Jamás he comprendido cómo un padre que ha tenido que enterrar el cuerpo de su hijo puede seguir creyendo en la bondad de la vida y esperando en la justicia incuestionable de los dioses. Sin embargo, sé que esto sucede y que cada cual, pese a todo, se aferra tenazmente a su existencia e inventa nuevas razones para seguir creyendo.
XXI
LA PÚRPURA, EL FUEGO Y EL SILENCIO
Partí para la guerra un día del mes de pianepsion con el cuerpo aterido por un viento implacable que, bajando cortante desde el Himeto, parecía querer helarnos hasta la misma entraña. Partí para la guerra, pues la locura de mi pueblo así me lo imponía; preso también yo de esa demencia que muerde en la colectividad y tiñe de glorioso y encomiable lo que no es sino grotesco, trágico y malvado. No diré, en honor a la verdad, que alguien me obligara a ello. Pero sí que, al igual que el resto de mis compatriotas, la furia de Palas Atenea me invadió y yo también quise participar en la violencia, como un perro salvaje que sólo cree ya en la carnicería de sus dentelladas.
Busqué, pues, los apoyos necesarios para ser liberado de mis funciones públicas y me sumé al grupo de nuestros soldados que se disponía a traspasar la frontera de Beocia, decidido a ocupar el santuario de Apolo Delio, a las orillas de aquel mar transparente que lame con sensualidad las costas de Eubea. Preparé mi marcha junto a Sócrates y Laques, quienes habían aceptado partir también para la guerra en función de soldados sin rango ni atributos; el primero, por propia decisión; el segundo, porque había caído en desgracia. Me lanzaron a ello la nostalgia de Amasis y el deseo de encontrarme al fin con la brutal faz de la batalla. Necesitaba entender o maldecir definitivamente aquella sinrazón que mordía a mi patria desde hacía ya más de dos Olimpiadas y de la que yo hablaba diariamente, o negociaba y tomaba postura sin haber sentido nunca su tacto y su hierro sobre la propia carne.
Pedí a Simias que se ocupara de mi hacienda y mis bienes. Dejé mis asuntos domésticos en manos de Xenócrates, y su preparación nuevamente al cuidado de Alexias. Y ordené a Forsila que limpiara y dispusiera mis arreos guerreros, pues que al fin había llegado el día de calzármelos. La mujer no dijo ni una sola palabra. Y como si, de pronto, la anciana esclava se hubiera convertido en una dulce pártenos del templo, la contemplé acarreando, silenciosa, casi como en una ceremonia, mi casco, mi espada y mi hermoso y pesado amparo circular. Los llevó ella hasta el gineceo y allí se dispuso a lustrarlo con extraño talante. Recordé el día en que me los regalara Amasis y la noche que pasé en vela contemplándolos, impresionado como un adolescente por su hermosura y el significado de tan generoso y excepcional presente. Tres días completos empleó la mujer en pulir y lustrar aquellas armas. Durante aquel tiempo, se negó a comer y a dormir y a realizar otras tareas, que tuvo que suplir, molesta, la tosca Eufro. Permaneció Forsila encerrada en el cuarto destinado a las mujeres. Y cuando, casi furioso, me dispuse a entrar en aquellos dominios, pues que no llegaba a comprender tal actitud terca e impenetrable, me encontré con la mujer convertida en una fiera dispuesta a la pelea. Un fogonazo me recordó a la Forsila de mi primera infancia, aquélla que hiciera sentir temor hasta al mismo Agios. La recordé, joven y fuerte, defendiendo a mi madre y a su causa de un modo valeroso. Fue la evocación de una imagen perdida en mi recuerdo, que ahora cobraba actualidad de un modo repentino. Y cuando le pregunte a qué obedecía la tenaz actitud, sentí sus ojos clavarse en mi mirada como si me acusaran de una culpa que mi ignorancia no era capaz de descubrir. Luego le oí decir con firmeza y sosiego: “Siéntate, Antandros, y no olvides que estás en la habitación de las mujeres. Nadie como yo ostenta en esta casa la autoridad; porque la verdadera potestad la conceden el tiempo y la memoria, el cariño, la entrega y la fidelidad. Entre estas paredes he muerto y he nacido más de un millar de veces. He notado y sentido, también, el calor de quienes me han querido. He escuchado el latir del odio y de la iniquidad, del amor y la dicha. He visto nacer y morir a los tuyos. Y los dioses me han concedido ese don del olfato que consiste en saber husmear y percibir la ruina y la tragedia. Amo a mi patria y quiero a estos muros y a cuanto se guarece al amparo de ellos. He soportado, inconmovible como una columna del viejo Teseion, el trance de Talía, la huida de Agios, la partida de Drosis, la falta de tu hermana Caris. Intercedí para que Damisco fuera libre, y no he dudado en ningún momento en atender cuanto se esperaba de mí. Hablé, incluso, a tu oído en los momentos en los que el extravío amenazaba con ensuciar tu honor y tu cordura. Ahora me pides que limpie tus armas y siento, no sé por qué, en el aliento que los dioses me exhalan, que es como si alguien me pidiera que tejiera un sudario. Antandros, haz lo que cumpla a tu honor y a tus deseos. Pero debes dejarme que yo atienda a mis misiones como crea que debo atenderlas. Maldigo tu decisión de ir a la batalla, pero respeto cuanto la diosa haya susurrado a tus sueños. Sal, pues, de este aposento y déjame que yo haga este trabajo que me has encomendado como si fuera ya un fasto funerario. Clamo por que llegue el día en que mis ojos dejen al fin de ver tanto yerro y locura como el transcurso de los aciagos días de mi vida han puesto ante mi vista”.
Dejé la blanca habitación de las mujeres sintiendo sobre mí el peso insoportable de la culpa. Salí a la terraza y contemplé una vez más la gran ciudad que ante mí se extendía, y algo me la asemejó al cuerpo muerto de mi querido Mirkos. Las sombras del anochecer se tendían sin forma precisa, aunándolo todo en una masa descomunal, sucia e inmóvil. Las palabras de la vieja Forsila eran el clamor latente en todos los pechos de las madres de Atenas. Eran, tal vez, el lamento de la ciudad misma denunciando, firme e inmutable, el error y la locura de sus hombres. Dejé que las palabras oídas hirieran una y otra vez en mi cabeza como flechas lanzadas sobre mis pensamientos. Quería soportar al menos la violencia de aquella acusación que parecía brotar, no de la boca torpe de una esclava, sino de la misma entraña de la tierra. En un acto sin lógica, eché incienso y azafrán sobre el altar que estaba humeando en un respiro tímido. Luego salí para buscar a Sócrates.
Recorrí la ciudad entera, metida ya entre las sombras de una noche sin Selene ni estrellas. En una taberna cercana al Pórtico de Zeus Eleutherios, encontré a Menéxeno, pero no supo darme razón de dónde podía encontrarse su padre. Bebí una copa de vino y fui a visitar a Kebe, pues necesitaba aquella noche la compañía de alguien apreciado. La profesión de mi amigo lo había dotado de una sutil capacidad para entrar con sigilo en el misterio del alma de los hombres. Ya no vivía en la casa de Aster, sino junto a Eufronio, en una lujosa vivienda cerca del Areópago. El aroma que siempre la impregnaba hacía imposible negar que allí vivía un profundo conocedor de esencias y fragancias. Apenas me vio entrar, supo que algo llenaba mi ser de pesadumbre. Tomó de inmediato su manto y me invitó a salir a las calles. Curiosamente, ése era el ámbito en el que nuestra amistad se había ido bruñendo y madurando. Nos conocimos en aquel mi primer viaje a la ciudad de Olimpia, bajo el amparo del cielo y las estrellas. Y, bajo la bóveda infinita que sostiene Atlante, había vivido a su lado algunos de los momentos más íntimos y dulces de mi vida. Nunca había olvidado nuestra noche en Epidauro, cuando, furtivos y asustados, vimos obrar a los sacerdotes de Asclepio sin saber qué artes o misterios practicaban. Ni aquél, nuestro primer reencuentro, cuando Agios nos permitió dormir en la pequeña choza que construimos con ramajes y leños, y él traía ya entre sus venas el ardiente veneno del teatro. En mi memoria -aún hoy- permanece fresco el día en que él regresara a Atenas, tras sus viajes y triunfos como actor celebrado, y que pasamos juntos disputándonos el verbo y la elocuencia, en un afán generoso de entregarnos el uno al otra la vida y los sucesos a puros borbotones.
Salimos a las calles solitarias de Atenas. La noche era oscura. No pidió que nos acompañara ningún esclavo portando lámpara o antorcha para iluminar nuestra ruta. Caminamos hacia la cercana colina del Museión, uno de los lugares a los que yo había ido siempre más complacidamente. Allí había comenzado a usar mi libertad en los lejanos días de mi infancia junto a mi fiel amigo Cleofonte. Apenas abandonamos las calles principales, Kebe me hizo una entrañable propuesta: “Antandros, me gustaría que nos descalzáramos”. Oí las palabras de Kebe con la emoción íntima de sentirme junto a alguien que sabe leer en nuestra alma y pulsar la cuerda precisa de la lira que atrae los trinos de Dioniso entre nosotros. Descalzos, continuamos nuestro pasear. El tacto de mis plantas sobre el suelo obró en mí un efecto que yo había postergado. De improviso, me sentí a mí mismo. Hacía mucho tiempo que no caminaba descalzo mientras paseaba. Y ahora, ese sencillo hecho, era capaz de provocarme el encuentro reconciliador conmigo. Miré a Kebe y sonreí en silencio, mientras recordaba la primera vez que lo vi, orgulloso, calzar aquellas sandalias que le comprara Efistenes. Cuando llegamos a la colina, nos sentamos al amparo de la estatua de Euterpe, muy cerca de la que representa el cuerpo albo de Terpsícore. Con maestría de físico, fue haciendo las incisiones precisas para sangrar mi alma y permitir que de mi interior fluyeran los humores malignos que tan amargamente me enturbiaban. Y como si yo fuera el público expectante de una cávea, oí a mi propia voz, convertida en voz de actores y coreutas a un tiempo, poner sobre palabras todo mi temor, rebeldía y desprecio para con cuanto excedía mi juicio y mis razones; la ley y la piedad ancestral de mi patria. Sé que aquello, escuchado por alguien que no me amase, me hubiera hecho reo de impiedad y de crimen, y condenado sin duda al ostracismo. Pero también sé que un verdadero amigo es quien permite ver a sus ojos y oír a sus oídos las ponzoñas y pústulas, las blasfemias y oprobios que claman por la lengua de su amigo, sin condenar o enjuiciar siquiera a quien sabe acosado por el extravío terrible de la vida.
Hablé abiertamente en presencia de Kebe y ante las nueve estatuas de las Musas que, entre la fronda, parecían asomarse curiosas o perplejas a oír mi soliloquio. Declaré, cual actor o coreuta, cuanto el parlamento del alma necesitaba echar de mi interior. Y cuando sereno ya, como quien alivia su estómago después de un banquete excesivo que se lo ocupa de un modo inoportuno, volví a mí mismo, encontré a Kebe a mi lado compartiendo conmigo la sinrazón y el terror que forman la entraña de la guerra. Cuando aquella noche nos despedimos, Kebe abrió su túnica e hizo aparecer sobre su pecho un pequeño amuleto. Lo descolgó de sí y lo puso en mi mano. “Deseo que lo lleves. No es un regalo. Únicamente te lo dejo en depósito. Debes regresar de Delion para devolvérmelo. No lo olvides; es solamente un préstamo”. Cogí la pequeña concha horadada que, en la palma de mi mano, dejó irisar su nácar azul y plateado. De retorno a mi casa, recordé que se trataba del amuleto que le entrega Aster cuando confió a su hijo a Efistenes para que éste lo convirtiera en hombre y en actor. Aquél que el día de su primera representación, en Epidauro, tuvimos que ir, urgentemente, a buscar al albergue, pues que Kebe lo había dejado olvidado bajo el jergón de plumas. Me constaba que nunca se había desprendido después Kebe de él. La concha había traído triunfo, suerte y fortuna a mi amigo y ahora la arrancaba de su cuello y me la entregaba. Cuando entré en mi cuarto, busqué la caja de la máscara. La cara imperturbable de Antígona, raída y maltrecha pero salvada del naufragio, me miraba enigmática y plena de elocuencia, cual si hubiera llegado el momento de dictar su máxima lección; su más importante parlamento. También yo ahora debía debatirme entre la confusión que trenzaban las leyes de los dioses y las normas tercas de los hombres; ese caos que solía enfrentar razón y sentimientos, corduras y pasión, equilibrio y demencia.
Unos días después, cuando mi ánimo se había templado, fui a casa de Caris para despedirme. Encontré a mi hermana desolada, como pocas veces la había visto antes. Caris era una mujer de apariencia frágil, pero fuerte de corazón como lo había sido Talía, nuestra madre. Cuando llegué a su casa, estaba junto al lecho de Atreo. El niño dormía apaciblemente mecido por su madre. A Caris le agradaba velar el sueño de su hijo. Y, en verdad, yo también creo que existen pocos momentos de dicha semejante. Mi hermana se estremeció al verme silencioso ante ellos. Una turbación impropia ocupó su semblante. Y cuando tuve su cara cerca de la mía para darme su beso, sentí el rubor que de improviso había sofocado su frente y sus mejillas. Inmediatamente, retiró de mí su cara y hizo descender su cabeza hermosa hasta mi antebrazo, quedándose allí, asida a mí y guarecida junto a mi vientre y mi cintura. Era como si Caris no se atreviera a encarar mi mirada, como si, por vez primera en nuestra existencia, yo le aportara un temor difícil de afrontar. Sentí, durante un momento, el llanto seco de su alma y el horror que le suponía imaginar que aquélla pudiera ser la última vez que nos tocáramos. Cuando noté que su tensión se aflojaba, icé su rostro con cariño y enderecé su talle, a la vez que depositaba su cabeza junto a mi hombro y, con mi brazo y mi mano, sujetaba su cintura flexible. Lentamente, caminamos y volvimos a sentarnos junto al lecho de Atreo. El niño respiraba muy profundamente, sumido en ese mundo irreal de los sueños, y exhalaba en su ropa un aroma a hierbas olorosas. Por un instante, recordé los baños al lado de Forsila y Talía. Situado frente a mi hermana, cogí sus manos y comencé a hablarle. La habitación estaba sumida en la penumbra. Sólo a través de la celosía, cegada casi en su totalidad por el trenzado de la hiedra en las maderas, se filtraba un polvillo dorado y luminoso que aseguraba que, fuera, deslumbraba el fulgor de la vida. Simias había preferido dejarnos solos. “Caris, yo tampoco entiendo toda esta locura. Únicamente sé que debo hacerlo. La ruta de mi patria la trazan nuestros dioses, y no es digno pensar que nuestras vidas están por delante del honor de la polis. Debes saber que Antandros va en busca del amor y el deber, y que, ante ello, su sangre no es lo más importante. Llena está mi mente de confusión y dudas. Tiemblan también mis piernas, aunque sé que no es cobardía lo que me acomete. No sé si volveré. Pero sé que ya no puedo continuar viviendo si no meto mi mano en esa llaga infecta a la que llamamos guerra. He conseguido la mayor distinción que un hombre puede alcanzar del gran Zeus, el olímpico; nada, pues, más honroso puede reservarme la vida. Permíteme que parta y guarda en tu memoria el recuerdo de un hermano que te quiso con más fuego que con el que se abrasan los amantes”.
Los ojos de Caris se hicieron transparentes y acuosos como los de Talía. Vi de nuevo la mirada verde y gris de Afrodita Afea, la diosa que preside el templo de Egina. Una sola lágrima resbaló y humedeció sus labios, que inmediatamente se partieron buscando con esfuerzo una débil sonrisa. Miré a mi hermana. En el silencio, el respirar de Atreo era como si en realidad el mundo alentara a su través pletórico de vida. Creo que deseé morirme en su presencia, pues que nada más grato podía aguardar a mi existir. Pasamos juntos la jornada entera. Comimos ligeramente, oímos los cantos de Estelis y jugué con el pequeño para quien había adquirido un juego de taquines y dos figurillas de cerámica que, de inmediato, provocaron su risa y su interés. Me enorgullecía la afirmación insistente, de cuantos nos veían juntos, de que el niño se parecía a mí. Luego, le mostré a Tehon, el dócil perro de Amasis que, desde la partida de mi amigo, me seguía sumiso allá donde yo iba. Cuando cayó la tarde, me despedí de ellos. Simias, tomando una lámpara, me acompañó a mi casa. Por el camino ultimamos algunos asuntos sobre el gobierno de la casa de Agios. Cuando llegamos, convoqué a Pistias y a Xenócrates. Quería, ante él, ajustar algunos detalles en relación con ello. Fue entonces cuando el liberto me pidió que antes escuchara lo que se proponía informarme. En su calidad de hombre completamente libre, podía obrar como le complaciera, y yo aceptaría satisfecho lo que él hubiera decidido.
Se disponía a ir en busca de Agios. Desde mi regreso de Olimpia, él había considerado todo cuanto yo le había ido refiriendo en relación con los rodios y su intento de extorsión a mi carrera. Con insistencia, Pistias se había interesado en los detalles que yo le aportara sobre las ropas que los infames me habían entregado como prueba de la supervivencia de mi padre. Él consideraba que debía ir a su encuentro y comprobar si es que aún estaba vivo. “Agios era mi verdadero amo. Él me prometió la libertad y yo deseo que sea él quien me la conceda. No es que yo quiera mostrarme ingrato ante ti. Pero quiero compartir con tu padre la alegría de mi liberación. Permíteme, pues, que vaya a su encuentro y sea yo quien le informe de la gloria y la madurez que ha alcanzado aquél a quien él me encomendara para que yo ejerciera el noble oficio de tutor”.
Escuché sorprendido lo que Pistias me manifestaba. Una vez más, atestigüé su condición de digno hombre libre y le deseé de corazón cuanta fortuna pudiera acompañarle en su proyecto. Mi alma y mis brazos estaban más abiertos que nunca a acoger nuevamente a mi padre, si aún estaba vivo y su deseo era el de retornar a cuanto era suyo. Pistias se había hecho quitar su aro de cobre de la oreja y me lo entregaba como su mejor legado. Emocionado lo tomé en mi mano y lo puse en mi dedo; en él ha permanecido hasta el día de hoy.
La noche anterior a mi partida, Forsila vino hasta mi aposento. Era la hora antes de la ulterior comida y yo descansaba envuelto entre temores, inquietudes y sueños. En nada había mitigado la zozobra que invadía mi interior la conversación mantenida con Sócrates aquella misma tarde. Tampoco el maestro entendía la razón por la que los hombres debíamos matarnos los unos a los otros cual si fuéramos fieras. Sin embargo, jamás ponía en duda si debía elegir entre su seguridad o el servicio a la patria. Sabido era por mí su adversidad a ausentarse de Atenas; únicamente el deber lo empujaba a un viaje. Sus palabras seguían, una y otra vez, sonando en mi cabeza, cual regurgitan los alimentos en la boca de un buey: “Cuando las dudas invaden nuestra alma, dejemos que sean aquéllos que ostentan nuestra guía quiénes decidan lo que ha de ser de nuestra patria. Demos gracias a los dioses de que no sea nuestra voz la que deba dar, en tales circunstancias, el grito de “¡adelante!”, y apoyemos ciegamente con todas nuestras fuerzas cuanto los dirigentes, que nos hemos dado a nosotros mismos, demanden de nosotros. Tiempo vendrá en que la historia nos juzgue a todos y ponga la razón donde deba ser puesta”.
Forsila entró en mi estancia trayendo refulgente en su regazo el casco que me regalara Amasis. Lo dejó sobre el anaquel de mármol blanco y veteado y se marchó para traer un instante después mi escudo y mi espada. Cuando los hubo puesto al lado de mi casco, se acercó a mí y me manifestó que Damisco había venido hasta mi casa y deseaba hablarme. Pedí a Forsila que no lo hiciera esperar y lo condujera hasta nuestro cenáculo, al tiempo que le expresaba mi deseo de que, si era de su agrado, compartiera mi mesa. Pedí una jofaina y un ánfora con agua y me dispuse a asearme y a cambiarme de ropa para recibir a quien me visitaba. Siempre me resultaba enormemente grata la presencia del atento Damisco en nuestra casa. Él, como nadie, me parecía el ejemplo de quien, sin jactancia ni vanidad, había sabido ascender por la difícil escala de los conocimientos, a la vez que crecía su fidelidad y afecto por quien se había ofrecido a ser su amante y su mentor; el arquitecto Ictino.
Dos cuestiones traían a Damisco hasta mi casa, como supe más tarde. Mi amistad con él había ido madurando en el tiempo con la lentitud que requieren los vinos de su tierra reseca y soleada de Turios para ser excelentes. El muchacho traído de Sicilia como esclavo, aquél que me enseñara por primera vez a mezclar el vino para la mesa que compartirían Agio y sus amigos, aquél con quien hiciera mis primeras guardias sobre los muros que trazara Temístocles, era ya un hombre sereno, culto y respetable. Sobre el cuerpo hermoso que sedujo a Ictino, hasta hacerle convencer a mi padre para que se lo vendiera, había descendido un halo de elegancia que lo dotaba de una exquisitez depurada y magnífica. Me gustaba su conversación, pues siempre acompañaba a cualquiera de sus razonamientos con una brizna de duda, que le hacía parecer transigente y abierto ante cualquier luz que pudiera sobrevenir a lo que debatía. Hermosos ratos habíamos pasado, juntos, escuchando a Sócrates, Simias y Critón. Y jamás podría yo olvidar que fuera él quien me revelara cómo los machos preñaban a las hembras, cuando, siendo yo un niño, le pregunté por la razón que estaba haciendo engrosar a mi madre, antes del nacimiento de mi hermana Caris.
Cenamos apaciblemente acompañados por Xenócrates que, extenuado, acababa de regresar del Estadio. Hablamos, bebimos y comimos sin que yo me preguntara siquiera cuál era la razón que nos había unido aquella noche. En esos días de impaciencia, yo estaba ávido de gratas sensaciones y aprovechaba cualquier motivo que me fuera agradable, sin preguntarme qué o quién hacía que ello fuera una vez más posible. Cuando hubimos concluido, pedí a Forsila que nos preparara vino caliente con especias. Quería recordar en compañía de mis dos amigos aquellas madrugadas cuando ambos volvíamos ateridos de Muniquia y, ella y Caris, nos esperaban como si en realidad fuéramos sus hijos más queridos. Cuando hubimos gozado despaciosamente, Damisco me pidió que le atendiera en un lugar privado. Se disculpó de un modo exquisito ante nuestro atleta, pidiendo comprensión y benevolencia para con sus reservas. Xenócrates se retiró al punto, tras agradecernos a ambos aquella velada que le había resultado -según insistió él- deliciosa. Advertí entonces que Damisco había portado hasta mi casa varios documentos que quería enseñarme. Se trataba de los bocetos y primeros dibujos que él había trazado para la construcción de un nuevo templo en la Acrópolis. El proyecto había sido encargado por Pericles a Calícrates hacía ya varios años. Las guerras y la costosa construcción del templo de Atenea Pártenos habían detenido tal idea, que ahora nuevamente se pretendía volver a despertar. El anciano Calícrates, torpe y cansado ya, había solicitado a Damisco, en el más absoluto secreto, que fuera él quien trabajara en ello, siempre bajo la supervisión de su leal Ictino. Damisco estaba entusiasmado. Al fin podría erigir una construcción fruto de su ingenio, aunque nadie supiera que era obra suya. Su sencillez y falta de vanidad hacían que no le importara tal asunto. El entusiasmo se lo provocaba su gran fervor hacia Atenea áptera, a quien sería dedicado el nuevo templo.
Pedí a Damisco que me acompañara al lugar de la casa donde solía departir sobre asuntos políticos. Cerré las puertas, solicitando de Forsila que nadie se acercara por aquel lugar durante el tiempo que ambos permaneciéramos conversando. Damisco me enseñó sus dibujos. Sería un templo pequeño, situado sobre el saliente de la roca, al lado derecho de los Propileos, en el lugar que antes hubiera estado el templo de Atenea Nike. Cobijaría la entrañable estatua de la diosa sin alas. Sería el gran tesoro que simbolizaría que la Victoria ya no volaría ni se movería nunca más de Atenas. La construcción, hermosa y muy bien dimensionada, presentaba una de sus fachadas, con cuatro columnas acanaladas, que se asomaría sobre la escalinata. La otra, exactamente igual, miraría hacia el lado opuesto. Resolvería la obra siendo totalmente fiel al puro estilo de los jónicos. Una sola cella cuadrada compondría el recinto. Observé con minuciosidad el trabajo preciso de mi amigo. El friso dibujado había tomado su argumento de las guerras habidas con los persas. Pero sobre todo aquel prodigio que reflejaba al mismo tiempo exquisita destreza y humildad, me impresionó la concepción que Damisco había hecho para que se esculpiera una balaustrada en su entorno. En ella se representaría una procesión de varias Victorias dirigiéndose a Atenas. Las placas ceñirían el templo por el lado que corre sobre la Vía Sacra en dirección hacia los Propileos. Ya entonces percibí la maravilla que hoy asombra y emociona a cuantos, hundidos y asolados, buscamos alivio y reparación a nuestro desconsuelo en lo que un día fue el sublime espíritu creador de Atenas.
Marchamos a la guerra. La ciudad nos despidió con toda la parafernalia de sus días más grandes. La expedición se puso en marcha antes de amanecer. Entre antorchas y lámparas, los gestos de las despedidas parecían pertenecer, más que a seres reales, a máscaras tenebrosas más propias del teatro. La desolación y las lágrimas, en esa mezcla ácida con el orgullo de servir a la patria y la esperanza de la soñada gloria, eran distorsionadas por el quiebro endurecido de las sombras y los temblorosos resplandores de las teas. Entre todos nosotros, el viento circulaba como una caricia sigilosa y helada. Todas las madres de Atenas volvían a dar a sus hijos a la guerra con palabras de ánimo en sus bocas, aunque sus corazones penaran de nuevo constreñidos. Cuando, los que marchábamos, nos desgajamos de quienes se quedaban, tuve la sensación de que una masa de cebada y de mijo, horneada y reciente, era tronchada en dos mitades. Pero, apenas recorrimos unos cuantos estadios con el nudo del adiós en la garganta, todos olvidamos nuestras incertidumbres y congojas y nos sentimos fundidos en eso que llamamos ejercito, cuya cohesión y firmeza jamás he comprendido de qué modo llega a suscitarse. Quizá únicamente sea ello la obra misteriosa de la gran Atenea, señora de la lucha.
Nuestro itinerario se ajustó siempre a la costa. Nuestro camino por las tierras áticas fue duro pero discurrió sin sobresaltos. Orión se me mostró dócil y bien domado, aun a pesar de que su sangre bullía con el ímpetu que es propio de los potrancos jóvenes. Las jornadas de marcha sirvieron para cohesionar nuestro ejército y elevar el ánimo nostálgico de nuestros soldados. Las situaciones duras despiertan como ninguna otra cosa la fortaleza de los patriotas. Una vez que traspusimos la frontera beocia, toda nuestra atención estuvo puesta en las posibles sorpresas que pudieran darnos nuestros enemigos. Un error de cálculo había desbaratado aquel proyecto trazado tan secreta y minuciosamente en Atenas, en el que yo había sido parte activa. Demóstenes había asistido desolado a la negativa de entrega de las ciudades prometidas de Sifas y Queronea. Un focio de Fanótide, llamado Nicómaco, había descubierto los propósitos de revuelta de aquellas dos ciudades y se había apresurado a dar aviso a los lacedemonios, quienes, a su vez, habían puesto en alarma a todos los beocios. Había, pues, que reorganizar otra vez todo el plan. Y, en apoyo de una nueva ofensiva, íbamos nosotros hacia Delion, donde se encontraba Hipócrates al mando de parte de la flota y las tropas.
Cuando al fin tomamos contacto con nuestro ejército, Hipócrates nos informó en pública Asamblea de su propósito inmediato. Sin perdida de tiempo, debíamos fortificar el santuario y el entorno del templo del venerado Apolo. Ya, aquella misma tarde, fueron establecidos los turnos de trabajo y el orden que era imprescindible respetar para desarrollarlos. Cuanto me fue posible, indagué el paradero de Amasis; tal vez una patrulla de reconocimiento lo tuviera ocupado, por lo que no me había sido aún posible hallarlo entre los hombres que deambulaban por el campamento. Se me informó que estaba con Demóstenes. Ajustes de última hora, el día de la partida desde Atenas, habían aconsejado que él zarpara hacia Sifas. Los acontecimientos ocurridos recientemente en aquella plaza les mantenían aún allí, aunque se esperaba que en su momento se unieran a nosotros. En secreto, la impaciencia me asestó su zarpazo. Pero el rigor de los trabajos y el frío imperante, lograron que pronto ocupara mi mente en otras cosas, acosado por la urgente necesidad de lo que era preciso resolver de modo inmediato, fuera cual fuera la temperatura que nos congelaba o el estado interior de cada uno.
Junto a Sócrates y Laques, me empleé a fondo en lo que era de puro esfuerzo físico. Tanto ciudadanos como metecos y extranjeros, procedentes todos de la leva masiva que había realizado Hipócrates, nos unimos en un solo quehacer. Los dos primeros días, excavamos un profundo foso circular en torno al templo y al quebrado perímetro del santuario. El ritmo fue frenético. El sudor producido por el tremendo esfuerzo parecía congelarse sobre nuestra piel al primer contacto con el aire helado que soplaba con finura hiriente. Enseguida noté el dolor en los huesos de mis manos. Y las ampollas muy pronto fueron auténticas heridas, que tuve que curar con aceite y vinagre y vendarme para poder seguir cavando. Cuando terminaba nuestro exiguo turno de descanso, tras la aproximación a las hogueras para calentarnos, nuestros miembros volvían de inmediato a encorcharse, cual si nunca hubieran conocido la templanza. No obstante, trabajé al lado del animoso Sócrates, motivado por la fortaleza que él era capaz de desplegar. Junto a él descubrí que, en el refugio silencioso del esfuerzo supremo, cuando parece que el ánimo ya no resiste más, habita ese vigor que uno no sabe nunca que posee. Recordé mi soledad en el estadio y la furia que anidaba en mi alma en tales circunstancias. Y, cual si de nuevo estuviera corriendo y fuera un atleta de Zeus, escarbe y amontoné aquella tierra arcillosa de Delion como si, en verdad, mi vida dependiera solamente de ello. Fue un tiempo de rigor y templanza, de escasez y renuncia. Comíamos precariamente y economizábamos, pues no sabíamos cómo cursarían los acontecimientos. Hacíamos guardia cuando nos eran asignadas. Y nuestros descansos eran siempre medidos y tasados con mezquina escrupulosidad más propia de tiranos. La vida en campaña sabía despojar de inmediato a los hombres de veleidades y hábitos blandos y relapsos. En pocas horas, muchas de mis facultades dormidas o atrofiadas estaban siendo puestas de nuevo a prueba. Una simple mirada de mi amigo Sócrates, me daba crédito y testimonio de que él era consciente de cuanto me estaba aconteciendo.
Cuando estuvo terminado el foso y apilada la tierra formando una especie de muro sobre él, afilamos estacas y las fuimos clavando en todo su perímetro. El parapeto levantado rebasaba en total más que la altura que alcanzan dos hombres, izado el uno sobre el otro. Luego aliviamos de sarmientos a cuantas viñas hay en aquel paraje que circunda al santuario y, junto con piedras, desechos y ladrillos arrancados de las cercanas edificaciones, los arrojamos por el terraplén, para que todo ello acrecentara los impedimentos. Tratábamos, en suma, de establecer una fortificación tan agreste y accidentada como el ingenio nos lo inspirase. Luego, los carpinteros erigieron unas torres de madera, allá en los espacios que se consideraban más desprotegidos porque ninguna construcción del santuario los salvaguardaba. Yo trabajé en la erección de la que se estableció junto al pórtico de poniente, que estaba derruido. Desbrocé maderos y serré los troncos, mordí hendiduras y afilé los vástagos. Y, cuando me tocó ensamblarlos y atarlos, no dudé en trepar por ellos tan alto como fue preciso, aun a pesar de que el frío había hinchado y hecho enrojecer a mis dedos alarmantemente y el picor me los devoraba como si los tuviera plagados de gusanos. El quinto día, el aspecto de todos era lamentable. El cansancio y la suciedad habían hecho envejecer a Sócrates tan evidentemente que, de no haber tenido yo fe en su fuerza interior, hubiera temido incluso por su vida. Bajo aquella apariencia desastrosa, el gran hombre conservaba intacta toda su firmeza y su sobrio criterio. Pues, cuando nos era permitido algún descanso, siempre era su ingenio jovial y fresco el que era capaz de poner un pabilo con llama nueva a nuestras extintas elocuencias y a nuestras mermadas voluntades.
Las noches siguientes fueron extremadamente duras. El viento helado barría con sus abanicos de desolación sobre la áspera planicie. Tras el toque postrero, únicamente el resplandor de las hogueras afirmaba que la vida seguía latiendo sobre el campamento. Agazapados bajo los pellejos, buscábamos cada cual la templanza huida de nuestro propio cuerpo. Recuerdo haber sentido mi aliento exhalando sobre mi pecho, como un don misterioso con el que me regalaban un momento más de vida las divinidades. Desde allí podía verse cómo las largas grímpolas y las banderolas se entregaban sometidas al maltrato del viento, que las hacía gemir entre las sombras como hilas de cáñamo a punto de trizarse. En medio de la lobreguez de las noches, mis pensamientos recordaban, como una irrealidad, los días placenteros. Con insistencia de mosca fastidiosa, volvían a mi cabeza las atenciones recibidas de la hetaira Cidila en los últimos meses. Una y otra vez, creía sentir la carne tibia y perfumada de la niña ciñéndose a mi cuerpo, reptando por mi tronco, cobijando mi sexo en el calor húmedo y suave de su boca, pidiéndole a mis brazos que yo la guareciera, hasta fundirme con ella en una cópula profunda y exacerbada, cercana al exterminio. Sé que soñé, entre el relinchar inquieto de los caballos y el silbido agudo con el que Céfiro hacía respirar a nuestras armas de guerra apiladas bajo los cobertizos, con la bruma amable que inundaba los baños en la casa de Gurgos. Sé que soñé con las canciones y versos trinados por Estelis, con la serena hermosura transparente de Caris y el olor a leche que siempre me parecía percibir pegado a la piel sonrosada de Atreo. Cientos de sensaciones distintas y encontradas lastraban mi ansiedad, cuando la noche me sumía en el fango espeso de mí mismo. Era entonces el tiempo de las dudas y el miedo, la valoración de los principios y el áspero soportar de las verdades. Y en medio de aquel angustioso abandono, únicamente el esperanzado reencuentro con Amasis me hacía serenar mi zozobra amarga e infinita.
Unos días después, incomprensiblemente, Hipócrates ordenó que el ejercito iniciara su camino de vuelta hacia Atenas. Algunos hombres nos quedaríamos junto a él en Delion, ya que era preciso guardar el lugar y completar las fortificaciones. Pero, cuando las formaciones que integraban el grueso de nuestras tropas se hubieron retirado de nuestra posición como a unos diez estadios, las órdenes dictadas secretamente por el estratega eran las de detenerse y esperar allí apostados hasta un nuevo aviso. Insistentes rumores anunciaban que los once beotarcos, cabeza y representación de los beocios, se habían congregado ya en Tanagra. Sabido era que Pagondas, el hijo de Eóladas, que era el representante legal de los tebanos, junto con Ariántadas, el hijo de Lisimáquidas, a quien todos ellos habían conferido el mando supremo de sus tropas, eran, ambos, partidarios de entablar batalla contra nuestro ejercito. Unos días después, supimos con certeza que los enemigos iban a la zaga de los nuestros, quienes se hallaban acampados en los confines de Oropo. Separados ambos campamentos por una colina, la batalla estaba, pues, inexorablemente decretada.
Hipócrates abandonó Delion de inmediato dejándonos a trescientos jinetes para la defensa de aquel lugar. Cuando se nos llamara, nosotros entraríamos también en el combate. Despedí a Sócrates y a Lasques, pues que ellos lucharían como simples hoplitas. En nuestra tediosa espera, fuimos informados de que el contingente enemigo, apostado frente a los nuestros en el campo de batalla de Oropo, estaba formado por siete millares de hoplitas, más de diez millares de soldados de infantería ligera, un millar de jinetes y, al menos, quinientos peltastas. Los hombres de Tebas, marchando de veinticinco en fondo, ocuparían el flanco derecho. Los de Haliarto, Coronea y Copas cubrirían el centro. El lado izquierdo lo atenderían los de Tespias, Tanagra y Orcómeno. Sobre uno y otro lado se apostarían los jinetes y el resto de la infantería.
A media noche, un emisario trajo hasta el santuario un recado de Hipócrates conminándonos a que nos uniéramos con suma urgencia a ellos. Se esperaba que, apenas Helio alumbrara la tierra, el combate sería iniciado. Partimos apresuradamente, dejando una pequeña guarnición para amparar el templo. Cuando llegamos a Oropo, nuestro ejercito ya estaba alineado. Ocho en fondo era la disposición que había sido decretada. Los jinetes cubriríamos los flancos. Cuando el alborear permitió contemplar el despliegue enemigo, pudimos respirar aliviados, puesto que ambas fuerzas nos pareció que estaban bastante equilibradas. Los beocios y sus aliados fueron festoneando la colina como un collar engarzado de cuentas de colores. Así de imponentes brillaban sus arreos y armas, tocados por el dorado resplandor que, como un aventar de ascuas, iba ya alboreando sobre el lomo del cerro.
Era una mañana fría y luminosa. Olía a hogueras apagadas con urgencia. El cielo se iba rompiendo poco a poco, abriéndose en desgarrones, con un brillo metálico, grisáceo y amarillo. Bocanadas de aliento brotaban de las fauces enardecidas y resecas de los hombres, mientras nuestros caballos se revolvían inquietos, hincando sus pezuñas una y otra vez sobre el mismo terreno y sacudiendo sus testuces como si quisieran liberarse de incómodos tabarros. También ellos parecían presentir ya el desorden inevitable que conlleva la lucha. Observé cómo los guerreros de a pie asían insistentemente la empuñadura de sus armas, buscando el mejor acople de sus manos, que ahora se les hacían ajenas o extranjeras. Los hoplitas se apretaban hombro contra hombro, tratando de que su formación en falange no tuviera fisuras ni resquicios. Busqué entre ellos a Sócrates, pero no lo encontré. La formación hacía parecer a los hombres la múltiple repetición de uno cualquiera de ellos. Las peltas, las adargas y escudos también eran ajustados, una y otra vez, cual si de pronto fueran piezas desconocidas para quien las portaba. Un sudor frío bañaba mi cráneo bajo el soberbio casco que Amasis me obsequiara un día perdido ya en el tiempo. Sentía mi frente perlada y un dolor seco que me circundaba, como aros de fuego, las cuencas hundidas de los ojos. Hasta el aire que respiraba llevaba un agudo y largo herir hasta mis fauces para, desde allí, trasladarlo, implacable, a mi cráneo. Antes de calzarme el casco, había contemplado, absorto, a sus cuatro serpientes, e invocado la fortaleza de Asclepio, presente sin duda en el berilo hiriente de sus ocho miradas. Cubría mi pecho con el escudo en el que los dos fieros pájaros de oro y de marfil parecían más férreamente apretados entre sí que nunca. Y sobre mi muslo, desnudo y encorchado por la tensión, sentía descansar pesadamente el grueso festón de delfines que lo bordeaban. Orión se mostraba también más intranquilo y confuso que nunca. También él quería sentir más contundentemente el peso de mi cuerpo, y se revolvía, insistente, buscando con su belfo humeante el contacto amigo de mi pierna y el zaherir reconfortador de mi sandalia. Diré, sin rubor ni vergüenza, que todo el terror que un hombre pueda sentir se había concitado en el endurecido tronco de mi cuello, pues que ni la saliva era yo capaz de ingerir por mi garganta.
Cuando el adivino de Hipócrates, lívido y enjuto, pero dotado de la dignidad que aporta el sentirse portavoz de los dioses, colocó su trípode entre la formación, todo el ejercito se hundió en un seco silencio. Escuchamos entonces, por primera vez en aquel día, el silbar confidente del viento que bajaba desde la colina y rozaba la planicie como un fluir incesante de lástimas. El respirar de todos nosotros alentaba, sumiso y constreñido, como si perteneciera a un único cuerpo que hubiera sido amordazado firmemente. Sangró el matarife a las víctimas con su cuchillo de ónice sagrado y dejó caer su sangre y sus entrañas sobre la escudilla de esquisto y de oro. Alzó sus brazos rígidos y secos hacia el cielo plomizo y azufrado. Consultó entonces, reservado y hierático, la predicción al Oráculo. Luego, con lentitud medida, se fue replegando sobre sí mismo, cual si quisiera introducir su propia cabeza dentro de su vientre. Y, un instante después, gritó enardecido y tronante el beneplácito sin sombra de la diosa, que todos acogimos con un fiero alarido de satisfacción, nervioso y expansivo. Comenzó entonces Hipócrates su arenga. Lo hizo caminando con firmeza hacia el centro de la formación que le escuchaba como se escucha a la voz de un dios reencarnado. Su tono era vehemente y sus palabras breves y pensadas. Nadie debía dudar de la oportunidad de una batalla en tierras extranjeras. La lucha era allí, pero no se hacía otra cosa que defender Atenas. Recordó el triunfo de los atenienses sobre los beocios en Enófita, cuando, a las órdenes de Mirónides, nuestros antepasados se adueñaron un día de Beocia y Fócida, demolieron las fortificaciones de Tanagra y tomaron como rehenes a los cien hombres más ricos de los locros opuntios.
Atoradas quedaron las últimas palabras en la solemne garganta de Hipócrates. Oímos entonces en la lejanía a los enemigos entonando un peán, mientras la mancha de su ejercito iba cubriendo todo el descender de la colina como una sucia sombra de tormenta. Subió Hipócrates raudo a su caballo y oteó. Y, un instante después, tronó su orden de: “¡A las armas!”. Entonces, toda nuestra monstruosa y compleja formación se puso en marcha. Fijé mi casco y enderecé a Orión que buscaba nervioso hacia dónde avanzar, cual si estuviera ciego y sin oriente. El enemigo venía implacable hacia nosotros y todas nuestras fuerzas se apiñaban compactas como una montaña que fuera desplazándose. Rozaban los escudos, blandían las espadas y el pisar de hombres y caballos era seco y acompasado, pareciendo que era la misma tierra la que retumbaba. Poco a poco, el ritmo fue haciéndose más vivo. El marcado compás del timpanón fue superado por el murmullo incontenible y nervioso de los hombres, que pronto distendieron el rigor de su marcha y se dispusieron a enfrentar el ataque. Las primeras cinco filas de puntas de lanzas se proyectaban más allá de la vanguardia como una inmensa parrilla de tormentos. Supuse que sería imponente el terror que debían estar aportando al enemigo. Toda la caballería marchaba contenida al paso vacilante de los hombres, cuyos rostros iban poco a poco descomponiéndose con expresión de pánico. Cuando sólo quedaba así como un estadio, los hoplitas iniciaron abiertamente la carrera. Sediento y aterrado, escuché el contundente entrechocar de las primeras armas. Y, tras ello, todo no fue más que un tremendo desorden en el que el valor y el miedo respiraban juntos y el matar o el morir eran un juego caprichoso desplegado por Tique.
No imploré a Palas Atenea, señora de la guerra. No temí ni pensé. En un instante, todo se convirtió en un desaforado esfuerzo por cercenar a cuanto se oponía a mi paso. Orión saltaba y se revolvía con fiereza excesiva, más propia de un animal salvaje. Pisaba y tropezaba, relinchaba y buscaba atormentadamente recobrar su equilibrio. De repente, el pavor había huido. Creo que luché ferozmente sin escuchar ni sonidos, ni ayes, ni reparar en cuan profundas o rebanadoras eran mis cuchilladas. Tampoco puedo decir que sintiera los cortes y heridas que se me infirieron. Recuerdo haber gritado cuanto mis fauces son capaces de aullar, envuelto en una polvareda cegadora y espesa. Por nuestro flanco, los enemigos, todos ciudadanos de Tespias, se iban arremolinando tratando de guarecerse en torno a su propio centro. Intentaban frenéticamente repelernos, mientras nosotros evolucionábamos con ligereza acosando a su cerco. En un momento de euforia alocada, en la que nuestra ventaja era muy evidente, contemplé cómo la ceguera y la desorientación entusiasta de los nuestros hacía que algunos atenienses arremetieran contra conciudadanos. Los torrentes que bordeaban en campo por la parte izquierda habían contribuido a aquella confusión lamentable. Los beocios y los locros, sin embargo, arremetían furiosos en el centro, con claridad de ideas y un orden impecable. Los tebanos también aventajaban claramente a los nuestros por el ala opuesta. Pagondas iba veloz de uno a otro lado del campo de batalla, gritando sin respiro consignas a sus lugartenientes. No puedo precisar cuántas horas duró aquel esfuerzo brutal y extenuante. Cuando nos disponíamos nosotros a apoyar al corazón de la batalla, puesto que nuestros oponentes ya habían sido masacrados, vimos, aterrorizados, un nuevo ejercito que descendía de un lugar oculto en la colina. Sorprendido, observé a mis compatriotas retroceder presos de incertidumbre. Un momento de duda fue bastante para que el desconcierto prendiera en nuestras filas. Dos escuadrones de caballería integrados por esos guerreros tebanos a los que denominan “Unión Sagrada” bajaban veloces desde aquella colina. Su brío intacto y sus alaridos repletos de fiereza rompieron nuestras líneas con seca contundencia, y el ejercito de Atenas se vio obligado a batirse en retirada. La huida indignaba a Hipócrates que, fuera de sí, quería contener la desbandada, incluso cerrando con su cuerpo el paso a sus propios soldados. En mi deseo de resistir hasta el último momento, fui testigo de que un nuevo contingente de soldados de Atenas aparecía por el monte Parnete. En medio del acoso y la confusión, quise identificar los emblemas que portaba Demóstenes. Odié el momento en el que el destino traía a Amasis hacia mí. Pero el rudo arremeter de nuestros enemigos me impuso dedicar toda mi atención a repeler la acometida y a procurar mi salvamento de modo ya desesperado.
Huimos hacia Oropo, hacia Delion y el mar. Algunos se internaron entre la vegetación del Parnete. Fue una persecución humillante y sangrienta. Los nuestros iban quedando tendidos en medio de la desbandada. Ahora sí, los gritos y los ayes tenían nombre propio. La caballería de los beocios y la de los locros nos rastreó con ira sanguinaria. Tronchaban la maleza para encontrarnos como si fuéramos asustados animales de caza. Y solamente cuando Helio nubló la luz del día, pudimos aseverar que nuestras vidas se encontraban a salvo de momento.
Entre las sombras, junto a otros miembros de la caballería, logré llegar hasta el santuario. Fue un camino hiriente y tormentoso. Atenas había sido derrotada y la humillación provocaba en mí un dolor y un sentido de culpa sin margen ni medida. Llegamos ateridos, cansados y cubiertos de suciedad y sangre. Cientos de heridas, arañazos y golpes ocupaban mi cuerpo, irreconocible hasta para mí mismo. Descendí de Orión como si me cayera al hoyo de un sepulcro y, tambaleante, busqué con mis manos crispadas el calor de su aliento. Y junto a su testuz, apoyé mi cabeza buscando la indulgencia de aquél que no podía comprenderme, en modo alguno. Ésa era la auténtica soledad, la que nos zahiere sin que nada ni nadie pueda compartir con nosotros nuestra desolación. Aprendí entonces que nada hay más inhumano que la culpa, pues que ella misma te aísla y priva de toda conmiseración, relegándote al total abandono. Culpables éramos del deshonor y la ignominia inferida a la ciudad de Atenas; reos de muerte, pues, ante el universo.
Acepté las atenciones que los miembros de la guarnición nos dispensaron, pendientes de cuantos eran capaces de regresar a aquel lugar fortificado. Y cuanto fui capaz de articular palabras, pregunté por Sócrates y Laques, por Amasis y por Alcibíades y por cuantos sabía que habían, al fin, participado en aquella contienda. Nada me fue aportado sobre aquéllos que eran mis amigos. La confusión y el desconcierto eran aún más desoladores que el abatimiento y el cansancio que nos encorvaba.
Con mano firme y corazón sereno me aproximo a la crónica de lo que es, sin duda, el período de tiempo más terrible de mi vida. Pido la protección de los dioses para que la palabra más sucinta y el tono más preciso, sean capaces de recoger el máximo dolor y el más fiel testimonio de mis vivencias y mis sentimientos. Hago ahora, en el silencio aciago de la noche, cuando todos duermen en mi casa y únicamente yo velo atado a mi aflicción, una ofrenda votiva de mirra y azafrán ante el altar de Hestia, señora de mi casa, y prosigo mi carta al lejano Licino. A través de mi misiva a él, quiero, por ocultas razones que no llego a dilucidar con claridad, hacer alegato de cuanto el vivir ha sido capaz de entregarme en placer y en desdicha. Pues que es de justicia, que el hombre deje constancia y testimonio de quien ha sido en medio de esta tierra en la que se transita de la vida a la muerte. En esa ambición, y sólo en ésa, prosigo con mi escrito.
Busqué, desde el día siguiente, el modo de saber algo de aquéllos que me eran más queridos y próximos. Casi un millar de bajas habían sido sumadas por nuestro heraldo. Sócrates debía haber salvado su vida, a deducir por lo que Laques me informara, ya que él había sido quien había visto por última vez a mi maestro. “Si todos los atenienses hubieran luchado como Sócrates, la derrota no hubiera sido nuestra”, afirmaba ciego de pesadumbre Laques. Nadie, sin embargo, sabía darme noticias de Amasis. Su escuadrón había sufrido una dura refriega. Desde su posición en retaguardia, habían sido perseguidos por los tebanos con fiereza sin tregua. Una leve esperanza, fundamentada sólo en el ciego deseo, me animaba a creer que mi amigo no estaba entre quienes, capitaneados por Demóstenes, habían venido en último lugar para apoyarnos.
Durante varios días, los beocios no permitieron que el heraldo de Atenas pactara con el suyo la retirada de nuestros muertos del campo de batalla. Exigían que abandonáramos aquellos lugares santos, acusándonos de haber usado el recinto como un sitio profano, y de utilizar, para uso común, el agua de la fuente del dios, que ni ellos tocaban, si no era para las abluciones de los ritos sagrados. Al tercer día, supimos que nuestros enemigos habían erigido un trofeo en medio del campo de batalla, habían retirado a sus muertos y despojado a los nuestros, dejándolos desnudos a merced de las bestias. Perros salvajes, alimañas y aves carroñeras serían los sepultureros de los hijos de Atenas. No puedo referir cuanto horror me produjo tal estado, que sólo mitigó la aparición de Sócrates. Una vez más, su actitud había sido heroica. Apoyado en él, traía a Jenofonte, a quien había salvado de una muerte segura, tras caer éste de su caballo en plena retirada. Después de ese hecho, la fama de Sócrates creció sin detenerse. Junto a ella, crecieron también la envidia y la maldad hacia él como depredadores.
Nadie fue capaz de darme noticias sobre el paradero de Amasis, aunque sí me confirmaron su presencia en la lucha. Había venido y participado en la batalla. Tal vez se encontrara entre aquéllos que, en la huida, habían dirigido sus pasos hacia más allá de Oropo. Su habilidad y su experiencia en el arte de patrullar, sin duda, lo habrían puesto a salvo.
Un día supimos que los beocios habían hecho venir lanzadores de dardos y honderos desde el golfo de Mélide. Ellos, apoyados por dos mil hoplitas corintios y la guarnición peloponesia que había evacuado Nisea, y junto con algunos megarenses, se dispusieron a asaltar nuestra fortificación. Tras diversos intentos, que supimos repeler con valentía, lograron su propósito. Más de un centenar de troncos huecos, en cuya boca habían dispuesto calderos con ascuas de carbón, azufre y pez, les hicieron conseguir su objetivo. Aquellas pértigas, apoyadas contra nuestro terraplén defensivo, y animadas con fuelles desde su otro extremo, lanzaron sus llamaradas, haciéndonos imposible la permanencia dentro de la muralla.
El recinto fue incendiado por todos sus costados. Huimos nuevamente dejando a más de doscientos de los nuestros, muertos o envenenados por el humo, a merced de su suerte. Refugiados en algunas de las naves de nuestra flota, anclada en la costa, aguardamos diecisiete días, hasta que fue posible pactar la recuperación de nuestros cadáveres. La “Talía” no estaba ya entre ellas; había sido hundida.
Acompañé al heraldo de Atenas al campo de la muerte. Jamás hombre alguno podrá describir tanto horror como allí se exhibía; oprobio y abyección para la humanidad. La fetidez lo impregnaba todo haciendo que el respirar ahogara hasta retorcer los estómagos en vómitos y náuseas. Los cuerpos se esparcían, irreconocibles, descarnados bajo la sórdida intemperie. Una tibia luz, ajena e impasible, hacía que la desnudez propia de la rapiña, de la que habían sido objeto los cuerpos de los nuestros por parte de los otros, fuera más ofensiva que las heridas de muerte y los desgarrones voraces de las bestias. La suciedad y la sangre pútrida y renegrida manchaban de una púrpura maldita el suelo revuelto y pateado, cubierto de despojos. Caballos hinchados y hombres apresados en el gesto crispado de la muerte sembraban de inmundicia aquella tierra odiosa y despreciable para siempre.
Entre tanto horror, nos dispusimos a penar nuestra culpa ante el mundo. Se trataba de apilar a los muertos para hacer una pira, ya que su estado no permitía tornarlos a la patria. Las caballerías y los restos de ropas y pertrechos inservibles serían reunidos e incendiados, si al final aún nos restaban las fuerzas para ello. En medio de aquel ultrajante trabajo, cuando el agotamiento y el hedor hacían ya vacilar a mis fuerzas, un hombre gritó en medio de aquella locura que hasta entonces había sellado de mudez nuestras bocas. Cuantos estábamos arrastrando cadáveres, detuvimos la pugna y miramos hacia el lugar de donde venía aquel aviso. “¡Hay vivos! ¡Están vivos!” Un latigazo estremeció mi cuerpo, pues que el horror de la supervivencia sumaba, sin duda, espanto a aquella ignominia. El aviso venía del lado del torrente. Tal vez, algunos heridos hubieran podido sobrevivir al amparo del agua que corría.
Pido a Zeus fuerza para seguir aquí mi carta. Seguro estoy de que su redacción matará nuevamente a mi alma, como la ha matado, muchas veces antes, tan funesto recuerdo.
Una lanza abría el costado de Amasis, rasgado y destrozado por el intento ineficaz de querer arrancársela. Su rostro cadavérico tenía hundidas sus facciones hasta hacer de él un espectro horroroso. Tenía los labios áridos, como de madera, con ese color gris y decolorado que le aporta el transcurrir del tiempo y el descuido. Su nariz afilada anunciaba con certeza una muerte inminente. Y el color de su rostro era el mismo que toma la manteca cuando se ha transformado en rancia para siempre. Alentaba en él un profundo cansancio que le impedía casi alzar la tela morada de sus párpados. Junto al agua, algunos hombres más yacían en situación semejante a la suya. Odié y odiaré siempre el hálito que me permitió respirar aquel día. Un millón de veces hubiera preferido morir a ser testigo de aquel lóbrego hecho, mucho más espantoso que el trance impío de la muerte.
Fui hacia él trastornado y temblando, sin creer que era realidad lo que veía. Me arrodillé a su lado y me quité con precipitación las armas. Luego, sin saber qué hacer, sujeté su tronchada cabeza en un intento desesperado de servirle de algo. En mi garganta un coágulo me ahogaba de amargura, y en mi mente los pensamientos se me atropellaban sin función ni orientación precisa. Los enemigos también le habían despojado de cuanto habían considerado digno de su botín. Amasis abrió con lentitud los ojos, y en ellos brilló el rictus maldito de la pena y la rabia, entrelazadas. Leí en su mirada el mensaje. Maldecía a los dioses por haber hecho posible aquel encuentro. Incapaz de articular palabra o tomar iniciativa, me quedé inmóvil a su lado. Creo que oí un murmullo arrastrándose por el túnel fétido de su garganta rota, a la vez que su mano apretaba la mía. Me sorprendió el brío siniestro de sus dedos, impropio de aquel cuerpo en suma extenuado. Creo que me pedía agua. En una reacción confusa y, de pronto, agitada, busqué algo con que poder traérsela. Mis compañeros atendían a otros supervivientes que agonizaban ahogados de esperanza y sorpresa. Y entonces, percibí, conscientemente, sus quejas y lamentos. En mi torpe precipitación, no encontraba con qué traer el agua que Amasis me pedía. Me retiré de allí para buscar ayuda. No sé cuánto tardé. El dios ha tenido a bien borrar de mi memoria el tiempo más nefasto que he vivido. Cuando volví, Amasis había cogido mi espada, aquélla que el mismo me obsequiara y, apoyándola contra unos peñascos, se la había clavado en el centro del vientre en un último esfuerzo por terminar con tanta crueldad. Ahora sí se había apostado para siempre en sus entrañas la sombra cerrada y tenebrosa de la muerte.
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