LIBROS de Javier Yáñez (novela II)
"El rayo de cobalto", historia de un atleta griego (siglo V a.C.)
3.11.13
INTRODUCCION
En ninguna de las ocasiones que he visitado Grecia pensé en escribir una obra ambientada allí, ni cuyos personajes tuvieran que ver algo con su presente o su pasado. Seducido siempre, eso sí, por su historia y su geografía, gocé de sus encantos, capacidad evocadora y misterio transmisor. Sin duda, lazos insospechados y alianzas amorosas iban, de un modo subterráneo, aprisionándome gozosamente a la vez que comprometiéndome con aquel lugar y su pasado.
Un día -no sé cuándo-, descubrí que la vida, nuestra propia vida, no es más que la adición cronológica y ordenada de sucesos, tiempos y estados personales; una simple lista de actos y de anécdotas. Entonces comprendí que el auténtico vivir no es sino el soñar; que vive quien se imagina a sí mismo, y se desperdicia o des-vive (vive hacia atrás, hasta llegar a su fin) quien no lo hace así. Ser, pues, de un tiempo o de otro es, únicamente, una cuestión de escenario, disfraz o posición concreta en la gran rueda de la historia a la que llamamos "tiempo". Fue en ese momento cuando sentí la imperiosa -casi desesperada, tal vez- necesidad de soñar, inventar: transportarme. Ser uno y mil en mil tierras distintas, en mil épocas, en mil cuerpos; en un millón de historias. Es ésa, pues, la suerte y potestad de quienes crean e imaginan. De quienes, a imagen y semejanza de los dioses, sacan de la nada un anhelo y lo tornan en vida, mediante el soplo vivificador de su capricho, su necesidad o su magia.
Esta historia que aquí se narra, no pretende enmendar los hechos ya certificados por la investigación, que sabemos que, en la época en que se sitúa, acontecieron. Toma de allí, eso sí, con respeto pero con libertad personajes, fechas, sucesos y nombres de lugares. Y es con ellos y la pura imaginación como aliada con quienes fabula, recrea y reinventa la existencia misma. Es ése un privilegio de autor que a nadie debiera ofender o producir escándalo.
Con la sabiduría de "El más grande", el tiempo pierde, confunde y enmascara, con cierta y reiterada frecuencia, sus datos y registros, para que -cual en Babel inmensa e insondable- la Historia se diluya, camufle y preserve. Es así como el hombre ávido de existencia, que se implica en ello, vuelve a jugar, como niño seducido y curioso, con las teselas trizadas del pasado. Aportando, cuando las logra casar y reunir, un ápice de magia a su propio presente; único gestador del futuro de todos. Misteriosos son, sin duda, los mecanismos y engranajes con los que la Historia se mueve y se construye.
¡Ojalá! que los siguientes párrafos estén dotados de tales atributos, esencias y poderes.
Escritos están ya. Ahora resta sólo el celo del lector por traducirlos a su propio e íntimo lenguaje. Será entonces cuando el círculo quede al fin completo y la verdad sellada.
Sea, pues. Y que los dioses nos guíen en este noble empeño al que algunos denominan ficción y al que, en realidad, habría que llamar vida.
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Novela "El rayo de cobalto"
CAPITULO PRIMERO
PRIMERA PARTE
Del baúl de mi infancia saco todos mis viejos juguetes cuando, harto y transido de este ejercicio imposible en que consiste el ser mayor, me refugio en el desván de mis sueños e inventos. Entonces me imagino que vivo y todo se hace más suave y soportable.
I
LOS DÍAS LUMINOSOS
Yo, Antandros, hijo de Agios, del demo de Alopeke, de la ciudad de Atenas, escribo esta misiva a Licino, hijo de Lámaco, de la ciudad de Tebas, atleta no coronado en la ochenta y cinco Olimpiada, que los dioses tengan bien registrada en sus áureos anales, sus perennes memorias y sus rectos corazones. Escribo esta carta sobre la que hago encargo expreso a mi mujer Arete, hija de Milto, de la ciudad de Mégara, y a mis hijos Amasis y Alquifrón, quienes habrán de emplear toda su sabiduría, voluntad y hacienda, si fuera preciso, para hacerla llegar a su destinatario o a la estirpe de su sangre, en caso de su falta o la mía. Sea cumplido así mi encargo. Ya que en ella se encierra y palpita "El rayo de cobalto", del que debo hacer entrega rigurosa.
Yo, Antandros, comienzo a escribir esta carta a la edad de sesenta y cinco años, en la ciudad de Atenas, cuando cursa el segundo año de la noventa y ocho Olimpiada. Varios años hace ya que la sangre del maestro Sócrates fue teñida con el agrio jugo de la cicuta injuriante, Jenofonte fue exilado y Platón decidió llevar su amargura y desaliento a la ciudad de Mégara. Escribo los primeros párrafos de esta carta entre las telarañas de las noches más frías, cuando el viento habla con silbo de conspirador y la nieve se acuesta sobre el monte Himeto como el manto gélido de un depredador que se camufla, inmóvil, esperando saltar sobre su presa. Escribo esta misiva cuando Atenas se retuerce y plañe de impotencia y, por sus calles, en medio de la oscura penumbra, van y vienen los auspicios de la negra conjura de los débiles. Lento fue en aquel aciago tiempo el regreso de la Salaminia, la galera estatal, cuando tantos esperábamos que la lechuza azul que preside su quilla, símbolo de la sabiduría de Atenas, iluminara a este pueblo ávido de fanatismo y falto de cordura en horas tan definitivas y cruciales. Pero el tiempo se encoge o se distiende a su capricho. Y la vida es, al fin y al cabo, para los hombres, el sufrimiento de esa elasticidad arbitraria, que siempre nos es inapropiada a nuestras necesidades y deseos de presente. Porque los dioses trafican con el tiempo, y los mortales no alcanzamos a comprender ni sus juegos, ni sus afanes, ni sus siempre intrincados devaneos.
Escribo esta carta, no obstante, desde la macerada tolerancia. Pues que el paso de la vida y sus rigores nos doma a todos y curte y abatana como mantos usados. Y la aviesa profecía del terrible futuro nos vuelve débiles e indefensos como niños que todo lo temen y de todo recelan. Desprovistos ya de nuestros ardores y bravuras de otros tiempos, apenas recordados. Aprovecho las noches, cuando todos duermen en mi casa, pues creo que así mis recuerdos y presagios pueden deambular más a su capricho y grabar con más esplendidez y ahínco sobre mis escritos sus señales y estigmas. Sea de cualquier modo, escribo:
Nací -siempre dijo mi madre- a eso del medio día, cuando Helio coronaba los cielos y su lluvia luminosa de bronce doraba todo el Ática. Nací un día del mes de boedromion, cuando la ciudad celebraba las ceremonias de iniciación a los grandes Misterios de Eleusis y el templo de Deméter era un ascua de plata entre guirnaldas de mirto y rosas tardías enlazadas. Cuando las vides comienzan ya a henchirse y Dioniso, cabalgando sobre su pantera y con su tirso lujurioso en la mano, guiña el ojo a sus bacantes, como señal certera de una buena cosecha y de un jolgorio seguro. Y debió ser por eso por lo que siempre tuve una actitud proclive a la luz y, también, al arte y la belleza.
Y hasta tal punto debía ser eso así, que, niño yo, apenas comenzaba a fenecer el día, me recluía en casa de mi padre y, si era posible, en el lugar más recóndito de ésta, como si temiera un peligro o afrenta inminentes. Y esto fue desde un principio muy mal entendido por Agios, mi padre, quien lo interpretó como miedo o debilidad por parte mía, ante la vida que apenas estrenaba. Por lo que se dispuso hacia mí con una actitud feroz y exigente, ya casi desde mi tiempo de lías y pañales. Rigor e intransigencia, pues, presidieron siempre su relación conmigo.
Mas debo asentir que mi amor a la luz fue fervoroso desde mis días primeros. Pues, cuando mi madre pasó el trance de mi parto y la mujer de Sofronisco, que era la mejor comadrona de Atenas, le anunció que sus partes estaban ya otra vez sujetas y, en su ser, colocadas, mi madre se dispuso a purificar la casa como ordenan los dioses. Y me contó Forsila, -nuestra más vieja esclava-, que para ello se tendieron festones y alfombrillas y se colgaron guías de anémonas, jacintos y estefanotis blancos. Y me dijo que se aventó la casa antes de alborear y sin prender aún las lámparas. Y se coció el lienzo y el lino de las camas, clinos y almohadones. Y aseguraba que se quemó mirra e incienso en abundancia, y se hizo bullir agua con salvia y se efectuaron libaciones por todas las esquinas con el agua sagrada de las fuentes. Y cuando mi madre me tomó en sus brazos -aún, yo, con los ojos cosidos para mirar la vida- y me alzó sobre el altar doméstico, entre el humo acre de los sacrificios que subía al cielo sin dilación ni titubeo alguno, en ese momento preciso en que Helio levanta sus rodillas del mar y se dispone a inundar la tierra con su lumbre de ámbar, yo abrí mis ojos y lo miré todo como si, cuanto la luz doraba con su miel, fuera enteramente y de por vida mío.
También me refirió muchas veces Forsila que, apenas sobrevenía la noche, me acurrucaba yo y dormía en cualquier parte, lo que me perduró hasta que fui muchacho. Y que jamás, por extraño que pueda parecer, lloré ni abrí los ojos en medio de las sombras. Cual si tuviera bien certificado que aquél, el de la lobreguez, no era mi mundo y que con él nada me vinculaba, ni tan siquiera el miedo.
Nací el primer hijo de mi padre y ello fue recibido por él como un honor que le concedían los dioses que guardaban la casa: Hestia y Hermes. Y es que, de haber sido otro mi sexo, él no hubiera dudado en mandar que fuera abandonado en las afueras de Atenas, más allá del muro que levantó Temístocles, a merced de las fieras y las aves rapaces.
Fue, pues, mi fortuna y mi infortunio eso de ser varón, ya que, si bien salvé por ello la vida, durante mucho tiempo la tuve tan vigilada como si en realidad no me perteneciera. Ya desde un principio, en cuanto supo mi padre que mi madre había sido preñada, ordenó a Forsila que hiciera otro tanto. Por lo que no dudó en emparejarla con cuantos esclavos fue preciso para que se quedara la mujer encinta, sin saber de quién de ellos era aquel embarazo. Se previno así que la esclava tuviera las ubres bien repletas para mi nacimiento, ya que mi padre siempre consideró a su esposa débil y desnutrida de existencia. Llevaron de este modo ambas mujeres la preñez a un tiempo. Ambas, ahogadas por el temor de que parieran niñas. Ya que, en tal caso, serían, sin remisión, sacrificadas. Nací yo y a Forsila le obligaron el parto con hierbas y cocciones. No tuvo suerte. Y su hija le fue retirada sin que pudiera verla y sin que jamás se volviera a hacer mención de ello. Pero del corazón de la esclava y del de mi propia madre jamás se borró aquel baldón de crueldad y oprobio, por mucho que las leyes lo ampararan o lo ordenara el amo de la casa.
Desde entonces, las dos mujeres -cada una desde su posición y estado- hicieron causa común ante la vida y se quisieron y confortaron igual que dos hermanas. Fui, pues, hijo de dos madres a un tiempo. Pues que ambas me amamantaron y me compartieron. Siempre sin descuidar aquel celo y empeño que mi padre tenía por hacerme fornido y corpulento.
No fui nunca un niño de animales domésticos. Me gustaban los pájaros. Me gustaba verlos bañándose en la luz, cuando venían hasta nuestra terraza y, enloquecidos, se trenzaban jugando entre las parras, las higueras y adelfas. Admiré desde siempre esa gran libertad que parecía corolar cuerpos en extremo tan frágiles. Y, desde muy pequeño, fui, ciertamente, versado en sus trinos, hábitos y colores. Y cuando jugué a atraparlos, fue siempre para dejarlos en libertad más tarde. E incluso, durante algunos años, llegué a coleccionar sus plumas y sus huevos como un tesoro misterioso y remoto, lleno de claves y augurios insondables. Y cuando en una ocasión mi padre me trajo una tórtola sujeta de una pata para que la enjaulara, le rogué a Artemisa que la matara pronto. Creo que la diosa debió ser de mi misma opinión, pues que me hizo caso. Ya que, al otro amanecer, estaba seco el brío de sus redondos ojos y mudo aquel ardor que presentaran sus fuertes alas, tan sólo algunas horas antes.
Ya he dicho la extraña sensación que siempre me produjo la noche y su entorno. No es que yo la temiera; era la falta de luz lo que me la enfrentaba y me hacia esquivarla. Por eso, cuando fui capaz de fijarme en la bóveda e intuí que ese polvo brillante, que llamamos estrellas, debía estar compuesto de luces muy lejanas, sentí gran embeleso. Y muchas noches, recluido en el cubil amable de mi cama, cuando el silencio parecía compacto como el cuarzo, jugaba a recortar mi mano sobre la oscura bóveda enigmática. Dejaba entonces que los puntitos de plata titilante entraran entre los vértices terrosos que angulaban mis dedos, tensos y separados. En otras ocasiones, acotaba unos cuantos con el círculo que formaban mi pulgar y mi índice al cerrarse, y los imaginaba seres y formas cinceladas por la combinación que sugerían ellos y les ponía nombres. Y hasta los dibujaba casi a oscuras en el suelo o sobre mi tablilla de cera, para no olvidarlos y poderlos reencontrar a la noche siguiente. Me gustaba hacerlo sobre todo durante gamelion, pues es el tiempo en que las noches son más cortas y el clima más amable. Era entonces cuando por mi ventana entraba el aroma de las madreselvas, jacintos y jazmines, y se encontraba con la salitrosa brisa que me llegaba desde El Pireo y Muniquia. Y cuando fui mayor, me interesé por cuanto Filolao de Crotona, discípulo del maestro de Samos, enseñó sobre el movimiento de la tierra y sobre otras muchas cuestiones de la física que ordenan los elementos y los cuerpos celestes. Y siempre tuve para con los discípulos de Pitágoras un profundo y admirado respeto, tanto por sus doctrinas como por el modo de vida que observaban.
Crecí, pues, entre dos mujeres. Y sus diferentes formas de ser y de entender la vida, me abrieron, aun en el tiempo en que yo no era consciente de ello, toda una panorámica de su universo y sus inmensas almas. Mi madre era una mujer templada, sumisa a veces hasta la exasperación, callada y diligente casi como una perra, que atendía al que era mi padre como la mejor de sus esclavas. Tenía, eso sí, una tristeza lejana en la mirada y un rictus de dolor perenne alojado no se sabía bien en qué lugar de su siempre sellada y hermosamente perfilada boca. Era digna en el andar, elegante en el vestir y precisa en sus órdenes. Las esclavas la obedecían con respetuoso cariño y, yo creo que, más que a la señora de la casa, la consideraban la hermana mayor de todas ellas. Mi madre se llamaba Talía. Y he de manifestar que en nada se parecía a la representación de la musa de la comedia de la que, al parecer, alguien había tomado su nombre para perpetuarlo en ella, equivocadamente. Mi madre había nacido en la isla de Egina. Y quienes la conocían y han visitado el templo de Afrodita Afea que allí se levanta, sostienen que el mirar de mi madre es el mismo que el que ostenta la diosa. Como si por algún don u oculto motivo insondable, la hija de Júpiter y Dione hubiera, por un solo momento, desatendido a las Risas, las Gracias y los Juegos que constituyen su cortejo y su elenco, y hubiera querido reposar su mirada en los ojos verdes y grises, cual la bruma, de la que fue mi madre.
Forsila, la nodriza, mi otra madre, era una mujer rotunda y amorosa. Siempre estaba entregada a la ternura y jamás le alteraba nada por terrible que fuera. Era como si siempre viera mucho más allá de las cosas. Incluso, cuando miraba, lo hacía clavando los ojos en un punto lejano, como si el presente en realidad jamás la reclamase. Era como si la vida, a través de su esclavitud y su forzada y tronchada maternidad, ya le hubiera inferido cuanto mal y dolor podía administrarle. Y siempre he creído que sabía, con esa seguridad que se tiene para con las cosas que han calado ya su frío en el alma, que jamás nada podría ya asustarla. Incluso, cuando se reía, lo hacía sin creérselo, como en un mero juego que no la divirtiera. Y puedo asegurar que nunca he podido olvidar el punto exacto de dolor y amargura con el que un día oí que le decía a mi madre, en los tiempos difíciles, la única referencia que en su vida hizo a su anónima hija: "Cuando a una le han arrancado de las entrañas a un hijo y se lo han tirado a los perros igual que un desperdicio, ya no es posible que le resten más lágrimas".
Forsila había venido de Acaya. Mi padre la había mercado ya madura, completando una partida de grano que había trocado por un semental adquirido en Arabia. Pero como siempre había sido esclava, el yugo parecía no pesarle en exceso. En casa se movía con plena libertad. Y creo que era con la única persona con quien mi padre, a partir de un preciso momento, comenzó a medir sus palabras y sus comportamientos. Tras su brutal imposición para que quedara preñada, él había comprendido que únicamente a él era a quien, en silencio y con suprema dignidad, despreciaba y odiaba aquella mujer amable y maternal como ninguna, que de repente se había hecho vieja en nueve meses. Creo que también sabía con certeza que, tras aquella innominable ofensa, Forsila estaba dispuesta en cualquier momento, y sin importarle el posterior castigo del Areópago, a clavarle una daga o a administrarle un veneno letal, si se hiciera preciso. Y era en esa misma seguridad y falta de temor de Forsila en la que se apoyaba y refugiaba mi madre. Pues, entre ellas, tácitamente, habían sabido tejer un entramado que protegía sus vidas, su dignidad y su casa.
Entre ellas dos fui conociendo el mundo y sus días más suaves y diáfanos. Entre sus piernas y las olorosas telas de sus peplos comencé a dar mis primeros pasos y, a sus pies, a jugar con mis primeros taquines, ovillos y muñecos. Me encantaba sobre todo el olor que exhalaban sus distintos cuerpos, cuando me llevaban a la habitación de los baños. Y, entre las carnes lívidas de mi madre, me dejaban que me sumergiese en el agua como en un manantial integrador, magnífico y secreto para el resto del mundo.
Conocí, pues, desde muy pequeño, el placer del roce de los cuerpos cuando los cubre con su pátina el agua y los nubla y difumina, deleitosamente, el vaho que brota, al volcar desde las escaleras el hervor rebosante de las hidrias de arcilla.
Para aquella ceremonia periódica se sellaba a cal y canto la zona de la casa en la que se encontraba el fogón de las mujeres, la habitación de baños y el común; donde estaba situada, a su vez, la sentina, el patio posterior y la bodega. Únicamente dos muchachas esclavas, Forsila, mi madre y yo, quedábamos dentro de aquel recinto transformado de pronto en suntuoso ámbito encantado. Era entonces cuando se producía la magnífica metamorfosis: todo resultaba una fiesta sensual y excitante. Era como si el rigor y las normas que habitualmente presidían las labores domésticas se hubieran esfumado. Las muchachas elegidas corrían de un lado para otro con una agilidad inusual muy distante de su eterna pereza y desaliento. Hablaban, se reían, cantaban. Se soltaban el pelo atrevidamente y se lo volvían a sujetar de un modo informal en lo más alto, sirviéndose de prendedores de hueso o con horquillas de bronce trabajado, regalo de mi madre. Se quitaban, impúdicas, las sandalias y se remangaban las túnicas livianas dejando sus piernas, hermosamente, al aire. Hasta parecía que no les importaran las posibles objeciones o censuras que pudiera musitar mi madre, pues que sabían que ella se las hacía, ahora, de modo poco serio. Se afanaban, gráciles, primero en atizar la fiera lumbre como si pretendieran, en verdad, quemar por completo la casa. Luego, las ollas de bronce exhalaban un humo azul y malva que lo invadía y se pegaba a todo haciendo sudar a las paredes, a la vez que empezaban a rugir sus entrañas como vientres de sapos. Parecía como si el rumor surgiera de los ámbitos de Hades, el dios que vigila y rige el reino de los muertos. Era entonces, cuando los troncos se hacían de un rojo transparente cual el vidrio, cuando ellas cargaban sus enormes ánforas entre risas y chanzas. Y, acto seguido, se precipitaban, con sus hidrias sujetas al costado, pasillo adelante. Y, apenas abierta la escueta puerta del recinto de baños, sin ni siquiera descender los escalones que entraban directamente en la honda pileta, volcaban su contenido estruendosamente y sin reparo alguno. Luego, felices y veloces, volvían de nuevo a los fogones, no sin pellizcarse o hacerse cosquillas, si entre ellas se encontraban en el estrecho pasadizo por el que transitaban.
Era un trasiego jubiloso y feliz que a mí me emocionaba. En el trajín se mojaban sus peplos, se les aflojaban los ceñidores, y la frente y el pelo les sudaban generosa y exaltadamente. Y sus rostros se distendían y hermoseaban igual que lunas nuevas. Después, mi madre, se desnudaba y me desnudaba a mí. Todo muy lentamente, como si el tiempo hubiera dejado de pulsar y la clepsidra se hubiera detenido. Depositaba nuestra ropa en la poyata que estaba en la antesala, antes del cuarto de los baños. Recuerdo nuestras prendas mezcladas y olvidadas sobre el anaquel de mármol puramente blanco traído del Pentélico. Y hasta ahora me alcanza la dulce fruición de aquella imagen. Luego, Forsila, también desnuda, llevaba los aceites y perfumes, la gamuza, la pequeña estrigila para raspar la carne, y la piedra porosa. Y un milagro me parecía a mí aquellos pomos de colores, en cuya entraña giraban y se contenían, densas y transparentes, esencias tan atrayentes y olorosas como el áloe morado o la henna sangrante o el extracto de piperita de un verdor enigmático. Luego, los tres descendíamos por aquella mínima escalera, cuyos últimos peldaños ya estaban sumergidos en aquel mar rectangular de ámbito doméstico.
Entrar en el cuarto de los baños era como entrar en un ámbito en el que todo perdía sus perfiles. La luz que se filtraba por la ventana cegada por la pieza de ámbar era amarilla como leche cuajada. Y el vaho me acariciaba como un abrazo inmenso hecho de aceites tibios fuertemente esenciados. Forsila frotaba a mi madre firmemente con el guante de gamuza. Luego le recorría el cuerpo entero con la estrigila. Y más tarde la regaba, insistentemente, con el cacillo de plata repleto de agua clara. A continuación, le aplicaba la alheña rojiza sobre el pelo, el sangrante minio en los labios y, con polvo de antimonio, perfilaba suavemente sus cejas. Utilizaba también la piedra porosa para redondear sus uñas y aliviar sus talones. Y le frotaba suavemente sus pechos y sus partes recónditas, allá entre sus muslos, con polvillo de plomo; sumidas, ambas, en lo que yo he considerado una embriaguez de complacencia mutua.
Era éste un juego en el que yo también participaba, primeramente, de un modo ajeno e inconsciente, luego, pleno de sensual ingenuidad. Hasta que mi padre me prohibió que siguiera concurriendo en ello. Sospechando, seguramente, mi percepción creciente.
En realidad, a mí no me hacían caso más allá de unos cuantos chapuzones para que mi cuerpo se aclarase. Suponían que mi jugar en el agua ya era suficiente para todo mi aseo. Así, cuando el baño de mi madre estaba terminado, era Forsila quien se sumergía, cual un tierno cetáceo que buscara la calma. Y cuando ella ya se había aseado, los tres salíamos del agua y, ya en la escalera, antes de abandonar la templada estancia, nos secaba a ambos y vestía con ropas limpias perfumadas con hierbas. Desde entonces me acompaña ese placer inmenso que me supone siempre entrar en túnica o manto recién desdoblado y sacado de su sueño en el arca. Después, mi madre autorizaba a las muchachas a que chapotearan a su vez en el baño. Y mientras contemplábamos su fiesta, ya desde la antesala, tumbados ella y yo sobre un mismo clino, reposando, sintiendo yo el calor húmedo de su cuerpo de madre, reíamos y disfrutábamos a la vez que comíamos alguna fruta o bebíamos un vaso de ponche humeante. Cuando se descandaba el recinto, el silencio y el orden volvían a la casa y era difícil creer que todo aquello hubiera sucedido de aquel modo inaudito.
Exactamente el espíritu contrario presidía las ceremonias o actos en torno al altar. Mi madre era extremadamente rigurosa en todo lo concerniente a los dioses y no admitía dilación o descuido alguno, sobre todo con respecto a Hestia y Hermes, que eran los dioses protectores de nuestro hogar. A ellos se atendía con regularidad inviolada mediante ofrendas, libaciones y ritos en el altar que estaba en el lugar más digno del peristilo del patio.
La casa de mi padre estaba situada en la parte sur de la ciudad de Atenas, retirada del centro, en una zona poblada de pequeñas viviendas, entre la puerta Diomea que conduce a la costa de Falero y la puerta Itonia por donde sale el pueblo para dirigirse al cabo de Sunion, desde donde se despide a las naves y se contempla la grandiosidad del imperio y las islas. Desde allí el pueblo de Atenas trata de sentir y renovar, cada vez que se asoma al cortante, el dolor que debió embargar al rey Egeo cuando, creyendo ver las velas negras que le anunciaban la muerte de su hijo Teseo, se arrojó por el acantilado tiñendo con su sangre el mar dorado y dando nombre a un caudal desde entonces eterno, sagrado y misterioso, lo mismo que un sepulcro tallado por los dioses.
Allí, apoyado en las ásperas columnas de mármol de Agrilesa con las que está levantado el nuevo templo en honor a Posidón que erigiera Pericles en réplica y hermandad con el templo de Hefesto que se asienta en el Ágora, he sufrido y clamado yo también por el incierto futuro de esta patria que parece abocada a su propio suicidio por su obtusa ceguera. Y he temido que, una vez más, al igual que hicieron los persas, del templo del dios y de nuestra querida Atenas no queden más que enhiestos espigones como testimonio grotesco de un sueño destruido por quienes lo soñamos. Y he recordado, a la vez, los días bañados de luz en que mi madre me enseñara la cara cegadora de Helio, carro conductor de Apolo, al que no puede mirarse, pues que quema los ojos de quien osa. Y la he recordado en aquel mismo lugar, marcando ella con su brazo extendido el lugar exacto en que se encuentra Delos, isla patria y cuna del dios de la hermosura, cuyo Oráculo me informó un día tan acertadamente y hoy me reclama en su último párrafo.
Pero, de aquellos días luminosos de mi infancia, recuerdo también el dulce y disciplinado deambular de las esclavas preparando las guirnaldas y tendiendo las cintas, a la vez que acarreaban el kylix de los sacrificios y el cuchillo de sangrar los pichones y la leña menuda para el rito. Y, hasta en la oscuridad profunda de esta noche, me parece oír la voz queda y amable de mi madre haciendo sus recomendaciones y temblando, trémula, hasta certificar que la columna de humo subía dócil y diligente hacia lo alto y el presagio era favorable y benigno a la casa.
De aquellos días, recuerdo también, más como un rumor que como una imagen con tintes, formas y figuras, el murmullo dulce y laborioso que siempre se desplegaba en torno a los telares. Era en aquella habitación del fondo, a un lado de la terraza que miraba y presidía el jardín. Allí se refugiaban las mujeres que, frente a sus bastidores y urdimbres, bordaban o tejían, en una tarea que parecía no tener jamás fin. Anudaban y anudaban sus lanas de colores y, poco a poco, como por un ensalmo lento y casi imperceptible, iban surgiendo los dibujos de sus labores de trazos calculados, preciosas y precisas. Me gustaba mirar el fondo de sus barreñas con tintes de colores cual sangres caprichosas, sus hilos tendidos, sus lanas sin hilar metidas en los cálatos, la amable confusión de sus utensilios, materiales y artes, y aquel eterno montón de lana cardada en el que me guarecía y en el que me gustaba esconderme, para así percibir su olor remoto a oveja y a establo, a leche y a heno fresco.
Otro mundo que me apasionaba era el de la despensa. Calira era la muchacha que se ocupaba de ella. Junto a Forsila iba al mercado que se encontraba en la stoa del Ágora y allí se aprovisionaban de frutas, verduras y demás alimentos que estimaban precisos. Era el lugar donde se encontraban las mejores tiendas y bazares y al que concurrían mercaderes remotos. Para hacer acopio en ellas, las enviaba mi madre una vez por semana. O más, si se esperaba que alguien nos fuera a visitar o se preveía una reunión nocturna de mi padre y aquéllos que eran sus mejores amigos. A mí no se me dejaba acompañar a las mujeres a por las provisiones, porque aseguraban éstas que las importunaba. Por eso yo las esperaba impaciente, mirando desde el estilóbato de nuestra terraza, pues que, si uno se pegaba a la columna situada más próxima al poniente, podía verse un trecho de la calle por la que volverían. Y era una dicha verlas aparecer con todo el cargamento, pues bien sabía yo que, bajo las verduras y las hortalizas que venían arriba, también traían panecillos de sésamo, higos secos de Rodas, dátiles de Egipto o pasteles de miel y frutas muy jugosas. Venían siempre en formación de marcha: Forsila la primera, Calira, portando el mayor cargamento y casi derrengada, tras de ella. Algunas veces tenían que hacerse acompañar por algún muchacho de los que andaban por el Ágora buscando ganarse algún óbolo. Yo, apenas las descubría, daba el grito de guerra y bajaba, si no estaba mi padre, dando voces de loco hasta la misma entrada. Cuando ellas hacían su saludo al Herma, yo ayudaba a abrirles la portera. Y apenas cruzaban el peldaño, ya me colgaba yo de los capachos e iba, casi a rastras, hasta nuestra despensa. Allí era un festín para mis ojos ver todo lo que salía de aquellos cuévanos de promisión y magia. Seguramente, la rígida severidad de mi padre para con mis salidas a la calle, me hacía creer que cuanto provenía de ella era maravilloso. Sin duda, en todo ello se encierra esa esencia que a mí ya me llamaba y que luego supe que se denominaba libertad.
La despensa era un ámbito cargado de fascinación y sugerencias. Recelaba penetrar en ella, pues era un mundo oscuro. Estaba situada en un lateral del patio trasero, más allá del común y cerca del establo donde vivía Mirkos. Mirkos era el caballo negro de mi padre. A él, y hasta cierta edad, siempre me dirigí con gesto interrogante con la esperanza de que sus ojos fueran capaces de transmitirme y desvelarme en qué consistía la misteriosa frialdad y lejanía que acompañaban continuamente a Agios. Pues bien, de la despensa me impresionaba el frescor, igual en invierno que en los días tórridos de estío, cuando el sol es como un escudo al rojo vivo y la diosa Gea -madre y tierra a un tiempo- exhala su vaho, cual si tuviera una hoguera alojada en su pecho. La despensa estaba excavada en la tierra, tenía sus paredes gredosas y en ellas el tiempo había escrito y dibujado con zarpazos de moho perfiles, formas y amuletos que yo creía interpretar entre fantásticos amaños e ilusiones terribles. Había que entrar en ella provisto de una lámpara. Y para mí, durante mucho tiempo, fue un reto y una temeridad adentrarme en aquella especie de entraña cavernosa que era capaz de concitarme a un tiempo temblores y misterios en una mezcla que nunca supe si me producía terror o es que me fascinaba. Fue, quizá, la primera vez que sentí esa dualidad de sensaciones que luego me ha acompañado a lo largo de mi vida y que es aún un verdadero enigma ante mí mismo. Y fue allí, en la bodega de la casa de Agios donde un día supe, revestido de arrojo, que había dejado de ser niño y era ya un muchacho, sin que la voz o el trato de los mayores tuvieran de otro modo que certificármelo.
Mi cuarto estuvo situado, apenas salí del de mi madre y se me asignó uno propio, al lado de la terraza que presidía el patio posterior de la casa. A un lado, estaban las habitaciones propias de las mujeres, al otro, el cuarto para los invitados, que siempre permanecía cegado aunque dispuesto para recibirlos. La habitación de mi padre estaba al otro extremo de la casa, junto al lugar de los simposios, contigua a aquel cuarto que él tenía dedicado a sus negocios, en el que recibía a quienes venían a hacer con él tratos y ajustes.
La casa de Agios era, sin duda, de las más espléndidas de todo aquel contorno. Y, salvo la del padre de Nicias que era conocida y admirada por toda la ciudad como la más bella mansión que podía soñarse, pocas había que estuvieran tan hermosamente construidas y tan finamente decoradas. Mi padre se dedicaba a los asuntos del comercio. Sus barcos mercantes eran bien conocidos en las dársenas de Cántaros, Zea y Muniquia, donde siempre había alguno cargando o descargando grano, especias o aquellas magníficas ánforas, cráteras o hidrias que eran casi como su propio emblema. Era un hombre refinado, a quien gustaba, personalmente, encargarse de escoger una a una todas aquellas piezas que lo habían hecho famoso y creado un renombre importante. Era el tiempo en el que el Ceramicón comenzaba a convertirse en el barrio más importante de Atenas. Situado en torno a la puerta Sacra y a la de Dipilón, es allí donde siempre han vivido los más hábiles constructores y decoradores de vasos y cerámicas de cuantos se pudieran concitar en el Ática.
Fueron, en verdad, aquéllos, unos días felices. No es que yo recuerde nítidamente cuanto aquí narro y explico. De aquel tiempo solamente conservo difusas sensaciones y remotos retazos. Fue la locuacidad amable y cariñosa de Forsila quien se preocupó de que yo tuviera memoria de unos días que, de no ser por ella, hubieran quedado sepultados dentro de mi pasado sin que pudiera yo regustar su dulzor, cual el néctar de una memoria regalada. Porque -según decía ella- los hombres deben saber cuáles han sido todos sus pasos, incluso los que fueron guiados por los dioses cuando ellos, por sí, aún no se valían.
Fueron días felices no sólo para mí, sino también para toda la patria. La doble victoria conseguida cerca de Salamina hizo que la ciudad entera enloqueciera en fiestas. El noble Calias fue coronado con honores de héroe. E Hipónico, su padre, no sabía qué hacer con sus riquezas, para que todo el pueblo: ciudadanos, seugites o thetes disfrutaran de la gloria y el premio logrado por su hijo. Hubo participación y convite para todos. Pues, hasta para más de cuarenta mil metecos y para unos trescientos mil ilotas, hizo llegar una dádiva a modo de regalo que aún se recuerda. En todos los templos se hicieron sacrificios. Pero en Delos, primera entre todas las islas a las que llamamos Cícladas, por ser la nodriza de Apolo, se estimó que debía celebrarse una hecatombe. Sacrificáronse, pues, cien bueyes y su encarnadura tintó el mármol blanco del Pórinos Naós, que Pisístrato mandó edificar. Quienes lo presenciaron dicen que por aquel entonces el templo resplandecía en su soledad igual que lo hace un ascua. Pues bien sabido es que el propio Pisístrato, cursando ya el período de su tercera tiranía, aconsejado por un oráculo, a la vez que celoso de que la población pudiera molestar al dios, ordenó despoblar cuanto terreno circundaba al sitio santo de la divinidad. Incluso, no conforme con ello, no dudó en desenterrar a cuantos ciudadanos reposaban allí, entregados ya a los confines más profundos de Hades.
La paz que suscribiera Calias con los persas nos llenó de optimismo. Reconocía que la hermosa isla de Chipre, así como las ciudades griegas, que como estrellas se diseminan por el Asia Menor, fueran autónomas, aunque los persas ejercieran sobre ellas la codiciosa influencia de su imperio. Al tiempo, nuestro mar Egeo, emblema y hogar de nuestro pueblo, volvía a ser, sin injerencias, nuestro. Ello nos restauró un orgullo durante muchos años maltrecho y esquilmado. Entonces, el futuro de nuestra amada Atenas se hizo prometedor e inmenso, como parece hacerlo la línea trazada de Oriente a Occidente cuando la Aurora, mensajera del Sol, abre cada día con sus rosados dedos las puertas de lo inmenso.
Aprendí a andar al mismo tiempo que Atenas se ponía en marcha. Abandoné el suelo miserable y el reptar sobre él a la vez que mi patria levantaba su frente. Siempre he creído que en tal coincidencia se encerraba el embrión de un oráculo, que presiento que está a punto de ser, en mí, consumado. Pero nunca he estimado que debía forzar la retirada del sello que lo guarda. Sean los dioses, con su sabiduría, quienes me informen a su debido tiempo y sean ellos quienes encaminen mis pasos sin retorno.
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Novela "El rayo de cobalto"
CAPITULO SEGUNDO
Toda revelación trae consigo, además de un inmenso raudal de promesas e ilusiones, un dolor intrínseco e impenetrable que hay que soportar. La edad de los descubrimientos es, así pues, la de las grandes esperanzas y las tremendas amarguras, unidas y enlazadas en un todo agridulce que llamamos pubertad.
II
EL VERANO EN LA GRANJA
Son los días de mis primeros recuerdos auténticos. De vagas sensaciones y confusas imágenes sin una ubicación exacta, mi memoria pasa a espléndidos sucesos llenos de color, emoción y contornos precisos. Cursaba el tercer año de la ochenta y tres Olimpiada y, dolorosamente, en los muros de Atenas no se había rasgado ninguna nueva brecha, pues que en los últimos juegos nuestros atletas no habían sido dignos de ninguna de las coronas con las que Zeus ciñe a quienes vencen.
Sin embargo, Pericles y su mujer Aspasia eclipsaban el mundo de la cultura y el buen gusto en toda nuestra patria. Atenas fulguraba con el brillo de la intelectualidad que ambos habían sido capaces de concitar en su entorno. De boca en boca del pueblo iban los nombres de Herodoto de Halicarnaso, Anaxágoras de Clazomene, Hipodamo de Mileto y del poeta trágico a quien llamaban Sófocles, lo que significa "célebre por su sabiduría". Sí, Atenas había renunciado a extenderse por Asia, pero nuestros barcos surcaban el Egeo con una profusión realmente envidiable. Los mercantes de mi padre tocaban costas y lugares nunca antes escuchados por mí, y de las remotas tierras venían mercancías y productos que hacían que las tiendas del Ágora estuvieran repletas y surtidas como jamás antes se había imaginado. De Calcídica, Anfípolis, Eolia, Frigia, Misia y hasta desde la misma Bizancio, Egipto o de Nubia llegaban con regularidad telas, alfombras y sedas, esencias, piedras preciosas, bronces cincelados, pomos y redomas de vidrio, vasos de oro, sardónice o malaquita; sal, mármoles o maderas de finas vetas y olorosos aromas.
En la ciudad alta se comenzó a construir un gran templo dedicado a la diosa. Se ratificaban así las obras que proyectó Temístocles efectuar allí, cuando, previsor y visionario, había mandado ampliar la masa rocosa de la Acrópolis. Sus restos mortales habían sido traídos ya desde Magnesia, veinte años después de que se le obligara a aceptar el ostracismo. Fueron depositados en El Pireo, puesto que había sido él quien había dignificado aquel lugar, cuando decidiera por su propio decreto que ése fuera el puerto principal de Atenas. El mismo pueblo que, persuadido por Cimón, había hecho caer al tirano y a sus hijos y mandado erigir cerca de la Ciudadela aquel grupo de bronce dedicado a deshonrar a los tiranicidas, con el que luego arramblara Jerjes llevándoselo a su maldita Susa, la noche que bañara la ciudad en llamas, se había dado cuenta del tacto, visión y acierto de quien fuera su más preclaro arquitecto de obras militares. Ya que él fue el constructor de los Muros Largos que unían la ciudad con El Pireo y formaban ese pasillo protegido y seguro que todos envidiaban, amparado por las fortalezas de Eleuteras y File. Y hasta podían contarse entre sus obras el antiguo teatro de Dioniso, donde desde entonces han danzado los coros y el pueblo se ha regocijado cuando se celebran los festejos en honor del dios de las artes y la naturaleza.
Aquel estío fue duro como ningún otro que mi memoria pueda dispensarme, y han sido muchos ya los que he vivido en esta tierra áspera y extrema como pocas. La villa que mi padre poseía a las afueras de Atenas estaba adentrada en el monte, a las faldas de la colina que lleva por nombre Lycabeto, al nordeste de la ciudad alta. Se llegaba a ella transponiendo la puerta Acarnea y tras atravesar los suburbios que están en el Kephissos. Cerca de allí corre el Eridano, cuyo rumor enigmático podía entonces escucharse cuando caía la noche y únicamente eran los sonidos de la naturaleza los que lo acompañaban.
La villa llevaba el nombre de Caris, en honor a la que fuera mi abuela paterna, a quien no conocí y de la que únicamente puedo intuir que mi padre tenía un singular y contradictorio recuerdo. En aquella oscura relación debía residir la férrea decisión que Agios tenía para que en su casa no hubiera más mujeres de las que eran estrictamente necesarias para atender las funciones domésticas.
En la villa residían habitualmente dos mujeres, Drosis y Eufro y seis esclavos que se ocupaban de toda la hacienda, y que únicamente venían a refugiarse en la ciudad cuando el heraldo anunciaba con su agudo toque el peligro inminente de alguna nueva incursión del enemigo. Drosis era una mujer hermosa, de piel cetrina y facciones y músculos firmes, fibrosos y alargados. Caminaba recta y acompasada como si permanentemente portara un ánfora sobre su cabeza, con la seguridad de quien se siente admirada. Peinaba su pelo recogiéndolo sobre su cabeza, y su cuello, esbelto y descubierto, poseía una rara elegancia y un atractivo sensual del que ella era plenamente consciente. Pero sus labios eran inmensamente tristes, cual si, eternamente, saborearan la última humedad de un beso amargo que, además, no le perteneciese. Eufro era una mujer basta y curtida, insensible y callada. En un principio llegué a creer que era realmente muda. Drosis era de Tracia, Eufro del Helesponto. Ambas mujeres vivían allí, confinadas, sin congeniar y sin que les agradase, aunque entre ellas debían haber llegado a un pacto de tolerancia mutua que les hacía el vivir meramente posible. No obstante su rivalidad, a simple vista podía comprenderse quién era la señora que imperaba en la casa. El resto de los esclavos trabajaban a las órdenes de uno de ellos llamado Pistias, a quien Agios tenía una consideración especial. Lucía una barba taheña, como si quisiera ocultar tras ella una mantenida juventud y una facial apostura. Era un hombre sin edad precisa, de ojos profundos y de mirada negra. Supe después que había venido de Frigia, aunque podría haberlo deducido antes, porque, con cierta frecuencia, se calzaba ese gorro que suelen llevar los de su tierra y mi padre le había permitido que conservara un anillo de cobre perforando una de sus orejas.
La villa era digna y sencilla. Contaba con una vivienda amplia, sin patio interior pero con una acogedora terraza que miraba hacia los viñedos del lado de poniente. A la caída del sol, cuando todo se ponía ámbar y rosáceo, era amable refugiarse allí y dejar que el tiempo resbalara suavemente hasta entrar en la noche. Disponía de dos habitaciones que estaban todo el año cerradas, salvo en los meses de estío, cuando mi madre, Forsila y yo íbamos allí. Agios tenía a su disposición dos amplias estancias unidas, que siempre estaban disponibles, pues en numerosas ocasiones se desplazaba sin previo aviso y pasaba en la villa uno o más días por asuntos que yo nunca sabía y que Forsila nunca me aclaraba, pese a mi preguntar insistente de niño. Del otro lado de la cocina y la despensa, estaba una habitación que compartían Drosis y Eufro, aunque sus rincones respectivos estaban bien delimitados, y otra para Pistias y el resto de los hombres. Si bien, esta última tenía acceso directamente desde el exterior y no se comunicaba con el resto de la vivienda nada más que por un ventanuco que permitía que, desde la cocina, se pudiera pasar la comida para los esclavos.
Partimos de nuestra casa de la ciudad antes del medio día. Mi madre y Forsila dejaron todo ya perfectamente dispuesto para nuestro regreso. Se cerraron todas las estancias y, únicamente, la habitación de las esclavas, la cocina y el común quedaron disponibles. Un carro vino a recoger todo lo que debía transportarse. Y los esclavos que en él llegaron, cargaron todo con una diligencia y un orden realmente encomiables. Las dos mujeres y yo fuimos transportados en otro carro menor, pero más cómodo, en el que dispusieron cojines y almohadones y alzaron gracias y parasoles de estambre que nos procuraran intimidad en el viaje. Mi madre hizo las libaciones y al salir, todos, efectuamos nuestra salutación de despedida al Herma. Inmediatamente, la carreta comenzó a traquetear sonoramente sobre las ya viejas y desgastadas losas de las calles de Atenas. En un último mirar, vi cómo las dos esclavas, que se quedaban para custodiar la casa, nos decían adiós con sus manos blancas acariciando el aire cual si fueran pañuelos desplegados, pues que se habían subido a la terraza, a aquel lugar donde yo solía tener mi observatorio. Y, para mí, que no salía apenas de mi casa, pues Agios me lo tenía por entonces prohibido, fue como si un telón se descorriera y dejara ante mis perplejos ojos un mundo fascinante lleno de colores, aromas y toda suerte de dones y espectáculos. Dejamos a la izquierda el gran teatro de Dioniso, su pórtico y su stoa y el altar que titulamos "de los doce dioses", y por la calle de los Trípodes nos dirigimos hacia la puerta Acarnea, pasando por un flanco del Ágora. Desde mi carromato pude ver, fascinado y atónito, lo que más tarde sabría que era el templo de Apolo Patroos, el Estrategeión y el thólos al que acuden para reunirse los pritanes. La ciudad me pareció, aun con su confusa profusión de gentes, desorden y griterío, un emporio de equilibrio y belleza. Creo que fue en aquel momento cuando definitivamente supe que Atenas estaba llamada a ser la más bella del orbe y que su color sería el del blanco inmaculado y casi transparente del mármol que se corta en las canteras que están en el monte Pentélico. Ya en el camino de tierra, dejadas atrás las últimas cobijas miserables donde bajo pieles y ramas trenzadas viven los thetes que sirven a la polis únicamente en función de remeros, el trayecto se hizo un poco menos incómodo y penoso. La villa no estaba lejos. Llegamos como a media tarde, y al anochecer ya estaba todo descargado y dispuesto para nuestra estancia en la serena vivienda, que ostentaba el nombre de mi abuela escrito hermosamente sobre una laja de cerámica a su entrada.
A recibirnos salieron Drosis y Eufro muy diligentemente, ambas humildes y sumisas como esclavas que eran. Aunque, en el ademán con que mi madre les deseó el primer parabién y en su respuesta, noté que algo desconcertante se sostenía entre aquellas mujeres. Era como si entre todas ellas se hubiera instalado una incómoda telaraña que, sin ocupar sitio alguno, viniera a dificultarlo todo. Drosis besó las manos de mi madre con docilidad mecánica y estima desatenta. Eufro lo hizo con un punto de mansedumbre incómoda. Forsila, a su vez, saludó a ambas con un ademán escueto y necesario, cual si no hiciera un año que la separaba de su anterior encuentro, y empezó a ocuparse de tareas domésticas. Mi madre impartió de inmediato sus órdenes. Y cuando el horizonte se teñía con el violeta y rubio que se derrama en los atardeceres del tiempo de gamelion en estas tierras, todo estaba dispuesto como si viviéramos allí durante todo el año. Así pues, cuando llegó la hora de la última comida del día, Agios se tumbó en su clino y fue servido como un auténtico príncipe de Oriente. Luego nos retiramos a nuestros aposentos. A mí se me asignó para dormir un reducido cuarto que estaba, cual una holgada hornacina, en la misma terraza. Sé que entonces me dormí viajando por entre el firmamento y los esperanzados presagios de los que el día había sido un veraz adelanto. Y, en verdad, tuvo que ser un sueño auspiciador y premonitorio, pues en aquella noche comenzó mi auténtica marcha hacia la conquista de la libertad.
Por la mañana me despertó el enjambre de mujeres. Las tres se afanaban en la cocina en torno a los fogones donde calentaban una olla con leche de camella que aromaba a anises y manzana. Comí en la terraza mirando a mi madre que contemplaba desde allí el campo como un edén que hubiera recobrado. Me trajeron medio ruedo de pan de cebada y de sésamo, un vaso con leche humeante y un cuenco con quesadilla fresca. Y saboreé aquellos manjares mientras medía mentalmente las dimensiones de aquel hermoso espacio tan sólo murado por una pared salvaje de piteras y chumbas, tras las cuales, las vides traslucían su verdor de hojas palmadas y lustrosamente nuevas, cual si hubieran nacido aquella misma noche.
Agios había ya salido a recorrer la hacienda, no sin antes haber dado la orden de que, en cuanto yo estuviera levantado, acompañara a Pistias a recorrer los olivos, entre los que se esparcía, lo mismo que un brocado confeccionado en oro que la brisa ondulase, nuestro campo de trigo y de cebada. Aquel año, la cosecha era inmensa y generosa y Agios estaba dispuesto a que yo aprendiera, desde aquel mismo instante, cuantos secretos encerraba nuestro campo y la hacienda. No era mucha la extensión que mi padre cultivaba; la suficiente, eso sí, para el abastecimiento cabal de nuestra casa. En Atenas tener trigo, vino, aceite y cebada es todo un privilegio y un signo de riqueza. Sobre todo hoy que el grano ya no viene de Eubea y hasta Tracia no navegan los barcos. Es doloroso recordar en estos días desnudos otros en los que todo fue promisión y abundancia.
Pasamos el día entero a plena luz, descansando únicamente para comer un poco cuando el sol estaba presidiendo en lo alto y nuestras propias sombras eran diminutas y se guarecían bajo nuestras sandalias como huyendo también del inmenso calor que escupía el gran astro. El frigio se enfundó en su gorro, lo que le aportaba un aspecto aún más severo y terrible. Habló poco a lo largo de toda la mañana. Me mostró los campos, las cosechas, los olivos y el monte, revisó los cercados y las porteras y ojeó los lugares donde, por las señales de huellas y por los excrementos, podía haber más caza. Al medio día, bajamos hasta el Eridano. La ribera surgía entre herbazales mórbidos, gajos tiernos de terebintos y varas de cidras, además de juncias, cañaverales y sauces que dejaban caer sus ramas flexibles y amorosas lamiendo la corriente. Algunos hombres pescaban. Tenían cubiertos con hojas de parra sus cañizos de peces para que no se les secaran y corrompieran con la solajera. Comimos carne seca y pan de centeno y nos acompañamos con aceitunas e higos que las esclavas habían puesto en su bolsa para nuestra comida. Pistias resultó ser todo un experto en ríos, mares y océanos. Me habló de los barbos, del cachuelo, de la corvina, del sollo. Me contó, repentinamente locuaz, que existían peces redondos como aros y turbios como escudos y otros alargados y finos lo mismo que cuchillos. Me habló de los que tienen sus lomos de plata recamada semejándose a un tisú hermoso de ésos que visten las hetairas lujosas. Me contó que hay peces que guardan, celosos, a sus crías en la bolsa hermética que acompaña a sus fauces, y cómo otros se deslizan casi imperceptibles fundiéndose con la transparencia misma de las aguas o enmascarándose, inmóviles, y tomando el color de los cienos y lodos. Me habló de la pesca y las redes, de las barcas, del mar y de las olas que son como gigantes caóticos y muerden y arrebatan desde su seducción de espuma desbocada y entrañas azuladas o verdes de esmeralda o turquesa. Me habló de la arena de vidrios y de polvo y de la playa infinita rasgada, y supe que, desde aquella mirada suya tenebrosa, me estaba hablando de su infancia y su tierra. Entonces le escuché en silencio como quien escucha la indescifrable y enigmática voz de los oráculos.
Regresamos cuando el sol se ponía y el oriente era un listón de fuego desatado. Yo venía cansado y el polvo cubría mis sandalias y piernas como un manto pegajoso de cenizas que alguien me hubiera aplicado como señal de luto. De la villa brotaba un murmullo animado de mujeres locuaces entre el resplandor trémulo de las lámparas recién espabiladas. Y, cuando nos sentamos en la entrada y desatamos las correas resecas y cuarteadas de nuestras sandalias, en el cielo comenzaba ya a candarse la bóveda de Ironicen, como un topacio azul, cada vez más espeso, tamizado de estrellas. Mi vestido era casi un sayal de ilota ajusticiado que hubieran estado lamiendo y arrancando los perros callejeros, y mi pelo tenía en sí tejido todo el sudor y el agobio de un día del estío. Pero en el fondo de mis ojos yo traía aún reverberante el recuerdo del río como el de un reptil perezoso y candente, sobre cuyas aguas, las Nereidas trazaran un vuelo lento y acompasado igual que el de las bandadas de garzas rosáceas e infinitas, cuando cruzan sobre nuestro espacio del Ática, orientando su rumbo hacia las tierras más cálidas de Egipto.
Cuando Agios regresó, ya era noche cerrada. Únicamente mi madre y Forsila esperaban con sus lámparas de aceite encendidas. Drosis y Eufro se habían ya acostado tras la orden tajante de mi madre y los esclavos habían hecho lo mismo por su parte. Pistias, no obstante, se había recostado a la puerta del lugar donde estaban los lechos de los hombres, dispuesto para cualquier posible emergencia que surgiera. Aquella noche yo tardé en dormirme. Sin duda, los acontecimientos y recuerdos del día se agolpaban en mi mente e impedían que Morfeo, el ministro del Sueño, tendiera a mi alrededor su manto abrigador de rojas amapolas. Sentí llegar a Agios. Sentí cómo mi madre le servía, y cómo él preguntaba por Drosis. Luego deduje, interpretando cada uno de los sonidos que se producían, que cada cual se retiraba a su cuarto y la casa entraba en la penumbra amable de la noche. Desde mi habitación escuché el sonido del campo y no sé cuándo me guarecí en el hondón apacible del Sueño.
Los días siguientes fueron una locura. Cada momento era una nueva sorpresa. Pistias me llevaba a todas sus tareas y me hacía participar en ellas enseñándome secretos, mañas y adiestrándome en sus habilidades. En el oscuro negror de su mirada yo iba descubriendo una luz escondida. Era un hombre versado; en verdad, Agios, podía confiar en cuanto él hiciera. Luego supe que su mayor destreza estaba en el adiestramiento de las palomas que se dedican a trasladar recados. Mi padre tenía un pequeño edificio destinado a guarecer palomas. Las utilizaba para enviar y recibir mensajes, y vendía sus servicios a quienes precisaban con urgencia de ellos. Había logrado hacer una selección depurada y tenía ejemplares de exótica apariencia y raro virtuosismo en la difícil misión de trasladar avisos. Pistias las alimentaba, limpiaba y abría el portillo para que los animales salieran a dar su vuelo circular diario. Desde el primer momento, me sorprendió y me dejó intrigado el comportamiento fiel y disciplinado que tenían aquellos animales. Cuando Pistias les daba su comida eran feroces e intransigentes entre ellos; un grano provocaba una lucha. Cuando, al atardecer, les abría el portillo, salían de inmediato y volaban y volaban describiendo un círculo cerrado en torno de la villa, igual que una corona de rumor y aleteos. Cuando venía la noche, regresaban una a una y ocupaban ordenadamente sus sitios prefijados, como si de un grupo de dóciles muchachas se tratara, de ésas que sirven en el templo a nuestra Doncella.
Cuarenta días después de nuestra llegada, recogimos el grano. Yo, aun con mi corta edad, acompañé a los hombres y presencié todo el trajín de la recolección. Me levantaba al alborear y siempre me parecía demasiado temprano para retirarme. Mi madre y Forsila estaban constantemente reconviniéndome y recordándome que allí no disponíamos de un cuarto para baños. Y solamente el deseo de Agios de que me curtiera y fortaleciera bajo la luz de Helio y en contacto con Gea, les hacía tolerar mi ajetreo perenne. Fueron unos días pasados en fruición constante; entre cuévanos, entre espuertas, entre montones de gavillas apiladas. Me encantaba el golpeo de la mies cuando se la sacude para separar el grano de los tallos. Disfrutaba viendo a los hombres aventándolo más tarde, entre los aros enormes de sus cribas, en esa especie de ceremonia sacra que consiste en tirar el fruto hacia lo alto para que el viento peine su caída al luminoso contraluz de la tarde. Entonces el polvo era dorado, y su olor gredoso y seco me hacía presagiar el que luego aromaría, espléndido, en el fulgor del horno. Fueron para mí unos días realmente festivos que nunca he olvidado. Pues todo aquel descomunal trabajo me recordaba a ese desorden impaciente y atropellado que suele invadir nuestras casas las vísperas de las Panateneas, cuando la ciudad ofrenda a la diosa su peplo nuevo y la procesión viste la Vía Sacra de brillos y magnificencias tales que no pueden narrarse. Pistias organizaba las tareas y Agios se limitaba a prestar su anuencia. Mi padre debía estar más ocupado en sus asuntos mercantes, pues que únicamente venía a la villa entrada ya la noche y se marchaba de ella apenas clareaba.
Un día apareció Agios a la hora del cenit, cuando la luz era vertical y el calor resultaba más plúmbeo y sofocante. Cuando descabalgó, su caballo seguía inquieto coceando aun cuando él ya había desmontado. La casa entera se conmocionó, no sé si por lo inesperado de su comparecer o porque en aquella visita se encerraba algún asunto que yo no alcanzaba a clarificar y que, sin embargo, los demás veían con nitidez preclara. Traía la piel negra y polvorienta del camino y de su barba húmeda por el sudor parecía avanzar más de lo habitual la blancura feroz de sus dientes en medio de unos labios cual tallados en piedra. Era como si una mueca de inquietud y de esfuerzo quisiera esconderse tras la blandura de una falsa sonrisa. Talía se puso de inmediato a servirle y no permitió que Drosis, quien también se aprestó diligente, lo hiciera en este caso. Primero se lavó. Luego le sirvieron una túnica limpia. Y luego ya, en el silencio fresco y en la penumbra de su refectorio, cuando ya Agios, tendido, bebía su vino preferido en su kylix de oro y de turquesas con sus dos asas que semejaban áspides, que alguien le trajera, antaño, de Tesalia, por el tono de voz con el que él y mi madre susurraban, supe que algo de cierto interés le tenía ocupado. Después comió en silencio y reposó a oscuras durante un largo rato. -Mi madre decía que lo hacía así para ordenar su mente-. Más tarde, mandó llamar a Pistias y estuvo departiendo con él, mientras paseaban por el bosquecillo de olivos consagrado al dios Zeus que ya lucía sus frutas como gotas de un berilo de nácar. Con el paso del tiempo, cuando crecí, supe que Agios sólo se guarecía a reflexionar allí cuando el asunto era grave o de suma importancia. Luego se marchó de nuevo a la ciudad y anunció que aquella noche ya no regresaría; pues que se quedaría a pernoctar en su casa de Atenas. Por la noche, cuando todos nos retiramos y Forsila sopló sobre el pabilo de la última lámpara, vi desde mi aposento la sombra alargada de Pistias, con el ingrávido y sigiloso paso del chacal, montando celosamente guardia en torno de la villa.
A partir de entonces reforzó su atención al palomar. Le vi limpiando una celdilla y advertí que nos faltaba un macho de los más aguerridos y vistosos. Era un ejemplar fuerte y grisáceo, con el pico casi metálico y unos ojos rojizos, redondos e inquietantes; el preferido de Agios. Mas, cuando le pregunté por su falta, simuló no darle importancia y me explicó que algunas veces unas se iban y otras venían, sobre todo las hembras, que solían dejarse seducir y robar por los machos más fieros y arrogantes de otros palomares. Convencido e ingenuo, no concedí una mayor atención a lo que sucedía. En los días siguientes las tareas y faenas continuaron a su ritmo de siempre y Agios volvió a comparecer cada noche con regularidad. No obstante, Pistias siguió vigilando sin descuidar su guardia, lo que vino a intrigarme de nuevo y hasta a aligerarme el sueño. Azuzaba mi intriga, sobre todo, la atención que sin descuido prestaba al palomar. Y al fin deduje que estaba esperando la llegada de una mensajera. Desde entonces, sin un acuerdo previo, yo también me dispuse a esperar al enigmático animal de día o de noche con la impaciencia de quien anhela un regalo o dádiva que considera buena. Así pues, contrario a mi hábito, me despertaba en medio de la noche y escuchaba, tratando de percibir sonidos, entre las láminas espesas del silencio. Pero, únicamente los perros nómadas o los sonidos del campo respondían a aquélla mi inquietud más fabulada e imaginativa que real y acuciante.
Una noche, entre el duermevela en que se había convertido mi sueño, escuché un gemido. Era una queja sostenida y ahogada y, en un principio, pensé que alguien debía estar penando. Me levanté de mi estera y el cuerpo de hojas de caña de mi jergón crujió como inquietándose. Miré desnudo desde la terraza y traté de escudriñar más allá de la viña sobre la que las cepas y sarmientos se tendían como inmensas arañas de un verde ennegrecido. El clamor del campo continuaba en su latir de mil sonidos matizados y tenues. Pensé que había sido una tracería o un engaño del sueño y me dispuse a tumbarme de nuevo. Entonces oí con claridad. Sin pensarlo siquiera, me cubrí con mi manto y me introduje en la casa y avancé hacia las habitaciones que ocupaba Agios, imaginándome no sé qué peligro que pudiera alcanzarlo. Me detuve. Sentí entonces mis pies clavados, y el áspero contacto con el suelo cortado de mosaicos se me hizo patente. Un temblor de confusión me recorrió el cuerpo. Era como un hervor interno que me mezclara sensaciones y pensamientos múltiples con interrogaciones perplejas agolpadas. Oí la voz sin palabras de Drosis y puedo asegurar que escuché el cuerpo de mi padre cayendo y levantándose en un ejercicio contumaz e insistente cual una lucha a muerte. La esclava gemía desde una boca tal vez cegada por el cuenco firme de una mano y a la vez se retorcía y estiraba queriendo hacer más larga e infinita su dicha. Las telas y el roce de los cuerpos proferían un lenguaje inequívoco, al que, sin duda, acompañaban aromas de sudor y perfumes o bálsamos que ambos hubieran aplicado a sus cuerpos. Supe entonces que estaba escuchando el palpitar del gozo. Desde la oscuridad vi, a través del temblar incierto de una lámpara apenas ya provista de aceite o mal espabilada, el retozar de sombras que se dibujaban sobre aquel muro impúdico como manchas deformes repletas de lujuria. Me marché aterrado.
Cuando llegué a mi cuarto, me tumbé sobre mi jergón sudoroso y llorando, hasta que el compás de mi corazón quiso retornarme de nuevo. Mi inquietud y mi rabia se fueron remansando a la vez que iban agotándose todos mis fluidos y fuegos. Me quedé sin sudor, sin saliva, sin lágrimas. Luego me incorporé. No sabía qué hacer. Sentí el filo llagador del relente; el alba se acercaba con paso de sigilo. Convoqué con cuanta potencia pude a las Horas para que éstas comparecieran pronto y me sacaran de aquella cueva amarga. Agotado de dolor e impaciencia me acurruqué sentado en un rincón y así esperé que amaneciera el día, desnudo y tiritando.
Vi cómo la luz de Helio avanzaba hacía mi rincón y mi cuerpo. Luego vi cómo ella misma henchía los ribazos, cómo se iba azuleando el perfil de los pinos y rosando los terrones desordenados y agrestes de las duras almantas. Después los campos se tendieron como tapices tiernos. Las vides se me fueron irguiendo en su maraña cárdena y rojiza y de múltiples ocres oxidados. Y los pliegues lejanos fueron definiéndose y transformándose en canchales y peñas con formas y apariencias de sobra conocidas. Más tarde surgieron las zarzas, las escobas y el claror de los algarrobos, las higueras y el de los almendros. Después fueron los gamones de oro, las escabiosas y hasta los ranúnculos que bajan hasta el Eridano y se zambullen en él y lo tapizan con sus flores de un púrpura precioso.
Me levanté perdido y me senté en la azotea, sobre el balaustre, apoyando mi espalda en el rugoso alféizar, sin guardar mi pudicicia. El frío me mordía, y noté que llevaba un rato hiriéndome los labios. Ahora la pura luz lo desnudaba todo, poniendo a cada cosa su contorno y su nombre. Desde allí, se veía con claridad la puerta del aposento donde dormía Agios. Permanecí esperando; el tiempo no cursaba. Creo, no obstante, que no tardó en salir Drosis la esclava. Su cuerpo moreno estaba por completo desnudo como el mío. Y, cuando me vio desde lo lejos, apretó, instintivamente, sus telas desvestidas contra el negror escueto de su sexo y el bruno y terso bronce de sus pechos. Aquel rebujo blanco volvió su carne aún más bruñida y lasciva. Luego vi su desnudez esbelta alejándose precipitadamente, e intuí su cara contrariada y su boca muda apresando el coraje. Y en su cuerpo nervudo y casi masculino y en el hermoso huir de sus talones, creí notar el agobiante peso de la culpa. A la vez, vi como escondía una bella tanagra de Beocia que mi padre debía haberle obsequiado, sin duda, en prenda y gratitud por sus pródigos y espléndidos servicios.
Puedo decir que aquel día y no otro, despedí mi inocencia. Y desde entonces puedo asegurar que comencé a sentir y a concitar en mi interior proyectos, ansias y remordimientos propios de los mayores. Aunque deba reconocer -y Apolo es mi testigo- que, durante algunos años, tales sentimientos permanecieron, aunque en mí, cual si estuvieran realmente hibernando, igual que lo hace el oso en las ásperas tierras de Etolia. Aquel día vi como mi madre, inquebrantable, quemaba azafrán en el pequeño altar doméstico de la villa de Caris, y que su frente seguía siendo blanca como un jalón de mármol. Lo hacía en honor de Zeus el misericordioso y de su esposa Hera, quien protege cuanto las mujeres hacen en pos de los matrimonios legítimamente realizados.
Odié a Agios tan ferozmente, que hasta me repelía reconocer su voz o escuchar las pezuñas de Mirkos acercándose al trote. Solía irme al campo acompañando a Pistias o me refugiaba en el lagar, entre los toneles y ánforas de aceite o de vino, con tal de no tener que pasar el suplicio de estar en su presencia. Era una repugnancia visceral, más allá de cualquier acto consciente o controlable. A su fría y distante sequedad de siempre, asumida por mí desde un principio, se había sumado, enturbiándola, aquella lascivia grosera e injuriante. Y sobre todo ello, como un nubarrón de desprecio y de máximo ultraje, estaba el eterno y bien medido silencio tolerante de quien era mi madre.
Drosis siguió comportándose con naturalidad. Obedecía a mi madre y era reservada con las otras mujeres. Rehuía, eso sí, trabar nuestras miradas. Pero seguramente lo hacía porque así le resultaba más fácil no tener que responder a cuanto yo le interrogaba sirviéndome de ella. A partir de aquel día, me resultó aún más difícil conciliarme en el sueño y, en mi intimidad, aborrecí cuanta idea o pensamiento me tangenciara el goce repugnante de la carne, a la vez que deseaba que Agios no viniera nunca más a dormir a la villa. Y en mi terca cabeza, me aferraba a la cándida duda de si Talía estaría o no en la certificación de tal ayuntamiento. Lo debía querer hacer en un intento trivial y desesperado de salvar lo insalvable. Pues pronto advertí que con puntualidad inquebrantable, Drosis se componía cada noche y esperaba lo mismo que mi madre a que viniera de regreso su amo. Desprecié aquella docilidad y aquella resignación que mi madre asumía como algo consustancial a ella. Y maldije a Agios, no ya sólo por lo que de injuriante tenía su actitud, sino, sobre todo, porque mediante su comportamiento había logrado también que, en mi interior, la consideración de la que era mi madre, hubiera descendido al estamento en el que se sitúa a un animal puramente doméstico.
Atesoré, pues, inquina y mala hiel contra quien era mi progenitor y, si siempre había rehuido su presencia, acentué aún más nuestra distancia. Un día bajé con Pistias hasta la torrentera. El agua era allí clara y el calor invitaba a chapuzarse en ella. Él tenía que acarrear a las bestias para que bebieran y hundieran sus pezuñas en el frescor del agua, y me sugirió que, si era de mi agrado, podía sumergirme mientras durara aquel abrevadero. Existía un lugar donde los remolinos eran suaves y las pozas muy poco profundas y violentas, adecuadas, sin duda, para un chapoteo. Me desnudé y me metí en el agua. Escuche el relinchar del caballo de Agios y, tras de ello, la risotada ofensiva de quien era mi padre. Fue como si de pronto un enorme agujero se me alojara en el centro mismo del cofre de mi vientre y mi cuerpo nada contuviera en realidad por dentro, salvo un terror y un odio, en suma, inabarcables. Inmediatamente se apeo del caballo. Mirkos se sintió liberado y retozó contento usando su albedrío.
Agios tenía por costumbre mofarse de mis músculos, del blancor de mi carne y de la escasa consistencia de mi envergadura. Lo hacía en la seguridad de que sus burlas y su enconado e insistente desprecio transformarían mi cuerpo en el rotundo y bien musculado que él había decretado que tendría quien hubiera de ser digno hijo suyo. Le vi aproximarse a mí y me quedé paralizado. En un instante me precipitó al torrente, allí donde el agua era más bravía y su furia se resolvía en círculos y ollas de espumas inquietantes.
El agua me acogió hambrienta y codiciosa y me volteó en medio de una furia continua y desatenta, haciéndome parecer el trozo de una rama arrojado por alguien. Me sentí ofendido y ridículo en medio de mis torpes afanes por recobrar un tronchado equilibrio o conseguir un dominio que me resultaba por completo imposible. El agua me golpeaba burlona e indolente, me ahogaba en bocanadas enormes y calientes, me zarandeaba en un descompás y con un dominio que me llenaba de rubor y vergüenza. Y, únicamente, cuando se hubo cansado de mi laceración y mi cumplido oprobio, me devolvió, un estadio más hacia su trayecto, maltrecho y humillado. Me sujeté en el fango. Y cuando me hice en mí, el lodo se mezclaba en mi cuerpo con la sangre de algunas aviesas cortaduras que jamás supe cómo me había hecho. Mientras me levantaba, aturdido y molesto, escuché cómo gritaba Agios en medio del rumor bronco de la corriente: "Así aprenderá cómo se hace un hombre". Y los cascos inquietos de Mirkos me trepanaron las sienes y me patearon el alma en medio de un charco de impotencia y rencor, que juro por Apolo que aún hoy no tengo superado. Mientras, de las ramas más altas de los árboles se prendían los destellos últimos en que se recostaba, plácida, la tarde que moría.
Pistias esperó a que me recompusiera sin proferir una sola palabra. Él conocía a Agios y sabía de sus burdas maneras. Es probable que por entonces él también lo odiara; jamás logré saberlo, aun a pesar de cuanto después aconteciera. Pero, en el fondo, estoy seguro que sentía por él una admiración turbia e inexplicable. Con el tiempo he sabido que Agios poseía el escondido don de quien seduce con todo cuanto hace, por malvado, grosero o injusto que ello sea, a la vez que una sutileza que lo hacía refinado en su porte y exquisito en sus gustos.
Cuando llegamos a la villa, Agios acariciaba con veneración a un palomo con lamentable aspecto que, sin embargo, él le mostró triunfantemente y satisfecho a Pistias. Era el suyo preferido, el que yo había echado en falta algunos días antes. "Al fin ha regresado", le dijo complacido y lacónico. Se lo entregó y le ordenó que lo curara, lo alimentara y le trajera otro. Acto seguido se precipitó sin mirarme siquiera a sus habitaciones. Mientras, pude advertir que llevaba algo escondido en el cuenco cerrado de su mano. Entonces comprendí que entre ambos existía algún secreto de mayor importancia, que el que se desprendía de un lúdico trasiego de palomas y vuelos. Y, cuando fue de noche, les vi lanzar una paloma al cielo a quien se tragó, hambrienta, la penumbra.
Mi madre me lavó las heridas con aceite y romero y me sirvió una abundante cena dispuesta a resarcirme. Tampoco ella me interrogó sobre lo sucedido; seguramente él le había hecho algunas alusiones, tal vez seguidas de enconados reproches. Aquella noche me dormí muy temprano y Forsila vino a apagarme la lámpara y a darme un beso húmedo de esos que siempre he considerado los únicos auténticos. Al acostarme, recuerdo que miré a las estrellas y me refugié en la infinita bóveda que Urania mide con su compás eterno. Y en el manto azul de la musa me guarecí al instante, en un intento de olvidarme de todo y entregarme al Sueño por el que aseguran que fluye el apacible río que llaman del Olvido.
Los días que siguieron, Agios se mostró muy afable. Permaneció en la villa, salió a pasear por los campos y la mayoría de las noches reclamó a mi madre para que durmiera con él en su aposento. Drosis deambulaba más hosca que de costumbre, hasta que mi madre le regaló una clámide y un cíngulo de seda para ceñir sus pechos, y vi que un prendedor recamado de conchas irisadas sujetaba su pelo, dejando libre su cuello recto de hermosa cariátide.
Una mañana vino de la ciudad uno de nuestros esclavos para traer noticias. Pericles quería convocar con urgencia un Congreso Panhelénico que sellara de una vez y garantizara las pretensiones encubiertas que entre él y Aspasia trenzaban para impulsar a Atenas. Ante tales propósitos, se rumoreaba que se opondría Esparta, espoleada por Brásidas a quien hervía la sangre impetuosa de su juventud y el ansia de dotar de hegemonía a sus tierras de la Lacedemonia. Incluso se habían recibido noticias expresas de cierta incomodidad entre los componentes de nuestra Liga Délica, a quienes lo que decretara en su momento Arístides, al que habían puesto en su día por sobrenombre "el Justo", ahora les parecía impropio y abusivo. A los antiguos socios les inquietaba y ofendía a un tiempo que el tributo de todos hubiera pasado a ser percibido por las arcas ambiciosas de Atenas. En el último Sínodo celebrado en la isla de Delos, había quedado al descubierto que la flota federal integrada por todos ya no era tal, sino netamente de dominio ateniense. El descontento quedaba subrayado si a eso se añadía el traslado que se había hecho del tesoro común desde la isla a Atenas, desposeyéndolo así de la protección del gran Apolo Delio. El descaro era tal que incluso Calias, a quien sus logros como estratega habían hecho madurar en juicio recto y auténtico afán de equidad, ponía en entredicho algunas de las pretensiones que, veladamente, buscaba el Arcontado.
Mi padre se fue a Atenas aquella misma tarde. Él era entonces miembro de una pritanía. Pero deduje, por algo que escuché, que había sido llamado por el gran Polemarco, el arconte que dirige la guerra, para algún asunto de extrema transcendencia. Permaneció dos días alojado en su casa y luego regresó cual si no hubiera sucedido nada extraordinario. Sus dos mercantes estaban en alta mar, uno haciendo la ruta que lo llevaba a Thasos, el otro rumbo hacia Siracusa. En tales espacios de tiempo disminuían sus ocupaciones aunque aumentaban sus inquietudes e impacientes desvelos. Pues que aseguraba que los peligros que el mar tutela en sus hondas entrañas sólo son conocidos por la mente telúrica de Posidón, dios inquietante y tranquilizador a un tiempo, que rige las olas del mar y el temblor de la tierra. Por eso, mientras los barcos de Agios estaban sobre el agua, él visitaba con regularidad Sunion y atendía, puntual, su deber para con la divinidad que mora en aquel templo. Y por todos era bien conocido que había hecho ofrendas suntuosas en Ege, Corinto, Calauria, Halicarnaso y en cuantos lugares el dios tenía una sede alzada a su servicio.
Los días que siguieron los pasó Agios en la villa. Advertí, para mi desasosiego, que no tenía intenciones de ausentarse de ella. En los puertos nada le requería y ahora parecía querer dedicar un tiempo, íntegro, a su descanso. Mandó a Pistias que le aceitase las correas de su armadura y él mismo estuvo lustrando su peto y sus grebas. Guardaba sus armas allí, y cuando vi por vez primera su corpiño y contemplé la cabeza reluciente de la Gorgona, que ocupaba su centro como un astro aterrador de fuego, sentí que el hielo hiriente penetraba en mi sangre. Con los años pude identificar a aquel terrible ser con Euríale, pues que entre las tres gorgonas ella es la que, a mi entender, atesora en su faz el rictus más severo.
Las mañanas las dedicaba mi padre a recorrer los campos, a ejercitar a sus palomas y a cuantas tareas le imponía la hacienda y los establos. Los esclavos andaban entonces bastante más atentos, ya que sabían bien del rigor de su amo. Por las tardes, cuando el sol ya era oblicuo, se ejercitaba en el campo, en lo que Sostias me explicó que se llamaban adiestrarse en milicias. Entonces vi a Mirkos en todo su apogeo. El caballo parecía entender cuantas órdenes le dictaba su amo y disfrutar cumpliéndolas. Él era, sin la menor duda, el mejor de todos sus esclavos y en su comportamiento confirmé eso que ya he manifestado: que Agios seducía hasta con sus castigos, su rigor y el hierro brutal de sus feroces órdenes. Eran tres o cuatro horas de batalla fingida. El animal corría, se paraba, rodaba por el suelo o se arrodillaba si era necesario. Saltaba, galopaba o trotaba, y todo ello únicamente con la orden transmitida por mi padre a través del roce de sus piernas o el picar lacerante de sus fieros talones. Mirkos sudaba y por la capa negra de su pelo parecía que su sudor fuera en realidad sangre viciada que surtiera de una pústula inmensa desbordada en su lomo. Relinchaba en su empeño, en un esfuerzo extremo por conseguir sus metas. Y de sus fauces de dientes blancos, fuertes y apiñados caían hilas de una baba espesa que el brusco cabeceo tendía en hebras sobre el suelo pateado y los matojos rotos por sus evoluciones.
Yo observaba admirado a Agios. Entonces ya sentía esa dualidad que siempre sentí ante mi padre: admiración y odio. Me seducía su fuerza, su arrogancia, esa seguridad que imponía a todo cuanto hacía. Me asustaba esa misma firmeza y toda la intransigencia que traía consigo y, sobre todo, ese punto de supremo hermetismo y de distancia que nunca le dejaba. Blandía su látigo y el aire restrallaba cual si el rayo del dios siguiera a su badana. Cuando tomaba la jabalina parecía el fiero Posidón de bronce que rompía el viento con su brazo extendido y su pecho avanzado sobre la quilla de una de sus naves. Calzada su cabeza con su casco, en el que coronaba un trío de hipocampos, era, en verdad, una encarnación de la maldad que no dudo que aterrara sin clemencia ni tregua a cualquier enemigo. Únicamente en un punto me parecía Agio vulnerable y humano. Y di gracias a Palas Atenea, diosa de la justicia, cuando lo descubrí. Mi padre, a quien seducía el mar como si en su inmenso azul se asentara la casa de sus dioses y el morar de su estirpe y sus antepasados, no podía vivir sobre las aguas. Pues apenas el mar se encrespaba, el estómago se le venía a la boca y la cara se le tornaba cual máscara de cera.
Aquellos días mi padre me tuvo vigilado más de lo habitual. Me hacía observar sus ejercicios con Mirkos y me llevaba con Pistias y con él a cazar con las redes. Y aunque no era algo de mi agrado, no osaba yo rebelarme ni poner el mínimo reparo. Se afanaba en probarme casi constantemente, demostrándome su fuerza y mi debilidad, su arrojo y mi miedo, su clara decisión y mi quebrada duda.
Un atardecer vino hasta la villa un ciudadano que se llamaba Sófocles y que había nacido en Colono, muy cerca de Atenas. Era hijo de un mercader en armas que tenía su tienda en el ágora que está en El Pireo, próxima a la stoa donde aún hoy se merca la harina. La ciudad entera lo veneraba, pues él había ejecutado, aun siendo un muchacho muy joven, el hermoso coro que se cantó a los dioses tras la victoria alzada en Salamina. Y, aunque de ello hacía casi diez Olimpiadas, nadie podía olvidar su esplendor y el alto grado de conocimiento musical de su ejecutante. Era un hombre maduro, hermoso y muy afable, en quien la serena mirada de sus ojos de vidrio se expandía por todo su semblante como una prolongación de su interna riqueza. Tenía una barba rizada que parecía hacer continuar el todo armónico de su pelo tempranamente nacarado y de plata. Nada más llegar y tras hacer su saludo a Agios y a Talía, quien salió a su encuentro realmente turbada de entusiasmo y de dicha, me miró a la cara y noté que, por primera vez, alguien, además de mirarme, me estaba contemplando. Luego me acarició su mano y supe que algo me había transmitido aquel hombre singular entre mil, a quien no he podido dejar de admirar y donar mi respeto mientras ha estado en este mundo en el que están los vivos. Él ha sido, sin duda, una de las antas más firmes de mi vida.
Pasamos a la casa y él saludó al Herma. En la cocina se produjo un colapso y una revolución, pues que mi madre dispuso cuanto fue preciso para que Sófocles y Agios tuvieran un simposio copioso y agradable. Se tumbaron en la recámara de la estancia de Agios y se prendieron lámparas, pues la tarde ya no era más que un matiz de cobre que bordeaba los altos aleros del tejado, y las hojas de acanto de sus remates eran como bronces bruñidos apagándose. Agios se retiró un momento y se vistió una túnica y un manto limpios y mi madre mandó que Damisco, el esclavo más joven, se aseara para servir el vino. Quemó Talía hierbas y para ello atalantó braseros, y así hizo que el aroma se fuera esparciendo por el ámbito entero como el soplo de un presagio benévolo y copioso. Y cuando todo estuvo dispuesto y en silencio, ella misma sirvió a los dos amigos y se ocupó de cerrar tras de sí la puerta, para que todo cuanto entre ellos trataran quedara en el secreto sellado del afecto.
Supe, por mi madre, que Sófocles era autor de teatro y que había sido elegido por segunda vez estratega de Atenas. Frecuentaba la casa de Pericles. Y su esposa, la celebre e inteligente cortesana que había traído todo su saber de Mileto, lo consideraba como uno de sus amigos más caros y admirables. Y con su imagen en los ojos del sueño entré yo aquella noche en el mundo que ponían ante mí la luna y las estrellas, allá en el frente insondable donde domina Zeus.
Durmió el visitante en la villa de Caris. Paseó junto a Agios por el jardín de olivos y sé que estuvieron acomodando algún asunto que les comprometía a ambos y en el que yo iba a tener también mi parte relevante. Luego les vi hacer una libación y un brindis en las copas de ónice y de plata que mi padre solamente usaba con sus buenos amigos. Y, tras ello, Pistias lanzó al cielo una paloma, que Sófocles había traído en una pequeña jaula de cañizo, en cuya pata habían anudado un trozo diminuto de arcilla en el que les vi antes esgrafiar un signo. Sin duda, alguien sabría interpretarlo. El animal, en un principio, giró buscando aturdido sus puntos cardinales y luego se perdió en la bóveda inmensa, cual si fuera un fiel imitador de los pasos del hijo de Júpiter y Maya, aquél que fuera nombrado mensajero insigne del Olimpo y mediador en sus tratos y encargos.
Sófocles permaneció un día más en la villa de Caris. Oí a mi padre hablar con él de cuestiones políticas y, aunque era un lenguaje que desconocía, formulé algunas preguntas a Forsila, quien, aun siendo mujer, sabía explicarme asuntos de los hombres. Pero también oí a Sófocles hablar de aquel arte en el que, según Talía, era el más habilidoso de cuantos hombres había alumbrado la naturaleza. Su fama trascendía el Ática y era conocida en Beocia, Fócida y en todo el Peloponeso. Sus tragedias se representaban desde Lesbos a Rodas, desde Eubea a Citerea. Y, en verdad, debía ser extraordinario ver uno de aquellos espectáculos suyos de los que él hablaba, pues que cuando lo hacía era como si todo su ser se volcara en su verbo y el misterio del orbe fluyera por su boca.
En su última noche, después de que él y Agios hubieron ya cenado, mi padre permitió a mi madre que viniera con ellos. Salieron a la terraza y a mí me encomendaron que les sirviera el vino, lo que me pareció todo un gran privilegio. En ese arte, Damisco me estuvo adiestrando al caer de la tarde y yo me esmeré, pues que nuestro invitado era ante mí casi como un dios y como a un dios yo quería obsequiarlo. Al resto de las mujeres se le permitió que escucharan desde su gineceo cuanto el autor decía. También Pistias, Damisco y los otros esclavos pudieron recostarse bajo la balaustrada para poder oír a quien con tanta hermosura y elocuencia sabía contar sus hondos pensamientos. Aquella noche nuestra terraza fue vestida de cintas y guirnaldas y racimos de flores. A Drosis le había encargado mi madre que hiciera coronas de jazmines, amapolas y lavandas para nuestras cabezas. Y para su reposo y el mío sobre el suelo, mandó tender Talía su alcatifa de Persia y para que ni la seda ni las sandalias tocaran sobre el suelo hizo tirar sobre él cuatro pieles curtidas. Y hasta la terraza pidió que se arrastrara el pesado clino de bronce de la Iberia sobre el que acomodó un hermoso tejido tintado de amaranto y carmín, sobre el que pidió que se echara el maestro. Pusiéronse también dos pebeteros, uno en cada esquina, a merced de la brisa, en los que se quemó goma de almáciga, de cisco, de citrón y violeta cual en una ceremonia dirigida al Olimpo. Agios se recostó en su reposadero de frente a su amigo. Y cuando el maestro habló sobre una obra suya que titulaba “Antígona”, que según se decía le había valido su segunda elección como insigne estratega, todos nos quedamos sumidos en el denso silencio cual si nuestras palabras ya no tuvieran boca. Y avanzada la noche, cuando la voz preclara de nuestro invitado dijo la última palabra sobre Ismena, Eurídice o Creonte y la última reflexión sobre la prudencia con la que el coro de los ancianos de Tebas sellan el final de la obra, todos nos miramos y suspiramos hondo, pues que un reflejo de la sabiduría nos había alcanzado y anidado por dentro.
Luego nos retiramos sumidos en un silencio sacro. Y yo, en mi hornacina, preferí guarecerme en el sueño mirando hacia aquel patio que había escuchado tan hermosas palabras. Recuerdo cómo las hojas de los árboles y los pistilos de las flores brillaban cual mojados por un agua de lluvia.
A la mañana siguiente cuando me levanté ya se había marchado Sófocles. Talía me informó que había pasado por mi estancia para despedirme, y que al ponerme la mano sobre mi cabeza le dijo a mi padre: “Agios, tienes un hijo noble, será un hombre heroico”.
El otoño fue suave, largo y sereno. El año había sido seco y las vides estaban cargadas de jugo azucarado y cárdeno. Mi madre anunció a mi padre que estaba encinta y la esclava tracia cayó en un pozal de ciega y suspicaz melancolía. Forsila atendía a mi madre y no desaprovechaba ocasión en la que desdeñar a aquella concubina celosa y atrevida.
Agios renovó sus viajes a Atenas. Su nave Andrómaca, la que llevaba una diosa alada sobre su tajamar, había ya regresado de Thasos y la Posidón retornaría en breve desde la lejana Sicilia. En la viña recogimos las uvas y prensamos los gajos para extraer el jugo. Fue un trabajo hermoso en la calma larga de la última templanza y en la tranquilidad de la falta de Agios que seguía inquietándome. Mi madre fue engordando y Damisco me explicó, a mi requerimiento, cómo los machos preñaban a las hembras y nacían los hijos. La revelación, más que sorpresa, me causó un extraño miedo y algo así como una sólida y ciega repugnancia. Odié más aún a Agios y a la esclava de Tracia, y me alejé más de comprender la calma y tolerancia de Talía.
Un día el heraldo anunció que los espartanos habían comenzado a invadir el Ática. Enseguida supimos que los tebanos y los persas se habían aliado y en Beocia se había pactado una liga entre ellos. En todo se veía la mano envidiosa de Esparta que no estaba dispuesta a que la gran Atenas siguiera extendiendo su influencia creciente. Después nos golpeó la rebelión de Mégara y de Ege. Lo que obligó a Pericles a hacerse fuerte y enviar la flota hasta el golfo de Eubea, aunque para convencer a la Asamblea tuvo que emplear toda su mágica elocuencia, pues que los estrategas tenían demasiado cercana la derrota sufrida en Coronea ante la recién constituida Liga de Beocia, y el Arcontado prefería que se valoraran antes las terribles consecuencias que podía traer la caída del régimen democrático en las tierras del norte
Agios decretó nuestra vuelta a la ciudad porque el tiempo de cosechas había terminado y porque la seguridad así lo aconsejaba. Cuando regresamos a casa, Pericles ya había comenzado a levantar el muro que hacía en número tercero y en la polis la agitación era algo contagioso e inquietante igual que una epidemia. Pero Atenas estaba ya llamada a su destino y nada podría detenernos.
Salimos de regreso una mañana apenas clareó el día y la luz se hizo blanca. Con nostalgia dije adiós a los campos que tanto me habían enseñado y tan amablemente me habían guarecido, sin presagiar siquiera que nunca volverían a ser lo que habían sido. Vi como la villa de Caris se iba camuflando entre la verde fronda como una moneda que se tira al cieno de un pantano y deseé que todo el espíritu de aquel lugar se viniera conmigo. Realizamos el viaje por un camino nuevo, que nos llevó hasta la puerta Itonia, tras bordear el torrente Iliso y escorar a la izquierda el arrabal de Agra. Entramos en Atenas hacia el mediodía, cuando los ciudadanos se dirigían hacia la colina Pnyx, que está situada próxima al monte que la ciudad tiene dedicado a las Musas. Solían reunirse entonces, allí, cada semana, unos seis mil ciudadanos de Atenas, aunque el lugar estaba preparado para albergar a un número superior en tres veces al que, en esa ocasión, se daba cita. En los gloriosos tiempos, cuando la ciudad ha sido un emporio de grandeza y dignidad política, he visto ese hemiciclo rebosando demócratas, y de sus piedras han brotado las más bellas palabras y los más justos pensamientos que los humanos puedan figurarse. Y, aun hoy, ese recuerdo hace que el alma se me expanda y las quimeras me vuelvan expectante, pues creo, pese a todo, que la dignidad y el orden jamás son sepultados.
Desde todos los ámbitos de la ciudad afluían los hombres con sus túnicas limpias y sus mantos doblados sobre el brazo, presagiando una larga asamblea y el seguro refresco de la tarde. Y como la tribuna y el altar estaban en lo más alto del promontorio, mucho antes de trasponer los muros, ya pudimos ver el enjambre que allí se concitaba y el humo de los sacrificios con los que se invocaba la protección de los dioses para su desarrollo. Dijeron que, tras ser leído al pueblo por el heraldo el informe que la Bulé había elaborado y tras las votaciones preceptivas de aceptación de los asuntos que debían tratarse, se calzó la corona de mirto el célebre Cleón, jefe del Partido Demócrata, amigo de mi padre. Subió entonces al estrado con la serena elegancia que siempre le arropaba. Y dicen que fue tan clara y elocuente su palabra y tan bien traída e hilada su oratoria, que la Ecclesia entera hubiera sido capaz de tomar allí mismo las armas y salir sin más preparativos a dar batalla ante los espartanos. Pues que, al parecer, terminada su última palabra, y ciego ya de luz el reloj de sol que presidía el acto, fueron seis mil las manos que se alzaron para apoyar todo aquello por cuanto Cleón había abogado, aceptándolo como guía y portavoz del pueblo. Agios regresó encantado. Y desde mi terraza pude yo ver el descender dichoso de las gentes que, por la vertiente de la colina abajo, iban invadiendo Atenas como si de las aguas vivificantes de un manantial sagrado se tratase.
Eran aquellos tiempos en los que el respirar de la ciudad se sentía y el orgullo del pueblo construía una sola muralla con un solo brazo integrado por todos. Eran los tiempos de la fe y las altas ideas, cuando todos estabamos persuadidos de que eran los dioses quienes nos encargaban sembrar nuestra verdad sobre la tierra entera.
En los meses siguientes los espartanos temieron nuestras fuerzas. Nuestra flota era inmensa y nuestro pueblo estaba bien cohesionado cual bronce de Corinto. Por eso, cuando se les propuso firmar la paz que se iba a llamar de “treinta años” exhalaron un suspiro de alivio y aceptaron el tratado sin discutir las cláusulas. Atenas fue espléndida. Se le reconocían a cada cual sus aliados. Se prohibían y pasaban a ser objetos de desprecio los tránsfugas, que tanto habían abundado en tiempos anteriores y tanta traición habían hecho a sus compatriotas. Los terrenos neutrales eran de libre acceso para ambas potencias. La hegemonía de Atenas quedaba entronizada en todo el mar Egeo, aun con la tolerancia de que Persia y Cartago siguieran navegando en sus aguas sagradas. Esparta, por su parte, dominaría en todo el Peloponeso.
Antes del próximo estío, mi madre dio a luz una niña. El parto fue tan duro, que cuando vi salir de su estancia, derrengada y sudando, a la madre de Sócrates, que ya he dicho que era la más hábil y versada comadrona de Atenas, creí a ciencia cierta que Talía había entregado ya su hálito a la diosa cuya frente ciñen las adormideras y que en su carro surcaba ya el cielo tenebroso en que yace la Noche. Había oído yo sus gritos cual si la desgarraran las hienas y chacales, y visto el agitado temblor de las esclavas acarreando las aguas en hervor y los paños templados, y cómo sus semblantes se volvían tan níveos por el espanto, que parecía que iban a desmayarse. Por eso pedí a Deméter, diosa noble, interceptora de las maternidades dolorosas, que salvara a mi madre y que su grito callara cuanto antes, aunque tuviera que ahogar a su cachorro. Y cuando al fin cayó sobre la casa el silencio de plomo, con mi mirada pregunté a Forsila, en cuanto tuve ánimo, qué era, en verdad, lo que había nacido.
No me pudo contestar la nodriza. En su garganta un coágulo le atropellaba el habla y sólo un sudor frío le caía por todo su semblante como un velo de miedo. Vi luego como llegaba Agios. Sus sandalias pisaban más recia y decididamente. Tal vez quisiera revestirse de ánimo para hacer lo que debía hacerse en caso de que el parto hubiera dado hembra. Lo vi entrar sin proferir palabra. Es probable que él ya hubiera leído la terrible noticia en el trágico vacío que ceñía a la casa como un dogal de horca. Luego oí el grito agudo de Talía cual si alguien la despellejara. Y hasta hoy he seguido escuchando aquel aullido que lanzara mi madre cada vez que el dolor me ha anudado muerte, injusticia y desamor en una sola cosa.
Sacó Agios a la criatura sin mirarla siquiera y, cuando iba a cruzar el peristilo absurdamente engalanado del patio, fue Forsila quien le cerró el camino y, sin decir ni una sola palabra, le miró fijamente a los ojos. Y vi en su mirada todo el odio y el rencor contenido de los desheredados, el clamor de los muertos que reclaman, la furia justiciera de los dioses, el frío helador de un pasado que retorna impasible dispuesto a cobrar su revancha. Mi madre se había levantado y, exánime, se apoyaba en la puerta mirando a la espalda de mi padre desde unas cuencas vacías de ternura. Y sacando una voz que aún dudo que fuera enteramente suya y con una fortaleza seca y tajante que seguramente la diosa le había prestado, le oí decir firme y decididamente como jamás antes pudiera haberlo hecho: “Agios, dame a la criatura”. Y fue tal su solidez, que mi padre le entregó dócilmente a quien sería desde entonces mi hermana, llevando el nombre de Caris en memoria y recuerdo de quien había sido mi abuela paterna.
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Novela "El rayo de cobalto"
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