3.11.13

CAPITULO DUODECIMO





Nunca la pasión sabe de dimensiones. Así pues, cuando nos alcanza, el error, la negligencia o la falsa visión, se elevan a virtudes. Entonces, el baremo celoso que guarda la justicia y la mesura, se hace incomprensible; la realidad se desproporciona, y la vida nos parece -extrañamente- vida.

XII

EL GOZOSO EXTRAVÍO
Perteneciente a otro ser distinto a mí, me parece que es cuanto voy describiendo. Así de irreal se nos hace el vigoroso pasado, cuando la vida nos ha puesto sobre los ojos la venda del cansancio y, de todo cuanto nos ilusionaba, nos ha mostrado también su envés miserable. Me gustaría, pues, creer aún en lo que entonces creía, sentir la indolencia de lo desconocido, sufrir o gozar con aquella pasión instantánea y demente, que abrasaba en sí las dichas y las penas, sin dejar cicatrices ni manchas perennes e imborrables.
Amasis creció ante mis ojos de un modo portentoso. Su serena firmeza contrastaba tanto con nuestra furia loca... Cuando conversábamos, siempre lograba dar a sus palabras un punto de coherencia más allá de lo meramente visible y aparente. Puedo asegurar que fue en sus ojos donde todos vimos antes que en ningún otro sitio el rumor bronco de la guerra que iba avanzando, inadvertidamente, como un tronar lejano de nubes que el viento va empujando. Me gustaba pasear con él por el Museión. A veces nos acompañaban Cármides, Telis o Cleofonte. Pero era, cuando ambos nos encontrábamos solos, cuando Amasis hablaba con mayor libertad de los turbios pronósticos. No era, sin embargo, un ser llamado al desánimo. Tras sus duros augurios, siempre se afianzaba ese paso hacia el futuro que todos juntos habríamos de dar a favor de la grandiosa Atenas.
Alcibíades, Antioco y Aristófanes encarnaban, sin embargo, un modo de ver la vida en todo diferente. La insolencia y bravuconería de Alcibíades ejercía sobre mí también un seductor reclamo. La elegante soltura de su procacidad, el valiente atrevimiento de sus iniciativas y la ingeniosidad desaprensiva de sus ocurrencias, eran, para mí, un elemento admirado y temible al mismo tiempo. Junto a él, Aristófanes se convertía en un portento de ingenio. Satírico y ridiculizante; era capaz de ensartar los más finos y acerados retratos de cuanto nos estaba rodeando. Su facilidad para poner brillo y color sobre las palabras y vestir con ella sus ocurrencias e ideas, lo convertían ya en un comediógrafo sagaz y cotidiano. Antioco era, a su vez, un magnífico lugarteniente. Secundaba chanzas y bravatas, apoyaba todos los proyectos por descabellados que pudieran parecernos. Veía de la vida solamente lo que era positivo y estaba dispuesto a la fidelidad, como si fuera un profundo amor lo que lo unciera a quienes él consideraba sus amigos.
Los puntos cardinales de mi existencia, entonces, lo completaban: el rigor creciente y feroz de Alexias, que día a día me iba imponiendo un régimen más austero y más duro, y el rescoldo todavía templado que aún me suponía el afecto y el odio, que para mí se guarecían en la casa de Agios, en la que Caris seguía entristeciéndose.
Viví aquellos tiempos entre la voluptuosidad de los sentidos que apenas me habían despertado y la intransigencia del esfuerzo y las nobles ideas que me iban calando como una lluvia fina y tal vez, inclusive, molesta. Fueron los tiempos en los que tuve más claramente el alma dividida, si es que una fragmentación puede, de modo alguno, considerarse clara. Puedo afirmar sin orgullo que viví vertiginosamente, envuelto entre la confusión que siempre ciega al apasionamiento. Disfrutaba enloquecidamente cuando me unía a Alcibíades. Eran jornadas plenas de ingenio y elocuencia. Hablábamos atropelladamente como si el Oráculo hubiera prendido en nuestras bocas. Circulábamos de un sitio para otro sin descanso ni rumbo. Luchábamos, nos zambullíamos, salíamos al campo, visitábamos los baños y las tiendas. Azuzábamos a los sofistas y perseguíamos a Sócrates, en cuya compañía nuestro trastorno parecía recabar fortaleza y mesura. Nos gustaba la admiración que despertaban nuestros cuerpos y nuestra juventud. Todo lo que tangenciara el lujo, el placer y las artes, nos reclamaba con insistente ahínco. Amasis contemplaba toda aquella actividad con medido respeto. Solía aparecer por el Estadio y esperar a que yo terminara todo mi entrenamiento. Y confieso que, de un modo impreciso, su presencia era capaz de motivar aún más mis deseos de progreso y de triunfo. De tal modo que, después de algún tiempo, fui reclamando sus visitas como un acicate que me espoleara de modo imprescindible. Cuando yo finalizaba mi preparación, solíamos dar largos paseos. Bajábamos a los puertos o subíamos al monte Lycabeto. Conversábamos de arte o hablábamos de la patria. Y cuando su juicio riguroso y su palabra firme censuraban todas aquellas vacuidades en las que yo, frecuentemente, solía verme inmerso, nunca advertía un punto de encono o de abyecta censura en sus reproches.
Mi relación con Agios seguía creciendo en deterioro. Únicamente pernoctaba en su casa. Sus ocupaciones lo tenían absorto y, supongo, que consideraba que, a pesar de todo, mi ruta ya estaba trazada y que el ejército y la competición, por el momento, me irían moldeando. No obstante, Pistias, seguía a distancia todos mis movimientos. Ahora era como un mero espía que obrara su trabajo entre las sombras.
Una noche, Caris vino a mi cuarto aterida de frío. La vi encogida portando una lámpara minúscula de arcilla. La escasa claridad aportaba a su cara la luz que afila a los espectros y les pinta la faz de cerúleos matices. Traía sobre sus ropas blancas el cobijo de un manto azul y su cabello suelto caía en sus hombros como desmadejado. Se me aproximó y acercó sus labios hasta mi oído. La fiebre quemaba sus palabras temblorosas e inquietas. “Antandros, levántate despacio y ven en pos de mí”. Me incorporé y tomé mi capa para recubrir mi cuerpo desprovisto. Durante un instante, vi cómo mis pies enormes seguían la huella de sus leves pasos. Al salir de mi cuarto sopló la lámpara y todo se hizo negro. Sentí el sudor de su mano tanteando mi cuerpo hasta encontrar la mía. En silencio impecable me llevó hasta el patio. Conocía la casa con esa precisión que tienen en lo suyo quienes han sido cegados por los dioses. Allí el resplandor profundo de la noche recortaba el perfil del tejado y el recto caer de las columnas. Perdido entre la sombra, sentí el salpicar eterno que escanciaba el fauno sobre la enorme concha que hacía de pileta. En la esquina que daba al mirador, la ciudad se mostraba como un mural extraño pintado en la negrura. Yo la seguía dócil. Se detuvo y se pegó a mi cuerpo, temerosa y temblando. Ahora su pálpito me resultaba claramente audible y el olor de su carne impregnaba la mía. Mi cabeza estaba tras su nuca. Fue entonces cuando escuché aquel quejido largo, que en nada podía recordarme a un lamento humano. Sentí un escalofrío naciéndome en el cuello e irradiándoseme a través de mis brazos hasta el confín de mis dedos de tierra. Me noté, a su espalda, abrazando a Caris, que se había detenido y se había abrigado con sus brazos y los míos cruzados en su vientre. “Escucha, Antandros, es Drosis, que suplica que la reciba Agios”. Un frío chapuzón, me descargó la noche, cual si algo viniera a escupirme en la cara. Afilé mis oídos y escuché el lamento aguzado que alguien, agotado de lástimas, surtía como un hilo. Sé que tensé mi cuerpo en una búsqueda urgente de pétrea fortaleza. En un instante, noté la humedad de un sudor de ira que me cubría como un vestido sucio. Pensé ir hasta aquella puerta y arrastrar feroz a aquella desgraciada que así se humillaba ante quien no era más que un ser cruel, despreciable y lascivo. Pero Caris abrió sus brazos a uno y otro lado para impedir mi avance. Luego se volvió hacia mí y me besó en el cuello. Tras ello, me cogió de la mano y me condujo nuevamente hasta mi aposento, por entre una negrura que ahora era más negra. Sentados en el lecho, me pidió que me tranquilizara. Ella estaba aterrada. Cuando me fue posible, la conforté y le pedí que se fuera a su cuarto. Al día siguiente hablaríamos de ello.
No concilié el sueño. Una y otra vez, creí oír aquel llanto felino que reclamaba amor y lujuria como la sal y el pan, imprescindibles, que sirven de alimento. Como un acero que trepanara mi cráneo enloquecido, sentía aquella súplica desposeída ya hasta de las palabras. Y sólo cuando el claror del día rendía ya mis fuerzas, pude entrar aturdido en el submundo apacible de Hipno. Y creo que soñé que Tánato, su hermano, me rescataba de este pútrido mundo en el que, de modo tan abyecto, se fundía tanto placer y tanta desventura, como a mí habían sido capaces de entrelazarme aquella noche aciaga.
Cuando me levanté, busqué a la tracia hasta que di con ella. Una vez más, logró paralizarme su hermosura, que ahora residía en la leve enajenación que la envolvía toda. Su cara, eso sí, estaba ocupada por un gesto profundo más allá del dolor o la cruel tristeza. Estaba en el patio trasero, allí donde se encontraba el establo de Mirkos. La esclava lavaba algunas ropas que iba tendiendo para que Helio nos las purificara con su calor sagrado. Ahora cantaba con su voz apagada, casi como si recitara parlamentos de un coro para no ser oídos. Mirkos asomaba su crencha de azabache y movía su belfo enseñando los dientes, orgulloso de fuerza. Era la insolente exhibición de su belleza y de su risotada. Mentalmente, comparé al potro y a la esclava y me marché confuso y lleno de repugnancia y asco. Para Agios, ambos, no eran más que otras dos posesiones.
El estío nos llegó candente como caldo de plomo. Los campos descuidados se iban convirtiendo en terrenos desérticos, en los que los reptiles poblaban la maleza que, codiciosa, se iba apoderando de casas abandonadas, estanques y establos, desde tiempo, vacíos. La ciudad seguía engrosando como hacen los odres que se llenan de vino. Y el calor, insano y pegajoso, junto con la miseria y la aglomeración, continuó alzando el número de enfermos, que empezaba a ser un tanto preocupante. Hipócrates seguía inmerso en sus tareas sin querer distraerse de su celo y su entrega. Algunos jóvenes le servían de ayuda y, en su entorno, podía intuirse cómo se levantaba con sigilo lo que, un día, llegaría a hacerse una escuela importante. Su religiosidad seguía inquebrantable, tal vez porque, frente a la enfermedad enigmática y fiera, únicamente puede buscarse luz recurriendo a los dioses. Todos los días podía encontrársele en el templo de Asclepio antes de amanecer. Hacía sus ofrendas y saludaba al dios. Y de él tomaba saber y energía para ejercer sus artes. En los arrabales de Atenas se le consideraba un regalo donado por el hijo de Apolo. Muchas noches las pasaba escribiendo en sus libros, con minuciosidad, cuanto iba observando. Incluso, había comenzado a aprender el lenguaje de Jonia, pues que poseía más términos y mejores matices que su lengua de Doria. Quienes vivían en su casa, decían que, a ratos, Hipócrates se quedaba completamente inmóvil, con los ojos perdidos, vacías ya sus cuencas para cualquier percepción de lo real y humano. Aseguraban ellos que parecía, entonces, como si el sabio estuviera leyendo saberes e instrucciones en un libro invisible que el dios le presentara.
Una mañana vino hasta el Estadio, Pistias. Agios había pedido mi colaboración para un asunto que le era importante. Debía ir sin pérdida de tiempo hasta la villa Caris y traer una paloma que con seguridad habría regresado hasta la vieja casa. Me extrañó aquel requerimiento. Mi desprecio a Agios me era tan intenso, que apenas si podía yo concebir que no fuera, para él, evidente mi encono. Sin embargo, recordé, que siempre que mi padre necesitaba alguien hermético, que pudiera conservar un secreto a ultranza, recurría a mí. Sentí una mezcla de altivez y de rabia. Solicité de Alexias su permiso y comencé mi marcha. Se me había aconsejado que saliera de Atenas sin despertar sospechas. Por el camino que debía seguir, nadie recelaría, pues que era una de aquellas rutas que yo más frecuentaba. Corrí bajo el sol rabioso de la tarde. De nuevo volví a sentir la desigualdad de aquel áspero suelo y el ahogo terrible que me proporcionaban los cambios de mi ritmo. Hacer la gran carrera era algo distinto a correr sobre llano. No me detuve ni bebí de las fuentes. Cuando avisté la granja, una mezcla de ternura y tristeza me recorrió entero. Fue entonces cuando percibí mi fatiga y detuve mi empuje. Me dolía el cuello y mi pecho pedía más aire para abrirse. Una gran desolación invadía el entorno. La casa, como una mujer bella olvidada a su suerte, parecía haber entrado en un letargo sereno y desatento. Algunas zarzas arañaban los muros y se volcaban dentro de las altas ventanas y sobre el balaustre. Las hierbas sigilosas habían germinado entre lanchas y muros y hacían contrastar su verdor incipiente con el color desvaído y amorfo que unificaba todo. La higuera de la entrada había progresado desmesuradamente, queriendo ocultar la inmensa desventura. Entré en su interior. Un silencio latente la abarcaba entera y un olor a abandono y a alimentos añejos ocupaba todos sus aposentos, cual si éstos no fueran sino descuidadas bodegas. Llegué hasta la cálida terraza. Estaba roto el muro y sus cien desconchones exhibían enormes costras semejantes a lepra. El polvo y las arañas cosían las esquinas, y muchas hojas secas yacían en los ángulos, cual testigos de un tiempo sin fecha definida. Recordé los sueños concebidos y temblé evocando a Talía, aquella noche hermosa en que viniera a visitarnos Sófocles. Y tuve que salir al instante de entre aquellos muros, que ahora parecían los de una mazmorra.
El palomar estaba arruinado. Sus desechos habían comenzado a convertirse en tierra. Y todo ello era el vestigio confuso de algo indescifrable. Sobre las tejas rotas, hundidas en la hierba, la paloma de Agios se movía inquieta buscando algo impreciso. Iba y venía elegante y nerviosa, dudando y afirmando que aquél fuera el sitio donde hubiera vivido hacía mucho tiempo. Sólo estaba ella. Me costó acercarme. Me ayudó el puñado de grano que Pistias me había dado en un talego mínimo y que yo había traído sujeto a mi correa golpeando a mi muslo. Cuando se confió, la acaricié sereno y la tomé en mis manos. Sentí su corazón latiendo inquebrantable. La acaricié y acerqué su cabeza a mi cuello, donde el sudor aún seguía humedeciéndome. Un poco después, la hundí entre mis ropas, allá por mi cintura y esperé a que buscara sitio pegándose a mi vientre. Sentí el arañazo asustado de sus patas encontrando acomodo y la caricia de seda que me hacían sus plumas. Un momento después, volvía yo corriendo hacia Atenas, tal vez, huyendo de todos mis recuerdos.
Entré en la ciudad después de anochecer. En la casa de Agios me esperaba Pistias. Tomó el animal y buscó su anilla. Sus ojos descansaron al hallar el mensaje. Luego se perdió en la umbrosidad de los cuartos de Agios. Supe después que estaba próxima la llegada de nuestra nave Andrómaca. Su vuelta de Corcira estaba ya anunciada y las noticias no parecían gratas. Vi cómo mi padre salía precipitadamente hacía la Pritanía. Pistias llevaba, pesaroso, al animal junto a las otras aves, que ahora estaban confinadas en jaulas.
Cuando se anunciaron unos nuevos agones, yo bullí jubiloso. Sin duda alguna, había llegado mi espléndido momento; al fin sería atleta, emblema de mi patria. Alexias me pidió que le acompañara una tarde hacia el puerto. Caminamos despacio bordeando la playa, dejando que el mar lamiera nuestros pies como un sumiso perro. Fue allí donde me anunció que yo no partiría junto con los olímpicos. Sé que me quedé como petrificado, no queriendo creer aquello que escuchaba. Creo que no osé ni mirarle a la cara por no certificar sus palabras terribles, en un intento vano de que fuera una chanza. Clavé mis ojos vítreos en los pies que el mar me esmaltaba, ahora doloridos por un millón de esfuerzos vacíos y grotescos. De pronto caía sobre mí el peso insoportable que porta el desaliento. Y un charco de incomprensión sellaba mi garganta sin que fuera capaz de lanzar la pregunta. Alexias me explicó sin que yo le atendiera. Un vacío infinito me envolvió la cabeza y sus palabras no eran más que un dogal maldito que yo no percibía, perdido en la distancia. Mordí mis labios hasta arrancarles sangre. La brisa que escupía el Egeo azotaba mi cara lo mismo que una burla que el mundo me infiriera. Cuando nos despedimos, me senté en la orilla hasta que el vómito del mar se me fue acercando con su acoso de espuma. Algunos pescadores volvían fatigados de su ruda jornada. Les sentí, absorto en mi incomprensión, descargar sus pescados. Los peces eran como mudos cuchillos llenando sus banastas. La plata hecha muerte tras surcar los océanos... Todo era irreal; irreal y maldito.
Cuando Helio bajó, me subí a una barca y remé mar adentro a la búsqueda de un dios que cobrara mi vida. El mar me oponía su pecho repleto de potencias y de ocultas pujanzas. Era como la vida negándome la vida. Bogué decidido y furioso en busca del bronco Posidón para pedirle que me llevara al fondo de sus más negras aguas. Luché contra las olas hasta que el sudor descarnara mis manos y el cansancio me sumiera en un desvalimiento que arrancara mis lágrimas. Lloré lastimero y rasgado por una incomprensión que me roía el alma. Y frente a la isla de Egina, clamé a mi madre para que me amparara ante tanta desdicha o me hundiera en el mar helado de la muerte.
Al regresar a casa, me esperaba Amasis. Hubiera preferido no encontrarme con nadie, pues que el dolor, cuando es verdadero, no debe compartirse sino con el silencio. Había ido a buscarme a casa de Alexias y él le había insistido que debía encontrarme. Apenas me miró, supo que algo raro me había quebrantado. Le pedí que no me preguntara. Una vez más, paseamos despacio por las calles de Atenas. El calor hacía que las viviendas estuvieran abiertas y muchos ciudadanos, que no tenían patios, se encontraran sentados al pie de sus entradas. La conversación era para todos la misma. Aquel día se había celebrado Asamblea del pueblo y Pericles había clamado con perfecta elocuencia. “La patria debía engrandecer cuanto fuera posible su ya nutrida flota. El futuro de Atenas descansaba en su indiscutible dominio sobre el mar”. Ésas eran sus conclusiones férvidas, cuando sus adversarios le recriminaban el abandono que el campo había sufrido y la gran población que amparaba la urbe.
Durante un largo trecho, no cruzamos palabras. Nunca encontraré a alguien que, como Amasis, sea tan capaz de respetar, sin miedo, el silencio que a veces debiera rodearnos en algunos momentos. Cuando me tragué el temor que me imponía escuchar el mensaje de mis propias palabras, le dije secamente: “No iré a los agones; me lo ha anunciado Alexias”. El vacío me rodeó de nuevo como un cepo de hierro. Noté cómo mi amigo ponía su brazo apoyado en mi hombro y lo sentí próximo como sólo había sentido a Caris y a Talía. “Antandros, sé paciente. Para Alexias eres su atleta más querido. Tendrá fuertes razones, si así lo ha decretado. No debes desconfiar de su afecto y criterio”. Yo no le respondí. Las fuerzas me faltaban tan evidentemente, que era incapaz de argumentar razones ni discutir las causas. Cuando nos despedimos, me extendió su brazo y, al confrontar el mío, noté cómo su fortaleza venía hasta mi encuentro.
Durante algunos días, no volví al Gimnasio. Bajaba diariamente hasta Muniquia y me guarecía en el rigor brutal y ciego de los adiestramientos con el uso de armas. Me gustaba lacerar aquel cuerpo mío que, sin saber por qué, creía el causante, al suponer que él no había seguido el mismo ritmo que encelaba mi espíritu. Y el poco tiempo que me restaba libre, lo invertía acudiendo al taller del dilecto Simón, cuyas evocaciones e ingeniosos monólogos me proporcionaban un calmado deleite. Telis, se sentía orgulloso de que con tanta asiduidad frecuentara nuevamente su casa.
Un día vinieron hasta aquel lugar, Sócrates, Antístenes, Simias, Cristóbulo y Fedón. Su conversación era siempre atrayente. Sócrates y Antístenes vestían el tribón; esa túnica que hoy sólo se atreven a calzar los más pobres. Sócrates lo hacía por rigidez y austeridad para consigo mismo, Antístenes, por pura exhibición. Llegaba su encubierta jactancia a tal extremo, que colocaba los rotos de modo que éstos fueran mucho más evidentes. “Antístenes, en tu sobrio y mísero vestido luces tu vanidad”, le dijo Sócrates, haciendo uso de su sutil ingenio. Todos rompimos a reír, pues que sabíamos que, para reclamar la atención de las gentes, rasgaba intencionadamente la tela de su manto. Aquel día la enseñanza giró en torno a las instituciones, los dioses y el legado que nos habían hecho nuestros antepasados. Sócrates era tan profundamente ateniense, que sin hacer valoración de la actitud de nadie, defendía aquel sentido del deber que a él lo obligaba a no dejar su patria, si no era, forzado, por ir a defenderla. Era allí donde debía enseñar a los hombres a sacar de sí mismos las verdades ocultas e ignoradas que en todos habitaban. Tenía él siempre a gala ser hijo de partera. De la hábil Fenárete había aprendido el mecanismo sutil de su modo de obrar: hacer que cada hombre pariera las verdades que en sí había engendrado la diosa de la sabiduría. La polémica derivó después al cobro de estipendios. Recordé a Xantipa y a Menéxeno, improperiando a su padre por su esplendidez para con sus discípulos, de quienes jamás requirió honorarios ni bago. Su obrar -aseguraba Sócrates- no era en sí sabiduría, sino simple pericia puesta entre sus manos, graciosamente, por un don del Olimpo. Serían, pues, los dioses quienes, lógicamente, debieran cobrar sus remuneraciones. Él ya se sentía compensado en exceso con el placer que le proporcionaba ver brotar de las rocas humanas el vivo manantial de los conocimientos y, a su vez, nutrirse él de ello.
Yo, a pesar de mi esfuerzo para no demostrarlo, estaba sumido en un gran extravío. De pronto, todo se había salido de su sitio. La sombra de Alexias se me representaba como la del infame traidor que me había vendido. Antes de retirarse, Sócrates se vino hasta mi lado. “Sé, Antandros, que no irás a Olimpia”. Lo miré fijamente, quizá como nunca antes lo había mirado. Pasó su brazo por mi hombro y me habló al oído: “Debes creerme, Alexias sabe bien lo que hace. Pido al gran Zeus que te dé la templanza precisa para aguantar la prueba que se te impone ahora. Antandros, seguramente tú consideras sus razones injustas; casi es verdad; lo has superado todo y un lerdo cualquiera se apresuraría a proclamar que ya estás preparado. Aún no lo estás, debes creerme. Verás, respóndeme: ¿Acaso has superado tu ígnea impaciencia?”
Cuando consideraron que era ya hora de marcharse del taller de Simón, todos salimos para acompañarlos hasta la misma puerta. Al despedirse, Simias me estrechó el brazo en un intento cauto de ganarse mi afecto. Cientos de ideas y contradicciones giraban en mi mente. Odio y rencor, perplejidad y asombro, miedo y desprecio. La vida era como un hervor infecto y deleitoso que me sobrepasaba; una batalla desplegada dentro de mis entrañas en las que yo era el que vencía y, a la vez, quien era derrotado. En los días siguientes volví a huir hacia mis soledades. Evitaba el encuentro con todo conocido y pedía a Caris que, si Amasis o Telis venían a buscarme, les despidiera con cualquier evasiva. Mi hermana sabía que yo estaba sufriendo y desde su tristeza compartía la mía.
Un día de rudos ejercicios, cuando la extenuación nos impedía articular palabras, se nos leyó la lista de los que participaríamos en un adiestramiento a bordo de navíos. A Telis se le incendió de entusiasmo la cara, pues que, desde la construcción del trirreme de Agios, sus sueños apuntaban a integrarse en la flota gloriosa de la Liga. Era un ejercicio que nos ocuparía tres jornadas completas, en las que debíamos conocer cómo obran las naves cuando se pierden por los mares adentro. Yo tomé el proyecto con desdén desatento; nada parecía entusiasmarme ahora, salvo el poderme evadir de la vida. El día que zarpamos, el cielo estaba limpio y la luz era un vidrio por el que penetrábamos. Nuestra nave se deslizaba lo mismo que un cuchillo que fuera seccionando sobre la piel del agua. El ejercicio lo realizaríamos junto a nueve trirremes que surcaban parejos a los flancos, esbeltos y alineados. Los largos espolones eran diez escarpelos dentados e imponentes que atemorizaban en su desplazamiento perforando las aguas. Para mí, era la vez primera que embarcaba en un navío destinado a la guerra. En otras circunstancias me hubiera entusiasmado. Ahora, únicamente me entregaba a ello con desánimo dócil. Contemplé cómo el puerto se iba separando y sentí el alivio de quien se desentiende de un lugar donde vive la muerte. En la anchura del mar, a merced de los vientos, sentía que mi ánimo se tendía, aliviado, en un sereno olvido.
Las maniobras fueron muy rigurosas. Vivimos casi perennemente sobre la cubierta y sentimos sobre el cuerpo desnudo el calor del sol y el azote del agua. Sin embargo, todo era limpio allí. La actividad constante impedía toda otra atención que no se dedicara al mar y sus principios. La incierta superficie sobre la que vivíamos hacía que el riesgo pareciera perenne. Conocimos la nave y todos sus gobiernos. Fuimos aleccionados en el manejo de su timón, sus velas y sus remos. Y cuando me tocó subir hasta los palos, trepé abrazado a aquel mástil cómo si en realidad pretendiera ascender hasta el cielo y fundirme en las nubes. Desde arriba, la vida era otra cosa. El miedo al vacío, que el viento agrandaba con su acoso constante, sumaba ese aliciente que luego he probado que tiene, misterioso, todo lo que te arriesga. Pero, sobre todo, era la libertad quien inundaba desde allí a mi alma. Mi amor hacía la luz se sentía colmado de un modo contundente. Aferrado a la verga, sentado en la cruceta, percibía la imponente potencia que hinchaba nuestras velas, cual un empuje brutal surgido del misterio, superior a cuanto regía nuestras cosas humanas, mezquinas y triviales. Abajo, los remos, brillantes y alineados, se alzaban y se hundían en un orden perfecto impulsando al navío. A uno y otro lado, el resto de los barcos eran como los dedos rígidos y potentes de Posidón, desplegados para palpar a Egeo. Y, junto a todo ello, el olor indescifrable del agua y de los vientos, el sabor en los labios del sol y del salitre y el leve levitar de aquellas gaviotas y de aquellos albatros, que se iban meciendo según nuestra cadencia, como abandonados sobre las corrientes cálidas de aire, y que nos perseguían atraídos por el dedo dictatorial del mástil.
Bregamos y sudamos, luchamos y trepamos, simulamos alertas e hicimos que el navío aumentara su marcha hasta su punto máximo. Manejar el timón y las enormes telas que el viento impulsaba, era un difícil arte. El trierarca era un hombre avezado, que ejercía su oficio con cálculo preciso. Cuando hubimos de simular batalla, solicité hacer el oficio de ilota. Descendí, pues, junto a mis compañeros, hasta la hilera última y me aferré a uno de aquellos remos que parecían querer mover al mundo. Necesitaba saber cómo se combatía sintiéndose el último desecho en la estirpe del hombre. Allí estaban las cadenas que uncían a los esclavos en las guerras auténticas. Incluso abandonadas, en un grueso montón de hierros oxidados, resultaban indignas, tétricas y humillantes. Olía a sudor agrio impreso en todas partes. La humedad ayuntaba al calor un tacto aceitoso que hacía que la carne se nos volviera blanda e, incluso, macilenta. El banco era duro. Y la tabla transversal, en la que era preciso afianzar las plantas para no resbalarse, estaba desgastada por millones de pasos de los que no desplazan y sólo se dirigen hacia la misma muerte. Cuando oí el ruido que arriaba el velamen, el pecho comenzó a golpearme con desconcierto fiero. Cada tela que era recogida, zarandeaba el casco para luego sumirnos en una apacibilidad engañosa y terrible. Siempre era así: al sudor y al esfuerzo, al miedo y la impaciencia, al terror y la muerte, les precedían esa calma imponente que envolvía a la nave unos momentos antes, cuando las enormes velas rectangulares les eran retiradas. Luego surgió el grito que anunciaba el combate y, tras ello, el martilleo que cantaba, monótono, cada golpe de remo. Conocí la lúgubre experiencia, entregando hasta la última gota de mi sudor y brío. Y juro por Posidón que remé con furia semejante a la que el viento pone en todos sus embates. Aquéllos que hacían el oficio de hoplitas y estaban en cubierta, iban narrando a voces nuestras evoluciones. Pero allí, hundidos en la terrible panza del esfuerzo y la sombra, tan sólo nos llegaba un confuso alboroto ciego e indescifrable. Poco a poco, la voz y el golpeteo que iba unificando el tirar de los palos, se fue precipitando. Vi a mis compañeros remar como si Posidón les hubiera hartado de un vino delirante y malévolo y entregar toda su fortaleza en aquel ejercicio que encadenaba ahogos. Todos sabíamos que se trataba de alcanzar y pasar lo más cerca posible del casco de aquel otro navío que era el enemigo y, en el momento justo, recoger nuestros remos para así cercenar con nuestro flanco todos los del contrario. Pero algo falló en nuestra maniobra. Y cuando la voz clamó la precisa consigna, ya debía ser tarde. Sentí cómo la pala en la que yo pujaba no seguía a mi esfuerzo. La fricción de los cascos desencajó los bancos y rompió el equilibrio, zarandeando todo lo mismo que si temblara Gea. Un golpe contundente me descargó en el pecho, para, un instante después, dejarme liberado, a la vez que todo aquello cedía quebrándose en astillas y palos. Un griterío confuso brotó de las gargantas, en un deseo informe de ponernos a salvo. Se había provocando el derrumbe de todas las hileras de hombres que remaban. Enseguida comenzó un loco desconcierto de cuerpos apilados luchando por incorporarse entre palos trabados y tablones sin forma. Se imponía el dolor y se escuchaba la voz de la vergüenza clamando entre las quejas. Me quemaba la cara. Y cuando me toqué en aquel escozor, mi mano se tiñó de una sangre caliente mezclada con el agua, que nos había entrado por entre aquellas bocas. Al otro lado, el mar brillaba azul igual que siempre. Pensé lo que aquello sería sujeto a las cadenas. Nos habían vencido.
Cuando fuimos subidos hasta nuestra cubierta, el viento soplaba fresco y reconfortante como si, simbólicamente, él quisiera devolvernos la vida que, en la realidad, hubiéramos perdido. Vi entonces al otro navío girar y retirarse con esa gallardía que siempre aporta el triunfo, aunque sea fingido. Más allá, el resto de la flota seguía enzarzada en combates; obrando y navegando, hermosa, en sus evoluciones. A nuestro estribor, una hilera de muñones desnudos se veía segada. Era la exhibición de todas las astillas de un fracaso evidente. Y sobre el mar, allí, a la deriva, cien palos naufragaban grotescos e insultantes como fiel testimonio de nuestra gran derrota. Luego fueron contadas todas nuestras heridas y nuestras contusiones. Y cuando las velas estuvieron nuevamente izadas y repuestos los remos y reparado el cuero que cerraba las bocas y ceñido con cáñamo el casco, hondamente, arañado por el roce violento, fuimos arengados por nuestro comandante. Un peso de fracaso nos alcanzaba a todos. Y a nuestros oídos se les gritó toda la indignidad que aporta la derrota, a la vez que se nos alentaba para aprender cuanto podía tornar el fracaso en victoria.
Recuerdo que nos anocheció tirados sobre la humedad de cubierta. Había quienes no podían reprimir sus lamentos. El mar estaba calmo. Sin duda, su quietud ironizara con nuestra desventura. Golpeaba insistente contra el casco del barco, cual si llamara, terco, a una puerta cerrada. Me abrasaba la cara, sobre la que me habían aplicado un emplasto de vino mezclado con flores de lampazo. El cielo estaba limpio. El astro asomaba su gran escudo blanco cincelado de incógnitos mensajes escritos o en una lengua bárbara u ocultos tras sus manchas. Imaginé el carro plateado que transporta a Selene. Y cuando el dolor me envolvió en la fiebre, soñé que cabalgaba sobre los dos caballos que tiran de la luna por entre el despliegue de esas telas negras al que llamamos noche.
Al día siguiente no pude levantarme. La hinchazón impedía mi vista y cosía mi boca con un dolor intenso. Pedí que me dejaran tirado en la cubierta. Y alguien mandó que se me improvisara un pequeño sombrajo, para que Helio no mordiera mi carne con su fuego de estío imperturbable. Pasé el día entero febril y dormitando. A ratos, escuchaba el trajín que movía a aquellos compañeros a quienes no había alcanzado el penoso accidente y, nuevamente, volvía a caer en mis sueños inquietos. Hacia el atardecer, sentí que recobraba de nuevo la consciencia y vi a Telis sentado a mi lado, administrándome, con un cacillo, agua. Recuerdo su sonrisa como si ahora mismo la tuviera presente. Cuando anochecía, Helio tomó en sus manos el fuego de Hefesto y con él incendió el transparente cielo. Una luz profunda y espectral cubrió el horizonte de grises plateados y fue cerrando con calma el cofre que contenía el acabar del día. Sé que se me envolvieron la mente y los fulgores y que pensé en cuanto mi corazón tenía clavado como un hierro. Y en un acto supremo de claridad extraña, acepté las palabras terribles de aquél que me quería, sin que yo comprendiera. Y, sin yo evocarla, me vino a la memoria la pregunta de Sócrates: “¿Acaso has superado tu ígnea impaciencia?” Debía confiar en Alexias.
Cuando desembarcamos, Telis me condujo, amable, hasta mi casa. Caris se alarmó al verme la mejilla inflamada y contusa y pidió que viniera a visitarme Hipócrates. En unos cuantos días, sus cuidados hicieron que volviera a su ser mi carne desgarrada y pudiera tomar de nuevo alimentos. Y cuando estuvo cosido el jirón de mi cara, volví yo a hacer mi vida de forma habitual. Pené, no obstante, en la casa de Agios, pues me repugnaba sentirme en su presencia. Por su parte, había adoptado conmigo un gesto, aun si cave, más duro y más distante. Y cuando vio mi cara, tras mirarme un momento, únicamente dijo: “Ante un enemigo, hoy estarías muerto”. Odié aquellas palabras. Odiaba aquel olor perenne de lascivia que él me recordaba y que me hacía detestar el amor y todos sus ramajes. Drosis andaba por la casa de un lado para otro sin tener rumbo fijo y perdida en su mundo, cada vez más ausente.
El día que me sentí totalmente repuesto, pensé en visitar a Alexias y pedirle disculpas por mi flagrante falta. Pero una enorme vergüenza me cegaba cada vez que pensaba acudir a su casa, e iba posponiendo aquella entrevista unos días por otros. Yo notaba que Amasis deseaba que afrontara aquello que él creía un deber inefable. Pero el silencio seguía taponando su boca y respetando mi voluntad trabada en aquella impotencia que aún me aferraba a mi orgullo y desánimo.
Todo en Atenas estaba agitado. La Asamblea del pueblo era casi constantemente convocada y la ciudadanía estaba dividida en torno a lo que podía resolverse en un conflicto bélico. Pericles arengaba, exaltado, en pos de una confrontación que daría sentido y, de una vez por todas, la posición a Atenas que le correspondía. Por su parte, los demás componentes de la Liga de Delos se revolvían incómodos, pues que sus intereses no coincidían ya con aquéllos de antaño que impulsaran sus lazos. Y dentro de mi mente habitaba un marasmo que me mezclaba ideas, sentimientos y actos. Después del accidente, mi cara había quedado marcada por una cicatriz que surcaba visible en mi pómulo izquierdo. Un día en que los oponentes a la confrontación se habían reunido en la colina Pnyx, y cuando ya descendía la multitud, me crucé con un grupo en el que estaba Sófocles. Atento, me detuve para saludarlo. El noble hombre estaba realmente abrumado por cuanto su saber intuía que iba a acontecernos. No obstante, su cariño tuvo como siempre palabras amables para mí y su interés reparó en mi cara, pues había sido informado de nuestro contratiempo. “No debes, apenarte, mi querido Antandros, ahora tu belleza ha conseguido ese punto de sutil dureza que estaba reclamando para hacerse perfecta”.
Pronto me llegaron noticias de Kebe y de los triunfos que lo iban llevando de isla a isla y de extremo a extremo de los inmensos mares. Y sentí envidia de aquella vida suya que lo precipitaba de escenario a escenario, sin tiempo para obrar en su vida de una forma consciente. La mía se me mostraba confusa e intrincada. Me arañaba el amor cual un hambre alojada al fondo de mi estómago, y el brillo de la carne me incitaba entre sus llamadas inciertas y, a veces, engañosas. Me clamaba el orgullo por darle a mi patria el triunfo como fuera, dejando para siempre, impreso sobre el mármol, mi nombre en la grandeza. Dentro de mí luchaban la fe y el desaliento. Todo era vorágine.
Una tarde, al volver de Muniquia, encontré a Aristófanes. Su verbo seguía operando en mí la admiración que siempre me ha causado el hablar ingenioso. No llevaba ningún rumbo preciso y se ofreció para acompañarme hasta casa de Agios. En el trayecto me habló de muchas cosas; del argumento que estaba construyendo para una comedia a la que titularía “Los caballeros”, que no sería sino una invectiva contra el malvado Cleón, en quien aseguraba que anidaba el mal más insidioso sin mezcla de bien alguno que pudiera exculparlo. Yo odiaba entonces casi a todos los que tenían que ver algo con Agios. Y recibí su proyecto sobre aquel régulo con sumo entusiasmo. Hasta tal punto habían caído en mi descrédito todo aquel grupo de amigos de mi padre, exceptuando a Anaxágoras, Herodoto y Sófocles. Cuando llegué a mi casa, estaba tan absorto en cuanto él contaba, e inmerso en el prodigio de su imaginación, que le rogué que me esperara para poder seguir con esa confidencia. El haber nacido en Kydathenea, le había aportado, ya desde su infancia, un conocimiento de la sociedad propia de los suburbios, que ponía color y verosimilitud a cuanto iba narrando. Seguimos nuestra conversación hasta que entró la noche. Me encantaba que alguien se atreviera a poner sobre la escena toda la falsedad y doblez que encarnaban aquellos personajes que decían sustentar la moral de la patria. Ya cuando estabamos a punto de retirarnos, encontramos a Antioco y a Alcibíades. No sé cómo nos sedujeron para ir juntos hasta las tabernas que estaban en el puerto. Aunque estimo que pensé que tal vez aquello me fuera un alivio. Buscaba cualquier forma de exaltación para ser devorado. Y, en medio de tanta confusión como había en mi alma, arremeter contra todo lo establecido, me ofrecía una seguridad precaria pero válida.
Bebimos y charlamos sin tasa y sin tino, observamos a los acróbatas y a las danzarinas. Fuimos de uno a otro establecimiento buscando aquel secreto que suelta los sentidos y hace que el corazón nos palpite en los labios. En todos los lugares, Alcibíades, era recibido con el máximo agrado. No en vano, su presencia era un reclamo y una distinción para donde pisaba. Jamás había yo tomado tanto vino, pues que en todas las tabernas nos convidaban, sirviéndonos de aquéllos que eran más preciados o muestras singulares. En algunos lugares nos unimos a coros de cantores y músicos e hicimos francachela, pues que nos regalaron con manjares soberbios. Ya cuando nos retirábamos, vimos allá en la sombra la luz siempre brillante de la casa de la hetaira Cinisca, con quien el apuesto Alcibíades tenía una amistad probada y sostenida.
Visitarla, fue algo acordado al instante. Uno de esos actos en los que, sin tu concurso, te sientes incluido, y cuya negación se te presenta como un abismo por todo infranqueable. Yo nunca había conocido una mujer en sus intimidades, y el reto me asfixiaba y me tenía tenso y a la vez aterrado. El vino me empujaba en todo aquel marasmo e, incluso, hacía parecer que capitaneaba aquel viaje, para mí, iniciático. Entramos en la casa con la gran petulancia de quienes desean demostrar su rango y su riqueza. Cinisca salió a recibirnos envuelta en su vestido, procaz y seductora. Su casa era un palacio sin parangón alguno en la ciudad entera. Los sones más sutiles brotaban de las flautas de aquéllos que tocaban desde varias esquinas en torno a un gran patio. Plantas que yo jamás hubiera contemplado, cubrían, cual follaje, el bosque simulado donde se guarecían mujeres apostadas, desnudas y veladas por telas transparentes. Jaulas con pájaros tintados de imprevistos colores, pendían por entre los dinteles de las puertas abiertas, que mostraban los lechos enjaezados con sedas, cordones y brocados, llamando a los retozos. Fuentes y pebeteros surtían y ahumaban, inundando la casa de frescores y aromas. Los suelos estaban alfombrados con tejidos de Persia y trenzados de Egipto. Y cortinajes indios cegaban las ventanas, cual túnicas regias tendidas en honor de la diosa. Era, sin duda, aquélla, la casa de Afrodita. Las paredes estaban pintadas por pintores que habían dibujado sobre los amplios muros todas las contorsiones a las que se someten los cuerpos en busca del placer oculto en los fuegos del alma. Amores de deidades volaban por los muros. Eros naciendo del huevo original que engendrara la Noche, y cuyas dos mitades son el Cielo y la Tierra. Faunos y Ninfas, Náyades y Silenos. Viejos y jóvenes, hermosos y decrépitos; todos entrelazados en la guirnalda loca que funde los furores del deseo lascivo. Y todo circundado por trenzados de flores y festones de frutos sobre los que anidaran animales extraños propicios a la cópula.
Junto al patio central, una enorme mesa estaba bien poblada de viandas y frutas mostrando su sazón. Quesos y uvas, dátiles, aceitunas e higos, almendras y avellanas. Hidrias, kylix y cráteras con buenos vinos perfumados y dulces, ácidos y amargos, negros y de oro, verdosos y morados, y de cuantos colores y sabores los producen las cepas. Y a los pies de cada uno de aquellos clinos, que rodean el patio, muchachas humilladas con las jofainas y los lienzos limpísimos, para asear las plantas y secar los cansancios de quienes vinieran fatigados del viaje que siempre entraña un día de tratos o negocios.
Poseía también la casa un espacio dedicado a baños y a administrar masajes. Efebos coronados hacían el oficio de aplicar sus manos y extender los perfumes y aceites esenciados. Era, pues, aquélla, una casa en la que el placer reinaba. Cinisca gobernaba su hacienda con la majestuosidad de una pava real. Extendía su capa plateada, recamada de piedras, cristal y lentejuelas, como aquélla extiende su plumaje, en verdad, fastuoso. Y circulaba por entre las muchachas de servicio ordenando y previniendo que no se descuidaran. Vigilaba a las hetairas que se arracimaban en el bosque magnífico. Y asignaba o sugería a los clientes cuál o cuáles podían, según su gran saber, atender sus demandas. Controlaba a los músicos y sabía siempre lo que acontecía en el cuarto de masajes y baños. Ni un brasero dejaba de alentar bajo sus ojos, ni un perfumador o quemador de incienso cesaba de humear. Y cuando el coro de danzarinas nubias estaba preparado, eran sus manos quienes daban las palmadas para que éstas comenzaran con sus evoluciones. Únicamente a su casa acudían preeminentes y hombres dotados de fortuna. Los viajeros que venían a Atenas, si eran acaudalados, jamás pasaban por la polis sin visitar la casa afamada de la hetaira Cinisca.
Alcibíades se movía por allí como pez en el agua. Apenas entramos, un alboroto se produjo entre las prostitutas, quienes se rebulleron en su racimo de desnudez hermosa. Observé cómo las sirvientas se hacían guiños y señales, los músicos se aplicaban con interés más claro y, al lugar de los baños, llegaba la noticia. La hermosa osadía y procacidad de aquel muchacho seducía a cuantos le miraban y dotaba de atractivo hasta a sus compañías. Cinisca nos atendió lo mismo que a legados que vinieran de Oriente. Al instante, se vino a nuestro encuentro y anunció que, para cuantos veníamos acompañando a Alcibíades, todo sería gratis. Su casa se honraba con la presencia de quien sería y era un generador seguro de exquisitos escándalos. Comimos y bebimos en kylix, sin duda, obras del magnífico Aison, aquel pintor que trabajaba en el taller cerámico del artista Teages. Las copas lucían el primor de unos dibujos curiosos y procaces, mientras que los cristales dejaban ver aquel mundo irreal y soñado, a través de la transparencia de sus bellos colores, entre los que espejeaba un vino seductor fuertemente especiado.
Un rato después de haber entrado en casa de Cinisca, vino hasta mi clino una muchacha joven, velada con un manto que mostraba entre sus pliegues, cuando se desplazaba, un cuerpo blanco, flexible y torneado. Ya la esclava había lavado mis pies y perfumado mi cuello y mis hombros. La mano de Khrysis trajo un higo a mi boca bañado en ambrosía y dejó que sus dedos rozaran a mis labios, tomando de entre ellos un brillo de saliva. Con su índice siguió pausadamente el trazo de aquella cicatriz que, ahora, tatuaba mi rostro. Bebí una vez más y me dejé llevar por el tiro suave de sus manos de espuma. Me condujo a un cuarto en cuya puerta estaba cincelado su nombre entre flores y cintas talladas en el mármol. Yo la había seguido confuso y asustado. Cegó la puerta. Y apenas nos quedamos solos, sopló algunas lámparas e hizo que la penumbra escondiera su cara entre matices suaves. Al quedarse desnuda, vi su vientre y sus pechos maquillados con acierto exquisito. Luego me despojó de mis ropas y, junto a ellas, se humilló en el suelo, igual que un animal que implora una caricia. Y tras quitar mis sandalias, besó y acarició mis plantas, cual si sólo aquel tramo de mí le bastara para alcanzar la dicha. Con los ojos cerrados, sentí cómo mi cuello se estiraba buscando perderse hacia lo alto. Noté su boca quemando en mis muslos y el roce suave de su pelo ocultando mi sexo. Sus manos finas envolvían dulcemente mis nalgas y, un poco después, tomaban mi cintura, mientras su cara blanca parecía quererse dormir contra mi pubis. De un modo imperceptible, se alzó y me condujo al lecho.
Noté entonces que el mundo giraba informe en mi cabeza. El tacto de las telas era una caricia inmóvil y alargada con templanza infinita. El leve peso de su cuerpo me cabalgó liviano y aprecié cómo sus manos se disponían a amasar, sabiamente, mi pecho con deleite infinito. Doblé mi cabeza sobre los almohadones para encontrar sosiego de aquella profusión repleta de placeres y sensaciones nuevas, apenas soñadas o intuidas por mí hasta aquel día. En la pared, estaban dibujadas cabriolas obscenas. Seres dotados con imponentes falos tomaban a doncellas en posturas extrañas. Pájaros y flores contemplaban la escena, cual si tuvieran ojos y gozaran con avidez de aquellas lascivias. A su alrededor, se apiñaban garabatos y nombres, frases procaces y bravatas soeces. Un pincel y un tintero de vidrio yacían junto al muro, para que el visitante dejara allí su rúbrica si así lo deseaba. Signos extraños se agarraban al zócalo como insectos enormes que fueran trepando por la pared arriba. Los viajeros solían dejar allí muestras y huellas de su lugar de origen, de su data o sus años vividos, del amigo o amante, o de la concubina a quien les recordara el placer recibido. Máximas zafias y consignas groseras, adjetivos burdos y desproporcionados, comparaciones imposibles y cifras irreales. Y junto a aquellos nombres que ensuciaban el muro, igual que escupitajos lanzados desde bocas borrachas de lujuria, leí yo el nombre despreciable de Agios, estampado en el friso. Estaba esgrafiado con la punta de un arma, cual si coronara un espacio maldito destinado a mi ofensa.
Salí de la casa perversa de Cinisca sin atender a quienes me reclamaban razones o motivos. Khrysis se quedó desolada ante mi actitud, para la que no era capaz de ajustar las razones, si no era que su comportamiento en algo me hubiera molestado. Respiré al sentirme en la calle. Cuando caminé unos pasos noté que me ardían las sienes. El vino había acidulado mi estómago y una náusea irreprimible me invadió la boca. Apoyado contra el muro vomité queriendo vaciar cuanto en aquel lugar había ingerido. La noche se había puesto fría. Selene estaba descarnada y pálida y la existencia me parecía una burla infinita. Corrí sacando brío de mi torpe impotencia. En mi precipitación había dejado mis sandalias y ahora agradecía que el suelo desigual me hiriera en las plantas. Deseaba la tortura como una exculpación sin razón ni sentido pero que, de algún modo, me era necesaria. La música y las risas seguían persiguiendo mi mente enmarañada, festejando, irónicas, mi trágico destino. El odio hervía en mi interior. Cuando entré en la casa del despreciable Agios, una idea sólo llenaba mi cerebro. Deseaba vengar el amor de Talía, la ofensa hecha a Drosis, la deuda antigua que mi padre tenía con Forsila, el desamor administrado a Caris. Deseaba reunir la ira necesaria para, en un solo golpe, aplicar la justicia que parecía que los dioses habían tenido en el descuido y, ahora, querían poner sobre mis manos.
Entre las sombras me fui agarrando, roto, a puertas y columnas. El patio estaba negro. Algunos perros ladraban a lo lejos. Tropecé con un mueble y tiré algunas copas que rodaron ruidosas, sin que yo me parara a cogerlas de nuevo. Entonces vi aparecer a Caris. Mi hermana apenas si dormía, alterada por aquel ambiente de intriga y amargura que se había apoderado de la casa, desde el día en que faltó mi madre. La inquietó mi presencia. Y yo me abracé a ella. Frente a frente, busqué su boca limpia para borrar los besos sucios de la burda lujuria. Noté temblar su cuerpo. Su carne era dócil y su estructura leve. Y en un arrebato de pasión contenida, que ahora se desbordaba sin poder impedirlo, uní mi sexo al suyo, temblando de codicia, en un intento loco de huir de este mundo y sus reglas infames. En mis labios de tierra saboreé el ardor de sus lágrimas, y mis oídos, cerrados, oyeron el implorar sereno de sus palabras muertas. “No, Antandros, no”. Me desasí de Caris aturdido y presa de todo el desamparo. Y un instante después, dormía, exhausto y arropado, en su regazo, mientras ella mesaba mis cabellos, igual que lo hiciera Talía, tan sólo, algunos años antes.

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