3.11.13

CAPITULO VIGESIMOSEGUNDO





Quien no ha bajado a ”los infiernos”, bien puede decir que no ha vivido. Se trata de esos viajes no elegidos, en que la confabulación de nuestros diablos interiores nos obliga a contemplar sin veladuras la faz más cruel de la existencia humana. En medio de la desolación se fortalece el alma, pues que la aguja del entendimiento penetra hasta el centro más sensible del enigma. Cuando se emerge desde el fondo del dolor, ya nunca se será el mismo; nada volverá a ser igual ante los ojos ni en el corazón.

XXII

LA ONEROSA LEVEDAD DE LAS CENIZAS
No volví a Atenas hasta aquel día en que fue establecido el tratado de paz. Anduve como un proscrito durante más de un año por las tierras de Anfípolis, participando en cuantas refriegas tuvo que afrontar nuestro ejercito. Pero, aun estando férvidamente integrado con mi cuerpo en los propósitos e intereses de los nuestros, mi mente seguía extraviada en el fango del dolor y en el abismo de la incomprensión. No luché para vencer, sino para morir. Pero la lanza y el escudo de la diosa quisieron, sin duda, defender mi cuerpo abandonado, obligando así a mi existencia a descender a las simas más oscuras de la iniquidad. Fui tan cercano y terco testigo de la muerte, y llegué a aceptar tan sin reservas ser su brazo ejecutor, que conocí el momento aciago en el que matar me procuraba un placer sanguinario, ciego e inhumano. Fui notario de las muertes de Brásidas y de mi compatriota Cleón, a quien pusieron fin las manos de un vulgar peltasta de Mircino. Y aseguro sin rubor ni vergüenza que sentí el mismo regocijo por la muerte del uno como por la del otro. Pero no me alegré porque, siendo ambos contrarios a la paz y la concordia, su desaparición aportara un punto de esperanza a posibles acuerdos, sino porque toda tragedia circundante despertaba en mí un salvaje placer inconfesable. Demandaba la sangre por la sangre, el exterminio por el exterminio, la muerte por la muerte, la crueldad sin fronteras ni reservas. Era exactamente igual que esas fieras que hacen su carnicería y luego desprecian la carne de sus víctimas; pues que no matan por necesidad sino por puro instinto.
Entró en vigor el armisticio siendo éforo en Lacedemonia, Plístolas y arconte en Atenas, Alceo. Ello aconteció el sexto día precedente al fin del mes de elafebolion, cuando la vida empieza a resurgir en praderas, árboles y frondas. Por parte de los lacedemonios, juraron e hicieron la libación: Agis, Damageto, Quiónide, Metágenes, Dáito, Zéuxidas, Plístolas, Empedias, Antipo, Plistoanacte, Acanto, Télide, Alcínadas, Menas, Iscágoras, Filocáridas y Láfilo. Los diecisiete representantes elegidos por Atenas para ello fueron: Lampón, Nicias, Timócrates, León, Laquete, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Trasicles, Teágenes, Istmiónico, Aristócrates, Hagnón, Mírtilo, Yolcio, Lámaco y Demóstenes. La firma coincidió con el final de la celebración de las Dionisias urbanas. Casi tres Olimpiadas hacía que los enemigos habían invadido el Ática y el cansancio por ambas partes era ya insoportable. Los espartanos venían deseando la paz desde la derrota sufrida en Esfacteria, pero ninguna de sus tentativas había tenido acogida ni ante sus aliados ni ante nuestra Asamblea. Los festejos fueron moderados, ya que ni fuerzas quedaban para el regocijo. En todas las familias faltaba más de un miembro y, aunque la noticia fue muy bien acogida, su recibimiento se hizo con tibieza y hastío.
Volví a Atenas deteriorado e irreconocible. Y, por primera vez en mi existencia, no sentí congoja alguna por el dolor que la contemplación de mi estado pudiera producir a mi hermana Caris ni a aquéllos otros que me seguían dedicando su afecto y su ternura. Regresé de la guerra envejecido y curtido por el frío y la aspereza de la vida en campaña. Mi cuerpo había abandonado en unos pocos meses sus formas precisas y moldeadas de antes y había adoptado una burda reciedumbre que parecía aportar a mi estructura un aplomo bronco, insolente y temible. Dentro de mí todo estaba reseco y esquilmado, y mi existencia no valía ni un óbolo a mis ojos. La ciudad nos recibió, a pesar de todo, con un alborozado bullicio que a mí me resultó ofensivo e irónico. Su salutación desbordante cayó sobre mí como un millar de salivazos lanzados con odio en medio de mi rostro. Aturdido, pasé de los brazos a los brazos de quienes celebraban mi reencuentro, lo mismo que pasa un espantajo relleno de juncia seca o de paja, cuando se le utiliza de blanco de las lanzas o las flechas en los entrenamientos de los soldados en el cuartel de Muniquia. Miré a Atenas como se mira a un ser ya irreconocible, y sentí su acogida como la falsa hospitalidad que nos dedica un felón que urde, infame, su traición asesina mientras nos mira y nos sonríe en plena cara. Volví a Atenas sin volver a ella. Y sentí, apenas puse mi pie sobre su tierra, que ya jamás podría sentirla como antes, pues que yo ya nunca sería el mismo Antandros que la había dejado.
Apenas pude deshacerme de quienes celebraban mi retorno, me hundí en la penumbra amarga y desolada de mi casa. Pedí a Caris con áspero rencor que no me frecuentara y a Forsila que cerrara a cal y canto nuestra puerta y negara la entrada a todas las visitas sin excepción alguna. A partir de aquel día, odié y martiricé a cuantos me servían y busqué en el rencor y en la impiedad el alimento para dar de comer a mi congoja. Deseaba que un fuego descendiera del cielo y calcinara cuanto alentaba sobre la faz del mundo miserable. Con desabrida urgencia, pedí a Xenócrates que abandonara cuanto antes mi casa. Y cuando, confuso y aturdido, se me acercó con el sincero ánimo de ayudarme, haciéndome saber que ninguna importancia tenía para él su soñado triunfo en Olimpia, si ello suponía dejarme solo entre tanta amargura, le impedí que me hablara, desprecié, despótico, su conmiseración y le eché en cara su situación de parásito, viviendo, mes tras mes, a mis expensas.
Viví encenagado en mi dolor, revolcándome en el desprecio continuo hacia mí mismo. Y cuando un día Forsila, firme y autoritaria, en un arranque de auténtico amor, se presentó en mi estancia trayendo a mi presencia al apacible Sócrates, la fulminé con la mirada y al día siguiente puse su viejo cuerpo en venta, como se hace con un puro desecho que ya no nos sirviera. Con suma dignidad y sin proferir ni un solo reproche, aceptó la mujer mi decisión, sabiendo en su interior que mi mísero acto era el fruto podrido de mi ciega demencia. Aquella tarde, oí la voz fúlgida de Sócrates reprochándome con veraz entereza, pero me negué a escuchar sus lúcidas palabras. Impasible, permanecí en su presencia hasta que se hubo ido. Y, en cuanto se marchó, arranqué de mis oídos sus razones como se arranca de la piel el mordisco hiriente con el que nos sangra y purifica una aplicación de hambrientas sanguijuelas.
En ese estado de confinación, permanecí durante muchos meses. Pronto mi casa comenzó a ser reflejo de mi espíritu. La relajada desatención de la grosera Eufro encontró acomodo en mi desinterés por el vivir diario. Su vulgaridad toleraba mis iras y mis despropósitos, y en modo alguno se oponía a mi indiferencia y a mi creciente abandono. Como un animal, comía yo sólo cuando me apetecía, sin respetar orden ni regla conveniente. Desatendí mi aseo y mi vestido. Y el día entero lo pasaba sin distinguir luces de sombras, como un penado que estuviera encerrado en el confín más hondo de su gruta. A diferencia de cuando era un niño, ahora, despreciaba la claridad del día; me mortificaba la autenticidad desnuda e inequívoca de cuanto se veía. Como un laberinto de espejos justicieros, los muros de mi casa muy pronto comenzaron a ser fiel testimonio de mi lóbrega entraña. Algo semejante a una lepra tenaz y sigilosa empezó a ocuparlos como un crecer de moho. Un polvo de salitre convirtió en opacos y faltos de color a cuantos pájaros, frondas, frutas y guirnaldas los ornaban. Las pinturas se fueron agrietando como si un estremecimiento interno las quebrara. Enseguida comenzaron a desprenderse, cual si no fueran suyos, conchones de sus paños, abriendo, entre las figuras de los héroes y dioses que las animaban, algo así como grandes ojos vacíos y deformes que me observaban con sus pupilas inmóviles y blancas. En mi aturdimiento, mandé cegar también la fuente de mi patio, dejando al fauno que tanto me gustaba suspendido, de pronto, en una cabriola seca y carente de causa. Fui testigo de cómo el verdor húmedo y vivo de su cuerpo se fue ennegreciendo lo mismo que ennegrece, sin remedio, a un miembro la gangrena. No permití tampoco que alentara durante aquel tiempo el altar de Hestia y de Hermes. Un manto de ceniza sucia cubría el ara y la columna a merced del viento o de la lluvia. Y la yedra, que solía trepar, comedida, sobre el balaustre de mi terraza y abrazar, grácil, el peristilo, cayendo en largas colgaduras, se convirtió en maleza turbia y amenazante. En ella se cobijaban ahora arañas y reptiles, a la vez que ahogaba en su desorden anémonas y adelfas y cuantas plantas temían, asustadas, enseñarme sus flores y tinturas o darme sus perfumes.
Sin embargo, y pese a todo, no puedo asegurar que para mí fuera aquél un tiempo de amargura. Mi maldad y mi rencor me alimentaban tan abundantemente, que una malsana satisfacción me hacía sentirme orondo y satisfecho en mi degradación. Hubiera deseado que nadie se ocupara de mí. Y en tal creencia vivía, hermético, encerrado en mí mismo y en mi ciego y contumaz abatimiento de demencia. Sin embargo, los míos seguían a mi lado aunque yo no los viese. Y mucho tiempo después, supe que fue el entrañable Kebe quien dictó a Brygos y a Baquio, mis dos únicos esclavos, las instrucciones precisas que fueron el incipiente inicio de mi lento proceso de restablecimiento.
Los días y las noches pasaban entonces para mí sin raya ni señal que los diferenciase. Dormitaba casi permanentemente y mi cuerpo había sido abandonado por el brío y la tersura de otros tiempos. La fortaleza que me había aportado la campaña, se había transformado en abotagamiento. Una noche me desperté en medio de un mal sueño. Reseco y febril, busqué a tientas el cacillo. Cuanto lo hallé, lo deposité en el suelo y me abracé a la hidria para volcar en él un poco de agua fresca. La arcilla ofreció a mis brazos y pecho, sudorosos, su sudor más límpido, más húmedo y más reconfortante. Fuera, en medio de la noche, un perro gemía alargando un lamento hiriente y lastimero. Desprecié aquella queja que me importunaba y busqué nuevamente aturdirme en el sueño. Un instante después, me levantaba airado buscando la manera de ahuyentar a quien me incomodaba tenaz y de aquel modo. A oscuras y desnudo, recorrí los tramos conocidos de mi casa. El molesto animal estaba, sin duda, confinado en el patio interior de mi vivienda, allí donde se hallaba mi establo y la bodega. Abrí la puerta dispuesto a asestar al importuno un golpe contundente que callara definitivamente aquella queja. Entre la oscuridad, descubrí el inquieto cuerpo de Tehon, que de inmediato cambió su gemir en sentida alegría. Buscaba, inquieto e insistente, el roce de mis piernas y olfateaba mis pies y mis sandalias, cual si yo fuera realmente un amo reencontrado. Creo que me paralicé. Sentí la lengua templada de Tehon lamiéndome, tímido, los dedos de mi mano. En un primer momento, la retiré bruscamente de su alcance, pues que me repugnó aquel contacto tibio y pegajoso. Luego la dejé nuevamente descender abandonada, sin saber por qué permitía que siguiera lamiéndome. Bajo la noche oscura, me senté en el suelo apoyando la espalda sobre el muro áspero de barro y dejé que el perro de Amasis se tumbara, plácido, a mi lado, sereno de repente, cual si hubiera estado desde hacía mucho tiempo esperándome. Al fin, las lágrimas perdidas llegaban, salobres y agraces, a mi boca y mi interior se rompía en el largo sollozar de un muchacho solo y extraviado.
Comencé a salir a la calle con medida cautela. Enseguida llegó a mis oídos que Forsila había sido acogida por Damisco. Con suma habilidad había burlado él mi testarudez, cuando yo, como castigo por su osadía, había impuesto la cruel condición de que la anciana no fuera vendida a alguien conocido. Damisco había comisionado a un acamántide para que la adquiriera como una compra propia. Después él la había hecho una mujer libre. Había logrado así cumplir su filial intención, dejando a salvo a la vez mi brutal terquedad. Nunca más permití que Forsila regresara a mi casa, aunque en su espléndido corazón no guardara la mujer rencor alguno contra mí y ella misma me pidiera, sinceramente, volver de nuevo a mi lado. Cuando el tiempo pasó, solicité públicamente su perdón y le rogué que terminara sus días al lado de Damisco. Hora era ya de que los dioses le concedieran la dicha de sentirse una madre. “Antandros, bendigo el día que te enseñé a mezclar el vino para el banquete de Agios; aquel día, las divinidades me dieron un amigo”, me respondió Damisco con voz entrecortada. Antes, yo le había dicho a él en presencia de la insigne mujer: “Los dioses, Damisco, hicieron que tus ojos de niño no conocieran madre propia. Los dioses, sin duda, hacen ahora que tus ojos de hombre conozcan a quien es esencia y epítome de todas ellas. El infortunio precedente logra que la fortuna posterior sea mucho más valiosa. Seguro estoy que el futuro deparará a ambos cuanta dicha os es bien merecida”.
Largo y costoso fue para mí el nuevo reencuentro con la vida. Aparentemente salí de mi antro y volví a insertarme poco a poco en los asuntos políticos de Atenas. Pero, quienes me conocían con intimidad, advirtieron enseguida que mi carácter se había transformado muy notablemente. Las relaciones entre Esparta y Atenas parecían, en un principio, amables, aun a pesar de la liga entre Argos y los peloponesios. Muy pronto, la influencia del impetuoso y seductor Alcibíades, quien no se recataba en proclamar abiertamente su oposición a Nicias, empeoró la concordia y los vínculos entre ambos Estados.
La celebración de la noventa Olimpiada fue muy controvertida. Los eleos se negaron a que los lacedemonios accedieran al sagrado recinto del Santuario, si antes no satisfacían una multa cifrada en dos mil minas. Les reclamaban tal cantidad por considerar que éstos habían roto la tregua santa al haber empuñado sus armas contra la fortaleza de Firco y haber enviado un millar de hoplitas a Lépreo. No obstante, y a pesar de todos estos avatares, pude escuchar orgulloso, de la voz del propio mensajero que vino desde Elis y trajo las noticias, la proclamación del nombre de Xenócrates, el eubeo, como ganador en la carrera larga. Agradecí vivamente a Zeus aquel galardón que me otorgaba por segunda vez en mi existencia, ya que el triunfo alcanzado por mi amigo me confortaba verdaderamente como si fuera propio. Aquel triunfo fue, efectivamente, más celebrado por mi parte que el espectacular y asombroso conseguido por nuestro compatriota Alcibíades. En aquella señera ocasión, el joven aristócrata ateniense había participado con siete de sus carros, arrastrados todos ellos por magníficos tiros de caballos, obteniendo el primero, el segundo y el cuarto de los premios. Y aunque el arcadio Andróstenes fue triunfador indiscutible en el pancracio, el nombre de Atenas brilló sobre todos los otros, desde el uno al otro confín del orbe conocido. Los festejos aquí desbordaron cuanto pueda creerse. El pueblo volvía poco a poco a creer en un futuro de esplendor y de gloria, y esta clase de sucesos lo reafirmaban.
El cortejo que honró a Alcibíades y le dio la bienvenida, desfiló en toda su grandeza por la Vía Sacra y festoneó por vez primera la balaustrada del nuevo templo de Atenea Nike, recientemente rematada. Desde allí, llovieron, sobre el héroe coronado de olivo, miles de rosas tiernas deshojadas. Aunque ningún dosel puede compendiar más belleza y sensualidad que ése balaustre labrado en níveo mármol del Pentélico. En él, y ante la diosa Atenea sentada en majestad, las Victorias alzan sus trofeos y se aprestan a efectuar el ritual de los propiciatorios. En verdad, Damisco ha logrado trasladar allí el estilo maravilloso del gran Fidias, su elegancia y la sutil ingravidez con que él sabía disponer la belleza de la joven carne en armonía con las arrugas y pliegues de los peplos traslúcidos.
Con frecuencia visito ahora nuestra Acrópolis. Lo hago a esa hora en que Helio va dejando su ámbito a Selene, señora de la noche. Siempre me demoro y contemplo, absorto en el silencio de la fascinación, el grávido momento en el que el dios dora con su brillo de fuego el mármol, transparente, cincelado. La lisa piedra parece entonces cera que fuera a derretirse. Es ese instante único en que los fatigados caballos que conducen el carro del gran astro se bañan en Océano, tras su costoso viaje por el nítido azul del firmamento. Lo hago así, porque creo que el resplandor sumiso de la tarde transporta entre sus luces un filtro acuoso y casi mortecino, que sosiega y pone orden en mi cansado ánimo. Asisto de ese modo, en secreto, a un magno espectáculo. Ante el inminente ocaso de la luz, el gran ojo del mundo abraza con su briosa virilidad a cuanta femenina belleza se posa en esa balaustrada. Ciñe entonces Helio con pasión el templo nuevo de la Áptera, que emerge como un blanco tallo de jacintos sobre el mundo sin sentido de los hombres. Allí está perpetuada mi hermana junto a otras muchachas de mi pueblo. El escultor tomó su cuerpo y lo donó a la nikái más bella del conjunto, ésa que levanta su pie para atar, tan grácilmente, la brida a su sandalia. Gloria, pues, sea dada a Calícrates que los inspiró, al fiel Damisco que, desde su discreción y respeto, lo diseñó en silencio, y al eminente Fidias, cuyo sello ha quedado perenne sobre la hermosa obra que cobija a esa diosa sin alas que protege celosamente a Atenas.
Mi vida discurrió en los siguientes años escondiendo mi desinterés por cuanto me ocupaba. Fingí participar activamente en la alianza que se estableció un año después con Argos, Elis y Mantinea. E, incluso, fui capaz de simular tesón e insistencia para que Melos también fuera, al fin, anexionada a nuestra causa. Una depurada pátina de cinismo cubría sin fisuras mi existencia. Sin embargo, la realidad era que arrastraba costosamente cada mañana a mi cuerpo fuera de mi aposento y forzaba a mi espíritu a interpretar una ficción cada vez más penosa. Era cual si el mundo que me rodeaba no fuera sino una inmensa cávea ante la que yo clamaba, oculto tras mi máscara y alzado sobre mis coturnos, mi descomunal mentira, sagaz y convincente. Vivía porque el aliento me empujaba a ello. Pero odiaba aquel estado de abandono en el que los dioses me habían sumergido. Junto a mi lecho, mi escudo y mi casco vestían perennemente al espectro fiero de la muerte clavado en mi memoria como un dardo de bronce. Y junto a ello, la espada que Amasis me obsequiara en los días felices ya enterrados, tenía aún pegada a su hoja de plata ensombrecida su sangre negra, como único residuo de lo que en otros tiempos había sido su vida y parte del afán que animaba la mía. “Al grito azul se entregará la voluntad partida y el disco fulgirá por sobre el orbe. Luego, el rayo de plata vomitará de púrpura, las tinieblas traerán el rumor de la Éstige y el silencio dorará con su miel los ácidos recuerdos”. Con terrible precisión, se había cumplido un nuevo tramo de mi Oráculo. En verdad, tras el vómito rojo, las tinieblas acercaban hasta mí el rumor del más infernal hijo de la Noche y del amargo Érebo.
Injusta y malvada siguió siendo mi actitud con mi querida Caris. Odiaba su felicidad hasta el extremo de envidiar cuanto la rodeaba. Prefería no verla, y obligaba a mi mente enferma a no recordar nada de los días pasados junto a ella. Discutía acaloradamente con Simias, aun a pesar de que su mesura y atención soportaban sin desánimo mis más tenaces y absurdas controversias. Mi carácter llegó a ser tan agrio y desabrido que hasta Kebe me consideró perdido para siempre. Únicamente Tehon soportaba mi malhumor de hierro. El perro me seguía a todas partes, y regresaba a mí, aun cuando mi ira descargara sobre él la violencia y agresividad de mis furores. En la Pritanía también se me tenía miedo. Y mi opinión era respetada como si en realidad lo que brotaba de mi boca fuera una auténtica e irrefutable sentencia del averno.
Tal maldad, sin embargo, me dotaba de una visión cargada de una objetividad preclara e implacable. Aquella falta de apegos a los hombres, fe en las ideas y ausencia de pasiones, me había aportado una gélida imparcialidad y una veracidad casi inhumanas. Así pues, cuando nuevamente entramos en guerra contra Esparta, y los nuestros se dirigieron hacia Mantinea, pronostiqué, airado y contundente, que sufriríamos una inmensa derrota. Por eso, cuando sucedió, escuché orgulloso y sin dolor alguno al heraldo contar cómo los laconios habían aplastado a todo nuestro ejercito con sádica fiereza.
De modo semejante, meses después, asistí, impasible, al debate en el que se acordó efectuar el acoso a Melos. Y cuando, tras la heroica y desesperada resistencia de sus ciudadanos, logramos derribar sus muros y vencerlos, no pronuncié ni una sola palabra en contra de la decisión en la que se convino que sus hombres fueran pasados a cuchillo y sus mujeres y sus niños fueran vendidos como esclavos. Mi rencor había inundado hasta tal punto de amarga hiel el centro misterioso de mi alma, que cuando Sócrates me anunció la muerte del querido Simón, sentí una malsana y cruel indiferencia. Y hasta demostré un cierto sarcasmo ante la pena que parecía infundir el hecho luctuoso en sus amigos. En mi maldad, gozaba sabiendo que los demás también mordían el polvo humillante e injusto de la muerte. Diré que fue única excepción en mi indolencia el anuncio de la muerte de Fidias, cuya noticia detuvo por un instante mi aliento y me hizo ver un poco más negro y despreciable el mundo miserable en el que nos movíamos.
Recuerdo aquel tiempo como un descenso sin tregua a los abismos. Los nuevos y velados intereses bélicos de nuestros estrategas alimentaban más mi fiera intemperancia. Por eso, cuando la Asamblea decidió que debían atenderse las demandas de Egesta y enviar embajadores hacia las remotas tierras de Sicilia, vaticiné, airado nuevamente, que muy pronto la guerra volvería a sangrarnos hasta la extenuación.
Al comienzo de la siguiente primavera, regresaron nuestros enviados. Los acompañaban muchos egestenses. Traían, éstos, hasta Atenas, más de trescientos sesenta millares de dracmas para pagar con ellas el envío de sesenta trirremes a Sicilia. Aseguraban, a la vez, que en sus santuarios y en sus tesoros públicos contaban con muchos más talentos de plata virgen sin cuños ni emblemas. Supe entonces con seguridad que la codicia de nuestro pueblo volvería a cegarnos y sentí una malvada complacencia ante ello. Sin embargo, y a pesar de toda mi vileza, en lo más hondo de mí convivían afanes y deseos encontrados. Así pues, de una parte, asistí mudo de ira a los enfrentamientos públicos entre Alcibíades y Nicias. Pero, cuando el Arconte de la guerra alzó la voz para proclamar a Alcibíades, el hijo de Clinias, a Nicias, el hijo de Nicérato, y a Lámaco, el hijo de Jenófanes, como estrategas plenipotenciarios, troné en desacuerdo. Se decretaba que partieran de inmediato en ayuda de los egestenses y contra los de Selinunte. A la vez, debían contribuir al restablecimiento de los leontinos en su ciudad. Turbio de ira, alcé mi voz y me opuse abiertamente a ello sin reparar en las consecuencias que me traería contradecir la voz soberana de mi pueblo. En mi interior, el odio y el amor a mi patria hervían y armaban, a un tiempo, a dos ejércitos en pugna permanente.
Con amargura, escuché cómo la Asamblea de Atenas aprobaba el envío de numerosos efectivos más para cercar Siracusa. Al fin, Nicias, a pesar de cuantos impedimentos y excusas había aportado para no comandar aquella expedición, que le habían impuesto contra su voluntad, no tenía más remedio que aceptar, aunque para todos fuera evidente su contrariado ánimo. Al mismo tiempo, el entusiasmo de Alcibíades era desbordante, ofensivo y provocador. El reciente triunfo de sus carros en Olimpia había reforzado su arrogancia. Su fortaleza era evidente y espléndida. Por eso, la ciudad entera veía en él, y en su perenne osadía altisonante, a un héroe salvador, promesa de fortunas. Hasta el preclaro Sócrates estaba persuadido por aquél en quien se concitaban juventud, hermosura, arrojo y elocuencia, además de astucia y dotes de seducción y mando. Todo aquello había comenzado a despertar en mí
desprecio y repugnancia hacia quien parecía estar predestinado a pisar con firmeza sobre los dioses, los hombres y la muerte.
No compartí, pues, el júbilo que lo acompañaba aquella noche a él y a sus amigos. Incluso, rechacé la condescendiente propuesta que me hizo para que les acompañara a celebrar su triunfo de oratoria frente a Nicias, a casa de Teodota; en la que él sabía que se encontraba la prostituta Cidila; única mujer en quien yo aún remansaba algunas veces. Yo ya no consideraba a Alcibíades mi amigo. A mi desprecio hacia él y su creciente gloria se enfrentaba su deseo, insistido y vehemente, de situarse cada día más próximo a mí. Sin duda, en aquella ocasión, mi soberbia quiso preservarme de aquel infame acto, sabiendo que mi amargura era ya suficiente, sin que nuevos yerros vinieran a anegar más mi sórdida existencia.
Supe de lo ocurrido apenas me hube levantado. Mi zafia esclava, con aquella voz suya cansina y nebulosa, me transmitió la noticia, mientras me servía, ausente y desatenta, leche humeante y masa de centeno horneada y bañada en miel turbia y espesa cual resina. Como un grito de peste, el suceso había recorrido la ciudad de uno a otro muro, haciendo levantar a todos en la madrugada, apenas su descubridor había pregonado la barbarie. Salí a nuestra puerta y contemplé la cabeza del Herma que presidía la entrada a la casa de Agios. Aquél, excepcionalmente, no había sido mutilado. Miré hacia uno y otro extremo de la calle y comprobé la prueba fehaciente del burdo sacrilegio. Todas las demás estatuas del dios protector de los viajeros, que presidían las entradas a las casas y las encrucijadas de las calles, habían sido arrancadas en medio de la impunidad cobarde de la noche. Muchos ciudadanos se congregaban asustados en torno a los siniestros. Hablaban apresuradamente y en sus rostros se percibía la opaca pesadumbre de quien aguarda una sanción segura de las divinidades. Con certeza, aquél era un presagio nefasto y alarmante, sobre todo, ante la partida inminente del ejército. Solamente quienes tuvieran guarecida en su pecho la maldad sin medida podían haber provocado de tal modo la ira de los dioses.
Bajé al Ágora. Allí, el suceso había tomado nombres propios, y los círculos de discusión eran ya numerosos y estaban bien nutridos. Quiénes vivían del infundio y la especulación, hacían vaticinios, pronósticos y consideraciones sobre si se debía o no partir para Sicilia, sin que antes hubieran sido puestos en claro aquellos hechos lamentables e infames. Los enemigos de Alcibíades denunciaron de inmediato el suceso como obra de aquél y sus colegas. Aseguraban que su desfachatez, abrasada por los efluvios enajenantes del vino, escanciado sin mesura por ellos en aquella noche de excesos y de orgía, había conducido su arrogancia hasta obrar el escarnio. Pero, en verdad, nadie era capaz de testificar con evidencia los hechos, ni de aportar una prueba como sólido argumento del suceso. Por el contrario, las meretrices de la casa de Cinisca, aseguraban haber agasajado con sus artes, durante gran parte de la noche, a aquéllos a quienes se proclamaba reos y libertinos. Afirmaba la dueña, que los jóvenes se habían retirado uno a uno. Juraba, incluso, ella, por las divinidades, que lo habían hecho ya de madrugada y en sobriedad completa, por lo que no estimaba posible su participación en lo que, con seguridad, había sido obra aviesa y premeditada de confabuladores.
Ante tanta maraña, se estableció, con cargo al fondo público, una recompensa para quien denunciara cualquier acto de impiedad que pudiera conducir a esclarecer éste u otros nefandos sacrilegios. Se garantizaba al denunciante la impunidad completa, tanto si se trataba de un ciudadano como de un extranjero o un esclavo. Los hombres con más peso en sus razonamientos, comenzaron a argumentar que aquel hecho tenía un significado de extrema gravedad y transcendencia. Creían ver en ello el intento de asestar un golpe mortal a la ya herida democracia. La impiedad y la falta de respeto a las leyes y a las instituciones había ido creciendo de un modo alarmante, sobre todo entre la juventud. Una vez más, el nombre de Sócrates parecía estar en entredicho, ya que eran muchos los jóvenes que seguían sus ejemplos y prédicas. Las Asambleas eran ahora escasamente frecuentadas. Y sólo en señalados momentos, o ante acontecimientos muy significativos, la afluencia de ciudadanos era considerable.
Todo vino a agravarse aún más cuando unos metecos y unos esclavos pertenecientes a la casa de Onomácrito presentaron una firme denuncia; aunque ésta no tuviera que ver directamente con el asunto concreto de los Hermas. Aseguraban los delatores que entre algunos jóvenes de la aristocracia se había hecho costumbre rematar sus festejos nocturnos con la mutilación de alguna de las estatuas de las divinidades. E, incluso, informaron de que en alguno de sus domicilios o villas en el campo se habían parodiado celebraciones mistéricas, tales como aquéllas con las que el pueblo honraba a Deméter y Core en Eleusis, pero de modo soez y ultrajante. El caso llegó a su culminación cuando, entre los nombres apuntados, se supo que figuraba el nombre de Alcibíades.
Sin embargo, su valiente osadía procuró, una vez más, a Alcibíades, una salida airosa. Con el mayor atrevimiento que pueda concebirse se enfrentó él a quienes lo acusaban, instándoles a que presentaran pruebas fehacientes del crimen en su contra. Al mismo tiempo, exhortaba al pueblo a que no admitieran sobre él acusaciones cuando se hubiera ido; puesto que no era justo inculpar a alguien que se encontrara ausente. Si la mayoría lo consideraba culpable del delito, debían condenarlo a muerte sin vacilar y en aquel mismo día. Pero, si no, debían dejarlo partir de inmediato, comandando sin reservas a la flota gloriosa de la patria. Sobradamente sabía él que, a tales alturas de los preparativos, nadie deseaba demorar más la partida de la expedición, y que el apoyo incondicional hacia él, tanto de los argivos como de cuantos se nos habían sumado, procedentes de Mantinea y otras ciudades aliadas, sería inquebrantable. Su ingenio y astucia no conocían límites.
Partieron al fin los efectivos a mitad del verano, quedando el proceso aplazado. Se había dado la orden para que los demás confederados y las embarcaciones de apoyo y las de carga se reunieran a ellos en Corcira. Lo tenían acordado así para que todos juntos efectuaran la travesía del golfo Jónico en dirección al promontorio que llaman de Yapigia. Despedí a Nicias y a Alcibíades. En los ojos de ambos había un modo distinto de mirar a la guerra; en los míos un modo diferente de mirar a los hombres.
La campaña fue larga y dolorosa como mi frialdad había ya pronosticado. Las discusiones y los enfrentamientos entre Nicias y Alcibíades fueron continuos y violentos. Su desacuerdo en la forma de ayuda que se debía prestar a Segesta y Selino, los mantuvo en contra permanentemente. Y de nada sirvieron los propósitos de mediación en los que se desgastó la paciencia del heroico Lámaco. Cuando a la patria llegó la noticia de la derrota de nuestra flota en el puerto de Siracusa y la masacre sufrida por nuestros nueve millares de marinos, la ciudad entera profirió al unísono un aullido afilado de dolor. Ciento sesenta trirremes, más los contingentes de nuestros aliados, fueron hundidos o incendiados en las malditas aguas que circundan a aquella isla innoble, que poblaron en sus albores cíclopes y lestrigones, como nos cuenta Homero en sus escritos. Tres millares de soldados más murieron junto al río Asínaro. Pero, sobre todo ello, desolaron al pueblo las muertes deshonrosas sufridas por Nicias y Demóstenes. Los dos fueron sanguinariamente degollados, tras haberse entregado valientemente ante Gilipo, solicitando que hiciera con ellos lo que deseara con tal de que detuviera la matanza despiadada de sus hombres.
Más de siete millares de prisioneros atenienses fueron arrojados por los siracusanos al fondo de sus lúgubres canteras, considerando que en aquella enorme fosa les sería más fácil vigilarlos. Muchos murieron de sed y otros de hambre, pues que un solo cótilo de agua y dos de pan les fueron dados durante los setenta días que les mantuvieron en tal hacinamiento. Las heridas de guerra pudrieron cuerpos y expandieron su hedor insoportable a lo largo y ancho de todas las latomías. Y de labios de quienes pudieron regresar de aquella sima de aniquilación, escuchamos, atónitos, aquel relato escarnecedor que nos conmocionó y abrumó más que ninguna otra derrota acaecida a nuestra patria.
El paso del tiempo no aminoró sustancialmente mi impasibilidad. Como una herida enquistada, cuyos humores purulentos no vierten su malicia, mi corazón fue endureciéndose más y más cada día. A los primeros tiempos de violenta y feroz intolerancia, les sucedieron otros aparentemente más dóciles y amables, pero que en realidad ocultaban la inquina de lo que se establece y se torna como algo perpetuo. Poco a poco, volví aparentemente a mis antiguos hábitos. De nuevo participé en las conversaciones con Sócrates y en los paseos con Kebe y con Damisco. También volví a correr en solitario e, incluso, a presenciar los entrenamientos de algunos jóvenes atletas a los que Alexias y Timasión seguían dedicando todas sus atenciones. La soledad y el desencanto habían curtido de tal modo mi piel, que nada parecía poder entrar o salir a su través. Era como si un fuego me hubiera cauterizado para siempre. Incluso, las nuevas ideas o los razonamientos, a cuyo debate me inducía el incisivo Sócrates, encontraban en mí una inflexibilidad, cuando no una tajante oposición, que hacía parecer a mi entendimiento tallado en piedra impenetrable. Retorné, no obstante, al contacto con mi hermana Caris, si bien, un extraño sentimiento incontrolable me hacía recelar incluso de su afecto. En medio de tanto extravío y contradicción, eran Atreo y Tehon quienes únicamente me daban sensación de remota ternura y confianza. Con el hijo de Caris y el perro de Amasis pasaba yo los escasos momentos en los que podía asegurar que mi alma calmaba su ansiedad.
Cuando me fue posible, ordené las honras fúnebres en memoria de Amasis. Lo hice mucho tiempo después de su caída, tras la muerte de la buena Forsila y empujado por ella. Le debía eso a quien había sido mi amigo más querido y más cercano. Y el peso de tal deuda me tenía, en verdad, cerrada la vida y negado el paso hacia el futuro. Por ello, cuando al fin pude enfrentarme con esa realidad, no demoré más el pago de mi obligación. Tras ello, mi alma descansó, aunque lo hiciera ella sobre un lecho devastado y sin conservar ni siquiera despojos del pasado.
El carro funerario fue pintado y decorado por Eurípides. Nadie como él, tan incomprendido y negado por sus conciudadanos, podía entender y glosar la angustia y la tristeza que yo deseaba que recogieran aquellas pinturas funerarias, que iban a acompañar al recuerdo de Amasis en su último trayecto entre los hombres. El encargo que yo hiciera al artista, fue satisfecho de inmediato por éste, quien también profesaba un cálido afecto hacia mi amigo. Tres meses fueron suficientes para que todo estuviera ultimado y dispuesto. El cortejo fue sobrio. Dos carros precedían con flores y con frutos a aquél en el que el pintor había sabido resumir, mediante escenas y frases hermosamente hiladas, la vida de quien, ante los ojos de sus familiares y amigos, había sido un ser excepcional tronchado en plena vida. Sobre el túmulo, yo mandé que se depositaran, junto a cuantos objetos personales me habían sido entregados por los suyos, mi casco, mi escudo y la espada que aún mordía el diente reseco y escamoso de su sangre. La comitiva que lo acompañó fue selecta y escueta. Y en el amanecer de un día de otoño, la calle de los muertos fue testigo del sereno desfile celebrado en memoria de Amasis. Portamos antorchas encendidas como símbolo de la luz de aquél que se había ido. Rapé mi pelo y mi barba y los entregué al humus en señal de mi duelo. Y cuando el carro funerario fue prendido, y los dioses y los héroes que habitaban en sus decoraciones chirriaron entre la irisación de sus vivos colores, acosados por las lenguas purificadoras de las llamas, yo clavé mis ojos en el horizonte, tratando de enfrentarme a aquellos recuerdos crueles que durante tantos meses me había negado a mirar de frente en mi memoria.
Recuerdo haber oído las palabras agotadas del anciano Sófocles, quien, a pesar del gravamen de su longevidad, quiso hacer el canto funerario. Su voz fue predicando, con elegante acento y las palabras justas y escogidas, cuanto Amasis había sido en esencia y en actos. Asistí al nacimiento de la nueva luz teniendo la reconfortante sensación de que eran las virtudes y excelencias de mi amigo quienes hacían amanecer, cual si se tratara de algo prodigioso, a un nuevo día sobre el mundo. Y cuando el sol brilló con su claridad reverberante y fría, y contemplé al contraluz la encorvada figura del maestro, que a duras penas podía mantenerse aferrado a su báculo de olivo, sentí dentro de mí el absurdo e ímprobo esfuerzo que suponía aferrarse a una vida tan dura y tan efímera. Sócrates no habló. Sin embargo, de su sutil inteligencia salió el epitafio que festoneó, como una corona de verdad, la hermosa estela funeraria que el joven Cefisodoto había esculpido por mi encargo. Muchos hay que, aun hoy, consideran que el bajorrelieve que muestra a Amasis luchando valeroso sobre Brasio, y en torno al cual puede leerse: “Sólo el ciego afán se enfrenta a los designios. Ni un instante más alentará la vida de lo que corresponda”, es el conjunto más sublime de creación que pueda contemplarse en el Ceramicón. Desde allí mismo, tal vez por uno de esos misteriosos acuerdos que exceden al regir de los hombres, parte cada año, tanto la procesión Pomposa en honor de Palas Atenea como la de los Misterios de Eleusis en honor de Deméter y de Perséfone. Cada una lo hace en dirección opuesta, cual si aquél fuera el punto desde el que arranca la piedad de mi pueblo. De ese modo, el catafalco que signa la tumba de Amasis se ha convertido en un enclave conocido por la ciudad entera.
Tras la celebración de las exequias, mi vida entró en un cierto período de remanso. La retirada definitiva de Sicilia, en la que a la postre se habían contabilizado la pérdida casi total de cuarenta y cinco millares de soldados, había sumido a la patria en un pozo de desesperación. La burla que Alcibíades había propiciado con su huida a Esparta, cuando la nave Paralos había sido enviada a Sicilia por el Areópago para traerlo a Atenas, donde debía ser sometido al juicio aún pendiente por el asunto ignominioso de los Hermas, había sembrado el desencanto y la rabia entre los ciudadanos. Tal acto de desfachatez y burla había sido, incluso, agrandado con la toma de Dekeleia por parte de los espartanos, a quienes había asesorado el propio Alcibíades. Se sabía con certeza que por su consejo se habían atrevido ellos a fortificar también la plaza para, desde allí, poder hostilizar más cómodamente a todo el Ática. Ni siquiera la toma en Beocia de la ciudad de Micalesos, mandando Atenas el ejército tracio, levantó la moral de pueblo atribulado. Las muertes de Demóstenes y Nicias habían sido un golpe irreparable del que solamente el pasar del tiempo podía liberarnos.
En mi caso, la muerte de la anciana Forsila había supuesto para mí un suceso de enorme trascendencia. Como todo lo que rodeó a esta gran mujer a lo largo de su vida, también su muerte había sido un hecho de entrega memorable. Es difícil precisar después de tanto tiempo, sobre simples palabras, cuánto significó para mí aquel regalo que recibí de sus manos el mismo día en que Damisco vino hasta mi casa para anunciarme que ella había enfermado muy gravemente. En mi descargo diré que, tras largo tiempo aletargado, me sobresalté y, dejándolo todo, me fui con él a ver a la vieja mujer, a quien mi maldad había puesto en venta tan sólo un año y medio antes. A la casa de Ictino habían acudido también Simias y Caris. Mi hermana estaba muy acongojada. Sus ojos continuamente buscaban en su entorno algo que desdijera lo que ella sabía que se estaba acercando sin demora. Pero a pesar de su hondo dolor, sus labios se aflojaron, al verme, para entregarme una leve sonrisa en prueba de su afecto perenne, si bien, ahora, velado por la bruma inconcreta de sus lágrimas. La mujer estaba postrada con la mirada fija y aún briosa. Parecía, en verdad, que quisiera ver valientemente cómo se le iba acercando la sombra inmovilizadora de la muerte. Cuando advirtió mi presencia, abrió su mano arrugada, y yo supe que estaba reclamando el tacto de la mía. Creo que permanecí varias horas cobijando sus dedos cansados y deformes en un mudo diálogo, intentando entender a su través el secreto inviolable que había preservado a tanta fortaleza. Cuando llegó la noche, Caris y las esclavas de la casa de Ictino se dispusieron para lavar su cuerpo y cambiar el apelmazado jergón sobre el que reposaba. Yo ocupé el momento para hablar con Damisco y, así, acordar si era conveniente enviar una misiva a Polibio, el sabio yerno y discípulo de Hipócrates. Él era quien regentaba entonces la escuela salutífera que el maestro había fundado en la isla de Cos. Noticias recientes me habían informado de que Polibio se hallaba de paso en un lugar no distante de Atenas.
Damisco me informó entonces de los deseos que Forsila le había expresado algunas horas antes. Había solicitado la mujer pasar el día rodeada de aquéllos a quienes se sentía ligada por su vida. Caris y yo habíamos sido reclamados desde el primer momento. Cuando anocheciera, debían lavar su cuerpo y transportarla al templo de Asclepio, pues deseaba ella estar bajo la protección de Higía y considerarse así un miembro más del séquito del dios de los enfermos. Entendí cuanto se me decía y me dispuse de inmediato a buscar el apoyo del influyente Sófocles, para que los sacerdotes del Asclepieion no opusieran la menor resistencia a los deseos de la buena Forsila. El venerado anciano era, sin duda, la persona más acreditada en aquel templo, cuyas puertas se abrían siempre a su voluntad. Todo el mundo recordaba que las imágenes del dios y de su hija Higía, habían estado alojadas en la casa de Sófocles, durante el tiempo que medió, desde que las trajera Herófilo de Calcedón a Atenas, hasta que la ciudad les construyó un templo digno, en la vertiente meridional de la Acrópolis.
Cuando todo estuvo dispuesto, cuatro esclavos se aprestaron a portar las angarillas que debían conducirla a su destino. Buscó entonces la mujer debajo de su cama y tendió su brazo hacia mí sin rehuir sus ojos de los míos. Depositó entonces en la palma de mi mano un pequeño trozo de espejo, tal vez procedente de la India o Fenicia, y, con la suya, me la cerró, como si quisiera que nadie advirtiera su singular regalo. Luego, haciéndome una leve indicación, reclamó mi oído cerca de su boca, y en un susurro me dijo: “Antandros ¿cuánto tiempo hace que no has mirado el rayo de tus ojos? Hazlo
y obra, pues, como se debe. Ya es tiempo de que consideres que tu dolor no es el mayor del mundo”.
La partida de Forsila no fue triste, ni siquiera para mi hermana Caris. La vieja mujer de Acaya supo restar dramatismo a aquel momento que nos iba a desgajar de ella para siempre. La acompañamos hasta el templo de Asclepio cual si lleváramos a una novia hacia sus esponsales. Partimos de casa de Damisco cuando la noche estaba ya cerrada y nadie deambulaba por las calles. Estelis tocó su flauta, abriendo la comitiva con sus sones cargados de dulzor y esperanza. Quienes la acompañamos, portamos lámparas nutriendo un cortejo sereno y resignado. Tras tanta aspereza como la vida le había dispensado, aquél era, realmente, un modo aleccionador y envidiable de entregarse al ámbito de Hades.
No hubo despedidas, ni lágrimas. Un humo de afectos invadió los últimos momentos de nuestra compañía. Tres sacerdotes salieron hasta la cella para recibirnos. Vestían sus ornamentos sagrados y se apoyaban en sus enormes báculos de plata. A su lado estaba el encorvado Sófocles, que también había querido estar presente en aquel denso momento. Y cuando Forsila fue introducida en el recinto del templo y la gran puerta fue sellada, apagamos nuestras palmatorias y abandonamos en silencio el santuario. Tal vez, cada cual, alimentando la remota esperanza de que el dios dejara caer sobre ella sus artes y virtudes sanatorias. Tal vez, sabiendo que aquélla había sido la última vez que habíamos visto a la mujer con vida.
Cuatro días vivió Forsila bajo las piedras santas. Los sacerdotes no buscaron en sus profundos conocimientos más que el modo de que el tránsito de la anciana fuera silencioso y sereno. Y cuando ella expiró, Damisco encargo honras en su honor, igual que hubiera hecho con la más amada de las madres.
Guardé durante varios días el trozo de cristal que me entregara la extinta Forsila. Una vez más, ella había sabido encontrar mi punto vulnerable. Cuando al fin me atreví a cumplir su mandato, quedé paralizado ante mi rostro. En verdad, un ser extraño me miraba desde el lado opuesto de la vida. El rencor y la crueldad arrasaban los ojos de aquel desconocido que ahora me encaraba. Y la cicatriz que marcaba su cara, era un surco profundo y enigmático, en el que se escondía cuanta tristeza y desolación pueda tener la vida en su entretela. No retiré mis ojos del espectro. Tenaz y constreñido, noté el sudor tibio que brotaba como aceite en mi frente. Y cuando mis dientes se candaron y un temblor contenido y nervioso desencajó mi cara, tensando mi cuello y ahogando mi garganta, supe que, una vez más, aquella gran mujer había vuelto a empujar mi existencia un poco más al frente.
Supe vivir a partir de entonces con el cruel recuerdo de la muerte de Amasis. La imagen de su agonía se hizo fiel y nítida ante mi memoria y, una y otra vez, pené el amargo trago de evocarla. Una sombra de culpa invadía mi ánimo. Mil veces deploré mi ingenuidad; debía haber descubierto que su solicitud de agua no era sino un pretexto para ahorrarme el trance brutal de su agonía. Era verdad. Un vómito de sangre fresca se abrazaba a la hoja brillante de mi espada enfangando su vientre desnudo y descarnado. Su rostro estaba exánime; detenido en la mueca pálida de un gesto ya eternamente cándido y ausente. Su cara había adoptado la apariencia transparente del cuarzo y, en sus pupilas negras, un destello de vidrio me pedía disculpas. No puedo saber de dónde saqué el valor necesario para izarlo y llevarlo arrastrando hasta la pira enorme, en la que se juntaron todos los demás cuerpos muertos de los nuestros. Allí lo abandoné. Y, preso de aturdimiento, mordiendo rencor, pestilencia y lágrimas, seguí acarreando los cuerpos tronchados de otros de mis compatriotas, hasta mucho después de que la noche cegara la luz malvada de aquel nefasto día. Después, únicamente Selene y las estrellas fueron testigos del arder heroico de los nuestros, ya que el sufrimiento nos impidió velar tanta tragedia. Cuando tocó el bocín de retirada, tuvimos que alejarnos. Tapamos nuestras fauces para no percibir el olor que exhalaba el devorar hambriento de la hoguera. Y ya en la colina, miramos hacia atrás y contemplamos, en medio del silencio helado de la noche, la enorme pira incendiada, escupiendo sus llamas rojas hacia el cielo como sucios y hambrientos lengüetazos.

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