3.11.13

CAPITULO DECIMOSEXTO




Oráculos y milagros, pronósticos, videntes y adivinaciones, quimeras, conjuros y sueños, horóscopos y cábalas. No creo en nada de ello. Seguramente hay fuerzas subterráneas que rigen e influyen en la vida, pero estoy seguro que, hasta ahora, no nos ha sido dado el conocerlas. Dichoso, sin embargo, aquél que cree de verdad en algún cuento y lo defiende, pues que suyo es el Cielo. Pero, idiota quien se miente a sí mismo y lo mantiene, pues que, sin duda, descenderá al Infierno.

XVI

EL ELOCUENTE FARFULLO DE LA PITIA
El anuncio de la tregua olímpica y mi nombramiento oficial como atleta que representaría a Atenas en la gran carrera produjo en mí una inesperada reacción. De pronto, aquello ansiado con tanta vehemencia me cargaba de tal responsabilidad que, tras el primer instante de alborozo y felicitaciones, la designación comenzó a pesarme insoportablemente. Al deseo impaciente lo suplantó el ciego temor, y a las ansias de gloria y vanidad comenzaron a enturbiarlas las sombras de un posible fracaso, hasta entonces jamás considerado. Era, sin duda, la primera vez que sobre mí caía empresa semejante y mi ánimo parecía incapaz de poder con su peso. Anduve hosco y taciturno, huidizo y reservado. Amasis respetó mi estado de ánimo durante los primeros días, luego me buscó y rompió mi silencio y desenmascaró mi adusta pesadumbre. Por fin, había llegado mi momento. La guerra y la participación en la contienda tantas veces deseada había hecho sonar el toque firme que me llamaba a ella. Ésa era mi batalla. Amasis me habló con la rudeza y contundencia que entraña la verdad, pero con el sosiego y la autoridad que siempre tienen las palabras que parten del afecto. Realmente, la empresa era enormemente arriesgada. Olimpia congregaría en torno de su Altis y a las plantas de Zeus a los mejores atletas del ámbito helénico y todos irían allí a entregar su aliento y hasta su sangre, si se hacía preciso. No, en verdad, aquel enfrentamiento no era menos arriesgado que al que se entregaban los soldados en una batalla. Allí había que matar o morir, pues que, o se arrancaba el triunfo y galardón para la patria, o la indignidad de una derrota sólo podía afrontarse desde la muerte o el destierro. Pero en ese sublime temor, en ese riesgo insoslayable estaba precisamente el germen y la simiente de la excelsa grandeza. Además -me desveló Amasis-, debía tener también en cuenta la carga de la soledad. Nada ni nadie podría compartir conmigo el miedo, nada ni nadie podría enjugar o mitigar el eterno desprecio ante una derrota. Y eso, por mucho que el afecto quisiera transgredir y transformar el helado espacio de la desolación. Agradecí a Amasis su inmensa valentía y claridad, pero le pedí que me dejara solo. Solicité de Pistias que me mezclara el vino más fuerte que hubiera en la bodega y bebí en soledad hasta perder la razón por completo. Para ello, usé el kylix de oro y de turquesas con sus dos asas que semejaban áspides, que alguien trajera para Agios, antaño, desde la Tesalia. Se lo había visto a él usar, también, en los momentos más arduos de su vida. Buscaba desesperadamente ahogar mi terror y no sabía cómo.
A la mañana siguiente, el tumulto en mi cabeza era infinito. Los intestinos se me retorcían y en mi boca el amargor agriaba mi aliento, mientras el malestar desfiguraba incluso mi gesto y mi mirada. Permanecí todo el día tendido. Pedí a Pistias que llevara un mensaje a Alexias solicitando sus disculpas para con mi indisposición. Pistias regresó sin traer misiva alguna por respuesta. Al anochecer, Forsila vino hasta mi cuarto y me anunció que el gimnasiarca Alexias estaba en nuestra casa y pedía ser recibido por mí. Estreché el brazo de Alexias como si hiciera tiempo que no nos reuniéramos. En la excesiva vehemencia de mi saludo, pedía yo angustiosamente, aun sin palabras, que me cediera toda la fe y fortaleza que él tenía en mí. Lo invité a que se sentara y, tras hacerlo, sin más preámbulos, me comenzó a hablar. Así era Alexias, preciso y muy directo: “Ahora es cuando ha llegado tu momento, Antandros. Sufrí los rigores de tu incomprensión cuando te anuncié, aquel día, que no participarías aún en los agones. Nuevamente volveré a sufrir el pavor de tu miedo ante este anuncio de ahora que encierra exactamente lo contrario. Ésta es mi labor; acompañar al hombre hasta la gloria. Ahora ya puedes comprenderme. Ser emblema de la patria ante el gran dios y el mundo no es sólo un asunto de rigor, disciplina y fortaleza física, requiere también la madurez y el arrojo de quien sabe y acepta que puede ser inmolado en honor de los suyos y su gloria. Por eso, llegado este momento, entra dentro de ti y decide cuál debe ser tu destino y lugar ante los siglos que han de contemplarnos. Sólo en ti anida la respuesta. Tras ello, elijas lo que elijas, acéptate para siempre y hónrate a ti mismo. Yo seré tu amigo pese a todo”.
Alexias no permaneció en mi casa mucho más tiempo que el que necesitó para decirme lo que he referido. Tras su marcha, en mí quedó esa apacibilidad que aporta siempre el saber que ante la responsabilidad y el miedo que nos ocupa, allá, al fondo, existe quien quisiera aliviarnos de tanta dureza aunque no sea posible. Amasis, Alexias, Timasión, Forsila, Caris, Sócrates, Kebe, Sófocles. Pensé en ellos y sentí el gozo y la congoja de saberme querido inmensamente. Con tales compañeros de viaje, la suerte estaba echada.
Me tomé, no obstante, unos días para reflexionar. Al quinto, me levanté temprano y me fui al Estadio. A partir de entonces, todos mis entrenamientos estuvieron observados por muchos de aquéllos que tanto me querían y sentían mi causa como la suya propia. Y hasta Caris y Forsila, que como mujeres no frecuentaban esos lugares, seguían puntualmente todas mis mejoras y todos mis progresos. La ejercitación se hizo extrema. A la exigencia de mi gimnasiarca se sumó mi tesón obsesivo. Día y noche vivía yo para la carrera y nada ocupaba mi mente más que la misión que Atenas me había encomendado.
En pocos días, mi entusiasmo fue férvido y máximo. La seguridad en mí mismo se convirtió en total. Y mi disposición ante todo cuanto pudiera devenir era realmente heroica y sin máculas. En tal estado de ánimo, visité al noble Sófocles y le pedí que me revelara el misterio que mi padre me había anunciado, pues que ahora había ya llegado el tiempo en que yo debía conocerlo, en la confianza de que mi espíritu soportaría cuanto de ello resultara. Recordé: “Y, Antandros, si el designio de la diosa fuera contrario a mi regreso, no me guardes rencor por cuanto aún no entiendes. Ve hasta Sófocles y pídele que te transmita el rezar del Oráculo, que un día me fue pronosticado en el templo de Delfos. Excúlpame entonces y ofrece en mi memoria un sacrificio a Apolo”.
El anciano detuvo su respiración, puso una mano sobre mi hombro y me condujo hacia el patio de su apacible y hospitalaria vivienda. Bajo el peristilo, en sendas hornacinas talladas al efecto, se habían colocado las imágenes de Asclepio e Higía. Las había traído hasta Atenas Herófilo de Calcedón, aquel sacerdote al que Kebe y yo viéramos ejercer su saber sanatorio, una noche sorprendente y jamás olvidada, en Epidauro. Sófocles había dado alojamiento en su casa a las imágenes, hasta que en la Acrópolis se les levantara un templo que les fuera adecuado. En un ángulo del patio, una ninfa de bronce verdecido dejaba caer mansamente desde sus dedos dulcemente cruzados un desgranar de agua cristalina y sonora como un hilo amable de fortuna. Un pebetero aromaba a esencias suaves y relajantes. Y la atmósfera creada por la luz a través de los toldos era realmente proclive para conversar. El anciano me pidió que tomara acomodo tendiéndome sobre un clino mientras él permaneció sentado sobre otro. Pidió una cesta de frutas para ofrecerme y solicitó que nos mezclaran vino. Luego tomó la palabra y su voz cautelosa y cansada fue adentrándose poco a poco en el mensaje inefable. “Nadie puede nunca saber a ciencia cierta qué encierra la voz arcana del Oráculo. Su saber es siempre un misterio y cualquiera que vaya a consultarlo ha de hacerlo a sabiendas de que su juicio excede siempre a la razón y al discurrir del hombre. Pero, aun a pesar del riesgo que ello entraña, todo mortal debe ir a indagar sobre cuanto le acucie e interrogue. Agios recibió de la Sibila una leyenda que a mí me confió cargado de confusión, incertidumbre y dolor, y que yo he de transmitirte. Pero habrás de concederme el recato de que no sea yo quien quiera dar una explicación o coherencia a los oscuros términos en los que los sacerdotes traducen los gritos y espasmos de la Pitia”.
Escuché respetuosamente el preámbulo de Sófocles y aguardé a que formulara las palabras exactas que mi padre había escuchado en Delfos, cuando, preñada mi madre de mí, él había ido a consultar al Oráculo sobre su primer descendiente. La sentencia rezaba así: “La luz del nuevo astro fulgirá sobre las cenizas de la extinta y pobre luminaria precedente. Sólo la muerte de Fénix engendrará a Fénix. Y la memoria del progenitor se borrará para siempre sin que quede ni siquiera su estela sobre un túmulo”. Escuché aterrado el turbio pronóstico y sentí que algo me atenazaba el alma y la razón. Bebí, ávidamente, el vino rojo de mi copa y pedí al esclavo que me sirviera más. La barba blanca del maestro brillaba al contraluz como lana limpísima cardada, y en su frente se marcaban profundamente las líneas del dolor que acompañaban a su mirada triste, más triste aún que nunca. “Jamás hubiera deseado, mi querido Antandros, ser yo quien hubiera de trasmitirte estos pronósticos. Sólo el respeto que siempre me mereció vuestra casa y el gran cariño que te profeso me han convertido en el mensajero de todo este dolor. Piensa serenamente en cuanto te he revelado, asienta en tu entendimiento cuanto puedas y ofrece un sacrificio a Apolo en memoria de Talía y de Agios. Honra a los dioses siempre y acepta sus designios pese a todo y que Zeus te ampare”.
Por extraño que pueda parecer, salí de casa del admirable anciano sereno y confortado, sintiendo más su dolor que mi revés atroz. Era la serenidad que aporta, aun en medio de la adversidad, comprender que todo cuanto nos ha atormentado desde siempre está al fin sellado. Ahora entendía el miedo y el desprecio de mi padre hacía quien había creído que era una firme amenaza. Ahora comprendía también su desafío perenne aunque velado hacía mí, su necesidad de saber cómo o por qué yo, desde mi cuerpo débil, podría destruirlo. Una oleada de tierno amor me aproximó aún más a la despreciada Talía, considerada por él, sin duda, como la malévola depositaria y la abominable manipuladora de su cauta simiente. El afecto y el odio se habían mezclado en el alma torturada de Agios confundiendo y pudriendo todos sus sentimientos. La sentencia de la Sibila le había arrancado del amor de mi madre como se huye del embuste de una aviesa traidora. Había hecho que me aborreciera a mí como a un asesino. Le había obligado a no desear que naciera mi hermana. E incluso, a utilizar a la hermosa Drosis, su concubina tracia, como a una hetaira sospechosa, ínfima y despreciable, a quien sólo demandaba desde el clamor imperioso de su sexo, sin considerar jamás otro apego o afecto hacia ella. Ahora todo estaba en su sitio. Al fin, mi corazón estaba sereno para siempre y mi destino no podía ser otro sino el de la gloria, pues que mi tributo se asentaba en tanto horror y sufrimiento como había sobrevivido, soterradamente, en la casa de Agios.
Incapaz de contener tanta tragedia, confié a Amasis todo cuanto inundaba mi alma, pero silencié ante Caris lo que ahora me era conocido. Ya podía estar totalmente seguro; nunca más volvería a ver el rostro de mi padre. Al día siguiente fui al amanecer al templo de Apolo Patroos, adquirí un carnero y lo ofrecí al dios tal y como Agios me había ordenado. Desde aquel momento creí tener la razón más fuerte que un hombre puede poseer para escalar el triunfo: que éste se sustente sobre la propia sangre.
Cuando salimos del templo, tras tributar la ofrenda al hijo de Zeus y de la diosa Leto, Amasis me hizo una pregunta que de nuevo vino a sembrar la inquietud en mi alma. “Antandros ¿no crees que tú también deberías ir a Delfos y consultar tu Oráculo? Ciertamente, tu existencia está en su más transcendente momento; es la ocasión, pues, de reclamar el pronóstico de las divinidades”. Caminé un gran trecho sin responder nada a sus consideraciones. Yo comprendía que todas sus propuestas no buscaban más que engrandecerme, sometiéndome a nuevas pruebas que curtieran mi espíritu y mi alma. Lo hacía él desde la responsabilidad asumida de quien me amaba, con la única intención de que yo llegara a ser digno y valeroso ante mí mismo, los hombres y los dioses. Aproveché mi fortaleza y mi estado de ánimo y resolví al instante: iría a Delfos a consultar mi destino al Oráculo.
En los días siguientes comencé a preparar lo necesario para mi viaje a Fócida. Determiné que lo haría a caballo. Llevaría a Mirkos y haría que me acompañara Pistias. Solicitaría de Simias el favor de que me procurara un salvoconducto que nos permitiera, sin ningún contratiempo, transitar por Beocia, tierra de su nacimiento y patria de sus antepasados. Allí, su familia seguía siendo sumamente influyente. Y, además, deseaba visitar yo la ciudad de Tebas. Desde Delfos iríamos hasta Naupacto y desde allí, atravesando el golfo de Corinto, llegaríamos hasta Acaya, tierra limítrofe con Élide. El resto de mis compatriotas que participarían en los Juegos efectuarían todo el trayecto en barco. Mi ruta no debía demorarme más días que los que ellos emplearan en la travesía. Debía, no obstante, unirme a nuestra delegación tan pronto como ésta arribara a Elis.
Tras tomar la determinación, comencé a vivir un tiempo pleno de vertiginosas sensaciones y proyectos. Mi vida se iba a resolver en unos cuantos meses y todo ello traía hasta mí una inquietud extrema y un entusiasmo irrefrenable. Encomendé el cuidado de la casa a Forsila y ordené a Eufro que obedeciera, como si de mí mismo se tratara, cuanto la anciana decretara. Advertí a Brygos y a Baquio que debían hacer lo mismo. Y si algún asunto se les presentara, que ellos considerasen no poder resolver, se dirigirían sin dilación a Simias, a favor de quien yo había extendido el documento legal de tutoría de toda la hacienda durante el periodo que durase mi ausencia.
Me fui a despedir de Caris un día luminoso del mes de muniquion. La casa de Simias estaba muy próxima a la puerta Acarnea, en la parte norte de la ciudad. Era una amable vivienda en la que ya se había reflejado el gusto y la delicadeza de mi hermana Caris. Las esclavas la adoraban desde el primer día y ella era feliz como una alondra. Cuando les envié por medio de Baquio mi anuncio de que los visitaría, ella me retornó una misiva en la que únicamente decía: “Ya soy completamente dichosa y te quiero tanto...” Y cuando me estaba aproximando, vi cómo, allí, en su terraza, sus manos volaban en un inquieto aspar como de alas de mariposa, dispensándome un alegre e incontenible saludo.
Abracé a Simias y sentí, en el afecto con que apretó mi brazo y se acercó a mi cuerpo, un cariño sincero y entrañable. Un instante después solicitaba él, por mediación de una esclava, que viniera mi hermana a nuestro encuentro y, prudente y respetuosamente, se ausentaba para dejarnos solos. Antes de irse me anunció que por la tarde había mandado aviso a un buen grupo de gratos amigos, deseosos de celebrar un simposio en mi honor, para lo que reclamaba mi aprobación y asentimiento. Acepté con agrado y le vi alejarse de nosotros tras mirar a mi hermana, complacida y amorosamente.
Tan pronto como nos encontramos solos, Caris se abalanzó a mi cuello y me llenó de besos. Y, en medio de una explosión de cariño desbordante, me susurró al oído que iba a ser madre. Tomé a mi hermana por su breve cintura y la alcé en el aire entusiasmado, mientras la contemplaba desde abajo lo mismo que a una diosa que mi alegría quisiera elevar sobre todo el orbe. Y di gracias a Hera por haber aceptado con tanto beneplácito mi ofrenda. Caris estaba hermosa como están las estrellas. Breve y palpitante, expandía cuanta dicha pueda caber dentro de un ser humano. Pasé el día entero a su lado disfrutando de ella, pues que todo a su alrededor emanaba dulzura. Y durante la jornada no hablamos en ningún momento de la aventura o peligro que entrañaba mi viaje o mi participación en las competiciones. Para ella no debía caber la menor duda de que yo volvería pleno y coronado como un dios del Olimpo.
Cuando llegó la hora de la reunión de los hombres, ella se despidió como si lo hiciera hasta el día siguiente. Era, sin duda, su modo de demostrar su fe en mí y su cariño. También la manera de aportarme toda su fortaleza y de hacerme más fácil aquella despedida. Frágil y nívea, la vi desaparecer mezclándose entre las sombras oblicuas que tendían entre sí las esbeltas columnas que se alineaban en el corredor de la casa de Simias. Y, un instante después, recibía una nueva prueba de su amor en forma de una suculenta comida que ella había mandado aderezar para darme su adiós.
La reunión resulto íntima y cordial. Primeramente llegó Cármides, cuya hermosura y perfección alcanzaba cotas insospechadas, realzada siempre por su porte aristocrático y la excepcional calidad de sus ropas. Recuerdo que, tan pronto como entró, nos anunció el feliz alumbramiento del hijo de su joven hermana. Brindamos animadamente por el vástago nacido, sin sospechar que lo hacíamos por ese muchacho especial de nombre Platón, al que los siglos venideros testimoniarán, pues que ya hoy, en el umbral aún de su madurez, es un prodigio de juicio y de sabiduría. Sócrates vino acompañado del joven Cristóbulo, con quien últimamente le unían, además de los lazos de afecto familiar, otros más personales. Simias había tenido la deferencia de invitar al querido Simón, sobre quien la muerte de su hijo Telis había tendido un manto de tristeza que lo había apartado de todo y envejecido muy acusadamente. Critón vino después. Y más tarde lo hicieron Kebe y Amasis. El gusto exquisito del marido de Caris había trabado amistad con Damisco, a quien siempre acompañaba el arquitecto Ictino, junto a quien seguía viviendo desde que saliera de casa de mi padre. Por fin, me sentí gratamente sorprendido con la presencia de Sófocles que llegó a la vez que Aison, quien a la sombra del ceramista Teages se había convertido en el más famoso decorador de ánforas y vasos que viviera en la Hélade y cuyo comportamiento cauto y cada vez más refinado lo hacían ser bien recibido en todos los círculos prestigiosos de nuestra ciudad. Ciertamente, Simias había obrado con prudencia, delicadeza y ajustado tacto. Allí estaban, sin duda, cuantas personas yo pudiera desear tener cerca de mí en aquellos momentos. Completó la reunión el ponderado Hipócrates, cuyo retraso fue disculpado por el resto de los comensales, pues era conocida por todos su dedicación inquebrantable y sin tasa alguna de esfuerzo o de tiempo al noble ejercicio de su trabajo como sanador. Sócrates hizo durante la velada amplio alarde de su ingenio y de la agudeza de sus observaciones. Se trató de la patria y la guerra, del modo en que la prolongación de la contienda nos había influido a todos y cómo, poco a poco, comenzábamos a asentarnos en esas circunstancias que nos obligaban a vivir entre sobresaltos, expediciones y campañas perennes. Se habló del arte y la belleza y de cuánto la filosofía ennoblecía a aquellos espíritus que la practicaban.
Comimos suculentamente y bebimos un vino afrutado y oloroso que elevó nuestra elocuencia e hizo que se abrieran aún más nuestros corazones. Hubo música y danza, todo a cargo de aquel joven narrador de historias que Simias había traído de su Tebas natal, como regalo para Caris. Su virtuosismo, capacidad de evocación y dulce timbre de voz hizo que nuestra imaginación volara hasta tierras remotas y se prendiera en relatos y cuentos prodigiosos, y todo entre evoluciones y sonidos bellos y sugerentes. Oímos después declamar versos a Simias. Escuchamos, por petición unánime, varios parlamentos que Sófocles había hilvanado muy recientemente para una obra en la que llevaba trabajando durante muchos años, que tendría por título “Edipo en Colono”, de la que yo ya había tenido el privilegio de oír algún fragmento. Había sido, antaño, de labios de Efistenes y Menexinos. Había sido en la playa, a la luz de la hoguera y bajo las estrellas, durante aquel mi primer viaje inolvidable a Elis. En modo alguno podíamos adivinar en esta ocasión ninguno de nosotros, que tales fragmentos serían los que le valdrían al venerable autor el certificado de lucidez ante los jueces, cuando su hijo, para apoderarse, rapaz, de su fortuna, lo acusó sórdidamente de pérdida de juicio. Tampoco sospechamos entonces que allí estaba contenido su hermoso testamento humano. Ni que ése sería el último laurel que el pueblo de Atenas le otorgara, jubilosa y enfebrecidamente, cuando Kebe encarnara en la escena a un colosal Edipo, muerto ya su insigne autor. Pero sobre todo ello, nunca podría suponer yo que tal obra, de una belleza y contenido incalificables, me sería dedicada a mí, en un rasgo de cariño y generosidad que siempre me sobrecogerá. “Antandros, yo te di un día mensajes de dolor, hoy te ofrezco palabras elocuentes”. En efecto, en esa obra, y en primicia, la religión se ponía al servicio del pueblo. Con el pasar inexorable del tiempo, algunos
hechos han desmentido, como impíos saboteadores, lo que antes había profetizado el Oráculo.
La velada se prolongó hasta altas horas de la noche. Al final, en el altar doméstico dedicado a Dioniso se quemaron mirra y azafrán para mi buen auspicio. Me despedí allí de todos mis amigos y pedí a Amasis que se fuera también con el resto de los invitados. Solicité de Simias que tuviera a bien permitir que me acompañara hasta mi casa el muchacho tebano, músico y narrador de historias viejas. Accedió. Y alumbrado por la luz de la antorcha que portaba el joven, cruzamos la enigmática e inquietante noche de Atenas cargada de sombras y amenazas. Quería yo indagar secretamente sobre Licino, el hijo de Lámaco, aquel atleta cuyo dedo exánime escribió con su sangre su rúbrica en mi alma, durante la celebración de la ochenta y cinco Olimpiada. Pero el muchacho, demasiado joven para aportarme tal información, me sugirió que si iba a Tebas me pusiera en contacto con sus familiares, en la confianza de que su padre, tal vez, pudiera atender mi demanda e informarme. Tras darme su nombre y el de su padre, se despidió de mí con la promesa de no confiar a nadie mi consulta. Di una dracma a Estelis, que así se llamaba y le rogué que procurara hacerle el tiempo feliz a Caris, a quien confesé que quería más que a mí mismo. “Gloria y dicha, Antandros, y que Zeus os guíe y os dé su corona”, fueron las palabras que escuché de su boca, perdida ya su voz entre la sombra.
Antes de amanecer hice mi ofrenda a Hestia y Hermes, los dioses protectores de la casa. Cuando salí, me despedí del Herma y no volví la vista atrás por miedo a que la congoja me ahogara. Partimos un día lluvioso y a la vez soleado. La luz parecía líquida también y ponía sobre todo un brillo transparente que parecía de cristal o de llanto. Pistias montaba a Butión, un caballo pesado pero fuerte. Mirkos parecía haber rejuvenecido; seguramente notaba que de nuevo volvía a serme útil. Amasis salió sobre Brasio y nos acompañó un largo trecho, hasta que Atenas se fue borrando a nuestras espaldas entre la bruma en que se envolvía la luz tibia. Nuestras cabalgaduras parecían bruñidas, caladas por el agua. En lo alto de un pequeño cerro, hicimos una libación y cruzamos nuestros brazos en un último saludo sentido y caluroso. Amasis dijo: “Que los dioses te sean propicios. Esperaré tu vuelta y, orgulloso, yo mismo abriré los muros para que entres de nuevo en Atenas”. Miré hacia occidente, por donde nuestra ruta tendía su camino y, de inmediato, oí el sonido de los cascos de Brasio huir veloces por la ladera abajo. Era probable que Amasis hubiera querido aliviar con rapidez aquella despedida.
Pistias acometió el primer tramo del camino marchando a mis espaldas. Cuando mis reflexiones y mis sentimientos de nuevo me permitieron ver lo que me rodeaba, me di cuenta de ello y le rogué que cabalgara a mi altura. El día se había ido poco a poco aclarando y el sol lucía, ahora, diáfano y radiante. Aquel hombre había significado tanto en mi vida... Hacía mucho tiempo que mi relación con él se había distanciado sin razones concretas. Cuando hubo finalizado su función de tutor, había vuelto silenciosamente a su labor discreta. Tantos años de esclavitud lo debían haber moldeado de ese modo. Era dócil y firme, callado y servicial, atento y enigmático. Recobré el color de sus ojos. Hacía tanto tiempo que no reparaba yo en su mirada negra. También su barba, antes rojiza, ahora se había decolorado y encanecido. Su rostro siempre joven mostraba ya arrugas y repliegues. Me sorprendió reconocer de pronto el modo perfecto en cómo aquel hombre había estado ante mí, siempre ejerciendo con precisión el papel que le correspondía: maestro afable en la granja de Caris, tutor severo en mi tiempo de escuela, consejero y colaborador prudente en los primeros días de mi administración de la casa de Agios y, ahora, siervo sumiso, callado y respetuoso hasta casi el olvido. Celebré interiormente el estar de nuevo a su lado y me propuse que este viaje me permitiera entablar una relación más cálida y cercana con su temple retraído de frigio y su espíritu sumiso de cautivo.
Pernoctamos junto a un torrente para que en él bebieran los caballos y pudieran comer hierba fresca y reciente. Por la mañana, cuando apenas asomaba el primer blanco del amanecer, reanudamos nuestra ruta siguiendo la senda que, como una correa tortuosa y quebrada, conducía a Tebas. Los campos estaban cuajados de flores y las hierbas exhibían una multiplicidad de verdes sorprendente. Cinché a Mirkos y le puse el bocado y le entregué sus bridas a Pistias para que las atara a su montura. Yo me dispuse para hacer mi ejercicio. Ordené al esclavo que fuera al trote delante de mí y comencé a correr descalzo y desnudo, portando únicamente mis armas de guerra como era preceptivo en la competición. Correr de este modo me produjo unas sensaciones muy distintas a las últimamente experimentadas. Habitualmente, en el Estadio, la ruta era uniforme, el suelo apisonado y el trayecto medido y calculado. De ese modo, uno podía hacer cálculos y dosificar sus fuerzas, precisar el desgaste, saber cuándo y cómo debían tensarse los músculos y tomar o expulsar el aire del respiro. Aquí todo era de nuevo una incógnita. El sendero cursaba y se escondía entre ramajes y árboles, descendía a trechos o reptaba por la ladera arriba. Había tramos de tierra o de arena, de guijarros o hierbas. A cada momento surgía una nueva sorpresa, el aliento se me entrecortaba, el ritmo se me rompía y el pulso quebraba el cauteloso control de mi cabeza. En verdad, aquí no valían del mismo modo las enseñanzas depuradas de Alexias. Tampoco tenía ahora como ayuda las manos y los bálsamos de Timasión para disponer mis músculos y dotarlos de elasticidad. La carrera se convertía así en agreste y sin reglas. Había que correr y soportar. Seguir y seguir sin concederle atención ni al cansancio ni a la mente que reclamaba, obsesiva, reglas y principios, buscando entre tales excusas razones para sucumbir o debilitarse. No obstante, desde el primer momento, desenmascaré la posible debilidad de mi espíritu y me impuse la máxima disciplina que pude. Me dije a mí mismo que debía correr sin concesiones ni desfallecimientos, sin tiempo y sin descansos; tanto como mi cuerpo resistiera hasta la completa y total extenuación. Terco en mi celo, me encerré en mí mismo y corrí no teniendo ni ojos ni sentidos para con la severidad que el suelo infería a mis plantas. Únicamente el trotar de Mirkos y Butión señalaban, como un tambor profundo, el camino que, ciegos, perseguían mis pasos. Cuando caí casi exánime, Pistias frenó de golpe a los caballos. A lo lejos, sentí un relincho quebrado y, un instante después, el regalo de la sombra enorme de los animales que, junto a mí, pateaban inquietos en mi entorno. Vi al contraluz, cegado por el sudor, descender la figura solicita de Pistias. Agradecí el fresco alivio de un poco de agua con la que él mojó mi frente y empapó mis pulsos y mi boca, sirviéndose de un trozo de lienzo retorcido. Y cuando pude incorporarme, pedí a mi esclavo que me ayudara a montar de nuevo sobre Mirkos. Todos los días repetí el mismo ejercicio y creo que su rudeza curtió un poco más mi potencia y mi empuje.
Al anochecer del tercer día, divisamos la nobleza de Tebas. Su ciudadela trazaba su esbeltez sobre las nubes y el celaje rojizo de la tarde cansada. Nos alojamos en el albergue y dormimos hasta mediada la mañana siguiente. Al medio día fuimos hasta su ágora y preguntamos a unos comerciantes por la casa de Gripo, el melero, pues que así se llamaba el padre de Estelis, el muchacho músico de Simias. Nos encaminaron hacia uno de los arrabales más alejado de la ciudad, pero no nos resultó difícil localizarlo.
La casa del comerciante en miel era modesta. En el patio se acumulaban multitud de colmenas vacías construidas con las pieles gruesas de los alcornoques, sujetas y trabadas con cuñas y clavos de madera. Un olor dulce y pegajoso invadía el espacio en el que las moscas negreaban con sucia y molesta profusión. Varias tinas de metal y ánforas yacían a la sombra, y unos muchachos se afanaban limpiándolas con un agua que parecía fresca. La sacaban de un pozo mediante una noria dotada de vasos de cerámica, que habían sido atados al gran tambor utilizando juncias. Sin mediar otra palabra, me dirigí a la pila y me mojé la cara. Luego pregunté a los muchachos por Gripo, y ellos repitieron su nombre en voz alta. El hombre vino hasta nosotros pensando, sin duda, que debíamos ser comerciantes que nos interesábamos por sus mercaderías. Le tributé el parabién que le enviaba Estelis y le referí que estaba bien de salud y animoso de espíritu, ofreciendo su arte al servicio de mi hermana Caris, quien era su señora. El hombre me invitó a sentarme bajo el enramado que una parra trenzaba en un extremo del patio polvoriento. Las hojas eran nuevas y lucían un verde brillante y luminoso. Costaba creer que de aquellos troncos secos y fibrosos pudiera brotar tanta molicie. Cuando le pregunté por Lámaco, no supo responderme. Tuve que darle más explicaciones para que pudiera identificarlo. Fue decisivo referirle que su hijo Licino había sido atleta en Olimpia. Entonces miró hacia lo alto, enarcó las cejas y asintió con pequeños y continuos movimientos de cabeza. Con voz nostálgica me dio explicaciones de dónde podía encontrar a Lámaco. Nos despedimos de él y nos fuimos con su deseo de felicidad y el gusto en nuestros labios de la aguamiel deliciosa con la que nos había obsequiado.
El anciano Lámaco era un hombre curvado y sin mirada. Sus ojos, secos ya del fluir que mueve la visión, permanecían continuamente fijos en un punto, no sabría yo decir si interior y perdido allá en lo infinito. Nos recibió sin que nuestra presencia le inquietara lo más mínimo. Y cuando pronuncié el nombre de su hijo, sentí como si algo le horadara por dentro profundizando un trecho más y haciendo nuevamente sangrar alguna vieja herida. Entonces descendió la vista hasta sus manos, que estaban aferradas entre sí como el nudo con que se abraza a sí misma una raíz. “Extranjero, si buscas al que fuera mi hijo, no lo hagas aquí. El dios lo mató para mi corazón va ya para tres Olimpiadas. A nuestra patria jamás regresan los atletas que no calzan la corona del triunfo en los agones”. Me habló con una voz que quería ser firme, apuntalar una creencia ancestral heredada y respetar los designios del dios. Pero, bajo sus palabras, algo subterráneo traicionaba su verbo y rompía su alma.
Supe entonces que Licino jamás había vuelto a su ciudad de Tebas. La vergüenza lo había arrancado de los suyos convirtiéndolo en un mercenario errabundo y apátrida. Noticias les habían llegado a la familia de su participación en la guerra como integrante de las tropas de Macedonia, aliada de Esparta. Lámaco, incansable, había interrogado a cuantos viajeros y comerciantes podían aportarle noticias de su perdido hijo. Y, lentamente, había ido envejeciendo al tiempo que el silencio iba secando también sus esperanzas de saber algo más que las vagas noticias de sus cambiantes paraderos de nómada.
Salí de casa del anciano con la congoja aprisionándome el cuello como el collar que ensarta a los esclavos en los barcos, para que éstos no tengan la posibilidad de huir a nado cuando las bocinas aúllan con sus voces de guerra. Un sinfín de dudas debilitaba de nuevo mis creencias. Y ante mí giraban y giraban, sin encontrar su sitio, aquellos conceptos y principios que el consumido Lámaco había hecho tambalearse en mi interior, simplemente, mostrándome el rictus amargo de su pena. ¿Realmente la derrota ante el dios podía ser temida mucho más que una muerte? ¿El celo de la divinidad era tan inmisericorde, que su insatisfacción debía seccionar sin remedio la vida de un hombre para siempre? También los juegos Olímpicos escondían en su entraña el germen maldito de la crueldad ciega y sin límites del hombre. Todas las actividades humanas debían, pues, estar manchadas con la sangre de la brutal contienda. ¿Es que la gloria o la muerte eran los dos únicos caminos del existir humano? Me sentí solo; más solo que nunca me había sentido antes. Como un niño, pedí que las fuerzas ocultas de la mente trajeran hasta mi desvalimiento el juicio preciso de Amasis, la reflexión de Sócrates o el afectuoso y profundo conocimiento humano del eminente Sófocles. Tanto tiempo creyendo en la excelencia de la contienda olímpica como única razón para mi vida y, de pronto, se me mostraba toda su rígida y despiadada crueldad. Juro por Zeus, señor de los agones, que aquella noche escupí la bilis más amarga que nunca haya podido contener mi cuerpo y que mi desolación, durante los días que siguieron, fue tan inmensa como el confín líquido y tenebroso sobre el que rige el fiero Posidón.
Llegué a Delfos quebrado en mis creencias y como un perro miserable que buscara, al amparo de Apolo, descansar para siempre. El camino resultaba cada vez más duro, y la desesperanza iba clavando su garra hasta en mi soporte físico. Pero al volver un recodo, quedamos Pistias y yo paralizados. La enorme ladera en la que está el templo nos recibió refulgente como una lumbrera inmensa y ostentosa. La luz de la mañana prendía ya sobre el bosque de estatuas, frisos, columnas, pebeteros o trípodes haciéndolo de oro y contrastando con el blanco impoluto de los fustes, que por todos los sitios sostenían stoas, construcciones y templos. De tal modo estaba aquel monte repleto de maravillas y fascinación, que puedo asegurar que todos mis sentidos se paralizaron y todo mi ser se entregó sumiso desde aquel momento en las manos de Apolo. Nada de lo que allí, a lo lejos, bullía, parecía poder apoyar mi actitud de desánimo. Aquél era un lugar en el que la creencia impregnaba el aire aun desde la distancia; un lugar en el que ni un solo resquicio de duda o de inseguridad podía subsistir. La alta ladera al pie del gran monte Parnaso era como un emporio de tesoros escalando los cielos. Y, en medio de todos ellos, el templo del dios se alzaba como el edificio más regio y rotundo que pueda imaginarse. Ya solamente su contemplación, allá en lo alto, imponía toda una proclamación de majestad, dominio y gloria sin reservas.
Gozamos extasiados la complejidad y grandeza del conjunto, pues que nos sentamos, absortos, al pie de uno de los muchos olivos que abrigaban como mantos verdecidos de plata, a uno y otro lado, el camino de acceso. Desde allí podía contemplarse la imponente magnitud del célebre santuario de Delfos, cuya fama trascendía a distancias y a tiempos. Más próxima a nosotros, se alzaba otra serie de construcciones que pronto supimos que era cuanto circunda al templo hermoso de Atenea Pronaia; la perenne guardiana. Tras el breve descanso, descendimos un poco y entramos en su ámbito. Era un bello conjunto dedicado a la diosa. El santuario se había levantado en una pendiente abrupta transformada en terraza. Allí, la enorme garganta por la que corre el río Plisto, ha horadado tan brusca y profundamente el terreno, dejando del otro lado las enormes montañas, que hace parecer que, de éste, todo el recinto de Marmariá se encuentra suspendido en el aire. Dejamos nuestros caballos fuera del muro que circunda la zona santa y entramos a pie con la lentitud que impone el respeto y asombro. Indescriptible resulta referir la sensación de armonía e impoluta belleza que imprime el thólos. Extraña es la esbeltez de esta disposición circular de columnas que honran de modo tan singular a la diosa. Un poco más allá, el gran templo es de mesurada elegancia. El mármol de Paros encuentra allí, con la aparente imperfección de su tacto, el destino y la aplicación más adecuada, pues aporta a la sobria arquitectura un punto de consonancia áspera. Buscamos luego la casa de los sacerdotes, ya que debíamos entregar una misiva que Eurípides nos había encomendado. Hicimos llegar la carta a Tínaros. Y, tras su recepción y lectura, ya no permitió que nos faltara nada de cuanto, como viajeros, podíamos esperar en tierras extranjeras. Nos fue facilitado alojamiento de inmediato. Y tanto el gimnasio como la palestra y el corredor vestibular, al que ellos denominan paradromis, fueron puestos a mi disposición, para que, de ese modo, no desatendiera mis entrenamientos. Sus atletas ya se habían trasladado a Olimpia y todo se encontraba vacío. Tras un descanso en mi cuarto, visité las termas. Mi cuerpo y mi espíritu necesitaban del calor de las aguas para reconciliarse y encontrar el sosiego. Por la noche fui reclamado por el anciano Tínaros, ya que su amistad con Eurípides y su afecto hacia él, solicitaban de mí cuantas noticias e información pudiera facilitarle.
La velada con Tínaros fue breve pero intensa. La rigurosidad de su estado le imponía ciertas mesuras. Y, a la vez, el respeto para con mi cansancio, tras toda la jornada de marcha, nos aconsejaba retirarnos temprano. Por mi parte, respondí a todas sus preguntas sobre su amigo Eurípides y le informé, a mi vez, acerca del grado de postración y aislamiento que había adoptado en la actualidad el escritor, zaherido permanentemente por Aristófanes y poco reconocido por el pueblo. En voz alta, hizo sobre el autor algunas reflexiones que me parecieron llenas de un preclaro realismo y dotadas de un conocimiento preciso y profundo de sus obras. Tínaros era un anciano culto y tolerante, a la vez que un fiel defensor de su amigo. Tras nuestra conversación, me confió que estaba informado de mi propósito de consultar al Oráculo y de la premura que imponía a mi viaje el hecho de tener que embarcar cuanto antes en el golfo de Itea para reunirme, inmediatamente, con mi delegación en Elis. Seguramente, Eurípides, le había informado a través de su carta. El sacerdote me tranquilizó al respecto, pues que ejercería en mi favor el privilegio de promanteia, por el que se permitiría hacer mi consulta sin esperar el turno que la suerte hubiera tenido a capricho asignarme. Agradecí, confuso y retraído, esta consideración que en modo alguno merecía y así se lo hice saber. Su respuesta fue firme y muy concisa: “Quien va a honrar a Zeus en Olimpia merece la atención preferente de Apolo en Delfos”. Luego tomamos juntos leche caliente con especias y un guiso de pescado y despedimos el día en la seguridad de que la próxima jornada estaría cargada de asombro y tensas emociones.
Cuando salí de la casa de los sacerdotes para regresar hasta mi alojamiento, Pistias me estaba esperando. A él se le había acomodado en una stoa dedicada a acoger a los peregrinos, situada cerca de donde estaban atados los caballos. La noche era hermosa y despejada y, la temperatura, cálida. Un olor suave a salitre subía desde Cirra y recordaba que un poco más allá el mar se abría como una lengua inmensa. El baño en las termas y la amable conversación con Tínaros habían sosegado mi espíritu y mi cuerpo, que ahora parecían hacerme flotar aliviado de peso y firme en mis ideas. Decidí pasear en soledad por el pórtico que está en la parte superior del gimnasio. Algo dentro de mí solicitaba un rato de encuentro con sí mismo. Bajo la claridad de Selene, que se alzaba enorme y redonda como un tambor de oro, la infinita hilera de columnas se vestía de un misterioso y apacible encanto, tocada por una leve pátina naranja. Allí era donde corrían los atletas en los días rigurosos de invierno. Ahora, una acogedora desolación lo invadía todo, levitando entre el trenzado de luces y de sombras que las columnas alineaban con su inquebrantable y fiel rigurosidad arquitectónica. Silencioso, me senté en un extremo. Al pie de aquel primer fuste, mi cuerpo encogido me hacía sentirme mínimo y perdido. Desde mí partían alineados los pilares como hitos de una carrera infinita y sin meta visible, pues que su final se hundía impreciso entre la sombra. Aquél era el momento. Ya sabía cuánta gloria se escondía tras aquellas pilastras. También sabía cuánta crueldad escupiría la carrera sobre todos los participantes salvando sólo a uno. Ahora todo estaba totalmente mostrado; nada podría sorprenderme ni engañarme más tarde. Me acordé de Amasis y de cuando me anunciara la soledad infinita que supondría decidir esto por mí mismo. También ella estaba ahora allí presente. Tal vez aquella fuera la clave de la vida: correr y correr en soledad. Correr sabiendo que el desprecio y la indignidad son para quien se detiene y que sólo se hacen gratos a los dioses quienes, ciegos y sordos, se aíslan de cuanto les circunda y vuelan hacia la meta incierta de aquel sueño que alienta y da sentido a su existencia. No sé cómo me quedé dormido. Únicamente sé que desperté cuando Helio tocó mis ojos con su primera brasa. El pórtico estaba inundado de luz tierna y rosada. Efectivamente, tenía una longitud superior a la medida que denominamos un estadio délfico. Me alcé estirándome y, mentalmente, medí mi cuerpo con uno de aquellos fustes callados e impasibles. Ciertamente, yo podía ser uno de ellos. Un hombre, cualquier hombre, podía ser únicamente una piedra tallada hermosamente; sólo eso. No, ése no sería mi destino. Enseguida vi a Pistias que venía a buscarme, pues mi cita con el sacerdote se había acordado para la hora en que brotaran las primeras luces.
Era el quinto día del mes. Como es sabido, el Oráculo sólo se manifiesta aquel día que ocupa el séptimo lugar, excepto cuando vienen los fríos invernales en que su boca profética permanece sellada. Dos jornadas, pues, me separaban del inefable pronóstico. Después de efectuar mi aseo en la fuente de las once bocas, fui al encuentro de Tínaros, quien, desde su amabilidad, se había ofrecido a ser mi anfitrión en la visita al recinto sagrado en el que mora Apolo. Cuando me acercaba a la casa de los sacerdotes, vi su figura granate apoyada en un enorme báculo. El sacerdote estaba ya ornamentado con pulcritud sin tacha. Y, en su frente, la cinta blanca de la Diosa, marcaba el lugar por donde deben brotar los altos pensamientos.
Tras mi salutación, iniciamos la ruta lentamente. Un corto trecho separaba el santuario de Atenea Pronaia del magno recinto dedicado al gran Apolo Pitio. En aquel lugar -me contó-, en los tiempos remotos, el dios había matado a Pitón; el monstruo femenino que custodiaba la fuente profética de Casótide. Luego se estableció allí. Construyó su morada con el laurel que hubo traído desde el valle purificador del Tempe.
Según nuestros pasos iban ascendiendo, el paisaje iba emergiendo en su grandiosidad. El monte, a nuestra derecha, iba exhibiendo paulatinamente sus tesoros. Era como una granada madura que nos entrega su fruto encendido de luces y repleto de jugos. A nuestra izquierda, el valle se dilataba cual si fuera una ancha garganta de frondas que desembocara en un océano de vegetación ilimitado. Muy a lo lejos, una bruma azulada hacía presagiar que allí las nubes y el mar llegaban a tocarse. El bastón de Tínaros iba marcando, a la vez, su costosa respiración y nuestro lento paso sobre el polvo. Su cuño parecía sellar una ruta sin posible retorno, pues que mi embeleso era incapaz de otra cosa que no fuera sumirme en la sorpresa y atraerme hacia aquel enjambre de fasto y maravilla. El anciano apoyaba su otro brazo en mi hombro y únicamente lo alzaba para indicarme con su incierto índice aquello que, supuestamente, excedía en belleza a cuanto estaba en su entorno. “Allí está el tesoro de Atenas. Allí el león de oro sobre la pirámide de ciento diecisiete escalones; todos ellos de plata. Allí la terraza del templo con sus dos cráteras traídas desde Egipto. Más allá, la estatua colosal que conmemora la batalla naval de Salamina. Y sobre aquello que refulge, el trípode áureo que recuerda a Platea”. Mis ojos no lograban distinguir lo excelso de lo bello. A medida que nos íbamos aproximando, un bosque de estatuas se nos iba mostrando como una auténtica legión de héroes que poblara la escena de un teatro soñado. Toda la historia de Grecia se daba cita allí transformada en cuanta maravilla y grandiosidad pudiera reunirse. Guerreros y gimnastas de bronce, caballos de mármol, toros y ninfas de marfil, carros de guerra y estatuas ecuestres. Pirámides de poros, columnas votivas, escudos y armas de batalla, esfinges aladas, trípodes magníficos, dioses, fuentes, escaleras y pórticos. Frisos esculpidos en los que se narraban sucesos grandiosos y cuyos colores parecían revivir la piedra muerta de los muros. Desde la entrada, a pesar de ser apenas el amanecer y estar aún sellado el acceso, el recinto parecía abarrotado de seres que fueran y vinieran sin descanso a las órdenes exigentes del dios.
Nos detuvimos en la fuente Castalia. Un canal tallado en la piedra trae hasta allí el agua que brotaba de la roca Hiampeia, haciéndola surtir por las bocas de cuatro cabezas de león esculpidas en mármol, cuyas fauces chorreaban rumores y frescura. Descendimos los ocho escalones. El lugar es angosto y pulcro como corresponde a un recinto de purificación. Nos sentamos en las banquetas y descalzamos nuestros pies para purificarnos. La policromía que decora las paredes, allá donde las placas de piedra no alcanzan, es de una delicada y concisa belleza, pues que ha de templar el espíritu del visitante ante lo que le espera. Luego, cuando estuvimos dispuestos, dejamos la cisterna y entramos con sosiego en el recinto santo del gran dios.
Cuanto aquel día vi, bulle en mi cabeza, ensartado, como un reptil recamado de raras pedrerías. Dejé mi ofrenda al dios en la stoa que se extiende a la entrada, donde miles de exvotos proclaman siempre el fervor de las gentes a la divinidad. Llevé un vaso excelente que me entregó Aison, como regalo, en cuanto supo que iría a consultar mi futuro al Oráculo. De inmediato, me impresionó el toro de Corcira que flanquea la entrada. En él, Teóporo, ha sabido plasmar fielmente la furia incontenible de la bestia. Luego vi las nueve estatuas de la ofrenda de los arcadios y las treinta y ocho que dejaron allí los espartanos. Los siete héroes epónimos de las tribus del Ática rivalizaban con dignidad dentro de aquel conjunto. Pero el caballo argivo y, sobre todo, el monumento de Los Siete contra Tebas, en el que Anfiarao va sobre un carro que conduce Batón, me pareció que debe haberles valido a Hipatódoro y a Aristogitón, sus dos escultores artífices, el favor sin reservas de Apolo.
Pasamos, después, ante el semicírculo de los Epígonos y seguimos por la Vía Sacra hasta el monumento de los tarentinos, erigido tras su victoria sobre los mesapios, que representa mujeres cautivas y caballos. Los edificios que guardan los tesoros ofrendados a la deidad por las ciudades, se alinean a continuación. De Sicione es el primero. Luego viene la construcción sin igual que levantaron los sifnios con mármol pario, en la que dos bellas mujeres sostienen el entablamento y el frontón. Seguido está el de Tebas, alzado como agradecimiento tras su triunfo ante los leuctros. Y tras los tesoros de Mégara, de los clazomenios y de los cnidios, está el de Atenas. Orgullo y emoción sentí ante cuanto mi patria ha sabido ofrendar a Apolo con magna generosidad y gusto portentoso. Escenas de la Amazonomaquia, de Teseo, de Heracles y del rapto de las vacas de Gerión adornan sus treinta metopas. Los frontones están dedicados al hijo de Egeo y a Pirítoo. Y las dos columnas que ornamentan la portada son gráciles y esbeltas. Armas suntuosas, estatuas, tajamares de bronce y riquezas arrebatadas a los persas por mis antepasados, se exhiben en el exterior, dispuestas ordenadamente en aquel costado que ciñe el camino de acceso hacia el gran templo, que allí tuerce su ruta en una nueva rampa. El lugar es realmente estratégico, pues el cansancio del ascenso obliga al visitante a detenerse, y tal contemplación magnífica hace olvidar de inmediato el rigor que tuvo, hasta allí, la subida.
Llegamos después a la fuente que guardaba Pitón, reptil al que dio muerte Apolo. Temis y Posidón también son adoradas allí, en el antro donde se sentara la primera sibila, aquélla que vino desde Troya, asumiendo por vez primera el título de “Pitia adivina”. Me mostró Tínaros la roca de Leto y, próxima a ella, y cerca de los exvotos de los beocios, la explanada que denominan Era. En ese espacio -me explicó-, cada ocho años, la familia de los Labíadas sube a un niño por la escalera llamada Dolonea y escenifican, quemando con el fuego de todas sus antorchas el nido del dragón; lo mismo que Apolo hiciera cuando destruyó al maligno. Descansamos después junto al pórtico de Atenas. Mi pueblo lo levantó, hace ya mucho tiempo, adosándolo al muro que contiene la terraza del templo. Desde allí, el paisaje es sobrecogedor. Y sentados en su stoa, junto a cuantos trofeos nuestros guerreros fueron capaces de arrebatar a los enemigos, y amparados bajo las siete columnas monolíticas de mármol que fueron acarreadas hasta el lugar por mis predecesores, sentí dentro de mí la grandeza del pueblo al que, honrosamente, pertenezco.
Largo rato permanecí con Tínaros en el pórtico de Atenas. Hablamos sosegadamente del dios y del misterio que envuelve a los pronósticos. Le confié el secreto de Agios, pues que su piadoso proceder me invitaba a ello. Sé que sus palabras y sus reflexiones trataban de instruirme en lo que para mí supondría el día en que yo hiciera mi consulta. Eurípides había intercedido ante él en mi favor y el viejo sacerdote me ofrecía todo su bondadoso saber y su experiencia. Cuando lo dispusimos, pasamos ante el templo y subimos hasta el teatro que se encuentra situado más alto que éste y a su espalda. Se estaba reemplazando su cávea de madera por una nueva de piedra blanca del Parnaso. Al instante, pensé en Kebe y cuanto él me había contado de su actuación en Delfos. Ascendí veloz hasta la parte más alta e imaginé a mi amigo interpretando a un dios. El orbe entero debería contemplar tal representación, pues que aquél era, en verdad, el ónfalo del mundo.
Dedique el siguiente día a mi ejercicio y a la meditación. A la mañana siguiente consulté al Oráculo. Me levanté antes de amanecer y fui a purificarme a la fuente Castalia. Una lámpara humeaba a su entrada vertiendo en su interior una luz amarilla y cautelosa. Hice mi ablución y preparé mi cuerpo para que el dios lo encontrara hermoso y deseable. Me apliqué un bálsamo de áloe y coroné mi frente con una diadema de jazmín y narcisos y me vestí con una túnica blanca con el festón azulado y de plata. Mi hombro izquierdo, curtido por el sol, emergía desnudo entre la blancura, como corresponde a alguien de mi rango y posición. Me senté en la entrada y esperé, paciente, sumido entre mis recuerdos y mis pensamientos. Después llegaron más viajeros que se disponían también a emitir sus preguntas.
Cuando comenzó a amanecer vi bajar por la Vía Sagrada la procesión de sacerdotes y sacerdotisas que traía a la Pitia para su lavatorio. También ella debía presentarse sin mácula ante el dios. Dos cordones de antorchas amparaban su ruta. Entre las dos luces del amanecer, la vi descender descalza y pálida, como un ser que le hubiera sido arrancado a una tumba. Venía toda ella envuelta en una túnica teñida con el color que tienen las hojas tiernas del olivo. Parecía que su paso fuera incierto e inseguro y su mirar vacuo y extraviado. Cuando el cortejo llegó a la Castalia, se dispuso en semicírculo en torno a la entrada y la mujer se hundió sin pérdida de tiempo en la boca gris de la cisterna.
Cuando surgió de nuevo ante nosotros estaba ya ornamentada. Vestía rigurosamente de blanco, y su cuerpo había sido empolvado con molienda de granos de cebada. Llevaba una hoja de laurel aprisionada entre los labios y, en las palmas de sus manos y sobre su frente, el agua de Casótide brillaba como un sudor purísimo, semejando al rocío. La comitiva ascendió sin demora. Primero el sacerdote que daba nombre al año, después los principales y, tras ellos, las vírgenes. La Pitia iba rodeada por otros ocho de ellos que portaban antorchas para que su pureza no pudiera empañarse. Cuando llegamos a la puerta del templo, la Sibila entró y la enorme hoja fue sellada con un golpe rotundo. Trajeron después al gran macho cabrío, cuyos temblores y estremecimientos debían portar el pláceme de Apolo. Ante el ara, el matarife santo presentó la escudilla de oro y el cuchillo sagrado que elevó, cual si mostrara ya una ofrenda preciosa y admirable. Brilló el filo como un hilo de plata y espejeó el mango recamado de cornalinas, jaspes y zafiros. El altar alentaba con un arder de paja limpia, perfumada y crujiente. Con un corte seco, rebanó el sangrador el cuello de la víctima y sus humores rojos fluyeron sobre la jofaina dorada y reluciente. Quedó en el suelo tronchado el animal, al tiempo que nuestra respiración se contenía, pues que era el momento en el que el dios debía decidir si hablaría o callaría durante la jornada. Los sacerdotes trajeron las siete hidrias con el agua helada de la sagrada fuente y la vertieron a la vez sobre todo el cuerpo, exánime, de la inmolada bestia. Un temblor convulso e inquietante agitó al despojo en todas sus extremidades hasta dar la impresión de que de nuevo iba a incorporarse. El clamor aliviado de los sacerdotes fue unánime. Zeus prestaría su voz a los Oráculos; la Pitia podía ser introducida en el antro; hablaría.
Formulé mi pregunta en el tercer lugar. Un sacerdote gritó bajo el frontón mi nombre y yo avancé hacia él bañado en temor absoluto. Le entregué el pélanos como estipendio y observé cómo Pistias conducía hasta allí los animales que habíamos adquirido para el sacrificio propiciatorio y el banquete sagrado. Tras ello, entré en el templo y sentí cómo la enorme puerta cerraba el recinto a mis espaldas. Avancé temeroso hasta el lugar que se me indicaba. Un rayo de luz caía vertical desde el cielo a través de las tejas finísimas de mármol. La Sibila estaba metida en su antro, alzada sobre el trípode de oro, ocupando el trono magnífico del dios. De la grieta del suelo brotaba el respirar profundo de la tierra. Era un humo denso y sofocante que iba ascendiendo en enormes volutas henchidas y envolventes. Cerca de allí, el ónfalo marcaba el centro del planeta; el ombligo del mundo. Allí estaba señalada la tumba santa de Dioniso. Presidiéndolo todo, la estatua áurea de Apolo se alzaba serena e impávida, cual corresponde a un dios cuya palabra ha de ser infalible.
Me senté ante su presencia. Y, cuando fui invitado a ello, formulé mi pregunta con voz alta y clara, como si de repente el dios me hubiera aportado una fuerza que yo no poseía.
Gritó la Pitia cual si un ascua de lumbre la hubiera quemado entre los pechos. Farfulló palabras apresuradamente, atropellando el lenguaje como si vomitara. Gritó y susurró, ensartó colores y aportilló con enfático ardor términos arcanos e inconexos, que el escriba se esforzaba en grabar sobre un lienzo recubierto de cera. Sentí cómo, entre la sombra de su habitáculo, ahogada por el vaho, la vieja estiraba sus brazos y encogía su cuerpo, convulsa y agitada, mientras seguía, hambrienta, masticando laurel. Un chillido quebrado como el cuerpo de un rayo terminó su sentencia. Y, tras de ello, yo regresé a la luz, aturdido y cansado, cual si hubiera participado en la más larga carrera que pueda disputarse. Un sacerdote me condujo asido por entre las columnas. Y, ya en el exterior, me dio asiento del lado que miraba hacia el día y los montes. Esperé mi turno sin atreverme a leer las palabras que el escriba había anotado en mi lienzo y dejé que el sopor nublara mis sentidos.
Mi Oráculo rezó así: “Al grito azul se entregará la voluntad partida y el disco fulgirá por sobre el orbe. Luego, el rayo de plata vomitará de púrpura, las tinieblas traerán el rumor de la Éstige y el silencio dorará con su miel los ácidos recuerdos”. Escuché la sentencia y la guardé en mi alma. Y al día siguiente, di tres óbolos a mi esclavo Pistias para que un cantero grabara su nombre en el faldón del muro septentrional del templo. Su acta de manumisión está allí tallada para dar testimonio ante los siglos de que Pistias, el hijo de Grimos, de la tierra de Frigia, es desde aquel día un hombre enteramente libre. Un brillo acuoso en sus ojos y un beso entre mis manos selló nuestro pasado. Al día siguiente éramos dos amigos que íbamos en ruta hacia Olimpia. No fuimos a Naupacto. Nos separamos de Tínaros manifestándole eterna gratitud y embarcamos con las caballerías en el puerto de Cirra. Fue ello, un día del mes de targelion. Mi Oráculo estaba ya trazado. ¡Salve por siempre a Apolo y a su sabiduría!

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