3.11.13

CAPITULO DECIMOCTAVO




Una sola gloria es real y perdurable, aquélla que se asienta en la verdad personal y alza su edificio de dignidad humana obrada día a día sin ruidos ni farándulas. La otra, la del encantamiento y el vértigo, el bullicio y la fama, el glamour y la pompa, el delirio fanático o la vanidad plausible, no es más que pavesa danzando alocada en el viento, espuma rizada entre las olas o calina que juega a maquillar de irrealidad el día, aparentemente luminoso, de la vida.

XVIII

EL RAYO DE COBALTO
Es difícil que yo pueda explicar cómo fue mi estado de ánimo tras aquel día. Sin entender por qué, me convertí de inmediato en cómplice del embuste y de la falsedad. Como un traidor o un ladrón, trataba de ocultar, aún ante mí mismo, mis propios pensamientos, pues temía que cualquiera pudiera vislumbrar tan grave mentira, incluso, mientras yo pensaba en ella. Algo me había arrastrado ciegamente hacia la infamia. La sola posibilidad de que Agios pudiera estar vivo, me impedía cualquier otro pensamiento o actitud que no estuviera dirigida a liberarlo y a retornarlo de nuevo hasta su casa. Nada importaba que algo dentro de mí se hubiera dividido y que yo tuviera, desde entonces, que encararme y soportar para siempre una existencia hundida en el desprecio. Hasta ese punto, -debo confesar- me ahogaba esa tenaza férrea que nos apresa con el misterioso nudo la sangre.
No obstante, seguí asistiendo con puntualidad a mi tarea en el taller del eminente Fidias. Me esforcé para que, aparentemente al menos, mi comportamiento fuera igual al que había observado en días anteriores. Pero pronto, mi inseguridad comenzó a imaginar cierta inquietud en el modo en cómo el maestro me trataba. Dos días después, cuando terminamos la sesión, Fidias me pidió que me quedara un rato más; al parecer, quería algo de mí. Su requerimiento me hizo palidecer. Recuerdo a mi voz aceptando su demanda con ese tono de quebranto que siempre impone la culpa en las palabras de todos los acusados que se han confesado, interiormente, su delito. Cuando hube vestido mi cuerpo con mis ropas, pasé a la terraza de la casa. El artista me estaba esperando a la sombra amable que se tendía a aquella hora bajo el peristilo. Un esclavo le ataba las sandalias y junto a su asiento, su báculo, de marfil torneado, proyectaba una sombra que a mí me pareció extraña e inquietante, cual la de un reptil que hubiera sido raramente inmovilizado en su quiebro. Sin embargo, la luz rojiza de la tarde bañaba las pinturas del muro de tal modo que, cuanto allí estaba dibujado, parecía haber entrado en un estado de ingrávida y confiada hermosura. Pedí al esclavo que me sirviera una copa de agua, pues la necesitaba para tragarme el temor seguía acompañando a mi respiración. Bebí con ansiedad, como si quisiera tragarme mis temores. Bebí y me quedé esperando, apoyado en la balaustrada. No se podían divisar desde allí más que las frondas del cuidado jardín, pero ellas daban a aquel espacio el estado de apacibilidad y cobijo que yo necesitaba.
Fidias no quería en realidad interrogarme, sino mostrarme algo. Cuando él estuvo ya dispuesto, salimos de la casa y nos dirigimos a un lugar que estaba situado muy cerca del Altis. Era una edificación muy sencilla, rectangular, sin ningún adorno que la dignificase. Frente a ella, se encontraba el Héroon, las Termas y, un poco más allá, la Palestra. El esclavo que nos acompañaba se adelantó, soltó el candado con forma de batracio, corrió el cerrojo y nos abrió la puerta. Olía a humedad reciente, aun a pesar del mes en el que estábamos. Un pequeño vestíbulo sumido en la penumbra daba paso a un espacio más amplio sin ninguna abertura hacia el exterior, oscuro como un mausoleo. Era un lugar vacío totalmente. Nuestros pasos sonaban en su interior con la oquedad que siempre impera en los lugares santos. Fidias me condujo hacia el centro. Una banqueta alargada era el único mueble en todo aquel recinto. Cuando el esclavo hubo despabilado el mechón de una lámpara, la prendió y la dejó en el suelo, en el centro. Advertí cómo nuestras sombras se hacían inmensas y cubrían los muros. Fidias le pidió que nos dejara solos y el muchacho se ausentó cerrando, tras su salida, la enorme puerta. “Éste es el lugar, Antandros. Este espacio tiene exactamente las mismas dimensiones y disposición que el interior de la cella del templo. He pedido a las autoridades que me construyan este taller, y aquí levantaré la estatua monumental de Zeus. Cuando esté concluida, ordenaré que se derribe todo este edificio que la habrá preservado durante su proceso de gestación. Igual que Rea preservó al dios recién nacido de la ira devoradora de Crono, yo también lo salvaré de la envidia y la inquina devoradora de los hombres. Quiero que sea así como la estatua del dios emerja pura, y vea por primera vez la vida. Y que así sea como los mortales puedan contemplar al dios entre los dioses. Después ya podrá ser conducido a su lugar del templo y yo morir en paz. Por eso, cuando terminen los Juegos, pediré que se me instale aquí dentro, únicamente, un lecho para reposar. Será en el lugar que has visto a la entrada y que se semeja a un escueto prónaos. He decidido encerrarme aquí con mis dos más fieles ayudantes para dar comienzo a mi proyecto. Ningunos ojos más verán la génesis de la estatua del dios. No quiero que me ocurra nunca más lo que me sucedió en Atenas. No hay que dar alimentos a la envidia. Quiero vivir desde ahora sólo para mi obra. Quiero que ella sea la esencia y el resumen de cuanto mis cansados ojos y mi alma han logrado percibir del mundo, su terror y hermosura; de cuanto mi desolado entendimiento ha sido capaz de destilar de la sabiduría y las divinidades. He querido que tú lo vieras. Algo me dice que compartirlo con tu juventud me ofrecerá el ímpetu y la fe que ahora necesito”.
Temblé escuchando aquella confidencia que se me ofrecía como una tácita demanda. Miré impotente hacia el suelo. Era de tierra áspera que únicamente había sido alisada. Un círculo de luz pelaba aquel lugar destinado a servir de cuna para el dios. Todo allí estaba desnudo y desprovisto. Los muros exhibían la palidez sucinta y desamparada de los lienzos. Entre la oscuridad, me dejé abrigar por aquel ámbito en el que las palabras de aquel hombre, ya casi anciano, resonaban a la vez con la fuerza de una proclama regia y el temor y la incertidumbre con que suele preguntar sus dudas un muchacho impúber. Había tanta fortaleza y tanta debilidad en ellas... Tal vez así se debería encarar el final de una existencia, en soledad, desnudez y silencio, unidos solamente a lo que nos importa. Luego, el escultor se quedó callado y yo me dirigí hacia un rincón y me senté en el suelo. Sentía un profundo cansancio; tanta tensión me hacía notarme totalmente agotado. Desde allí todo parecía inmenso y aplastante. Contemplé a Fidias. Estaba sentado sobre el banco cual un ser perdido entre el celaje tenebroso del tiempo. La sombra de su cuerpo era enorme; su figura minúscula. También él me parecía ahora solamente un humano. También él era un hombre pequeño y vulnerable. El resplandor inquieto de la luz jugaba a modificar y a confundir los rasgos de su cara, y otra sombra de su cuerpo se tendía, a la vez, afilada y mucho más oscura sobre el pavimento. Sin duda, también él se encontraba confuso y aterrado, aunque estaba claro que conocía que sólo en sí mismo podía encontrar el sosiego y la confianza que necesitaba.
Tras aquellos días, jamás volví a ver al arquitecto. Sentí su muerte silenciosamente cuando se produjo, con el dolor íntimo que duele la pérdida de aquéllos a quienes se ha querido. Y cuando, tras los años, he vuelto a Élide y, sin ser conocido, he podido ver la estatua del gran Zeus Olímpico, he creído escuchar y sentir cada uno de los golpes de cincel con los que el magnífico dios debió ir renaciendo, esquirla a esquirla, del brazo firme y del alma vigorosa de aquel hombre. Victorias, esfinges, Gracias, Estaciones y atletas tallados, decoran su trono de bronce, ébano y piedras preciosas, grandioso y sin igual. Pero en su hombro derecho, níveo de desnudez, yo he descubierto el bruñido de mi carne de entonces y, en un punto impreciso de su hondo semblante, una brizna, cual un estigma oculto, de todo el dolor que me ha entregado, con su raudal, la vida.
De aquellos días, conservo, en el fondo de mí, el afecto con el que Xenócrates se hizo mi más próximo. Todos cuantos participaríamos en la gran carrera pernoctábamos en el mismo recinto y nuestra vida estaba presidida por la mutua y perenne compañía. Pero únicamente él fue capaz de darse cuenta de que una nube extraña ensombrecía mi recóndito espíritu. Y en la medida en que su lealtad de adversario se lo permitió, trató de ofrecerme su apoyo y su optimismo, aun a pesar de que nada sabía de las auténticas razones que embargaban mi ánimo. Nunca llegué a saber si Dorieo conocía cuanto sus procuradores estaban urdiendo para que el triunfo lo coronara por tercera vez. Huí de encontrarme con ellos y no busqué más aclaraciones. Sus instrucciones eran muy precisas: me sería dicho dónde estaba Agios, si yo cumplía mi parte en el contrato. Del comportamiento del atleta rodio me fue imposible concluir en algo conciso e indudable. No obstante, era evidente que sólo yo parecía inquietarle ante la gran carrera. Tirteo y Androtión seguían afanados en su propia ensoñación. Era hermoso sentir cómo, en el alma de mis compañeros, de uno u otro modo, la llama de la gloria parecía alumbrar repleta e intacta de esperanza. Sólo yo permanecía sumido en la negrura amarga de mi pacto. A veces, ante ellos, me resultaba duro el contener la ira y las lágrimas. Una y otra vez, repetía mentalmente el rezar de mi Oráculo, tratando de averiguar hasta qué sima debía conducirme, tras esto, mi destino. Únicamente yo conocía cuánto entusiasmo, esfuerzo y entrega había puesto en mi tronchado y desvanecido propósito. Solamente yo era capaz de calibrar la tristeza y decepción que procuraría mi derrota a quienes creían y esperaban en mí. Las imágenes de Caris y de Amasis me atormentaban cual la de dos enemigos. Y únicamente yo era el indicado para describir hasta qué punto de indignidad y miseria se había arrastrado mi honor y humillado mi espíritu.
Pero nadie como Pistias comprendió y supo que algo terrible me estaba sucediendo. Desde nuestra llegada, yo le había encargado que se afanara en localizar a Licino, el hijo de Lámaco, el tebano. Nuestra búsqueda en Tebas nos había aportado algunas pesquisas que era preciso apurar. Suponíamos, ambos, que tal vez, aun a pesar del gran dolor que sin duda le había inferido su antigua derrota, fuera posible que viniera a presenciar de nuevo los agones. Para un atleta, el veneno se lleva siempre dentro y corroe con la tenacidad con que pudre la herrumbre. Cuando mi esperanza era la de competir y ganar, mi insistencia sobre ello había sido tenaz y obsesiva; quería, necesitaba verlo, y Pistias lo sabía. Pero luego, mi deseo decayó de tal modo, que en el frigio no pudo por menos de anidar la sospecha de que algo raro debía sucederme. Mi estado no era el propio de un competidor. Casi a diario me había informado él de cuantas averiguaciones había hecho sobre el particular. Ahora, yo, fingía atenderle para que no llegara a descubrir mi desinterés y mi total apatía. Un día en que mi desatención fue clara y evidente, el frigio me habló con ruda contundencia. Seguramente había llegado a la conclusión de que el regalo del caballo y las visitas de Teofrasto no respondían simplemente a la mera atención de un hombre seductor, cortés e interesado que quiere procurarse un hermoso muchacho. Por todo ello, Pistias me habló así: “Ya no soy tu esclavo. Estoy a tu lado porque quiero que sea así. Hace tan sólo unos días, te dije que aún no había llegado la hora de abandonarte. Puedes estar seguro de que, cuando llegue su momento, lo haré. Pero hoy tal vez los dioses deseen que algo se obre para ti a través de mi mano. Ordéname y yo actuaré. Cuando uno no ha dispuesto durante tanto tiempo de su propia existencia, tal vez no le importe renunciar a ella para siempre. Antandros, te he visto nacer y te conozco; tu ser te ha abandonado. De nada podría tu amigo Pistias sentirse más digno y orgulloso que de servirte con su vida desde su libertad. Tú me la regalaste. Ahora so y yo quien desea regalártela a ti. Úsala, si es que la
necesitas. Orgulloso por mi lealtad a ti y sumiso ante el castigo, me someteré al dictamen del Areópago, si es que mi acto merece su justicia”.
Abracé a mi amigo y, una vez más, le pedí que me dejara solo. Era una amarga dicha sentirse querido tan incondicionalmente en medio de un mundo tan sórdido y avieso. La vida giraba y se confundía en mí con todo su arrebol de miseria y grandeza. Sólo el destino podía poner orden en mi cabeza y dirigir los pasos en mi vida. Me entregué en sus manos. Mi boca permaneció sellada y mi pulso firme en medio de mi penar terrible. Agios era mi padre, lo demás no debía importarme.
Al fin llegó el día de la marcha hasta Olimpia. Me levanté temprano y me fui hasta el Cládeo. Helio hacía lucir de plata el manto de las aguas. Llevé conmigo las ropas que habían traído hasta mí la desgracia y, tras mis abluciones, las até a una piedra y las hundí en el río. Vi desaparecer las ropas de Agios bajo la corriente como si el caudal quisiera borrar cuanto antes las pruebas indignas de un delito. Después salí del agua y volví junto a los míos con la sensación de que todo estaba sellado para siempre. Enseguida se configuró la formación. Nuestros helanodices estaban ya nombrados y ellos se pusieron al frente y en los flancos del grupo de los corredores. Nosotros marcharíamos en último lugar. El cortejo estaría abierto por los teoros, cuyas trompetas, bocinas y timpanones irían proclamando, para la multitud que lo esperaba apostada a todo lo largo del camino, que el colosal desfile ya se iba acercando. Los muchachos desfilarían tras ellos, detrás iríamos los adultos. Era éste momento, el previo a la partida, aquél en el que, entre los atletas, era costumbre dedicarse parabienes y desearse, mutua y deportivamente, la gloria en las contiendas. Abracé sin atención al resto de mis compatriotas y, aturdido, fui recibiendo el deseo y la certificación fervorosa de quienes aún creían en mi indudable victoria. Soporté la prueba con firmeza y deseé, una vez más, que cuanto antes pasara aquel suplicio. Cuando la comitiva se puso en marcha, fijé mis ojos en la lejanía y marché erguido junto a todos mis iguales. Y una sola pregunta llenó mi mente durante aquella prueba terrible a la que estaba siendo cruelmente obligado. ¿Qué había hecho yo para que se me privara de tanta dicha como entrañaba, para cualquiera de los integrantes, el solo hecho de ser un miembro digno del sagrado cortejo? Pero por más que mi amargura horadó en mi mente, ninguna respuesta se acercó a amparar mi angustia y desconsuelo. Pasé ante el lugar donde estaban los árboles en los que, antaño, nos encaramáramos Kebe y yo, y envidié los tiempos en los que mi fe en la vida y mi entusiasmo eran algo tan vital y espontáneo; aquellos tiempos en los que todo mi ser creía sin fisuras en la bondad de la existencia y en la dicha. Ahora todo era distinto y el mundo de los hombres se me mostraba como un enorme engaño repleto de maldad, codicia y confusas razones que parecían subyacer en cuanto su voluntad obraba.
En Olimpia recibí, sorprendido, la visita de Alexias y el viejo Timasión, a quienes no esperaba. Se habían desplazado hasta allí para ver mi victoria. Sé que estrecharon mi cuerpo como quienes abrazaran un fardo desprovisto de vida y que se retiraron confusos y apenados, pues que no podían comprender mi estado de desánimo. Incluso, sé que Alexias buscó de inmediato a Martron para tratar de averiguar qué me sucedía. También sé que hicieron, urgentemente, los arreglos precisos para que fuera Timasión, y no otro, quien atendiera mi cuerpo en los momentos previos al certamen, esperando de ello que yo reaccionara.
La ceremonia de iniciación fue grandiosa y espectacular. El gran Estadio rugía de entusiasmo, tal vez estimulado por el furtivo rencor que la guerra hacía latir en los pechos de los cincuenta millares de espectadores que, según se afirmaba, se habían reunido para la ocasión. Hervía el tumulto de fervor y alegría. Pero impresionante fue el silencio que nos sobrecogió, cuando un helanodice preguntó con voz potente y firme si todos los que nos proponíamos participar estábamos limpios de delitos de sangre o sacrilegio. Un pavor tremendo me hizo temer que el mismo dios clamara en mi denuncia, pues sacrílega era la indignidad que asolaba mi alma. Luego escuché, incrédulo, mi nombre pronunciado con una claridad que parecía desnudar cada una de las letras que lo componían: “¡Antandros, hijo de Agios, de la ciudad de Atenas!” Y un escalofrío me recorrió entero, tensó mis mandíbulas y ocupó de rigidez mi cuerpo. Al fin había llegado mi momento; era tan injusto que los dioses me privaran de saborearlo...
Cuando se efectuaron los sacrificios sobre los altares de los dioses y del heroico Pélopas, los helanodices juraron solemnemente realizar con imparcialidad su arbitraje. Después se celebró el concurso de trompetas, cuyo clamor llenó el cielo abierto del recinto sagrado de cuantos sones hermosos puedan concebirse. El certamen fue largo y muy reñido y la victoria se adjudicó a un joven muchacho, nacido en Mesenia, a quien es seguro que ampararan Euterpe, Terpsícore y Erato, pues que el modo de ejecutar su música solamente podía concebirse si las tres Musas estaban de su parte. Luego vimos correr sobre la pista a Cleantes y Meliso junto a otros catorce muchachos procedentes de toda la extensión de la Hélade. Sus puestos fueron honrosos, pero no alcanzaron la victoria deseada para Atenas. Martron y Alexias consolaron a los jóvenes atletas haciéndoles caer en la cuenta de que un esperanzado futuro se abría para quienes, a su temprana edad, ya habían logrado alcanzar la meta en tercero y cuarto puesto. No obstante, en su desconsuelo quise ver la segura angustia de mí mismo.
El segundo día, asistí a la Palestra para ver el certamen de disco, salto, lucha y jabalina. Recuerdo haber puesto el pie en aquel recinto con el temor de quien fuera obligado a pisar sobre el pecho o el vientre de un cadáver. Allí era donde había visto, exánime, a Licino; y su recuerdo aturdía mi mente y poblaba, aun entonces, de irrealidad mi vista. Caminé junto a mis compañeros bajo el pórtico que lo rodeaba y evité pasar por aquel flanco donde el dedo, aparentemente muerto, de mi abatido héroe, había escrito sobre el pavimento el garabato terrible. Aquel trazo quebrado que, misteriosamente, me había seducido y atado a aquel destino de atleta y hecho cautivo para siempre del gran dios. Contemplé los concursos sentado junto a una columna. Todo en torno al abierto rectángulo bullía de afán y de fervores. Quienes se dedicaban a las apuestas, corrían en secreto sus juegos y porfías. Los gestos y ademanes, con los que trababan vertiginosamente sus tratos y posturas, les hacían parecer seres tocados por una necedad que les impusiera toda una grotesca variedad de muecas y visajes. Elegí aquel sitio, pues el tacto áspero de la piedra me ofrecía, no sé por qué, la serenidad que todo aquel mundo de bullicio, competición y vanidad parecía robarme. Dejé volar mi espíritu junto a la caña que, con su aguja afilada, parecía querer rasgar el cielo impoluto. Íntimamente, también yo hubiera deseado abrir con el filo de un dardo potente e invisible el telón de ese abismo azul que está sobre nosotros y en el que debe estar escrito todo el misterio que rodea al vivir y a los hombres. Estobeo asió bien su jabalina por el bucle de cuero y su lanzamiento fue limpio y acertado. Durante un instante, creímos que el trazo impecable que describió su vara signaba sin reservas el triunfo para Atenas. Pero un mesenio le arrebató la gloria por, apenas, un palmo. Nos entusiasmó el salto prodigioso de Dicearco. Su cuerpo magníficamente formado exhibió todo su brío y ágil fortaleza. Y hubiera ganado a sus adversarios de no ser porque la pesa que llevaba en la mano izquierda no le abandonó en el último momento y su caída fue incierta y abangada. Un clamor general de admiración tronchada marcó una nueva derrota para Atenas. El resto de mis compañeros tampoco se alzaron con trofeos. Mi patria estaba, pues, abocada a una nueva prueba de humillación y ruina. Pero el mayor dolor nos lo produjo el estado en que quedó Erixias tras su participación en el Pancracio.
Sabido es que, de todos los certámenes, éste es el más cruel y sanguinario. Que esté prohibido únicamente arrancar la carne con los dientes o meter los dedos en los ojos, es suficiente testimonio de cuanta barbarie y dureza puede rodear a la prueba. Retiraron a Erixias del combate tras tocar por tercera vez el suelo. El bastón del helanodice que regía la prueba había golpeado varias veces, airadamente incluso, advirtiendo al eleo, que combatía fieramente contra él, que su forma de luchar rayaba permanentemente con lo inadmisible. No obstante, su triunfo pareció, al final, ajustado a las normas. Abandonamos la Palestra hundidos en la desolación. Sin que ninguno de mis compañeros dijera nada, yo sabía que todas sus esperanzas se asían ahora a mí como única tabla de salvación para lograr, al menos, un leve resplandor de dignidad que les templase el ánimo. En mí, tal consideración, clavaba aún más su puya inhumana.
Cuando llegamos a nuestro alojamiento, caída ya la tarde, se nos dispensó un alimento que todos tomamos en amargo silencio. Al día siguiente se celebraría la carrera con armas y todas las miradas me estaban dirigidas. Pensé en retirarme pronto para descansar. Sin duda, sería aquélla una noche amarga que yo debía penar en el más hipócrita y hermético silencio. Pero jamás podría yo esperar que aquellas horas que faltaban para la celebración de mi certamen fueran a ser tan cruelmente contrarias. Un emisario vino hasta nuestro alojamiento para anunciar a Timarco que su hermano Erixias había entrado en un estado realmente alarmante. Al parecer, conducido tras su combate al recinto que se le había asignado, su visión se había nublado, a la vez que un desvanecimiento le había sumido en un estado próximo a la muerte. A pesar de cuanto se me recomendó, acompañé a Timarco hasta la Palestra. Por segunda vez, aquel lugar era para mí un antro ocupado de muerte. El edificio estaba ya vacío y despoblado de voces y entusiasmos. La incierta y pobre luz que arrojaban las lámparas, sumía a las inmensas stoas que lo rodeaban en una penumbra lúgubre y a la vez inquietante. Un rectángulo de cielo azul oscuro salpicado de estrellas presidía, grandioso y enigmático, el centro de aquel cambiado ámbito. A lo lejos podía oírse, ofensivo y macabro, un rumor de festejo que venía desde las orillas del Cládeo y del Alfeo, donde se desplegaba el asentamiento de toda la multitud de tiendas que daban cobijo a cuantos visitantes honraban a la divinidad con su presencia. Seguramente, en muchas de ellas, se estaban festejando las victorias o trenzando acuerdos que dieran esperanza y futuro a quienes la derrota echaba de su patria. Nuestra venida había sido tan veloz y atropellada que, al entrar en la oquedad de aquel recinto, bajo la columnata, casi podía oír yo el pulsar agitado del corazón dentro del pecho de Timarco sumándose al mío. Entramos sin reparar en nada, cual si de nosotros exclusivamente dependiera la vida de Erixias. Ahora sí pasé sobre el mosaico en el que la sangre de Licino me escribiera, antaño, su arcano mensaje. Un hermoso dibujo, en el que se narraban las hazañas de Heracles, tapizaba todo aquel sobrio y desnudo pasillo, angosto como el grito nocturno de una fiera. Me sorprendió no haber reparado en ello cuando lo viera por primera vez. Tal vez la línea sinuosa y terrible de la sangre había borrado para mí cualquier otro grafismo, aunque en él se glosaran los “trabajos” de un héroe.
Entramos en la pequeña estancia donde se encontraba el agónico atleta. Martron y Alexias, junto a un físico, sacerdote de Asclepio, velaban el cursar de su trance. Un helanodice estaba sumido en silencio en un rincón; seguramente para certificar cuanto allí sucedía. Sabido era que, si uno de los combatientes moría, el contrincante era severamente sancionado, desprovisto de su triunfo y proscrito ante el dios. Alexias vino de inmediato a nuestro encuentro y acogió a Timarco con su abrazo. Calmó su primer momento de congoja y, cuando pudo hacerlo, nos habló: “Nada se puede hacer más de lo que el sabio sacerdote está haciendo. Ha sajado su cuerpo para que los flujos aviesos se derramen y aplicado un emplasto de tucía, ajo y de helechos tiernos, amasado con aceites y vino. Hay que esperar a que el ungüento obre con sus virtudes. Es inútil velar su postración. Sobre todo tú, Antandros, que aún te debes a cuanto la patria te tiene encomendado. Vete, pues, y reposa. Mañana es tu día”.
Me acerqué cuando mi ánimo me lo hizo posible al lecho sobre el que yacía Erixias. Desde el primer momento, imaginé confundido en su carne el cuerpo de Licino, y toda mi existencia cruzó por mi cabeza atando ilusión y amargura en una sola gúmena. Allí estaban la esencia del terror y de la gloria, el cero y el infinito de la existencia humana, la divinidad y la maldad del dios, uncidas y enlazadas. Nada me era comprensible en aquella terrible encrucijada a la que me había conducido la vida y el misterio.
No me marché. Cuando pude lograrlo, saqué de allí a Timarco y, juntos, nos sentamos en el suelo, en un lugar de la stoa desde el que podía verse la puerta de la estancia en la que estaban ellos. Así la mano de mi compatriota y traté de darle cuanta fortaleza yo sabía que no habitaba tampoco en mí, pero que su desolación necesitaba. Él había sido derrotado y su hermano estaba agonizando. La amargura y la consternación debieron relajarnos y entregarnos a ambos al letargo de Hipno. Cuando amaneció, todo seguía igual.
Con el permiso oportuno, fui hasta la casa de Fidias. El artista solía levantarse en cuanto amanecía. Mi ánimo iba dispuesto a confesarle todo sobre mi impúdico secreto. Mi espíritu no podía cargar más con aquel peso que me estaba aplastando y pudriendo por dentro. Fidias me recibió con la apacibilidad de quien ya ha descubierto el misterio profundo de la vida y lo tiene perennemente ante los ojos. Estaba enterado del estado del luchador de Atenas y, antes de que yo hablara, mandó a un esclavo que preparara para mí su propio baño.
Entré en el agua tibia con la emoción intacta que me producía siempre recordar a Talía y a Forsila en mis tiempos de niño. El vaho perfumado envolvía mi cuerpo, enajenado, como un humo amante y placentero. El esclavo de Fidias fregó mi carne con un guante cortado en piel de cabra, con tanta habilidad y maestría, que logró que me entregara al olvidado placer de las caricias. Cuando salí del baño, me aplicó aceites olorosos y me ofreció un manto nuevo que vestí halagado. El maestro me esperaba en su terraza ante una bandeja de frutas escogidas. “No hables nada, Antandros. Siempre es duro vivir. Soporta tu interior y obra como creas que tú debes hacerlo. El juicio de los hombres es siempre ramplón e interesado. Solamente el propio discernir es digno de ser tenido en cuenta”.
Por un momento creí que, en verdad, Fidias había leído entre mis pensamientos. Luego supe que sus palabras estaban pronunciadas desde la sabiduría intemporal y eterna, pero que nada tenían que ver con mi secreto. Lo que tuviera que hacer debía hacerlo solo. Ésa era la verdad que aún seguía en mi cabeza rigiendo mi presente. Salí de aquella casa con la seguridad de que su propietario me seguiría amando y aceptando pasara lo que pasara aquella tarde. También él había sido repudiado por la ciudad de Atenas a la que tanto amara, y sabía lo que era tener que vivir sólo con el alivio y al abrigo de su propia conciencia.
Cuando llegó la tarde, fui conducido, junto a los otros cuatro participantes, hacia los aposentos que circundaban y completaban el recinto sagrado del Estadio. Pedí a Pistias que ofreciera en mi nombre un sacrificio ante el altar de Hera, hermana del gran dios. Deseaba, que así como ella había sido devuelta a la vida por la astucia de Metis, tras haber sido devorada por su padre Crono, también yo fuera devuelto a mi ser por su bondad y sabia intercesión. Luego me entregué dócil a los cuidados de Timasión, quien advertido de mi lúgubre estado, buscaba entre sus dedos y sus bálsamos la obra de un prodigio que pudiera revitalizarme.
La estancia que se me asignó era reducida y concisa. Una artesa de piedra para el baño y un banco para recibir los masajes eran todo su mobiliario. En aquella sublime hora, sólo la austeridad debía acompañar a los atletas. En una hornacina, tallada en uno de sus ángulos, se hallaban un ánfora, unos paños, una estrigila nueva y un cuenco con aceite. Sólo la luz de una lámpara de arcilla la iluminaba. Una cortina de lienzo cegaba la puerta de entrada, a través de la cual podía oírse el murmullo que ya iba creciendo en el Estadio, aun a pesar del tiempo que faltaba para el comienzo. Cuando llegué, ya me estaba esperando el viejo masajista. Nuestros helanodices nos habían conducido a cada uno de nosotros hasta la puerta de nuestro recinto. Fui viendo desaparecer tras cada una de las cortinas a mis compañeros. Los cinco jueces que nos custodiaban se apostaron ante cada una de nuestras cinco puertas. Podía decirse que ya éramos verdaderamente unos presos del dios.
No hablé palabra alguna con Timasión. Era una condición exigida; nadie podía hablar con los purificados que se disponían a correr en honor de la divinidad. Agradecí el silencio que me imponía el trance y me entregué a las manos de mi preparador con la sumisión que debe entregarse una muchacha hetaira al placer de quien le haya comprado sus servicios. Únicamente deseaba que todo pasara cuanto antes.
Soy consciente de que, aunque me lo proponga, he de ser poco preciso en cuanto a la evocación de lo que sucedió a partir de aquel momento. Una niebla espesa ocupa mi cabeza como la nube turbadora con que arranca un incendio. Recuerdo, sin embargo, que el tiempo transcurrió lento y que las manos del anciano volvieron a hacer que mi cuerpo se sintiera querido y halagado. Recuerdo el olor del aceite y los perfumes y el tacto de su fluir sobre mi carne. Y a mi memoria viene, como jirones abiertos en un velo, el sabor del mirto y el cítiso bordeando mis labios, el resplandor tenue e incierto de la luz a través del paño húmedo que reposó en mis ojos y el sonido lejano de las gentes que, como un desgranar de apacible murmullo, consiguió que mi cuerpo entrara en su abandono pese a todo.
Cuando el tiempo estuvo consumido, el juez que custodiaba mi puerta requirió mi presencia. Timasión me trasmitió su aviso, a la vez que retiraba el paño de mis ojos y el lienzo que me había servido de sudario. Completamente desnudo me incorporé. Había llegado el momento. Ceñí en mi cabeza el casco, tomé el escudo y até a mi cintura la espada, cuya hoja se apretó a mi muslo, como si quisiera con su lengua fría devolverme a la realidad de la que había huido. El anciano, arrodillado en el suelo, me sujeto las grebas en las piernas. Luego salí de mi aposento y me uní a los otros cuatro contendientes. De pronto, sentí como si todos ellos me resultaran totalmente extraños; cuatro desconocidos con los que jamás hubiera cruzado una palabra. Y, ni miento ni engaño, si afirmo que hasta me resultaba difícil recordar sus nombres y las tierras de las que procedían. Sin duda, el dios nos había robado para sí hasta el punto de borrar celosamente en nuestro interior memorias, creencias o lazos, asegurándose así una liza reñida.
Salimos al Estadio tras transitar por la umbría cripta; ese pasillo oscuro cuyo final es como un ojo de luz cegadora, vibrante de clamores. El rugido de la muchedumbre cayó sobre nuestra desnudez como un baño de fuego. Hacía un calor intenso y, a pesar de no ir ceñido por ninguna ropa, sentí cómo el sudor empapaba mi cuello y corría en hilos como un llanto por sobre mis muslos y costados. Con la mayor tristeza que pueda imaginarse, masqué en mi boca el amargo sabor que me imponía el contrato pactado con aquella canalla, pues que me obligaban a no disfrutar ni siquiera de una tenue esperanza. Un instante después, vi cómo se acercaba el cortejo de los sacerdotes. Venían en formación perfecta desde el Teecoleón, en donde residían. Sus vestidos teñidos de azafrán y sus báculos torneados de plata vestían a la tarde de una apariencia regia. En medio de ellos avanzaba la sacerdotisa de Deméter, la única mujer que asistía a la panegiria. Su túnica era malva con un festón complicado de oro, y su peplo celeste. Cuando salieron ellos al Estadio, el delirio de la multitud fue máximo. Los sacerdotes rodearon a nuestra escueta formación y, junto a ellos, proseguimos en cortejo hasta el altar de Deméter Camine, que se encuentra erigido hacia el septentrión. Ocuparon sus puestos al lado de cuantos delegados, embajadores y hombres importantes se encontraban desplazados allí para engrandecer los Juegos Olímpicos. Trenzas de ramas de olivo y de rosas frescas cercaban el lugar honorable. Frente a ellos, la exedra de los helanodices estaba repleta. La gran sacerdotisa clamó a la diosa con los brazos en alto y quemó mirra sobre su sacra ara. Un instante después fueron gritados una vez más nuestros nombres. Y, tras ello, se nos condujo hacia el listón de mármol que marca la salida. Sonaron las trompetas y se nos leyeron los últimos cuidados.
Fue en aquel instante, en el que mi pie buscaba con sus dedos en la línea fría y pulida de piedra arrancada al alma del Pentélico, cuando, entre el denso murmullo, oí que alguien me gritaba: “¡Salve, Antandros!” Juro por Crono, hijo de Urano y de Gea, padre de Zeus, hermano de los Hecatonquiros y los Cíclopes, esposo de su hermana Rea, que su voz se alzó sobre un millón de voces y que su clamor fue para mí nítido y preciso como si alguien hubiera venido a hablarme al oído. Miré hacia el lugar de donde provenía y clavé mis ojos en la mirada azul que me llamaba. Allí estaba. Aquel era el rayo de cobalto, el que aunaba las ansias y el misterio, la esencia y el destino. Miré al tronchado y envejecido Licino y mi alma se llenó de dicha, cual si de pronto un día tenebroso hubiera sido rasgado por el esplendor ígneo e hiriente de la luz que rige y administra Helio. Al fin estaba allí y su mirada entregaba el testigo en la mía. No puedo precisar qué fue lo que surcó por mi cabeza, ni qué o cómo se trastornó mi alma. Corrí y gané en la carrera. Y cuando mi pie pisó la línea helada de la meta y el griterío tronó hecho mi nombre, en mi interior estaba ya descifrada la etérea dignidad que vislumbrara en la estatua de bronce del “auriga”, aquél que se había cruzado en mi camino cuando salí de Delfos. Porque la gloria, cuando es verdadera, nada tiene que ver con esfuerzos, ahíncos o contiendas. Transita, eso sí, a su través. Pero se asienta en la fe y la verdad, en el silencio y la calma; en el encuentro del ser consigo mismo.
Sé que corrí logrando en mí esa plena armonía que funde inteligencia y fuerza sin admitir fisuras. No puedo decir que mi carrera me fuera costosa. Entré dentro de mí y, ajeno a cuanto me rodeaba, hice lo que debía hacer. Sé que el soplo generoso del dios me habitó y me hizo instrumento de su fuerza y su aura.
Gocé la gloria como un trueno de efusiones magníficas. Recuerdo haberme sentido paralizado ante los ojos desorbitados y las gargantas roncas de toda aquella multitud desconocida que me apretaba en medio de su avalancha imparable de júbilo. Mi nombre, el de Atenas y el del dios se atropellaban formando una corona entre salves y vítores. Y cuando los jueces me entregaron los cordones de lana para cruzar mi frente y para atar a mi muslo, y en mi mano se alzó la palma que proclamaba mi victoria, únicamente tuve pensamiento para Talía y Caris, para Alexias y Amasis, y para todos aquéllos de quienes yo me sabía deudor de mi victoria. Millares de personas me acompañaron hasta mi alojamiento, disputándose el favor de marchar a mi lado o de tocar mi cuerpo, antes de que la estrigila retirara el aceite, el polvo y el sudor que lo embadurnaban.
Cuando llegamos al lugar, agradecí su aprecio y prometí que por la noche asistiría a cuantas tiendas y festejos tuvieran a bien celebrar mi victoria. Solicité su permiso para retirarme y me reuní con los míos, entre los que la dicha fluía a borbotones. Algunos atletas de nuestra delegación se consideraban salvados con mi triunfo. Mi gloria también les alcanzaba y Atenas sería generosa con una delegación que llevaba una corona hasta la patria. Otros, sin embargo, ya habían decidido su exilio. No obstante, para todos la dicha circulaba como un kylix repleto de ambrosía. De inmediato pregunté por Erixias. Timarco me informó que todo seguía igual. Le pedí que esperara a que mi cuerpo fuera raspado, pues que quería ir cuanto antes para visitarlo.
Mi cuerpo fue raído, lavado y perfumado por Pistias, quien solicitó de mí tal privilegio y yo me sentí orgulloso de poder concedérselo. Mientras lo hacía, vi un brillo vítreo en sus ojos, como si su ya gastada juventud volviera a ellos, y no pude por menos de recordar aquel día, junto al torrente, cuando él me hablara de peces y de playas lejanas y yo intuyera que me estaba hablando de su tierra y su gente. “Ves, Antandros, como aún no había llegado el tiempo de abandonarte. Vivir a tu lado este momento bien vale un cautiverio”. Le sonreí dichoso. Fue entonces cuando me hizo su solicitud. Quería salir, si se lo permitía, aquella misma noche hacia Atenas. Lo haría solo, a lomos de Butión. Deseaba ser él quien tuviera el privilegio de llevar la gran noticia hasta nuestra ciudad. Quería aullar mi nombre bajo los Propileos y que la urbe entera respondiera con un ¡salve! a su grito. Estreché su brazo y lo atraje hacia mí. En verdad, era tan sorprendente cómo la amargura podía tornarse en dicha en tan escaso tiempo. Le di mi beneplácito y lo dejé marchar. No sin antes rogarle que también se llevara al potranco; siempre tuve la intención de conservarlo como recuerdo y testimonio de la tremenda prueba a la que los dioses me habían sometido.
Cuando me quedé solo, pensé en Agios. En mi cabeza todo parecía nuevamente diáfano. Nadie podía vivir la vida de los otros. Cada hombre se debía a su propio destino y nada ni nadie tenía potestad para cambiarlo. Mi padre había decidido su marcha. Tal vez su supuesta existencia actual no fuera más que una maquinación cruel de los rodios para extorsionarme. Era probable que, incluso, ya estuviera muerto. Pero si no era así, debía ser él mismo, los dioses o el destino quienes decidieran sus días venideros. En mi corazón siempre tendría preservado el lugar que su valentía y sinceridad le habían otorgado. Ni rencores, incomprensiones o culpas se albergaban en mí. La memoria de Agios sería honrada siempre por Antandros. A Talía y a él elevaba yo el triunfo obtenido. Como un tributo ante el orbe, escucharía yo cuando el sacerdote pronunciara unidos nuestros nombres, al día siguiente, ante el trono de Zeus.
Salí nuevamente a la calle en compañía de Timarco. Salí a la noche calurosa de Olimpia con la frente y el muslo ceñidos por la gloria. Y juro por Hermes, heraldo de los dioses, el que camina con sandalias aladas, que tuve la inenarrable sensación de avanzar sin ni siquiera ir tocando el suelo. Hasta tal punto transforma y engrandece la victoria. Aunque, al mismo tiempo, sentí cómo a nuestro lado también iba caminando, tal vez arrastrándose, la tragedia de Erixias. Por el camino recibí multitud de felicitaciones que atendí con brevedad, pues que quería llegar cuanto antes al lugar donde aún se encontraba postrado nuestro compatriota.
Recibí la felicitación silenciosa pero inmensamente emocionada de Alexias. En sus ojos se fundían el gozo y la tristeza. No en vano estaba ante nosotros la cara y la cruz de la moneda. De inmediato, Martron nos dijo: “El sacerdote cree que es probable que salve su vida, aunque es seguro que ya no verá nunca”. Sentí que alguien me convertía en piedra. Timarco escondió la cabeza y yo le ofrecí para ello mi hombro. Mientras, respiré con cuanta hondura pude para aguantar la pena. Permanecimos un rato apoyados al muro. Luego vi venir a Timasión. Y cuando noté que el anciano me agarraba las manos y me las besaba, fui yo quien agarró las suyas y, luchando con su rubor, se las besé a mi vez, seguro y firme en lo que estaba haciendo.
La leve mejoría que había experimentado Erixias permitió que se le trasladara a un lugar más propicio. Ello nos concedió un poco más de calma. Mis compatriotas me informaron de cuantos festejos se celebrarían aquella noche en mi honor y yo me dispuse a visitarlos todos, no sin antes ir a la casa de Fidias, donde el anciano me esperaba rebosante de dicha. “Ves, Antandros, nunca debes rendirte. Que sea siempre la vida y no tu voluntad la que te tronche, si es que debiera hacerlo. Hoy viniste a punto de entregarte a la muerte. Ahora estás rebosante. El transcurrir del tiempo le ha enseñado a este anciano que hay que seguir andando, mirando solamente hacia dentro. Decir cuanto deba decirse, pero seguir la ruta”.
Busqué también aquella noche al tebano Licino, aunque sabía que no lo encontraría. Mi unión a él era ya, y ha sido siempre, más fuerte que un lazo entre seres humanos. Incluso, alguna vez he pensado si en realidad fue él y su voz quien me gritó aquel día. Y es ahora -cuando me esfuerzo, casi exhausto, en trabar esta misiva que a él le dirijo- cuando pienso si en realidad posee alguien el rayo de cobalto o es éste el fogonazo en el que se esconde la esencia misteriosa de la vida, que sólo a algunos deslumbra y enloquece, regido por el deseo caprichoso de los dioses.

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