, pues que estaban arrasados y esquilmados, y las vides y olivos dejados a su suerte. El precio del trigo había ascendido y la comida escaseaba, aun a pesar de que se contara con dracmas para poder comprarla. Y, pese a que Caris y Forsila se esmeraban en la administración y el ahorro doméstico, hube de pensar en aliviar cargas y en reducir cuantos gastos fuera posible, pues que la situación y los pronósticos así lo aconsejaban e imponían.
Dura fue, sin duda, la decisión que me obligó a prescindir de alguno de nuestros esclavos. Y Zeus es testigo de que demoré su venta hasta que la situación se hizo insostenible. Conté, no obstante, con el consejo inestimable y la autoridad del entrañable Sófocles, quien incluso hubiera estado dispuesto a poner parte de sus caudales en mis manos, si mi recapacitación y mi juicio no hubieran entendido claramente que, pese al infortunio que nos sobreviniera, era con el patrimonio de Agios con el que debía, exclusivamente, nutrirse nuestra casa.
Dijimos adiós a la enjuta Drosis y la vimos partir, enhiesta, serena e impasible como una de las hermosas muchachas de Caria que, copiadas en piedra, sostienen el porche del templo de Atenea Polias, bajo el que reposan los restos de Erecteo. Ni un solo gesto mudó o reflejó su cara, perdida ya desde hacía algún tiempo en la boscosa bruma de la sinrazón. Un barco que hacía la travesía hasta Maronia, la condujo hasta la Tracia de los suyos. Encargué su traslado a un comerciante en pieles, que luego remontaría viaje hasta Bizancio. Le entregué una mina de plata, en la certeza de que su probada honradez y su vieja amistad con nuestra casa condujeran, dignamente, a la que había sido concubina de Agios, hasta la patria que la viera nacer, dejándola al amparo de su gente. Y afirmo -tras el paso del tiempo- que aún resulta para mí un enigma el modo en cómo, dentro de aquella mujer, fue dejando su huella el crudo desamor. Como un reproche callado y sigiloso, toda ella fue hermoseando de un modo sorprendente, al mismo tiempo que mi padre le iba retirando sus favores, primero, o su ausencia posterior la iba sepultando en la desesperanza y la locura. Era como si la naturaleza, a las órdenes del soplo de Céfiro que transportó a Afrodita hasta tierras de Citera, alterara el curso de su lógica. Y, así, lejos de ajarla y apagarla con las arrugas y la flacidez propias del envejecimiento o el desgaste amargo del desprecio, la fuera embelleciendo, para dejar en evidencia hasta qué punto era ciego, ridículo y torpe el abandono y el desamor de un hombre.
Recordaré siempre a Drosis así, firme y serena, cual esculpida en mármol. La recordaré como una ninfa que cortara el tiempo en dos mitades; igual que un tajamar parte las aguas a su paso en dos crenchas azules de espumas y de plata. La recordaré dispuesta a recibir sobre su cara los rigores del mar y de los vientos y el imprevisible devenir del futuro, sin reproches, nostalgias ni recelos. Y en esa figura suya, querida, entrañable y admirada al fin, creeré siempre que se marchó el último suspiro de mi padre, absuelto y aquietado para siempre.
Tras la partida de la tracia, en la casa de Agios, únicamente quedaron tres esclavas: Forsila, Eufro y Calira. Caris afrontó la nueva situación con decisión y aplomo. La ausencia de mi padre seguía prendida en su entraña y, aunque nunca hablara de ello, todos podíamos ver en su mirada que la esperanza de su vuelta permanecía en ella escondida e intacta. Acataba, no obstante, mis determinaciones y apoyaba todo cuanto yo decretaba. Y, aun reportándole una enorme tristeza, dejó partir a Drosis y me agradeció que firmara y sellara el documento que la hacía liberta. Su relación con Simias había dado a su vida un halo de emotiva dulzura y de amoroso entusiasmo, que yo envidiaba, pero que había aprendido a dominar con el sutil apoyo de Forsila. “Sólo se ama de verdad aquello que se considera con honestidad, respeto y tolerancia. Lo verdaderamente querido no se persigue, ni se toca; solamente se piensa”, me dijo un día la eminente acaya cuando me vio postrado, y siguió en sus tareas como si en realidad las palabras no hubieran salido de su boca o no fuera a mí a quien las dirigía. Con el pasar del tiempo, he reconocido impreso aquel germen suyo de sabiduría en cuanto ahora dice y enseña sobre el amor el eximio Platón, quien por entonces apenas abría sus ojos a la vida.
La expedición que mandara Cleípides no logró coger por sorpresa a los mitileneos durante las fiestas que estos tributaban en honor de Apolo Maloeis, como era su propósito. Y las órdenes que se habían dictado desde Atenas, instándoles a que de inmediato derribaran sus muros y entregaran su flota, tampoco fueron aceptadas. Todos los preparativos y la estrategia para sorprenderlos ebrios o entregados al goce, habían fracasado. Al parecer, uno de los tripulantes de los diez trirremes que Mitilene tenía fondeados en el puerto de Zea, como contribución a la Liga de la que ahora quería separarse, aun a pesar de la estrecha vigilancia y la confiscación que Atenas había impuesto a los navíos, había logrado evadirse. Heroicamente, el hombre había llegado hasta Eubea y luego a pie hasta Geresto, desde donde cursó la alarma y el aviso a los suyos.
Los imbrios, lemnios y los habitantes de Metimna, que seguían fieles al régimen demócrata y se oponían a los oligarcas, apoyaron decididamente a Cleípides. Pero pronto tuvieron frente a ellos al lacedemonio Meleas y al tebano Hermeondas, que, burlando los controles que nuestros barcos tenían establecidos en el cabo Malea, lograron unirse a los lesbios. Nuestros soldados se establecieron en dos campamentos al sur de Mitilene, bloqueando sus puertos. La campaña, de nuevo, se presentaba como larga y costosa.
Los nueve Arcontes, persuadidos por los Estrategas, arrancaron de la Asamblea el deseo de abrir un nuevo frente en el Peloponeso. Treinta naves fueron entregadas a Asopio, hijo de Formión. El prestigio de esta familia era muy valorado por los acarnanios, y la Bulé consideró que era muy importante atender los deseos de los aliados. Asopio arrasó ferozmente cuantas ciudades tiene Laconia fundadas en su costa. Luego repatrió dieciocho navíos y con los doce restantes se dirigió a Naupacto. Con el apoyo de nuestros aliados atacó a Eníadas. Y, avanzando por el Aqueloo abajo, llegó a Léucade, desembarcando en Nérico. La patria entera lloró el rudo revés que nos supuso su muerte ignominiosa. Su cuerpo fue traído tras un pacto humillante con los leucadios. Haber sido muerto a manos de un burdo aldeano, no era el honroso remate que merecía la gloriosa existencia de un joven y valeroso guerrero cuyo futuro parecía henchido de promesas.
Nuevamente, el Ágora de Atenas parecía querer retornar a su normalidad. Sofistas y filósofos volvían a instruir y dialogar en público. Y aunque las mercancías no afluían en la forma abundante de otros días, la vida pública comenzaba a alzar su voz y a tomar su lugar en medio de las gentes. Sócrates cada día se iba convirtiendo en un personaje más crítico y molesto, principalmente para quienes no estaban dispuestos a someter sus ramplonas y mezquinas ideas a la consideración de un juicio que las pusiera a prueba ante todas las nuevas circunstancias. La guerra y la enfermedad habían obrado subterráneamente, sobre todo en lo que correspondía al respeto y consideración que se tenía a los dioses y en lo concerniente al porvenir tras el umbral oscuro de la muerte. Plutón y las demás divinidades infernales eran ahora honradas con una nueva consideración, y Hera había suplantado el lugar a Deméter a la hora de ser invocada para un juramento.
Por aquellos días, la situación económica de nuestra casa me condujo a hacer una solicitud a Sócrates. Se trataba de rogarle que tuviera a bien ponerme en contacto con Critón, el que era su banquero. Todo el mundo sabía que se trataba de un hombre honrado y amable, a la vez que un hábil inversor. Gracias a la administración de las ochenta minas que Sócrates recibía como renta, a las que el cambista llegaba a procurarle un rendimiento hasta de un doce por ciento, sin incurrir en usura reprobable, podía el maestro vivir sin la preocupación que trae consigo buscarse diariamente el modo de sustento. Yo sabía que Simias era también amigo de Critón, pero preferí que fuera Sócrates quien me llevara a él. Y he de testimoniar que, desde que puse en sus manos mis asuntos, encontré nuevamente el sosiego en lo que a los temas económicos pudiera referirse.
Comencé a frecuentar, pues, las reuniones que Critón, Simias y Sócrates solían celebrar casi a diario en los amplios jardines que circundaban el templo de Apolo Liceo. Junto con Damisco, Cármides y Cristóbulo, el hijo de Critón, empecé a tomarme esos encuentros como algo cotidiano, pues que la esencia de cuanto allí se debatía era como un vino que procuraba fácilmente adictos. Me entusiasmaba el modo en que el noble Sócrates hablaba de los dioses, sobre todo de Apolo, por quien él tenía una evidente predilección. Tanto es así, que debo aseverar que el único viaje que el filósofo realizó por propia voluntad fuera de Atenas, fue aquél que hiciera al sagrado templo, que para el dios está erigido en las proximidades del Parnaso, en el lugar al que llamamos Delfos, donde mora el Oráculo que profetiza y responde a los hombres en aquello que éstos le consultan e indagan.
Durante aquellos días, volví a sentir un soplo de felicidad, únicamente comparable a algunos momentos de mi infancia, cuando aún tenía a mi lado a la noble Talía y yo creía que el mundo era cuanto podía sentirse en su regazo. Nuestra casa parecía haber vuelto a una situación controlada y serena. Caris era feliz con sus amores. Y, para mí, la amistad de Amasis, la dedicación casi exclusiva de Alexias y Timasión para con mis entrenamientos, que no había descuidado yo ni en los momentos más adversos, y esta fuente de saber que ahora se me brindaba como un magno regalo, eran todo cuanto podía desear en medio de tiempos tan duros y confusos. Puedo aseverar por Zeus, que aquello que, como cimientos o basamento de mi ser, los dioses han tenido a bien revelar a mi razón y a mi entendimiento, fue entonces y allí cuando lo supe y de aquella fuente clara y vivificadora de la que lo bebí. Aprendí, sobre todo, que cuanto el devenir del tiempo nos muda y renueva ha de ser conciliado, atrevida y valientemente, con las creencias ancestrales que nos unen a nuestros orígenes, y que el hombre no ha de ser impío, sino fiel a los dioses y a sí. Aprendí que, únicamente, todo el bien se consigue buscándose a sí mismo. Y guardo en mi alma aún el tono y calor con los que Sócrates me dijo un día, cuya fecha está también marcada en mi memoria igual que sobre un mármol, la frase que es aún mi más firme precepto: “No hay poder mejor que el dominio sobre uno mismo. Recuérdalo, Antandros”.
Completó mi felicidad la vuelta inesperada de mi amigo Kebe. Un día, cuando yo estaba leyendo en la terraza, vino un esclavo hasta nuestra casa para traerme un recado, sellado con su cuño, en el que me solicitaba que le recibiera. Di al emisario un óbolo por la buena noticia y, dejando mi lectura, tomé mi manto y me dirigí sin pérdida de tiempo hacia la casa de Aster. Hice mi salutación al Herma, pues que hacía mucho tiempo que yo no frecuentaba el ámbito, y penetré en el enorme patio, donde bullía la actividad en torno a un centenar de tinas nauseabundas, sin ni siquiera tomar del canasto, que siempre estaba dispuesto con ello, un ramito de menta que aminorara el repulsivo olor de las curtiembres. Aquella atmósfera fétida contrastaba de un modo desproporcionado e impropio con el hombre que salió dichoso a mi encuentro y a quien me abracé perplejo y aturdido entre la sorpresa y la duda, pero con un derroche de entrañables afectos. Había cambiado tanto... Creo que fue la primera vez que recapacité de un modo transcendente sobre cómo el paso del tiempo nos iba mudando de apariencia a todos. Ante mí estaba un joven sorprendente; un muchacho distinguido y espléndido. Miré instintivamente a sus pies. Calzaba unas sandalias trenzadas con multitud de bridas en las que, caprichosamente, se engarzaban cuentas gruesas de colores y pequeños emblemas de metal que tintineaban según él caminaba. Kebe tomó de inmediato su manto y, juntos, salimos por las calles de Atenas. Sus pies estaban cuidados al igual que el resto de su cuerpo, del que exhalaba, aun a pesar del ambiente infecto de la calle, un suave aroma a perfumes de Arabia; esas tierras remotas que toman su nombre de Árabo, el padre de Casiopea, aquélla a quien Perseo convirtió en brillante constelación entre los astros. Paseamos mientras hablábamos precipitadamente. Queríamos resumir enseguida aquellos años que nos habían separado y cuantas experiencias habían acaecido en nuestras vidas convirtiéndonos, ahora ya, casi en desconocidos. Junto a mí veía a una figura extraña que, sin embargo, me iba recordando en ademanes, con los matices hondos de su voz, con las líneas transformadas de su cuerpo a aquel muchacho junto a quien yo había, muchos años atrás, realizado el más maravilloso viaje con el que pueda regalarse a un niño.
Cuando fuimos conscientes de nuestro desorden y atropello, soltamos una carcajada y nos abrazamos de nuevo. Como el día era claro, decidimos dirigirnos hacia el Museión. Buscábamos la apacibilidad y la moderación con que las nueve Musas inspiran a los reyes o aplacan y establecen la paz entre los hombres cuando éstos pleitean o conversan. Hablamos durante todo el día. Compramos higos tiernos y uvas secas, y nos pasamos la jornada entera juntos. Me habló emocionado de sus apasionantes viajes y periplos. La hermosa ciudad de Cnosos en la isla de Creta, donde Teseo sirvió a Minos en su laberinto. Y luego me refirió su estancia en las islas de Thera, Icaria y Samos, tierras en las que Sófocles había sido estratega, durante una campaña hacía ya casi tres Olimpiadas. Escuché más tarde sus alusiones a Eritras, Clazomene, Esmirna y Fócida, lugares todos situados en la costa de Lidia. Sus representaciones no habían tenido fronteras ni descanso, pues que habían visitado también Abydos y Lámpsacos, cerca del remoto Helesponto; aguas en las que cayera Hele cuando huía, sobre el carnero volador, de las iras de su madrastra Ino. Me habló de Lemnos, Samotracia, Maroneia, Thasos y Anfípolis, enclaves distantes y soñados, de los que los comerciantes contaban cosas siempre sugerentes y hermosas. Y de cómo los primeros rumores de guerra les habían sorprendido cuando viajaban por Calcídica, por lo que habían decidido trasladarse primero a Larisa y después a Farsalia, donde habían aguardado, temerosos e inquietos, durante el tiempo que había durado nuestra maldita peste.
Escuché a Kebe viajando en sus palabras. Su verbo y su capacidad de evocación se habían enriquecido y ganado en elocuencia de un modo sorprendente. Lo imaginé encarnando un millar de veces a aquella “Medea”, con la que había llevado el nombre de Eurípides por todo el mundo. Y no pude por menos de explicarle en qué situación de retraimiento y hostilidad se encontraba el autor, a quien el pueblo no había premiado sino en una ocasión, y sobre quien Aristófanes, el hijo de Filipo, seguía vertiendo toda su irónica e hiriente ponzoña. Kebe se detuvo un momento, entornó los ojos y me habló cual si lo hiciera dirigido a su adentro, mientras su mirar se perdía a lo lejos: “Antandros, nadie ha dibujado seres tan humanos sobre una escena como lo ha hecho el preclaro Eurípides; los tiempos, tarde o temprano, premiarán lo que los hombres se hayan obstinado en no galardonarle; tal es el pago para quien va como lumbrera delante del percibir obtuso de los suyos”.
Supe también de las penurias y dificultades de su profesión de nómada. De los lugares y las gentes que no habían recibido de buen grado los textos y parlamentos que ellos declamaban. Me contó las intrigas y envidias entre quienes formaban los reducidos elencos con los que habían competido en los certámenes, y cómo su ascensión hasta la categoría de primer actor había sido dura y dolorosa. Me habló del ultrajante alejamiento que tenía en la actualidad con su mentor y maestro Efistenes, quien no había sabido aceptar la decadencia que los años habían impuesto a su voz y a su figura. Y tuvo la honrosa valentía de testimoniarme el modo altanero y vanidoso con el que él había humillado a su maestro en un momento de ira y orgullo incontrolado. Me contó, con lágrimas en los ojos, la pérdida en un naufragio de Menexinos, a quien también debía tanto. Observé de qué manera mi amigo había madurado como hombre. Su cuerpo noble y cuidado en aseo, ademanes y formas, había adquirido también esa elegancia que rezuma quien es dueño de su propio interior. Las hermosas y grandilocuentes palabras, que los autores habían puesto en sus labios, habían calado en su interior y, ahora, aquel muchacho joven rezumaba el hondo saber con el que el dolor o la dicha, la virtud o la bajeza tintan y colorean la más rica existencia de los dioses, los héroes y los hombres.
Cuando nos despedimos aquella noche, Kebe me anunció que me tenía dispuesto un regalo que me enviaría en los próximos días. Esperé ansioso, reprimiendo mi impaciencia como si fuera un niño. Al atardecer del cuarto día, Calira compareció ante la entrada de mi alcoba para anunciarme que un esclavo de la casa de Aster solicitaba verme. Mandé que fuera conducido hasta allí cuanto antes. Y cuando estuvo ante mí, fijé mi mirada en la caja que el muchacho portaba entre sus manos. Sin descuidar ya mi atención del incógnito presente, despaché al joven con descuidada esplendidez y me quedé a solas frente al obsequio que mi amigo me había enviado. Recuerdo que entonces fue como si el tiempo entrara en una magnitud nueva y desconocida. Toda mi ansiedad y nerviosismo previos se habían paralizado como diluidos por suerte de un ensalmo. Algo cargado de fuerza me unía al profundo misterio que todo lo rige y lo domina. Dejé que transcurriera el tiempo como si su discurrir en nada me importara o gozara en la espera. Y cuando se extinguió la luz del día y el ocaso fundió la penumbra con el incierto resplandor de las lámparas, abrí la caja y vi la indefinible máscara de Antígona, que calzara el extinto Menexinos en aquella inolvidable representación en Epidauro, cuando por vez primera mi mente se abrió a los sueños, la sorpresa y la gloria, pero también al misterio que entrañan los rostros insondables.
La máscara de Antígona estaba maltrecha y despintada, pero sus finos labios seguían guardando, sin duda, el espíritu eterno de los verbos. Miré a sus cuencas vacías, en las que se guarecían todos los ojos posibles de la vida. Me detuve en su frente, en sus pómulos, en el arco amable de su cara. Y me descubrí como un niño, absorto y emocionado, mientras percibía cómo el afecto y la sensibilidad de quien nos ama puede lograr, robándole un instante a la turbia existencia, que nos sintamos plenamente dichosos por obra de una dádiva o presente. La singular máscara de Antígona venía acompaña de una carta. En ella Kebe me contaba los datos y detalles del naufragio que sufrieron cuando navegaban de Calcídica a Tesalia, en el que solamente la intervención amable de los dioses pudo conducir su cuerpo inconsciente hasta una playa, a la que, únicamente, llegaron él y la caja que contenía la máscara eximia. Un nexo divino le unía a aquel rostro dañado de Antígona que ahora él quería regalarme, cual si pretendiera que una parte importante de sí viniera en pos de mi amistad. Era grandiosa la descripción que hacía del rencor con el que Posidón levantara olas embravecidas y desquiciara las rocas de las costas o envolviera a los vientos para que, éstos, troncharan los navíos. Una vez más, mi amigo me prestaba su ingenio y su palabra para hacerme soñar y vivir a su lado. Leí la carta y salí a la terraza. Selene estaba encastrada en lo alto.
Su curva fina parecía el perfil de una escudilla de plata sostenida entre los dedos invisibles del cielo.
A partir de entonces, conté con la recobrada amistad de mi amigo Kebe, quien había decidido permanecer en la patria y cumplir con sus obligaciones militares sin descuidar, si ello era posible, su profesión de actor. Su dilatada gira por la Hélade entera le había procurado, además de fama y conocimientos, riquezas y firme posición. Reyes y principales de no pocos lugares reclamaban obstinadamente su presencia, enviándole regalos y misivas para que tuviera a bien llevar su arte y ejecutar su oficio de actor ante sus palacios o cáveas. Poco tiempo después, Kebe me confió su estrecha relación con Eufronio, el perfumista, quien siempre había tenido hacia él una clara admiración y un vivo interés. Celebré que los afectos de mi amigo tuvieran a quien dirigirse con precisión y de quien él recibirlos a su vez, pues ello, sin duda, era un nuevo regalo con el que los dioses embellecían aún más su feliz existencia.
Cuando tuvimos próximo el mes de gamelion, el más propicio para los casamientos, Caris me hizo su solicitud, a la que yo accedí tras unos días de turbación y multitud de sentimientos y razones opacas. Una vez más, Forsila empujó mi decisión, haciendo recapacitar a mi razón con uno de aquellos consejos suyos, escuetos y precisos: “Sólo ama quien deja amar y respeta el curso trazado por los dioses”. Y sus palabras serenaron mi alma y dieron fuerzas a mi lengua para anunciar mi sí.
Prestado mi asentimiento, Simias, acompañado de su amigo Cebes, pidió poder venir hasta nuestra casa para concretar los detalles de la ceremonia y todo cuanto se refería a la dote, así como sus proyectos para después de celebrado el matrimonio. Su padre había muerto hacía algunos años y su situación económica era muy desahogada. Mandé preparar un ágape digno de alguien a quien profesara mi mejor amistad y recibí a Simias y a su amigo con mi mejor disposición hacia ambos. Invité a la cena a Sófocles, Amasis y a mi amigo Kebe, pues ellos eran ahora mi nueva familia. Y la velada fue tan grata y confortable como pueda anhelarse. Forsila se esmeró en los manjares y Calira y Eufro, a las órdenes de mi hermana, habían decorado la estancia con el primor que Caris siempre imponía en cuanto estaba de su mano. Bebimos, comimos y hablamos muy despaciosamente, mientras escuchábamos la música agradable de un joven tebano, traído por el novio, cuyo cuerpo y virtuosismo en las ejecuciones eran propicios a la contemplación y al oído exigente de los dioses. Tras los postres, los invitados solicitaron a Simias que recitara alguno de sus poemas, a lo que él asintió, no sin antes pedirme la licencia oportuna, como autoridad máxima que yo era en la casa. Di mi pláceme, pero sugerí a mis invitados que nos trasladáramos hasta nuestra terraza, pues que la noche era sumamente agradable y ya los detalles de nuestro trato estaban concluidos. Quería yo que cuanto antes llegara a Caris y a las otras mujeres, recluidas en su gineceo, el ambiente amable y propicio que entre nosotros se había establecido. Me urgía que mi hermana se sintiera dichosa y que supiera que cuanto Simias me había propuesto había sido de mi agrado y del de mis tres mentores.
Escuchamos a Simias sumidos en un silencio emotivo y atento. El efebo tebano sabía acompañar con su música a los versos de amor. Y los que Simias estaba recitando, poseían cuanto ardor y medida vehemencia pueda imaginarse. El firme y vibrante sonido de los crótalos afianzaba con precisión todas aquellas palabras que debían volar perdiéndose en la noche. Y mi satisfacción fue máxima, pues que sabía que Caris, tras de su celosía, las estaba escuchando. Todo cuanto el rapsoda cantó estuvo dirigido a Eros. Me gustó sobre todo aquello que Diótima, la sacerdotisa de Mantinea, había enseñado a Sócrates y que Simias había recogido en uno de sus cantos. Supe entonces que entregaba a mi querida Caris a un hombre que compartiría su vida con afecto y respeto, y me sentí dichoso.
Cuando todos se hubieron marchado, me quedé solo. Soplé los pabilos casi muertos de las lámparas y recosté mi cuerpo en el confortable clino de Iberia, al que yo siempre llamaba “el asiento de Sófocles” y que había sido arrastrado hasta el mirador por un esclavo. El arco blanco de Selene había ascendido en el cielo y parecía una ofrenda que el mundo elevara a los dioses. Había prendido un poco de paja sobre el ara y quemado mirra e incienso como tributo a Hera, recordando que ella protege a los matrimonios legítimos y siembra sobre las parejas para que sus uniones sean fecundas y dichosas. El humo, en medio de la oscuridad, ascendía como un sereno aliento perfumando el aire que llenaba, invisible, la calma de la noche. La ciudad emergía entre sombras, al capricho con el que las nubes cegaban o desvelaban el blancor refulgente de Selene, haciendo parecer que el traslado en su carro de plata era más veloz que de costumbre. Sumido entre recuerdos, pronósticos y gozos llegué a adormecerme. Desperté percibiendo el aroma que exhalaba la piel de mi hermana y que para mí era más determinante que su voz o sus pasos. Sobre mi cuerpo, ella había tendido un tejido de lana para así protegerme del frescor que vendría. Caris estaba sentada a mi lado y sus manos acariciaban mi pelo y mi frente. Un placer infinito me recorrió entero y moví mi cuello para que mi cabeza describiera un círculo en torno de sus manos, aprovechándome así mejor de sus caricias. Sin detener el juego pausado de sus dedos, Caris comenzó a hablarme perdiendo su mirada en el negror de Atenas. Su voz era serena y firme, llena de dicha pero a la vez plena de realismo. En un acto de supremo amor, mi hermana me confiaba sus miedos, su fe y sus secretos mientras se iba despidiendo de mí, consciente de que, a partir de ahora, se debería al amor de otro hombre. Escuché sus palabras entre el dolor y la dicha, sintiendo mi alma dividida. Y cuando sus labios vinieron a besar a los míos, noté que nuestras lágrimas se unían, cual si surtieran de un único llanto.
Tras la boda de Caris, la casa quedó aún mucho más desierta. Ordené que Calira se marchara con ella, pues Forsila, aun oponiéndose a su propio corazón, se negó férreamente a dejarme solo y seguir a mi hermana. “A ella la acompaña el amor y pronto dejará de echarme de menos. Es aquí donde yo debo estar y de aquí no me muevo”. A partir de entonces, únicamente ella y Eufro se hicieron cargo de la casa de Agios, y puedo asegurar que todo estuvo siempre, bajo su cuidado, en la disposición más perfecta que pueda demandarse.
Unos días después, salí en una patrulla a las órdenes de Amasis. Once personas componíamos el destacamento y ninguno, salvo él, jamás habíamos intervenido en reyerta alguna, fuera de las que se simulaban en la Guarnición de Muniquia para el adiestramiento. Rogué a Alexias que me permitiera integrar la avanzadilla y él me concedió su permiso; todo ello después de que Amasis aseguró que no veía riesgo alguno en la misión. Necesitaba yo salir de Atenas; abandonar la casa de Agios que para mí se había convertido en un sepulcro tras la partida de Caris después de su boda. Y a pesar de que yo ocultaba mi soledad y el profundo abandono en el que me sentía sumido, para que ella no se apenara, la nueva situación estaba a punto de estrangularme aquella simulada fortaleza.
Salimos un anochecer, ya que ésa era la hora más propicia para internarse en el bosque. Brasio, el caballo de Amasis, era rudo y brioso. Los del resto eran más tercos y vulgares. Mirkos, a pesar de su tesón y su raza, acusaba su vejez con una templanza medida y cautelosa, aunque, desde que yo había decidido montarlo, él se esforzaba en responder a todas mis demandas. Los días eran ahora un poco más grandes y Helio se acostaba con la pereza de quien no quiere irse, dejando en el celaje el licuado reflejo de su oro granate. Nos debíamos dirigir hacia el Laurion, pues que era preciso que el enemigo no llegara hasta el lugar donde estaban nuestras minas de plomo. Antes, pasamos por la Mesogenia, ya que debíamos tomar nota para hacer un informe de la situación precisa en que se encontraban aquellas tierras, que siempre habían sido las más fértiles y productivas de Atenas. A pesar de que la misión no revestía un marcado peligro, todos íbamos cumplidamente armados. Éramos jóvenes y nos gustaba, aun en la inutilidad, lucir aquellos arreos que en todos, sin duda, eran un regalo reciente o aún no estrenado.
Aquella noche no nos detuvimos para descansar. Las horas de oscuridad se me pasaron con la rapidez de quien está el tiempo entero afanado y dichoso. Haber salido de mi casa y cabalgar al lado de Amasis, era una circunstancia en la que confluían dos hechos de fortuna. A su lado sentía yo la fortaleza que nos aportan, de un modo indescifrable, aquellos seres a quienes nuestra admiración ha investido de dones y virtudes sobrehumanas. Pues que ésa era la dimensión que él había adquirido últimamente ante mi corazón y ante mis ojos. Nunca antes me había yo aproximado a ninguno de los hombres que, sin embargo, con frecuencia habían solicitado mi afecto y mi consentimiento, desde que había entrado en la edad de efebo y mi cuerpo se había moldeado con la perfección y gratitud que confiere practicar la carrera. Me gustaba, sin embargo, ser testigo de los hechos de amor. Y cuando Eros había tenido a bien cruzar el destino de alguno de mis amigos con el de alguien que se disponía sinceramente a ser su amante, había celebrado yo la extraordinaria fortuna, pues, era seguro, que ello depararía al joven mesura, sabiduría y capacidad de amor y de respeto. Ciertamente que mis tareas y preocupaciones para regir la hacienda de Agios me habían tenido absorto sin permitirme otras veleidades. El régimen austero y exigente de mis entrenamientos, habían hecho también que, durante ya varios años, yo no me ocupara más que de dotar a mi cuerpo de pericia y recia fortaleza, sin dedicarme a las exhibiciones, galanteos y licencias acordes con mi edad. Sin embargo, era ahora cuando algo dentro de mí buscaba el afecto y la proximidad que antes, a pesar de múltiples rudezas y avatares, no había demandado.
Seguimos cabalgando durante el día entero. Comimos frutos silvestres y, al atardecer, despellejamos algunos conejos a los que habíamos dado caza durante la mañana. Lavamos sus carnes en un manantial y, mientras aromaba ya su asado por el contorno entero, dimos de beber a los caballos y refrescamos nuestros cuerpos agotados y sucios por tan dura jornada cabalgando. Tras la cena, establecimos nuestros turnos de guardia. Decidimos que se efectuarían sobre unos peñascos que propiciaban la visibilidad de todo el entorno. Cuando el primero de los centinelas se dirigió a ocupar su puesto, el resto tendimos nuestras yacijas y dispusimos nuestros mantos para guarecernos cuando el relente viniera al clarear el día. Nos acomodamos por parejas, dispersos los unos de los otros, para no facilitar nada a nuestros enemigos, si es que nuestra desventura les permitía que nos sorprendieran. Yo me acomodé cerca de Amasis, pues deseaba seguir conversando con él. Hablamos durante un largo rato, dejando que la penumbra hiciera deslizar todo el aluvión de nuestras confidencias, que al fin brotaban con claridad y limpieza serena. Cuando estuvo agotado el fluir de mi alma, noté que nos quedábamos sumidos en un silencio cálido y elocuente. Pedí entonces a Amasis que me permitiera tenderme a su lado. “Antandros, ambos estamos bien en el lugar que estamos. Ahora es ya tiempo de conciliar el sueño; sin duda mañana será, de nuevo, un día duro. Duérmete y que Zeus te ampare”. Yo no respondí nada. El silencio se hizo enorme y se fue diluyendo como una gota de vino vertida en una hidria, e Hipno me meció enseguida entre sus alas y me sumió, confortado, en las brumas.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, Amasis estaba tendido a mi lado y su mano asía con decisión la mía. Noté que el olor de su cuerpo había impregnado mis sentidos y que su templanza también era la mía. Me desasí de él con suavidad para no despertarlo. Vi cómo su mano iba desperezándose, y corrí hasta el torrente para hacer mi ablución ante el ojo implacable que preside el mundo. Helio se levantaba entonces y su mirar saludaba mi dicha.
A los pocos días de nuestro regreso, vinieron los teoros. Su metálico clamar abrió mis esperanzas a la vida. Sus bocinas proclamaban la tregua y convocaban a los ciudadanos a luchar en los Juegos. Al fin, yo sería un corredor de Atenas, y el honor y la honra de mi patria cabrían en mis humildes manos. Y, desde aquel instante, yo ya no tuve más pensamientos que los que un hombre puede dedicarle al gran Zeus, señor de los atletas.

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