3.11.13

CAPITULO OCTAVO






Nunca diferencié claramente la delimitación -que, aseguran, existe- entre amor y amistad. Siempre he creído que el cariño no es nada, si no se disfruta como una zambullida gozosa, sin miedo y sin parámetros. Con el tiempo, he confirmado que nada, que no sea apasionado en sus comienzos, me interesa.
VIII
EL JUEGO DE LA AMISTAD
No puedo asegurar qué fue lo que en realidad modificó mi vida de aquel modo. Pensar que todo estuvo motivado por cuanto vimos aquel día en la villa Auzonia, es, quizá, desde la perspectiva de hoy, demasiado elemental para creerlo. Sin duda, algo se había ido gestando en mi interior paso a paso, con la lentitud, la sabiduría y el indescifrable silencio con el que las larvas se tornan mariposas. Tal vez, el destino, que los dioses calibran y diseñan, comenzó a manifestar ante mí sus rutas con firmeza evidente. Fuera, pues, así o de otro modo, mi vida comenzó a estar presidida desde aquel momento por la belleza, la pasión y el esfuerzo; todo uncido y anudado como en un retorcer de amordazantes gúmenas. Y es hoy, cuando noto, por alguna razón terrible que no quiero ver con claridad, que ese ímpetu libado entonces comienza definitivamente a perder su furia en mi interior, cuando me apresuro a dejar testimonio del que he sido. Sé que no me siento impulsado por vanidad alguna. Ínfimo es el mayor de los hombres entre la horda infinita de los hombres y mínima la mayor de las sabidurías ante el presentimiento de la gran Sabiduría. Hágolo, pues, como ciudadano humilde que desea pagar cuanto la existencia y la divinidad tuvieron a bien poner sobre sus manos. Hágolo como herencia y testimonio del que he sido en el fulgor de este tiempo, finito e imparable a la vez.
Asistí al Gimnasio desde el primer día con el entusiasmo de quien ha sido tocado entre sueños por el inquieto e insatisfecho apasionar de Eros. Amé el esfuerzo y la superación que a él acompaña, con la vehemencia salvaje de un amor primero e insaciable. Y puedo asegurar que en el desarrollar costoso de mi cuerpo, fui yo aprendiendo, a la vez, cuanto la vida tiene de grato y admirable, si se mira y se retorna a ese ámbito interno donde se alimenta el coraje y el furor para crecer y hacerse.
Alexias fue, en verdad, el padre de todos mis sentidos. Era un atleta noble y un guerrero valiente. Se quitó la vida tras el asesinato de Autólico. Fue el mismo año que regresó Tucídides después de su destierro impuesto por el asunto de Anfípolis, cuando éste defraudó a la patria y Beocia fue una negra tumba para los atenienses. Tanto, que, ponerse a calcular el número de los que allí murieron, es una indignidad y un dolor agudo para mí. La muerte de Alexias y el retorno de Tucídides marcaron días de derrota y desaliento, de traición y vergüenza, de humillación y oprobio. Así pues, cuando supe su muerte, acaecida en aquel aciago primer año de la noventa y cuatro Olimpiada, confeccioné una corona de anémonas y mirto con mis propias manos y la arrojé al Egeo, un día de olas bravas y voraces. Pues que consideré que sólo el seno de Posidón era justa morada para su ruda y bien templada alma. Después rapé mi cabeza en señal de luto y aflicción.
Mi asistencia al Gimnasio fue desde el principio tan apasionada, que comenzó a eclipsar mi interés por las otras materias que configuraban mi aprendizaje. Muy pronto, Telis y Cleofonte se sintieron también seducidos por el ejercicio físico que se nos exigía. Alexias logró imbuir en nuestros jóvenes entendimientos el placer por el esfuerzo rudo y la competición. Por él entendí que el cuerpo era como un ánfora enterrada por el dios que había que encontrar; un pedazo de mármol recién separado de la roca, que es el centro de Gea, que había que esculpir. Y, desde el primer día, encontré en el sudor y en el esfuerzo y en la extenuación de mi cuerpo, la vía por la cual acceder a mi interior de un modo seguro y prodigioso. Nunca antes había logrado una comunión tan intensa conmigo. Era, en el paroxismo del esfuerzo, cuando mi impotencia escupía con su burla sarcástica a mi supremo empeño y sin embargo mi furia seguía cabalgando, cuando mi mente se refugiaba en mí, en un puro y perfecto aislamiento, que me transportaba a un ámbito lleno de armonía, soledad y sosiego; aun hoy, indescriptible. Entendí entonces con precisión a los héroes que había conocido por la boca de otros o sobre los murales. Saboreé su miedo y su impotencia. Me cauterizó su brío y su coraje. Y me expandí en el desplegar de alas de ese pájaro interior que anida en cada uno de ellos, cuando advertí su facultad para volar por sobre los mortales, arrancándole la fuerza a la flaqueza. Algo dentro de mí me llamaba a emularlos. Su vida perpetuada eternamente en la memoria imborrable del pueblo. La veneración y el respeto que infundían sus estatuas o nombres cincelados en mármol. Quería yo también ser uno de ellos. Y el deseo era en mí como una fiebre; una enfermedad que me había alcanzado y que yo quería transmitir también a mis amigos.
Junto a la exaltación, convivían en mí el miedo y la tristeza. Podía pasar, pues, del más arrasador y locuaz entusiasmo a la mayor oscuridad de ánimo que pueda imaginarse, y todo ello en medio de una confusión que asolaba mi alma como una torva nube y me obligaba a dudar de todas mis quimeras. Solía yo entonces subir al monte Lycabeto. Evitaba el Museión, pues que allí,
seguramente, irían a buscarme Telis y Cleofonte y, en tales circunstancias, yo prefería estar solo, regurgitando aquella desilusión y mi desánimo.
Recuerdo los paseos en soledad como el masaje aplicado por manos de un experto. El sosiego del bosque invadido de aromas y de sonidos propios. Más allá, el telón firme y protector del monte Himeto. El zumbar de las abejas y el chasquido bajo mis plantas de las agujas de los pinos que me laceraban como púas hirientes. Recuerdo mi mano indagando con mi tacto sobre sus cortezas, a veces sangrantes de espesa resina, igual que un ámbar rubio, transparente de luz; siempre surcadas por cortes verticales como profundos tajos asestados por burdos enemigos. Recuerdo a Helio, cegado al contraluz por el verde oscuro de sus copas. Y el vuelo de las aves negras que habitaban en ellos y la flor extraña de sus piñas abiertas y vacías, esquilmadas por el hecho de la generosa entrega de su fruto. Y, ya desde la colina, el púrpura traslúcido que tiñe el Sarónico y deja ver la cúspide triangular de la isla de Egina y, tras de ella, las montañas presentidas y casi irreales del Peloponeso. Me excitaba el ahogo de temor, cuando al atardecer el jabalí aparecía resoplando como un bulto informe que iba atropellando cuanto encontraba al paso, y yo debía ocultarme o ponerme a cobijo de su imprevisible acoso.
Fueron tiempos en verdad confusos. Habitaban en mí las fuerzas contrapuestas. Y al lado de un arrebato de ira hacia Pistias o Agios, que apenas encontraba razón o consistencia, podía convivir la más tierna pasión hacía la que era la más hermosa criatura que bajo el cielo se hubiera engendrado. Amaba a Caris con pasión desmedida. Contaba mi hermana pocos años, aunque ya los suficientes como para arrancar admiración a todos cuantos la conocían. Su piel, cual cera pura, imponía a su carne un viso transluciente que hacía que pareciera como de mármol húmedo. La serena tristeza que siempre ha conservado y que no le reside en un lugar concreto del rostro o la mirada, iba buscando ya su forma y su presencia, diluida en su todo. También su cuerpo infantil y menudo se iba torneando en líneas más esbeltas. Incluso, Agios, que siempre había tratado a la niña con cierta frialdad, comenzaba a sucumbir ante su encanto, elegancia y ternura. Al lado de mi hermana, mi madre iba madurando con dignidad de fruta. Y a ambas hubiera yo defendido con mi brazo y mi sangre, en caso de sentir que alguien podía inferirles el más mínimo daño.
Odié a Telis aquella tarde con odio de enemigo. Aborrecí a Telis, celoso y ciego. Y cuando el maestro Alexias nos propuso acordar un compañero para el ejercicio de lucha, lo invité, sin que pudiera sospechar que tras mi rostro cínico y sereno se escondía un rencor acerado. Nos desnudamos y fuimos a la arena. El gimnasiarca había sabido dirigir nuestra voluntad muy sabiamente y el deseo que llevábamos en un principio de aprender enseguida artes de la milicia, se había trocado en una sana intención de ejercitarnos como puros atletas. Habíamos, pues, recibido sus enseñanzas primeras sobre la carrera, el salto y sobre alguno de los lanzamientos. Ahora nos tocaba comenzar con el aprendizaje del arte de la lucha. Alexias pretendía aquella tarde, sencillamente, poner en evidencia el desconocimiento y las torpes maneras que podían tener muchachos fogosos pero sin pericia, cual éramos nosotros. Estaba claro que se trataba de un mero pretexto, a partir del cual corregirnos y basar sus nuevas enseñanza. Sin embargo, yo me enfrenté a Telis con furia desmedida. Apenas sentí la proximidad de su cuerpo, lo agarré con violencia para derribarlo con cuanta fuerza fui capaz de reunir a un tiempo. Rodeé su cuello con mi brazo y le apresé con rabia hasta que sentí junto a mi pecho aquel ahogo que me clamaba desde unos ojos turbios de sorpresa. Sin duda, él no entendía nada. Y sin dar tiempo a que nadie acudiera, le golpeé con mi puño en el vientre, en el pecho y la cara, a la vez que con mis piernas le daba patadas de un modo desconcertado y ruin, sin precisar el lugar o la forma cómo asestar los golpes. Un instante después, me sentía separado y zarandeado por Alexias, a la vez que veía a Telis aturdido y a punto de entregarse, confuso, a las lágrimas.
Alexias enfureció como nunca después le volví a ver en cuanto tiempo permanecí a su lado. Detuvo la contienda de todos los demás y ordenó que todos nos vistiéramos. Su voz se escuchó seca, aunque el eco la ahuecó allá entre los fustes más lejanos de la pérgola. Después nos mandó sentarnos en la stoa, bajo el pórtico del lado de poniente. Y de sus labios, ahora ya sosegados, pero firmes y fríos, escuché el reproche más duro y la lección más hiriente que jamás me haya dictado ser alguno. No quiso preguntarme las razones. En ningún momento compadeció, tampoco, o mitigó el dolor o la ofensa recibida por Telis. Tampoco me miró durante el tiempo que duró su discurso, lo que me infirió un dolor más intenso que un centenar de azotes. Habló mirando a Helio, su vista perdida y entregada al celaje. Habló de honor, de dignidad, de lealtad en el noble ejercicio de la lucha y la pugna. Se refirió a los Juegos y vomitó su ira hacia quien los utilizaba como pretexto para ajustes mezquinos y reyertas privadas. Y entre el miedo y la vergüenza de sentir mi ignominia, deseé por vez primera que me alcanzara el rayo con el que Zeus manda, en justicia, la muerte a los malvados. Cuando finalizó, se levantó sin reparar en nadie y se marchó sin mirar a su espalda. Y supe que le había ocasionado un dolor de imprevisible alcance. Hasta tal punto sentía y veneraba Alexias el honor en la liza y depreciaba a quien osaba hacer su vilipendio.
Sus palabras habían sido tan rotundas y portadoras de tanta contundencia, que ninguno de los demás muchachos, incluyendo a Telis y a Cleofonte, me reprocharon nada. Inciertos y perdidos, se fueron levantando y me dejaron solo. Y yo volví a casa, seguido a una cierta distancia por los ojos del frigio, que también decidió, cauto e inteligente, dejarme hundido en la amarga soledad de mi bajeza. Sé que mi madre preguntó a Pistias qué había acontecido en el Gimnasio y que mi preceptor le informó del suceso. Y también, en sus ojos de madre que me amaba, percibí el reproche de quien sabe que, la exculpación de un pecado, no es la mejor de las tácticas, si se quiere aleccionar a un hijo a quien se ama. Tampoco ella me ofreció aquella noche su mano antes de retirarme. Y, en medio del clamor de mi amargura, me guarecí en mí mismo.
Tardé mucho rato en conciliar el sueño. Y cuando lo hube hallado, sentí un vértigo, como si me arrastraran las aguas infernales de Éstige, mientras el clamor de Estentor me acusaba con ese grito que aseguran que es más potente que el de cincuenta hombres. Antes había llorado tratando de medir las dimensiones de aquello que yo no comprendía. Aterrado me preguntaba una y otra vez dónde anidaba en mí toda aquella maldad que a veces me envolvía como un humo cegador y asfixiante. Me sentí desolado y perdido en medio del reproche de quienes hasta entonces sabía que me habían querido. Y asistí angustiado al descubrimiento cruel de que también en mí estaba mi enemigo. Pues que, algo así como una fuerza extraña, me poseía a veces, sin que en ello interviniera, al parecer, ni razón ni concurso de mis otras potencias.
Tardé algunos días en recobrar mi amistad con Telis y Cleofonte. Ellos supieron respetar el tiempo necesario para que mi culpa y mi interior buscaran su acomodo y mi razón volviera a serme nuevamente propia. Y cuando, en presencia de Cleofonte, me quise disculpar con Telis, éste se abalanzó hacia mí, me hizo una presa de habilidad palmaria y me tiró al suelo sin darme tiempo a nada. Y los tres nos reímos, mientras sentía algo así como si la sangre volviera a inundar todas las orillas y extremos de mi sediento cuerpo.
Nunca le expliqué a mi amigo el porqué de mi furia en el maldito día. Todo había brotado con relación a Caris. Mi ira se había ido macerando como un veneno que ha de fermentar para hacerse más letal y potente. Todo había surgido a raíz de la tarde en que Talía me pidió que las acompañara a casa de Teages, el constructor de ánforas y vasos de cerámica. Quería mi madre encargar la fabricación de un hermoso lekanis para hacer su regalo a Agios, a quien fascinaban las obras exquisitas y únicas. No abundaban en Atenas los recipientes de esa forma precisa y su adquisición debía hacerse bajo su previo encargo.
Salimos al declinar la tarde. Mi madre iba cubierta por su manto, como ordenaba el más ajustado recato a las mujeres griegas. Y Caris revoloteaba, alegre, a su alrededor como una mariposa. Yo asumí orgulloso el encargo de ser su guardia y compañía. Y al lado de ambas, caminaba dichoso. Salimos de nuestra casa y pasamos ante la Diomea, concurrida siempre con el tráfico de carros y de bestias que iban a Falero. Caminamos un gran trecho contiguo al gran muro y luego nos dirigimos hacia el Areópago. Era un día del mes de posideon y el frío arreciaba con su corte de hielo bajo una luz oblicua. Caminábamos ligeros, pues que la claridad no nos perduraría mucho y no era aconsejable regresar después de que ya hubiera oscurecido. No entramos en el Ágora, ya que ello podría entretenernos. Si bien, Talía, no se resignó a pasar ante el templete de la madre de los dioses sin que hiciéramos, al menos, una salutación. El Buleuterio, sede de los quinientos, estaba aquella tarde concurrido de un modo extraordinario, pero nuestra urgencia nos impidió averiguar qué es lo que provocaba aquel hacinamiento. Cerca de allí, nos alcanzó Telis, que venía del Teseion. Talía lo invitó a que nos acompañara, en la creencia que eso sería de mi completo agrado.
Tras pasar el Colono, llegamos al barrio dedicado al honor de Céramo, el hijo de Dioniso y Ariadna, donde habitan los que han decidido emplear su vida en la ocupación de fabricar cerámicas; orgullo y emblema de nuestro gusto artístico. La casa de Teages no era muy ostentosa. Un enorme patio, donde se oreaban sus obras más recientes y donde estaba una inmensa carga de leña para el horno y el cobertizo dedicado a taller, era lo que ocupaba la mayor superficie. Mi madre fue recibida por el artista con toda deferencia. Agios era su más caro cliente, y su esposa Talía, en lógica de hábil comerciante, era digna de todos los honores. Poco después, un mundo deslumbrante se abrió ante nosotros, cuando penetramos al lugar donde almacenaba sus mercaderías. Cientos de lebes, pelikes, hidrias, cráteras de diferentes formas, cálices, skyphos, kyathos pequeños y mayores, y oinocoes se encontraban alineados en las estanterías. Eran como un verdadero ejercito de bellas maravillas. Héroes y dioses, atletas y guerreros; plantas y aves y ninfas y doncellas presentaban el hermoso refinamiento de sus juegos, amores, ejercicios o luchas, sobre los vientres redondeados de aquellos recipientes. La luz de un sol rojizo y mortecino penetraba desde su ocaso helado e iluminaba las formas envolventes, dotando a las escenas de una atmósfera de puro realismo, de apariencia carnal y palpitante. Debía ser maravilloso vivir inmerso en aquel mundo. Toda la historia de nuestra patria estaba allí grabada. Ancestros y deidades, teogonías confusas y amores enigmáticos, ámbitos apacibles y atmósferas de ensueño. Y cuantos paraísos pueda imaginar el más claro talento, allí estaban recogidos también, para deleite y como testimonio del espíritu y las sagas históricas. Telis y yo miramos extasiados aquella galería, mientras tratábamos de contestar a las preguntas que Caris, de puntillas, nos iba formulando llenas de ingenuidad y curiosas incógnitas.
Talía hizo su encargo al maestro Teages, insistiendo en el carácter secreto y especial de su deseo. Oí que le pedía un recipiente que había de contener una ofrenda de amor y eso me iluminó todo mi ser por dentro. Talía seguía enamorada de Agios. Teages le pidió opinión para saber cómo debía decorarlo. Y como ella no tuviera muy claro el motivo que había de ilustrar el cofre de cerámica, el artesano decidió ponerla en contacto con aquél de sus pintores que pasaba por ser, aun en su juventud, el más exquisito decorador de vasos que vivía en Atenas.
El lugar donde estaban los decoradores era un gran cobertizo tapiado hasta la media altura por paredes de barro, lo que permitía que la claridad entrara durante todo el día. Una decena de muchachos se afanaba sobre sus piezas, en una larga mesa. Lo hacían con la minuciosidad de quien estuviera arrancando élitros a un insecto. No levantaron la vista al notar nuestra entrada. Seguramente el maestro les tenía adiestrados o la delicadeza y precisión de su trabajo no les permitía distracción o respiro, pues que ni aire parecía ser que respiraban. Avanzamos tras Teages hacia el lugar que ocupaba Aison, el muchacho que debía decorar el lekanis que mi madre regalaría a Agios. Ante el requerimiento, dejó el vaso que estaba dibujando y se puso en pie. Tenía el pelo crespo y las facciones finas; labios y nariz de quien persigue la belleza de un modo persistente. Sin apenas levantar la mirada, mostró a mi madre sus últimos trabajos y la asesoró, con sumisión extrema, sobre el motivo que podía ilustrarlo. Se decidió que sería la entrañable leyenda que narra el amor de Leandro y Hero; la sacerdotisa de Afrodita que vivía en Sestos, quien no dudó en tirarse al vacío desde su alta torre, cuando el mar escupió el cuerpo de su amante. Al parecer, Leandro, no pudo alcanzar la orilla a nado, pues el viento apagó la lámpara de Hero, por la que cada noche se guiaba su amorosa travesía hasta el Helesponto.
Luego estuvimos viendo cómo ejecutaban los trabajos al torno. Las manos ágiles del ayudante impulsando la rueda voladora. Los brazos de los alfareros salpicados de barro, cual la sangre de Gea, acariciaban la pella que giraba con cadencias de adormecida danza. Era casi mágico el modo en que surgían las formas redondeadas, apenas Teages aplicaba sus manos a un pedazo de arcilla cogida del gran charco donde, con una caballería cegada por un atar de juncos, iban amasando el barro con sus potentes patas, en un girar continuo, cansino y sin descanso. Caris reía encantada y se movía inquieta, preguntando a mi madre e indagando en todo con sus ojos brillantes como puntos de vidrio. Fue ante aquel demandar ansioso de mi hermana, cuando noté que Telis la atendía con una solicitud, en demasía, afable. Se veía que él, tal vez de un modo inconsciente, estaba seducido también por quien era para todos una niña adorable. Un furor suspicaz me cegó de inmediato y odié a aquel maldito intruso que se interponía entre Caris y yo. Y ya no pude remediar mi rencor y ceguera, hasta que, tan retorcidamente, programé mi venganza y di salida al odio que como una ponzoña enturbiaba mi alma.
Veloz transcurrió mi tiempo por entonces. Con el paso de sólo algunos meses, comencé a ver cómo mi cuerpo se iba modelando. En mis muslos redondeados y blandos de muchacho, empezaron a marcarse las formas alargadas de los músculos nuevos que iban emergiendo. Primeramente, como tímidas conchas que se insinuaban veladas de cautela. Un poco después, como firmes emblemas que dotaban de nueva consistencia a toda mi figura. Comencé a sentir la firmeza de aquella coraza que me iba armando el cuerpo por entero, a la vez que una asombrosa liviandad me acompañaba en el desplazamiento. Los ejercicios en el Gimnasio llegaron a ser auténticamente inflexibles y duros. Alexias tensaba cada vez más y más la cuerda del celo y la exigencia. Y rara era la jornada en que nuestras fuerzas no fueran probadas hasta sus aptitudes extremas. Muy pronto, comencé a destacar en la carrera. Parecía como si mis pies hubieran sido diseñados para marchar veloces. Además, mis plantas conseguían aportarme una extraña y amable sensación, cada vez que se apoyaban sobre el suelo, haciendo que un fluido placentero templara y elastizara mi ser, subiera por mis piernas y mi torso, hasta producirme un goce infinito en la parte posterior de mi cuello. Era una sensación íntima e ignota que, entonces, yo no era capaz de explicar con palabras. Era algo así como mi gran secreto; aquello que uno cree que únicamente él percibe y que lo convierte, por tanto, en alguien diferente del resto de su género.
A todo ello acompañó mi sensación de deuda con el severo Alexias, quien, desde el día de mi lucha con Telis, me trató con un rigor medido y sin ambages. Con el tiempo supe, desde sus propios labios, que el día de mi humillante bajeza, vio claramente que en mí existía el brío que empuja a la victoria. Y aquel día que me lo confesó, comprendí que la furia es la misma para obrar el mal y para alcanzar la gloria, ya que únicamente depende de cómo se la guíe y canalice dentro de nuestro ser. Veneré a Alexias, pues, por conducir mi ímpetu a favor de mi honra y el honor de mi patria.
Junto con la evidencia de mi desarrollo, comenzó a variar la actitud hacia mí de cuantos me rodeaban. Sentí a Agios ufano y orgulloso de su hijo Antandros, aunque ya era tarde para que entre nosotros se tendiera el más fino hilo de comunicación. Sin embargo, sé que instruyó a Pistias para que comenzara a liberarme de su perenne acoso. El frigio, por otro lado, ya había dejado en mí suficiente evidencia de su firme deseo de cumplir con su cometido de vigía sin fallos, por lo que no había cuidado alguno en aflojar la guardia, pues bien sabía él que yo no me confiaría a desmanes o abusos que, con seguridad, me serían, sin tregua, sancionados.
Conocí por entonces al hombre cuya influencia sería después una de las más decisivas a lo largo de mi -ya hoy- dilatada vida. El maestro Sócrates gustaba de venir con regularidad por el Gimnasio, pues que le resultaba, según sus manifestaciones, un grato deleite contemplar los cuerpos jóvenes y desnudos de los ejercitantes. Venía sobre todo para ver a Alcibíades, con quien ya le unía ese lazo de seducción que les unció durante toda su vida y que siempre me resultó un enigmático misterio, cuando me he parado a pensar en ciertos aspectos que urden y trenzan las relaciones entre algunos hombres. Junto a los beneficios que en mí iba causando la ejercitación, estaba aquél que añadía a mi orgullo un punto de vanidad confesa. Era gratificante sentirse admirado también por cuanto la belleza iba esculpiendo sobre mi anatomía.
Al tiempo de mi desarrollo físico, las enseñanzas del maestro Lamprocles iban encontrado su lugar adecuado. Contribuían a ello también de un modo apacible los aprendizajes de música y de danza que realizaba junto a los demás muchachos que participarían en las Grandes Dionisias. Fue entonces cuando comencé a sentir el auténtico placer que producen los sonidos de crótalos y cítaras, de liras, flautas, cascabeles y de los tensos y rotundos panderos. Evolucionar dominando el ritmo y las tensiones múltiples del cuerpo. Entretejerse y doblarse. Girar muy lentamente la cabeza y los brazos y adormecerse en éxtasis, a la vez que la música surge y se va desgranando y se disipa y el recitar del coro narra los bellos e instructivos parlamentos en honor del dios del arte, el placer y las inspiraciones, es todo un obsequio, que únicamente a algunos nos ha sido concedido disfrutar.
Cuando los heraldos de la ciudad de Olimpia volvieron a hacer sonar sus bocinas y proclamaron nuevamente en Atenas la tregua santa que amparaba la ochenta y seis Olimpiada en honor del gran Zeus, mi carne se puso a temblar y el corazón me pateó como en un galopar de potros desbocados. Recuerdo que escuché su sonido en un atardecer en la terraza de la casa de Agios, adormecido yo por la caliente quietud que traía el crepúsculo. Recuerdo que, igual que un vómito que de improviso nos vacía por dentro y nos alza el odre del estómago hasta la misma boca, se me vino a presente el recuerdo de aquellos Juegos en los que yo amanecí a la vida. Y como si la llamada de los teoros sólo estuviera destinada a despertar al reptil que dormía en mi centro, sentí un latigazo que me formuló, con su bocanada violenta de sangre embravecida, la pregunta certera: ¿Y por qué no?
Descendimos hasta El Pireo, el día en que partió la nave del Estado llevando en su cubierta el orgullo y el honor de la patria. Veintiún muchachos nos representarían en aquellos agones y la ciudad entera quería impulsar sus vehemencias con los mejores votos. El puerto estaba repleto lo mismo que un teatro en el que Eurípides o Sófocles concursaran disputándose el privilegio de una verde corona. Cientos de ciudadanos fueron gritando al unísono los nombres envidiables de los progenitores que donaban a la ciudad tan esperanzadora semilla de grandeza. Con un kylix de oro se efectuó la libación en el mismo momento en que el gran ojo del mundo tocaba el perfil de Océano y en que Pirunte, Éoo, Aetón y Flegonte, sus cuatro caballos velocísimos, bañaban su fatiga en las aguas vivificantes del Egeo.
Cuando la Salaminia se perdió definitivamente, la fiesta continuó en torno a las tabernas. Cleofonte, Telis y yo éramos ya siempre inseparables. Debíamos regresar pronto a nuestras casas. Pero como la ciudad entera estaba imbuida de alegría y festejo, supusimos que serían con nosotros algo más permisivos que lo que eran de hábito. El Pireo había crecido desmesuradamente. Los marinos y hombres dedicados al mercado y comercio habían hecho de todo el barrio un lugar poblado y floreciente, donde la vida pulsaba durante todo el día y no se apagaba del todo, aun entrada la noche. Se habían establecido multitud de tabernas, casas dedicadas a baños y lugares dedicados al gozo o las apuestas. Y junto a la stoa de la harina, había tomado lugar un área administrativa estable y fidedigna. El templo de Artemisa, miraba todo aquel
enjambre bullicioso desde su promontorio, como un vigía apostado en la desconfianza y un tanto defraudado.
Cuando anocheció, los oferantes sacaron sus faroles a las puertas y comenzaron a poner en juego sus artes seductoras, para que los clientes entraran en sus establecimientos. Se gritaban vinos de los lugares donde las vides eran más dulces y afamadas, a la vez que las danzarinas, próximas a las entradas, se enseñaban, moviendo sus brazos cual áspides inquietos, en los que tintineaban sus ajorcas de plata, incitando a que se reparase en sus pechos pintados o en el cimbrear de sus caderas y sus vientres desnudos. Muchos lugares estaban provistos de músicos y acróbatas, cuyo son incansable elevaba los ánimos y hacía que el vivir pareciera una perenne orgía. Flautas, panderos, crótalos y címbalos competían con liras y trompetas. En la explanada reseca que estaba junto al muro, unas muchachas alisaban la tierra para borrar del suelo revuelto del recinto cualquier marca de la tarde pasada, sirviéndose de unas gavillas de hierba que iban arrastrando tras un cordel muy largo. Dejaban tras de sí un reguero de polvo maloliente que espantaba a los deambulantes y dejaba así todo el aforo libre. El sol teñía el muro con su color de fuego. Y los cientos de agujeros y los desconchones de la tosca defensa, donde anidaban aves aviesas y chillonas de plumaje sucio y desastrado, eran como ojos o bocas que quisieran besar la entrega suave y dulce del crepúsculo que hacía la tarde. Las muchachas, limpiaban así aquel espacio para que después transitaran por él las mujeres que ofrecían su cuerpo, pues que de ese modo podían dejar ellas marcado claramente el sello informador de sus sandalias.
El día había sido caluroso y la noche se presentaba sofocante, plomiza y perezosa. En una cordada de esclavos, algunos musitaban un canto abatido, junto a un montón de fardos de pieles, sobre los que el capataz ejercía su oficio de vigía, armado con un látigo. La mayoría dormitaba en una pesantez de tiempo sin futuro. Eran el residuo de los tratos del día, y solamente los dioses podían conocer qué ocultos lamentos y pesares les nublaban su vista o poblaban sus sueños. Cuando alguno se estremecía, sonaban las argollas de todos con un repiqueteo amordazado por la carne apretada, que sin embargo ponía en guardia, cansinamente, todos sus desalientos. Cientos de mercaderes cuidaban sus riquezas a la espera del barco que debía llevarlas a Oriente u Occidente. Otros habían apilado sus tenderetes para pasar la noche. Pues que, apenas la oscuridad fuera de nuevo desleída por el fulgor del nuevo alba, volverían a tender sus esteras en las que desconocidos productos volverían a mostrar sus colores, sus aromas o el bruñido de sus brillos solícitos.
Contemplamos cómo lentamente el mundo iba entrando en el sopor espeso de la noche. Selene se alzó sobre el mar como una inmensa dracma entintada de rojo. El augurio no podía ser más oportunamente propicio para nuestros atletas. Los imaginé sobre la cubierta del barco, absortos en tan gran espectáculo, pues que realmente parecía anunciarse un sublime prodigio. Hasta tal punto que, cuando apareció en su totalidad el disco sorprendente, hubo quien se apresuró a ofrecer un regalo al altar de la diosa. Sobre la escalinata, su ara fulgía ensangrentada como en plena mañana de comercios y tratos, cuando los sangradores se muestran agobiados. Tan espectacular resultaba todo aquello que, cuando algunos ciudadanos vieron la doble moneda roja con que su reflejo se metía en las cuencas vacías del ciego y harapiento Eufronio, quien golpeaba su escudilla sobre el suelo con temblor insistente de poseso, se sintieron en la obligación de tirarle, espléndidos, un óbolo, pues que, sin duda, aquel resplandor inusual y magnífico era un clamor evidente de las divinidades. Un muchacho andrajoso que lo acompañaba, reptaba con gran agilidad para atrapar las insistentes dádivas, a la vez que ejecutaba alguna cabriola como agradecimiento. Todo el rato estuvo el desastrado guiando sin descuido la cabeza al ciego, para que en sus ojos siguiera el mayor tiempo posible espejeando aquel terrible fulgor que les era así de productivo. Pero cuando Selene ascendió, su aura se torno pálida y su esfera se fue reduciendo y haciéndose lejana. A mí se me ocurrió pensar que tal vez quisiera ella, al igual que un cometa, seguir la ruta de nuestra legación guiando el bogar de su nave. Entonces el muchacho aconsejó a Eufronio que se incorporara y cesara ya de ser, tan escandalosamente, mensajero de Zeus; pues que Selene ya no estaba en sus ojos y el ámbito había dejado de serles tan fecundo.
Una vez más, la sagrada tregua había hecho que los arsenales se encontraran sellados y, únicamente, un retén de la guardia los custodiaba ahora. Telis, Cleofonte y yo, vivimos aquel día repletos de emociones y de nuevos proyectos. En cada uno de nuestros corazones comenzaba a anidar el deseo de poder, un día, ser nosotros también embajadores de la heroica Atenas.
Deambulamos, aún, de un lado para otro durante un largo rato. Vimos, incluso, la salida de las meretrices. Lo hacían, en los días señalados, con gran despliegue de ostentación y lujo. Algunas iban hermosamente engalanadas, precedidas por una esclava, que haciendo los oficios de fámula, llevaba un largo varal en cuyo extremo se cimbreaba un farol vidriado con colores. Llevaban las muchachas cinturones repletos de suaves campanillas, que iban sonando según se desplazaban. Tras ellas, y a la distancia que manda el ceremonial, caminaba la hetera, velada entre sus gasas, dejando sobre el polvo, como sobre una tablilla de cera tierna y recién aplicada, el cuño de sus pasos. Eran bien conocidos los emblemas y símbolos que cada una de ellas ostentaba. Pues, incluso los forasteros, eran enseguida muy bien informados de las bellezas, especialidades y excelencias que adornaban a cada una de ellas. La más famosa y celebrada entonces era una rodiata de nombre Cinisca, de cuya casa, los que la conocían, no dejaban de hablar. Afirmaban que tenía toda la vivienda dedicada a ser estancia apropiada para su noble arte. Los mejores pintores habían decorado muros y paredes de todas sus cámaras con pinturas fogosas en las que los ejercicios y acrobacias de amor eran su tema único. Colores encendidos y orlas y cenefas de pájaros exóticos y forestas remotas, remataban los muros allá por los lugares por donde los extenuados amantes suelen perder sus ojos y mirares, una vez que se han deleitado en los dulces enredos del amor. Yo había aprendido todo esto de cuanto Alcibíades nos había contado, pues él era el que, no se sabía por qué extraños recursos, estaba más versado en tales asuntos, más propios de gentes de edades superiores. Asistía, pues, yo a todo este espectáculo con los ojos abiertos y el entender perplejo, tratando de anudar cuantas hilas iban surgiendo en mi interior en relación con todo aquel asunto del amor, el sexo y la concupiscencia.
Cuando nos pareció que ya no nos sería tolerado un retraso mayor, volvimos a entrar dentro de la muralla. En cuanto nos alejamos de El Pireo, el silencio en las calles se fue haciendo más denso, y a mí el corazón comenzó a palpitarme, pues que comencé a comprender que el tiempo había cursado más velozmente de lo que había previsto. Atenas estaba sumida en la calma de plomo de una noche de extrema templanza. De algunos patios se escapaba el tenue resplandor de las linternas. Selene era ahora una moneda ínfima de un blancor descarnado que surcaba en un cielo cuajado por la lechosidad de un polvo luminoso. Viéndola así, entronizada en el confín, a mí se me ocurrió que me estaba acusando de veleidad y falta de respeto para con quienes, aún, debían dictar las normas y preceptos para regir mi vida.
Entré en la casa de Agios descalzo para que mis pies me aportaran más silencio y prudencia. Mi padre estaba reunido con su amigo Ictino, que había venido a adquirir al esclavo Damisco, de quien seguía prendado. El y Calícrates estaban levantando para la ciudad el gran templo de Atenea Pártenos cuya esbeltez y belleza ya era comentada por la boca de todos. Agios había dispensado a su amigo una estupenda cena y su conversación parecía afable. Las mujeres se afanaban aún dentro de la cocina. Vi a Forsila llorar y a mi madre consolarla muy cariñosamente. Luego, Agios e Ictino, acompañados del elocuente Cleón, a quien el arquitecto había encargado hacer valer sus razones ante el vendedor, esperando que su oficio de gran orador apoyara su pasional demanda, comenzaron a establecer los argumentos y extremos del trato. Agios había mandado llamar a Damisco, quien esperaba cabizbajo y ausente, apoyado en una de las columnas del cíngulo del patio. Cuando hube cenado y me informé de lo que acontecía, me acerqué hasta él. Apenas me sintió cerca, alzó la vista y me miró asustado y casi implorándome. Damisco era un muchacho aún demasiado joven, a quien aterraba salir de nuestra casa. Había sido adquirido por mi padre cuando aún era un niño y traído con nosotros para que Forsila lo atendiera y cuidara. Agios debía haberlo hecho queriendo compensar de algún modo lo que su crueldad había obrado con la buena acaya, cuando naciera yo. Forsila era, pues, para Damisco, lo mismo que una madre y separarse de ella, creo que lo aterraba.
Sé que a Agios, sin embargo, le costó entregar a Damisco y que sólo la seguridad de que ello sería sumamente ventajoso para su esclavo, le animó a aceptarlo. El muchacho era un buen trabajador y en todo obediente. Cuando Damisco compareció ante su amo y ante su comprador, lo hizo tembloroso y grana de rubor. Agios batió sus palmas e hizo que se llamara a mi madre y a la esclava Forsila. No era habitual que las mujeres, y mucho menos las esclavas, presenciaran los trueques o asuntos de los hombres. Yo me quedé escuchando, pegada mi mejilla a la pared del patio, pues que el dolor y la impotencia me estaban empujando de la furia al descaro. Agios tenía ya su trato realizado. Vendería a Damisco. Y lo cedería no por unas monedas, sino bajo la condición de que si, un año después, Ictino no había sido capaz de seducirlo para su cuidado y su casa, el muchacho volvería a ser nuevamente de nuestra propiedad. Se aseguraba así que las buenas intenciones que Ictino aseveraba y el afecto que decía sentir por el joven quedarían probados en todos sus extremos. Vi a Damisco mirar a mi padre incrédulo y gozoso. Forsila alzó también la vista, se adelanto desde el rincón oscuro en el que había escondido, igual que tras un velo, su rencor y su pena, y acercándose al clino que soportaba a Agios, tomó sus manos y las besó en silencio. Sin decir nada más y sin esperar a nada posterior, la vi salir del cenáculo; su espalda iba soportando un nuevo embate de la vida. Un año después, Damisco ya no era un esclavo. Ictino lo había convertido en su amante y el joven se dedicaba con interés a la educación profusa de su mente y a la adquisición hambrienta de conocimientos. Con el tiempo, la ciudad de Atenas ha tenido en él un magnífico copista de edificios y templos, pues que aprendió a dibujar y a hacer anotaciones de todo el arte y la experiencia que su mentor le fue entregando a lo largo de su convivencia. Y quien fue testigo de la muerte de uno de los grandes arquitectos del templo de la diosa, asegura que su postrera mirada y su último aliento fueron para agradecer a quien tanto afecto y tanto ardor le había aportado en los últimos años de su serena vida. Y cuando Forsila fue anciana y la negra ceguera pasó como un ciclón devastador por mi vida, sumiendo en la miseria a mi razón y a mis entrañas, Damisco la recibió en su casa y la trató como a la madre a quien la guerra le matara, antes de conocerla, en sus tierras de Turios.
Recuerdo vagamente algunos acontecimientos de por aquellos tiempos. Otros quedaron en mi mente grabados igual que los tatuajes que lucen los de Nubia. Los días, eso sí, pasaban con precipitación. Nuestros atletas volvieron de las Olimpiadas. Hubo festejos en honor de nuestros escasos vencedores y se erigieron estatuas para que la posteridad no olvidara sus nombres ni sus gestas. Alexias seleccionó entre nosotros aquéllos que le parecieron más aptos, y nuestra ejercitación resultó desde entonces más exigente de lo que nunca hubiera imaginado. Nos impuso severa vigilancia en cuanto ingeríamos. Pistias trasladó orgulloso la orden a nuestras cocineras. Y desde entonces, toda mi existencia estuvo dirigida a preparar mi cuerpo. Un orgullo recóndito me invadía por dentro, a la vez que la vanidad me iba poseyendo. Ser admirado era todo un deleite. Ver cómo la belleza se iba posando sobre mí como un manto de luz, era algo tan sorprendente y a la vez tan amable, que comencé a creer que la vida no tenía otro sentido que aquél que me conducía a modelar mi cuerpo y a ser un vencedor en aras de mi patria.
No obstante, enseguida aprendí que los dioses siempre vigilan la veleidad del hombre y humillan su cerviz y tronchan su rodilla, pues que tan sólo ellos han de ser admirables. Así pues, un día que salí al campo con todos mis amigos, me alcanzó la prueba. Nunca me habían gustado las batidas de caza. Siempre consideré que a los animales hay que dejarlos libres, si es que en la libertad han sido concebidos. Pero Alcibíades había construido magníficos venablos y era imperativo probarlos en el campo. Ya éramos, por entonces, audaces lanzadores de nuestras jabalinas, y aquello se establecía a manera de un reto. Perseguiríamos durante todo el día a cuanto se moviera. Cobramos piezas y competimos sobre troncos de árboles. Hicimos pasar nuestras saetas por angostos espacios y, en un páramo abierto, porfiamos para ver quién era el que lograba efectuar la tirada más larga. Ya próximos al cenit, cuando Helio estaba en su punto más alto, nos sentamos junto a unos canchales a reposar un poco. El tiempo era áspero, el calor hacía arder el aire y agrietaba la tierra. Hasta las plantas parecían esculpidas en estructuras pétreas, puesto que nada vivo se reflejaba en ellas. Callamos un instante y, junto al cansancio, enseguida noté el aceite del adormecimiento como un fluido dulce que me iba bañando. Sucumbía al letargo amable de la siesta cuando, de pronto, sentí un dolor agudo próximo a la muñeca y un latigazo de miedo me recorrió entero. Miré a mi mano y vi aterrado un zigzagueo plata que ya se hundía por entre la maleza en su huida nerviosa. Me sujeté el brazo y me incorporé mientras los otros venían, raudos, para atenderme. Alcibíades se armo con una enorme piedra y, un instante después, me trajo a la víbora como una cuerda flácida y con la cabeza machacada y sangrante. Una ola de fuego me recorrió entero y apenas si noté cuando, con la correa de una sandalia, Cleofonte, me ataba el antebrazo para que el veneno no circulara libre. Después, Telis, tomando la espina de una acacia, me punzó en la herida en medio de un dolor tan sólo comparable al miedo que ya me poseía. De inmediato, succioné el desgarro con cuanta fuerza tuve. Quería escupir fuera de mí aquella sangre, que ahora me brotaba renegrida y dulzona como una ponzoña. Muy nervioso se me agitaban las fauces, pues que, crispado, mordía una y otra vez sobre la sucia pústula amarilla y violácea. Enseguida el brazo empezó a inflamarse y a hundirse la correa entre la carne ya congestionada. Inmediatamente emprendimos el camino de vuelta, pues que todos sabíamos que no debíamos perder ni tan sólo un momento. Al pasar junto a la fuente Enemia, Telis se detuvo un momento. Cuando nos alcanzó, traía un puñado de barro fresco que me aplicó sobre la mordedura sujetándolo con un trozo de lienzo que arrancó de su ropa. En el último tramo, les pedí que hiciéramos un alto. Mis piernas me pesaban cual si me las lastraran con talegos de arena. Junto a Calirroe, me humedecí los labios, pues que el ardor interno me los había vuelto secos como la tierra misma y mi lengua era un estorbo incapaz de mojarlos. Recuerdo que contemplé los árboles que flanquean el curso del Iliso como si un vaho azul los fuera diluyendo, a la vez que el cimbrear de sus copas parecía mecer también y arrebatarme mi visión del mundo, ahora, opaca e imprecisa. Entré en la ciudad entre el martilleo agobiante de una multitud que parecía que me fuera acosando y gritando igual que a un perseguido. Y cuando oí los golpes apresurados con que mis amigos reclamaban presencia en la puerta de Agios, sentí cómo mi cuerpo se entregaba al amable cobijo de mi casa, igual que un animal torna a su madriguera cuando siente el acoso.
Abrió de par en par Forsila, como si esperara recibir algo grande y un ay de sorpresa se escapó de su boca, a la vez que convocaba con premura a mi madre y a Drosis. Y en el frescor húmedo del portal, perdido entre los racimos de uvas que decoraban sus muros, escuché cómo acosaban a los otros muchachos para que les contaran qué me había ocurrido. Mientras, yo me confiaba, dócil, a un devenir que iba presintiendo que no estaba en mis manos.
Noté cómo me desnudaron en medio de un temblor que me hacía encogerme y cómo me lavaron con un agua que parecía helada. Sentía el ardor en mi frente y la humedad incómoda del sudor abrazándome el cuello, a la vez que los pies y las manos se me iban entumeciendo, cual si todos mis miembros fueran poco a poco haciéndoseme ajenos. Y entre un desfilar incansable de imágenes enormes y borrosas, pretendía yo recuperar un cuerpo que parecía que se me iba despidiendo cual si fuera extranjero. Sé que saboreé por vez primera el jugo amargo que acompaña a la muerte. Era la torva primicia con que los dioses me anunciaban el miserable destino que aguarda a los hombres, y lo hacían en el tiempo en el que únicamente yo soñaba con dulzuras, con bellezas y glorias. Permanecí durante varios días hundido en la zozobra de la muerte. La fiebre minó tanto mis fuerzas, que la debilidad me hacía no perseguir ni desear la vida. Creo recordar espacios de vigilia perdidos entre las brumas de una mancha informe que me ahogaba como un charco podrido. Me ardían los ojos, los labios; me abrasaba el aire en la garganta y sentía el pulsar insistente de mi corazón latiéndome en el brazo. Mi cuerpo exhalaba un olor agrio y corrompido y mi mano era un muñón gris y verdoso, sobre el que el físico había sajado varias veces y aplicado un emplasto de ortigas y aceites que ofrecía aspecto repulsivo. Sentí, no obstante, con lucidez macabra el momento en que la calentura tocó su marca máxima. Fue como un fiero oleaje que me hizo entender lo que es la locura con la que las deidades limpian y purifican el interior avieso de los hombres turbados.
Cuando amanecí, al cabo de unos días, recuerdo haber mirado incrédulo mi cuerpo, mi lecho y en mi entorno. De pronto, era como si examinara mi existencia sin llegar a creérmelo. Intenté alzarme y noté que algo me sujetaba al lecho férreamente y, sin hacer esfuerzo, me abandoné nuevamente al cauce de los pensamientos y me quedé aletargado, dejando que la luz se fuera deslizando sobre la piel del muro. Mi madre y Forsila siguieron lavándome el cuerpo, dándome la comida y cambiando el apósito que parecía obrar bondades en mi brazo. En unos días más, la hinchazón descendió y la fiebre me dejó por completo, a la vez que me fueron volviendo las fuerzas poco a poco. Y pronto me vi alzando a Caris en mis brazos y dejándome examinar por los ojos inquietos de la niña, quien me mirara cual si me viera de nuevo después de mucho tiempo.
Cuando estuve restablecido, volví a asistir al Gimnasio con regularidad. Pocos días me permitió Alexias un ritmo diferente al de mis compañeros. Había, el gimnasiarca, puesto en mí su mirada y no estaba dispuesto a que le defraudase. Lamprocles seguía también haciendo que nuestras mentes fueran cada día separándose un poco más de la infame torpeza. Y la amistad entre Cleofonte, Telis y yo se iba reforzando como un paño de lana muy bien abatanada.
Un día, cuando nos disponíamos a salir del Gimnasio, vimos a Sócrates que esperaba a Alcibíades y a Antioco. Seguramente ellos le habían hablado de mi enfermedad, pues que, amablemente, se interesó por mi salud y estado. Era un hombre feo, de facciones groseras y bastante achatadas, que caminaba de una manera extraña, pero que transmitía un halo enigmático. Era aún joven pero su porte lo hacía parecer maduro. Tenía una manera peculiar de formular preguntas. De tal modo era así que, tras cada respuesta que uno contestase, siempre quedaba implícita una nueva incógnita; flotando, expandiéndose, haciéndose a sí misma por sobre el mismo aire. Y no puedo precisar muy bien qué fue lo que me preguntó aquella tarde. Pero sé que por la noche, cuando nuevamente me encontré a solas, abrigado en mi lecho, pensé en la vida y en la muerte, en el terror y en la gloria; en esos dos jalones que flanquean el curso encajonado de la vida de todos los mortales, en el que es duro y confuso el avanzar e imposible todo retroceso.

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