En ninguna de las ocasiones que he visitado Grecia pensé en escribir una obra ambientada allí, ni cuyos personajes tuvieran que ver algo con su presente o su pasado. Seducido siempre, eso sí, por su historia y su geografía, gocé de sus encantos, capacidad evocadora y misterio transmisor. Sin duda, lazos insospechados y alianzas amorosas iban, de un modo subterráneo, aprisionándome gozosamente a la vez que comprometiéndome con aquel lugar y su pasado.
Un día -no sé cuándo-, descubrí que la vida, nuestra propia vida, no es más que la adición cronológica y ordenada de sucesos, tiempos y estados personales; una simple lista de actos y de anécdotas. Entonces comprendí que el auténtico vivir no es sino el soñar; que vive quien se imagina a sí mismo, y se desperdicia o des-vive (vive hacia atrás, hasta llegar a su fin) quien no lo hace así. Ser, pues, de un tiempo o de otro es, únicamente, una cuestión de escenario, disfraz o posición concreta en la gran rueda de la historia a la que llamamos "tiempo". Fue en ese momento cuando sentí la imperiosa -casi desesperada, tal vez- necesidad de soñar, inventar: transportarme. Ser uno y mil en mil tierras distintas, en mil épocas, en mil cuerpos; en un millón de historias. Es ésa, pues, la suerte y potestad de quienes crean e imaginan. De quienes, a imagen y semejanza de los dioses, sacan de la nada un anhelo y lo tornan en vida, mediante el soplo vivificador de su capricho, su necesidad o su magia.
Esta historia que aquí se narra, no pretende enmendar los hechos ya certificados por la investigación, que sabemos que, en la época en que se sitúa, acontecieron. Toma de allí, eso sí, con respeto pero con libertad personajes, fechas, sucesos y nombres de lugares. Y es con ellos y la pura imaginación como aliada con quienes fabula, recrea y reinventa la existencia misma. Es ése un privilegio de autor que a nadie debiera ofender o producir escándalo.
Con la sabiduría de "El más grande", el tiempo pierde, confunde y enmascara, con cierta y reiterada frecuencia, sus datos y registros, para que -cual en Babel inmensa e insondable- la Historia se diluya, camufle y preserve. Es así como el hombre ávido de existencia, que se implica en ello, vuelve a jugar, como niño seducido y curioso, con las teselas trizadas del pasado. Aportando, cuando las logra casar y reunir, un ápice de magia a su propio presente; único gestador del futuro de todos. Misteriosos son, sin duda, los mecanismos y engranajes con los que la Historia se mueve y se construye.
¡Ojalá! que los siguientes párrafos estén dotados de tales atributos, esencias y poderes.
Escritos están ya. Ahora resta sólo el celo del lector por traducirlos a su propio e íntimo lenguaje. Será entonces cuando el círculo quede al fin completo y la verdad sellada.
Sea, pues. Y que los dioses nos guíen en este noble empeño al que algunos denominan ficción y al que, en realidad, habría que llamar vida.
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