La filtrada luz en Basilea o en Praga, el limpio y blanco frío de San Petersburgo, el bullir de la gente en “La Plaza de Djemaa El Fna” de Marrakech, el silencio misterioso en los canales de Brujas o en “El Campo de los Milagros” de Pisa cuando amanece, el río sagrado en Benarés, la esbeltez de la torre de Giotto en Florencia; los colores de Siena o Capadocia, el olor del azahar en Sevilla, la húmeda umbrosidad de la cisterna de Estambul, el perfil de New York, el oro del atardecer de Salamanca, el sonoro salpicar de las fuentes de Roma; el tacto del espacio en París.
¡Maldito el fanatismo! que se apodera de las ideas, los dioses o las tierras y las hace exclusivas y suyas.
V
LA CIUDAD PRODIGIOSA
Nos despedimos de Epidauro entre el clamor apasionado de muchos de sus moradores que siempre nos recordarían. Nos fuimos una mañana cuando el teatro estaba nuevamente rebosante y, aun desde la lejanía, se dejaba sentir la emoción contenida en aquel aro magnífico de exaltación y piedra, donde yo había tenido la fortuna de asistir, por vez primera, a la representación de una de las tragedias más hermosas que la mente humana haya podido concebir. Atravesamos la Argólida candente y seca casi como un desierto rojo y calcinado. Dejamos a un lado la noble y rica ciudad de Argos, aquélla que fundara Foroneon, hijo de Ínaco, y entramos en la Cinuria; tierra eternamente en tensión, pues que los espartanos siempre han codiciado su anexión y dominio. Fueron dos jornadas apenas sin descanso. Agios y su rigurosidad no quería que nuestros carros se detuvieran, pues que a pesar de la sagrada tregua, la zona no era demasiado segura. El terreno era realmente bronco y escarpado. El calor del mes de hecatombeon era sofocante y plomizo como el insistente tesón de una tortura. Las mañanas se alzaban limpias y transparentes, pero a medida que Helio iba ascendiendo en su arco celeste, las nubes se nimbaban como amenazas negras y tomaban la apariencia de imprecisos y cambiantes acosadores realmente feroces. En sus hinchadas y grotescas formaciones de humo ceniciento, se concitaban y mostraban, para mí, cuantos Titanes y Erinias era, mi aterrada imaginación, capaz de soportar. Se trata de un terreno abrupto y montañoso, de lomas descarnadas y resecas, en las que únicamente subsistían esqueletos de plantas abrasadas por Helio, como espectros de una fertilidad irreal e inhumana. El viaje en nuestros carros resultaba entonces muy incómodo, después del regalo y la placidez que había supuesto nuestra estancia en la amable Epidauro. El camino era muy tortuoso. Tan pronto ascendíamos por pendientes severas plagadas de canchales y zarzas, que obligaban a nuestras caballerías a clavar sus pezuñas y a nuestros esclavos a apalancar, pie a tierra, nuestros carros, como nos hundíamos en la sombra perenne de cañadas y hoces asfixiantes. Nuestro paso por la ciudad de Mantinea fue rápido; tan sólo el tiempo imprescindible para aprovisionarnos. Sus muros grises de vejez imprecisa circundan la colina y se abren al exterior por un total de diez puertas magníficas, de las que parten otros tantos caminos que irradian en todas las direcciones, cual la pata de un ave dotada de múltiples apéndices. Vi a Agios, no obstante, tomar buena nota de cuanto la ciudad es y posee, en lo que a enclave y defensas se refiere. Incluso, lo observé calculando el grosor de sus muros que son, en verdad, colosales y densos como si estuvieran construidos para contener al mar y sus furores. Es ésta una ciudad que continuamente ha cambiado su disposición y voluntad con respecto a Atenas y eso ha hecho que la consideremos siempre como especialmente voluble y peligrosa.
Desde Mantinea nos dirigimos a Orcómeno, la ciudad rica en corderos, como cuenta su nombre. Cientos de rebaños pastan en sus frescuras, que se muestran como un prodigio de promisión irreal y soñada. Su acrópolis es un alto observatorio desde el que se puede avistar la Arcadia y todos sus confines. Nos detuvimos para pasar la noche junto al templo que allí honra a la diosa Ártemis, cuyas flechas y arco guardan celosamente su virginidad ejemplar y sin mácula. En Orcómeno se quedarían nuestros actores; debían representar en su teatro. Agios, Herodoto, Sófocles y yo, junto a Brygos y Tólmides, seguiríamos camino. Posteriormente, nos uniríamos de nuevo.
A pesar de que era para unos cuantos días solamente, me costó separarme de Kebe. En pocas semanas nos habíamos hecho buenos amigos y a su lado me sentía atendido y seguro. Él había sido la primera persona con quien yo había compartido mis pensamientos, mi cuerpo y mis fantasías, y ello había abierto mis primeras expectativas y sentidos al fluir de la vida. Por eso, a partir de entonces, supuse que mi viaje tomaría un cariz diferente. Pues a pesar de las atenciones de Herodoto y de Sófocles, yo me encontré de nuevo solo, y volví a sentir aquel desvalimiento y ahogo, apenas olvidado, de mis tiempos de siempre. Una vez más, entré en mi mutismo y en mis pensamientos. Y, tras la tristeza de las primeras horas, en las que fue diluyéndoseme, cual una miel dulce y espesa, el entrañable recuerdo de mi perdido amigo, comencé a considerar sobre cuantos acontecimientos me habían sucedido en aquel maravilloso viaje y cuántas experiencias y descubrimientos me habían alcanzado tan ventajosamente en unos pocos días. Fue, en verdad, una de esas etapas de la vida en las que el espíritu no respeta la dimensión del tiempo y las jornadas aleccionan al alma y la dilatan con hallazgos e ideas, como si se tratara del saber destilado durante años enteros.
Mi forzada soledad de entonces me hizo acercarme de nuevo al mundo de los hombres, de quienes yo había estado distanciado por mi cercanía a Kebe, pues entre ambos habíamos configurado un universo de tonalidades y dimensiones propias. Ahora, el día entero lo pasaba escuchando a Sófocles y Herodoto y, en verdad, era estupendo observar cómo, ambos, explicaban, cada cual a su modo, el mundo y su engranaje, así como cuantos aconteceres estaban sucediendo o se pronosticaban. Yo seguía ocupándome de nuestras palomas, cuyo número iba reduciéndose de un modo ostensible. Las provisionaba de agua limpia y su ración de grano y los animales me miraban con sus ojos de súplica, ante una libertad anhelada, cuya consecución se iba demorando para ellos insoportablemente.
Agios decidió que debíamos bajar hacia Figalia, para lo cual seguimos la ribera del Lusio, en cuyas aguas -me refirió Herodoto- fue zambullido Zeus, cuando aún era un niño. Cruzamos también el fluir del Gortinio, de aguas sosegadas y verdes, y descansamos en las proximidades de un modesto santuario inmerso y camuflado entre la fronda, levantado en honor de Asclepio.
Entramos también en la ciudad de Licosura, la que fundara el hijo de Pelasgo y de la ninfa Cilene, a quien Zeus lo transformó en lobo, como ilustra su nombre. Aquella tarde, recostado en mi carro, entre sacos y útiles, escuché a Sófocles contar cómo, a pesar de ser Licaón quien había introducido en aquella región el culto al noble dios, la divinidad, pese a todo, no pudo perdonarle que en una ocasión, y como sacrificio, le descuartizara e inmolara a un niño sobre su altar de ofrendas. Cincuenta hijos tuvo Licaón y sus nombres son los que designan a otras tantas ciudades en la Arcadia. La ciudad es serenamente hermosa. Sus muros toman un color de oro rosado al caer de la tarde. Y tras las tapias de sus huertos por los que cuelgan enredaderas o parras trepadoras, al igual que tapices de fronda, y tras las paredes altas y celadas de sus casas, se escucha el rumor de fuentes y de estanques, cual un temblor de cítaras amables. Siguiendo nuestra ruta pasamos cerca del santuario de Polemócrates. Nos detuvimos y honramos su estatua, ésa que porta un hermoso caduceo sobre el que se enroscan las serpientes sagradas y cuyo remate coronan dos alas desplegadas como aquellas que hacen volar las sandalias de Hermes.
Al fin de un camino polvoriento y monótono, llegamos a Figalia. La ciudad no me resultó atrayente. Sin embargo, supe que, para la misión que teníamos encomendada, era un punto esencial, ya que se encontraba muy próxima a la costa. En ese lugar debíamos permanecer unos días, hasta que llegaran los actores, que tras actuar en Orcómeno se habían desplazado hasta Tegea para mostrar también allí la gloria de su arte y el esplendor de las letras de Atenas.
Me alegró volver a encontrarme con Kebe. Agios nos permitió improvisar una pequeña choza con ramajes y leños para pasar la noche. Y las noticias de Kebe y la emoción que me transmitió en torno a sus experiencias y relatos, nos hicieron permanecer la noche entera sin que el sueño viniera a visitarnos. Mi amigo llegaba como un transfigurado. El diente apasionado de la escena ya se había candado en su joven carne de muchacho y todo su ser estaba embriagado por el emotivo olor de multitudes. En pocos días había penetrado en su mente e, incluso, en su cuerpo, la grandeza fantástica de los personajes a los que ya había dado voz y presencia en la escena. Y toda la sabiduría de los grandes parlamentos que oía o entonaba iba socavando acomodo en su flexible y moldeable estructura de joven ávido de vivencias y hazañas. Soñé escuchando cuanto él me contaba. Imaginé y gocé mientras contemplaba el lento discurrir de las estrellas y el desplazar callado de Selene por la oscura y misteriosa cúpula del cielo. La voz de Kebe era templada y el pasar de las horas la fue dotando de un tono menos declamatorio y mucho más entrañable, mesurado y cercano. Y, por primera vez, sentí junto a mí a un ser que latía lleno de entusiasmo y creencia en un futuro propio, espléndido y brillante. Ya al amanecer, cuando la claridad era apenas como un chorro de leche vertido sobre un cuenco de agua, su voz se fue callando, fatigada. Había estado la noche entera contando su entusiasmo. Ahora, el silencio remataba y ponía broche a todo su aluvión de quimeras. Fingí que me quedaba traspuesto y le vi incorporarse. No pude reprimir una sonrisa cuando lo contemplé trabándose las sandalias; Efistenes le había comprado su primer par y él se las calzaba con la lentitud y la ampulosidad de un evidente orgullo. Instintivamente froté la planta de uno de mis pies contra mi otro empeine para sentir el tacto áspero que se me iba formando. Luego vi a Kebe levantarse en silencio para no despertarme. Percibí el olor de su cuerpo cuando abandonó la choza. A pesar de la noche de insomnio, se alejó erguido y elegante. En pocos días, hasta su forma de caminar se había modificado y todo su cuerpo comenzaba a dotarse del atractivo de quien se sabe destinado a la admiración y a seducir al público.
Levantamos nuestro campamento al atardecer tercero. Agios dio salida a su última paloma, que aleteó furiosa golpeando el aire, y aquella noche nos dirigimos a la costa para embarcar las cerámicas en la Andrómaca, que nuevamente se había acercado con sigilo para recogerlas. En esta ocasión, pude distinguir su imponente Victoria desafiando el viento abrasador del Jónico. La nave se aproximó hasta el punto exacto de la costa en que confluyen Élide, Mesenia y Arcadia. Tras la entrega de las cerámicas, respiramos de alivio, pues lo arriesgado de nuestra misión podía considerarse concluido. Después buscamos el curso del Alfeo, quien nos guiaría hasta nuestro destino.
Avistamos el río un día tormentoso. El cielo fue volviéndose ceniciento y morado hasta lograr que la luz se hiciera irreal y fantástica. Incluso, al mirarnos entre nosotros mismos, parecía que un aura extraña circundara nuestros rostros morenos, dotándonos de un algo desconcertante que nos convertía casi en desconocidos. Hacia el atardecer, las nubes sucias y polvorientas se orlaron con un borde de oro fluorescente. De pronto, Céfiro comenzó a soplar como si Janto y Balio, los dos caballos inmortales que él engendrara para Aquiles, patearan con un galopar furioso por sobre el firmamento, resoplando con sus fauces y ollares temblorosos en todas direcciones. El rayó abrió el cielo con su corte quebrado y el trueno estalló hondo como el desmoronarse de toda una caverna. Enseguida, una lluvia de gotas gruesas y calientes empezó a caer con la ofensiva y terca insistencia de un millón de sucios salivazos. Agios mandó que detuviéramos la marcha. En pocos minutos, el camino ante nosotros se encenagó y el cielo parecía desplomarse convertido en lluvias torrenciales. Los esclavos echaron pie a tierra y trataron de sujetar los toldillos y los trenzados de caña, para que el viento no los arrancara con sus bruscos tirones. Las mulas pateaban sobre el suelo, inquietas y asustadas, removiendo los carros y haciendo crujir y chirriar los arreos y arneses. Y, en pocos momentos, el suelo quedó surcado por múltiples torrentes que iban, atropellándose, a verter en el río y dejaban las tierras descarnadas. Parecía como si Posidón las hubiera arrasado con su más pavoroso olear de furiosas galernas.
Permanecimos quietos durante mucho tiempo. El aire olía a frescor de lluvia y de relámpago. El cauce se engrosó con un fluir de barro amarillento. Cada uno de nosotros aguardó cobijado en su carro cual si estuviera solo, sin intercambiar ni palabras ni órdenes. Vi anochecer y contemplé a Sófocles observar, curioso e impertérrito, el espectacular desarrollo del acontecimiento, y supe que estaba hablando con los dioses. Sin duda, su mente recogía entonces todos esos matices y detalles con que nos alecciona la naturaleza, y que luego él ha sabido verter con ejemplaridad en sus bellas tragedias. Esperábamos a merced de los vientos. Creo que, además de Céfiro, los vientos Bóreas, Noto y Euro también se dieron cita y rivalizaron haciendo ostentación de su poder y fuerza; pues que hubo un momento en que nos sentimos aprisionados entre el zarandeo de un luchar de colosos. Y debo confesar que me sentí indefenso y pequeño y, a ratos, aterrado, en medio de tan desproporcionado espectáculo, que nunca antes había soportado guarecido en la fragilidad de un carro. Muchas veces después he sufrido los arrebatos con que Zeus evidencia sus enormes poderes y firmeza, lanzando sobre los mortales la ira enconada de sus elementos. Y siempre que me ha ocurrido eso, he recordado aquella soberbia tormenta con que el dios quiso preceder mi entrada a sus lugares santos y a la ciudad esplendorosa que lo circunda todo. Y lo hizo, seguramente, para que así se testimoniara no sólo su grandiosidad, sino también todo el poder y fortaleza que lo hace temible. Y cuando volví a Atenas, ésa fue una de las primeras cosas que referí a mi madre y a Caris, sin saber muy bien por qué había tomado lugar tan preeminente dentro de mis recuerdos.
La Élide es una gran planicie. El Alfeo y el Cládeo la surcan y la fertilizan como si de un jardín amable se tratase, dando verdor y riqueza en toda su ribera. La hermosura del recinto de Olimpia no puede describirse, pues que además cualquier descripción palidece y se queda sin brío cuando uno refiere las sensaciones que allí, sin duda, ha percibido. Llegamos un día caluroso. Tras la enorme tormenta, el cielo brilló limpio cual si nada de lo antes narrado hubiera sucedido. Mi padre mandó dirigir los carros hacia un lugar a la orilla del río, donde debíamos levantar nuestras tiendas. Miles de ellas se extendían por toda la planicie rivalizando en esplendor y lujo. Kebe y yo no podíamos creer lo que ante nuestros ojos se iba desplegando, según iban abriéndose camino nuestras mulas. Allí se había dado cita el universo entero. Hombres de todos los pueblos y naciones daban color, voz y bullicio a toda la explanada. Cuando llegamos al lugar que nos correspondía, nuestros esclavos cumplieron su cometido con celeridad y maña y, una vez más, izaron nuestras tiendas y descargaron todo. Modestas y pequeñas parecían si se comparaban con las que allí podían contemplarse. Incluso si se comparaban con la de cuantos atenienses habían viajado hasta la Élide. Más tarde, aprendí a distinguir e identificar a qué pueblos pertenecían cada una de ellas, lo que era posible con sólo considerar sus formas y colores. Pues, además de exhibir cada una los estandartes y grímpolas correspondientes a su patria, mostraban sus modos peculiares de ser y de ornamentarse.
Llegamos a una hora ya próxima al poniente. Comenzaban entonces a prenderse las hogueras y a encenderse los fanales y lámparas. El humo de los fogones lo invadía todo, y una mezcla de aromas suculentos se encontraban en una rivalidad de manjares y especias. Las gentes andaban de un lado para otro alegres y festivas. Se citaban y se convidaban y, en muchos sitios, se disponían banquetes y festejos que, con seguridad, durarían hasta bien entrado el negror de la noche. Podían distinguirse las tiendas de los nómadas, espléndidas y bien dotadas de adornos y múltiples objetos extranjeros colgados en sus frentes. Raro era el círculo en el que no se dispusiera de cantores, danzantes o tañedores de flauta o de címbalos. También abundaban los contadores de historias, pues que había a quienes les seducía más el apacible y evocador misterio de los cuentos y las narraciones. Y, en verdad, las noches de Olimpia son, en esos momentos, especialmente apropiadas para el encanto de lo misterioso y remoto. Sobre todo, si es referido por el verbo pausado y el tono bondadoso de un mercader de ensueños.
Por nuestra parte, y tras acomodar nuestro equipaje, mi padre dictó las normas que los esclavos debían respetar durante nuestra estancia. Quince días pasaríamos en la maravillosa ciudad de los prodigios y ellos debían cuidar nuestro bagaje y atender nuestra mesa. Ya aquella noche cenamos, primeramente, sopa de guisantes y, después, carne asada y dispusimos de fruta y leche fresca, así como de pasteles de miel y tortas de sésamo y anises. Pues que los comerciantes de alimentos estaban abastecidos de un modo opulento.
Cuando hubimos cenado, mi padre nos permitió a Kebe y a mí acompañar a Herodoto, que quería recorrer el enorme campamento aquella misma noche para tomar sus anotaciones y apuntes de historiador preciso y fehaciente. Circulamos, pues, uno a cada lado del maestro, escuchando con celo de discípulos sus sabios comentarios y auscultando, con nuestros ojos ávidos, cuanto sus ojos avizores descubrían. De él aprendimos a identificar y distinguir las tiendas y los hombres. Los exóticos egipcios con sus faldas de lino crudo y sus collares de cuentas, me impresionaron. Sobre todo cuando miré a sus rostros y descubrí sus ojos pintados, que dotaban a sus faces de una dignidad irreal y un exotismo hermoso. Vi a los frigios con sus gorros y me acordé de Pistias. También había nubios, quienes lucían sus pesados adornos de marfil y de asta, y sus orejas perforadas de las que pendían aros y amuletos llamativos y enormes. Los tracios vestían permanentemente sus trajes de montar guarnecidos de pieles y correas. Lo hacían, para así testimoniar que su tierra era la más afamada entre todas en lo que a la cría de caballos se refiere, especialmente si han de dedicarse a los carros de guerra. Pero también estaban allí los dulces y sutiles lesbios, los insignes músicos milesios, los coloristas y acrobáticos tesalonicenses. Me sobrecogieron, por su esplendor sin tasa, las tiendas de los tebanos, pues que no suponía yo que Beocia era una tierra de tanta riqueza y ostentación sin límites. Impresionaba ver los carros perfectamente alineados, que habían conducido hasta el lugar a los lacedemonios, con sus herrajes pulidos y lustrosos cual escudos labrados o joyas ceremoniales esculpidas y orladas. Magníficas eran las tiendas que correspondían a los samios. Pero en nada envidiaban a éstas las que habían levantado los venidos de la gran Siracusa o la lejana Lidia, del distrito cario o de Misia, cada cual con la magnificencia de sus emblemas patrios y sus tejidos y alfombras colgados o tendidos en sus nobles entradas.
Nos mostró Herodoto el lugar donde se aposentaban los llegados de Épiro, de Etolia, de Malida o de Anfípolis. Los colores más vivos, sin duda alguna, eran los que engalanaban las tiendas de los hombres de la Cefalonia, pues que en sus puertos fondeaban cuantos barcos mercantes surcaban por las aguas del Jónico y en sus mercados se trocaban y vendían los más diversos objetos y adornos tanto del Oriente como del Occidente, lo que les había dotado de un gusto y una habilidad inusual y exquisita en todo lo relativo a colorantes, anilinas o tintes. Los pueblos de la Hélade teníamos un lugar de privilegio asignado para nuestra ubicación y, entre nosotros, también podía distinguirse un potenciado afán por rivalizar en esplendor y lujo, como si en ello ya comenzara la competición y pugna de los Juegos Olímpicos.
Aquel primer recorrido resultó para mí como un auténtico viaje por el mundo. Y el magno espectáculo que contemplé, me hizo sentir la grandeza del orbe y toda la inmensa profusión y variedad de pueblos que lo integran. Cuando regresamos de nuestra ronda, ya todos los nuestros estaban acostados y las lámparas de nuestras tiendas iban agonizando agotadas y secas. Únicamente Brygos hacía guardia, sentado y casi adormecido, a la entrada. Un poco más allá, languidecía descuidada nuestra hoguera, la cual ya no era más que un testimonio mortecino de brasas que esperaban ser avivadas cuando viniera el día. La noche era estrellada y cálida y las fogatas habían sido en todos los lugares más un símbolo y un tributo al dios, que una necesidad. Cuando nos hubimos acomodado en nuestras esteras y dejamos ya de remover la entraña de nuestros jergones, el silencio se hizo para mí grueso y apacible como un baño en las termas. Los faldones de nuestra tienda habían sido alzados para que el aire pudiera renovarse y el sofoco no resultara tan ahogador y espeso. Del exterior venía el rumor líquido del río, acompañado del chillido de los millares de seres vivos que lo habitaban y del sonido leve que procedía de la zona lejana ocupada por los oriundos de Épiro, pues que su suave música era la única que ya perduraba en medio de la noche. Noté que Kebe enseguida se entregaba al sueño; lo atestiguaba el compás de su respiración confiada y profunda. Mi padre, Sófocles y Herodoto ocupaban la tienda más digna y mejor acondicionada, la que estaba solada con alfombras gruesas y dotada de mullidos y plácidos reposaderos no usados hasta entonces. Los actores habían sido dispuestos en el otro extremo de nuestra estancia, en la parte que se apoyaba en los carros y en todos sus pertrechos, ya que Efistenes no quería en modo alguno pernoctar lejos de sus vestidos y máscaras, pues, en medio de todo aquel despliegue suntuoso, también se guarecían los ladrones y quienes codician las riquezas ajenas.
Tardé en recibir al sueño. Aun después de un largo rato, seguían brillando en mi retina los tornasoles y los dorados de las telas y de los abalorios con que se vestían y adornaban efebos y danzantes. En mis oídos sonaban dulcemente los crótalos y los panderos, pinzados y sobados con el arte esmerado de auténticos maestros. Y en mi mente no podían encontrar sitio y acomodarse las mil imágenes fantásticas de cuanto había visto en las tres horas precedentes. Pero sobre todo ello, sobre toda aquella abundancia de maravilla y fasto, sobrecogía a mi ingenuidad de niño que aún razona torpe y sin recursos, el considerar cómo era posible tal concordia y aquel festivo entendimiento entre pueblos que continuamente estaban traficando con el rumor y la intriga, la traición y la tránsfuga, la agresión y la guerra. Fue entonces cuando pensé que, únicamente, el fervor y la temeridad a Zeus, el indiscutible gran señor del Olimpo, mantenían aquella extraña y misteriosa calma pactada entre los hombres. Desde aquel día comencé a considerar firmemente a Olimpia la mágica ciudad de los prodigios. Mecido en tales pensamientos, debí irme tendiendo en la distensión que siempre trae Morfeo para que el hombre sea capaz de viajar junto a los vuelos del amable Hipno, cuya faz de adolescente, costelada por las dos alas que surgen de sus sienes, es siempre tan seductora y atrayente, en contraposición con la realidad del hombre, oscura y enigmática.
A la mañana siguiente, nos levantamos apenas Helio rozaba el horizonte. Cuando salimos al exterior de nuestras tiendas, ya el río estaba lleno de hombres que se dedicaban a agilizar sus abluciones y aseo. Un hervor de desnudez bullía sobre el agua. A la vez, muchas recuas de animales habían sido conducidas a la parte más baja del río, donde abrevaban mansamente azuzados por arrieros y esclavos. Las columnas grises de las fogatas habían sido nuevamente avivadas, si bien ahora, en lugar de enormes hogueras, se limitaban a ser el testimonio de fogones y hogares de dimensión doméstica. Muchas tiendas habían sido remangadas y, por sus flancos, podían verse sus interiores y la serena elegancia de sus riquezas y decoraciones; aunque ya sin el fulgor oriental y lascivo que, en la noche anterior, mostraran envueltas en sus luces, músicas y vahos aromáticos. El valle del Alfeo, sin embargo, seguía siendo todo un bazar magnífico de riqueza y de fiesta, de alegría y de vida.
Cuando nuestras labores estuvieron cubiertas y el orden para el día dictado por mi padre, nos vestimos con nuestras ropas mejores y nos dispusimos a visitar el recinto sagrado donde se encuentra el Altis y el incomparable templo del gran Zeus Olímpico. Mi padre, aun a pesar del calor que ya se intuía, se tendió un manto nuevo de color azul como el del lapislázuli, dejando, eso sí, su hombro izquierdo y su pecho al descubierto como está mandado que han de hacer los hombres de posición y rango. Herodoto lucía una impecable toga de blanco inmaculado. Y el eminente Sófocles, se había engalanado con una túnica de ese mismo color, sobre la que había colocado su manto gris, cuya ancha orla estaba decorada con las geometrías que dignifican a los que, como él, son hombres dedicados al mundo insigne del saber y las letras. Kebe, a su vez, calzaba sus sandalias, y a mí, mi padre, me hizo abrocharme las mías, pues que Agios no consideraba digno que yo pisara con mis plantas desnudas la tierra consagrada al padre de los dioses.
Recorrimos el campamento completo, pues nuestra ubicación era de las más alejadas. El ritmo de la mañana era muy diferente al que imprimía la noche. Ahora todo era menos fantástico y menos misterioso, pero a la vez se había cargado de magnitud y desnuda opulencia. Tras el enclave de las tiendas, se tendían varias calles configuradas por tenderetes y puestos en los que podía mercarse y encontrarse de todo cuanto un alma necesitada, exquisita o caprichosa pudiera anhelar. Los plateros y orífices hacían relucir sobre paños de púrpura sus obras finamente talladas, para que su encanto y seducción pudiera prender en los ojos de los paseantes. El continuo repiqueteo de sus herramientas era como un reclamo para los hombres adinerados, que ya veían a sus concubinas y esposas luciendo aquellas maravillas, que los artífices no dejaban de tender sobre sus brazos curtidos o sobre sus manos cenicientas. Los hacían evolucionar bajo el sol cual si danzaran, para que sus rayos consiguieran que, las ajorcas con forma de reptil o los aros pulidos, rivalizaran con las cadenillas, los prendedores o los bellos anillos, en los que se aprisionaban cuarzos de hielo, brumosas malaquitas, lustrosos azabaches o corindones violáceos de misteriosa y seductora entraña.
Un poco más allá, se expandía el halo ensoñador de los perfumistas. Humos y esencias invisibles conseguían transformar aquel ambiente de hacinamiento y desorden sin límites. No era aquél un mundo que yo hubiera descubierto aún. Recordé de inmediato el baño de la casa de Agios y los festejos y ofrendas en los que mi madre y Forsila perfumaban la casa. Aquello nada tenía que ver con la densa atmósfera en la que aquí se entraba, cual en una nube invisible de seducción y ensueño. Maderas aromáticas, pétalos macerados, aceites olorosos, bálsamos, grasas y aguas perfumadas; telas que ya traían impregnada su esencia en su interno entramado y que, cuando sus mercaderes las hacían volar ante nuestros olfatos, dejaban tras de sí un rastro de agradable constancia. Allí tenían también puestos sus bancos los masajistas y quienes se dedicaban a hacer que el viajero descubriera las formas de su cuerpo y el placer que arrancan los sutiles contactos que sobre ellos producen las manos hábiles y sabiamente aplicadas. Los cuerpos de los entregados brillaban bajo el sol en la apariencia inequívoca de un placentero letargo. Volaban sobre ellos las expertas manos aprisionando, golpeando, amasando; frotando, en una especie de caricia imprevisible y lúdica. Los hombres estaban dados a semejantes juegos en una desnudez suntuosa y lasciva, que hacía envidiar a quienes no podían permitirse tales atenciones o servicios amables.
Los barberos perfilaban los rostros o rapaban los cráneos de quienes habían decidido dejar su pelo en la ciudad de Olimpia. En sus lumbres y hogares, bullían los tintes y mixturas secretas con las que conseguían alterar los colores del pelo o de la barba. Y hasta alguno de ellos pregonaba la fama y magnificencia de sus propios aceites que conseguían que los rizos y ondas brillaran cual azabache eternamente mojado de rocío.
Los talabarteros, embrocadores y jarreteros, estaban agrupados en un mismo espacio. Olía allí al denso aroma de curtiembre y sus hojas de cuero eran en público rebanadas con dagas afiladas, para que sus clientes pudieran contemplar el grosor, la dureza y la elasticidad del material en venta. En su torno, hincados en estacas, a modo de fálicos hachones, se izaban cascos perfectamente moldeados, cinturones con herrajes y hebillas preciosas, espinilleras, coseletes y petos sobre los que habían grabado aterradoras fauces monstruosas o terribles cabezas de Gorgonas. Al mismo tiempo, ensartados en largos cordeles, se bamboleaban cabezales y arreos, colleras, bridas y ramales para uncir a las bestias.
Color y griterío propio poseían quienes se dedicaban a la venta de talismanes o adornos dotados de poderes y halos bienhechores. Sus tenderetes se cubrían con la celosa penumbra de lo enigmático y en su interior no se permitía la entrada sino a quienes, sinceramente, pretendían la adquisición de uno de sus amuletos. Pues que, además, unido a la venta, debían explicar y aleccionar de cómo era preciso que se utilizara para que el dios obrara a través suyo.
Por entre toda la aglomeración deambulaban también los buscadores de clientes para los burdeles, los incitadores al juego y a la apuesta, los ofertadores de monedas y préstamos, los empleados de las casas de baños, hermosos y adornados como fiel exponente de cuanto el cliente podría encontrar dentro de los recintos a los que lo invitaban. Los mercaderes de lámparas tendían sus modelos junto a los que vendían cerámicas y vasos, cuyos pintores hacían su trabajo ante el ojo atento de los compradores, enseñando así su arte y su dominio en el hermoso hacer de la decoración de hidrias, ánforas o cráteras. En las panzas de sus hornos sellados se presentía el fuego abrasador de Hefesto. Lucían también su verbo los retóricos, los ensartadores de discursos por encargo, los que escribían cartas o ruegos para llevar al dios, los referidores de guerras o proezas de guerreros o héroes. Se anunciaban los físicos haciendo ostentación pública de sus saberes y curaciones logradas, con la muestra fehaciente de algún esclavo en quien podía verse el resultado de alguna de sus intervenciones; tal vez un muñón limpiamente amañado o una cicatriz enorme prendida con los pliegues y pellizcos de un cosido acertado.
No faltaban los vendedores de frutas desecadas, de especias, de carnes en salazón o pescado ahumado. Los taberneros y vendedores de vinos traídos de lugares lejanos, cuyo color y aroma hacían que la saliva fluyera a las bocas en un deseo contenido de paladear su sabor con urgencia. Y ya junto a la entrada del recinto santo, cercano al terreno en el que comienza a tenderse el Gimnasio, estaban los picapedreros y los talladores de Hermas, los vendedores de regalos dedicados al dios, los mercaderes de animales para los sacrificios y quienes traficaban con mulas y caballos, con camellos y potros. También estaban allí los vendedores de carros, armamento y escudos, como si en medio de todo el gran festejo de concordia, fruición y colores, no pudiera olvidarse que el rencor y la ira, cual bases de la guerra, seguían fluyendo, subterráneos y malvados, en el centro de aquel universo de engaños.
Recorrimos el trecho hasta llegar a las orillas del Cládeo que flanquea por el oeste el recinto sagrado. La colina de Crono se alzaba cerrada en su verdor oscuro, sellada y enigmática como corresponde al lugar donde ha de morar uno de los Titanes, señor del tiempo y de la tierra. La primera edificación supe que era el Pritaneo de los eleos, habitantes de Olimpia. Entramos al recinto murado pasando bajo sus Propileos. Y, desde el mismo instante en que traspasé el pórtico sagrado, supe y noté que en aquel lugar se encontraba preservado y reunido el secreto mismo que motiva la vida.
Es difícil describir ahora cuanto sentí entonces; sobre todo por que se trata de algo etéreo e impreciso, que uno entiende tan en el interior, que, si fuera capaz de expresarlo en palabras o ideas, se volatilizaría; pues que no se trata de algo hecho para la comprensión sino para los sentimientos. No obstante, es mi empeño de ahora, que lo que yo allí sentí sea entregado, pues que considero que algo tan grandioso ha de testificarse y hacer que se preserve. Narraré, pues, aun en la oscuridad de esta noche de zozobra y de miedo, cuanto los dioses tengan a bien hacer fluir a mi torpe recuerdo. Y ruego a ellos, que si no es mi coherencia y claridad quien lo presenta con nitidez y luces, sea su don y su magnificencia quien permita que sea comprendido por quienes me escuchen y pervivan.
El Hereo es un templo grandioso; preside la entrada y mira con su frente de esbeltas columnas y su puerta de doble batiente hacia la Palestra, situada del otro lado del Períbolo, cuya enorme estructura cuadrada era la zona más concurrida a aquella hora; tanto, que era imposible, si no se conocía, saber qué era lo que estaba ocurriendo en su recinto. Multitud de hombres se agolpaban en todas sus entradas y desde su interior se expandía un clamor de esfuerzo, admiración y acoso, que solamente mucho después supe a qué correspondía. Seguimos nosotros adelante, ajenos al bullicio exterior, sin distracción alguna. Tanto Agios como Sófocles y Herodoto, jamás se permitían entrar a aquel lugar sin ser al dios a quien honraran en el primer momento. Un poco más atrás, mi padre había comprado dos pichones para hacer nuestra ofrenda. Herodoto había adquirido, a su vez, un hermoso caballito de arcilla para hacer su regalo. Un sacerdote estaba situado en la entrada como guardián permanente del templo. Su figura de anciano, envuelta en su túnica malva, parecía frágil y vulnerable al pie de las colosales columnas que se alzaban detrás de sus espaldas. En el recinto del Altis, la concurrencia era menor y algo más silenciosa y calmada. Algunos hombres esperaban para entregar sus ofrendas y el altar humeaba con continua elegancia. Sobre un residuo enorme de cenizas que testimoniaba y daba la medida del fervor que el dios despertaba, se iban inmolando los nuevos animales, cuyas vísceras sangrantes ardían enigmáticas sin tregua ni descanso. Tras hacer nuestra ofrenda y solicitar del dios su beneplácito, recorrimos el lugar que Heracles trazara con su mano para dedicarlo al culto del gran Zeus, su padre. Agios me mostró el Pelopeo, morada y sepulcro de Pélopas, cuyo triunfo en la carrera de carros le hizo lograr el reino de Enómao y la mano de su hija Hipodamía, a la vez que el culto y el reconocimiento de toda esa tierra que en su memoria tomó desde entonces el nombre de Peloponeso.
Cientos de estatuas, trípodes, pedestales y exvotos se alzan dentro de un perímetro sereno y armonioso sobre el que levita invisible la sombra del gran Zeus, cual si de un ave inmensa y protectora se tratara. Nada es allí extraño al orden y al espíritu. El tiempo pulsa con una cadencia y gravedad distinta. Y hasta cuantas palabras suenan dentro de aquel recinto, fluyen como integradas en un halo de paz y de sabiduría que los hombres no aciertan a explicarse ni a dar sobre ello razones concluyentes. Agios y Herodoto se marcharon primero. Sófocles, Kebe y yo nos quedamos un rato paseando entre tanta armonía. Nos acercamos hasta el muro septentrional, el que está a los pies de la colina de Crono. En su terraza se alinean los tesoros de Mégara, Metaponto, Cirene, Síbaris, Gela, Sicione, Samos, Siracusa y otros más, cuyos nombres no logro recordar, pero cuya riqueza y maravilla jamás podrán olvidar mis ávidas retinas. Paseamos más tarde bajo la sombra amable y ordenada del pórtico de Eco, a cuya espalda se encuentra dormido el gran Estadio. Al frescor de sus cuarenta y cuatro columnas alineadas y ante el evocador universo de los maravillosos frescos que decoran su muro, comencé a soñar con cuanto el noble Sófocles nos contara, sin saber que en sus palabras estaba ya la semilla de lo que un día sería el ímpetu y la esencia de mi vida. Sentados en aquel pórtico a los pies del maestro, oyendo la narración de triunfos de atletas emblemáticos, honra y prez de sus ciudades, comencé yo a escuchar el clamor impaciente de mi corazón buscando su razón y destino, cual un imperativo de triunfos y de glorias.
Permanecimos largo tiempo allí sin darnos cuenta. Muchos ciudadanos de distintos lugares se fueron acercando, seducidos, pues que, cuanto estaba narrando el entrañable Sófocles, atraía a todo el que lo escuchaba, aun a pesar de ser gentes que hablaban dialectos o lenguas distintas a la nuestra. Sabía él dominar como nadie el sutil embeleso que encierra la palabra; esa emoción que el verbo es capaz de transmitir más allá de lo que dice o a lo que se refiere una frase concreta. Sófocles había asistido a muchas Olimpiadas y de cada una de las efemérides recordaba emociones y triunfos, sucesos e incidentes y, en todos esos casos, con el colorido y el clamor que únicamente él era capaz de imprimir a cuanto explicaba. Y fue él quien nos aleccionó a Kebe y a mí sobre la gravedad del juego no ejecutado con honestidad y limpieza. De su boca y su razón, aprendimos aquella mañana que, mucho más allá del castigo que pudieran aplicar los helanodices, estaba el castigo que a sí mismo se infería quien en la vida no era digno ante sus propios ojos y ante los de los dioses que todo lo veían. Y para ratificarlo, nos mostró después las dieciséis estatuas de Zeus que se exhibían entonces en la calle de los Tesoros, cuyas fundiciones habían sido pagadas con las sanciones y gravámenes impuestos a los atletas que habían incumplido el noble reglamento de las competiciones. El pueblo las llamaba “Zanes” y, alineadas, eran la evidencia vergonzosa y el oprobio de aquello en lo que jamás debía incurrirse. Antes que la victoria, estaba la dignidad y el honor de la competición. Fue algo que aprendí de una vez para siempre, sin saber aún cuánto en mi interior batallaría ese simple principio.
Dejamos la columnata del pórtico de Eco ante el disgusto de quienes lo escuchaban, si bien, su gratitud fue patente en saludos y reverencias hechas al maestro cuando nos despedíamos. Tras pasar ante los “Zanes”, bebimos en la fuente y Sófocles refrescó su barba y sus muñecas. Por un instante, el agua sagrada hizo brillar el perfil de sus labios y yo creí ver que la diosa tocaba con su dedo su boca prodigiosa. Ascendimos después las gradas hasta el santuario de Ilitía y su hijo Sosípolis. Y tras efectuar nuestra salutación, descendimos hasta el hermoso Metróo en el que Hera recibe todo el fervor de quienes hasta allí se dirigen buscando su cobijo. Todos los altares que se encuentran diseminados sobre el Altis, humeaban mansamente a un tiempo. El santuario de Hipodamía era, aquella mañana, un jardín sereno en el que la vegetación
envolvía, como para preservarlas, las plegarias que los fieles dedican a la hija de Enómao.
Salimos del recinto sagrado por los Propileos que miran hacia el Cládeo, del lado de poniente. El río brillaba entre los pinos como la plata de un hierro afilado de guerra. Era hora avanzada y decidimos volver al campamento.
Los días que siguieron pasaron para mí con la rapidez que surca por el cielo la violencia del rayo. Cada minuto encerró una emoción y cada emoción supo grabar en mi mente tierna de muchacho un cuño imborrable. Ya no hablaba con Kebe. No porque entre nosotros hubiera sucedido algo que nos distanciara, sino porque toda mi energía, atención y entusiasmo la necesitaba para adentrarme en mi propio marasmo de sorpresas e incógnitas. Ahora ya podía comprenderlo. Agios había logrado sin pronunciar una sola palabra, sin exponer ante mí ni un principio ni un solo argumento, que mi corazón se abriera ante la vida a través del filtro de mis ojos. El mundo era una enorme ventana; aprender a vivir requería asomarse. En cuanto comprendí ese principio básico, supe en qué lugar del mundo me encontraba y, aun con mi corta edad, percibí con claridad que yo iba a ser el único responsable de mi historia y mi vida.
Un día mi padre me llevó a la Palestra. El recuerdo se me hace presente, más que por la evocación de imágenes o datos, por la señal que aquello dejó en todos mis sentidos. Creo, aun hoy, seguir sintiendo el forcejeo de la aglomeración que rodeaba sus accesos y entradas. Una multitud heterogénea pugnaba por encontrar lugar en su interior. Recuerdo su olor a sudor y a alientos encontrados. Veo, incluso, el muro asfixiante que a mi alrededor suponían los mantos y los talles de los hombres, pues que mi estatura no me permitía alzar mi cabeza más allá de sus torsos. Agios me abrió paso con la dignidad que siempre expandía su presencia severa. Ya dentro del recinto, los apostadores bullían como un clamor de preces en desorden. Iban y venían en medio de una multitud entusiasta que mostraba sus bolsas y acordaba postura sirviéndose de un código de gestos y señales encubiertas y escuetas. Supe entonces que tal actividad no estaba permitida, pero que se ejercitaba con profusión viciosa. El recinto era un perfecto cuadrado de arena, rodeado en sus cuatro costados por otros tantos pórticos de columnas hermosas. Los aposentos donde se encontraban los atletas habían sido cegados por cortinas y esteras para que no se viera cómo se preparaban. Fue la primera vez que contemplé un torneo de lucha, y juro por el dios, que algo se clavó en mi entraña como el hierro candente que signa y tatúa a los esclavos para su vida entera.
Vi luchar a dos hombres en medio de la arena. Los azuzadores bullían en un rugir constante, cual si quisieran animar a dos perros a que se despedazasen. Ambos cuerpos brillaban bajo el sol impregnados por el sudor de un esfuerzo conducido hacia el máximo. Su esbeltez era armónica y elástica. Se trataba de dos muchachos jóvenes, el uno de Naxos, el otro de Acaya. Me dijeron después que aquello no era una competición, sino un enfrentamiento a modo de ejercicio, en el que tentaban sus fuerzas para estar a punto en los días siguientes, cuando el torneo fuera definitivo y el dios contemplara complacido su lucha. Disfruté entusiasmado durante toda la tarde de aquel bello espectáculo al que Agios me había conducido a mí sólo. Sin duda, lo había hecho con alguno de sus fines secretos. Cuando he ido madurando, he comprendido que en todo cuanto, áspera o herméticamente, hacía mi padre, siempre se encerraba una razón medida o un propósito meticulosamente calculado.
Cuando se terminaron los enfrentamientos y los ciudadanos fueron desalojando la Palestra, Agios saludó al arquitecto Fidias. Al igual que otros muchos artistas, se había trasladado desde Atenas para presenciar las hermosas contiendas. Dio a mi padre noticias de su amigo Ictino, con quien él trabajaba en la construcción del templo de nuestra Ciudadela. Fidias era un hombre enjuto y pausado. Tenía ojos claros y un mirar que siempre iba haciendo discurrir sobre todas las cosas, cual si las contemplara de una forma dinámica. En un principio, podía parecer un hombre inquietante; pues que uno tenía la sensación de que te estuviera mirando en el fondo del alma. En cuanto nos acercamos, detuvo su trabajo; estaba tomando apuntes del cuerpo de un atleta cuya hermosura y perfección de formas era una evidencia, incluso para mí, que apenas si había comenzado a reparar en ello. El muchacho aprovechó la pausa para, tras disculparse, ir hasta el pozo y tomar un gran vaso de agua del manantial del que únicamente podían consumir los atletas. Cuando volvió a su podio y nuevamente posó para el maestro Fidias, vi aparecer el sudor nacarado sobre su piel bruñida y aceitada. Inmóvil en su pedestal, en aquella postura que el estatuario le había hecho adoptar, parecía, en su perfección, un dios reencarnado. Únicamente en el mármol moreno de su cuello rotundo podía percibirse el pulso acompasado de su respiración. Sus piernas eran rectas y su cintura suave, su pecho cual una coraza cincelada en basalto, y sobre sus hombros caía, cual un manto de miel, la luz amarillenta del calmo atardecer del entorno de Olimpia. Envidié por vez primera la hermosura y me formulé por primera vez la gran pregunta: ¿Tal perfección podía alcanzarse?
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