3.11.13

CAPÍTULO VIGESIMOQUINTO




Una última es la suprema evidencia: que hemos de afrontar la muerte en soledad. Algunos animales, cuando presienten que se acerca su hora, buscan un lugar escondido y, sin llantos, se entregan al olvido. La muerte no debiera ser nunca un espectáculo ni afectivo ni trágico ni religioso, únicamente un acto íntimo y sereno de reencuentro; un acto apacible de regreso.
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XXV

EL PUNTO INFINITO

Anitos había elegido la fecha de aquel juicio calculando y previniendo incluso su arrepentimiento. La nave del Estado estaba en Delos y, hasta su regreso, el tiempo era sagrado. Nadie podía ser ajusticiado hasta que retornara. Sin embargo, todos nuestros esfuerzos fueron vanos. Ni siquiera el intento de él para que Sócrates huyera logró ser efectivo. Sócrates bebió la cicuta cual si bebiera un vaso de agua fresca. Luego el dolor, la vergüenza y el arrepentimiento cerraron la Palestra y los gimnasios. La ciudad entera se lamentó de su barbarie. Y enseguida se mandó labrar una estatua que fue colocada en el Pompeo. A partir de entonces, mis días también vivieron muertos, pues mi espíritu consideró que mis ojos habían visto cuanto a un hombre puede sorprender en esta vida.
   He envejecido sintiendo sobre mí el apasionante y a la vez terrible curso de la historia de Atenas. Como las de un caminante sin descanso, se han ido desgastando las sandalias de mi vida, y ya no me restan más que unos pasos desnudos y unos pies doloridos. Vi marchar a Platón hacia Mégara buscando el amparo de Euclides y su grupo, y fui testigo de la condena al exilio de Jenofonte por su participación en Coronea. Yo mismo intercedí ante el Arconte para que fuera Escilo su destino. Allí poseía algunas tierras y una villa apacible. El orbe entero debe celebrar cuanto ese espíritu suyo, amable y sosegado, que no ha conocido ni la duda ni la angustia, ha sido capaz de fructificar en todos sus escritos. Ciro y Sócrates deben sentirse orgullosos de cuanto nos ha legado sobre ellos. He soportado la animadversión de mi pueblo por haber sido amigo y seguidor de Sócrates y, sin embargo, he permanecido firme entre los míos, esperando sin temor que cualquier día fuera el último que sumara en mi vida. Cual un regalo inesperado, me ha sido permitido ver crecer a mis hijos, alentando sus afanes y atreviéndome a soñar, a través de sus ojos, lo que ya no era capaz de soñar con los míos. Con gran condescendencia, Afrodita me ha hecho conocer el amor en sus más espléndidos confines de plenitud y mansedumbre. Y, a la vez, el miedo y la desdicha se me han mostrado en sus más descarnadas formas de ruina y agresión. Y cuando mi sobrino Atreo consiguió su corona de olivo en Olimpia, y el llanto de mi hermana era dulce como la aguamiel, he sentido el gozo más ardiente con el que un hombre puede acoger la gloria de otro hombre a quien considerara su amante o su hijo.
   Nada, pues, le resta a mi sorpresa. Los nuevos días no son más que horas sin brillo que se acumulan a mi decrepitud. Aunque debo confesar que he respirado tibias esperanzas siguiendo los pasos de Conón. Incansable es siempre para el hombre el tejer de su esperanza. Pues que he aprendido que, a ésta, no se la amordaza nunca y vuelve, una y otra vez, a pesar de cuanto se la aborrezca, a atizar nuestra hoguera de ilusiones. Débil fue sin duda el sueño de un nuevo imperio ateniense, aunque a ello nos empujara el refuerzo de Lemnos, Imbros, Sciros, Rodas, Cos y la hermosa diadema que forman las islas denominadas Cícladas. Pero los persas y los espartanos han vuelto a procurar hambre y miseria a nuestros hijos y la pobreza nos hace sentirnos de nuevo como pordioseros. Y cuando la guerra ha asolado Corinto, he mirado indiferente el terrible espectáculo, como si las cuencas de mis ojos estuvieran vacías igual que las de un ciego, o mi entraña ya no tuviera reserva alguna para el sufrimiento. Porque el ánima del hombre se va poco a poco encorchando, y ya parece que nada le afectara. Hasta ese punto se acostumbra el ser humano a ver y tolerar lo inhumano. Hoy ya sólo Lemnos, Imbros y Sciros nos son fieles. Cansado está mi espíritu y agotada mi mano. Y, sin embargo, doy gracias a los dioses por ésta que llamo mi cumplida existencia.
   No guardo rencores ni renuncio a los días soleados de mi infancia. El recuerdo de mi vida alimenta mi apacibilidad. Toda mi existencia gira y se envuelve sobre sí como la masa dulce con la que las mujeres hornearan tortas de harina, sésamos y anises para sus hijos. Mis días son cumplidos y únicamente me resta dejar testimonio del que he sido en mi tierra y mi tiempo. Zeus me permitió ver el fulgor azul con el que su rayo zigzaguea entre los hombres y yo debo entregar la llama sagrada en buenas manos.

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   Yo, Antandros, hijo de Agios, del demo de Alopeke, de la ciudad de Atenas, he escrito esta misiva dirigida a Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas, o a quienes lo sucedan y perpetúen su estirpe. Puesto que, a su través, Zeus, el gran dios, me hizo depositario de su fuego, es mi deber, de nuevo, dejarlo en donde irradie. Como aquellos días ardió, ahora -furia enardecida-, renacerá nuevamente avivado. Nada dejo oculto. Nada abandono, vencido, al raído rumor. Otros sabrán observar revelaciones del Oráculo.







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