No todos nuestros sentimientos nos son siempre conocidos. Bajo la piel del sentir cotidiano que nos acompaña, fluye y circula otro raudal secreto, incluso para nosotros mismos. De ese modo, a veces, nos emergen afectos insospechados que toman cuerpo sorprendentemente. Otras, por el contrario, se debilitan y tronchan vínculos que suponíamos sólidos y firmes.
XX
EL PLIEGUE INADVERTIDO
Los años que siguieron a mi proclamación corrieron en mi vida como un embravecido soplar de tempestades. El tiempo, como un viajero errante, pasó vertiginosamente con sus noches y días sobre mí sin que yo me diera apenas cuenta. Por ello, cuanto ahora refiero, no es el resultado de algo conscientemente contemplado y sentido en su momento, sino el limo depositado de aquello que, sorprendentemente, mucho después de que pasara, me he dado cuenta de que me había sucedido.
Por aquellos días, mis compromisos como prítano de Atenas me sobrepasaban. La vida pública había entrado tan arrolladoramente en mí que, de no haber contado con el apoyo crítico de Sócrates y otros buenos amigos, me hubiera devorado en poco tiempo con sus fauces de furia y desatino. Comencé a vivir exclusivamente para mi cargo público, dedicando a ello toda mi fe y mi entusiasmo de crédulo inexperto. Incluso, durante el período del año en que le correspondía a nuestra Pritanía ejercer como Comisión Permanente de la Bulé, el trabajo se convertía no ya sólo en absorbente sino también en algo delicado y muy comprometido. Recibir a los Magistrados y a los ciudadanos con sus propuestas antes de presentarlas a la Ecclesia y administrar el orden público, junto con el establecimiento de la mesa de la Asamblea del pueblo, eran siempre tareas muy complejas, plagadas de oscuras intenciones y propicias a denuncias o intentos de soborno. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la guerra siempre altera instituciones, estados y conciencias y hace a las gentes mezquinas, intrigantes, exaltadas e hipócritas.
La noticia del asedio a los espartanos en la isla de Pilos, allá en Esfacteria, por parte de nuestras tropas bajo el mando de Demóstenes, nos llenó de enorme regocijo. En especial cuando, conocidos los pormenores, supimos que habían caído prisioneros más de ciento veinte espartiatas. Tal vez aquello pudiera traducirse en una reducción de hostilidades en nuestro territorio por parte de los peloponesios. En efecto, de inmediato, el enemigo se apresuró a efectuar una oferta de paz. Pero la hábil demagogia de Cleón fue capaz, no ya sólo de rechazarla, sino de hacer que la Asamblea optara por pasar a la más decidida de las contraofensivas. Se reforzaron, pues, las fortificaciones de Pilos, lo que obligó a que nuevamente se aumentaran los tributos que debíamos cobrar de nuestros aliados. Tal medida, siempre impopular, originó enseguida el correspondiente malestar y protesta. No obstante, la maltrecha situación del ejército enemigo nos permitió el grato respiro de unos meses de tregua. Encabecé entonces la facción que opinaba abiertamente que la continua presión sobre nuestros socios haría que las alianzas que nos unían a ellos se debilitaran muy peligrosamente. Mi fama de partidario de la paz y la negociación me granjeó furiosos enemigos e, incluso, una cierta fama de cobarde o pusilánime
Contrariamente a lo que opinábamos muchos, las naves que estaban encargadas de cobrar los impuestos partieron hacía sus destinos. A las órdenes de Demódoco y Arístides, se dirigieron dos barcos hacia el Helesponto. Otro navío tributario, bajo el mando de Lámaco, se trasladó hasta el Ponto y siguió el cauce del río Calete, en territorio ya de Heraclea. Las fuertes lluvias caídas habían convertido el río en navegable. De ese modo, pudieron llegar hasta Calcedón, que era una colonia sometida a Mégara. El desmesurado celo por volver a proveer las arcas de la Liga hizo transitar a los nuestros, cuando ya les resultó imposible la navegación, a pie por el territorio de esos tracios a quienes llaman bitinios.
Pero, un año después, el fiero Brásidas fue capaz de reorganizar el ejercito maltrecho de Laconia. Exultante y soberbio, se dirigió a Corinto y desde allí hasta Tracia, dispuesto a conquistar cuantas ciudades costeras eran nuestras aliadas en la Liga de Delos. Por ello, Cleón, sintiéndose comprometido por cuanto él mismo había sugerido, solicitó el mando de la flota y se hizo él mismo a la mar.
De un modo fortuito, mi implicación en los acontecimientos políticos de mi patria fue cada vez más fiel y más comprometida. Mi, cada día más estrecha, relación con Estelis, el muchacho tebano, que con frecuencia Caris enviaba a mi casa para que me deleitara con su arpa y su flauta, me aportó algunos informes realmente importantes. Solíamos hablar muy distendidamente, pues que me agradaba el modo sutil y elocuente en cómo el músico razonaba, siempre con juicio mesurado y criterio preclaro, sobre cuanto acontecía en nuestro entorno bélico. Las noticias entre criados, metecos y esclavos circulaban en un lenguaje, y sometidas a una síntesis, que las dotaba de una precisión diáfana. El pueblo, intercambiando juicios y apasionamiento en el Ágora, era capaz de discernir mucho mejor sobre aquellas cuestiones, que la elocuencia y altisonancia de los oradores y los magistrados, cuya desmesura las llegaba a desfigurar exageradamente.
Conseguí establecer con Estelis una buena amistad. Siempre me atrajo su talante de artista y creador indiscutible. Y a él, mi atención amable y respetuosa hacia su persona, impropia de alguien como yo para con alguien de su condición, lo comprometió de un modo tácito con mi causa y con mis intereses. Un día, tras una de sus dulces sesiones de música, cuando le pedí que me acompañara a compartir un kylix de vino delicioso traído de su tierra, noté que algo brillaba en su semblante. Era como ese punto de gratitud que muestran los lebreles jóvenes cuando creen haber satisfecho, en una cacería, con su entrega, a sus amos. Esperé paciente a que fuera él quien me confiara su misterio, en la creencia de que se trataría de alguna nueva música compuesta en mi honor, semejante, tal vez, a aquéllas otras composiciones con las que, de vez en cuando, solía obsequiarme. Bebimos sin prisa y hablamos de los últimos rumores que, insidiosamente, iban sumándose en contra de Sócrates, a quien él profesaba una franca y cabal admiración. Cuando el ambiente estuvo propicio para ello, Estelis me anunció que deseaba hacerme una vital confidencia. Asentí grave, pues que el matiz de su voz me hizo pensar que se trataba de algo serio e importante.
Supe por él que era pariente de un hombre llamado Pteodoro, que hacía algunos años había huido a Sifas, la ciudad marítima situada en el golfo de Crisa, en el territorio de Tespias. Según él, siempre había guardado buena relación con aquel familiar suyo. Y a él le había confiado, a través de una misiva que le había llevado un mercader egipcio, su situación actual y su trato amistoso conmigo. Al mismo tiempo, le había hecho saber mi interés por la localización de Licino, quien era sabido que había estado errante por aquellos confines, y a quien él, sin duda, conocía ya que era nacido en Tebas y, por tanto, compatriota suyo. Pteodoro había enviado enseguida, como respuesta, a unos mensajeros que solicitaban hablar conmigo. Al parecer, ellos aseveraban que debían comunicarme con premura algo muy delicado. Oí con perplejidad a Estelis y pedí que me adelantara la cuestión que podía traer hasta mí a los emisarios venidos desde Sifas. Pero como no supo darme más explicaciones, autoricé su visita para el día siguiente. Según me informó, ellos no manifestarían nada si no era directamente a mí.
A primeras horas de la tarde del siguiente día, acompañó Estelis a dos hombres hasta mi casa, uno de Crisa y otro de Queronea. La misión que les traía hasta mí era, en verdad, sumamente secreta. La noticia encerraba la comunicación formal de que gran número de ciudadanos de Beocia verían con buenos ojos el establecimiento de la democracia en las ciudades de sus territorios. Animado tal movimiento clandestino por Pteodoro, nos ofrecían la entrega de Sifas y de Queronea. Tras ellas -nos aseguraban-, se unirían a nuestra causa el resto de las ciudades principales de Beocia. El pacto pasaba, inexcusablemente, por que fuera Hipócrates, el hijo de Arifrón, quien dirigiera la campaña, si es que se acordaba emprenderla. Su prestigio personal y el de su familia ofrecía, al parecer, cuantas garantías les eran necesarias a nuestros oferentes.
Escuché a los emisarios y solicité de ellos la autorización para notificar urgentemente cuanto me confiaban al gran Polemarco, Arconte de la guerra. La misión era altamente comprometida y, en extremo, arriesgada. Pues que, en caso de ser considerada conveniente y aceptada, debían hacerse a la mar los navíos de un modo totalmente furtivo sin que nadie supiera nada sobre su misión y su ruta. Tras varios días de conversaciones, y efectuadas aquellas comprobaciones de credibilidad necesarias, se decretó que, en su momento, Hipócrates se haría a la mar acompañado de Demóstenes, el hijo de Alcístenes. Sesenta naves compondrían la inquietante misión. Supe del Arcontado que otros tantos navíos se encaminarían también con rumbo a Delion, lugar donde se halla el gran santuario de Apolo, en el distrito de Tanagra, frente a Eubea. Se tendería así una acción conjunta cargada de grandes esperanzas. La sorpresa de más de un frente abierto a un mismo tiempo, sin duda, debería inquietar al enemigo.
En medio de tan complejo asunto, mi implicación se convirtió en total. Tras ello, el Arcontado confió en mí otras misiones que requerían prudencia y confidencialidad. Y mi prestigio creció en poco tiempo, a la vez que comencé a ser objetivo de no pocos disidentes y críticos. A todo ello contribuía, de un lado, la envidia que mi posición iba despertando y, de otro, mi amistad abierta y declarada con Sócrates y con cuantos eran sus próximos y amigos. Juntos, comenzábamos a ser sospechosos ante los ojos de aquéllos que se decían a sí mismos sofistas. Era frecuente tener controversias con ellos en el Ágora o en los jardines de Academos. Calicles, Dionisodoro o el engreído Hipias de Elis, buscaban con avidez nuestro rastro para entablar disputa sobre cualquier minucia. Comencé, pues, a tener que conciliar el apasionamiento que me suponía la participación activa en la vida pública de Atenas con aquel ambiente enrarecido propiciado por sofistas y cínicos. Únicamente mi carrera diaria me hacía nuevamente retornar a mí mismo. Correr por los campos, ir al Estadio a conversar con Alexias y ser testigo de los progresos y el entusiasmo que la maduración y la fortaleza iban aportando a mi amigo Xenócrates, hacían que mi vida tuviera un punto de asiento confortable.
A veces, largas conversaciones me hacían disputar diariamente y contrastar juicios y pareceres con Simón, Sócrates y Amasis. La guerra era un tema que continuamente nos hacía razonar sobre asuntos diversos e ideas importantes. La vida y la muerte, el más allá, el honor o el tejer misterioso de los dioses; las nuevas formas de pensar y los eternos postulados. Densa era, para mí, mi actual existencia y llena de acicates y vértigos; comprometida pero muy seductora. Sé ahora que en aquellos días yo estaba aprendiendo a encontrar un lugar preciso ante la historia. Seguramente lo hacía desplazando a unos e incomodando a otros, pero aproximándome también a quienes serían para siempre los míos.
Un suceso llenó mi alma de indignación y propició mi primera desavenencia con Cármides, de quien me separaría definitivamente cuando, años después, tal vez mal aconsejado por su cuñado Critias, fuera uno de los que apoyaron la tiranía de los treinta que tan indignamente afrentó a mi patria. Mi enfado lo provocó aquel suceso, nacido de su falta de precisión y escasez de prudencia, que hizo aparecer al joven Cristóbulo, hijo del fiel Critón, como el veleidoso e impúdico amante de Sócrates. A la mesura y serena argumentación del maestro, quien, lejos de establecer una defensa cabal de su persona, simplemente quiso hacer razonar al tibio imprudente, para que él mismo fuera capaz de discernir sobre aquello que tan desaprensivamente opinaba, se encaró mi feroz controversia. Y cuando mi intervención pública hubo finalizado, yo mismo llegué a sorprenderme del modo violento, pero lleno de grandiosa pasión, con el que había argumentado a favor de aquél a quien siempre he considerado un ejemplo de virtud, dominio de sí mismo y perfección moral, aunque, a la vez, amante y admirador apasionado de la belleza y la juventud de los muchachos. Y de mis labios salieron en aquella ocasión las encendidas palabras, que recordaron a cuantos nos escuchaban el testimonio magnífico y plenamente convincente que había predicado el mismo Sócrates, cuando rechazara, en público debate, las interpretaciones sexuales de las viejas relaciones míticas de Zeus y Ganimedes, Orestes y Pílades, Teseo y Pirítoo y algunos otros ejemplos, con los que los concupiscentes querían apoyar y refrendar sus prácticas indignas y viciosas.
Todo cuanto iba sucediendo en mi entorno obraba en mí un efecto de doble dimensión. Mi vida pública me hacía un ser muy activo y bien relacionado, que aprendía con agilidad a defenderse e, incluso, a atacar cuando era preciso. Pero a la vez, mi ser horadaba en mi interior un íntimo refugio, sobre el que, cada día, estaba más persuadido de que era el único lugar habitable por mi espíritu en los momentos rudos. Con el tesón callado con el que la naturaleza va tronchando a las rocas, hundiendo a las montañas o asolando a los templos que izaron con sus manos quienes nos precedieron, el afecto auténtico de Alexias buscó el modo de volver a ganarme para el servicio a Zeus. Con la complicidad del silencio profundo que siempre acompaña a los mejores actos, fue él implicándome en la preparación de mi amigo Xenócrates, hasta que éste, un día de improviso, me formuló un ruego al que sabía que yo no podría negarme. Comencé, pues, a ser yo su gimnasiarca. Y nunca mi gratitud colmará con suficiencia a mi querido Alexias por lo que aquella decisión mía, que él y Xenócrates, en confabulación, forzaran, obraría años después en mi favor, ante el catastrófico derrumbar que sufrió mi existencia.
Mi participación en los asuntos públicos hizo de mí un hombre de gran prestigio y crédito. Por eso, cuando, tras largas discusiones con Amasis, solicité en su nombre el favor de que fuera relevado de sus funciones como adiestrador de jóvenes guerreros y autorizado para que pudiera ir él mismo a las campañas, el Polemarco me concedió de inmediato su pláceme, satisfecho de poder influir en mi favor y agradarme en algo que yo le demandara.
Traté de persuadir a Amasis para que no se enrolara en la leva que por entonces se hacía con precipitación y muy indiscriminadamente. Los estrategas se veían obligados a no ser muy minuciosos e inflexibles con sus contingentes. Les forzaba a ello la necesidad que se tenía de hombres para cubrir tantos frentes como se pretendían mantener a un mismo tiempo en liza. Pero, el deseo de Amasis de ser digno de su patria y de procurarse un nombre entre los héroes, no le permitía plantearse consideraciones de mayor sutileza. En nuestras conversaciones de aquellos días, hablamos con cuanta profundidad y matices fuimos capaces sobre la paz y la guerra. Él era un hombre moderado que jamás agredía a alguien gratuitamente, pero que veía con toda nitidez que la imposición de la verdad debía hacerse aunque hubiera que utilizar para ello la fuerza. Mi postura era más moderada y respetuosa, asentándose en cuanto de inseguro y mutable puede tener el propio juicio y las creencias. Recuerdo largas charlas hasta el amanecer y acalorados debates. Manifestaré, al mismo tiempo, que tras mi intransigente modo de pleitear se refugiaba un deseo oculto y egoísta de que mi amigo no se ausentara por entonces de Atenas. No obstante, lo vi partir en la nave que mandaba Hipócrates, tras haber efectuado con él la libación que pretendía, fervientemente, la gracia y el favor de los dioses. Y sintiendo ese rumor impreciso que nos anuncia, en un lugar inconcreto del vientre, la proximidad de la tragedia, me retire del mar mientras amanecía. Entre la tibia luz que va devolviendo su apariencia a las cosas, caminé lentamente, agotado por el esfuerzo de mi falsa huida. Fui arrastrando hasta mi propio lecho el desencanto de una noche de placeres y sexo en casa de Teodota y el vacío de un amigo apreciado y ausente.
Dormí inmerso en un sueño de opacidad confusa. Rememoré, entre los aleteos de Hipno y el frío amargo de la desolación, cuanto me había sucedido en las últimas horas. Un velo de penumbra se tendió sobre mí, y supe, con esa certeza que no puede explicarse con palabras, que el dolor iba avanzando hacia mí y se tumbaba complacido a mi lado y allí permanecía.
Cuando Amasis, Alcibíades y Cristóbulo habían sabido con seguridad que se embarcarían al próximo amanecer, vinieron a buscarme. Junto con Xenócrates, Cármides y Aison, decidimos ir aquella tarde a las termas. El ambiente placentero y relajado de la casa de Gurgos era el más propicio para distraer el temor que, aunque disimuláramos, hacía presa en todos nosotros. La guerra había matado ya a muchos hombres de Atenas. Habíamos asistido demasiadas veces a la despedida de aquéllos que no retornarían, y nuestra idea de la guerra no era, como antes, la de una cacería festiva proyectada por desaprensivos. Permanecer en lugares públicos, dejándonos seducir por ambientes repletos de hedonismo, era el mejor modo de no establecer conciliábulos ni entrar en reflexiones que pudieran sumirnos en estados más propios de seres pusilánimes. En cuanto a mí, prefería no considerar aquel tiempo que restaba para la partida de Amasis como el destinado a sentir en mi
interior ese enojoso vano con el que uno nota que nos horadan algunas despedidas.
Gocé del amable sofoco de aquel calor tangible y de esa obnubilación que lo acompaña como una nube densa y pegajosa. Tendí mi cuerpo sobre el mármol candente y me abandone con los ojos cerrados. Junto a mí, podía sentir el murmullo de los cuerpos quietos de mis compañeros. En el extravío de aquella ceguera, impuesta caprichosamente, jugaba a distinguir a cada uno por el aroma que exhalaba su carne sudorosa, por el ámbito etéreo que empujaba cualquiera de sus movimientos, por las risas, los suspiros o las palabras inconexas y perdidas que a veces se escapaban de algunas de sus bocas, entregados como yo al adormecimiento de la exudación. Y, cuando el muchacho vino para conducirme al potro donde aplicaba sus masajes, abrí los ojos y lo seguí obediente como si un dios seductor me fuera arrastrando al mismo Jardín de las Hespérides, para darme la manzana de oro. Atrás quedaron ellos, entregados a sus ensoñaciones, esperando su turno para ser acariciados.
Pedí al efebo que, lejos de amasar y sedar, frotara y golpeara con fuerza sobre mi carne. Y vi cómo, fiel a mi solicitud, enseguida su guante se percudía con cuanta suciedad huía de mi cuerpo. Al mismo tiempo, me notaba respirar a través de la piel que iba enrojeciéndose, forzada por el insistente y hábil manejar de sus manos. Soporté, inmutable, su trabajo disfrutando de un dubio y furtivo placer. Por ocultas razones, necesitaba aquellas sensaciones y no otras. Cuando estuve totalmente recorrido y casi tumefacto, pedí que cesara, le di un óbolo y me retiré a uno de los cuartos pequeños, en el que una fuente surtía un agua fría y limpia que amenazaba con seccionar la carne. Solo, en aquella cámara pequeña y circular, desde cuya bóveda caía una luz filtrada entre lajas de ámbar, jarreé sobre mí cacillos de agua hiriente. De pronto, quería con violencia despertar mis sentidos. Huir de aquella inconsciencia que, tácitamente, me había impuesto junto a mis compañeros. Sí, la muerte se estaba acercando a nosotros, comenzaba su danza seductora en torno nuestro y era preciso mirarla cara a cara. De nada servía ignorarla o disfrazarla con la brumosa llovizna de oro que empapa las frentes y los hombros de las glorias. A la mañana siguiente, mis amigos partirían a la guerra y, en la batalla, Atenea estaría hincada, rigiendo la vida y la muerte con su juicio hermético. Y, a mí, el terror me helaba hasta los huesos.
Entre risas y chanzas, al salir de las termas, Alcibíades propuso ir a casa de la hetaira Cinisca. Era ya anochecido, aunque el último viso de luz azulaba en la oscuridad un resquicio del cielo. Cármides intercedió porque nuestro rumbo se dirigiera a casa de Teodota, quien últimamente había ascendido en la estima de quienes frecuentaban las casas de placer más prestigiosas. Creí que Amasis rechazaría la propuesta, pues que su sobriedad solía huir de aquellos lugares; pero la desolación debía cuartear y distender su alma.
La casa de la meretriz Teodota era una hermosa mansión. Su relación con los hombres más acaudalados de la ciudad la había encumbrado, por lo que gozaba de fama, riqueza y respeto entre sus visitantes. Reunía en sus estancias a las muchachas más hermosas que pudiera pensarse, traídas de cuantos confines posee la ancha tierra. Y la reserva, sutileza y acierto con que ella trenzaba personalmente los ayuntamientos era, en verdad, el resultado de sus artes excelsas de urdidora. La casa de Teodota era muy diferente de la de Cinisca. Todo el viajero que la visitaba, y había previamente conocido el Oriente, afirmaba que sus salas, su trato y hasta los modales de las prostitutas estaban imbuidos del gusto exquisito de Persia o de la India.
Bebimos abundantemente y comimos dátiles, higos enharinados de especias y dulces desbordados de miel y ambrosía. Las uvas secas traídas de Corinto eran deliciosamente dulces y anisadas. Escuchamos a un recitador de Leontinos que nos declamó versos de Siracusa. Y cuando las danzarinas de Tespias tejieron sus pasos entre nuestros clinos y se fueron repartiendo entre nosotros para agasajarnos con caricias y roces procaces e incitantes, nuestros sentidos habían ya olvidado que, fuera de aquellos muros cubiertos de limpia y brillante yedra, los barcos estaban siendo cargados con sigilo para ir a la guerra. Sentí, a ratos, la punzada hiriente de la desventura y, al igual que mis amigos, la ahogué con vino agrio de Cerdilio. Furtivamente, miraba a Amasis, de cuyos ojos recibía un fulgor opalino. Estaba sorprendido de su actitud jovial y en exceso animada para como solía ser su natural modo de comportarse. Pero también él era un ser humano y aquella situación, aun a pesar de ser para él algo firmemente deseado, le sobrepasaba.
Conocí a Cidila en la intimidad, arrastrado por la imperiosa atracción que sobre mí impuso su belleza liviana. Su edad apenas si rozaba unas cinco Olimpiadas y su cuerpo era como de sílice en que alentara vida. Me sedujo la olorosa piel de su cuello cuando, diestra en sus habilidades, lo hizo rozar sobre el viso de mis labios en un largo y suave movimiento, como desperezándose allí junto a mi boca. Y cuando Amasis se retiró siguiendo la mano de Tecmesa y vi a Xenócrates correr persiguiendo a Atossa por entre las columnas, entre risas y exclamaciones salpicadas de emoción y lascivia, excitado y pueril, yo también me dejé conducir por el ingrávido tirar de la muchacha, que me reclamaba hasta el remanso tibio de su alcoba.
Recordé la casa de Cinisca y aquella pared en la que estaba escrito soezmente el nombre de mi padre. Había pasado tanto tiempo desde aquello... También, de un modo instintivo, recordé a la bruñida Drosis. La vi convertida en una pieza de bronce oscuro y verdecido, erguida sobre el tajamar, navegando impávida como una cariátide hacia sus tierras remotas de la Tracia. Y noté que mis labios sonreían ante su arcaico y ennoblecido recuerdo. Luego volví en mí. Aquí, el aposento estaba tendido de sedas amarillas de Damasco y tapizado el suelo con alfombras de Persia. Un enorme clino repleto de almohadones ocupaba el centro y, sobre él, un grueso jergón invitaba al reposo. Sobre un fuste acanalado, un pebetero respiraba un humear de sándalo. El vino de Cerdilio había robado a mi cuerpo parte de aquella fortaleza que habitualmente lo mantenía tenso. Y, ahora, en mí habitaba algo así como la condescendiente docilidad que adorna habitualmente a las muchachas mansas de la Caria. Dejé a Cidila que me condujera y obré, sumiso, cuanto su sabiduría me iba aconsejando, aun sin que sus labios pronunciaran una sola palabra. Permití que me despojara sin resistirme a ello. Me tumbé con los ojos cerrados y, de inmediato, noté cómo su cuerpo, también desnudo, se situaba sin peso sobre el mío. Lo hizo con habilidad depurada de acróbata; sin rozarlo siquiera. Enseguida sentí la palma de su lengua lamiendo mi vientre con una generosidad húmeda e insistente, y cómo su saliva entibiaba mis muslos y mi sexo, en un juego atrevido, buscando mi estremecimiento y, quizá, mi sorpresa. Todo en mí se iba despertando en un clamor transido y ampuloso. Las manos de Cidila mesaron luego mis pechos y mi cuello y enredaron entre los rizos negros de mi pelo, mientras gemía colmada de entrega y de lujuria. Su índice marcó con su saliva el cauce de aquella cicatriz que surcaba mi cara en una insistente y sensual demora complacida. Luego noté el ardor de sus labios en los míos y su jugo de menta y de almíbar en mi boca. Sus pechos desnudos, perfectamente maquillados, mostraban sus botones negros y erizados sobre un temblar de juventud erguida. Con una sugerencia mínima -casi adivinada-, volví mi cuerpo y le mostré mi espalda. Sus uñas se asieron a mis flancos descendiendo abiertas y pausadas. Mordió ella entonces, poco a poco, todo el largo anudar de mi columna con unos dientes, ahora, casi enfebrecidos, que sin embargo gozaran dominándose. Y cuando las horcas pequeñas de sus manos apretaron el definido arco de mis dos caderas, y sus labios pusieron multitud de sellos sobre mis dos asientos, y su pelo hormigueó con suavidad el foso entre mis piernas, yo me revolví furioso reclamando mi tiempo de dominio.
Me erguí sobre las almohadas como un animal que se desperezara. Con la ligereza propia de los anfibios que apenas se sumergen, buscó Cidila el hueco cálido que, al incorporarme, había dejado, bajo mí, mi cuerpo. Vi entonces a la hetaira tendida reclamando codiciosa el peso de mi carne y caí sobre ella deseoso de encontrar la ruta movediza de la dicha. Besé su boca con sed y avaricia y perseguí enloquecido el tallo liso y suave de su cuello, mientras rozaba con mi vientre el suyo, que ahora se agitaba reclamando mi empuje y mi firmeza. Hundí mis manos detrás de su cintura y mi boca entre sus pechos tibios, que de pronto se me ofrecían cual la prolongación de carne propia. Y cuando transido de total impotencia, sudoroso y exhausto por la mórbida lucha, pues que el centro del placer me era inalcanzable de aquel modo, me retiré de ella, vi cómo sus piernas se abrían y su sexo se me ofertaba, como una herida hambrienta, clamando por recibir urgentemente el encuentro del mío. Luego sentí cómo mi cuerpo se tensaba buscando una solidez como la de una roca y, un instante después, la fluidez de un cauce que me recorría sin, al parecer, requerir mi concurso. Roto y extraviado, me guarecí más hondamente en ella, buscando por instinto ese cobijo que, después he sabido, sólo nos puede ofrecer quien se dispone a ser de nuevo nuestra madre. Sé que exclamé y gemí, y que sentí que mi cuerpo se despojaba y a la vez se llenaba de infinitos amparos. Después me alcanzó el amplio páramo de un cansancio sin límites, como tras una dura marcha coronada de gloria y sufrimiento. Creo que me sentí dichoso como un héroe que ya estuviera muerto. Tras un rato impreciso, me incorporé en el lecho. Busqué entonces a Cidila, quien ágilmente se había desasido de mí para no importunarme y, ahora, permanecía encogida en el suelo a los pies del clino. Reclamé su presencia y la vi izarse lentamente dispuesta, como hace una sumisa esclava, a atenderme de nuevo en todas mis demandas. La atraje hacía mí. Y cuando estuvo cerca, besé la cara serena de la hetaira y le di mi gratitud y cuantas monedas llevaba en mi talega.
Partí de casa de Teodota solo; la prudencia aconsejaba no reclamar la presencia de ninguno de mis acompañantes. La casa presentaba a aquella hora un aspecto extraño, muy diferente al que la vistiera y llenara tan sólo algunas horas antes. Los vestigios de una noche de orgía eran como los despojos de una guerra fingida. Y la desolación que imponía aquel desorden a la bella mansión, la dotaban de una rara apariencia entre la agónica suntuosidad y el callado abandono. Pensé entonces que tal vez también el amor fuera como una batalla. Vino Cidila de puntillas acompañándome hasta la misma puerta. La elegancia y el tacto con que Teodota tenía aleccionadas a sus pupilas así lo demostraban. Como cuando me condujo hasta su cuarto, ahora también me llevó asiendo con levedad mi mano. Ya estaba a punto de trasponer la entrada cuando la cortesana apareció al fondo de su patio. Oí mi nombre pronunciado casi en un susurro por sus labios amables y sangrantes. Seguramente cuidaba no perturbar la apacibilidad de aquellos clientes que aún permanecían entregados al gozo o al descanso. Miré hacia atrás y vi avanzar a la prostituta con un kylix tallado en crisopacio, de un hermoso color verde como el de las manzanas. Me tendió los brazos y besó mis mejillas. La madura mujer estaba enjaezada como si acabara de acicalarse. Teodota tenía, a pesar de su edad, esa apariencia de quien siempre se presenta como acabando de amanecer al día. Tal era la habilidad con la que sabía maquillar su cara eternamente amable. Era, en verdad, una mujer hecha para entregarse, y su virtud estaba en el agrado que siempre expandía su gesto sosegado. Con el tiempo, descubrí que su serenidad es ésa que posee quien ha desentrañado los misterios del sexo y es capaz de considerar la lascivia con ecuanimidad. Miré al cielo a través de la puerta entreabierta. Era una hora imprecisa de la noche. “Antandros, éste es mi presente para un hermoso héroe. Mi casa se honra con hombres como tú. Confío en que Cidila te haya complacido”. Agradecí el obsequio y manifesté cómo me excedían aquellas alabanzas. Besé las manos de la cortesana y la frente de la muchacha y salí a la calle. Todo un sinnúmero de sensaciones diversas se agolpaba en mi interior queriendo imponerme su consideración. El poso del placer consumido traía hasta mí su carácter efímero y una cierta sensación de incredulidad. Era como si, cuanto acababa de sentir, perteneciera a un soñar remoto de quimeras ajenas usurpadas. Al mismo tiempo, se me imponían los acontecimientos. El temor y la desolación por la marcha de Amasis se materializaban a mi alrededor como sombras que fueran manchando mi ruta de amenazas. Bajé hasta el puerto sin demasiada prisa, dejando que el olor de los pinos y el mar ocupara mi pecho y mi cabeza y me embriagara. No era cansancio lo que yo sentía, sino la fatiga con la que nos abruma la tediosa y lasa indiferencia, en las ocasiones que se ha de soportar lo que va a suceder irremediablemente. Bajé hasta El Pireo, pues sabía que mis amigos habrían ido allí, si es que su noche de placer había terminado. Encontré a Amasis apenas llegué a la rada de Cántaros. Me recibió con el gesto cómplice de quien me hubiera procurado un erario anhelado. Le sonreí desde la lejanía. Y cuando estuve cerca de él, le ofrecí con amistad mis brazos; nuestra relación había transitado ya por tantas rutas y por tantos estadios...
Pasamos solos todo el tiempo que restó hasta que se perdió la sombra de la noche. Selene no estaba sobre el cielo. En un rincón, junto a los arsenales, estuvimos sentados sobre un montón de gúmenas, tratando de consumir el tiempo con la codicia, el placer y la delectación con que se consume un néctar delicioso del que no queda más que un resto mínimo en el ánfora. Ambos sabíamos que la guerra era un destino fiero que rompía las vidas y cavaba enormes zanjas entre compatriotas, familiares o amigos. La muerte o la esclavitud podían ser su fruto. También estaba, por supuesto, la gloria. Pero pensar en ella era una osadía que podía ofender a la diosa. Aquella noche debíamos separarnos con la aceptación de que tal vez jamás volviéramos a vernos. Cuando se nos agotaron la fuerza y las palabras, permanecimos un rato en completo silencio. Entre mis manos, el kylix de Teodota era como un juguete en las manos torpes de un anciano. Amasis lo tomó de las mías y durante un instante sujetamos juntos aquella hermosa copa. Ahora sí sabía quien era para mí Amasis. Su marcha arañaba mi entraña hasta hacer que todo mi ser se rebelara airado en el silencio.
Luego oímos que, junto a los navíos, Hipócrates convocaba a sus hombres. Amasis mercó un oinocoe de vino, y bebimos a la vez un sorbo de aquella copa mutua, derramando después la hez sobre la tierra. En la penumbra, una mancha con el aspecto de una quebrada araña se dibujo en el suelo. Nos abrazamos una vez más. Y, un instante después, vi partir a quien era mi amigo con paso cadencioso y lleno de nostalgia, pero sin mirar hacia atrás. Su roja clámide se hundió inquieta entre la luz turbia del amanecer y el murmullo de gentes agitadas que subían al barco. Después huí con la mirada, mientras en mis oídos, o tal vez ya en mi memoria, las hebillas de sus sandalias seguían certificando con su leve sonido que sus pasos se iban alejando irremediablemente.
No vi partir a los trirremes, aunque entre ellos iba el “Talía”. Ni quise oír el grito de salutación a los progenitores. Tampoco deseé ver cómo los sacerdotes y el Arconte señor de las batallas clamaba la protección de Palas Atenea para con los hijos de la ciudad de Atenas. Corrí como sabía. Corrí furioso sintiéndome un vencedor de estadio. Necesitaba la fuerza y la seguridad que aporta la victoria. Corrí y gané aquella ruin carrera. Me dirigí hacia el lado contrario de la costa por la que surcaría nuestra siniestra flota, dando la espalda a Helio, pues que no quería que fuera testigo de mi turbación. Por eso, cuando estuve seguro de que no oiría ni salves ni órdenes ni chapotear afanoso de remos sobre el agua, me eché al mar y nadé buscando el cobijo líquido y amordazador de Egeo. Quería sobre todo que Mnemósine, madre de la memoria, se olvidara de mí y borrara todo atisbo de luz en mi recuerdo. Pues que sabía que esa luz podía abrasar todos mis sentimientos.
Partieron los navíos con destino secreto. En los días siguientes, ocupaciones políticas me asediaron sin tregua. En parte, porque las delicadas cuestiones que me habían sido encomendadas así lo demandaban. En parte, porque yo mismo me afanaba en no tener ni un solo momento de respiro. Solamente las visitas de Kebe y mis deberes para con el adiestramiento de Xenócrates, eran los únicos placeres que yo me concedía. También, con cierta regularidad, visitaba a Sófocles, cuyo cariño sabía sosegarme.
Aquel año, los festejos en honor de Dioniso, eran muy esperados. Los triunfos alcanzados en certámenes anteriores por el ácido Aristófanes habían servido de cierto revulsivo entre el pueblo, pues su inquina para con algunos políticos había desatado toda suerte de controversias, críticas y posicionamientos. La corona de hiedra alcanzada por su obra “Los caballeros”, en la que su sátira acometía contra el régulo Cleón, le había acarreado un proceso en su contra promovido por éste. En él, el magistrado había denunciado ante los jueces la usurpación por parte del autor de la ciudadanía de ateniense. Solventado airosamente el asunto, el escritor de comedias anunciaba una nueva obra en la que algunos pronosticadores suponían otra feroz invectiva contra demagogos, sofistas y estrategas. Su defensa a ultranza de la tradición y la paz, lo hacían un personaje incómodo; su ingenio, maestría en el uso de las palabras y su vitalidad, un temible enemigo.
El día que fue acordado por los jueces para realizar los sorteos, acudí al pórtico del teatro de Dioniso acompañando a mi amigo Kebe y a Eufronio. Sófocles y Eurípides también concursarían y, de la adjudicación que hiciera la fortuna, pendían muchos intereses.
El ambiente en las inmediaciones era muy concurrido. Desde el amanecer, yo había estado en el Buleuterio ocupado en asuntos altamente secretos. Luego, mis tareas me condujeron a la sede del Arconte rey. El Ágora, aquella mañana, era un completo hervidero de intrigas y proclamas. Allí, el petulante Dionisodoro, rivalizaba con el engreído Hipias de Elis, alardeando, cada cual, de la complejidad de sus virtudes y habilidades. El primero, hacía exhibición de sus dotes como guarnicionero y constructor, a la vez que afirmaba haber descubierto un método que le permitía establecer con exactitud el número de estrellas que tiemblan sobre el cielo. El segundo, mostraba, ante la perplejidad y envidia de la concurrencia, todo el atuendo que vestía diseñado y fabricado por él. Manto, anillos, camafeo, túnica, ceñidor y sandalias eran obra suya. En otro grupo, Calicles y Trasímaco, henchidos de osadía, criticaban a Sócrates, abiertamente, en su ausencia. Ya cerca de la calle de los Trípodes, Antifón, con ese modo de hablar pontifical que siempre le caracterizó, daba detalles y precisiones a sus admiradores de cómo se debían observar los milagros e interpretar los sueños, pues que aseguraba que sus conocimientos eran, sin parangón, los adecuados para tratar esa clase de asuntos. Cuando llegué, la stoa de Dioniso estaba ya repleta. Aristipo de Cirene me reclamó a su lado. Él y Esquines querían comunicarme sus crecientes temores acerca de cuanto se iba murmurando del manso y confiado Sócrates.
Correspondió a mi amigo interpretar la obra de Aristófanes. Ninguno sospechábamos entonces qué se escondía bajo el ingenuo título con el que el autor había signado su escritura. “Las nubes”, sería la obra que Kebe representaría como primer actor. A Sófocles y a Eurípides, también les complacieron sus intérpretes, coreutas y hasta sus promotores. Así pues, todo se presentaba como una contienda limpia, inquietante y reñida. Era evidente que la emoción en la disputa por los galardones estaba asegurada. Concursarían también Ameipsias con su comedia titulada “Konnos” y el viejo Cratinoo con su obra “La botella”. Tras el sorteo se marcaron las fechas en las que cada elenco efectuaría la presentación pública de sus temas ante los ciudadanos. Cuando los escrutinios estuvieron realizados, me retiré en compañía de Damisco e Ictino hacia mi casa. Ellos me habían solicitado permiso para poder visitar a la anciana Forsila y yo me sentí muy dichoso al concedérselo sin ninguna reserva. Siempre consideró Damisco a Forsila como a su propia madre.
Tiempos extraños para mí siguieron a esos días. Mi añoranza de Amasis era un sentimiento que, lejos de irse mitigando, ahondaba en mí de una forma obsesiva. De pronto, era como si me hubiera quedado completamente solo. Busqué refugio a aquel sentimiento en la casa de mi hermana Caris, a quien frecuenté con mucha más asiduidad durante aquellos días. Ella, Atreo y Simias eran para mí, en verdad, un auténtico amparo. Pero mi desolación no lograba mitigarse con ello. Sé que Pistias, escrutador fiel y conocedor silencioso de mis sentimientos, trató entonces de hacer que mi ánimo volviera a su habitual dominio y fortaleza. Sus provocaciones constantes sobre la imperiosa necesidad de dotar a Orión de un adiestramiento oportuno, no eran más que pretextos para hacerme salir de aquella actitud huraña que me había alcanzado. También Xenócrates, en bienintencionada conspiración con Alexias y Timasión, reclamaba mi presencia y dedicación hacia él más imperiosamente. No faltaban tampoco asuntos públicos que me ocuparan, ni amigos que arrastraran mi desánimo con propuestas de festejos, banquetes o simposios. Todo lo aceptaba yo con la desgana de quien se siente enfermo; con la buena predisposición de quien desea salir de un cepo o una zanja que lo tiene atrapado. Incluso, mis frecuentes visitas a casa de Teodota, en las que era recibido como un preeminente y en las que recibía las sutiles y esmeradas atenciones de Cidila, llegaron a convertirse, para mí, en un tedioso episodio que no hacía más que agrandar mi desasosiego. Los ratos de placer traían tras de sí un hondo vacío inexplicable. Mi afecto y acercamiento a Amasis habían ido fraguándose de un modo subterráneo y ajeno incluso a mí mismo. De tal modo era así, que su ausencia y la amenaza de que pudiera sucederle algo irremediable que me privara de su presencia para siempre, desbordaban mi ánimo y ofuscaban mi juicio.
Extraña es, en verdad, la mente de los hombres y, sobre todo, en cuanto a lo que se refiere a sentimientos y afectos. Como el pliegue inadvertido de una túnica, que a un movimiento cualquiera se alisa o se nos muestra, así también ocultas latencias reclaman sin aviso ser consideradas. Juro ante el dios que tuvo a bien honrarme con la esplendidez de su corona, que jamás deseé dominio alguno o pertenencia de quien era el amigo más grato a mi interior. Pero, con la misma lealtad y fortaleza, declaro ante Palas Atenea, señora de la guerra, que la sola posibilidad de que la diosa le dignificara con la muerte en combate, me emborrachaba de terror y fiebre de despecho. Sé que es indigno llorar por los guerreros o temer por su vida. Nuestros principios y creencias elevan a la más alta dignidad a quienes son elegidos por la diosa para entregar su sangre por la patria. Indigno es, pues, para un hombre, temer o plañir por un amigo enviado al combate. Pero en mi realidad de ser humano, y ajeno a mi valor, existe un punto de incapacidad para elevar el orgullo y ensalzar el deber apoyándolo sobre la tragedia.
Monté a Orión sintiendo entre mis piernas la furia y la potencia de la sangre joven que no admite hierros ni coyundas y se rebela contra la imposición y el orden. Exigí, imperioso y casi inhumano, a Xenócrates que batiera sus marcas y registros. Certifico que lo vi al límite extremo de sus fuerzas, y que, incluso, temí en alguna ocasión que mi exhortación, soberbia e inclemente, pudiera tronchar su resistencia. Nada hice por odio o por venganza ante mi adversidad. Buscaba, en la demanda que hacía a cuanto me rodeaba, encontrar esa fortaleza que a mí me era necesaria para afrontar cuanto mi vivir me estaba exigiendo.
Afirmo que durante aquel período aciago, que únicamente yo en mi interior estaba soportando, fui más útil que nunca a la causa de Atenas. Más que nunca, escuché a mis amigos y, más que nunca, fui lúcido para con cuanto presentía que iba aproximándose a mi patria. Fue un tiempo de íntima exigencia. Puedo asegurar que para mí la vida entonces era exactamente igual que una carrera; pues que yo quería amordazar cuanto sentía, agotando mis fuerzas, hasta conseguir por completo inmolarme.
Cuando llegaron las Leneas, la expectación hervía como un caldero de aceite puesto sobre una fogata. Los más humildes reclamaron con más fuerza que nunca el theorikón; esa ayuda que concediera Pericles, y que les permite también a ellos asistir a las tetralogías. Kebe me había anticipado que en la comedia que representaría, además de Estrepsíades y su hijo Filípides, también aparecía Sócrates como personaje esencial de la parodia. Su prudencia y el secreto que le imponía su profesión, para con una comedia que aún no había sido estrenada, le obligaban a ser muy cauto en sus juicios y manifestaciones. Pedí a Kebe que permaneciera en silencio y que se ocupara únicamente de ser tan buen actor como solía. Y aunque en su semblante y en el tono de sus palabras noté su inquietud, nada temí, pues que sabía que Sócrates encajaría con benevolencia y ecuanimidad cuanto de él pudiera exponer públicamente el incisivo genio de Aristófanes.
El día que correspondió a la representación, acudí al teatro dispuesto a recibir cuanto la sorpresa pudiera depararme. Ese día hice uso por primera y única vez en mi vida de mi derecho de proedría, ya que quería ver la escena desde un sitial privilegiado. El ambiente en las gradas era sobrecogedor. Atenas entera esperaba aquella obra cuya presentación en el pórtico ya había lanzado a la especulación de cuantas sospechas pudieran generar todo tipo de mentes.
Escuché, con toda la atención que fui capaz de aunar, cada una de las palabras que componían aquella sátira feroz. Asistí a la representación de una obra de construcción sencilla, ligera en su desarrollo y fácilmente comprensible para los ciudadanos. En “Las nubes”, Aristófanes presentaba a Estrepsíades como a un personaje compendio de mezquindad y ánimo de fraude, a lo que había sido conducido por sus deudas y afán de despilfarro. No pocos ciudadanos de Atenas podían verse reflejados en la escena como en la plateada nitidez de un espejo fenicio. Ante tal situación abyecta y deplorable, el alevoso deudor maquina enviar a su hijo Filípides a la escuela de Sócrates, para que éste le instruya con sus artes en el manejo insidioso de la elocuencia. Quiere asegurarse así el triunfo en cuantos pleitos han de acumulársele acosado por sus acreedores. La falsedad de la retórica de los sofistas quedaba en entredicho de una forma hábil y muy inteligente. La rebeldía de Filípides hacia las pretensiones de su padre, hacían aparecer a Sócrates, en su relación con padre e hijo, como el maestro de la disputa artificiosa, ésa que lleva a la inteligencia al escepticismo y a la negación de los dioses, relajando la moral y los antiguos vínculos sociales. Sócrates, pues, era presentado como un impío corruptor de los jóvenes. El final de la comedia es ése en el que, el padre, airado y vengativo, quema la casa de Sócrates; responsable de todas sus desgracias.
Asistí a la representación entre la perplejidad que me infundía la magnífica obra que estaba contemplando, rica en lenguaje y plagada de ingenio, y el dolor que me producía que el autor hubiera elegido, precisamente, a Sócrates. Elegir a Sócrates para la personificación errónea de todos los abusos de aquéllos que se habían erigido como seguidores de la invención de Zenón el eleático, era toda una clara expresión de perfidia. Pené por tal arbitrariedad, ya que Sócrates era, precisamente, el más declarado enemigo de cuanta falacia y cinismo se albergaba en aquel modo insidioso de argumentar que sostenía, indistintamente, el pro y el contra de todas las cuestiones.
Terminaron las representaciones al anochecer. La obra, a pesar de su gran calidad, no resultó del completo agrado de las gentes, y los jueces, exponente del sentir popular, la situaron al hacer sus valoraciones en último lugar. Pero yo sabía que el grano de la maldad ya estaba depositado sobre la tierra fértil; que fructificara, sólo era ya cuestión de tiempo. Busqué a la salida a Sócrates, ya que sabía que había asistido a la jornada. Lejos de ocultarse ante la multitud, el agredido por la palabra elocuente del poeta, se encontraba sereno. Algunos aduladores se arremolinaban junto a él como las abejas de un enjambre en torno a su reina. Tampoco él se prestaba a aumentar el escándalo de quienes lo aclamaban. Con gran apacibilidad escuchó a sus próximos y también a aquellos otros que hablaban en su contra. Luego, cuando le correspondió su turno de palabra, dijo sencillamente: “La voz de los actores es más fuerte que la de los humanos. Dejemos que su eco suba hasta tan alto como deba. Y cuando vuelva a caer sobre nosotros, como lluvia purificadora de saber y verdad, ya tendremos tiempo de considerar quién fue veraz y fiel a los dioses y a su pueblo y quién impío y reo de maldad. Mientras tanto ¿no creéis que hoy es hora ya de que nos entreguemos con sigilo a la serena tregua de Morfeo?” Aplaudí en silencio su dominio de la adversidad y el enorme temple de su alma. Y, al igual que los demás, me retiré en compañía de Xenócrates a mi casa. Un rato después, recibí la visita de Kebe y de Sófocles.
El actor necesitaba compartir conmigo los detalles de su actuación. Quería, sobre todo, que le ratificara que su modo de interpretar a Sócrates había estado a la altura de la dignidad de la persona a quien se encarnaba. Conforté a Kebe, pues que, con mi mayor sinceridad, puedo asegurar que fue una de las actuaciones más excelsas que he visto salida de su arte. Le transmití, a mi vez, la serenidad con la que el aludido había soportado cuanto sobre su proceder y su carácter había sido expuesto en la escena. Y felicité su modo de interpretar, que cada día me parecía más magistral, preciso y depurado. No olvidé encomiar la exquisita prudencia y el hermético silencio que había sido capaz de respetar, sobre el particular; aun con quienes éramos sus amigos más fieles y allegados. Eufronio, que también se nos había unido, afirmó que ni siquiera en él había depositado Kebe ningún dato o detalle de lo que sería su interpretación.
Al día siguiente le tocaría el turno a la obra de Sófocles. Cerraría la trilogía la titulada “Electra”. El asesinato de Agamenón a manos de su esposa Clitemestra y su amante Egisto, son el punto de partida de esta tragedia que conseguiría emocionar al pueblo, aunque no coronar una vez más las sienes del anciano autor, con la diadema que hubiera hecho el número vigésimo segundo. No obstante, y haciendo alarde de su valiente sinceridad, Sófocles, aquella noche no ahorró elogio alguno para la obra de Aristófanes, de la que habíamos sido testigos tan recientemente y que aún seguía impresionando con fuerza nuestras mentes. Recuerdo aún sus sinceras palabras: “Los siglos venideros hablarán del hijo de Filipo de Kydathenea. Me maravilló, en su día, con su obra titulada “Los acarnienses”. Me impresionó el pasado año con “Los caballeros”, aunque Cleón no esté de acuerdo, como es lógico, conmigo. Pero, este año me ha hecho temerle como adversario en la Dionisias con “Las nubes”. Solamente un pueblo nublado por su cerrazón puede no concederle la victoria. Aunque debo lamentar su burdo error. Jamás debió escoger al eximio Sócrates para lanzar sobre él los dardos magníficos de su ingeniosidad y su ironía. Él no es, en modo alguno, el indigno sofista que Aristófanes nos muestra. Yo creo que el joven escritor es, a mi parecer, un magnifico cazador que ha elegido su pieza equivocadamente”.
El pueblo celebró el triunfo con el que en la calle de los Trípodes se alzaba un nuevo pedestal en honor a Cratinoo, cuya obra titulada “La botella” fue la galardonada. Una vez más, la obra de Eurípides había sido desdeñada por la gente y su retraimiento y soledad le iban convirtiendo en un ser huraño e insociable. Recuerdo haber reflexionado en aquel momento y llegado a la conclusión peligrosa de que la elección democrática no siempre encierra la verdad ni lo que es justo, aunque sí lo que estima y desea la respetable y soberana mayoría de los ciudadanos.
Cuando llegaron las Panateneas, Xenócrates compitió en Atenas, pero fue un joven atleta de nombre Autólico quien le arrebató la corona. Lejos de sembrar en mi amigo el desánimo, escuché de su voz: “Antandros, has de exigirme un poco más, pues ya me veo casi a las puertas mismas de la gloria”.
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