Toda revelación trae consigo, además de un inmenso raudal de promesas e ilusiones, un dolor intrínseco e impenetrable que hay que soportar. La edad de los descubrimientos es, así pues, la de las grandes esperanzas y las tremendas amarguras, unidas y enlazadas en un todo agridulce que llamamos pubertad.
II
EL VERANO EN LA GRANJA
Son los días de mis primeros recuerdos auténticos. De vagas sensaciones y confusas imágenes sin una ubicación exacta, mi memoria pasa a espléndidos sucesos llenos de color, emoción y contornos precisos. Cursaba el tercer año de la ochenta y tres Olimpiada y, dolorosamente, en los muros de Atenas no se había rasgado ninguna nueva brecha, pues que en los últimos juegos nuestros atletas no habían sido dignos de ninguna de las coronas con las que Zeus ciñe a quienes vencen.
Sin embargo, Pericles y su mujer Aspasia eclipsaban el mundo de la cultura y el buen gusto en toda nuestra patria. Atenas fulguraba con el brillo de la intelectualidad que ambos habían sido capaces de concitar en su entorno. De boca en boca del pueblo iban los nombres de Herodoto de Halicarnaso, Anaxágoras de Clazomene, Hipodamo de Mileto y del poeta trágico a quien llamaban Sófocles, lo que significa "célebre por su sabiduría". Sí, Atenas había renunciado a extenderse por Asia, pero nuestros barcos surcaban el Egeo con una profusión realmente envidiable. Los mercantes de mi padre tocaban costas y lugares nunca antes escuchados por mí, y de las remotas tierras venían mercancías y productos que hacían que las tiendas del Ágora estuvieran repletas y surtidas como jamás antes se había imaginado. De Calcídica, Anfípolis, Eolia, Frigia, Misia y hasta desde la misma Bizancio, Egipto o de Nubia llegaban con regularidad telas, alfombras y sedas, esencias, piedras preciosas, bronces cincelados, pomos y redomas de vidrio, vasos de oro, sardónice o malaquita; sal, mármoles o maderas de finas vetas y olorosos aromas.
En la ciudad alta se comenzó a construir un gran templo dedicado a la diosa. Se ratificaban así las obras que proyectó Temístocles efectuar allí, cuando, previsor y visionario, había mandado ampliar la masa rocosa de la Acrópolis. Sus restos mortales habían sido traídos ya desde Magnesia, veinte años después de que se le obligara a aceptar el ostracismo. Fueron depositados en El Pireo, puesto que había sido él quien había dignificado aquel lugar, cuando decidiera por su propio decreto que ése fuera el puerto principal de Atenas. El mismo pueblo que, persuadido por Cimón, había hecho caer al tirano y a sus hijos y mandado erigir cerca de la Ciudadela aquel grupo de bronce dedicado a deshonrar a los tiranicidas, con el que luego arramblara Jerjes llevándoselo a su maldita Susa, la noche que bañara la ciudad en llamas, se había dado cuenta del tacto, visión y acierto de quien fuera su más preclaro arquitecto de obras militares. Ya que él fue el constructor de los Muros Largos que unían la ciudad con El Pireo y formaban ese pasillo protegido y seguro que todos envidiaban, amparado por las fortalezas de Eleuteras y File. Y hasta podían contarse entre sus obras el antiguo teatro de Dioniso, donde desde entonces han danzado los coros y el pueblo se ha regocijado cuando se celebran los festejos en honor del dios de las artes y la naturaleza.
Aquel estío fue duro como ningún otro que mi memoria pueda dispensarme, y han sido muchos ya los que he vivido en esta tierra áspera y extrema como pocas. La villa que mi padre poseía a las afueras de Atenas estaba adentrada en el monte, a las faldas de la colina que lleva por nombre Lycabeto, al nordeste de la ciudad alta. Se llegaba a ella transponiendo la puerta Acarnea y tras atravesar los suburbios que están en el Kephissos. Cerca de allí corre el Eridano, cuyo rumor enigmático podía entonces escucharse cuando caía la noche y únicamente eran los sonidos de la naturaleza los que lo acompañaban.
La villa llevaba el nombre de Caris, en honor a la que fuera mi abuela paterna, a quien no conocí y de la que únicamente puedo intuir que mi padre tenía un singular y contradictorio recuerdo. En aquella oscura relación debía residir la férrea decisión que Agios tenía para que en su casa no hubiera más mujeres de las que eran estrictamente necesarias para atender las funciones domésticas.
En la villa residían habitualmente dos mujeres, Drosis y Eufro y seis esclavos que se ocupaban de toda la hacienda, y que únicamente venían a refugiarse en la ciudad cuando el heraldo anunciaba con su agudo toque el peligro inminente de alguna nueva incursión del enemigo. Drosis era una mujer hermosa, de piel cetrina y facciones y músculos firmes, fibrosos y alargados. Caminaba recta y acompasada como si permanentemente portara un ánfora sobre su cabeza, con la seguridad de quien se siente admirada. Peinaba su pelo recogiéndolo sobre su cabeza, y su cuello, esbelto y descubierto, poseía una rara elegancia y un atractivo sensual del que ella era plenamente consciente. Pero sus labios eran inmensamente tristes, cual si, eternamente, saborearan la última humedad de un beso amargo que, además, no le perteneciese. Eufro era una mujer basta y curtida, insensible y callada. En un principio llegué a creer que era realmente muda. Drosis era de Tracia, Eufro del Helesponto. Ambas mujeres vivían allí, confinadas, sin congeniar y sin que les agradase, aunque entre ellas debían haber llegado a un pacto de tolerancia mutua que les hacía el vivir meramente posible. No obstante su rivalidad, a simple vista podía comprenderse quién era la señora que imperaba en la casa. El resto de los esclavos trabajaban a las órdenes de uno de ellos llamado Pistias, a quien Agios tenía una consideración especial. Lucía una barba taheña, como si quisiera ocultar tras ella una mantenida juventud y una facial apostura. Era un hombre sin edad precisa, de ojos profundos y de mirada negra. Supe después que había venido de Frigia, aunque podría haberlo deducido antes, porque, con cierta frecuencia, se calzaba ese gorro que suelen llevar los de su tierra y mi padre le había permitido que conservara un anillo de cobre perforando una de sus orejas.
La villa era digna y sencilla. Contaba con una vivienda amplia, sin patio interior pero con una acogedora terraza que miraba hacia los viñedos del lado de poniente. A la caída del sol, cuando todo se ponía ámbar y rosáceo, era amable refugiarse allí y dejar que el tiempo resbalara suavemente hasta entrar en la noche. Disponía de dos habitaciones que estaban todo el año cerradas, salvo en los meses de estío, cuando mi madre, Forsila y yo íbamos allí. Agios tenía a su disposición dos amplias estancias unidas, que siempre estaban disponibles, pues en numerosas ocasiones se desplazaba sin previo aviso y pasaba en la villa uno o más días por asuntos que yo nunca sabía y que Forsila nunca me aclaraba, pese a mi preguntar insistente de niño. Del otro lado de la cocina y la despensa, estaba una habitación que compartían Drosis y Eufro, aunque sus rincones respectivos estaban bien delimitados, y otra para Pistias y el resto de los hombres. Si bien, esta última tenía acceso directamente desde el exterior y no se comunicaba con el resto de la vivienda nada más que por un ventanuco que permitía que, desde la cocina, se pudiera pasar la comida para los esclavos.
Partimos de nuestra casa de la ciudad antes del medio día. Mi madre y Forsila dejaron todo ya perfectamente dispuesto para nuestro regreso. Se cerraron todas las estancias y, únicamente, la habitación de las esclavas, la cocina y el común quedaron disponibles. Un carro vino a recoger todo lo que debía transportarse. Y los esclavos que en él llegaron, cargaron todo con una diligencia y un orden realmente encomiables. Las dos mujeres y yo fuimos transportados en otro carro menor, pero más cómodo, en el que dispusieron cojines y almohadones y alzaron gracias y parasoles de estambre que nos procuraran intimidad en el viaje. Mi madre hizo las libaciones y al salir, todos, efectuamos nuestra salutación de despedida al Herma. Inmediatamente, la carreta comenzó a traquetear sonoramente sobre las ya viejas y desgastadas losas de las calles de Atenas. En un último mirar, vi cómo las dos esclavas, que se quedaban para custodiar la casa, nos decían adiós con sus manos blancas acariciando el aire cual si fueran pañuelos desplegados, pues que se habían subido a la terraza, a aquel lugar donde yo solía tener mi observatorio. Y, para mí, que no salía apenas de mi casa, pues Agios me lo tenía por entonces prohibido, fue como si un telón se descorriera y dejara ante mis perplejos ojos un mundo fascinante lleno de colores, aromas y toda suerte de dones y espectáculos. Dejamos a la izquierda el gran teatro de Dioniso, su pórtico y su stoa y el altar que titulamos "de los doce dioses", y por la calle de los Trípodes nos dirigimos hacia la puerta Acarnea, pasando por un flanco del Ágora. Desde mi carromato pude ver, fascinado y atónito, lo que más tarde sabría que era el templo de Apolo Patroos, el Estrategeión y el thólos al que acuden para reunirse los pritanes. La ciudad me pareció, aun con su confusa profusión de gentes, desorden y griterío, un emporio de equilibrio y belleza. Creo que fue en aquel momento cuando definitivamente supe que Atenas estaba llamada a ser la más bella del orbe y que su color sería el del blanco inmaculado y casi transparente del mármol que se corta en las canteras que están en el monte Pentélico. Ya en el camino de tierra, dejadas atrás las últimas cobijas miserables donde bajo pieles y ramas trenzadas viven los thetes que sirven a la polis únicamente en función de remeros, el trayecto se hizo un poco menos incómodo y penoso. La villa no estaba lejos. Llegamos como a media tarde, y al anochecer ya estaba todo descargado y dispuesto para nuestra estancia en la serena vivienda, que ostentaba el nombre de mi abuela escrito hermosamente sobre una laja de cerámica a su entrada.
A recibirnos salieron Drosis y Eufro muy diligentemente, ambas humildes y sumisas como esclavas que eran. Aunque, en el ademán con que mi madre les deseó el primer parabién y en su respuesta, noté que algo desconcertante se sostenía entre aquellas mujeres. Era como si entre todas ellas se hubiera instalado una incómoda telaraña que, sin ocupar sitio alguno, viniera a dificultarlo todo. Drosis besó las manos de mi madre con docilidad mecánica y estima desatenta. Eufro lo hizo con un punto de mansedumbre incómoda. Forsila, a su vez, saludó a ambas con un ademán escueto y necesario, cual si no hiciera un año que la separaba de su anterior encuentro, y empezó a ocuparse de tareas domésticas. Mi madre impartió de inmediato sus órdenes. Y cuando el horizonte se teñía con el violeta y rubio que se derrama en los atardeceres del tiempo de gamelion en estas tierras, todo estaba dispuesto como si viviéramos allí durante todo el año. Así pues, cuando llegó la hora de la última comida del día, Agios se tumbó en su clino y fue servido como un auténtico príncipe de Oriente. Luego nos retiramos a nuestros aposentos. A mí se me asignó para dormir un reducido cuarto que estaba, cual una holgada hornacina, en la misma terraza. Sé que entonces me dormí viajando por entre el firmamento y los esperanzados presagios de los que el día había sido un veraz adelanto. Y, en verdad, tuvo que ser un sueño auspiciador y premonitorio, pues en aquella noche comenzó mi auténtica marcha hacia la conquista de la libertad.
Por la mañana me despertó el enjambre de mujeres. Las tres se afanaban en la cocina en torno a los fogones donde calentaban una olla con leche de camella que aromaba a anises y manzana. Comí en la terraza mirando a mi madre que contemplaba desde allí el campo como un edén que hubiera recobrado. Me trajeron medio ruedo de pan de cebada y de sésamo, un vaso con leche humeante y un cuenco con quesadilla fresca. Y saboreé aquellos manjares mientras medía mentalmente las dimensiones de aquel hermoso espacio tan sólo murado por una pared salvaje de piteras y chumbas, tras las cuales, las vides traslucían su verdor de hojas palmadas y lustrosamente nuevas, cual si hubieran nacido aquella misma noche.
Agios había ya salido a recorrer la hacienda, no sin antes haber dado la orden de que, en cuanto yo estuviera levantado, acompañara a Pistias a recorrer los olivos, entre los que se esparcía, lo mismo que un brocado confeccionado en oro que la brisa ondulase, nuestro campo de trigo y de cebada. Aquel año, la cosecha era inmensa y generosa y Agios estaba dispuesto a que yo aprendiera, desde aquel mismo instante, cuantos secretos encerraba nuestro campo y la hacienda. No era mucha la extensión que mi padre cultivaba; la suficiente, eso sí, para el abastecimiento cabal de nuestra casa. En Atenas tener trigo, vino, aceite y cebada es todo un privilegio y un signo de riqueza. Sobre todo hoy que el grano ya no viene de Eubea y hasta Tracia no navegan los barcos. Es doloroso recordar en estos días desnudos otros en los que todo fue promisión y abundancia.
Pasamos el día entero a plena luz, descansando únicamente para comer un poco cuando el sol estaba presidiendo en lo alto y nuestras propias sombras eran diminutas y se guarecían bajo nuestras sandalias como huyendo también del inmenso calor que escupía el gran astro. El frigio se enfundó en su gorro, lo que le aportaba un aspecto aún más severo y terrible. Habló poco a lo largo de toda la mañana. Me mostró los campos, las cosechas, los olivos y el monte, revisó los cercados y las porteras y ojeó los lugares donde, por las señales de huellas y por los excrementos, podía haber más caza. Al medio día, bajamos hasta el Eridano. La ribera surgía entre herbazales mórbidos, gajos tiernos de terebintos y varas de cidras, además de juncias, cañaverales y sauces que dejaban caer sus ramas flexibles y amorosas lamiendo la corriente. Algunos hombres pescaban. Tenían cubiertos con hojas de parra sus cañizos de peces para que no se les secaran y corrompieran con la solajera. Comimos carne seca y pan de centeno y nos acompañamos con aceitunas e higos que las esclavas habían puesto en su bolsa para nuestra comida. Pistias resultó ser todo un experto en ríos, mares y océanos. Me habló de los barbos, del cachuelo, de la corvina, del sollo. Me contó, repentinamente locuaz, que existían peces redondos como aros y turbios como escudos y otros alargados y finos lo mismo que cuchillos. Me habló de los que tienen sus lomos de plata recamada semejándose a un tisú hermoso de ésos que visten las hetairas lujosas. Me contó que hay peces que guardan, celosos, a sus crías en la bolsa hermética que acompaña a sus fauces, y cómo otros se deslizan casi imperceptibles fundiéndose con la transparencia misma de las aguas o enmascarándose, inmóviles, y tomando el color de los cienos y lodos. Me habló de la pesca y las redes, de las barcas, del mar y de las olas que son como gigantes caóticos y muerden y arrebatan desde su seducción de espuma desbocada y entrañas azuladas o verdes de esmeralda o turquesa. Me habló de la arena de vidrios y de polvo y de la playa infinita rasgada, y supe que, desde aquella mirada suya tenebrosa, me estaba hablando de su infancia y su tierra. Entonces le escuché en silencio como quien escucha la indescifrable y enigmática voz de los oráculos.
Regresamos cuando el sol se ponía y el oriente era un listón de fuego desatado. Yo venía cansado y el polvo cubría mis sandalias y piernas como un manto pegajoso de cenizas que alguien me hubiera aplicado como señal de luto. De la villa brotaba un murmullo animado de mujeres locuaces entre el resplandor trémulo de las lámparas recién espabiladas. Y, cuando nos sentamos en la entrada y desatamos las correas resecas y cuarteadas de nuestras sandalias, en el cielo comenzaba ya a candarse la bóveda de Ironicen, como un topacio azul, cada vez más espeso, tamizado de estrellas. Mi vestido era casi un sayal de ilota ajusticiado que hubieran estado lamiendo y arrancando los perros callejeros, y mi pelo tenía en sí tejido todo el sudor y el agobio de un día del estío. Pero en el fondo de mis ojos yo traía aún reverberante el recuerdo del río como el de un reptil perezoso y candente, sobre cuyas aguas, las Nereidas trazaran un vuelo lento y acompasado igual que el de las bandadas de garzas rosáceas e infinitas, cuando cruzan sobre nuestro espacio del Ática, orientando su rumbo hacia las tierras más cálidas de Egipto.
Cuando Agios regresó, ya era noche cerrada. Únicamente mi madre y Forsila esperaban con sus lámparas de aceite encendidas. Drosis y Eufro se habían ya acostado tras la orden tajante de mi madre y los esclavos habían hecho lo mismo por su parte. Pistias, no obstante, se había recostado a la puerta del lugar donde estaban los lechos de los hombres, dispuesto para cualquier posible emergencia que surgiera. Aquella noche yo tardé en dormirme. Sin duda, los acontecimientos y recuerdos del día se agolpaban en mi mente e impedían que Morfeo, el ministro del Sueño, tendiera a mi alrededor su manto abrigador de rojas amapolas. Sentí llegar a Agios. Sentí cómo mi madre le servía, y cómo él preguntaba por Drosis. Luego deduje, interpretando cada uno de los sonidos que se producían, que cada cual se retiraba a su cuarto y la casa entraba en la penumbra amable de la noche. Desde mi habitación escuché el sonido del campo y no sé cuándo me guarecí en el hondón apacible del Sueño.
Los días siguientes fueron una locura. Cada momento era una nueva sorpresa. Pistias me llevaba a todas sus tareas y me hacía participar en ellas enseñándome secretos, mañas y adiestrándome en sus habilidades. En el oscuro negror de su mirada yo iba descubriendo una luz escondida. Era un hombre versado; en verdad, Agios, podía confiar en cuanto él hiciera. Luego supe que su mayor destreza estaba en el adiestramiento de las palomas que se dedican a trasladar recados. Mi padre tenía un pequeño edificio destinado a guarecer palomas. Las utilizaba para enviar y recibir mensajes, y vendía sus servicios a quienes precisaban con urgencia de ellos. Había logrado hacer una selección depurada y tenía ejemplares de exótica apariencia y raro virtuosismo en la difícil misión de trasladar avisos. Pistias las alimentaba, limpiaba y abría el portillo para que los animales salieran a dar su vuelo circular diario. Desde el primer momento, me sorprendió y me dejó intrigado el comportamiento fiel y disciplinado que tenían aquellos animales. Cuando Pistias les daba su comida eran feroces e intransigentes entre ellos; un grano provocaba una lucha. Cuando, al atardecer, les abría el portillo, salían de inmediato y volaban y volaban describiendo un círculo cerrado en torno de la villa, igual que una corona de rumor y aleteos. Cuando venía la noche, regresaban una a una y ocupaban ordenadamente sus sitios prefijados, como si de un grupo de dóciles muchachas se tratara, de ésas que sirven en el templo a nuestra Doncella.
Cuarenta días después de nuestra llegada, recogimos el grano. Yo, aun con mi corta edad, acompañé a los hombres y presencié todo el trajín de la recolección. Me levantaba al alborear y siempre me parecía demasiado temprano para retirarme. Mi madre y Forsila estaban constantemente reconviniéndome y recordándome que allí no disponíamos de un cuarto para baños. Y solamente el deseo de Agios de que me curtiera y fortaleciera bajo la luz de Helio y en contacto con Gea, les hacía tolerar mi ajetreo perenne. Fueron unos días pasados en fruición constante; entre cuévanos, entre espuertas, entre montones de gavillas apiladas. Me encantaba el golpeo de la mies cuando se la sacude para separar el grano de los tallos. Disfrutaba viendo a los hombres aventándolo más tarde, entre los aros enormes de sus cribas, en esa especie de ceremonia sacra que consiste en tirar el fruto hacia lo alto para que el viento peine su caída al luminoso contraluz de la tarde. Entonces el polvo era dorado, y su olor gredoso y seco me hacía presagiar el que luego aromaría, espléndido, en el fulgor del horno. Fueron para mí unos días realmente festivos que nunca he olvidado. Pues todo aquel descomunal trabajo me recordaba a ese desorden impaciente y atropellado que suele invadir nuestras casas las vísperas de las Panateneas, cuando la ciudad ofrenda a la diosa su peplo nuevo y la procesión viste la Vía Sacra de brillos y magnificencias tales que no pueden narrarse. Pistias organizaba las tareas y Agios se limitaba a prestar su anuencia. Mi padre debía estar más ocupado en sus asuntos mercantes, pues que únicamente venía a la villa entrada ya la noche y se marchaba de ella apenas clareaba.
Un día apareció Agios a la hora del cenit, cuando la luz era vertical y el calor resultaba más plúmbeo y sofocante. Cuando descabalgó, su caballo seguía inquieto coceando aun cuando él ya había desmontado. La casa entera se conmocionó, no sé si por lo inesperado de su comparecer o porque en aquella visita se encerraba algún asunto que yo no alcanzaba a clarificar y que, sin embargo, los demás veían con nitidez preclara. Traía la piel negra y polvorienta del camino y de su barba húmeda por el sudor parecía avanzar más de lo habitual la blancura feroz de sus dientes en medio de unos labios cual tallados en piedra. Era como si una mueca de inquietud y de esfuerzo quisiera esconderse tras la blandura de una falsa sonrisa. Talía se puso de inmediato a servirle y no permitió que Drosis, quien también se aprestó diligente, lo hiciera en este caso. Primero se lavó. Luego le sirvieron una túnica limpia. Y luego ya, en el silencio fresco y en la penumbra de su refectorio, cuando ya Agios, tendido, bebía su vino preferido en su kylix de oro y de turquesas con sus dos asas que semejaban áspides, que alguien le trajera, antaño, de Tesalia, por el tono de voz con el que él y mi madre susurraban, supe que algo de cierto interés le tenía ocupado. Después comió en silencio y reposó a oscuras durante un largo rato. -Mi madre decía que lo hacía así para ordenar su mente-. Más tarde, mandó llamar a Pistias y estuvo departiendo con él, mientras paseaban por el bosquecillo de olivos consagrado al dios Zeus que ya lucía sus frutas como gotas de un berilo de nácar. Con el paso del tiempo, cuando crecí, supe que Agios sólo se guarecía a reflexionar allí cuando el asunto era grave o de suma importancia. Luego se marchó de nuevo a la ciudad y anunció que aquella noche ya no regresaría; pues que se quedaría a pernoctar en su casa de Atenas. Por la noche, cuando todos nos retiramos y Forsila sopló sobre el pabilo de la última lámpara, vi desde mi aposento la sombra alargada de Pistias, con el ingrávido y sigiloso paso del chacal, montando celosamente guardia en torno de la villa.
A partir de entonces reforzó su atención al palomar. Le vi limpiando una celdilla y advertí que nos faltaba un macho de los más aguerridos y vistosos. Era un ejemplar fuerte y grisáceo, con el pico casi metálico y unos ojos rojizos, redondos e inquietantes; el preferido de Agios. Mas, cuando le pregunté por su falta, simuló no darle importancia y me explicó que algunas veces unas se iban y otras venían, sobre todo las hembras, que solían dejarse seducir y robar por los machos más fieros y arrogantes de otros palomares. Convencido e ingenuo, no concedí una mayor atención a lo que sucedía. En los días siguientes las tareas y faenas continuaron a su ritmo de siempre y Agios volvió a comparecer cada noche con regularidad. No obstante, Pistias siguió vigilando sin descuidar su guardia, lo que vino a intrigarme de nuevo y hasta a aligerarme el sueño. Azuzaba mi intriga, sobre todo, la atención que sin descuido prestaba al palomar. Y al fin deduje que estaba esperando la llegada de una mensajera. Desde entonces, sin un acuerdo previo, yo también me dispuse a esperar al enigmático animal de día o de noche con la impaciencia de quien anhela un regalo o dádiva que considera buena. Así pues, contrario a mi hábito, me despertaba en medio de la noche y escuchaba, tratando de percibir sonidos, entre las láminas espesas del silencio. Pero, únicamente los perros nómadas o los sonidos del campo respondían a aquélla mi inquietud más fabulada e imaginativa que real y acuciante.
Una noche, entre el duermevela en que se había convertido mi sueño, escuché un gemido. Era una queja sostenida y ahogada y, en un principio, pensé que alguien debía estar penando. Me levanté de mi estera y el cuerpo de hojas de caña de mi jergón crujió como inquietándose. Miré desnudo desde la terraza y traté de escudriñar más allá de la viña sobre la que las cepas y sarmientos se tendían como inmensas arañas de un verde ennegrecido. El clamor del campo continuaba en su latir de mil sonidos matizados y tenues. Pensé que había sido una tracería o un engaño del sueño y me dispuse a tumbarme de nuevo. Entonces oí con claridad. Sin pensarlo siquiera, me cubrí con mi manto y me introduje en la casa y avancé hacia las habitaciones que ocupaba Agios, imaginándome no sé qué peligro que pudiera alcanzarlo. Me detuve. Sentí entonces mis pies clavados, y el áspero contacto con el suelo cortado de mosaicos se me hizo patente. Un temblor de confusión me recorrió el cuerpo. Era como un hervor interno que me mezclara sensaciones y pensamientos múltiples con interrogaciones perplejas agolpadas. Oí la voz sin palabras de Drosis y puedo asegurar que escuché el cuerpo de mi padre cayendo y levantándose en un ejercicio contumaz e insistente cual una lucha a muerte. La esclava gemía desde una boca tal vez cegada por el cuenco firme de una mano y a la vez se retorcía y estiraba queriendo hacer más larga e infinita su dicha. Las telas y el roce de los cuerpos proferían un lenguaje inequívoco, al que, sin duda, acompañaban aromas de sudor y perfumes o bálsamos que ambos hubieran aplicado a sus cuerpos. Supe entonces que estaba escuchando el palpitar del gozo. Desde la oscuridad vi, a través del temblar incierto de una lámpara apenas ya provista de aceite o mal espabilada, el retozar de sombras que se dibujaban sobre aquel muro impúdico como manchas deformes repletas de lujuria. Me marché aterrado.
Cuando llegué a mi cuarto, me tumbé sobre mi jergón sudoroso y llorando, hasta que el compás de mi corazón quiso retornarme de nuevo. Mi inquietud y mi rabia se fueron remansando a la vez que iban agotándose todos mis fluidos y fuegos. Me quedé sin sudor, sin saliva, sin lágrimas. Luego me incorporé. No sabía qué hacer. Sentí el filo llagador del relente; el alba se acercaba con paso de sigilo. Convoqué con cuanta potencia pude a las Horas para que éstas comparecieran pronto y me sacaran de aquella cueva amarga. Agotado de dolor e impaciencia me acurruqué sentado en un rincón y así esperé que amaneciera el día, desnudo y tiritando.
Vi cómo la luz de Helio avanzaba hacía mi rincón y mi cuerpo. Luego vi cómo ella misma henchía los ribazos, cómo se iba azuleando el perfil de los pinos y rosando los terrones desordenados y agrestes de las duras almantas. Después los campos se tendieron como tapices tiernos. Las vides se me fueron irguiendo en su maraña cárdena y rojiza y de múltiples ocres oxidados. Y los pliegues lejanos fueron definiéndose y transformándose en canchales y peñas con formas y apariencias de sobra conocidas. Más tarde surgieron las zarzas, las escobas y el claror de los algarrobos, las higueras y el de los almendros. Después fueron los gamones de oro, las escabiosas y hasta los ranúnculos que bajan hasta el Eridano y se zambullen en él y lo tapizan con sus flores de un púrpura precioso.
Me levanté perdido y me senté en la azotea, sobre el balaustre, apoyando mi espalda en el rugoso alféizar, sin guardar mi pudicicia. El frío me mordía, y noté que llevaba un rato hiriéndome los labios. Ahora la pura luz lo desnudaba todo, poniendo a cada cosa su contorno y su nombre. Desde allí, se veía con claridad la puerta del aposento donde dormía Agios. Permanecí esperando; el tiempo no cursaba. Creo, no obstante, que no tardó en salir Drosis la esclava. Su cuerpo moreno estaba por completo desnudo como el mío. Y, cuando me vio desde lo lejos, apretó, instintivamente, sus telas desvestidas contra el negror escueto de su sexo y el bruno y terso bronce de sus pechos. Aquel rebujo blanco volvió su carne aún más bruñida y lasciva. Luego vi su desnudez esbelta alejándose precipitadamente, e intuí su cara contrariada y su boca muda apresando el coraje. Y en su cuerpo nervudo y casi masculino y en el hermoso huir de sus talones, creí notar el agobiante peso de la culpa. A la vez, vi como escondía una bella tanagra de Beocia que mi padre debía haberle obsequiado, sin duda, en prenda y gratitud por sus pródigos y espléndidos servicios.
Puedo decir que aquel día y no otro, despedí mi inocencia. Y desde entonces puedo asegurar que comencé a sentir y a concitar en mi interior proyectos, ansias y remordimientos propios de los mayores. Aunque deba reconocer -y Apolo es mi testigo- que, durante algunos años, tales sentimientos permanecieron, aunque en mí, cual si estuvieran realmente hibernando, igual que lo hace el oso en las ásperas tierras de Etolia. Aquel día vi como mi madre, inquebrantable, quemaba azafrán en el pequeño altar doméstico de la villa de Caris, y que su frente seguía siendo blanca como un jalón de mármol. Lo hacía en honor de Zeus el misericordioso y de su esposa Hera, quien protege cuanto las mujeres hacen en pos de los matrimonios legítimamente realizados.
Odié a Agios tan ferozmente, que hasta me repelía reconocer su voz o escuchar las pezuñas de Mirkos acercándose al trote. Solía irme al campo acompañando a Pistias o me refugiaba en el lagar, entre los toneles y ánforas de aceite o de vino, con tal de no tener que pasar el suplicio de estar en su presencia. Era una repugnancia visceral, más allá de cualquier acto consciente o controlable. A su fría y distante sequedad de siempre, asumida por mí desde un principio, se había sumado, enturbiándola, aquella lascivia grosera e injuriante. Y sobre todo ello, como un nubarrón de desprecio y de máximo ultraje, estaba el eterno y bien medido silencio tolerante de quien era mi madre.
Drosis siguió comportándose con naturalidad. Obedecía a mi madre y era reservada con las otras mujeres. Rehuía, eso sí, trabar nuestras miradas. Pero seguramente lo hacía porque así le resultaba más fácil no tener que responder a cuanto yo le interrogaba sirviéndome de ella. A partir de aquel día, me resultó aún más difícil conciliarme en el sueño y, en mi intimidad, aborrecí cuanta idea o pensamiento me tangenciara el goce repugnante de la carne, a la vez que deseaba que Agios no viniera nunca más a dormir a la villa. Y en mi terca cabeza, me aferraba a la cándida duda de si Talía estaría o no en la certificación de tal ayuntamiento. Lo debía querer hacer en un intento trivial y desesperado de salvar lo insalvable. Pues pronto advertí que con puntualidad inquebrantable, Drosis se componía cada noche y esperaba lo mismo que mi madre a que viniera de regreso su amo. Desprecié aquella docilidad y aquella resignación que mi madre asumía como algo consustancial a ella. Y maldije a Agios, no ya sólo por lo que de injuriante tenía su actitud, sino, sobre todo, porque mediante su comportamiento había logrado también que, en mi interior, la consideración de la que era mi madre, hubiera descendido al estamento en el que se sitúa a un animal puramente doméstico.
Atesoré, pues, inquina y mala hiel contra quien era mi progenitor y, si siempre había rehuido su presencia, acentué aún más nuestra distancia. Un día bajé con Pistias hasta la torrentera. El agua era allí clara y el calor invitaba a chapuzarse en ella. Él tenía que acarrear a las bestias para que bebieran y hundieran sus pezuñas en el frescor del agua, y me sugirió que, si era de mi agrado, podía sumergirme mientras durara aquel abrevadero. Existía un lugar donde los remolinos eran suaves y las pozas muy poco profundas y violentas, adecuadas, sin duda, para un chapoteo. Me desnudé y me metí en el agua. Escuche el relinchar del caballo de Agios y, tras de ello, la risotada ofensiva de quien era mi padre. Fue como si de pronto un enorme agujero se me alojara en el centro mismo del cofre de mi vientre y mi cuerpo nada contuviera en realidad por dentro, salvo un terror y un odio, en suma, inabarcables. Inmediatamente se apeo del caballo. Mirkos se sintió liberado y retozó contento usando su albedrío.
Agios tenía por costumbre mofarse de mis músculos, del blancor de mi carne y de la escasa consistencia de mi envergadura. Lo hacía en la seguridad de que sus burlas y su enconado e insistente desprecio transformarían mi cuerpo en el rotundo y bien musculado que él había decretado que tendría quien hubiera de ser digno hijo suyo. Le vi aproximarse a mí y me quedé paralizado. En un instante me precipitó al torrente, allí donde el agua era más bravía y su furia se resolvía en círculos y ollas de espumas inquietantes.
El agua me acogió hambrienta y codiciosa y me volteó en medio de una furia continua y desatenta, haciéndome parecer el trozo de una rama arrojado por alguien. Me sentí ofendido y ridículo en medio de mis torpes afanes por recobrar un tronchado equilibrio o conseguir un dominio que me resultaba por completo imposible. El agua me golpeaba burlona e indolente, me ahogaba en bocanadas enormes y calientes, me zarandeaba en un descompás y con un dominio que me llenaba de rubor y vergüenza. Y, únicamente, cuando se hubo cansado de mi laceración y mi cumplido oprobio, me devolvió, un estadio más hacia su trayecto, maltrecho y humillado. Me sujeté en el fango. Y cuando me hice en mí, el lodo se mezclaba en mi cuerpo con la sangre de algunas aviesas cortaduras que jamás supe cómo me había hecho. Mientras me levantaba, aturdido y molesto, escuché cómo gritaba Agios en medio del rumor bronco de la corriente: "Así aprenderá cómo se hace un hombre". Y los cascos inquietos de Mirkos me trepanaron las sienes y me patearon el alma en medio de un charco de impotencia y rencor, que juro por Apolo que aún hoy no tengo superado. Mientras, de las ramas más altas de los árboles se prendían los destellos últimos en que se recostaba, plácida, la tarde que moría.
Pistias esperó a que me recompusiera sin proferir una sola palabra. Él conocía a Agios y sabía de sus burdas maneras. Es probable que por entonces él también lo odiara; jamás logré saberlo, aun a pesar de cuanto después aconteciera. Pero, en el fondo, estoy seguro que sentía por él una admiración turbia e inexplicable. Con el tiempo he sabido que Agios poseía el escondido don de quien seduce con todo cuanto hace, por malvado, grosero o injusto que ello sea, a la vez que una sutileza que lo hacía refinado en su porte y exquisito en sus gustos.
Cuando llegamos a la villa, Agios acariciaba con veneración a un palomo con lamentable aspecto que, sin embargo, él le mostró triunfantemente y satisfecho a Pistias. Era el suyo preferido, el que yo había echado en falta algunos días antes. "Al fin ha regresado", le dijo complacido y lacónico. Se lo entregó y le ordenó que lo curara, lo alimentara y le trajera otro. Acto seguido se precipitó sin mirarme siquiera a sus habitaciones. Mientras, pude advertir que llevaba algo escondido en el cuenco cerrado de su mano. Entonces comprendí que entre ambos existía algún secreto de mayor importancia, que el que se desprendía de un lúdico trasiego de palomas y vuelos. Y, cuando fue de noche, les vi lanzar una paloma al cielo a quien se tragó, hambrienta, la penumbra.
Mi madre me lavó las heridas con aceite y romero y me sirvió una abundante cena dispuesta a resarcirme. Tampoco ella me interrogó sobre lo sucedido; seguramente él le había hecho algunas alusiones, tal vez seguidas de enconados reproches. Aquella noche me dormí muy temprano y Forsila vino a apagarme la lámpara y a darme un beso húmedo de esos que siempre he considerado los únicos auténticos. Al acostarme, recuerdo que miré a las estrellas y me refugié en la infinita bóveda que Urania mide con su compás eterno. Y en el manto azul de la musa me guarecí al instante, en un intento de olvidarme de todo y entregarme al Sueño por el que aseguran que fluye el apacible río que llaman del Olvido.
Los días que siguieron, Agios se mostró muy afable. Permaneció en la villa, salió a pasear por los campos y la mayoría de las noches reclamó a mi madre para que durmiera con él en su aposento. Drosis deambulaba más hosca que de costumbre, hasta que mi madre le regaló una clámide y un cíngulo de seda para ceñir sus pechos, y vi que un prendedor recamado de conchas irisadas sujetaba su pelo, dejando libre su cuello recto de hermosa cariátide.
Una mañana vino de la ciudad uno de nuestros esclavos para traer noticias. Pericles quería convocar con urgencia un Congreso Panhelénico que sellara de una vez y garantizara las pretensiones encubiertas que entre él y Aspasia trenzaban para impulsar a Atenas. Ante tales propósitos, se rumoreaba que se opondría Esparta, espoleada por Brásidas a quien hervía la sangre impetuosa de su juventud y el ansia de dotar de hegemonía a sus tierras de la Lacedemonia. Incluso se habían recibido noticias expresas de cierta incomodidad entre los componentes de nuestra Liga Délica, a quienes lo que decretara en su momento Arístides, al que habían puesto en su día por sobrenombre "el Justo", ahora les parecía impropio y abusivo. A los antiguos socios les inquietaba y ofendía a un tiempo que el tributo de todos hubiera pasado a ser percibido por las arcas ambiciosas de Atenas. En el último Sínodo celebrado en la isla de Delos, había quedado al descubierto que la flota federal integrada por todos ya no era tal, sino netamente de dominio ateniense. El descontento quedaba subrayado si a eso se añadía el traslado que se había hecho del tesoro común desde la isla a Atenas, desposeyéndolo así de la protección del gran Apolo Delio. El descaro era tal que incluso Calias, a quien sus logros como estratega habían hecho madurar en juicio recto y auténtico afán de equidad, ponía en entredicho algunas de las pretensiones que, veladamente, buscaba el Arcontado.
Mi padre se fue a Atenas aquella misma tarde. Él era entonces miembro de una pritanía. Pero deduje, por algo que escuché, que había sido llamado por el gran Polemarco, el arconte que dirige la guerra, para algún asunto de extrema transcendencia. Permaneció dos días alojado en su casa y luego regresó cual si no hubiera sucedido nada extraordinario. Sus dos mercantes estaban en alta mar, uno haciendo la ruta que lo llevaba a Thasos, el otro rumbo hacia Siracusa. En tales espacios de tiempo disminuían sus ocupaciones aunque aumentaban sus inquietudes e impacientes desvelos. Pues que aseguraba que los peligros que el mar tutela en sus hondas entrañas sólo son conocidos por la mente telúrica de Posidón, dios inquietante y tranquilizador a un tiempo, que rige las olas del mar y el temblor de la tierra. Por eso, mientras los barcos de Agios estaban sobre el agua, él visitaba con regularidad Sunion y atendía, puntual, su deber para con la divinidad que mora en aquel templo. Y por todos era bien conocido que había hecho ofrendas suntuosas en Ege, Corinto, Calauria, Halicarnaso y en cuantos lugares el dios tenía una sede alzada a su servicio.
Los días que siguieron los pasó Agios en la villa. Advertí, para mi desasosiego, que no tenía intenciones de ausentarse de ella. En los puertos nada le requería y ahora parecía querer dedicar un tiempo, íntegro, a su descanso. Mandó a Pistias que le aceitase las correas de su armadura y él mismo estuvo lustrando su peto y sus grebas. Guardaba sus armas allí, y cuando vi por vez primera su corpiño y contemplé la cabeza reluciente de la Gorgona, que ocupaba su centro como un astro aterrador de fuego, sentí que el hielo hiriente penetraba en mi sangre. Con los años pude identificar a aquel terrible ser con Euríale, pues que entre las tres gorgonas ella es la que, a mi entender, atesora en su faz el rictus más severo.
Las mañanas las dedicaba mi padre a recorrer los campos, a ejercitar a sus palomas y a cuantas tareas le imponía la hacienda y los establos. Los esclavos andaban entonces bastante más atentos, ya que sabían bien del rigor de su amo. Por las tardes, cuando el sol ya era oblicuo, se ejercitaba en el campo, en lo que Sostias me explicó que se llamaban adiestrarse en milicias. Entonces vi a Mirkos en todo su apogeo. El caballo parecía entender cuantas órdenes le dictaba su amo y disfrutar cumpliéndolas. Él era, sin la menor duda, el mejor de todos sus esclavos y en su comportamiento confirmé eso que ya he manifestado: que Agios seducía hasta con sus castigos, su rigor y el hierro brutal de sus feroces órdenes. Eran tres o cuatro horas de batalla fingida. El animal corría, se paraba, rodaba por el suelo o se arrodillaba si era necesario. Saltaba, galopaba o trotaba, y todo ello únicamente con la orden transmitida por mi padre a través del roce de sus piernas o el picar lacerante de sus fieros talones. Mirkos sudaba y por la capa negra de su pelo parecía que su sudor fuera en realidad sangre viciada que surtiera de una pústula inmensa desbordada en su lomo. Relinchaba en su empeño, en un esfuerzo extremo por conseguir sus metas. Y de sus fauces de dientes blancos, fuertes y apiñados caían hilas de una baba espesa que el brusco cabeceo tendía en hebras sobre el suelo pateado y los matojos rotos por sus evoluciones.
Yo observaba admirado a Agios. Entonces ya sentía esa dualidad que siempre sentí ante mi padre: admiración y odio. Me seducía su fuerza, su arrogancia, esa seguridad que imponía a todo cuanto hacía. Me asustaba esa misma firmeza y toda la intransigencia que traía consigo y, sobre todo, ese punto de supremo hermetismo y de distancia que nunca le dejaba. Blandía su látigo y el aire restrallaba cual si el rayo del dios siguiera a su badana. Cuando tomaba la jabalina parecía el fiero Posidón de bronce que rompía el viento con su brazo extendido y su pecho avanzado sobre la quilla de una de sus naves. Calzada su cabeza con su casco, en el que coronaba un trío de hipocampos, era, en verdad, una encarnación de la maldad que no dudo que aterrara sin clemencia ni tregua a cualquier enemigo. Únicamente en un punto me parecía Agio vulnerable y humano. Y di gracias a Palas Atenea, diosa de la justicia, cuando lo descubrí. Mi padre, a quien seducía el mar como si en su inmenso azul se asentara la casa de sus dioses y el morar de su estirpe y sus antepasados, no podía vivir sobre las aguas. Pues apenas el mar se encrespaba, el estómago se le venía a la boca y la cara se le tornaba cual máscara de cera.
Aquellos días mi padre me tuvo vigilado más de lo habitual. Me hacía observar sus ejercicios con Mirkos y me llevaba con Pistias y con él a cazar con las redes. Y aunque no era algo de mi agrado, no osaba yo rebelarme ni poner el mínimo reparo. Se afanaba en probarme casi constantemente, demostrándome su fuerza y mi debilidad, su arrojo y mi miedo, su clara decisión y mi quebrada duda.
Un atardecer vino hasta la villa un ciudadano que se llamaba Sófocles y que había nacido en Colono, muy cerca de Atenas. Era hijo de un mercader en armas que tenía su tienda en el ágora que está en El Pireo, próxima a la stoa donde aún hoy se merca la harina. La ciudad entera lo veneraba, pues él había ejecutado, aun siendo un muchacho muy joven, el hermoso coro que se cantó a los dioses tras la victoria alzada en Salamina. Y, aunque de ello hacía casi diez Olimpiadas, nadie podía olvidar su esplendor y el alto grado de conocimiento musical de su ejecutante. Era un hombre maduro, hermoso y muy afable, en quien la serena mirada de sus ojos de vidrio se expandía por todo su semblante como una prolongación de su interna riqueza. Tenía una barba rizada que parecía hacer continuar el todo armónico de su pelo tempranamente nacarado y de plata. Nada más llegar y tras hacer su saludo a Agios y a Talía, quien salió a su encuentro realmente turbada de entusiasmo y de dicha, me miró a la cara y noté que, por primera vez, alguien, además de mirarme, me estaba contemplando. Luego me acarició su mano y supe que algo me había transmitido aquel hombre singular entre mil, a quien no he podido dejar de admirar y donar mi respeto mientras ha estado en este mundo en el que están los vivos. Él ha sido, sin duda, una de las antas más firmes de mi vida.
Pasamos a la casa y él saludó al Herma. En la cocina se produjo un colapso y una revolución, pues que mi madre dispuso cuanto fue preciso para que Sófocles y Agios tuvieran un simposio copioso y agradable. Se tumbaron en la recámara de la estancia de Agios y se prendieron lámparas, pues la tarde ya no era más que un matiz de cobre que bordeaba los altos aleros del tejado, y las hojas de acanto de sus remates eran como bronces bruñidos apagándose. Agios se retiró un momento y se vistió una túnica y un manto limpios y mi madre mandó que Damisco, el esclavo más joven, se aseara para servir el vino. Quemó Talía hierbas y para ello atalantó braseros, y así hizo que el aroma se fuera esparciendo por el ámbito entero como el soplo de un presagio benévolo y copioso. Y cuando todo estuvo dispuesto y en silencio, ella misma sirvió a los dos amigos y se ocupó de cerrar tras de sí la puerta, para que todo cuanto entre ellos trataran quedara en el secreto sellado del afecto.
Supe, por mi madre, que Sófocles era autor de teatro y que había sido elegido por segunda vez estratega de Atenas. Frecuentaba la casa de Pericles. Y su esposa, la celebre e inteligente cortesana que había traído todo su saber de Mileto, lo consideraba como uno de sus amigos más caros y admirables. Y con su imagen en los ojos del sueño entré yo aquella noche en el mundo que ponían ante mí la luna y las estrellas, allá en el frente insondable donde domina Zeus.
Durmió el visitante en la villa de Caris. Paseó junto a Agios por el jardín de olivos y sé que estuvieron acomodando algún asunto que les comprometía a ambos y en el que yo iba a tener también mi parte relevante. Luego les vi hacer una libación y un brindis en las copas de ónice y de plata que mi padre solamente usaba con sus buenos amigos. Y, tras ello, Pistias lanzó al cielo una paloma, que Sófocles había traído en una pequeña jaula de cañizo, en cuya pata habían anudado un trozo diminuto de arcilla en el que les vi antes esgrafiar un signo. Sin duda, alguien sabría interpretarlo. El animal, en un principio, giró buscando aturdido sus puntos cardinales y luego se perdió en la bóveda inmensa, cual si fuera un fiel imitador de los pasos del hijo de Júpiter y Maya, aquél que fuera nombrado mensajero insigne del Olimpo y mediador en sus tratos y encargos.
Sófocles permaneció un día más en la villa de Caris. Oí a mi padre hablar con él de cuestiones políticas y, aunque era un lenguaje que desconocía, formulé algunas preguntas a Forsila, quien, aun siendo mujer, sabía explicarme asuntos de los hombres. Pero también oí a Sófocles hablar de aquel arte en el que, según Talía, era el más habilidoso de cuantos hombres había alumbrado la naturaleza. Su fama trascendía el Ática y era conocida en Beocia, Fócida y en todo el Peloponeso. Sus tragedias se representaban desde Lesbos a Rodas, desde Eubea a Citerea. Y, en verdad, debía ser extraordinario ver uno de aquellos espectáculos suyos de los que él hablaba, pues que cuando lo hacía era como si todo su ser se volcara en su verbo y el misterio del orbe fluyera por su boca.
En su última noche, después de que él y Agios hubieron ya cenado, mi padre permitió a mi madre que viniera con ellos. Salieron a la terraza y a mí me encomendaron que les sirviera el vino, lo que me pareció todo un gran privilegio. En ese arte, Damisco me estuvo adiestrando al caer de la tarde y yo me esmeré, pues que nuestro invitado era ante mí casi como un dios y como a un dios yo quería obsequiarlo. Al resto de las mujeres se le permitió que escucharan desde su gineceo cuanto el autor decía. También Pistias, Damisco y los otros esclavos pudieron recostarse bajo la balaustrada para poder oír a quien con tanta hermosura y elocuencia sabía contar sus hondos pensamientos. Aquella noche nuestra terraza fue vestida de cintas y guirnaldas y racimos de flores. A Drosis le había encargado mi madre que hiciera coronas de jazmines, amapolas y lavandas para nuestras cabezas. Y para su reposo y el mío sobre el suelo, mandó tender Talía su alcatifa de Persia y para que ni la seda ni las sandalias tocaran sobre el suelo hizo tirar sobre él cuatro pieles curtidas. Y hasta la terraza pidió que se arrastrara el pesado clino de bronce de la Iberia sobre el que acomodó un hermoso tejido tintado de amaranto y carmín, sobre el que pidió que se echara el maestro. Pusiéronse también dos pebeteros, uno en cada esquina, a merced de la brisa, en los que se quemó goma de almáciga, de cisco, de citrón y violeta cual en una ceremonia dirigida al Olimpo. Agios se recostó en su reposadero de frente a su amigo. Y cuando el maestro habló sobre una obra suya que titulaba “Antígona”, que según se decía le había valido su segunda elección como insigne estratega, todos nos quedamos sumidos en el denso silencio cual si nuestras palabras ya no tuvieran boca. Y avanzada la noche, cuando la voz preclara de nuestro invitado dijo la última palabra sobre Ismena, Eurídice o Creonte y la última reflexión sobre la prudencia con la que el coro de los ancianos de Tebas sellan el final de la obra, todos nos miramos y suspiramos hondo, pues que un reflejo de la sabiduría nos había alcanzado y anidado por dentro.
Luego nos retiramos sumidos en un silencio sacro. Y yo, en mi hornacina, preferí guarecerme en el sueño mirando hacia aquel patio que había escuchado tan hermosas palabras. Recuerdo cómo las hojas de los árboles y los pistilos de las flores brillaban cual mojados por un agua de lluvia.
A la mañana siguiente cuando me levanté ya se había marchado Sófocles. Talía me informó que había pasado por mi estancia para despedirme, y que al ponerme la mano sobre mi cabeza le dijo a mi padre: “Agios, tienes un hijo noble, será un hombre heroico”.
El otoño fue suave, largo y sereno. El año había sido seco y las vides estaban cargadas de jugo azucarado y cárdeno. Mi madre anunció a mi padre que estaba encinta y la esclava tracia cayó en un pozal de ciega y suspicaz melancolía. Forsila atendía a mi madre y no desaprovechaba ocasión en la que desdeñar a aquella concubina celosa y atrevida.
Agios renovó sus viajes a Atenas. Su nave Andrómaca, la que llevaba una diosa alada sobre su tajamar, había ya regresado de Thasos y la Posidón retornaría en breve desde la lejana Sicilia. En la viña recogimos las uvas y prensamos los gajos para extraer el jugo. Fue un trabajo hermoso en la calma larga de la última templanza y en la tranquilidad de la falta de Agios que seguía inquietándome. Mi madre fue engordando y Damisco me explicó, a mi requerimiento, cómo los machos preñaban a las hembras y nacían los hijos. La revelación, más que sorpresa, me causó un extraño miedo y algo así como una sólida y ciega repugnancia. Odié más aún a Agios y a la esclava de Tracia, y me alejé más de comprender la calma y tolerancia de Talía.
Un día el heraldo anunció que los espartanos habían comenzado a invadir el Ática. Enseguida supimos que los tebanos y los persas se habían aliado y en Beocia se había pactado una liga entre ellos. En todo se veía la mano envidiosa de Esparta que no estaba dispuesta a que la gran Atenas siguiera extendiendo su influencia creciente. Después nos golpeó la rebelión de Mégara y de Ege. Lo que obligó a Pericles a hacerse fuerte y enviar la flota hasta el golfo de Eubea, aunque para convencer a la Asamblea tuvo que emplear toda su mágica elocuencia, pues que los estrategas tenían demasiado cercana la derrota sufrida en Coronea ante la recién constituida Liga de Beocia, y el Arcontado prefería que se valoraran antes las terribles consecuencias que podía traer la caída del régimen democrático en las tierras del norte
Agios decretó nuestra vuelta a la ciudad porque el tiempo de cosechas había terminado y porque la seguridad así lo aconsejaba. Cuando regresamos a casa, Pericles ya había comenzado a levantar el muro que hacía en número tercero y en la polis la agitación era algo contagioso e inquietante igual que una epidemia. Pero Atenas estaba ya llamada a su destino y nada podría detenernos.
Salimos de regreso una mañana apenas clareó el día y la luz se hizo blanca. Con nostalgia dije adiós a los campos que tanto me habían enseñado y tan amablemente me habían guarecido, sin presagiar siquiera que nunca volverían a ser lo que habían sido. Vi como la villa de Caris se iba camuflando entre la verde fronda como una moneda que se tira al cieno de un pantano y deseé que todo el espíritu de aquel lugar se viniera conmigo. Realizamos el viaje por un camino nuevo, que nos llevó hasta la puerta Itonia, tras bordear el torrente Iliso y escorar a la izquierda el arrabal de Agra. Entramos en Atenas hacia el mediodía, cuando los ciudadanos se dirigían hacia la colina Pnyx, que está situada próxima al monte que la ciudad tiene dedicado a las Musas. Solían reunirse entonces, allí, cada semana, unos seis mil ciudadanos de Atenas, aunque el lugar estaba preparado para albergar a un número superior en tres veces al que, en esa ocasión, se daba cita. En los gloriosos tiempos, cuando la ciudad ha sido un emporio de grandeza y dignidad política, he visto ese hemiciclo rebosando demócratas, y de sus piedras han brotado las más bellas palabras y los más justos pensamientos que los humanos puedan figurarse. Y, aun hoy, ese recuerdo hace que el alma se me expanda y las quimeras me vuelvan expectante, pues creo, pese a todo, que la dignidad y el orden jamás son sepultados.
Desde todos los ámbitos de la ciudad afluían los hombres con sus túnicas limpias y sus mantos doblados sobre el brazo, presagiando una larga asamblea y el seguro refresco de la tarde. Y como la tribuna y el altar estaban en lo más alto del promontorio, mucho antes de trasponer los muros, ya pudimos ver el enjambre que allí se concitaba y el humo de los sacrificios con los que se invocaba la protección de los dioses para su desarrollo. Dijeron que, tras ser leído al pueblo por el heraldo el informe que la Bulé había elaborado y tras las votaciones preceptivas de aceptación de los asuntos que debían tratarse, se calzó la corona de mirto el célebre Cleón, jefe del Partido Demócrata, amigo de mi padre. Subió entonces al estrado con la serena elegancia que siempre le arropaba. Y dicen que fue tan clara y elocuente su palabra y tan bien traída e hilada su oratoria, que la Ecclesia entera hubiera sido capaz de tomar allí mismo las armas y salir sin más preparativos a dar batalla ante los espartanos. Pues que, al parecer, terminada su última palabra, y ciego ya de luz el reloj de sol que presidía el acto, fueron seis mil las manos que se alzaron para apoyar todo aquello por cuanto Cleón había abogado, aceptándolo como guía y portavoz del pueblo. Agios regresó encantado. Y desde mi terraza pude yo ver el descender dichoso de las gentes que, por la vertiente de la colina abajo, iban invadiendo Atenas como si de las aguas vivificantes de un manantial sagrado se tratase.
Eran aquellos tiempos en los que el respirar de la ciudad se sentía y el orgullo del pueblo construía una sola muralla con un solo brazo integrado por todos. Eran los tiempos de la fe y las altas ideas, cuando todos estabamos persuadidos de que eran los dioses quienes nos encargaban sembrar nuestra verdad sobre la tierra entera.
En los meses siguientes los espartanos temieron nuestras fuerzas. Nuestra flota era inmensa y nuestro pueblo estaba bien cohesionado cual bronce de Corinto. Por eso, cuando se les propuso firmar la paz que se iba a llamar de “treinta años” exhalaron un suspiro de alivio y aceptaron el tratado sin discutir las cláusulas. Atenas fue espléndida. Se le reconocían a cada cual sus aliados. Se prohibían y pasaban a ser objetos de desprecio los tránsfugas, que tanto habían abundado en tiempos anteriores y tanta traición habían hecho a sus compatriotas. Los terrenos neutrales eran de libre acceso para ambas potencias. La hegemonía de Atenas quedaba entronizada en todo el mar Egeo, aun con la tolerancia de que Persia y Cartago siguieran navegando en sus aguas sagradas. Esparta, por su parte, dominaría en todo el Peloponeso.
Antes del próximo estío, mi madre dio a luz una niña. El parto fue tan duro, que cuando vi salir de su estancia, derrengada y sudando, a la madre de Sócrates, que ya he dicho que era la más hábil y versada comadrona de Atenas, creí a ciencia cierta que Talía había entregado ya su hálito a la diosa cuya frente ciñen las adormideras y que en su carro surcaba ya el cielo tenebroso en que yace la Noche. Había oído yo sus gritos cual si la desgarraran las hienas y chacales, y visto el agitado temblor de las esclavas acarreando las aguas en hervor y los paños templados, y cómo sus semblantes se volvían tan níveos por el espanto, que parecía que iban a desmayarse. Por eso pedí a Deméter, diosa noble, interceptora de las maternidades dolorosas, que salvara a mi madre y que su grito callara cuanto antes, aunque tuviera que ahogar a su cachorro. Y cuando al fin cayó sobre la casa el silencio de plomo, con mi mirada pregunté a Forsila, en cuanto tuve ánimo, qué era, en verdad, lo que había nacido.
No me pudo contestar la nodriza. En su garganta un coágulo le atropellaba el habla y sólo un sudor frío le caía por todo su semblante como un velo de miedo. Vi luego como llegaba Agios. Sus sandalias pisaban más recia y decididamente. Tal vez quisiera revestirse de ánimo para hacer lo que debía hacerse en caso de que el parto hubiera dado hembra. Lo vi entrar sin proferir palabra. Es probable que él ya hubiera leído la terrible noticia en el trágico vacío que ceñía a la casa como un dogal de horca. Luego oí el grito agudo de Talía cual si alguien la despellejara. Y hasta hoy he seguido escuchando aquel aullido que lanzara mi madre cada vez que el dolor me ha anudado muerte, injusticia y desamor en una sola cosa.
Sacó Agios a la criatura sin mirarla siquiera y, cuando iba a cruzar el peristilo absurdamente engalanado del patio, fue Forsila quien le cerró el camino y, sin decir ni una sola palabra, le miró fijamente a los ojos. Y vi en su mirada todo el odio y el rencor contenido de los desheredados, el clamor de los muertos que reclaman, la furia justiciera de los dioses, el frío helador de un pasado que retorna impasible dispuesto a cobrar su revancha. Mi madre se había levantado y, exánime, se apoyaba en la puerta mirando a la espalda de mi padre desde unas cuencas vacías de ternura. Y sacando una voz que aún dudo que fuera enteramente suya y con una fortaleza seca y tajante que seguramente la diosa le había prestado, le oí decir firme y decididamente como jamás antes pudiera haberlo hecho: “Agios, dame a la criatura”. Y fue tal su solidez, que mi padre le entregó dócilmente a quien sería desde entonces mi hermana, llevando el nombre de Caris en memoria y recuerdo de quien había sido mi abuela paterna.
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