3.11.13

CAPITULO DECIMOCUARTO





Despreciable sea quien pensó, dijo o hizo creer, alguna vez, que los enfermos eran culpables o merecedores de sus enfermedades; sea cual sea el origen de éstas, sus vías de transmisión o su naturaleza. Oculta es la razón por la que el mal nos da su, siempre, injusta dentellada.

XIV

LA MENTE IMPENETRABLE DE LOS DIOSES
Amanecí siendo el dueño de la casa de Agios. No había sido aún testigo de las crónicas correspondientes ni a cinco Olimpiadas y ya estaba en mis manos la administración de una hacienda compleja e importante. Ciertamente, mi padre había solicitado al noble Sófocles que sirviera, durante su ausencia, de procurador en todos sus asuntos. Nuestro esclavo Pistias también estaba impuesto en cuantas demandas exigía la labor de la casa. Y yo, en cualquier circunstancia, podría contar con el asesoramiento y la razón sabia y mesurada del anciano Anaxágoras, quien custodiaba el documento que se había suscrito, por el que mi padre le había nombrado tutor oficial de su casa y los suyos.
Una apacibilidad silenciosa y un orden inviolado presidieron nuestras vidas durante esos meses en los que el gran Helio muestra con mayor timidez su esfera luminosa. El riguroso frío vino con la fidelidad de cada año, y la luz se enturbió y se hizo neblinosa, y Atenas pareció entrar en un letargo acechante y espeso. Nuestras bodegas estaban bien colmadas y, aunque las noticias sobre las incursiones espartanas eran cada día mucho más preocupantes, nuestra inquietud parecía también aletargada y sorda. La ausencia de Agios había tendido sobre todo lo suyo un manto de distensión ingrávida y serena. Baquio y Brygos actuaban siempre con gran diligencia y suplían con agrado las tareas que antes tuviera encomendadas Tólmides, quien en esta ocasión había acompañado a su amo en función de intendente. La Andrómaca y la Posidón estaban amarradas en Cántaros, confiscadas y dispuestas para cuanto la patria precisara de ellas. Y sus tripulaciones eran, ahora, dirigidas, alimentadas y custodiadas por un almirante designado a tal fin por el Estado.
Yo, huérfano de mis mejores compañías, me entregué ciegamente a los entrenamientos con celo renovado. Corría cada amanecer cual si aquélla fuera la última oportunidad que, para ello, me brindara la vida. Y, de algún modo que jamás he acertado a explicarme, logré que mi imaginación fuera capaz de hacerme creer que, cada mañana, la carrera realizada era aquélla que ya estaba disputando sobre el sacro suelo que Olimpia tiene consagrado al gran Zeus. Poco a poco, con la lentitud y la persistencia con la que la humedad empapa y rezuma a través de la piel de las vasijas, fue entrando en mi cabeza y cuajando en mi alma la certeza de que aquélla era mi auténtica batalla. Batallé, pues, con cuanto coraje fui capaz de aunar en mis esfuerzos. Desprecié mi cuerpo y sus debilidades y lo sometí sin piedad, sin importarme ni la adversidad ni las temperaturas; logrando así sentirme guerrero con los míos. Las noticias, que pronto nos llegaron de Olinto, capital de Calcídica, troncharon nuestras ilusas esperanzas de una victoria que creíamos que se solventaría en breve. El asedio a Potidea no iba a resultar nada sencillo para nuestros soldados. Pues, cuando fue al fin tendido el cerco en torno a las murallas, la plaza se mostró fuerte e impenetrable. La moral y el orgullo de sus habitantes estaban, al parecer, en su punto más férvido. Y la decisión de toda la Calcídica de orientar su mirada hacia Occidente era ya un hecho tan fraguado, que nada podía variarlo. Cuando regresaron las dos naves del Estado, que habían escoltado a la flota de Atenas hasta el istmo de Palene, nuestro desánimo se confirmó y todos nos dispusimos a sufrir el hierro candente de la espera.
Muy pronto, comencé a echar de menos, de un modo especial, a mi amigo Amasis. Con la rudeza irónica que siempre nos muestra la realidad para con lo que se ha perdido, su falta me suponía un vacío latente y enigmático. En pocos días, fui capaz de descubrir hasta qué punto su presencia me era necesaria. Era algo así como la falta de un miembro de nuestro propio cuerpo, sobre cuyas funciones o necesidad nunca se ha reparado, puesto que se tenía y usaba inadvertidamente. Con sorprendente frecuencia, venía a mis recuerdos su imagen. Sus palabras, a veces, parecían sonar en mis oídos o fluir en el recóndito silencio de mi boca, cual si algo en mí quisiera apresar de nuevo su recuerdo, haciéndose dueño de sus comentarios o sus afirmaciones perdidas ya en el tiempo. Y, de ese modo, Amasis vino a convertirse en la enseña de cuanto afecto y amistad yo había entregado a aquella guerra, que me había dejado tan solo y tan desprotegido ante mí mismo.
Ofrecí un sacrificio a Palas Atenea. Y sentí cómo el vello en mi piel se me erizaba, cuando las entrañas oscuras de la víctima, congestionadas por la negra sangre, se disponían a ser interpretadas con el concurso de aquellas brasas verdes que alentaban, esquivas, el ara incandescente de la diosa. Olía a hiel y a jugos corrompidos y abrasados. Y puedo asegurar que algo impreciso se tronchó en mi adentro, aun a pesar de que los vaticinios me fueron declarados favorables a todos mis deseos y acordes con el anhelo de mis pensamientos. Era un día ventoso e inquietante, de gruesas nubes y de hosca entraña. Descendí de la Acrópolis cobijado en mi manto, sintiendo el chocar de mis dientes y, en el centro profundo de mi cuerpo, un vacío que me hacía sentir sin tripas y sin vísceras. Algo terrible se escondía tras los ojos pétreos de la diosa, cuya mirada de esmeralda translúcida resultaba tan bella pero a la vez tan fría e intrigante. Su imagen imponente, reflejada en el estanque que se tendía a sus plantas lo mismo que en un espejo latente y tembloroso, parecía, ahora, quebrada y difusa en mi recuerdo, mientras un terror sin nombre me iba horadando la firmeza que le correspondía a mi ser, pues que yo ya era un hombre.
Muy pronto, un nuevo sobresalto desasentó la precaria serenidad de nuestra patria. Los espartanos, a la cabeza de los peloponesios, exigían que se decretara la total autonomía de cuantas ciudades integraban la Liga, bastante maltrecha y desmembrada, que seguía llamándose de Delos. Sin duda, era su pretexto para entrar claramente en la guerra. Los seis mil talentos que Atenas había recaudado de todas las ciudades aliadas se hacían ahora necesarios para sufragar nuestra propia defensa. En cuanto se conoció la noticia de que el fiero Arquidamo se disponía a invadir el Ática, Pericles decretó que todos los habitantes se refugiaran dentro de la ciudad. Más de trescientos millares de seres humanos vinieron a superpoblar las calles ya atestadas. Se improvisaron cobijos y viviendas en cuantos lugares se veía posible. Se confiscaron patios, cobertizos y establos. Se levantaron chozas y se tendieron pieles y enramados, que pudieran guarecer a la avalancha humana que, en pocos días, entró por cuantas puertas la ciudad tiene mirando a los distintos puntos cardinales, cual si de verdaderos torrentes de aguas embravecidas se tratara. El Ágora era, de pronto, un mercado permanente en el que nada se ofrecía o mercaba salvo la confusión y el ruido. Incluso, el teatro de Dioniso se habilitó para acoger a cuantos pudieran acomodarse en su aforo o sobre los cordones sucesivos de sus gradas. El entorno a los templos parecía un enjambre. Las Pritanías comenzaron a ser desbordadas en todas sus funciones. Los nueve Arcontes estaban reunidos permanentemente. El Arconte Basileus no abandonaba su asamblea, o lo hacía sólo cuando las ceremonias religiosas así se lo imponían, cual un imperativo ineludible e inherente a su cargo. La decisión de Pericles de no ofrecer batalla en campo abierto era discutida con ferocidad por cuantos la desaprobaban o capitaneaban su oposición política. No obstante, las mentes en las que se alojaba la mayor razón y el juicio más cabal, aseguraban que una confrontación abierta con la infantería espartana sería nuestra ruina. Solamente el mar podría darnos la victoria. Y para nuestra flota había, pues, que guardar todos nuestros caudales, nuestras armas y a nuestros estrategas. En pocos meses, los esquilmados campos de Atenas fueron arrasados por completo. Las incursiones que hasta ahora se habían caracterizado por ser algo velado y esporádico, de pronto eran abiertas, fieras y casi permanentes. Cada día, la ciudad entera se sobresaltaba con la noticia de una nueva barbarie o un cruento desmán. Los incendios iban dejando calcinados los campos, ennegreciendo los llanos y desnudando las lomas. Y cuando se anunció que los tebanos habían entrado en Platea, ciudad querida y aliada a nosotros desde siempre, y habían capturado a sus hombres para hacerlos esclavos y degollado a cuantas mujeres, niños o inservibles habían encontrado a su paso, la ira y el miedo se anudaron en todos nuestros corazones. Es, no obstante, de honrados reconocer que el pulso aún firme de Pericles pronto nos serenó con la colonización de Egina y con las alianzas que inteligentemente iba trenzando con ciudades y puertos del oeste. La posición estratégica de éstas afianzaba el recalado de nuestras naves, que pronto comenzaron a efectuar sus primeras ofensivas y no pocos actos de piratería. Se trataba de azuzar y distraer al enemigo, debilitándolo a la vez que se reforzaban, con los botines, nuestras arcas hambrientas.
Mi vida en medio de todo este marasmo era, sin embargo, sobria y disciplinada. Aprendí a convivir con la inquietud. A combinar mi inquebrantable ejercicio diario con mis funciones de jefe y administrador de la casa de Agios. E, incluso, con las misiones que se me encomendaban como miembro de una patrulla de guardia, en la que había sido integrado ante la propia presentación de mi solicitud. Caris y Forsila me despedían, cada noche que debía hacer mi ronda o mi vigilia, con el amor y la desolación con que una madre o una amante despiden a su amor o a su hijo. Y sobre los muros que levanto Temístocles, hombro con hombro con Damisco, que ya era un liberto, y cuyo afecto y agradecimiento siempre eran hacia mí un perenne regalo, ausculté yo con la avidez de un lobo. Ausculté, en la negrura y el hielo impenetrable de las noches de posideon, en busca de la sombra de nuestros enemigos y de las razones que eran capaces de alentar tanto innoble y descabellado desatino. Recuerdo haber mirado, impotente y perdido, a la bóveda inmensa que, inquebrantable, persistía sobre nuestras cabezas. En ella, los hermosos dibujos de las constelaciones, en su quietud, parecían guardar el secreto insondable de los dioses, ante los que mi mente famélica clamaba una respuesta. Y solamente el semblante recobrado de Caris en cada amanecer, cuando volvía a casa, y el vino caliente que nos servía, invariablemente, Forsila, a Damisco y a mí, eran capaces de reconciliarme con mi interior convulso y extraviado por tanta insensatez y obtusa inquina como parecía haber cegado a los hombres.
Supe la muerte de mi amigo Telis de labios de Simias, el tebano. Un día cuando regresaba del Estadio, lo vi sentado a lo lejos, en los jardines de la casa de Kéfalos y supe que me estaba esperando. En un principio pensé que sería algo relacionado con mi hermana Caris, con quien había sido comprometido en matrimonio desde algunos años antes y cuyo interés por ella era cada día mucho más evidente. No obstante, su lúgubre mirada y la sobriedad de su gesto me paralizaron, apenas estuve cercano a su altura. “Antandros, tu amigo Telis ha muerto y en casa de Simón el duelo es inmenso”. Fue como si un trueno rompiera en mi cabeza y el corazón me vomitara, ebrio, una bocanada de fuego por el pecho. Y de mi torpe boca se escapó una absurda pregunta que encerraba toda mi incomprensión y mi incredulidad de niño apresado en un cuerpo, equívoco, de hombre: “¿Por qué?”
Noté cómo la voz se me resquebrajaba rompiendo aquellas dos palabras en mil sonidos lastimeros y tercos. Sé que escondí mi cara para que el día o la luz o el mundo no vieran el brillo que, incapaz, quería sujetar el raudal de mis lágrimas, pues que ya había sido adiestrado en mi función de hombre, y el lamento por un guerrero muerto era una ignominia. Un cerco negro y amarillo me rodeo los ojos y sentí cómo mi frente y mis mandíbulas se tensaban temblando de extravío. Simias me cogió por el hombro y, junto a él, caminé algunos pasos, hasta que pude levantar los ojos buscando, desafiante, que el resplandor indolente de Helio tuviera a bien quemármelos. Luego me separé de él, pues que mi pena era incapaz de ser compartida con alguien a mi lado, y me puse a correr por las calles de Atenas hasta llegar a la puerta Acarnea. Por aquellos días, siempre estaba cerrada. Aporreé el tablero grueso, lavado por mil lluvias y reseco por un millón de estíos, que impedía la huida, hasta que la guardia atendió a mi requerimiento. Necesitaba escapar de la jaula maldita en que se había convertido aquella ciudad condenada a la guerra. Y cuando el permiso para salir me fue rotundamente denegado, me ensañé contra el muro, hasta que éste mordió y descarnó mis manos, y el dolor de la contusión y las heridas, sucias y sangrantes, mancharon y templaron mis furias y mis rabias. Luego, caminé lo mismo que un borracho, no sabiendo qué hacer con toda aquella pena que era imposible contener en mi adentro.
Fui a casa de Simón entrada ya la media noche. Los dolientes ya se habían marchado. Un velo de negrura parecía que cubriera la estancia en la que el artesano permanecía en soledad, sentado, cual si esperara contra todo pronóstico la llegada de alguien. Ya se había rapado su barba y la cabeza y, tal desnudez, le hacía parecer más pálido, enjuto y mucho más vulnerable. La ceniza manchaba su cara, en la que los surcos ya secos de las lágrimas parecían dos cauces sinuosos. En su gineceo, las mujeres lloraban agotadas de pena. Un lamento irregular y cansado parecía venir resbalándose, balbuceante, desde la lejanía. Me acerqué y le tomé las manos para besárselas. Sus dedos parecían sarmientos. Su pulso, sin embargo, se mantenía firme e, incluso, de sus manos se desprendía una cierta templanza, que resultaba impropia entre tanto despojo. Sentí, en la presión de sus dedos huesudos, todo el dolor que Simón quería compartir conmigo, y retuve un instante aquel pulso en el que, sin duda, latía una sangre pareja a la que mi amigo ya no tendría nunca. Me senté a su lado y, en silencio y soledad, permanecimos hasta que vino el día y desnudó nuestro recogimiento con su luz cruda, sorda e insolente. Cuando el claror fue haciendo desaparecer las sombras, me levanté y me marché sin decir ni una sola palabra, dejando que el noble Simón pudiera masticar y digerir su incompartible pena y su desolación, enfrentándose al día que, insultante, y una vez más, instauraba la vida.
Aquél fue mi primer encuentro con la muerte violenta; mi primer encuentro con la muerte increíble; la muerte que no era posible comprender ni aceptar, tampoco. Cuando había muerto Talía, todo cursó de un modo muy distinto. La enfermedad había ido haciéndose patente con sigilo. Con lentitud siniestra, y casi inadvertidamente, se apoderó de ella. Y el mal, aun con su callada crueldad, había ido tomando cuerpo, acomodándose entre nosotros; haciéndosenos familiar, conocido, cercano. Día a día, había ido creciendo, apoderándose de mi madre; sumiéndonos a todos, sorbo a sorbo, en la desesperanza, en el terrible pozo que cava la impotencia. Después había sido como un icor repugnante que alguien nos había obligado a tragar sin respirar siquiera, pero para cuya aceptación, insoslayable, se nos había concedido el amparo del tiempo necesario. Habíamos clamado al dios Asclepio y buscado el saber del sanador Hipócrates. Nada había podido vencer a la ponzoña, y mi madre había muerto. Pero había muerto con la irremisión con que fenece una flor o se acaba un día o la marea alta comienza a perder su vigor y el agua empieza a retirarse. Todo parecía haber estado, entonces, dentro del orden, a veces cruel, de la existencia. Pero ahora...
Lloré la muerte de mi amigo Telis sufriendo el ahogo terrible de un llanto desértico, sin lágrimas. Corrí aquellos días pateando fieramente la tierra, cual si llamara con mis plantas, tan violentamente como me era posible, al pecho duro de la diosa Gea, tras cuyos confines se atrinchera y guarece Hades, el dios inexorable del reino de los muertos. Clamé a Urano e interrogué a Palas Atenea. Y únicamente la desolación y la tristeza me arroparon durante aquellos días y noches, en los que las imaginarias cenizas de la pira de Telis cegaban todos mis pensamientos, como un hollín destinado a confundir principios y creencias. Y cuando, tras muchos meses, terminó aquel maldito asedio al norte del Egeo y se colocó la estela en honor de los héroes, comprendí que en las palabras que allí rezaban alguien respondía, al fin, a mis preguntas: “El éter ha recibido sus almas; sus cuerpos, la tierra”. Desde entonces, cada vez que paso por el Ágora, me aproximo a ese honroso mármol, mojo mi dedo en la saliva de mi boca y sigo con él el canalillo rojo de las letras en las que se encierra, para mí, el misterioso secreto de la vida: “tierra y éter”; solamente eso.
Soportamos durante aquellos meses crudos las incursiones cada vez más próximas de los espartanos, cerrando a cal y canto la ciudad. Reforzamos las guardias y se fortificaron y dotaron los puertos apresuradamente. La aglomeración de las gentes dentro de las murallas empezó a ser un serio problema, no ya sólo a la hora del abastecimiento, sino sobre todo por lo que en lo concerniente a la salubridad se trataba. Y a pesar de las normas que el Arconte encargado del orden de la ciudad dictaba al respecto, a diario, pronto comenzaron a aparecer las primeras señales realmente alarmantes. El aviso corrió por entre aquel dédalo apestoso e inmundo, en el que entonces parecían haberse convertido nuestras calles, paralizando hablas y cambiando el color de los semblantes. “Peste” era una palabra maldita cuya pronunciación causaba ya temblor en quien la conocía.
Las noticias sobre nuestra armada eran al mismo tiempo poco esperanzadoras. Nuestros soldados, incapaces de enfrentarse a los calcídeos y botieos de Tracia, quienes con toda urgencia se habían unido a Perdicas, hijo de Alejandro, habían tenido que dirigirse hacia Macedonia, buscando el refuerzo de Filipo, Derdas y todos sus hermanos. El anuncio de que mil seiscientos hoplitas y cuatrocientos soldados de infantería habían sido enviados por Corinto al mando de Aristeo, hijo de Adimanto, nos intranquilizó. De todos era conocida la popularidad de aquel guerrero, avalada por una inteligencia y una garra fuera de toda duda. Como respuesta, de nuevo fue preciso mandar otras cuarenta naves transportando a otro contingente de dos millares y medio de hoplitas. Se decidió que fuera Calias, el noble hijo de Calicles, quien, junto a cuatro estrategas, dirigiera esta expedición. Los barcos partieron desde Atenas envueltos en el sigilo tenso de la noche. Así se pretendía ganar en tiempo y sorpresa al enemigo. Se unirían a los treinta navíos que ya mandaba Arquéstrato, el hijo de Licomedes, bajo cuyas órdenes estaban Agios y todos mis queridos amigos, quienes integraban aquel primer ejército nutrido por un millar de hombres.
Nos alivió, no obstante, saber que, tras unos meses, los nuestros habían sitiado Pidna, después de apoderarse de Terme. Luego supimos que se habían dirigido a Berea y desde allí a Estrepsa. Y tras un intento infructuoso de tomarla, se encaminaron por tierra a Potidea. Un ejército espléndido formado por tres mil quinientos atenienses y muchos aliados, era complementado por seiscientos jinetes macedonios, que los iban siguiendo y apoyando a las órdenes de Filipo y Pausanias. A la vez, nuestras setenta naves bogaban a su vista, próximas a la costa. Pericles anunció, unos días después, que habían, por fin, acampado en Gigono y que el enfrentamiento era ya inminente. Pero, a pesar de nuestra victoria, se hizo nuevamente necesario que seiscientos hoplitas más partieran para trabar definitivamente el cerco. Y esta vez fue Formión, el hijo de Asopio, quien clamó con su potente voz de mando en la partida.
Cuando nuestros soldados volvieron de la guerra, tras aquel asedio en el que la resistencia y la bravura de los potideatas obligó a éstos, incluso, a comer carne humana, Atenas era ya un espectro patético. Supimos entonces que los cuerpos de ciento cincuenta de los nuestros habían quedado allí. Y quienes regresaron traían aún, arañando y escociendo en sus ojos, el humo acre de la pira en la que sus cuerpos fueron calcinados, mezclándose de ese modo y confundiéndose, muy lejos de la patria, las cenizas gloriosas de los héroes de Atenas.
Bajamos hasta el puerto a recibir el victorioso, aunque tronchado, regreso del ejército. Los setenta navíos aparecieron en el horizonte como una cinta negra que fue tomando cuerpo con timidez de miedo. Traían sus insignias desplegadas, enarbolando el triunfo. Pero en la frente de todos los excombatientes estaban acuñadas las penurias soportadas a lo largo de aquellos años cruentos y difíciles. Y en los mástiles había sido grabada, para saber del orbe, la lista honrosa de los muertos en liza. Allí hería, a quien se atreviera a mirarlo, el anuncio de que Calias, el hijo de Calicles, había perecido honrosamente entre ellos. Tampoco Agios venía entre los vivos.
Busqué a Amasis con la confianza de que más tarde vería a mi padre. La emoción del regreso borraba y retenía tristezas y desgracias, y el puerto era un solo abrazo confuso y embriagado. Sócrates se había curtido y madurado visiblemente en aquellos tres años. Era evidente que su espíritu animoso tampoco había podido ser impune al rigor de la guerra. Apenas lo encontré, me fundí en su abrazo y, aún junto a mi oído, ya me preguntó qué verdades había aprendido en ese tiempo y qué podía enseñarle. Su ansia de saber seguía intacta aún a pesar de todo. Luego fue él quien me apartó de todo aquel tumulto, ajeno al mal gesto de Xantipa y de sus hijos, que estaban reclamándolo con lógica impaciencia. “Antandros, Agios no viene entre nosotros”, me dijo.
Oí la noticia sorprendido e incrédulo. Había visto a la “Talía” fondear en el puerto e, instintivamente, me puse a buscarla de nuevo por sobre aquel desorden de gestos y de voces, por si acaso se hubiera tratado de un iluso espejismo. Allí, entre los mástiles, distinguí enseguida el vuelo ágil de los colores que teñían su grímpola; sin duda, era ella. ¿Entonces? “Antandros, nadie sabe si tu padre ha muerto; su cuerpo no estaba entre los cadáveres que intercambiamos con los potideatas cuando erigimos nuestro trofeo y acordamos la tregua. Nadie sabe qué ha sido, en realidad, de él. Su intendente, Tólmides, asegura no tener noticias sobre su paradero. Sé compasivo con vuestro esclavo; ha sabido comportarse como un héroe sin tacha”.
Las palabras de Sócrates produjeron en mí una extraña sensación de espeso aturdimiento. Declararé, por lealtad con Zeus, que no fue dolor lo que en esta ocasión me cubrió con su velo. Y cuando sobre mi hombro sentí el peso afectuoso del brazo de Amasis, era ya como si el mundo transportara mi cuerpo ingrávido y ajeno a cuanto acontecía. Un amargor ardiente se estableció en mi estómago, cegando de acidez y sequedad mi boca. Y mi mente, a diferencia de otras ocasiones, no me inquirió con ninguna pregunta.
La ausencia de mi padre se estableció entonces, entre todos nosotros, como una nube de tormenta que, permanentemente, amenazara con liberar sus rayos y diluvios. No celebramos, pues, festejos funerarios, pues que mi hermana Caris se aferró desde el primer instante, presa de desconsuelo, a la idea de que Agios estaba vivo y que en cualquier momento tornaría a su casa. Por mi parte hice cuantas indagaciones me fueron posibles y sometí a Tólmides a toda la presión que pueda imaginarse, tratando de arrancar cualquier destello de luz sobre tantas incógnitas. Y cuando hube agotado todo mi rigor y agudeza, vendí al esclavo por el precio de una mina de plata. Las cien dracmas que obtuve a su cambio las repartí del modo que entendí podía ser más justo. A él le entregué cincuenta, por si la crudeza de mi duda había sido injusta con su honor o su carne. Con las otras cincuenta ofrecí un sacrificio en el templo de Apolo, por si el silencio de mi esclavo escondía alguna culpa que debiera ser de ese modo expiada. Y cuando lo vi partir siguiendo a quien era ya su nuevo amo, noté que tras de mí se establecía el espectro de Agios dispuesto a acompañarme como una sombra propia, sin armisticio ni medida de tiempo.
La lógica alegría que trajo hasta la patria la victoria y el regreso de todos nuestros héroes, quedó difuminada de inmediato. Atenas era como una caverna o una sima sin fondo predecible, y dentro de sus muros la muerte caminaba más presta y satisfecha que cuando lo hace dentro de un campo, sesgado, de batalla. Así pues, cuando se hicieron las ofrendas que aconseja el precepto y se gritaron los salves a la diosa, incluso las bocas se abrieron con recelo para no aspirar toda aquella ponzoña que el aire trasladaba de una a otra parte, infectando de muerte por todos los resquicios.
Hago un esfuerzo por recobrar la memoria de unos días que el terror tiene bien hundidos dentro de mi cabeza. Trabajosamente respiro y noto, aún, el insoportable tufo de aquel humo que cegaba calles e invadía edificios, y que hacía parecer a Atenas como una hoguera extinta, que expandiera un sucio e incesante alentar postrero por todos sus rincones. El mal hincó sus fauces en débiles y fuertes, en thetes, seugites o ricos ciudadanos. En un principio, se pensó que la dolencia podía proceder de los metecos que últimamente habían invadido Atenas, como las plagas de langostas que devoran las verduras y espigas, o el polvillo blanco que ahoga y endurece los brotes y las hojas de las vides aún tiernas. Luego se creyó que algún veneno, tal vez vertido por los enemigos, había podrido la entraña de las fuentes. Nos obstante, todos sabíamos que, procediera de donde procediese, tenía su lecho y su morada en medio de toda aquella suciedad que invadía las calles de la ciudad entera. Montones de desperdicios se apilaban en medio de las vías. Y cuando el mal brotó abiertamente, quienes se ocupaban de su acarreamiento, huyeron de su oficio, dejando al olvido aquellas montoneras de inmundicias que el calor cocía y agriaba. El fuego respiraba día y noche, mansamente, en un quemar constante y casi inadvertido de desechos, por entre los que las ratas iban y venían huyendo y retornando en un danzar demente. Una nube de moscas zumbaba a todas horas con insistencia terca y pegajosa. Y hasta en medio de las noches, su tacto indeseable extraviaba el sueño e impedía el descanso, irritando el temple y agotando el espíritu.
Al cabo de unos días, la ciudad pareció mutarse por completo. Un desierto se acostó sobre ella ocupándola toda. A los primeros llantos, ostentosos, afilados y rotos, siguió un mutismo ahogado y tortuoso. Parecía como si el mal, tras habernos convencido de su avance incesante y su inminente triunfo, hubiera acallado respiros y gargantas. Los sanos trataban de sellar sus casas para que el mal no invadiera sus ámbitos aún salvos. En los patios, sujetos a los bordes de tejas con forma de acantos, se tendían lienzos y cendales y cañizos y tablas para impedir que el aire enrarecido entrara en las viviendas. Incluso, se hablaba en voz baja para no despertar a aquel oculto espíritu que parecía que insuflara maldad. Se hervían aguas, alimentos y ropas. Y en los braseros o sobre los pebeteros, atizados sin tasa todo el día, las especias y esencias luchaban por detener una amenaza que no tenía cuerpo ni entidad que se viera. Ahora se combatía contra las sombras mismas que segaban la vida. El recelo era la moneda de cambio, pues que todo el mundo desconfiaba de la salud fingida hasta de sus familias.
En nuestra casa, el mal prendió casi inmediatamente en la carne joven de Timandra. La esclava trató de ocultar su dolencia por miedo a ser arrojada sin consideración, en cuanto los síntomas nos fueran descubiertos. Pero la fiebre la derribó lo mismo que el matarife apuntilla a las reses, y su cuerpo quedó tendido e indefenso al pie de una columna próxima al quicio de la entrada al cenáculo. La casa de Agios sufrió la conmoción que el mal acarreaba apenas se hacía presente en cualquier parte. Dispuse y aprovisioné de inmediato un carro para que en él fuera sacada de Atenas y conducida a la villa del campo y allí se la dejara, sola, a merced de su suerte. Acongojado, rogué al mismo tiempo a Apolo para que intercediera ante su hijo Asclepio. Le suplicaba que, éste, sabedor de todos los dolores que los males infringen, la permitiera, velozmente, un descanso como el que el generoso Prometeo le concedió a Quirón, cuando el centauro fue herido por la flecha mortal del heroico Heracles. Pero mi hermana Caris me miró a los ojos, y su mensaje fue como una ley, y sus deseos una auténtica orden. Se acotó entonces un espacio en la casa de Agios. Se sellaron con minuciosidad rendijas y orificios, utilizando cera tierna de abeja para que el mal, agarrado a la carne de Timandra, no pudiera escapar del recinto en el que ella yacía. E incluso, Caris, eximió a las demás esclavas de todo lo concerniente a su cuidado, pues que ella misma decidió que la atendería. Únicamente la fortaleza de Forsila la hizo desistir, pues que, una vez más, el vigor de aquella mujer de Akaya se impuso sobre todos nosotros. “Nadie va a cuidar a Timandra sino yo; soy la más vieja y seguro que en mí el mal ya no goza enraizando”. Sé que se le dispensaron cuantos cuidados estuvieron en sus manos atentas y en su alma de madre. Mandé que la visitara Hipócrates y se la administraron todos los brebajes que fueron por él recomendados. Pero, al décimo día, su cuerpo se entregó en brazos de la rigidez y hubo que echarla al carro que iba recogiendo a los muertos, para que fuera calcinada en la pira común lo antes que les fuera posible. Las órdenes de las autoridades eran muy rigurosas y así lo disponían.
Una espera tensa se albergó en nuestra casa tras la muerte de la esclava de Éfeso. Era como si la vida se hubiera detenido carente de futuro. Nada parecía importar; sólo la intriga llenaba los espacios descarnados de tiempo. Las estancias y cuartos parecían más grandes, y aquella inmovilidad que alcanzaba a todo, dotaba de una inmensa desolación a la vivienda que, incluso, de repente, se mostraba más vieja y descuidada. Se podía decir que el mal jugara con nosotros a esconderse. En la ciudad, el número de muertos seguía aumentando y la epidemia era ya incontrolable. Un inmenso desconcierto inspiraba en las gentes no pocas desproporciones, excentricidades y rarezas, que muchos aceptaban y ponían en práctica en medio del total desatino. Era preciso encontrar la razón que nos iba arrasando con desgracia tan fiera o, al menos, poner causa y figura a su codicia hambrienta. Se mercaban, pues, mágicos remedios. Se trasegaban aguas salutíferas traídas de manantiales y cárcavas remotas, en las que, incluso, las deidades paganas parecían haber derramado y obrado sus arcanos poderes. Se sometían a duda los favores del dios y se clamaba contra la mente impenetrable de los moradores sagrados del Olimpo, abandonando, presos del desaliento, las antiguas creencias y ritos ancestrales. Las antas y columnatas de todos los templos se hallaban atestadas de tal modo, que impedían que los sacerdotes pudieran descerrajar sus puertas y oficiar sus ofrendas y sus ceremonias. Era como un esfuerzo último entre la blasfemia y la súplica, sin que nadie supiera a qué opción quedarse.
Muchas casas eran abandonadas por los parientes sanos, cuando éstos veían que el mal hacía presa también entre los suyos. Al fin, alguien corrió la voz de que una nave venida de Egipto había sido la portadora de la infecta desgracia. Entonces, el concepto y la razón del mal se vieron de pronto iluminados, y el pueblo, convencido, buscó desaforadamente a sus nuevos culpables. Se estimó que, exclusivamente, Pericles era el responsable de nuestros sufrimientos. Se le destituyó y se le hizo rendir cuentas de sus quince años colmado de poderes. Tucídides y su círculo de aristócratas habían cavado ya suficiente bajo los pies del más preclaro representante de la familia de los Alcmeónidas, a quien no habían perdonado que, al igual que Clístenes, su abuelo, hubiera unido al pueblo a su hetería. No pudo justificar el empleo de todos los fondos secretos y se le condenó a una multa de cincuenta talentos y al deshonor que ello acarreaba. La conspiración que había comenzado con la acusación a Fidias, al fin, fructificaba.
Las desgracias llovieron entonces, sobre el hombre que había gobernado y engrandecido Atenas, con la misma terquedad con la que la sequía enrasaba los cielos de color amaranto en cada atardecer y las derrotas se nos iban acumulando sobre nuestra vergüenza. Estoico, soportó la adversidad y enterró a sus dos hijos, Jantipo y Paralo, a quienes la peste segó en su juventud en el espacio de unos pocos días. Y, dócil, volvió a aceptar la cambiante fortuna, cuando de nuevo se le reclamó para ser, una vez más, estratega de Atenas. Reinstaurado, recibió sereno a los que regresaron de Potidea. Y su orgullo floreció, cuando nos llegó la noticia del triunfo de nuestra flota en aguas de Naupacto. Era el tercer año de la Olimpiada número ochenta y siete, y la Asamblea le otorgó, al fin, y en desagravio, el favor que tanto había suplicado: Aquel otro hijo suyo, nacido de Aspasia, en adelante podía llamarse ciudadano de Atenas.
Pero todo estaba ya trazado por el índice supremo de los dioses. El terror nos llegó a su punto más crítico al saberse que Pericles también había sido alcanzado por la enfermedad. Más de la mitad de quienes poblábamos Atenas habían ya caído. El sonido del carro traqueteando por los empedrados era tan habitual que apenas si lograba ya inquietarnos. Pero una nueva ola de pavor corrió por nuestras calles. Se sobornaba a los centinelas que custodiaban las puertas de la ciudad, o se burlaba por la noche su guardia para poder huir al campo, en la esperanza de que la muerte no persiguiera a los fugados. Pericles murió a los pocos días y sus exequias supusieron el más adverso contratiempo que pueda imaginarse. Un vacío infinito ocupó el inicio de aquel otoño ocre y apagado, en el que el fin de nuestra patria parecía inminente.
Sufrí la adversidad en compañía de Amasis y Cármides. Alcibíades quiso darme detalles de la muerte gloriosa de nuestro amigo Telis y yo rechacé sus explicaciones, si bien le permití que me narrara sus propias dificultades, ya que quería saber, contado por él mismo, la grandeza y el valor demostrados por Sócrates. La ciudad entera había sido testigo una vez más de la sencillez y humildad de nuestro maestro. Pues que cuando se le quiso entregar el premio al valor por haberle salvado la vida al joven aristócrata, éste lo rechazó. Y hasta puedo atestiguar que se ruborizaba, si se le comentaba algo de la batalla, tratando de desviar el curso de la conversación, si con ella presentía que alguien quería ensalzarlo. Sócrates era así.
He sufrido a lo largo de mi vida heridas, golpes y desgarros. He clamado y llorado. He sentido rabia y odio. Y cuantas adversidades puedan relatarse, han puesto la mirada en torno a mi existencia. Pero entonces sentí como si un seco cuchillo entrara en mi vientre y todo mi ser se paralizara incapaz de aportar un hálito de aire para seguir viviendo. Sentí el baño ardiente de un fuego que me inundaba el pecho y me dejaba sin fuerzas las piernas y los brazos. Sentí que el mundo se confundía en mi cabeza y que el caos poblaba mi ciego entendimiento. Me lo anunció Forsila, y sus ojos tuvieron que esconderse, y sus labios tuvieron que tocar mi cuello con su saliva pastosa y caliente, pues que ella también estaba en esta ocasión derrumbada y herida. Y debo declarar que fui incapaz de correr a su lado, pues que sé que no hubiera soportado ni un solo quejido de su boca. Caris enfermó y la muerte se creció en nuestra casa, tiñendo de angustia a todos y a cuanto cobijaba. Frenético, busque a Hipócrates y le ofrecí todo de cuanto disponía, con el ruego de que nos la salvara. Jamás olvidaré la expresión de aquel hombre. Me di cuenta entonces de cuanto para él suponía el sublime y sagrado oficio de su arte. Aún en su juventud, había envejecido y mudado el brillo de sus ojos y el color de su carne. Sus hombros parecían soportar ahora la culpa del pecado, inconfeso, de Atenas. Era todavía muy joven, pero ya había visto morir a millares de hombres. Su amigo Pericles había entregado su vida, apoyado en sus brazos, ante el desconsuelo infinito de la ferviente Aspasia. Y sabía que, ante su perplejidad, sus conocimientos y súplicas eran como un grano de arena en medio de la playa. Siempre le he agradecido que entonces no respondiera a mis porfías y ofrecimientos ofuscados y torpes. Visitó a mi hermana y dictó los cuidados que debían guardarse. A partir de entonces, esperé sumido en el terror a que alguien me diera la terrible noticia.
Los bubones florecieron en Caris con cuanta virulencia pueda imaginarse. Parecía como si la podredumbre quisiera reventar en su carne, para así demostrar que la putrefacción es el fin último que espera a nuestros cuerpos, aun hayan sido, ellos, portadores de todas las noblezas y hermosuras soñadas. Sumido en mi tristeza, escuché, casi sordo, la solicitud de Simias, quien me suplicaba poder visitar a mi hermana. Sin prestarle casi mi atención, me negué envuelto en un acceso de ira irrefrenable. Arremetía contra todo lo que imaginaba que me privaba de la posesión exclusiva de lo poco que entonces creía tener aún de mi querida Caris. Y un celo indominable me impedía compartir con alguien mi dolor y aun su pensamiento. Pasé aquellos días hundido en la oscuridad de mi estancia, cegadas las ventanas y sellada la puerta, atento al rumor casi imperceptible en que se resumía el vivir de la casa. Podría afirmarse que todos los habitantes de la hacienda de Agios nos hubiéramos retirado, pegados a los muros, dejando el paso libre al aterrante Tánato. Sentía discurrir ante mi puerta el leve paso cansino y reptante de la triste Forsila, quien no se despegaba del lecho de la niña, sino para acarrear una hidria que tuviera el agua un poco más filtrada o más fresca. La fiebre hervía sobre el cuerpo delgado de mi hermana, consumiendo y descarnándola con cuanta palidez pueda imaginarse. Y, para todos nosotros, los días se enlazaban con las noches, cual si estuviéramos presos dentro de una caverna, pues la agonía era larga como la hebra con que Ariadna procuró la libertad al ingrato Teseo.
Un amanecer, fui arrancado de mi abatimiento por el golpe tremendo con el que la loca Drosis descerrajó mi puerta. Me incorporé preso de indignación y vi a la esclava tracia, rígida, en medio de la entrada. Últimamente, era muy poco pródiga en palabras y vivía absorta dentro de su cabeza. Me dirigí a ella para abofetearla, pero algo inconsciente consiguió refrenarme. Sus ojos pedían en mí una pregunta y su semblante estaba como transfigurado. Incierto, le indagué: “¿qué ocurre?” Y lleno de súbita alegría corrí hasta el lecho de Caris y besé sus manos y me tendí a su lado. Quería resarcirme de cuanto el mal había gustado y aspirado en exclusiva durante veinte días, abrazado a aquel hermoso cuerpo. La fiebre había descendido y mi hermana se estremecía, leve, como una lámpara en la que escaseara el óleo, pero estaba viva.
Vimos, poco a poco, retirarse a la peste. Y, poco a poco, fuimos creyendo nuevamente en la vida. Ofrecí un sacrificio espléndido en gratitud a la diosa y reclamé el perdón de Simias, a quien había inferido, por mi miedo y por mi falta de temple y fortaleza, un dolor gratuito y salvaje. Una vez más, cuando Caris estuvo ya repuesta y la serenidad había vuelto a mí, fue Amasis quien me pidió que reflexionara sobre mi proceder con Simias, quien, respetuoso, había aceptado mi terca negativa, sufriendo en silencio su tristeza y una pena infinita. Busqué al tebano y contemplé la grandeza de su corazón mientras yo, torpemente, trataba de exculparme de una actuación sin razón y sin lógica.
Muy lentamente, la vida comenzó a alentar de nuevo en Atenas. Las lluvias limpiaron el aire y el frío del invierno, descendiendo desde el monte Himeto, purificó lugares, animales y hombres. Nicias asumió el peso del Estado y, desde su potestad sobre los oligarcas, infundió a los conflictos bélicos su decidido temple pacifista, espoleado, no obstante, por el verbo encendido y hábil del orador Cleón y los demás demócratas, que abogaban, tenaces, por la beligerancia. La armada de Atenas seguía instigando y procurando debilitamiento al enemigo, aun a pesar del revés que nos había causado la epidemia, que al fin había arrasado con un tercio de nuestra población, dejando sumido en la desesperanza al pueblo en su conjunto.
Cuando todo regresó a la normalidad, reanudé, pujante, mis entrenamientos. Alexias se empleó decididamente en mí y Timasión me aplicó nuevas maceraciones y aceites, que parecían cargar de empuje y de vitalidad a todos los miembros de mi cuerpo. Caris comenzó a recibir las visitas regulares de Simias, y su existencia pareció cargarse de sonoridad y de amables colores, aunque todo ello en medio de la perenne inquietud que siempre la reportaba la inalienable espera que dispensaba a Agios. En nada disminuyó hacia mí su afecto y su dulzura. Es más, parecía que se sintiera deseosa de transmitirme cuanto de felicidad y consuelo le aportaba la compañía del entrañable Simias.
Sin embargo, en mí comenzó a fijarse una obsesión inquietante. Entre las telarañas inexplicables de mis sueños, cuando Hipno me arrastraba a su espesura, veía yo, noche tras noche, el regreso de Agios. Dormido con los ojos abiertos, como dicen que Endimión enamoró a Selene, era testigo de la aparición repetida de mi padre, quien, cual Ulises, me imponía su desalentada supervivencia, como éste hiciera con Telémaco. Venía Agios, invariablemente, ceñido con un casco, cuyo fulgor le hacía centellear como el bronce cuando está bruñido. En el fondo de sus aberturas, sus ojos aparecían inmóviles y duros, y su boca tenía un sesgo amargo y despreciable de reproches. Volvía Agios armado con su espada y fajado a su escudo, sobre cuyo tondo central se retorcían siete serpientes con ojos de rubí, como las que brotan de la cabellera de la horrible Medusa. Sobre su peto, Euríale, candaba esas fauces que siempre habían poblado de temor mis recuerdos, desde cuando viera por primera vez su imagen tallada sobre las armas de lucha de mi padre.
La desaparición de Agios se hundía en la desconcertante fosa de los misterios. De algún modo, me hacía sentirme culpable de su suerte. ¿Habría muerto? Tal vez sería esclavo en otras tierras. Creía, en lo profundo de mí, que todo aquello era algo semejante a un lúgubre y mezquino desafío. Mi desamor y desprecio hacia él, mi incomprensión hacia sus debilidades y su temperamento, se cobraban su precio de este malvado modo. Ahora ya no tenía frente a mí al padre que siempre había aborrecido. Tampoco yacía en ninguna necrópolis ni bajo ningún monumento funerario que lo perpetuara y diera lecho fijo. Ni siquiera podía afirmarse que fuera un héroe a quien el pueblo honrara con su estima, aun a pesar de haber sido cincelado su nombre al final de la losa que proclamaba el dolor de la patria. ¿Podía, incluso, sentirle adornado con las bellas palabras y el elogio encendido, con los que el desaparecido Pericles había ensalzado a los muertos por la causa de Atenas, aquella tarde llena de poesía y grandeza en el Ceramicón, cuando todo el mundo sintió sobre su piel el temblor emocionado e insigne de la gloria?
Una y otra vez, volvía a mi recuerdo la noche en que cenamos juntos. El desgarrado y a la vez oscuro presagio que se suspendía sobre todas sus confidencias y sus revelaciones. Casi a diario, solía yo visitar en su establo a Mirkos. El caballo había regresado junto con nuestro esclavo y él era para mí la última esperanza. Recorría su piel, miraba sus pezuñas, indagaba en sus ojos; trataba de interpretar cualquier marca o indicio; algo que pudiera permitirme, al menos, formularme alguna conjetura. Pero el compacto silencio me dejaba sumido entre brumas y culpas. A mi padre le había suplantado su sombra y a mí, ello, me resultaba un lastre insoportable. Era como si nunca ya pudiera sentirme firme ante mí mismo, como si jamás me fuera a ser permitido disponer de mi yo.
Recordé sus palabras: “Y, Antandros, si el designio de la diosa fuera contrario a mi regreso, no me guardes rencor por cuanto aún no entiendes. Ve hasta Sófocles y pídele que te transmita el rezar del Oráculo, que un día me fue pronosticado en el templo de Delfos. Excúlpame, entonces, y ofrece en mi memoria un sacrificio a Apolo”. Sin embargo, algo interior se me negaba a interpelar a Sófocles, pues que me resistía a ser, una vez más, manipulado por el espíritu avieso de mi padre.
El tiempo transcurrió sin que nada viniera a ampararme. La presencia y la compañía de Amasis fueron siendo para mí cada vez más indispensables. Él era mi reducto y mi confidente, mi amparo y mi fortaleza, mi regla de mesura y el centro de mi afecto. Patrullábamos juntos y, juntos, hacíamos rondas y vigilias sobre los muros o saliendo a los campos en los que el enemigo sembraba su osadía. También comencé a sentir la fuerza de Amasis en cuanto se relacionaba con mi preparación firme para ser un atleta de Atenas. La guerra, con sus cientos de misiones, campañas e incursiones, fraccionó la asiduidad con la que antes me relacionaba con mis otros amigos. La guerra siempre altera y troncha cuanto invade, y su presencia era ya perpetua entre nosotros.

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