Una última es la suprema evidencia: que hemos de
afrontar la muerte en soledad. Algunos animales, cuando presienten que se
acerca su hora, buscan un lugar escondido y, sin llantos, se entregan al
olvido. La muerte no debiera ser nunca un espectáculo ni afectivo ni trágico ni
religioso, únicamente un acto íntimo y sereno de reencuentro; un acto apacible
de regreso.
_______________________________________________________________________________________________________XXV
EL PUNTO INFINITO
Anitos había elegido la fecha de aquel juicio
calculando y previniendo incluso su arrepentimiento. La nave del Estado estaba
en Delos y, hasta su regreso, el tiempo era sagrado. Nadie podía ser
ajusticiado hasta que retornara. Sin embargo, todos nuestros esfuerzos fueron
vanos. Ni siquiera el intento de él para que Sócrates huyera logró ser
efectivo. Sócrates bebió la cicuta cual si bebiera un vaso de agua fresca.
Luego el dolor, la vergüenza y el arrepentimiento cerraron la Palestra y los
gimnasios. La ciudad entera se lamentó de su barbarie. Y enseguida se mandó
labrar una estatua que fue colocada en el Pompeo. A partir de entonces, mis
días también vivieron muertos, pues mi espíritu consideró que mis ojos habían
visto cuanto a un hombre puede sorprender en esta vida.
He
envejecido sintiendo sobre mí el apasionante y a la vez terrible curso de la
historia de Atenas. Como las de un caminante sin descanso, se han ido
desgastando las sandalias de mi vida, y ya no me restan más que unos pasos
desnudos y unos pies doloridos. Vi marchar a Platón hacia Mégara buscando el
amparo de Euclides y su grupo, y fui testigo de la condena al exilio de
Jenofonte por su participación en Coronea. Yo mismo intercedí ante el Arconte
para que fuera Escilo su destino. Allí poseía algunas tierras y una villa
apacible. El orbe entero debe celebrar cuanto ese espíritu suyo, amable y
sosegado, que no ha conocido ni la duda ni la angustia, ha sido capaz de fructificar
en todos sus escritos. Ciro y Sócrates deben sentirse orgullosos de cuanto nos
ha legado sobre ellos. He soportado la animadversión de mi pueblo por haber
sido amigo y seguidor de Sócrates y, sin embargo, he permanecido firme entre
los míos, esperando sin temor que cualquier día fuera el último que sumara en
mi vida. Cual un regalo inesperado, me ha sido permitido ver crecer a mis
hijos, alentando sus afanes y atreviéndome a soñar, a través de sus ojos, lo
que ya no era capaz de soñar con los míos. Con gran condescendencia, Afrodita
me ha hecho conocer el amor en sus más espléndidos confines de plenitud y
mansedumbre. Y, a la vez, el miedo y la desdicha se me han mostrado en sus más
descarnadas formas de ruina y agresión. Y cuando mi sobrino Atreo consiguió su
corona de olivo en Olimpia, y el llanto de mi hermana era dulce como la
aguamiel, he sentido el gozo más ardiente con el que un hombre puede acoger la
gloria de otro hombre a quien considerara su amante o su hijo.
Nada, pues, le resta a mi sorpresa. Los nuevos días no son más que horas
sin brillo que se acumulan a mi decrepitud. Aunque debo confesar que he
respirado tibias esperanzas siguiendo los pasos de Conón. Incansable es siempre
para el hombre el tejer de su esperanza. Pues que he aprendido que, a ésta, no
se la amordaza nunca y vuelve, una y otra vez, a pesar de cuanto se la
aborrezca, a atizar nuestra hoguera de ilusiones. Débil fue sin duda el sueño
de un nuevo imperio ateniense, aunque a ello nos empujara el refuerzo de
Lemnos, Imbros, Sciros, Rodas, Cos y la hermosa diadema que forman las islas
denominadas Cícladas. Pero los persas y los espartanos han vuelto a procurar
hambre y miseria a nuestros hijos y la pobreza nos hace sentirnos de nuevo como
pordioseros. Y cuando la guerra ha asolado Corinto, he mirado indiferente el
terrible espectáculo, como si las cuencas de mis ojos estuvieran vacías igual
que las de un ciego, o mi entraña ya no tuviera reserva alguna para el
sufrimiento. Porque el ánima del hombre se va poco a poco encorchando, y ya
parece que nada le afectara. Hasta ese punto se acostumbra el ser humano a ver
y tolerar lo inhumano. Hoy ya sólo Lemnos, Imbros y Sciros nos son fieles.
Cansado está mi espíritu y agotada mi mano. Y, sin embargo, doy gracias a los
dioses por ésta que llamo mi cumplida existencia.
No
guardo rencores ni renuncio a los días soleados de mi infancia. El recuerdo de
mi vida alimenta mi apacibilidad. Toda mi existencia gira y se envuelve sobre
sí como la masa dulce con la que las mujeres hornearan tortas de harina,
sésamos y anises para sus hijos. Mis días son cumplidos y únicamente me resta
dejar testimonio del que he sido en mi tierra y mi tiempo. Zeus me permitió ver
el fulgor azul con el que su rayo zigzaguea entre los hombres y yo debo entregar
la llama sagrada en buenas manos.
-------------oOo-------------
Yo,
Antandros, hijo de Agios, del demo de Alopeke, de la ciudad de Atenas, he
escrito esta misiva dirigida a Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas, o
a quienes lo sucedan y perpetúen su estirpe. Puesto que, a su través, Zeus, el
gran dios, me hizo depositario de su fuego, es mi deber, de nuevo, dejarlo en
donde irradie. Como aquellos días ardió, ahora -furia enardecida-, renacerá
nuevamente avivado. Nada dejo oculto. Nada abandono, vencido, al raído rumor.
Otros sabrán observar revelaciones del Oráculo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario