3.11.13

CAPITULO DECIMO






El costoso paso de nuestra saliva ante el primer cuerpo que se nos desnuda. La sorprendente oquedad al pronunciar su nombre. El olor indescifrable de la carne que se ansía. El sabor siempre diferente de las bocas. Ese centímetro de piel. En fin; el ardiente temblor a través del que claman, a veces, los sentidos.

X

EL SUDOR Y EL GRAN CIELO
Supe lo que era la auténtica soledad el día en que murió Talía. A partir de entonces, la casa de Agios me pareció un lugar del que debía huir sin aclarar por qué. Y únicamente la presencia de Caris me seguía vinculando a aquel sitio, en el que parecía que un hortelano, airado e indolente, había arrancado todas mis antiguas raíces. El Gimnasio era mi nuevo hogar; Alexias mi nueva familia; Kebe, Telis, Cleofonte, Alcibíades y Antioco mis únicos amigos. Me refugié en el esfuerzo con la misma avidez desesperada que un náufrago se aferra a todo cuanto flota. Y sólo en la intensa individualidad de la carrera me sentía a mí mismo armónico y sereno. Esperaba cada día, obsesionado, el momento en el que el gimnasiarca daba la orden de partida y me hundía en mi sudor y en mi ahogo, cual si penetrara en realidad dentro de un mórbido paraje. Mi lejanía a Agios era ya una sima imposible de ser atravesada. Sentía todo aquello desde el impotente clamor de la incomprensión. Mi padre me despreciaba desde siempre, pero a la vez, ahora, parecía temerme. Las ráfagas de orgullo que le había notado sentir, a través de mi vida, eran tan sólo eso; fugaces alentares de Céfiro. Detrás de todo, estaba algo enquistado y oscuro que él parecía tener perennemente delante de los ojos, cuando yo permanecía cerca.
En poco tiempo, fui considerado el indiscutible muchacho corredor de Atenas. Mi cuerpo parecía estar hecho para la carrera. Era como si mis músculos se dejaran moldear por los vientos, que los iban puliendo y perfilando a su modo y antojo. Mi agotamiento llegaba a conducirme, a veces, casi hasta la extenuación y, sin embargo, mis piernas parecían seguir, autónomas, portándome veloces. Es difícil siempre dar cuenta de los sufrimientos, sobre todo cuando ha pasado el tiempo y todo está lejano. Tal vez sea que siempre el dolor presente se dota de una máscara de confusión, para defenderse e inferirnos su garra con mayor crueldad. Tal vez sea que somos nosotros quienes nos apresuramos a borrar el rumor del dolor que ya nos es antiguo, para dejar de penar su rastro y su recuerdo. De cualquier modo, no puedo, pues, dar testimonio de aquellos días más que a través de estos aturdidos y borrosos pasajes.
Testimonio y declaro que descubrí el dolor. Descubrí esa mezcla apasionante de la furia y la rabia que tatúa y ahoga, que impulsa y latiga; que espolea y que lanza. Sentí desde entonces el extremo aislamiento de la gran carrera, cuando se produce el silencio absoluto en nuestro entorno y el mundo no es más que un punto luminoso que guía nuestra marcha como si una fuerza caótica y arcaica tirara de nosotros; cuando nuestro cuerpo entero no es más que un latir redondo que nos lo llena todo. Y era, precisamente en ese dédalo, en el que mi espíritu necesitaba hundirse cada día. Como un hombre privado de razón, al que los dioses envuelven en el velo denso de la gran locura y hacen girar sobre sí para añadirle más y más extravío, buscaba la intimidad del sufrimiento máximo. Era como si, ante toda la profusión de dones que Tique, diosa de la fortuna, ponía entre mis manos nuevas y avariciosas, yo tuviera la imperiosa necesidad de destruirme. La vida, que se iba desnudando ante mí, me aterraba y me seducía, me hacía guiños de lascivia con la mejilla en que espejeaba la faz preciosa de Afrodita y, acto seguido, me enseñaba el pómulo en el que se dibuja la fealdad inquietante de Calibos.
Mi mundo iba desde la Palestra al Gimnasio, desde la Escuela del Pórtico a la Guarnición de Muniquia. Cada día recorría dos veces los cuarenta estadios que separan a ésta de Atenas y lo hacía corriendo, con las sandalias colgadas de mi cuello. Fue en ese trayecto en el que conocí a Antístenes, quien se desplazaba a diario hasta el Ágora para escuchar a Sócrates. Antístenes vivía en El Pireo. Era un hombre ampuloso que había aprendido primero del sofista Gorgias y que ahora estaba admirado por la forma de actuar y el sutil conocimiento del desmañado Sócrates. Él me presentó a Cármides, el hombre más hermoso que jamás yo haya conocido; hermano de la que luego sería la madre de este hombre especial al que llaman “Platón”, cuya sabiduría tiene impresionado al orbe conocido. A Cármides ya lo había observado yo en el Gimnasio, pues que su aristocrática y elegante belleza hacía resplandecer su cuerpo entre todos los de cuantos allí íbamos a ejercitarnos. Incluso, era conocido que se trataba de uno de los modelos habituales y preferidos del maestro Fidias, por lo que frecuentaba su taller con mucha asiduidad.
Antístenes solía contemplarme con marcado descaro. Cada día, cuando me veía venir, detenía su paso y me observaba atenta y meticulosamente. Yo pasaba veloz, sin detenerme. Le daba mi saludo y seguía mi marcha, sintiendo sobre mi espalda su atención deleitosa. Yo estaba ya acostumbrado a tal admiración, pues que mi modo de efectuar la carrera ya se afirmaba que era digno de minucioso examen; lo que me llenaba de rubor, pero a la vez de vanidad sin límites. Un día vino hasta el Gimnasio en compañía de Sócrates. Junto a ellos estaban también Simias el tebano, aquél a quien Agios había dado en promesa de matrimonio a Caris, el amable Critón y el feroz Critias. Vinieron, pues que su conversación versaba ese día sobre la templanza y el cuerpo y querían hacer allí algunas de sus comprobaciones. Les vi mirar nuestro adiestramiento y cómo esperaron a que yo terminara para reclamarme. Fue la primera vez que puedo asegurar que escuché yo el razonar del hijo del escultor Sofronisco y de la hábil partera Fenárete. Tenía Sócrates un modo peculiar de conversar. Lo hacía humilde y lentamente, con un subterráneo matiz de ironía que no siempre sus amigos eran capaces de considerar. Hablaba con palabras sencillas. Preguntaba mucho y ofrecía la sensación de que fuera en realidad un ignorante que quisiera sinceramente desprenderse de su zafia incultura.
Cuando estuve en su círculo, Antístenes se dirigió a mí y ponderó mi cuerpo y el modo cómo me había visto en muchas ocasiones ejecutar mi marcha. Con su conocida vehemencia, les dijo a todos: “Sólo quien ha visto correr a Antandros, sabe lo que es la verdadera armonía y elasticidad que se esconde en un cuerpo”. Sócrates me pasó su brazo por mi hombro y me habló afable, a la vez que todo el grupo de amigos se ponía en marcha a nuestro alrededor. Recuerdo que sentí el peso de su brazo sobre mi espalda y su aliento templado cerca de mi oído. Su paso un tanto irregular y desmañado condicionaba el mío. Recuerdo que me hizo preguntas y yo le respondí sincera y sencillamente, pues que sus palabras no eran ni oscuras ni rebuscadas como las de Calicles o los otros sofistas. Recuerdo que indagó sobre todo cuanto yo sentía en medio del fuego del esfuerzo y por qué o para quién dedicaba mi ahínco. Y cuando me despedí de ellos, en mi cabeza se confundían dos sentimientos diferentes y extraños. De un lado, mi acidez para con quien sería un día el marido de Caris. De otro, el sobrecogedor encanto de la incógnita sabiduría que aquel hombre había dejado levitando en mi entorno.
En los días siguientes salimos para una pequeña expedición militar. Era necesario que, sobre el terreno, probáramos nuestras habilidades y aprendiéramos de qué modo debían ejecutarse algunas formas de vigilancia, rastreo y estrategia. Nuestra patrulla estaba a cargo de un muchacho poco mayor que nosotros, cuya destreza y conocimientos militares lo convertían en una gran promesa para la milicia de Atenas. Amasis era un joven sereno y reflexivo. Aun en su corta edad, que por entonces no rebasaba las siete Olimpiadas, su presencia exhalaba un halo de densa confianza. Será preciso que advierta -llegado a este punto- que mi juicio en todo lo relacionado con Amasis es probable que sea poco ecuánime; resulta difícil ser objetivo y preciso cuando el corazón está entre las estimaciones que deben formularse.
Salimos de la Guarnición cuando la noche estaba ya cuajada. Fechaban los primeros días del mes de pianepsion y era preciso llevar ropas para nuestro cobijo, por lo que la impedimenta era muy abultada y su transporte nos resultaba sumamente costoso. Telis estaba entusiasmado; la contienda lo iba ganando en su favor con tanta fuerza, que continuamente soñaba con las armas, en el deseo de llegar a ser un ínclito estratega. Unos días hablaba de que sería un hábil gaviero y recordaba el trirreme “Talía”, que ahora estaba fondeado junto a los demás de la nutrida armada. Otros días hacía cabalgar a sus quimeras sobre un ágil caballo y nombraba a Mirkos, que siempre le había fascinado y a quien él apodaba como “la furia negra”. Eran los días en que la esperanza de gloria nos lo invadía todo, alma y cerebro, y no podíamos concebir que tal destino no nos estuviera celosamente, agazapado, esperando.
Rodeamos el puerto, las radas y las dársenas. Era enaltecedor ver la gran flota en medio de la noche como un bosque de mástiles y gúmenas. Desde las tabernas se escapaba el rumor de la fiesta, que allí nunca termina, unido al tibio resplandor de las linternas, sobre todo en torno a la calle donde residen las mujeres que venden sus afectos. Tras la bahía de Cántaros, continuamos recortando la costa, adentrándonos en la hoz del Sarónico. La isla de Egina, a la luz desnuda de Selene, se presentía en medio de las aguas como una fantasmal pirámide, en la que el templo de Atenea Afea ocupara su cúspide. Me resultaba imposible mirar a aquella tierra sin recordar que allí había nacido la indeleble Talía. Y no sé por qué, metido en tales pensamientos, mientras marchaba en formación junto a mis compañeros, creo que saboreé la salada humedad de una lágrima antigua. Era la primera que lloraba la muerte de mi madre y lo hacía precisamente entonces, entre la oscuridad, cuando su imagen iba difuminándose en mi recuerdo; cuando yo comenzaba a sentirme un hombre de mi patria.
Caminamos durante toda la noche. Amasis exhalaba reciedumbre en todo cuanto hacía; tanto, que resultaba lejano y enigmático cuando ejercía el mando. A su seguridad, añadía el tono de su voz y el gesto de sus manos. Dirigía la patrulla como si en verdad estuviéramos participando en una misión realmente de guerra, y eso nos entusiasmaba a todos, ávidos por entrar en abierto combate. Era el tiempo en que la lucha era para nosotros como un vino negro que todos queríamos, impacientes, probar y del que todos teníamos a gala podernos sentir ebrios con la máxima urgencia. La guerra en nuestras torpes mentes era la prolongación de nuestros juegos y prácticas en la gran explanada. Pero a nuestro fuego de juventud se unían y lo atizaban los rumores que insistentemente invadían Atenas. Los intereses de Corinto pugnaban contra los de nuestro pueblo y hacían que el recelo y la envidia tensaran con mayor tirantez las relaciones entre los dos Estados. Tras todo ello, estaba la sombra fantasmal de Esparta, su orgullo, la defensa de su régimen oligárquico y sus instituciones, el deseo de expandir sus ideas, de dominar el mundo.
No me resultó penosa nuestra marcha. Sé que a mis compañeros les dolían ya los huesos y les hería la espalda cuando nos detuvimos. Amasis gritó el “¡alto!” casi al amanecer y un rumor de alivio recorrió nuestra formación como un suspiro de desahogo que se escapa. Cuando él nos lo permitió, la hilera comenzó a quebrarse buscando derribada el amparo del suelo. Apenas me senté, me pidió que me levantara y, junto a Telis, fuera a izar la tienda que iba a cobijar toda nuestra intendencia. Mi mirada se cruzó con la que portaba toda la incomprensión de mi amigo. Telis me lanzaba su inocente por qué, y yo no podía responderle. Amasis nos había dado la orden con un tono rotundo y destemplado, que parecía encerrar una afrenta o castigo. Obedecimos y, mientras hincábamos los mástiles y tensábamos las cuerdas, mascamos cuanta incertidumbre y extrañeza puedan imaginarse. Helio se fue alzando y, a pesar de habernos aliviado y quedado sólo con nuestra ropa corta, el sudor nos empapó enteros. Cuando tuvimos lista la gran tienda, ya el resto de nuestra patrulla tenía las normas para el día, la distribución de los trabajos, el santo y seña y los turnos de vela. Se nos informó y, nuevamente, la perplejidad me dejó sin razones.
Soporté las tareas con fortaleza estoica. Horadé las zanjas y cavé las excusas. Ayudé a apilar enormes piedras para los fogones y acarreé ramas y troncos para los cobijos. Era preciso traer agua desde un arroyo que bajaba del bosque y se entregaba al mar con sumisión callada y a mí también se me ordenó que ayudara en ello. Nada me pesaban los esfuerzos, pero algo así como una amarga desazón iba cayendo sobre mí como una losa inmensa. Amasis, sin duda, estaba resarciendo en mí alguna oculta deuda que yo desconocía. Y saboreé aturdido el ácido gusto de la incertidumbre y la ofensiva hiel de los desprecios. Una pregunta insistente me llenaba el cerebro y era tal su volumen que, ahora sí, mi cuerpo se encontraba molido y agotado. Cuando en la nueva noche se marcó el toque de silencio, se me comunicó que mi vigilia sería la segunda; aquélla, ciertamente, que tronchaba el sueño y rompía la noche del modo más avieso.
El tiempo que duró nuestra misión, fue para mí una de esas pruebas que el dios envía a los mortales para vigorizar su temple y fortaleza. Solicité de Amasis que me permitiera correr cada día sobre la arena que el mar lamía con su tesón sonoro de monstruo poderoso. Era el único rato en el que yo me encontraba libremente con mis pensamientos y en el que la amargura de aquel aparente desprecio de mi jefe circulaba dentro de mí como un fluido que me narcotizaba en medio de mi continua incógnita. Al amanecer, la arena gruesa y negra guardaba aún el frío y la humedad del mar apenas retirado. Corría yo por la costosa alfombra, hundiéndome y resbalándome, sintiendo el desamparo con el que la brisa cortante del Sarónico envolvía mi cuerpo retraído y desnudo. Solía alejarme de nuestra posición la distancia aproximada a unos diez estadios. Buscaba, clavando mi mirada en el oriente, la luz cálida de Helio, con cuyo encuentro sentía yo un punto de templanza y un algo de consuelo. Cuando el color rojizo tintaba el horizonte y el disco asomaba su filo, volvía a mí la grandeza olvidada del dios y la esperanza de que su presencia y amparo restablecerían, sin duda, de nuevo mi ventura. Amasis había accedido a mi solicitud, tras advertirme que no debía, bajo ningún concepto, abandonar el festón de la playa. Los enemigos podían estar cerca y sus actitudes entrañar ignorados peligros.
No obstante, la subsistencia en campaña me resultaba grata. Era la primera vez que yo me consideraba único responsable de mi vida y mis actos. Estaba descubriendo lo que era la camaradería. Allí, cada uno de nosotros podía ofertar de sí lo que tenía dentro y, convivir el día entero, probaba fortalezas, sentimientos e ideas. El momento más íntimo, era aquél que se vivía frente al fuego, al caer de la noche, cuando el centinela guardaba nuestra posición desde lo alto del escarpado risco. Entonces, la negrura del cielo y las sombras de las plantas que nos rodeaban nos imponían ese leve temor que nos hacía mostrarnos mucho más locuaces, más atrevidos en nuestros comentarios y más cercanos en nuestras confidencias. Amasis, sin embargo, seguía, aun en tales momentos, ostentando aquel distanciamiento que lo significaba.
El octavo día de nuestra misión había sido duro extremadamente. Desde el amanecer se habían establecido dos avanzadillas y, junto con Telis y Antioco, yo había integrado una de ellas. Con una provisión mínima de fruta seca y aceitunas, habíamos pasado todo el tiempo que el gran astro es visible a los ojos del hombre, recorriendo la costa camino de poniente. La tensión entre Atenas y Corinto era cada día mucho más alarmante y era sabido que por aquella región se repetían incursiones de patrullas, que venían a vigilar y saber de nuestras posiciones. Ya cuando anochecía, volvimos al enclave, exhaustos y sedientos. A la luz metálica que irradiaba Selene, se nos permitió zambullirnos en el mar y limpiar con su frescura el costroso peso del mal día pasado. Tras la última comida, que devoramos lo mismo que esclavos de las minas de oro del Pangeo, Amasis nos publicó el orden de las guardias para aquella noche. Una vez más, me correspondió aquélla que más podía quebrantar mi reposo. Respondí mi “enterado” con el amargor de quien siente, más que el rigor de un trabajo costoso, el hierro candente que esgrime la injusticia. Me despedí enseguida y procuré dormirme en el mínimo tiempo. Un instante después, se me avisaba que ya era mi turno. Me incorporé con la torpeza de quien está borracho. Tomé mi manta y mis armas y ascendí por aquel sendero cegado de maleza que llevaba hasta el promontorio desde el que se vigilaba nuestro asentamiento lo mismo que desde una alta torre encastrada en las nubes. La luz de nuestra hoguera era tan sólo un punto luminoso que brillaba allí abajo. En su entorno, los bultos de los cuerpos dormidos, apenas si eran perceptibles. El mar brillaba ante mí como un paño de plata que el viento ondulara con suavidad de seda. La bóveda era inmensa. El dibujo de las constelaciones se mostraba con claridad extrema, sobre todo si se había conocido a Anaxágoras y se habían escuchado alguna de sus explicaciones. No sé cómo ocurrió, mi relevo me zarandeó y yo me estremecí con el sobresalto de quien siente el terror y se pregunta al mismo tiempo todo. Al incorporarme, en la precipitación, una zarza me desgarró la pierna con un corte largo que dibujó su hilo sinuoso desde mi cadera hasta la rodilla. Sentí el calor que punzaba a lo largo del corte y no le di importancia. Por dentro, un dolor más intenso mordía mi alma y mi cerebro. Descendí angustiado hasta nuestro enclave. Junto al rescoldo de nuestra hoguera, dormitaban todos mis compañeros y yo pensé que tal vez pudieran estar muertos. Ahora el mar batía bronco con rugir de Titanes enfrentados. La lengua de sus aguas había avanzado e insistía muy próxima a nosotros. Me dejé hundir entre su grave oquedad y el brillo del último aliento que luchaba en las llamas. Acurrucado, dejé llegar el día y esperé, impaciente, el abatimiento y el desprecio que sobre mí traería el reproche de mis compañeros y el castigo merecido que me impondría Amasis. Los vi desperezarse uno a uno. Vi cómo regresaban desde el sueño a la vida, cada cual de un modo diferente. Y cómo su resurrección me iba acercando más y más mi sensación de muerte. Luego les vi lanzarse despojados de todo al encuentro del mar. Y saltar y gritar, cuando el agua helada rompía sobre ellos. Amasis vino desde el mar con la lentitud de quien ya se supiera insoslayable verdugo o ejecutor de una dura tarea. Lo contemplé pequeño, a lo lejos, y observé cómo su figura se iba engrandeciendo igual que mi amargura. Su piel bruna estaba aterida y el agua escurría por su vientre y sus piernas como aceite brillante. Se vistió ante mí. Su negro pelo y su barba rapada enmarcaban sus ojos, quietos e impenetrables. Aún era ajeno a lo que había sucedido, aunque yo podría jurar ante el gran Zeus que ya lo presentía. Cuando nos reunimos y se dio repaso a las novedades, noté que a Griso le temblaba la voz y que se disponía a no denunciarme. Corté su palabra y conté lo ocurrido con cuanta firmeza fui capaz de reunir en mi seca garganta. Un momento después, cuando bajó el último centinela que había cubierto el turno de la noche, pidió a Amasis que subiera hasta el puesto de guardia y viera cuanto en su entorno había sucedido.
Ascendimos la patrulla entera. Sólo Tideo se quedó para la custodia de nuestras provisiones. Los ojos alarmados de Cremón y el atropello de sus explicaciones habían dejado sumidos en la intriga a todos. Trepamos por la senda con cuanta rapidez nos permitieron nuestras piernas. Para mí, el gran cansancio y la zozobra de mi negligencia eran como una crucifixión en la que cada uno de mis pasos aporreara sobre las escarpias. Creo que sentí que sobre mí había caído la maldición de todo el Olimpo. No podía, si no, concebirse destino tan avieso. Cuando llegamos a coronar el risco, el gran lienzo del mar se extendía sereno, inmenso e insultante ante mi desventura. La planicie azulada era ajena a mi angustia y a mis calamidades. Y yo sentí que el universo entero me había abandonado.
Allí el espectáculo era brutal y ofensivo. A una distancia insignificante de nuestra postura, los enemigos habían dejado la marca injuriante de su bravuconería. Habían robado y degollado un cordero y lo habían colgado de la rama desnuda de un arbusto. Aún pendía de la mueca horrible de sus dientes el coágulo negro y gelatinoso de su baba de sangre. El animal mostraba los ojos aterrorizados de quien es despellejado cuando aún está vivo; pues el manto sucio de su piel caía a trechos, arrancado, dejando ver sus entretelas de un blancor azulado de nácar repugnante. Amasis me miró y, cargando en su voz cuanta ira puede contener la palabra, me grito: “Míralo bien, Antandros; ése es el mensaje de nuestros enemigos; eso harán, en cuanto puedan, con todos los hombres y mujeres de Atenas”. Y luego aseveró: “Mirarlo bien vosotros y aprenderlo por siempre”. Sentí que las palabras airadas de Amasis retumbaban por entre las zarzas y sobre las genistas y tomaban eco en el vacío que excavaba el torrente y luego se precipitaban por entre los canchales por los que el agua fluía precipitadamente al encuentro del mar. La culpa escupió de nuevo sobre mí. El celaje y el mar seguían, no obstante, inalterables. Cuando descendimos, mi angustia era tan penosa y profunda, que me hubiera inmolado si eso hubiera sido capaz de borrar mi pecado. Ya sobre la franja de playa, pedí permiso a Amasis para hacer a la patrulla una solicitud.
Tomé un pellejo con agua, mis armas y una pequeña manta y salí tras el rastro de quienes habían ofendido a mi patria usando mi descuido. No quiero dar noticias de las adversidades que sufrí en su persecución. Hacerlo sería ofender a los dioses, pues que la dureza de mis penalidades quedaría compensada con la misericordia que podría arrancar de quienes me escucharan. Sépase únicamente que caminé, trepé, corrí y repté; sentí el hambre y la sed de quien no se considera merecedor ni siquiera de alimentar su vida. Marché sin tregua a la zaga de los malévolos corintios que habían escarniado, en mí, a toda Atenas. Los rastreé durante dos jornadas. Y cuando, cerca ya de la frontera, los tuve ante mi vista, me guarecí lo mismo que hace una alimaña y, por la noche, ensarté en su grímpola el corazón reseco y putrefacto del cordero que ellos mismos habían degollado, cuya masa de hedor insoportable guardaba yo envuelta en una hoja de parra atada a mi tiranta. Luego me retiré, buscando el amparo de mi gente y el retorno a mi tierra. Y cuando de nuevo, en medio de la tercera noche, llegué a la playa en la que la hoguera velaba los cuerpos adormecidos de mis compañeros, me sentí el ciudadano más dichoso de cuantos el dios haya protegido. Exánime, me desnudé, cogí una brasa e hice la señal convenida para que el centinela desde arriba supiera mi llegada y corrí hacia el mar para hundir en sus aguas heladas el orgullo infinito de quien se siente nuevamente amado por los dioses.
Cuando regresamos a la ciudad, el acontecimiento perduraba en la mente de todos, pero yo había pasado del desprecio de mis compañeros a su admiración. Sin embargo, la actitud de Amasis para conmigo seguía siendo un auténtico enigma. Al despedirse de nosotros en Muniquia, lo hizo con seca cortesía. “No olvidéis lo que habéis aprendido”, nos dijo antes de irse; y un instante después se separó de nosotros como si nunca antes nos hubiera tratado.
En los días siguientes, volví al Gimnasio. Alexias seguía con su rigor sin mermas. Me anunció que a partir de entonces, uno de cada ocho días, realizaría mi prueba en el gran Estadio, como hacían habitualmente los atletas que eran admitidos. También me anunció que debía intensificar mi ejercicio de lucha. Con la jabalina y el disco ya me venía probando habitualmente. No obstante, mi mundo estaba en la carrera. Cuando corrí por vez primera en el Estadio, sentí un gran alivio. Era tan diferente a correr por el campo. Ahora sí podía yo sentir la unión más íntima entre mis pies y el suelo. La arena de aquella superficie era como una alfombra sobre la que mis pies no sentían laceración alguna. En poco tiempo mi velocidad aumentó considerablemente. En el Estadio me fue asignado un masajista experto que comenzó a acariciar mis músculos como si sus manos y ellos fueran antiguos conocidos y amigos deleitosos. El viejo Timasión me aplicaba aceites esenciados y bálsamos secretos, cuya maceración sólo él conocía. Lo hacía en un acto casi religioso, por la ampulosidad y el hermetismo en cómo lo iba ejecutando. Su tratamiento duraba un largo rato. Pero a quien lo recibía siempre le parecía poco; tal vez por esa magnitud incógnita que siempre encierra el tiempo y que se pliega y condiciona a las sensaciones que en él nos son donadas. Hacía su trabajo siempre sin la presencia de nadie. Yo debía desnudarme y tenderme sobre una larga tabla, elevada unos palmos del suelo. Él reptaba, arrodillado sobre una almohadilla, de un lado para otro circulando en mi entorno. Únicamente un paño húmedo vendaba mis ojos. Y puedo asegurar que era como penetrar en un sensual y plácido extravío. Comenzaba siempre a moverme los pies. Acariciaba las plantas y me hacía caer en la cuenta de cada uno de los dedos que me las remataban. Metía sus dedos por entre los míos y los entrelazaba. Los forzaba y tiraba de ellos con suavidad medida. Giraba mi talón y curvaba mi empeine. Y friccionaba todo con su aceite caliente y oloroso. Sobre mis piernas y mis muslos sentía yo el firme tacto de sus manos, que parecían abarcarlo todo al mismo tiempo. Con agilidad impropia, las hacía circular desde arriba hasta abajo. Y yo notaba cómo la vida era empujada desde mis caderas hasta el extremo remoto de mis dedos. Después, con el filo tenso de sus manos, haciendo confluir sus dedos debajo de mi sexo, cortaba el vértice agudo de mi pelvis, hundiéndolas, a la vez que iba separándolas, hasta que lograba alcanzar el confín por donde nos circunda el vientre y la cintura. En la caja del pecho cargaba el peso de su cuerpo concentrado en sus brazos. Una inmensa losa de granito creía soportar yo hasta que sus hábiles dedos hormigueaban por entre mi cuello, cual si jugaran con él y mi cabeza, ingenua y caprichosamente. Seguidamente, debía voltearme y sentir la bondad de sus manos tonificándome los hombros y mi espalda.
Fue Timasión la primera persona que tocó mi cuerpo y arrancó de él los primeros quejidos placenteros, apenas musitados entre el estremecimiento de una carne a la que se la está enseñando a saber que existe. De él aprendí, sin lascivia alguna, el lenguaje pleno y gratificador del tacto y su diálogo. Y cómo, únicamente de un cuerpo amado y conocido, uno puede arrancar y conseguir su máximo concurso. Cuando terminaba su oficio, me dejaba en reposo durante un largo rato, cubierto, ahora sí, todo yo por un tejido sin peso, que me preservaba como dentro de una cripta templada y olorosa. Después debía incorporarme con suma lentitud, dejando ya que mi mente se ensimismara en mí y se abstrajera del mundo circundante. Salía yo al Estadio ajeno a cuanto me rodeaba. Movía mis músculos, estiraba todas mis extremidades lubricadas y firmes. Y cuando Alexias daba su llamada, me colocaba yo sobre el listón de mármol que marca la salida con su textura de blanca seda helada. Luego sólo el viento venía a mi encuentro.
Comencé por entonces a frecuentar las primeras tabernas. La irregular forma de pernoctar en la casa de Agios me confería una mayor libertad y un control mucho menos estrecho por parte de aquel celoso frigio. Me seguía gustando visitar el taller de Simón, el padre de Telis, pues que en él encontraba con asiduidad al eminente Sócrates, a quien no complacía disertar en las tribunas ni en las pensaderías, sino por las calles y en aquellos lugares comunes y vulgares, cual si hablara sencillamente con un grupo de amigos. Telis, Cleofonte, Alcibíades y yo nos citábamos a menudo para ir a escucharlo. Alcibíades libraba ya con el maestro un juego de encanto y seducción que los tenía uncidos de un modo curiosamente hermoso. La descarada y brutal bravuconería de mi amigo quedaba subyugada ante la firme y sencilla manera de inquirir, usada por el sutil filósofo. Solían acompañar asiduamente a Sócrates, además de Simias y Antístenes, Cristóbulo el hijo de Critón y Tucídides, hijo de Melesias, quienes además pertenecían a nuestro mismo demo, por lo que su amistad tenía otras raíces.
Escuchaba yo en silencio cuanto los hombres discurrían. Seguía del modo que me era posible el hilo sinuoso de su razonar. Y soñaba en que un día, para mí, la verdad fuera tan límpida y latente como para ellos parecía ser aquel nudo preclaro en el que confluían todas sus controversias. Algunas veces Sócrates recurría a nuestra ingenuidad. Era evidente que le gustaba el razonar derecho que siempre tienen quienes aún no han sido torcidos y abangados por el cruento hierro de la vida. Siempre manifestaba su deseo de estar rodeado por jóvenes, pues que de ellos -aseguraba- tomaba la energía y el credo necesario para seguir amando a su tierra y a sus antepasados. Debo reconocer que poco a poco, sin casi advertirlo, o, tal vez, contra mi voluntad, también fui yo ganado por la elocuencia medida y cariñosa de quien después sería el marido de Caris. A Simias, sin duda, lo define y honra aquello que le dijo a Sócrates en el último instante de su vida y que encierra y resume su consideración, su cariño y su humilde docilidad para con la sabiduría: “Me temo, Sócrates, que mañana ya no habrá en Atenas otro hombre que diga las cosas que tú dices”.
Un día de los que me alojé en la casa de Agios, mi padre celebraba un simposio de los que acostumbraba. Me resultó muy grato ver de nuevo a Sófocles, quien cada día era para mí un hombre más sabio y entrañable. El estreno de su magnífica tragedia sobre Edipo, había dejado impresionado al pueblo entero y le había permitido alzarse con una nueva corona, imponiéndose a Neofron de Sicione, Ion de Quíos y Acayo de Eritrea. Sus obras, a pesar de su inspiración y elegancia, no habían sido capaces de superar a la gran maravilla que él había presentado. “Edipo rey”, narraba la muerte del rey Layo. Edipo, casado con Yocasta, su viuda, descubre que es él mismo quien ha dado muerte a su padre y se ha desposado con su madre. El horror y la vergüenza precipitan el suicidio de Yocasta. Edipo se saca los ojos y maldice, impotente, su destino. La muerte seguía obsesionando la mente de quien, sin duda, ha sido nuestro autor más preclaro. Era ya el tiempo en que Sófocles apuraba la idea de la disolución del propio yo en aras de una ávida búsqueda de la verdad. He llegado a tales conclusiones no hace mucho tiempo, cuando también a mi puerta ha comenzado a golpear con furia este puño rudo que reclama luz ante la gran pregunta.
En la reunión estaba también el orador Cleón. Su negativa en aquel momento a que Atenas entrara en guerra era de una firmeza contundente. Recordé su elocuencia cuando defendía la causa de Ictino para ganar el favor de Agios y Damisco y cuando su voz glosó, ante su túmulo, la esencia de quien había sido mi madre. Sabía él exponer sus razonamientos de un modo hábil y persuasivo; el mismo con el que, unos años más tarde, como jefe del partido demócrata, presentara y defendiera una idea contraria, enardeciendo al pueblo que se lanzó, embriagado, a la lucha.
Calias también estaba allí. Su afición a los filósofos seguía aumentando. Se decía por toda la ciudad que, incluso, había habilitado, en su magnifica casa, el espacio que antes ocuparan unas grandes paneras, para convertirlo en digno alojamiento de aquellos hombres del saber, que gustaba recibir como huéspedes y sentar a su mesa. Yo sabía que frecuentaba la compañía de Sócrates, pero también galanteaba con sofistas del grupo en que se encontraban Protágoras, Gorgias o Pródico e, incluso, con su cuñado Antístenes, mucho antes de que éste y su seguidor, ese joven al que llaman Diógenes de Sínope, fundaran esa escuela que ahora llaman Cínica, y ejercieran, como hábito grosero e insistente, la increpación pública y la disconformidad estrafalaria y airada contra todos y todo. Por entonces, ya comenzaba yo a tener mis propias opiniones y a saber deslindar, entre los amigos de mi padre, aquéllos que me iban confirmando su dignidad de aquellos otros que se perdían entre la vanidad y las razones más turbias y mezquinas. En verdad, la agitación entonces en Atenas era muy alarmante. La confusión iba invadiéndolo todo; lugares, ideas, proyectos y amistades. Por lo que pude oír aquella noche, alguien debía viajar hasta Corcira. Agios ofreció la discreción de una de sus naves, para que la embajada pudiera ir allí, bajo la apariencia de un viaje comercial. Pues que hacerlo en la Salaminia, dejaría al descubierto las razones de Estado que el viaje entrañaba. Se decidió que la Andrómaca fuera la encargada de llevar a la delegación. Muchas veces había hecho la nave aquella ruta. Y la alada Victoria que surgía desde su tajamar, encastrada en la roda, estaba muy acostumbrada a romper las olas feroces del mar Jónico. Aquellas aguas y aquellos vientos habían curtido su figura e incrustado el salitre y el óxido entre la entraña de todas sus fisuras, dotándola de un aspecto intemporal y, en suma, enigmático.
Pasé la velada en compañía de mi hermana Caris, a quien su heredada modestia impedía proferir quejas acerca del ambiente que inundaba, ahora, habitualmente, la casa de mi padre. Drosis seguía taciturna y herida. A su entender, todo resultaba para ella una afrenta flagrante. Tras haber adoptado actitudes diversas ante su amo, su dignidad estaba masacrada. Había llegado a sus oídos la noticia de que Agios tal vez tomara nueva esposa y, ésa, no sería ella. La torva noticia había hundido más en su semblante oscuro sus ojos verde oliva y su mirada era ahora la de una mujer extraviada, a quien la desesperación fuera sumiendo en la cueva que habita la locura. A pesar de todo, aborrecí una vez más la insolencia de Agios y lamenté la humillación inhumana que sufría la esclava.
Mi vida comenzó a hervir como el aceite que es calentado para arrojar en los asedios sobre los enemigos. Aquel año abandoné definitivamente la escuela del Ágora. Lamprocles me sugirió que sus conocimientos ya no eran los adecuados para mi desarrollo. Y en un tiempo en el que todo estaba tan invadido de petulancia y suma inmodestia, agradecí su sencillez a quien había sido mi primer pedagogo. En verdad, yo había cambiado notablemente. Mi cuerpo se había estirado y mi estatura comenzaba a ser considerable. Nunca había sido el muchacho fuerte que pretendiera Agios, pero, a pesar de mi aparente estructura delgada, mis músculos eran firmes y mis tendones rígidos y en mi interior se me iba alojando un espíritu sobrio, capaz de soportar contratiempos y adversidades sin proferir ni lamentos ni quejas. La carrera se había convertido para mí en el libro de mis enseñanzas. Me había aleccionado la mente y el espíritu, me había modelado el cuerpo y me había disciplinado en el comportamiento; no podía yo sino amarla y estarle sumamente agradecido.
Un día de los que fui a correr al gran Estadio, creí ver en la ladera al silencioso Amasis. No le había vuelto a ver desde los días de nuestra patrulla. Él era muy reservado y su vida se centraba exclusivamente en el ejército, sin que soliera frecuentar ni las tabernas ni el Ágora, aunque Cármides me había dicho que alguna vez concurría a las termas. Era, en verdad, un ser muy enigmático. Al menos para mí lo resultaba. Aunque es posible que sobre mí aún pesara el rigor de la culpa de aquel suceso que, ineludiblemente, su presencia me traía a la mente. Corrí como siempre inmerso en mí mismo. Pero apenas pisé la fría línea que marcaba la meta, mis ojos nublados de cansancio lo buscaron como si mi alma les enviara a recibir de él su aplauso y beneplácito. Desde lejos, vi cómo se levantaba e iniciaba su marcha. En un arranque espontáneo, hice un gesto para reclamarlo, pero ya su espalda se hundía por uno de los vomitorios que horadaban el suelo. Sentí algo confuso. De pronto, tuve muy claro que necesitaba hablar con él. Un arranque de insospechada impaciencia brotó en mí como ese algo dormido que ha ido gestándose sin dispensar ni avisos ni sospechas. Cuando me refugié en la penumbra silenciosa de la sala de aceites y busque mi estrigila y me puse a raspar mi carne para liberarla del exceso aplicado por Timasión, mi mente seguía aferrada a cuantos pensamientos me llevaban a Amasis.
Unos días después, Cármides me trajo un recado del arquitecto Fidias. La misiva me llenaba de orgullo. Hacía mucho tiempo que yo no lo veía. Sabía que sus trabajos para terminar el frontón del lado de naciente estaban siendo objeto de confusas intrigas. Siempre me había sobrecogido la inmensa estatua de Atenea Promakhos, “la que combate en primera línea”, que con una altura superior a cinco hombres dejaba sin aliento a quien, tras pasar los Propileos, entraba en la Acrópolis. Su enorme silueta, en medio de la noche, era como una gran lanza clavada; como el gran eje que marcaba el corazón de Atenas y alrededor del cual giraban nuestras vidas. Fidias la había fundido a encargo de Cimón hacía ya mas de siete Olimpiadas. Sin embargo, ante mis ojos, su obra más bella era la otra Palas Atenea, la que le encargara la familia Lemnia. Era, ésta, de estatura normal, pero su belleza era un enigma apenas explicable, que irradiaba serenidad y encanto sobre todo el ámbito de la gran Ciudadela.
Cuando llegué al taller del maestro, vi los enormes bloques de mármol que habían sido traídos del Pentélico. Era sabido por toda la ciudad que el artista estaba terminando la gran estatua de Atenea Parthenos, que moraría dentro del santuario y sustituiría a la de madera que entonces venerábamos. Para su confección en oro y marfil, como el pueblo había exigido, no se había escatimado esfuerzo alguno ni dinero. E incluso, Pericles, aconsejado por la hábil Aspasia, había alentado con gran entusiasmo una expedición a la ciudad de Adulia, en los confines del mar al que llamamos Rojo, para comprar ese hueso magnífico, sobre el que se consigue un suave e incomparable blanco y un brillo y pulimento sin igual.
El maestro estaba ocupado. Sus discípulos trabajaban sin descanso y él les instruía, corrigiéndolos, sin descuidar ninguno de sus golpes. En aquel gran marasmo la luz se abría paso entre el polvo de mármol que lo ocupaba todo. Los musculosos discípulos trabajaban casi desnudos; únicamente un antifaz protegía su nariz y su boca, pues que era temible respirar aquel aire blanco, luminoso y espeso como niebla fulgente. Me sorprendió ver el modo en cómo les enseñaba. Sin duda, él también recordaba sus tiempos de aprendiz, cuando en Argos, le fueran regalados, por el celebrado Ageladas, los secretos de la fundición, los que también transmitiera a Mirón y a Policleto.
En cuanto vio a Cármides, se vino hacia nosotros. Me abrazó afectuosamente y se interesó por mi padre, a quien no había visto desde hacia algún tiempo, pues la urgencia de sus trabajos lo tenían confinado en su taller y en el templo, donde debía estar terminada la nueva estatua de nuestra Doncella, para que el pueblo pudiera ofrendarle su peplo nuevo en las próximas fiestas Panateneas. Apenas me hubo abrazado, se separó de mí. Me miró con el descaro y la minuciosidad de quien está examinando una joya o un vaso, pues que en él invertirá una suma cuantiosa. Con un gesto o una insinuación, me pidió que girara. Luego, sin recato ninguno, soltó el broche que uncía mi ropa en mi hombro y la tela cayó dócil dejando todo mi torso y mi vientre al descubierto. Vi cómo luego miraba mis piernas y el trozo de mi cintura, allá por mis caderas, en el que sólo el ceñidor la cruzaba con su banda de cuero. Después, me pidió que me sentara sobre un enorme fardo que estaba en un rincón del patio. Desde allí la actividad en el lugar parecía frenética. Los golpes competían entre sí. Y el sudor que bruñía los cuerpos rivalizaba con el brillo de aquellas esculturas que, bajo el cobertizo, parecían estar ya terminadas. Otras, en proceso, presentaban el enigma confuso de la mera intuición. En las inmensas masas de mármol desbastado, únicamente una sombra o presagio parecía ir avanzando desde su misma entraña al encuentro de un ámbito o una corporeidad, que les diera apariencia de seres rescatados del caos y el mundo nebuloso que conforma la materia de Gea. Esperé durante el tiempo que Fidias me estuvo mirando, no sin sentir la incomodidad del ser auscultado por unos ojos que encierran en sí, acumulada, tanta perfección y belleza, observadas a través de su vida. Más tarde, vino hacia mí y, conduciéndome adentro, me invitó a una copa de vino profusamente aguado, tras mostrarme la apacibilidad de un clino, próximo a aquél que ya ocupara su admirado Cármides. Unos días después, yo también era modelo del gran maestro Fidias.
Fidias había aprendido sus artes pictóricas en la escuela de Polignoto, donde había quedado Panainos. Su habilidad con el color y el trazo era realmente envidiable a pesar de su pulso y su edad, por lo que uno se sentía ante sus ojos, en verdad, halagado. Y mientras resistía, quieto, sus sesiones de apuntes, no podía sino pensar en los días que, por primera vez, intuí su valer y su arte en la ciudad prodigiosa de Elis, donde Zeus tiene su más cara morada y mi mente de niño presintió, remotamente, el soplo de la gloria.
A la vez que todo esto iba sucediendo, mi relación con mis amigos iba siendo distinta. Ellos eran, en verdad, el soporte de todos mis afectos. Pero al mismo tiempo, yo iba comprendiendo que mi vida no podía sustentarse en ellos, como no podía, en modo alguno, sustentarse en nadie. Fue, pues, un tiempo en el que se reafirmó, no sin dolor, mi individualidad. Si tuviera la obligación de definirme, diría que era semejante a un perro nómada que tiene su morada allí donde al anochecer se detiene y se tumba. La partida de mi madre había supuesto, en realidad, mucho más de lo que, conscientemente, yo hubiera sospechado nunca. Con ella se había ido toda mi sensación de pertenencia a alguien, la vinculación formal a la casa de Agios. Incluso, aquel ambiente que envolvía todos mis recuerdos, se había evaporado como un humo fugaz que jamás hubiera existido. En ello también influía, ciertamente, mi relación con Caris. Mi amor hacia mi hermana era ahora temible. Falto del filtro que siempre había supuesto Talía, debía contener yo aquel flujo que me llamaba a albergarme en ella. Y en los días que yo volvía a guarecerme a nuestra casa, porque la Guarnición o el Gimnasio no me reclamaban, era como un forastero que deambulara por un lugar frecuentado y extraño, temeroso de reencontrarse con gentes conocidas o sucesos arcanos.
Algunos días, solía pernoctar en casa de Alexias. El gimnasiarca me había tomado tal afecto y tenía puestas en mí tantas esperanzas, que no descuidaba ocasión para atenderme e imbuir en mi mente todos los principios y enseñanzas que, además de los que suponen un esfuerzo físico, han de poblar la mente de quien anhela y se dispone a correr ante el sagrado Zeus. Su casa era modesta pero muy apacible. Y bajo el emparrado que amparaba la terraza del rigor del gran Helio, cuyas hojas enormes como manos abiertas tienen en mi imaginación el verde más brillante que yo recuerde nunca, pasaba largo tiempo oyéndole narrar sus triunfos y derrotas, tratando de libar el néctar que rezuma todo cuanto se vive en torno al gran Estadio. Alexias me enseñaba a triunfar y a ser derrotado; a ambas cosas a un mismo tiempo, sin que una fuera en detrimento ni en contra de la otra. Únicamente con el paso del tiempo, he podido yo valorar la inmensa riqueza humana que aquel hombre tenía en sus entrañas, y que iba mucho más allá de su amor y su celo desmedido por cuanto supone la competición y la fascinación del triunfo en los grandes agones. ¡Salve y gloria a Alexias para siempre!
Desde aquel día que vi, de nuevo, a Amasis, no fui capaz de echar su imagen de mi mente. Mi deseo de hablar con él se fue haciendo más sólido y más pétreo. No sabía muy bien qué era lo que me llevaba a su encuentro. Una mezcla de intriga, necesidad imperiosa de justicia y deseo de proximidad, hacían que, inconscientemente, me mantuviera alerta, persiguiendo su rastro. Y creo que fue eso lo que me condujo por primera vez a la casa de baños.
En Atenas nunca han sido excesivamente populares las casas de recreo. Siempre lo hemos considerado un modo de placer traído del Oriente, más propio de esos pueblos que viven en desiertos y cuya piel es oscura como el lodo que tapiza los charcos o las ciénagas. Sin embargo, su voluptuosidad es un regalo innegable para los sentidos. Y quienes las hemos frecuentado, hemos disfrutado del sensualismo que envuelve todo cuanto en ellas tiene su ámbito y cabida.
Fue Cármides quien me condujo por primera vez a una casa de baños. Era la regentada por un argivo, zalamero y enorme, que atendía por el nombre de Gurgos. Entre las que existían en la ciudad, ésta era la que estaba considerada de máximo prestigio y a ella frecuentaban los hombres más ilustres y doctos de toda nuestra polis. Su entrada era un túnel que evocaba misterio; un enorme pasillo sumido en la penumbra, pues que, sólo a trechos, unas lajas de ámbar metidas en los muros simulando estrellas, dejaban entrar una luz irreal y teñida. Aquello daba acceso a un amplio receptáculo en forma circular, sembrado de columnas. Otras salas menores, en su entorno, cual los pétalos radiados de una flor, guardaban y ofrecían espacios diferentes en los que podían encontrarse caños que surtían aguas de distintas templanzas. Reposaderos y bancos, permitían la conversación en grupo y el descanso apacible y apartado de quien lo deseara. La atmósfera era densa y perfumada y el murmullo de los dialogantes era matizado por el sonido que los muchachos músicos desgranaban con sus instrumentos, desde aquel ángulo, casi oculto, en que se cobijaban, para cooperar a un mayor efecto de lugar encantado. Los masajistas eran todos efebos agradables y esbeltos y sus cuidados estaban tan demandados, que era preciso reservar sus servicios. La temperatura en la sala central era muy elevada. Del techo caían casi constantemente las gruesas gotas que el vapor iba colgando. Y, por los fustes de las columnas dóricas, lamían su blancura los vahos que nuevamente volvían a licuarse. Las lámparas de aceite defendían su tenue luz entre la densa nube que envolvía el espacio. Múltiples canalillos, trazados en el suelo taraceado de mármol y de esquisto, llevaban la frescura a los pies cuando se los pisaba. Y era muy agradable la sorpresa de su salpicadura, pues que nos recordaban que el frescor existía. En verdad, era un lugar propicio para encuentros. La complicidad del espacio aflojaba los músculos y disponía mejor las voluntades. Algunos políticos y hombres de negocios, habían comenzado a usar las termas para acordar encuentros, pues que la desnudez y el tono relajado favorecían una controversia más análoga y menos cautelosa. Nada puedo añadir a lo que ya cualquiera pueda imaginarse sobre lo que la sensualidad y la lascivia ocupaba en el ámbito. Junto a los cuerpos relaxos de los hombres maduros, que solían ocultar sus sexos y sus vientres deformados con lienzos arrollados en torno a sus cinturas, estaba la insolente hermosura de las formas perfectas de quienes teníamos esa edad en la que toda desnudez resulta, si no bella, al menos peculiar o graciosa. Verdad se hacía allí la máxima que afirma que no existe animal que en su juventud resulte ofensivo a los ojos; ya que, si no es la perfección de sus formas o atributos, al menos la gracilidad en sus movimientos nunca les es ajena.
Y fue allí donde nuevamente vi a Amasis. Una vez más, estaba solo. Desde un ángulo de la enorme sala contemplaba sereno aquel deambular que circulaba en torno al enorme tambor de mármol tórrido que ocupaba el centro. Estaba desnudo, el cuerpo abandonado al sudor y la mente perdida, tal vez, en otra parte. Sentí de nuevo la necesidad de hablarle, como se siente una punzada que nos despierta al dolor o a la ira. Desde las jornadas lejanas ya de nuestra patrulla, llenaba mi cabeza la exigencia urgente de saber qué era lo que le impulsara a tratarme con aquella rudeza. De otra parte, estaba su serena arrogancia; aquella lejanía que lo apartaba, lo mismo que a un dios, de todos los mortales. En mis oídos, aún, parecían retumbar, en el tono firme de su voz, las palabras de hierro: “Míralo bien, Antandros; ése es el mensaje de nuestros enemigos; eso harán, en cuanto puedan, con todos los hombres y mujeres de Atenas”.

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